Javier López
—Ti-ti-ti-tic taac —se escuchó, en el silencio de la noche, en la
relojería del señor Matías Uhrmacher.
—¡Retrasado! —gritó, entre enormes carcajadas, el
viejo carrillón inglés del siglo XIX, que tenía fama de no haber variado un
solo segundo desde el día de su fabricación.
—¡Leeeento! —exclamó, también entre risas, el reloj de
pared que había cerca de la entrada de la relojería, y que el señor Uhrmacher
guardaba como una de las joyas de su colección privada. Por él había recibido
muchas ofertas de otros coleccionistas, pero ahí seguía, en el mismo lugar,
desde que el bisabuelo de Matías fundara el negocio familiar.
Y es que Horace Rolex era la oveja negra de la
familia. De hecho, sus padres no habían querido saber nada de él desde que
salió de la fábrica de Ginebra dos años antes. Horace, más que dar la hora,
sólo daba problemas. Siendo una pieza valiosa, por su afamada marca y su
chapado en oro de 18 kilates, había tenido varios compradores, que
invariablemente lo devolvían a la tienda del señor Uhrmacher en cuanto
observaban que, tras dos o tres días de funcionamiento, su retraso horario era
más que considerable.
La relojería acababa de cerrar, y Horace pasaba su
primera noche en el cajón de los relojes averiados. Le molestaba estar en aquel
lugar oscuro y apartado de los demás. Pero, cuando su vista se hubo
acostumbrado a la oscuridad, se dio cuenta de que algo iluminaba el cajón. La
esfera fosforescente de Eva Longines proporcionaba la suficiente luz como para
que Horace pudiera contemplar las curvas del hermoso reloj de pulsera femenino.
—Ti-ti-ti-ti-ti-tic taaa...tac —saludó Horace, algo
más nervioso de lo habitual.
—Tic tacatacatac —respondió Eva, en un tono amable que
enseguida conquistó el corazón de Horace, que supo ver inmediatamente que ella
también era diferente.
Esa noche apenas durmieron. Conversaron en voz baja,
para evitar la mofa de aquellos grandes relojes engreídos en su perfección.
Apenas se habían dormido cuando escucharon llegar al
señor Uhrmacher, que levantaba la persiana metálica del negocio con gran
estruendo. Poco después de haber entrado en la tienda, y tras colocar en sus
estanterías algunos relojes que había recibido a última hora de la tarde
anterior, ambos sintieron que el relojero abría el cajón y los tomaba entre sus
manos. Lo que iba a pasar después fue algo que Horace no iba a olvidar en el
resto de su vida. El relojero fue desnudando a Eva, dejando la tapa de su caja de
acero por un lado y el resto de su maquinaria por otro. Horace pudo contemplar
a su compañera hermosa, con sus bellos engranajes mostrándose en todo su
esplendor, el suave brillo de su cristal perfectamente pulido, y las saetas
esbeltas y gráciles marcando las dos menos diez, que a él se le antojaron como
una sonrisa.
Pero pronto le iba a tocar el turno a Horace, y
entonces sintió pudor ante su compañera. Ella volvió a mostrar su mejor cara,
con una sonrisa burlona de tres menos cuarto. Pero él, tímido y lleno de
vergüenza, solo pudo poner cara de cinco menos veinte.
El relojero, tras comprobar minuciosamente el
mecanismo de ambos, pensó en voz alta:
—Chicos, lo que os ocurre no es mecánico. Es
psicológico. Creo que esto es trabajo de terapia. Habrá que probar con El
Metrónomo.
Y así fue. El señor Uhrmacher desapareció en la
trastienda, y al poco rato regresó con un metrónomo que había pertenecido a
Johann Strauss, y con el que había medido el compás de alguno de sus valses más
reconocidos. Lo programó a sesenta golpes por minuto y lo dejó a solas con
Horace y Eva.
—Clap-clap-clap-clap... —insistía marcadamente El
Metrónomo, como un profesional que sabe hacer bien su trabajo.
—Ti-ti-ti-tic taa-aac —trató de imitar Horace, sin
conseguirlo.
—Tic ta...ta...taaaac —terció Eva, sin lograr llevar
el ritmo.
—¡No, chicos! —dijo El Metrónomo, en un tono que
pareció malhumorado—. Tenéis que olvidar todo lo que habéis aprendido hasta
ahora y concentraros. Clap-clap-clap —repitió machaconamente.
—Tiiic-tac —repitió Horace.
—Tic-tac, tic-tac —pronunció esta vez Eva, arrancando
la aprobación de El Metrónomo y la admiración de Horace.
Pasaron varias sesiones hasta que ambos corrigieron su
marcada tartamudez. Pero, desde entonces, se ganaron el respeto de los demás
relojes de la tienda del señor Uhrmacher.
Tres meses después, un rico banquero ginebrino acudió
a la relojería para hacer un regalo de bodas a sus mejores amigos. Desde
entonces, Horace Rolex y Eva Longines lucen en las muñecas de una joven pareja
de enamorados de Berna. Y, según he podido escuchar, ellos también lo están.

No hay comentarios:
Publicar un comentario