Dean Francis Alfar
XII
Ella lo besó una última vez, sin
notar cómo la aspereza de su piel comenzaba lentamente a transformarse en la
suave carne perdida de su juventud, y él comprendió que era todo lo que podía
hacer para no llorar.
Y ella se levantó sin decir
palabra, sin suspiro ni jadeo, y avanzó entre las sombras que se espesaban, su
corazón en la mano, dejándolo morir solo. Pensó, quizá con excesiva
benevolencia, que era su manera de concederle un resto de dignidad, una dolorosa
medida de bondad que, sin embargo, le abría una herida profunda allí donde su
corazón había habitado.
Y por fin, cuando sintió que las
últimas fuerzas lo abandonaban, cuando no quedaba en él ni escama ni hocico ni
diente ni garra, sino solo el cuerpo moribundo de un hombre, suspiró.
Sus sombríos ojos humanos no
derramaron lágrimas de cocodrilo, sino lágrimas tan secas como los ríos y tan
apagadas como las estrellas.
XI
—Perdóname —susurró ella, mientras
tomaba la lanza y le atravesaba el pecho.
Fue como si el primer golpe
arrojara sus sentidos fuera de su cuerpo. No sintió dolor ante su ferocidad,
solo el inconfundible malestar de una nostalgia equivocada.
Mil días falsos giraron ante él:
cómo juntos nadaban en los ríos y perseguían aves acuáticas; cómo ella
cabalgaba sobre su lomo mientras cazaban peces torpes; cómo ella le decía que
lo amaba sin importar su apariencia, sin importar lo que fuera, que fingiría
ser una diuata encantada sin esperanza por su voz cautivadora. Pero nada
de eso había ocurrido, por supuesto.
Ella le arrancó el corazón, apagado
y casi silencioso, y lo sostuvo junto a su oído. No parecía importarle estar
cubierta con su sangre, ni haber añadido más a sus mejillas mientras escuchaba.
Satisfecha, lo miró, mirándola él a su vez, indefenso al morir e indefenso en
su amor.
—Tengo que irme.
X
Había sospechado, por supuesto, que
algo así ocurriría. A lo largo de los años, muchos habían intentado ganar su
corazón. Pero él siempre había salido victorioso de cada desafío, negando a
todos los que buscaban las intimidades y misterios de su afecto. He crecido
descuidado, se dijo. Me he enamorado, se dijo. Voy a morir, se dijo.
No podía moverse, por supuesto. Tal
era el poder de la red fijada por la devoción. Había permitido creer en ella, y
su creencia fortaleció la red, y la red lo retenía con tanta fuerza, con tanta
seguridad, que ni siquiera podía hablar.
—Necesito tu corazón —le dijo la
doncella.
Solo pudo observar cómo ella
recogía una de las lanzas que adornaban su hogar, la misma con la que un
cazador llamado Lan’sanud lo había herido. Le había llevado años recuperarse.
IX
Soñó el sueño de un reptil: tomar
el sol junto a su amada, absorber el calor del día y nadar para siempre más
allá de los límites del río, hacia el océano infinito.
Soñó el sueño de un hombre: negar a
los dioses del río lo que les correspondía, contemplar con horror cómo sus
manos se convertían en garras, y ser incapaz de derramar lágrimas verdaderas.
Cuando despertó, estaba enredado en
una red que olía a aceite de coco, jengibre machacado y la acidez de una mujer.
VIII
—¿Dónde está tu corazón? —le
preguntó ella, mientras acariciaba los duros contornos de su hocico reptiliano
y lo miraba con inocencia—. Sé que no lo guardas en un árbol como Unggoy ni en
un caparazón como Pagong —susurró en sus pequeños oídos—. ¿Dónde está?
Y con el arrullo incesante de la
doncella, sus preguntas y caricias sumadas a los remolinos constantes del río,
sintió que su determinación se debilitaba y le dijo dónde estaba.
—¿En tu pecho? ¿Como todos los
demás? —se maravilló—. Nunca lo habría imaginado.
Él se acurrucó contra su suavidad
y, encontrando consuelo en el calor de sus caricias y en la confianza que
acababa de otorgarle, se durmió en su abrazo.
VII
Un día, ella le mostró una red que
había traído consigo.
—Es para ayudarte a atrapar cosas
—le dijo—. Me siento culpable de que tú proveas toda la comida cuando estoy
contigo. Voy a intentar pescar algunos peces.
Él se mostró reacio, sintiendo que,
como caballero y dueño de su dominio, era perfectamente capaz de proveer para
ambos. Pero ella fue insistente.
—Al menos déjame intentarlo —le
dijo, y él accedió.
Pero cuando la tarde pasó y la red
seguía vacía pese a sus mejores esfuerzos, la arrojó sobre las rocas cercanas y
aceptó con gusto algunas frutas que él le llevó tras golpear un árbol con la
cola.
VI
—¿Te sientes solo? —le preguntó una
vez.
Él le dijo que sí, a veces.
—¿Por qué? —preguntó ella, mientras
se le llenaban los ojos de lágrimas.
Porque todos me temen, le
respondió.
—Intentan matarte —continuó ella
por él—. Con lanzas.
Sí, asintió, entristecido por sus
lágrimas. Y le mostró su colección de lanzas con las que diversas personas
habían intentado matarlo.
Ella rio y rio, y eso le hizo
sentirse mejor por dentro.
V
Cuando comenzaron a hablar, lo
hicieron de cosas sin importancia: el clima, la temperatura del río, el número
de guijarros en su dominio. Él la encontró elocuente e ingeniosa, riendo de sus
intentos de conversación aguda y sin aburrirse jamás.
Ella le dijo que era encantador y
lo molestó suavemente por su carácter reservado.
—Eres hermoso —le dijo cuando
finalmente tocó su piel, deslizando los dedos sobre su textura áspera.
Su corazón respondió al sentimiento
y se lo dijo tal cual.
Se fueron sintiendo cómodos, como
una vieja pareja, sin necesitar a veces la seguridad de las palabras para
demostrar que compartían tiempo y espacio en un lugar donde el silencio los
abrazaba.
IV
Fue un cortejo largo. Porque, pese
a lo que todos dijeran o pensaran, él era terriblemente tímido y nunca fue de
apresurar las cosas, al menos ya no.
Ella interpretó el papel de
doncella recatada, fingiendo sorpresa ante su presencia, pero no ante su
apariencia, y mostrando timidez en sus maneras.
Él fue acostumbrándose poco a poco
a su compañía con cada día que pasaba, días que transcurrían en silencio,
mirándose: él, en el río; ella, en la orilla.
III
Estaba acostumbrado a su soledad y
solo salía para responder a un desafío o alimentarse de los animales enfermos o
desesperados que llegaban a sus aguas para morir.
Pasaba los días contando los mismos
guijarros de su dominio y las noches escuchando la quietud del bosque, que
devolvía el eco del movimiento de las corrientes y el sonido secreto de su
desesperación.
Había empezado a pensar que quizá
se había vuelto demasiado viejo para esperar algo mejor, que sería para siempre
lo que era, tal como era, hasta que las estrellas cayeran del cielo.
II
Ella había nacido sin corazón y
siempre se había sentido diferente. Donde otros podían enamorarse libremente,
llorar las pérdidas o sonreír ante los atardeceres, ella estaba simplemente
vacía.
Había aprendido a fingir ser como
ellos: sonreía en los momentos adecuados, suspiraba por los muchachos apuestos,
lloraba en los funerales del pueblo. Pero por dentro solo conocía el vacío.
Buscó a una bruja en los pantanos
donde nadie se atrevía a ir, intrépida en su falta de corazón, y allí aprendió
sobre un corazón que podía poseer, una red que podía fabricar y una lanza que
debía encontrar.
Cuando permaneció inmóvil en la
choza de la bruja con una extraña sensación en el estómago, la anciana sabia le
dijo que no era más que esperanza y que con el tiempo desaparecería.
Fue en su busca. El gran bu’aia.
I
Se conocieron primero a través de
miradas: la de él, fija e inmóvil, medio sumergido en el río; la de ella,
ingenua y hundida en el color del barro.
Él se sorprendió al ver a una joven
tan cerca de su hogar. Solo los desesperados, los necios o los valientes se
acercaban a él, y la mayoría de las veces era para intentar ganar su corazón,
que creían capaz de obrar milagros.
Ella, por supuesto, había venido
exactamente a eso, pues el vacío en su pecho era tan seco como los ríos y tan
apagado como las estrellas.

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