Frank Roger
Sucedió cuando
había terminado de desayunar en mi café al aire libre favorito. Recogí el
periódico, me recosté y empecé a leer. Todo parecía normal, hasta que vi la
palabra “¡Kaboom!” en algunos lugares, en medio de frases donde esa palabra no
tenía absolutamente ningún sentido. De hecho, “¡Kaboom!” carece de sentido en
cualquier contexto. No le presté demasiada atención, pero en la página 2
encontré varios casos más.
Eso ya era extraño. Mi primera idea
fue que la red informática del periódico debía de haber sido hackeada. Mi
segunda idea fue que aquello era obra de algún bromista de pésimo gusto. Revisé
rápidamente las páginas siguientes, solo para encontrar más apariciones de
“¡Kaboom!”.
Dejé el periódico, bebí un sorbo de
café y pensé en aquella ocurrencia absurda. Volví a mirar la primera página y,
para mi asombro, advertí que ahora la palabra “¡Kaboom!” aparecía en siete
lugares. Estaba seguro de que unos momentos antes solo había unos pocos casos.
Revisé también las páginas siguientes y confirmé que la cantidad de “¡Kabooms!”
estaba aumentando. Aquello era, por supuesto, inaudito. Una página impresa no
puede ser “editada” mientras uno la está leyendo. ¿Qué estaba pasando?
De pronto se me ocurrió una idea.
Tomé mi teléfono y comprobé si el texto de la edición digital del periódico
coincidía con la página impresa. Para mi sorpresa, no coincidía… bueno,
coincidía hasta cierto punto. Encontré varios “¡Kaboom!”, pero no en los mismos
lugares que en la edición impresa.
Revisé otros sitios web y descubrí
que también tenían la palabra “¡Kaboom!” desperdigada por todas partes. ¿Qué
demonios estaba ocurriendo?
—¿Ha visto eso? — le dije el
camarero cuando apareció para preguntarme si deseaba pedir algo más—. Esta
palabra sin sentido está apareciendo por todos lados. En mi periódico, en los
sitios web, quizá incluso aquí.
Tomé el menú que estaba en la
esquina de la mesa y revisé rápidamente la lista de bebidas. Ocho de ellas eran
“¡Kaboom!”.
—Mire —dije, señalando el menú y
luego el periódico—. Está en todas partes. Y empeora a cada minuto.
El camarero observó más de cerca y
luego dijo:
—No tengo ni idea de qué es este
“¡Kaboom!”. Nunca vi nada parecido.
Le lancé una mirada irritada,
pensando que me estaba tomando el pelo.
Entonces ambos miramos el periódico
y nos quedamos contemplando el texto, estupefactos, porque cerca del cincuenta
por ciento había sido reemplazado por “¡Kaboom!”.
—Esto se está descontrolando
mientras lo observamos —dije—. ¿Qué “¡Kaboom!” está pasando aquí?
El camarero dio un paso atrás, como
si temiera contaminarse.
—Tal vez deberíamos llamar al
“¡Kaboom!” —dijo—. Esto podría ser grave.
—Tiene razón —respondí—. Dejemos
que el “¡Kaboom!” se ocupe de esto.
Entonces noté la camiseta del
camarero. En vez del nombre del café, The Thyme Traveller, ahora lucía
la palabra “¡Kaboom!”.
Se lo señalé.
—No lo perdonó a usted tampoco.
Supongo que ya no queda ningún texto a salvo. Y se está propagando rápido y
lejos. Solo mire mi “¡Kaboom!”.
Señalé el periódico y ambos vimos
que la primera página no contenía nada más que la palabra “¡Kaboom!”, de arriba
abajo. No necesité revisar el resto de las páginas. Ya sabía lo que iba a encontrar.
—¿Y ahora qué? —le pregunté al
camarero—. ¿Alguna brillante “¡Kaboom!”?
El hombre se encogió de hombros,
abatido.
—Todo lo que podemos hacer es
“¡Kaboom!” hasta que esta cosa “¡Kaboom!”.
—Supongo que tiene “¡Kaboom!”
—acepté—. Y “¡Kaboom!” hasta “¡Kaboom! ¡Kaboom!”.
El camarero asintió. Una amplia
sonrisa apareció en su rostro.
—¡Kaboom! ¡Kaboom! —dijo,
extendiendo las manos—. ¡Simplemente Kaboom!
¡Claro! El hombre tenía razón. ¿Por
qué no se me había ocurrido antes?
—¡Kaboom! ¡Kaboom! —le dije—.
¡Kaboom! ¡Kaboom!
Me recosté, aparté el periódico. El
camarero me dio unas suaves palmadas en la espalda y regresó al interior del
café. Ahora todo empezaba a resultarme claro. En realidad, no era necesario
preocuparse.
—¡Kaboom! ¡Kaboom! —me dije a mí
mismo. Terminé mi café y me fui.
“¡Kaboom!” ¿Qué otra cosa podía
ser, después de todo?

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