domingo, 17 de mayo de 2026

¡KABOOM! ¡KABOOM!

Frank Roger

 

Sucedió cuando había terminado de desayunar en mi café al aire libre favorito. Recogí el periódico, me recosté y empecé a leer. Todo parecía normal, hasta que vi la palabra “¡Kaboom!” en algunos lugares, en medio de frases donde esa palabra no tenía absolutamente ningún sentido. De hecho, “¡Kaboom!” carece de sentido en cualquier contexto. No le presté demasiada atención, pero en la página 2 encontré varios casos más.

Eso ya era extraño. Mi primera idea fue que la red informática del periódico debía de haber sido hackeada. Mi segunda idea fue que aquello era obra de algún bromista de pésimo gusto. Revisé rápidamente las páginas siguientes, solo para encontrar más apariciones de “¡Kaboom!”.

Dejé el periódico, bebí un sorbo de café y pensé en aquella ocurrencia absurda. Volví a mirar la primera página y, para mi asombro, advertí que ahora la palabra “¡Kaboom!” aparecía en siete lugares. Estaba seguro de que unos momentos antes solo había unos pocos casos. Revisé también las páginas siguientes y confirmé que la cantidad de “¡Kabooms!” estaba aumentando. Aquello era, por supuesto, inaudito. Una página impresa no puede ser “editada” mientras uno la está leyendo. ¿Qué estaba pasando?

De pronto se me ocurrió una idea. Tomé mi teléfono y comprobé si el texto de la edición digital del periódico coincidía con la página impresa. Para mi sorpresa, no coincidía… bueno, coincidía hasta cierto punto. Encontré varios “¡Kaboom!”, pero no en los mismos lugares que en la edición impresa.

Revisé otros sitios web y descubrí que también tenían la palabra “¡Kaboom!” desperdigada por todas partes. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

—¿Ha visto eso? — le dije el camarero cuando apareció para preguntarme si deseaba pedir algo más—. Esta palabra sin sentido está apareciendo por todos lados. En mi periódico, en los sitios web, quizá incluso aquí.

Tomé el menú que estaba en la esquina de la mesa y revisé rápidamente la lista de bebidas. Ocho de ellas eran “¡Kaboom!”.

—Mire —dije, señalando el menú y luego el periódico—. Está en todas partes. Y empeora a cada minuto.

El camarero observó más de cerca y luego dijo:

—No tengo ni idea de qué es este “¡Kaboom!”. Nunca vi nada parecido.

Le lancé una mirada irritada, pensando que me estaba tomando el pelo.

Entonces ambos miramos el periódico y nos quedamos contemplando el texto, estupefactos, porque cerca del cincuenta por ciento había sido reemplazado por “¡Kaboom!”.

—Esto se está descontrolando mientras lo observamos —dije—. ¿Qué “¡Kaboom!” está pasando aquí?

El camarero dio un paso atrás, como si temiera contaminarse.

—Tal vez deberíamos llamar al “¡Kaboom!” —dijo—. Esto podría ser grave.

—Tiene razón —respondí—. Dejemos que el “¡Kaboom!” se ocupe de esto.

Entonces noté la camiseta del camarero. En vez del nombre del café, The Thyme Traveller, ahora lucía la palabra “¡Kaboom!”.

Se lo señalé.

—No lo perdonó a usted tampoco. Supongo que ya no queda ningún texto a salvo. Y se está propagando rápido y lejos. Solo mire mi “¡Kaboom!”.

Señalé el periódico y ambos vimos que la primera página no contenía nada más que la palabra “¡Kaboom!”, de arriba abajo. No necesité revisar el resto de las páginas. Ya sabía lo que iba a encontrar.

—¿Y ahora qué? —le pregunté al camarero—. ¿Alguna brillante “¡Kaboom!”?

El hombre se encogió de hombros, abatido.

—Todo lo que podemos hacer es “¡Kaboom!” hasta que esta cosa “¡Kaboom!”.

—Supongo que tiene “¡Kaboom!” —acepté—. Y “¡Kaboom!” hasta “¡Kaboom! ¡Kaboom!”.

El camarero asintió. Una amplia sonrisa apareció en su rostro.

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —dijo, extendiendo las manos—. ¡Simplemente Kaboom!

¡Claro! El hombre tenía razón. ¿Por qué no se me había ocurrido antes?

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —le dije—. ¡Kaboom! ¡Kaboom!

Me recosté, aparté el periódico. El camarero me dio unas suaves palmadas en la espalda y regresó al interior del café. Ahora todo empezaba a resultarme claro. En realidad, no era necesario preocuparse.

—¡Kaboom! ¡Kaboom! —me dije a mí mismo. Terminé mi café y me fui.

“¡Kaboom!” ¿Qué otra cosa podía ser, después de todo?

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

 

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