Johan Klein Haneveld
—¿Qué clase de
planta eres? —Geertje Kuier se inclinó hacia adelante. Sus tijeras de podar se
habían detenido mientras cortaba un brote verde claro del rosal. El tallo
resultó no pertenecer al arbusto, sino surgir de otro punto de la tierra. Sin
embargo, las hojas tenían el mismo color y la misma forma que las de la rosa,
con las pequeñas puntas en los bordes. Solo que en la enredadera no había
botones florales.
Geertje se enderezó y se secó la
frente con el dorso de la mano. Miró a su alrededor, como si alguien pudiera
responder a su pregunta. Por supuesto, no hubo reacción alguna. Para un soleado
sábado de primavera, el barrio estaba incluso llamativamente silencioso. En
toda la mañana no había oído pasar ni un solo coche ni ciclomotores tuneados.
No es que Geertje fuera a quejarse
alguna vez del silencio. Lo que más le gustaba era trabajar en el jardín en
absoluta tranquilidad. Su cortacésped era de los que había que empujar a mano y
no utilizaba tijeras eléctricas para el seto, sino unas antiguas. Así podía
oírse tararear mientras devolvía su forma a los arbustos de boj y retiraba las
hojas secas de las magnolias. El único sonido molesto provenía del interior,
incluso con la puerta y las ventanas cerradas. Traqueteos, explosiones y música
atronadora, tan fuertes que era imposible dejarlos afuera. Le había preguntado
a su marido por qué tenía tanta necesidad de jugar videojuegos, algo que Hannes
había tomado como una ofensa. Pero tampoco quería ponerse auriculares.
—Solo estorban —gruñó esa mañana,
con el control apoyado sobre su barriga cervecera comprimida en una camiseta
manchada—. Yo tampoco me quejo del eterno “clip, clip” de tus tijeras.
Geertje apenas lo oía ya, de modo
que no podía evitar la impresión de que exageraba. Él hizo un gesto hacia la
puerta que daba al jardín.
—Es solo una mañana a la semana,
eso debería ser aceptable.
El hecho de que precisamente esa
fuera la única mañana en la que ella trabajaba en el jardín parecía no
importarle en absoluto. Y eso que él también disfrutaba del resultado. Por
ejemplo, cuando por la noche tomaban una copa de vino afuera. O durante las
barbacoas.
—Las flores son bonitas, sí —había
dicho Hannes cuando ella se lo señaló—. Pero por mí todo podría estar
simplemente embaldosado. Así tendrías más tiempo para cosas divertidas.
Pero a Geertje justamente le
divertía su jardín. No es que esperara con entusiasmo el mantenimiento que cada
cierto tiempo ya no podía seguir posponiendo. Sobre todo en primavera tenía que
ponerse manos a la obra casi todos los fines de semana. Prefería contemplar la
explosión de colores, la variedad de hojas, el césped perfectamente recto y,
detrás, las franjas amarillas, rosadas y violetas. Como si hubiera entrado en
un cuadro.
Claro que la noche anterior se
había quejado un poco de tener que sacar las herramientas del cobertizo y
pasarse media jornada de rodillas para dejar todo presentable. Pero Hannes
también solía estar de mal humor después de jugar, por ejemplo cuando perdía.
Incluso cuando ganaba, porque si sus compañeros de equipo se hubieran esforzado
más, seguramente su puntuación habría sido todavía mejor.
—Según el médico, tienes la presión
demasiado alta —le había advertido ella—. Te dijo que debías pasar más tiempo
al aire libre.
—Yo no me meto con tus aficiones
—replicó él con brusquedad—. Aunque nos gastemos montones de dinero en el
centro de jardinería. Así que déjame disfrutar también de lo mío.
Antes de casarse, le había parecido
tan sencillo no compartir los mismos intereses, de modo que cada uno pudiera ir
tranquilamente a lo suyo al lado del otro. Pero el brillo de esa idea ya se
había desvanecido. Tenía la sensación de estar casada con un extraño.
Mientras se quitaba los guantes,
caminó hacia la puerta de la cocina. Empujó sus zuecos de trabajo hacia un
rincón y entró en la sala.
—Hannes —dijo alzando la voz para
imponerse al ruido del juego.
Sabía que sonaba estridente, pero
era la única manera de hacerse oír. Ponerse entre él y la pantalla estaba
reservado para situaciones de vida o muerte; él se lo había dejado claro en
términos inequívocos.
—Encontré algo raro en el jardín.
Una planta que no conozco.
—¿Una planta? —respondió él sin
apartar la vista de la pantalla—. Ya casi derrotamos al otro equipo. Diez
puntos más. Hay un francotirador en esa torre…
—Parecía una rosa —continuó ella
con el mismo volumen.
—Entonces era una rosa —dictaminó
Hannes.
—No, era diferente. Nunca la había
visto antes.
—Seguro olvidaste haberla plantado
ahí…
Soltó una maldición sonora. En la
pantalla se repetían los últimos segundos de vida de su personaje. Un enemigo
le disparaba en la cara desde muy cerca. Hannes se puso de pie de un salto y
arrojó el control al suelo. El aparato rebotó una vez y quedó inmóvil. Después
se volvió hacia ella.
—¿Ves lo que hiciste? ¡Si no me
hubieras distraído, la partida era nuestra! ¡Estaba en una racha!
Geertje frunció el ceño.
—Lo siento. Solo quería saber tu
opinión sobre algo.
—¿Y por eso vienes a molestarme así
como así? —Su rostro se había puesto rojo y los músculos tensos vibraban bajo
la piel—. Pero claro, para ti esto no es más que un jueguito. ¡No como tus
plantas! ¡Esas sí son importantes!
—Para mí sí —dijo Geertje. Tuvo que
esforzarse por mantener la espalda recta y no mostrar miedo ni inquietud,
porque eso solo alimentaría más su ira—. Si no quieres ayudarme, buscaré
información arriba, en la computadora.
Hannes se inclinó para recoger el
control, algo que visiblemente le costó esfuerzo, y volvió a dejarse caer en su
sillón. Ya tenía la vista fija otra vez en la pantalla.
—Eso podrías haberlo hecho desde el
principio —murmuró.
El traqueteo y las explosiones la
acompañaron escaleras arriba.
En la oficina de la casa, Geertje
primero tuvo que ajustar la altura de la silla giratoria después de que su
marido la hubiera usado la noche anterior. Por suerte, la computadora arrancó
enseguida. Buscó información sobre plantas que adoptaban la forma de otras
plantas. El término “mimetismo” apareció en la pantalla. Era una forma que
tenían ciertas enredaderas de evitar ser devoradas. Una especie de Sudamérica
era especialmente buena en eso. Podía hacer que sus hojas adoptaran la forma de
cualquier árbol o arbusto sobre el que creciera. Los científicos aún no se
ponían de acuerdo sobre cómo lo lograba. La forma y el contorno de sus hojas
cambiaban incluso cuando su tallo se enrollaba alrededor de plantas de
plástico. Así que no era que absorbiera material genético. Parecía como si
aquella planta realmente pudiera percibir su entorno, aunque no tuviera ojos.
Si de verdad se trataba de esa Boquila
trifoliata la que crecía en su jardín, era algo extraordinario. Pero para
asegurarse, tendría que examinar de cerca los demás árboles y arbustos de su
pequeño paraíso.
Entusiasmada, Geertje corrió
escaleras abajo. Ignoró el irritado “¡No pises tan fuerte!” que llegó desde la
sala. Si no hubiera aprendido a excluir las reacciones de Hannes mientras
jugaba, su matrimonio nunca habría durado tanto. No se atrevía a pensar si eso
era algo bueno o no.
Metió el pie derecho en el zueco y,
con el otro apenas puesto, salió dando saltitos hacia el jardín. Un calor
sofocante la recibió. La ausencia de ruidos de tráfico hacía que la atmósfera
resultara aún más opresiva. Ni siquiera ladraba un perro, pese a que raramente
había un clima mejor para sacarlos a pasear.
Apartó esas consideraciones y se
apresuró hacia el rosal donde había visto por primera vez la nueva planta. La
punta de su zueco se enganchó en algo y casi cayó hacia adelante. Miró hacia
abajo. En el césped yacía un tallo verde, retorcido como una serpiente
venenosa. De él brotaban briznas con el mismo color que el resto del pasto. No
era extraño que no lo hubiera notado antes.
De pronto Geertje comenzó a
respirar más rápido y un sudor frío le cosquilleó en la frente. Recorrió el
jardín con la mirada. Las enredaderas de la extraña planta no solo crecían
entre las rosas y el césped; también estaban en las magnolias, el manzano y los
tulipanes junto al prado. La única razón por la que no las había visto antes
era que las hojas de la planta parecían exactamente iguales a la vegetación
circundante. El mismo color, el mismo tamaño, la misma forma.
Evidentemente ocurría algo más que
la simple aparición de una plántula extraña en su jardín. ¿Pero qué?
Desde el interior llegó un grito
exasperado.
—¿Pero qué demonios…?
La maldición de Hannes apenas
parecía amortiguada por el vidrio y la puerta cerrada. Geertje no le prestó
atención. Mientras jugaba, el lado ruidoso y agresivo de su marido aparecía con
frecuencia. Un lado desagradable. Por supuesto, él quería que ella preguntara
qué sucedía para poder quejarse de las tácticas injustas de sus compañeros,
pero ¿qué ganaba ella con eso? Solo dolores de cabeza. Y no era como si él
mostrara jamás el menor interés por lo que ocurría en su jardín. Si le contaba
hasta qué punto la extraña planta había invadido los canteros, Hannes
probablemente se encogería de hombros y diría que debía llamar a un servicio de
control de malezas.
Ligeramente mareada, como si el
mundo a su alrededor no fuera realmente sólido, como si todo fuera solo
superficie sin contenido, Geertje atravesó el jardín hasta el fondo, cerca del
árbol. La copa estaba a la altura de sus ojos y acercó tanto el rostro a las
ramas que casi las tocó con la nariz. A principios de la primavera el árbol
había estado cubierto de flores y ahora debería ver los pequeños frutos que más
tarde se convertirían en manzanas. Pero no había flores secas. Solo encontró
tallos con hojas imposibles de distinguir de las del manzano.
Una repentina ráfaga de viento las
hizo susurrar. Aquello le produjo una sensación desagradable. Sobre todo porque
no existía ningún otro sonido. Ni siquiera oía ya a su marido y el traqueteo
del videojuego había cesado. Tal vez Hannes estuviera preparando café en ese
momento. ¿Pensaría también en ella? La experiencia le decía que no. Pero si
estaba en la cocina, podría llevarlo afuera, al jardín. Necesitaba saber si no
se estaba engañando a sí misma.
Normalmente Geertje prestaba
atención a dónde ponía los pies, pero ahora avanzó pisando fuerte hacia la
puerta. Después de todo, solo aplastaba las nuevas enredaderas. Y había
muchísimas. Detrás de ella, el volumen del susurro parecía aumentar, aunque el
viento no soplaba más fuerte. Tal vez fuera mejor no volver al jardín.
Prepararse también un café y seguir el consejo de su marido. Solo profesionales
podrían erradicar aquella maleza.
La cocina estaba vacía. La cafetera
no estaba encendida. Su marido no había sacado nada de los cajones. Sin
embargo, el juego no se había reiniciado. Geertje ni siquiera se tomó el tiempo
de quitarse los zuecos; fue directamente a la sala.
Hannes estaba sentado en su sillón
de espaldas a ella. La pantalla del televisor estaba negra, pero él no se
movía. Ni siquiera reaccionó cuando ella pronunció su nombre.
La inquietud que ya sentía se
intensificó. Geertje tomó a Hannes por el hombro e intentó sacudirlo para
despertarlo. Era como sujetar un palo y, al moverlo, oyó un leve crujido.
Sus pensamientos se apagaron
mientras sentía que su garganta se convertía en una columna de hielo. Todo en
ella quería huir de la habitación, huir de la casa, huir del jardín. Debía
alejarse lo más posible de aquella enredadera.
Pero un último resto de la antigua
Geertje quería saber si su miedo estaba justificado. Dio un paso adelante para
mirar bien a Hannes.
Un instante de profundo alivio.
Su marido era simplemente él mismo.
Las mismas cejas oscuras, las mismas mejillas rojas, los mismos labios finos.
Todo había sido producto de su imaginación.
Justo cuando estaba a punto de
soltar un suspiro profundo, la ilusión se derrumbó.
No era la piel de Hannes lo que
veía, sino una capa de hojas. Allí donde había estado su cabello, la planta era
más oscura. Sus ojos y sus labios habían sido reemplazados por pequeñas ramas
ingeniosamente entretejidas, apenas distinguibles de los verdaderos. También
sus manos, que sobresalían de las mangas, eran masas de hojas comprimidas en
forma humana, como obra de un artista.
Una vez más empujó su hombro. Desde
el interior del muñeco de hojas sonó un traqueteo.
Los huesos eran lo único que
quedaba de su marido.
El grito de Geertje resonó contra
el techo. Quiso retroceder, alejarse lo más posible de aquella imitación
vegetal de su esposo. Pero no pudo moverse.
Cuando miró hacia abajo, vio que
tallos verdes se habían enrollado alrededor de sus tobillos. A cada segundo
ascendían más. Estaban cubiertos de hojas del color de su piel, apenas un poco
más oscuras que las de Hannes debido a las largas horas que ella pasaba
trabajando en el jardín.
La planta había tomado muy buena
nota de aquello.

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