Gabriel Chiriac
El camino hacia la
Estación 4 tomaba tres horas con buen tiempo, y hoy no era buen tiempo. El
viento fuerte venía del norte con un olor a hierro y ozono que no existía en la
llanura hace veinte años, cuando Mara había hecho el trayecto por primera vez
en bicicleta, con una caja de almuerzo atada al portaequipajes. Ahora caminaba,
con una bolsa de lona gruesa cruzada sobre el pecho, y sentía cómo cada ráfaga
le volteaba el abrigo hacia adentro, pegándolo a las rodillas. La tela del
abrigo era marrón, casi anaranjada en algunas zonas, decolorada por el sol del
verano, que ese año había sido distinto: más blanco, más alto, y de algún modo
más hostil.
La llanura de Lerod se extendía
plana en todas direcciones, salvo hacia el norte, donde se adivinaba una línea
de colinas bajas, casi inventadas por la niebla. El suelo era de un beige
quemado, agrietado en polígonos regulares, cada grieta con la profundidad de un
dedo. Mara evitaba pisarlas por una costumbre antigua, formada en la infancia,
y eso daba a su caminar una ligera sinuosidad que, sin embargo, nadie había
notado nunca, porque nunca había nadie en la llanura.
La Estación 4 apareció en el
horizonte primero como una franja gris, luego como una estructura de ángulos
precisos que no pertenecían al paisaje natural. Era una construcción baja, de
hormigón vertido mucho antes de la Reorganización, con paredes más gruesas en
la base y una serie de rejillas de ventilación en el lado sur. Las puertas –dos,
pesadas, de aluminio anodizado– estaban abiertas cuando Mara llegó, señal de
que Rudo estaba dentro.
Lo encontró en la sala de
calibración, encorvado sobre una caja de plástico volcada, con las manos
metidas en las entrañas de un aparato de secuenciación que había desmontado
hasta la placa. Rudo era un hombre de cuarenta y tantos que parecía de treinta cuando
callaba y de sesenta cuando hablaba. Y hablaba mucho. Llevaba un mono de
trabajo lavado tantas veces que había adquirido un color sin nombre, con un
parche rectangular en el codo derecho hecho de una tela completamente distinta,
negra, cosida con hilos blancos visibles. En la nuca, el cabello corto,
blanquecino y amarillento, estaba pegado por el sudor, aunque afuera hacía
frío.
—No tomaste el transportador de la
estación —dijo sin levantar la vista.
—Lo tomó Sim para abastecimiento.
—Sim tomará el transportador
siempre que pueda, porque a Sim no le gusta la llanura ni caminar, pero finge
que usa el vehículo por necesidad.
Mara dejó la bolsa en el suelo,
junto a un escritorio metálico sobre el que había tres termos y una serie de
tubos de ensayo vacíos. Sacó de la bolsa una cápsula cilíndrica, blanca, de
unos diez centímetros, y la colocó sobre el escritorio con cuidado, como si
contuviera algo líquido.
—Llegó esta mañana —dijo.
Rudo levantó la mirada. Sus ojos
eran claros, con una ligera asimetría; el izquierdo parecía más pequeño, o
quizá la ceja izquierda estaba más caída. Se levantó de la caja, se limpió las
manos en un trapo sujeto al cinturón y se acercó al escritorio sin prisa, con
esos pasos amplios que le daba la costumbre de espacios estrechos.
—¿De dónde?
—No lo sé. Estaba en el sistema de
recepción, sin remitente, sin ruta explícita.
—Eso no es posible.
—Ya… y sin embargo, ahí está.
Rudo tomó la cápsula. La hizo girar
varias veces. La superficie era lisa, sin marcas, con una sola zona ligeramente
mate en uno de los extremos, la zona de lectura. La acercó al analizador, un
dispositivo negro fijado a la pared, y el aparato emitió un sonido breve, como
una tos.
—Tiene materia viva —dijo.
Mara se sentó en la silla del
escritorio, una silla con ruedas cuyo respaldo ya no existía, reemplazado por
un soporte de alambre soldado que la empujaba ligeramente hacia atrás,
obligándola a mantenerse erguida. Ya sabía que en la cápsula había materia viva.
Lo había comprobado en casa, antes de salir, con la prueba simple, la de la luz
roja: la cápsula había pulsado una vez, lentamente, como un corazón dormido.
—¿Puedes averiguar qué contiene?
—preguntó.
—Hay que abrirla en la cámara
estéril y eso requiere al menos dos horas de preparación.
—Tenemos tiempo.
—Tenemos otra cosa —dijo Rudo, y su
tono había cambiado. Ya no era neutro. Había algo en él, algo que Mara
reconocía tras años de colaboración: una preocupación que se negaba a admitir.
—¿Qué otra cosa?
Él dejó la cápsula sobre el
escritorio y se dirigió a la estrecha ventana del muro occidental. Afuera, la
llanura de Lerod era igual de impasible. Un polvo amarillento se levantaba a
unos cien metros, arremolinado por el viento en espirales bajas. Rudo permaneció
de espaldas a Mara y habló hacia la llanura.
—Hace cuatro días envié un informe
a la Central sobre el sector seis. Degradación progresiva, disminución de la
capacidad de absorción. Ya lo sabes, viste los datos.
—Sí.
—Pues bien, esta mañana, antes de
que llegaras, alguien de la Central respondió a mi llamada. No del departamento
con el que trabajo normalmente. Otra división. Querían saber cuántas estaciones
dentro de nuestro radio están operativas y cuál es el personal activo.
Mara guardó silencio un momento,
observando cómo, afuera, el viento sacudía un mechón de hierba seca atrapado
entre dos grietas del suelo.
—¿Y tú qué respondiste?
—Les di los datos. ¿Qué otra cosa
podía hacer?
Mara se levantó, fue hacia los
termos, abrió uno y sirvió en dos vasos metálicos. El líquido estaba caliente,
un té marronáceo con olor a canela y algo más pesado, vegetal, que Rudo
preparaba por la mañana y dejaba en el termo para que se enfriara hasta una
temperatura tolerable. Le dio un vaso sin decir nada.
—La cápsula —dijo él después de
beber— llega justo después de mi informe.
—O llega desde una dirección
completamente distinta y es una coincidencia.
—No creo en coincidencias, y menos
en la llanura de Lerod.
—No eres el único que envía
informes. Hay siete estaciones activas en el sector.
—Sí, pero yo envié el único informe
sobre la degradación del sector seis. Los demás no informan lo que no se quiere
que se informe.
Mara había bebido la mitad del
vaso. El té dejaba en la lengua un amargor seco, de tanino viejo. Pensó en las
tres mañanas consecutivas en las que había ido al sistema de recepción y no
había encontrado nada, y en esta mañana, cuando la cápsula estaba allí, blanca,
lisa y anónima.
—¿Abro la cápsula o no? —dijo.
—Ábrela —respondió Rudo—. Solo así
sabremos qué hay dentro, venga de donde venga.
La cámara estéril estaba al final
del pasillo, una habitación con paredes dobles y una presión ligeramente mayor
que el resto de la estación, que se sentía en los oídos al entrar como un suave
taponamiento. Mara entró sola, con guantes y gafas de protección, con la
cápsula en la mano. Rudo se quedó en la sala de calibración —ese procedimiento
era suyo, siempre lo había sido.
Colocó la cápsula en el dispositivo
de apertura, un cilindro de vidrio reforzado con un mecanismo de presión.
Presionó. Se oyó un clic seco, seguido de un leve siseo de aire. La cápsula se
abrió longitudinalmente en dos mitades perfectamente iguales.
Dentro había semillas.
No una, no diez. Mara las contó dos
veces: veintiséis semillas, cada una en una celda separada de espuma de gel,
cada una etiquetada con un número mínimo, grabado en la cápsula, no escrito.
Las semillas en sí eran diferentes entre sí: algunas eran pequeñas y negras,
con una superficie estriada; otras grandes, de color crema, con una cubierta
mate. Dos eran rojizas, casi marrones. Solo una era transparente, o casi, de un
amarillo muy pálido, como un cuarzo erosionado por el tiempo.
Mara las fotografió todas,
introdujo los datos en el sistema y luego salió de la habitación con una
sensación que nunca había logrado explicarse del todo y que, en la intimidad de
sus pensamientos, llamaba el peso del futuro: el momento en que algo pequeño,
pero con un potencial enorme y abierto a todas las posibilidades, aún no ha
decidido qué será.
—Veintiséis —le dijo a Rudo.
Él estaba ahora frente al aparato
de secuenciación, que había vuelto a montar parcialmente, con un cable suelto
conectado a un portátil viejo cuya carcasa estaba agrietada en la esquina
izquierda.
—¿Especies identificables?
—Cinco de referencia, el sistema
las reconoce. Las otras veintiuna están fuera de la base de datos.
Rudo soltó el cable.
—Fuera de la base de datos
significa que no existen o que nunca fueron catalogadas, o que existieron y ya
no existen.
—O que la base de datos está
incompleta.
—La base de datos tiene ocho
millones de entradas.
—¿Y cuántas especies existían antes
de la Reorganización?
Rudo no respondió. Mara sabía que
él tampoco conocía la cifra exacta, porque nadie la conocía. Las estimaciones
variaban tanto que se habían vuelto abstractas, como los números astronómicos:
comprendidos intelectualmente, imposibles de expresar.
Se sentaron juntos en el
escritorio, con las fichas fotografiadas delante, y Mara sacó de la bolsa un
cuaderno de tapas de cartón y un lápiz mecánico de mina gruesa. Rudo miró el
cuaderno con una expresión divertida.
—¿Tomas notas a mano?
—El sistema almacena en la nube. Y
lo que está en la nube es accesible para la Central.
—¿Y el papel?
—El papel es solo mío.
Rudo asintió levemente, sin
comentar. Afuera, la intensidad del viento había aumentado. Lo oían como un
sonido de fondo, como una respiración continua, a través de los gruesos muros
de hormigón.
Pasaron dos horas catalogando,
comparando, siguiendo en un mapa antiguo de papel –sujeto con cinta adhesiva
gruesa en las cuatro esquinas en la pared detrás del escritorio– las zonas de
la llanura de Lerod donde las condiciones del suelo correspondían a cada tipo
de semilla. Cinco de las veintiséis podrían, teóricamente, echar raíces en su
sector. De las cinco especies ya catalogadas, tres habían sido declaradas
extintas regionalmente seis años antes, una era endémica de una zona a dos mil
kilómetros al norte, y solo una era común, una hierba de tallos rectos que Mara
había visto crecer en las grietas del suelo.
—Alguien sabe qué crece aquí —dijo
Rudo en un momento—. O qué ya no crece.
—O alguien sabe qué podría crecer.
—Eso es más preocupante.
—¿Por qué?
Rudo bebió de su vaso, que se había
enfriado por completo. La mueca que hizo fue por la temperatura, no por el
sabor.
—Porque si sabes qué crece,
registras. Si sabes qué podría crecer, planificas.
Mara escribía en el cuaderno con
letras pequeñas y ordenadas, sin abreviaturas. Le gustaba escribir a mano
precisamente por eso, porque la obligaba a un ritmo de formulación que el
teclado no exigía.
—También puedes planificar algo con
buenas intenciones —dijo.
—Sí. Puedes.
El silencio que siguió no era
incómodo. Era un silencio de llanura, denso, lleno de lo no dicho, y ambos lo
conocían lo suficiente como para no forzarlo.
Al caer la tarde –la luz exterior
se había vuelto amarilla, ese amarillo específico del atardecer en la llanura,
plano y sin sombras, que lo convertía todo en fotografías sepia– Rudo fue hacia
las puertas de aluminio y las abrió de par en par. El aire exterior entró de
inmediato, con su olor a hierro y polvo seco y, por debajo, algo vegetal,
apenas perceptible, quizá real, quizá imaginado.
—Sim regresa mañana por la mañana
—dijo Mara desde el escritorio.
—Sim preguntará por la cápsula.
—Sí.
—¿Qué le dirás?
Mara cerró el cuaderno. Lo guardó
en la bolsa, sobre una capa de papel kraft que cubría el fondo. Pensó en Sim, un
hombre alto, con gafas de montura fina, con una precisión en los gestos que
había admirado al principio y que ahora la fatigaba. Sim era correcto,
entregaba informes a tiempo, no falsificaba datos, respetaba todos los
protocolos. Y aun así, desde hacía unos meses, Mara sentía que Sim informaba no
porque entendiera por qué lo hacía, sino porque informar era el procedimiento y
el procedimiento era su seguridad.
—Le diré que llegó una cápsula de
prueba, que procesamos el contenido, que los resultados están en el sistema.
—¿Y las veintiuna especies no
catalogadas?
—Las veintiuna especies no
catalogadas no están en el sistema. Están en el cuaderno.
Rudo se quedó en la puerta con las
manos en los bolsillos del mono y miró la llanura. La luz amarilla la aplanaba
aún más. A unos doscientos metros, algo se movía: un animal pequeño, quizá un
pájaro, o una ilusión producida por el viento que agitaba el polvo.
—Si las plantamos —dijo, sin
volverse— y prosperan, será visible. Cualquiera que pase por el sector verá que
aquí crece algo que no debería crecer.
—O que regresa algo que siempre
debería haber estado aquí.
—Depende de quién mire.
Mara se levantó y se colocó en la
puerta junto a él. Sus estaturas eran casi idénticas, ambos de altura media,
ambos con los hombros ligeramente encorvados por la costumbre del trabajo de
escritorio.
—¿Sabes cuál es el problema con las
semillas? —dijo Mara al cabo de un rato.
—Hay muchos problemas con las
semillas.
—Solo hay uno. Que no saben lo que
quieren. No puedes negociar con ellas, no puedes explicarles el contexto, no
puedes pedirles que esperen un momento mejor. Pones la semilla en la tierra y
ella hace lo que sabe hacer. Eso es todo.
Rudo sacó una mano del bolsillo y
la llevó a la nuca, gesto reflejo, y notó que el cabello ya estaba seco.
—Quizá esa sea exactamente la razón
por la que alguien envió la cápsula.
—O por la que alguien no quiere que
la enviemos más lejos.
Uno de los termos –el del medio–
emitió un sonido leve, de metal que se contrae al enfriarse. Ambos lo oyeron y
ninguno se volvió.
Mara pensó en la semilla
transparente, la de color amarillo pálido. La última que había fotografiado. La
sostuvo un segundo en la palma antes de devolverla a la celda de gel, y había
sentido que no pesaba nada, que era más una ausencia de peso que una presencia.
Y aun así estaba allí. Existía. Alguien la había puesto en la cápsula, alguien
había decidido que pertenecía a ese conjunto de veintiséis, y alguien la había
enviado a la llanura de Lerod sin remitente ni ruta.
El sol llegó a la línea de las
colinas del norte, o donde debía estar esa línea, ahora invisible en la niebla.
La llanura se volvió violeta, luego gris, rápidamente, como una pantalla que se
apaga. La temperatura descendió varios grados en pocos minutos, perceptible en
las manos y en el rostro.
—¿Te quedas o te vas? —preguntó
Rudo.
—Me voy. Aún tengo la llanura con
luz si me apresuro. Voy a buscar mi bolsa.
Mara entró, tomó la bolsa, comprobó
que el cuaderno estaba bien sujeto bajo el papel kraft. Vio sobre el escritorio
las dos mitades de la cápsula, traídas antes de la cámara estéril. Las tomó,
sin saber por qué, y las guardó en el bolsillo exterior de la bolsa. Las
mitades ya no podían cerrarse, pero podían mantenerse juntas con la mano, y
Mara ya las sostenía.
Salió. Rudo seguía en la puerta.
—Si llega algo más al sistema de
recepción —dijo ella—, no lo abras tú solo.
—No abrí esta cápsula yo solo.
—Tú no la abriste en absoluto.
Él asintió. Mara echó a andar por
la llanura con su paso característico, evitando las grietas del suelo con esa
sinuosidad de la que no era consciente. La estación quedó atrás, primero
reconocible por sus ángulos precisos, luego una franja gris, luego nada.
La llanura estaba vacía y al mismo
tiempo no lo estaba, porque bajo la capa de beige quemado, en esas grietas
regulares, en ese polvo con olor a hierro, se encontraba todo lo que había sido
alguna vez y todo lo que podría haber sido si las condiciones se hubieran
alineado de otro modo, en otro momento, con otras decisiones tomadas por
personas que ya no existían.
Mara caminaba con la mano sobre el
bolsillo exterior de la bolsa, sintiendo la forma de la cápsula vacía a través
de la tela gruesa. Pensó en las veintiséis celdas de gel, en las veintiséis
semillas que había dejado en la cámara estéril, en el dispositivo de vidrio
reforzado, sobre una bandeja metálica. Pensó en la tierra agrietada bajo sus
pies. Pensó que no había tomado ninguna decisión y que quizá precisamente esa
era la decisión.

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