Shahid Abbas
La tormenta había
llegado sin previo aviso. La lluvia azotaba las calles, el viento arrancaba los
techos y la tierra temblaba como si el mundo mismo estuviera llorando. El niño
se aferró al brazo de su padre, temblando.
—Abba ji… —susurró—, ¿me traerás
helado esta noche?
El padre sonrió débilmente, pero
por dentro se ahogaba en el miedo. La guerra entre Estados Unidos, Israel e
Irán había enviado ondas de choque a todo el mundo. Los precios se dispararon.
La gasolina, la electricidad y los alimentos duplicaron su valor de la noche a
la mañana. La gente común ya jadeaba bajo el peso del caos.
Ahmed salió de la casa a la mañana
siguiente. La ciudad parecía ajena: calles vacías, tiendas cerradas y el miedo
grabado en cada rostro. Se encontró con su amigo Nazir.
—¿Has oído? —preguntó Nazir con la
voz temblorosa.
Ahmed tragó saliva.
—¿Qué ocurrió?
—La guerra… los precios… la
gasolina está a ciento cuarenta y seis rupias por litro. Todo está subiendo,
Ahmed… la electricidad, el gas, incluso la comida. El ánimo de la gente está
colapsando.
Ahmed se dejó caer sobre la calle
empapada por la lluvia. Sus irrisorios ahorros –doscientas cincuenta rupias
destinadas a comprar combustible para viajar a la aldea para visitar a su
familia– parecían no tener valor alguno. El pánico lo invadió y empezó a
temblar. A su alrededor, la ciudad ya comenzaba a desmoronarse.
Ahmed vagó por las calles. Las
madres abrazaban a sus hijos mientras murmuraban plegarias. Los padres
discutían en voz baja frente a alacenas vacías. Los jóvenes murmuraban:
—¿Esto es vida?
Los rostros que alguna vez habían
brillado de esperanza se habían endurecido como piedra. La gente se agrupaba en
callejones, intercambiando susurros desesperados:
—Nos lo han quitado todo… desde
nuestros hogares hasta nuestra comida, incluso nuestra dignidad —dijo un
anciano.
—La boda de mi hija… no tenemos
dote… no tenemos felicidad… ya no queda nada —susurró una madre.
Ahmed vio vecinos suplicando ayuda
a sus amigos, solo para ser rechazados. Incluso Gulmashir, alguien en quien
Ahmed había confiado toda su vida, le negó ayuda. Las familias vagaban sin
rumbo. Los mercados estaban vacíos. Las carreteras inundadas. Cada hora traía
un nuevo desastre.
Pasó junto a jóvenes parejas cuyos
sueños de matrimonio habían sido destruidos por la pobreza. Vio niños mirando
platos vacíos, preguntándose si el mañana traería comida. Observó ancianos
derrumbarse en las calles, murmurando oraciones por un mundo que los había
olvidado.
Y aun en medio de aquella
desesperación, persistían pequeños hilos de resistencia. Los vecinos compartían
lo poco que tenían. Las madres susurraban esperanza a sus hijos y algunas almas
valientes intentaban organizar la distribución de alimentos. Pequeños actos de
bondad titilaban como velas en la oscuridad.
Ahmed habló en voz baja con Nazir:
—Sobrevivimos… pero ¿qué queda de
nuestras vidas?
—Nada… quizá no quede nada en
absoluto —respondió Nazir.
Y aun así, la vida persistía.
Incluso entre la destrucción, seguían existiendo el amor, el coraje y la
obstinada negativa a rendirse por completo.
Ahmed regresó a su casa. Su familia
permanecía acurrucada en un rincón, temblando de frío, hambre y miedo. La luz
de la vela vacilaba, reflejándose en sus rostros pálidos. Abrazó a su hijo y
susurró:
—No somos ladrones, y aun así el
mundo nos ha robado todo lo demás… pero debemos aferrarnos a los fragmentos de
esperanza.
Arriba, un relámpago rasgó el
cielo, haciendo eco del caos que reinaba abajo. La lluvia golpeaba sin
descanso. El mundo se había quebrado, pero la humanidad resistía en silencio.
Ahmed comprendió que incluso cuando
la vida parecía insoportable, incluso cuando la guerra, la pobreza y la
desesperación lo despojaban a uno de todo, los pequeños hilos del coraje, el
amor y la conexión humana eran lo único capaz de resistir el abismo.
—Estamos vivos… seguimos vivos
—susurró—. Y quizá eso sea suficiente para luchar por el mañana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario