Víctor Lowenstein
Hubo
en este mundo un hombre que fue único y fue a la vez todos los hombres; lo más
sorprendente es que en el hecho mismo no acontece contradicción. Este hombre
fue juzgado por los demás –probablemente demasiado a prisa– como el hombre más
taciturno de la tierra. El apresurado juicio de quienes lo conocieron encierra
una cuota de verdad: tal vez lo fue. Nuestro hombre (me tomo la libertad de
nombrarlo así) que hablaba lo preciso sin perder nunca la amabilidad, tenía
poca costumbre de mirarse al espejo. No obstante, cada vez que lo hacía veía
algo distinto. A menudo se trataba de algún rasgo circunstancial; podía ser una
nueva arruga en el entrecejo o un inusual rictus demarcando una línea del
mentón. Por su mirada, entre lánguida y aguda, se sospechaba que su propio
reflejo le revelaba otras cosas inéditas, invisibles a los demás, pero
significativas a sus ojos.
De
pronto se observaba en el hall de entrada del departamento en que vivía
y todos advertían su leve pero cierta sorpresa: algo nuevo venía a descubrir
nuestro hombre. No hubo quien no prefiguró gesto similar cuando enfrentaba el
espejo del botiquín cada mañana. Debía de afeitarse con una expresión de
extrañeza fijada en ese rostro serio. De ahí que se aceptara todo lo que de
taciturno tenía aquel hombre; que no era raro, ni malo, ni peligroso. Quizá un
poco distinto del resto. A veces decía cosas como “el alba será el principio
del día, yo sin embargo lo siento como el fin de otra cosa, un ocaso de algo
más trascendente que una noche o incluso el simple comienzo de otro día” dicen
que dijo una vez. Frases como esa dejaron perplejo a más de uno.
En
una inusual excursión a las sierras cordobesas, fue invitado a visitar el
laberinto de un parque de diversiones. Aceptó, movido por la curiosidad, que es
una de las formas más certeras del cumplimiento del destino. Alguien dijo, y
posiblemente fue un filósofo cuyo nombre ha sido olvidado por la memoria
pública, que extraviarse es iniciar el encuentro con uno mismo. Nuestro hombre
intuía esa verdad íntimamente, al punto de evadirse apenas ingresaba en el
recorrido sinfín, de las encantadoras muchachas que, como sacerdotisas de Isis
lo habían animado a entrar. Se internó por un pasillo que lo condujo hasta una
encrucijada con recodos que llevaban a otros tantos angostos pasillos abiertos
entre hileras de informes y masivos ligustros. Con desconocido alborozo apuró
sus pasos riendo, cerrando los ojos en plena caminata y olvidando todo lo que
no fuera la inmediata felicidad que le producía perderse en esos silenciosos
corredores verde oscuros.
El
placer, sin embargo, fue mezquino en su cortedad; no pudieron transcurrir más
que poquísimos minutos de felicidad antes que nuestro caminante se hallara otra
vez ante las puertas de entrada al laberinto. Reconoció los portales del
umbral, el colorido letrero de bienvenida y los tenderetes sobre el mullido césped;
fue como si de repente lo decepcionara la realidad conocida.
Retornó
a la ciudad más cambiado o mejor dicho en los principios de un cambio o
transformación que lo acompañó en lo que le restó de existencia en el plano
conocido. Pronto encaneció, y aunque en hombres de cuarenta y pico como él, la
vejez comienza por presentarse con la dignidad de unas primerizas canas más que
prontamente él perdía ese cabello ya blanco hasta quedarse calvo. Su deterioro
era evidente. No sólo el rostro perdía lozanía al punto que conocidos que lo
cruzaban o no lo reconocían o apostaban por una enfermedad terminal que lo
consumía, sino que su dificultad para desplazarse era motivo de asombro. Apenas
si podía caminar sobre sus piernas enclenques que sostenían una osamenta
desgastada, y débil. Con voz temblorosa trató de decirle al conserje del
departamento que estaba sufriendo a causa de que ya no se reconocía en el
espejo del hall de entrada. El hombre no lo escuchó, o no supo
entenderlo, y llamó a una ambulancia que lo trasladó al hospital municipal,
donde pasó sus últimos días de vida.

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