miércoles, 13 de mayo de 2026

EL HOMBRE MÁS TACITURNO DE LA TIERRA

Víctor Lowenstein

 

Hubo en este mundo un hombre que fue único y fue a la vez todos los hombres; lo más sorprendente es que en el hecho mismo no acontece contradicción. Este hombre fue juzgado por los demás –probablemente demasiado a prisa– como el hombre más taciturno de la tierra. El apresurado juicio de quienes lo conocieron encierra una cuota de verdad: tal vez lo fue. Nuestro hombre (me tomo la libertad de nombrarlo así) que hablaba lo preciso sin perder nunca la amabilidad, tenía poca costumbre de mirarse al espejo. No obstante, cada vez que lo hacía veía algo distinto. A menudo se trataba de algún rasgo circunstancial; podía ser una nueva arruga en el entrecejo o un inusual rictus demarcando una línea del mentón. Por su mirada, entre lánguida y aguda, se sospechaba que su propio reflejo le revelaba otras cosas inéditas, invisibles a los demás, pero significativas a sus ojos.

 De pronto se observaba en el hall de entrada del departamento en que vivía y todos advertían su leve pero cierta sorpresa: algo nuevo venía a descubrir nuestro hombre. No hubo quien no prefiguró gesto similar cuando enfrentaba el espejo del botiquín cada mañana. Debía de afeitarse con una expresión de extrañeza fijada en ese rostro serio. De ahí que se aceptara todo lo que de taciturno tenía aquel hombre; que no era raro, ni malo, ni peligroso. Quizá un poco distinto del resto. A veces decía cosas como “el alba será el principio del día, yo sin embargo lo siento como el fin de otra cosa, un ocaso de algo más trascendente que una noche o incluso el simple comienzo de otro día” dicen que dijo una vez. Frases como esa dejaron perplejo a más de uno.

 En una inusual excursión a las sierras cordobesas, fue invitado a visitar el laberinto de un parque de diversiones. Aceptó, movido por la curiosidad, que es una de las formas más certeras del cumplimiento del destino. Alguien dijo, y posiblemente fue un filósofo cuyo nombre ha sido olvidado por la memoria pública, que extraviarse es iniciar el encuentro con uno mismo. Nuestro hombre intuía esa verdad íntimamente, al punto de evadirse apenas ingresaba en el recorrido sinfín, de las encantadoras muchachas que, como sacerdotisas de Isis lo habían animado a entrar. Se internó por un pasillo que lo condujo hasta una encrucijada con recodos que llevaban a otros tantos angostos pasillos abiertos entre hileras de informes y masivos ligustros. Con desconocido alborozo apuró sus pasos riendo, cerrando los ojos en plena caminata y olvidando todo lo que no fuera la inmediata felicidad que le producía perderse en esos silenciosos corredores verde oscuros.

 El placer, sin embargo, fue mezquino en su cortedad; no pudieron transcurrir más que poquísimos minutos de felicidad antes que nuestro caminante se hallara otra vez ante las puertas de entrada al laberinto. Reconoció los portales del umbral, el colorido letrero de bienvenida y los tenderetes sobre el mullido césped; fue como si de repente lo decepcionara la realidad conocida.

 Retornó a la ciudad más cambiado o mejor dicho en los principios de un cambio o transformación que lo acompañó en lo que le restó de existencia en el plano conocido. Pronto encaneció, y aunque en hombres de cuarenta y pico como él, la vejez comienza por presentarse con la dignidad de unas primerizas canas más que prontamente él perdía ese cabello ya blanco hasta quedarse calvo. Su deterioro era evidente. No sólo el rostro perdía lozanía al punto que conocidos que lo cruzaban o no lo reconocían o apostaban por una enfermedad terminal que lo consumía, sino que su dificultad para desplazarse era motivo de asombro. Apenas si podía caminar sobre sus piernas enclenques que sostenían una osamenta desgastada, y débil. Con voz temblorosa trató de decirle al conserje del departamento que estaba sufriendo a causa de que ya no se reconocía en el espejo del hall de entrada. El hombre no lo escuchó, o no supo entenderlo, y llamó a una ambulancia que lo trasladó al hospital municipal, donde pasó sus últimos días de vida.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.



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