domingo, 29 de marzo de 2026

LA DONCELLA Y EL COCODRILO

Dean Francis Alfar

 

XII

Ella lo besó una última vez, sin notar cómo la aspereza de su piel comenzaba lentamente a transformarse en la suave carne perdida de su juventud, y él comprendió que era todo lo que podía hacer para no llorar.

Y ella se levantó sin decir palabra, sin suspiro ni jadeo, y avanzó entre las sombras que se espesaban, su corazón en la mano, dejándolo morir solo. Pensó, quizá con excesiva benevolencia, que era su manera de concederle un resto de dignidad, una dolorosa medida de bondad que, sin embargo, le abría una herida profunda allí donde su corazón había habitado.

Y por fin, cuando sintió que las últimas fuerzas lo abandonaban, cuando no quedaba en él ni escama ni hocico ni diente ni garra, sino solo el cuerpo moribundo de un hombre, suspiró.

Sus sombríos ojos humanos no derramaron lágrimas de cocodrilo, sino lágrimas tan secas como los ríos y tan apagadas como las estrellas.

 

XI

—Perdóname —susurró ella, mientras tomaba la lanza y le atravesaba el pecho.

Fue como si el primer golpe arrojara sus sentidos fuera de su cuerpo. No sintió dolor ante su ferocidad, solo el inconfundible malestar de una nostalgia equivocada.

Mil días falsos giraron ante él: cómo juntos nadaban en los ríos y perseguían aves acuáticas; cómo ella cabalgaba sobre su lomo mientras cazaban peces torpes; cómo ella le decía que lo amaba sin importar su apariencia, sin importar lo que fuera, que fingiría ser una diuata encantada sin esperanza por su voz cautivadora. Pero nada de eso había ocurrido, por supuesto.

Ella le arrancó el corazón, apagado y casi silencioso, y lo sostuvo junto a su oído. No parecía importarle estar cubierta con su sangre, ni haber añadido más a sus mejillas mientras escuchaba. Satisfecha, lo miró, mirándola él a su vez, indefenso al morir e indefenso en su amor.

—Tengo que irme.

 

X

Había sospechado, por supuesto, que algo así ocurriría. A lo largo de los años, muchos habían intentado ganar su corazón. Pero él siempre había salido victorioso de cada desafío, negando a todos los que buscaban las intimidades y misterios de su afecto. He crecido descuidado, se dijo. Me he enamorado, se dijo. Voy a morir, se dijo.

No podía moverse, por supuesto. Tal era el poder de la red fijada por la devoción. Había permitido creer en ella, y su creencia fortaleció la red, y la red lo retenía con tanta fuerza, con tanta seguridad, que ni siquiera podía hablar.

—Necesito tu corazón —le dijo la doncella.

Solo pudo observar cómo ella recogía una de las lanzas que adornaban su hogar, la misma con la que un cazador llamado Lan’sanud lo había herido. Le había llevado años recuperarse.

 

IX

Soñó el sueño de un reptil: tomar el sol junto a su amada, absorber el calor del día y nadar para siempre más allá de los límites del río, hacia el océano infinito.

Soñó el sueño de un hombre: negar a los dioses del río lo que les correspondía, contemplar con horror cómo sus manos se convertían en garras, y ser incapaz de derramar lágrimas verdaderas.

Cuando despertó, estaba enredado en una red que olía a aceite de coco, jengibre machacado y la acidez de una mujer.

 

VIII

—¿Dónde está tu corazón? —le preguntó ella, mientras acariciaba los duros contornos de su hocico reptiliano y lo miraba con inocencia—. Sé que no lo guardas en un árbol como Unggoy ni en un caparazón como Pagong —susurró en sus pequeños oídos—. ¿Dónde está?

Y con el arrullo incesante de la doncella, sus preguntas y caricias sumadas a los remolinos constantes del río, sintió que su determinación se debilitaba y le dijo dónde estaba.

—¿En tu pecho? ¿Como todos los demás? —se maravilló—. Nunca lo habría imaginado.

Él se acurrucó contra su suavidad y, encontrando consuelo en el calor de sus caricias y en la confianza que acababa de otorgarle, se durmió en su abrazo.

 

VII

Un día, ella le mostró una red que había traído consigo.

—Es para ayudarte a atrapar cosas —le dijo—. Me siento culpable de que tú proveas toda la comida cuando estoy contigo. Voy a intentar pescar algunos peces.

Él se mostró reacio, sintiendo que, como caballero y dueño de su dominio, era perfectamente capaz de proveer para ambos. Pero ella fue insistente.

—Al menos déjame intentarlo —le dijo, y él accedió.

Pero cuando la tarde pasó y la red seguía vacía pese a sus mejores esfuerzos, la arrojó sobre las rocas cercanas y aceptó con gusto algunas frutas que él le llevó tras golpear un árbol con la cola.

 

VI

—¿Te sientes solo? —le preguntó una vez.

Él le dijo que sí, a veces.

—¿Por qué? —preguntó ella, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Porque todos me temen, le respondió.

—Intentan matarte —continuó ella por él—. Con lanzas.

Sí, asintió, entristecido por sus lágrimas. Y le mostró su colección de lanzas con las que diversas personas habían intentado matarlo.

Ella rio y rio, y eso le hizo sentirse mejor por dentro.

 

V

Cuando comenzaron a hablar, lo hicieron de cosas sin importancia: el clima, la temperatura del río, el número de guijarros en su dominio. Él la encontró elocuente e ingeniosa, riendo de sus intentos de conversación aguda y sin aburrirse jamás.

Ella le dijo que era encantador y lo molestó suavemente por su carácter reservado.

—Eres hermoso —le dijo cuando finalmente tocó su piel, deslizando los dedos sobre su textura áspera.

Su corazón respondió al sentimiento y se lo dijo tal cual.

Se fueron sintiendo cómodos, como una vieja pareja, sin necesitar a veces la seguridad de las palabras para demostrar que compartían tiempo y espacio en un lugar donde el silencio los abrazaba.

 

IV

Fue un cortejo largo. Porque, pese a lo que todos dijeran o pensaran, él era terriblemente tímido y nunca fue de apresurar las cosas, al menos ya no.

Ella interpretó el papel de doncella recatada, fingiendo sorpresa ante su presencia, pero no ante su apariencia, y mostrando timidez en sus maneras.

Él fue acostumbrándose poco a poco a su compañía con cada día que pasaba, días que transcurrían en silencio, mirándose: él, en el río; ella, en la orilla.

 

III

Estaba acostumbrado a su soledad y solo salía para responder a un desafío o alimentarse de los animales enfermos o desesperados que llegaban a sus aguas para morir.

Pasaba los días contando los mismos guijarros de su dominio y las noches escuchando la quietud del bosque, que devolvía el eco del movimiento de las corrientes y el sonido secreto de su desesperación.

Había empezado a pensar que quizá se había vuelto demasiado viejo para esperar algo mejor, que sería para siempre lo que era, tal como era, hasta que las estrellas cayeran del cielo.

 

II

Ella había nacido sin corazón y siempre se había sentido diferente. Donde otros podían enamorarse libremente, llorar las pérdidas o sonreír ante los atardeceres, ella estaba simplemente vacía.

Había aprendido a fingir ser como ellos: sonreía en los momentos adecuados, suspiraba por los muchachos apuestos, lloraba en los funerales del pueblo. Pero por dentro solo conocía el vacío.

Buscó a una bruja en los pantanos donde nadie se atrevía a ir, intrépida en su falta de corazón, y allí aprendió sobre un corazón que podía poseer, una red que podía fabricar y una lanza que debía encontrar.

Cuando permaneció inmóvil en la choza de la bruja con una extraña sensación en el estómago, la anciana sabia le dijo que no era más que esperanza y que con el tiempo desaparecería.

Fue en su busca. El gran bu’aia.

 

I

Se conocieron primero a través de miradas: la de él, fija e inmóvil, medio sumergido en el río; la de ella, ingenua y hundida en el color del barro.

Él se sorprendió al ver a una joven tan cerca de su hogar. Solo los desesperados, los necios o los valientes se acercaban a él, y la mayoría de las veces era para intentar ganar su corazón, que creían capaz de obrar milagros.

Ella, por supuesto, había venido exactamente a eso, pues el vacío en su pecho era tan seco como los ríos y tan apagado como las estrellas.

Dean Francis Alfar es autor, dramaturgo y presidente del Círculo de Críticos Filipinos. Entre sus libros se incluyen la novela Salamanca; las colecciones de relatos cortos The Kite of Stars and Other Stories, How to Traverse Terra Incognita, A Field Guide to the Roads of Manila and Other Stories, Stars in Jars y Moon, Sun, Stars; y el libro infantil How Rosang Taba Won A Race. Como editor y antólogo, es el fundador de los anuarios Philippine Speculative Fiction y editor de antologías como Fantasy: Filipino Fiction for Young Adults, Horror: Filipino Fiction for Young Adults, Science Fiction: Filipino Fiction for Young Adults, Maximum Volume: Best New Philippine Fiction 1 & 2, y Ang Manggagaway at iba pang Kathang-Agham at Pantasya mula sa Gitnang Europa at Pilipinas, y New Philippine Speculative Fiction, entre otras. Los relatos de Dean han sido incluidos en antologías internacionales, como The Big Book of Modern Fantasy, The Time Traveler’s Almanac y The Year’s Best Fantasy & Horror, además de en muchas otras publicaciones. Sus historias han sido adaptadas al teatro, el teatro musical y el cine. Vive en Manila, Filipinas, con su esposa y compañera de tango, Nikki Alfar.

 

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