Tanya Tynjälä
Julián se dirigía presuroso a su cita. Hacía ya dos meses
que conoció a la mujer más hermosa del mundo. Todos sus amigos envidiarían su
suerte, sino fuera por el detalle de no poder contarle a nadie sobre la
relación. Esa era una de las tantas condiciones que Diana le pondría. Otra era
negarse a pasar la noche con él. Nunca le explicó por qué, pero todo hacía
suponer fuertes convicciones religiosas. Así pues, todavía no disfrutaba de
relaciones íntimas con la joven. Pero eso poco le importaba. Ella era tan bella
que solo al mirarla se sentía satisfecho y, por otro lado, congeniaban a la
perfección, les gustaba la misma música, los mismos escritores, las mismas
películas. Eso justamente había hecho que en los últimos tiempos se cuestionara
la relación. ¿No sería mejor estar con alguien que ofreciera algo de desafío? ¿Cuánto
tiempo más sobreviviría una relación tan “perfecta”? Es que a veces es tan
aburrido estar de acuerdo en absolutamente todo... No es que deseara una
relación tormentosa, las había tenido en el pasado y sabía que eran
destructivas a final de cuentas. Disfrutaba de la paz que sentía con Diana pero.
de cuando en cuando, una pequeña escenilla de celos, solo para sazonar un poco
la relación no hubiera venido del todo mal.
Como si intuyera
lo que pensaba, Diana decidió de un día para otro acceder a pasar un fin de
semana completo con él. Ante la propuesta, Julián decidió dejar sus dudas para
más tarde. Misteriosa como siempre, ella le pidió que la recogiera en una
cafetería en plena carretera. De allí irían a un lugar que ella conocía bien y
que, de seguro, a él le encantaría.
Desde
que la conoció, Diana se mostró más que misteriosa, secreta sería la palabra
correcta. Ni siquiera sabía a ciencia cierta en qué trabajaba. Ella le había
dicho que era coleccionista profesional y que el carácter de su actividad le
exigía la más absoluta discreción. Descartando que una mujer tan dulce e
inteligente pudiera estar involucrada en un negocio ilícito, Julián llegó a la
conclusión de que Diana compraba en subastas piezas de índole diverso para
millonarios que no querían ser identificados. Y esa explicación lo dejó
satisfecho. ¿Porqué darle más vueltas al asunto?
Julián
llegó media hora antes de la convenida al lugar de la cita. La cafetería estaba
lógicamente ubicada cerca de una gasolinera. Ésta se encontraba más que
destartalada. La atendían dos ancianos que Julián se preguntaba cómo podían
seguir trabajando; lucían cansados, decrépitos.
Detuvo
el auto y pidió que le llenaran el tanque. Uno de los ancianos lo miró
divertido y empezó a reírse como loco. Meneando la cabeza, entró al desordenado
cuarto que les servía de oficina. El otro se acercó lentamente.
—No
le haga caso, a ése le falta un tornillo de tanto estar aquí.
—Bueno…
fue un poco rudo, ¿no?
El
anciano empezó a llenar el tanque sin decir nada. Parecía estar al acecho de
algo, lanzaba disimuladas miradas a la cafetería, temeroso; a Julián le dio la
impresión de que era alguien que está siendo vigilado.
—¿Llega
mucha gente por aquí?
—Llegan
los que tiene que llegar. Si no se tiene una cita, no vale la pena venir hasta
aquí. Eso fue lo que me trajo y aquí me quedé.
A
Julián le pareció más que extraña la coincidencia de que hablara de una cita. Pero
no dijo nada, solo sonrió.
—¿Cuánto
le debo? —preguntó cuando el anciano terminó su trabajo.
—Pagará
luego, a la salida. Porque seguro entra a la cafetería, ¿no?
Julián
no pudo más que sentirse incómodo con lo que decía el anciano. Primero la
referencia a la cita, luego a la cafetería. Era como si supiera exactamente lo
que iba a hacer. Podía ser solo una casualidad, al final de cuentas si el lugar
del que le había hablado Diana quedaba cerca, seguro muchas parejas pasaban por
la gasolinera antes de llegar a su destino. Por otro lado, el viaje desde la
ciudad hasta ese lugar era largo, resultaba pues normal que, después de tanto
viajar, uno decidiera tomarse un café en el único sitio disponible a la vista.
Sin embargo, en el fondo Julián sentía cierto malestar que le indicaba que algo
no estaba bien.
—Tome,
aquí tengo apuntado cuánto debe. No se olvide de revisarlo antes de entrar, por
favor. —dijo el anciano tomándole desesperadamente la mano y mirando hacia
todos lados.
Julián
retiró su mano nervioso. El otro anciano salió de la oficina.
—¡No
olvide probar la tarta! —gritó entre risas. El que atendió a Julián miró a su
compañero con ojos desorbitados, mientras le decía que no con la cabeza.
Julián
a penas su pudo evitar correr hacia la cafetería. No quería pasar más tiempo
con esos ancianos, evidentemente perturbados. Mientras se alejaba pudo escuchar
que ambos discutían cuchicheando.
Ya
dentro de la cafetería se sorprendió al ver que el lugar contrastaba con el
estado de la gasolinera. Todo se encontraba inmaculadamente limpio y ordenado.
Había algunos hombres allí, de diversas edades, todos como si fueran a pasar un
fin de semana en el campo: maleta de mano, ropa cómoda. Al parecer el lugar del
que hablaba Diana era muy popular. Se sentó a la barra.
—¿Qué
le puedo servir? —La que atendía era una mujer de mediana edad, ni bonita ni
fea, bastante amable y pulcra.
—Solo
un café, por favor.
—¿Seguro
no desea probar mi tarta de manzana? Lo hago yo misma todas las mañanas. Es muy
popular.
—Eso
parece, en la gasolinera me recomendaron probarlo.
—Así
es, aquí a todos les gusta mi tarta.
—Pero
no, gracias. No tengo mucha hambre, otro día será. Me quedaré por la zona
durante el fin de semana.
La
mujer le sirvió el café y se retiró con una sonrisa.
Julián
miró su reloj. Todavía faltaban unos minutos para la hora convenida. Tomó un
sorbo del café, que resultó bastante bueno y fresco. Miró a su alrededor.
Remarcó que todos los clientes eran hombres. Le pareció curioso. De pronto
remarcó no haber visto autos estacionados fuera y se preguntó si serían más
bien locales. Pero todos llevaban un maletín de mano…
La
mujer se le acercó con un pedazo de tarta.
—A
cuenta de la casa. No me lo desaire, mire que le he servido muy poco, no se
arrepentirá.
Julián
pensó que seguro se trataba de esas mujeres que se sienten orgullosas de lo
único que les sale bien e insisten en hacerlo probar a todos. Por cortesía tomó
un bocado. La tarta se derretía en su boca, tenía justo el punto de azúcar
perfecto. Se dice que aún el pueblito más insignificante esconde una joya escondida,
el de éste era la tarta de la gasolinera.
—¡Está
realmente delicioso!
—Se
lo dije, hace olvidar las penas, ya verá.
Julián
tomó otro bocado goloso. De pronto notó que no había nadie en la cocina.
—¿No
tiene cocinero?
—No
lo necesito, yo preparo todo por la mañana muy temprano, antes de abrir.
—Pues
la felicito, el café está más que fresco, la tarta es un manjar…
—Muchas
gracias —dijo ella volviendo a sonreír.
Siguió
comiendo esa magnífica tarta. Miró su reloj, Diana llegaría en cualquier
comento. Quiso pedir la cuenta, pero la mujer no estaba, seguro habría entrado
a la cocina. Tomó su billetera y abrió el papel que le diera el anciano para
ver cuánto tenía que pagar. No había ni una sola cifra en él, solo garrapateado
con una letra nerviosa: “Salga de aquí, por lo que más quiera. Y no coma la
tarta”.
Julián
se paralizó. Miró a su alrededor. Todos hombres, todos con una maleta de mano,
como quien va a un fin de semana, todos comiendo la misma tarta que él. Quiso
prestar atención a las conversaciones, todos hablaban de la maravillosa mujer
que habían conocido. Las descripciones variaban, para alguien era rubia, para
otro morena, más allá alta y delgada, y para su vecino pequeña y regordeta,
pero para todos era la mujer perfecta. Todos se encontraban allí esperándola, pues
les había dado cita en ese remoto lugar.
Julián
pensó en levantarse, pero ya era muy tarde. De pronto solo deseaba seguir allí,
comiendo esa deliciosa tarta, además debía esperar a Diana, seguro que pronto
llegaría.
La
mujer se le volvió a acercar al ver su plato vacío.
—Aquí
tiene otra tajada, seguro que la quiere, ¿no es cierto Julián?
Él
la miró a los ojo y se encontró con la mirada de Diana.

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