Susana Camps Perarnau
La pija señala con un dedo
ensortijado el sofá de la recepción.
—Álvaro, siéntate con ese señor y no
te muevas. Bajo enseguida.
Me lanza una mirada rápida, como de
complicidad adulta en la supervisión del niño, y se va dando un golpe de
melena.
Álvaro se sienta, obediente. No me
mira, solo ocupa el otro extremo del sofá. Lleva un polo azul cielo conjuntado
con pantaloncitos a cuadros pastel. Su corte de pelo es digno de un catálogo de
moda infantil. Difícilmente puede haber un niño más guapo, pienso. Un querubín
acostumbrado a pasar de mano en mano.
Hasta este momento, los únicos que
poblábamos la recepción éramos la hilera de maletas bajo el mostrador y yo. He
mandado a la recepcionista a por un recado. Las butacas están vacías. El
silencio puede cortarse con un cuchillo: Álvaro ni respira. En la infancia, la
quietud suele tomarse por sinónimo de bondad, como la belleza, y Álvaro se
excede en ambas cosas.
De pronto mueve un poco la cabeza.
Ha descubierto el último caramelo que queda en el platillo de la mesa de
centro. Inicia un movimiento discreto e insonoro para bajar del sofá (es lo que
tienen los niños buenos), y yo, sin prisas, como adulto aventajado que soy, me
adelanto y lo agarro primero. Lo desenvuelvo lenta y
ostentosamente ante sus narices, y lo hundo en mi boca mirándole fijamente. El
niño se congela. Paladeo el caramelo, lo paso de un carrillo a otro, hago
ruiditos entrechocándolo con los dientes, y los ojos azules de Alvarito me miran
atónitos durante una eternidad. Luego, azorado, devuelve la vista al frente.
Llega la recepcionista. Trae consigo
una gran bolsa de plástico repleta de caramelos y la vuelca en cascada sobre el
platillo, como yo tenia previsto. Nuestro
objeto del deseo es ahora abundante. Álvaro debería sentirse feliz, pero no
reacciona. Ha mutilado cualquier conato de tentativa. Entonces agarro un
generoso puñado de caramelos, lo dispongo en el centro de una servilleta con el
anagrama del hotel y enrosco un petate que deposito en sus rodillas. Él me
lanza una mirada de reojo, quizá cargada de alivio; la cuestión es que el
detalle lo desarma, y al cabo de un segundo ya está masticando.
Cuando se levanta (discreto, por
supuesto) para tirar el celofán a la papelera, yo aprovecho para pasear como un
padre primerizo ante la hilera de maletas que aguardan la recogida de sus
dueños. Todas son de excelente calidad. La recepcionista ha desaparecido a por
otro encargo, y el pequeño me confiesa:
—Me voy esta noche.
Vaya. Por su tono adivino que no se
ha divertido nada visitando museos y grandes firmas de ropa. Está deseando
volver a su rutina de niñeras que, sin ser simpáticas, tampoco esperan de él
que aprecie el valor de un Matisse o que tome una boullabaise con entusiasmo.
Asiento, comprensivo, y por un momento crece cierta simpatía entre nosotros. Al
fin y al cabo, Álvaro es un niño al que no le dejan ser niño.
Paso un dedo lascivo por encima de
la hilera de valijas. En medio de nuestro solidario silencio, las acaricio una
a una de tal modo que el rostro de Alvarito se alarma. Intuye algo. Cuando
llego al equipaje que lleva las iniciales R.T. en metal, se diría que me ve
acariciar el mismísimo cuerpo de su madre. (Incluso se diría que ya ha visto
alguna vez a su mismísima madre en ese trance.)
Está asustado. Inquieto. Duda. Pondera el intrusismo emocional que le sacude
por dentro cuando más tediosa y asfixiante ha sido su jornada. Yo soy un tipo
interesante, y al fin y al cabo, él nunca decide. ¿Debería sentirse amenazado?
No lo sabe.
Tiro de la manopla extensible de la
maleta elegida, precisamente la que lleva las iniciales R.T. de metal, la
aparto de la hilera y empiezo a rodar. Y lo hago lenta, ostentosamente, como si
fuera la última maleta del mundo.
En este momento, cuando alcanzo la
puerta giratoria del hotel, el ascensor del vestíbulo se abre y la rubia melena
de la madre de Alvarito asoma. El pobre querubín abre un poco la boca pero de
ella no sale ningún sonido. Su objeción se
rompe como una pompa en el aire. Mira a su madre, me mira a mí, y lo veo elegir
la inmovilidad y el silencio en medio del vestíbulo, guapo y obediente,
mientras me interno en el lento remolino acristalado que me llevará a la calle.

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