miércoles, 20 de mayo de 2026

LA PLANTA TE OBSERVA

Johan Klein Haneveld

 

—¿Qué clase de planta eres? —Geertje Kuier se inclinó hacia adelante. Sus tijeras de podar se habían detenido mientras cortaba un brote verde claro del rosal. El tallo resultó no pertenecer al arbusto, sino surgir de otro punto de la tierra. Sin embargo, las hojas tenían el mismo color y la misma forma que las de la rosa, con las pequeñas puntas en los bordes. Solo que en la enredadera no había botones florales.

Geertje se enderezó y se secó la frente con el dorso de la mano. Miró a su alrededor, como si alguien pudiera responder a su pregunta. Por supuesto, no hubo reacción alguna. Para un soleado sábado de primavera, el barrio estaba incluso llamativamente silencioso. En toda la mañana no había oído pasar ni un solo coche ni ciclomotores tuneados.

No es que Geertje fuera a quejarse alguna vez del silencio. Lo que más le gustaba era trabajar en el jardín en absoluta tranquilidad. Su cortacésped era de los que había que empujar a mano y no utilizaba tijeras eléctricas para el seto, sino unas antiguas. Así podía oírse tararear mientras devolvía su forma a los arbustos de boj y retiraba las hojas secas de las magnolias. El único sonido molesto provenía del interior, incluso con la puerta y las ventanas cerradas. Traqueteos, explosiones y música atronadora, tan fuertes que era imposible dejarlos afuera. Le había preguntado a su marido por qué tenía tanta necesidad de jugar videojuegos, algo que Hannes había tomado como una ofensa. Pero tampoco quería ponerse auriculares.

—Solo estorban —gruñó esa mañana, con el control apoyado sobre su barriga cervecera comprimida en una camiseta manchada—. Yo tampoco me quejo del eterno “clip, clip” de tus tijeras.

Geertje apenas lo oía ya, de modo que no podía evitar la impresión de que exageraba. Él hizo un gesto hacia la puerta que daba al jardín.

—Es solo una mañana a la semana, eso debería ser aceptable.

El hecho de que precisamente esa fuera la única mañana en la que ella trabajaba en el jardín parecía no importarle en absoluto. Y eso que él también disfrutaba del resultado. Por ejemplo, cuando por la noche tomaban una copa de vino afuera. O durante las barbacoas.

—Las flores son bonitas, sí —había dicho Hannes cuando ella se lo señaló—. Pero por mí todo podría estar simplemente embaldosado. Así tendrías más tiempo para cosas divertidas.

Pero a Geertje justamente le divertía su jardín. No es que esperara con entusiasmo el mantenimiento que cada cierto tiempo ya no podía seguir posponiendo. Sobre todo en primavera tenía que ponerse manos a la obra casi todos los fines de semana. Prefería contemplar la explosión de colores, la variedad de hojas, el césped perfectamente recto y, detrás, las franjas amarillas, rosadas y violetas. Como si hubiera entrado en un cuadro.

Claro que la noche anterior se había quejado un poco de tener que sacar las herramientas del cobertizo y pasarse media jornada de rodillas para dejar todo presentable. Pero Hannes también solía estar de mal humor después de jugar, por ejemplo cuando perdía. Incluso cuando ganaba, porque si sus compañeros de equipo se hubieran esforzado más, seguramente su puntuación habría sido todavía mejor.

—Según el médico, tienes la presión demasiado alta —le había advertido ella—. Te dijo que debías pasar más tiempo al aire libre.

—Yo no me meto con tus aficiones —replicó él con brusquedad—. Aunque nos gastemos montones de dinero en el centro de jardinería. Así que déjame disfrutar también de lo mío.

Antes de casarse, le había parecido tan sencillo no compartir los mismos intereses, de modo que cada uno pudiera ir tranquilamente a lo suyo al lado del otro. Pero el brillo de esa idea ya se había desvanecido. Tenía la sensación de estar casada con un extraño.

Mientras se quitaba los guantes, caminó hacia la puerta de la cocina. Empujó sus zuecos de trabajo hacia un rincón y entró en la sala.

—Hannes —dijo alzando la voz para imponerse al ruido del juego.

Sabía que sonaba estridente, pero era la única manera de hacerse oír. Ponerse entre él y la pantalla estaba reservado para situaciones de vida o muerte; él se lo había dejado claro en términos inequívocos.

—Encontré algo raro en el jardín. Una planta que no conozco.

—¿Una planta? —respondió él sin apartar la vista de la pantalla—. Ya casi derrotamos al otro equipo. Diez puntos más. Hay un francotirador en esa torre…

—Parecía una rosa —continuó ella con el mismo volumen.

—Entonces era una rosa —dictaminó Hannes.

—No, era diferente. Nunca la había visto antes.

—Seguro olvidaste haberla plantado ahí…

Soltó una maldición sonora. En la pantalla se repetían los últimos segundos de vida de su personaje. Un enemigo le disparaba en la cara desde muy cerca. Hannes se puso de pie de un salto y arrojó el control al suelo. El aparato rebotó una vez y quedó inmóvil. Después se volvió hacia ella.

—¿Ves lo que hiciste? ¡Si no me hubieras distraído, la partida era nuestra! ¡Estaba en una racha!

Geertje frunció el ceño.

—Lo siento. Solo quería saber tu opinión sobre algo.

—¿Y por eso vienes a molestarme así como así? —Su rostro se había puesto rojo y los músculos tensos vibraban bajo la piel—. Pero claro, para ti esto no es más que un jueguito. ¡No como tus plantas! ¡Esas sí son importantes!

—Para mí sí —dijo Geertje. Tuvo que esforzarse por mantener la espalda recta y no mostrar miedo ni inquietud, porque eso solo alimentaría más su ira—. Si no quieres ayudarme, buscaré información arriba, en la computadora.

Hannes se inclinó para recoger el control, algo que visiblemente le costó esfuerzo, y volvió a dejarse caer en su sillón. Ya tenía la vista fija otra vez en la pantalla.

—Eso podrías haberlo hecho desde el principio —murmuró.

El traqueteo y las explosiones la acompañaron escaleras arriba.

En la oficina de la casa, Geertje primero tuvo que ajustar la altura de la silla giratoria después de que su marido la hubiera usado la noche anterior. Por suerte, la computadora arrancó enseguida. Buscó información sobre plantas que adoptaban la forma de otras plantas. El término “mimetismo” apareció en la pantalla. Era una forma que tenían ciertas enredaderas de evitar ser devoradas. Una especie de Sudamérica era especialmente buena en eso. Podía hacer que sus hojas adoptaran la forma de cualquier árbol o arbusto sobre el que creciera. Los científicos aún no se ponían de acuerdo sobre cómo lo lograba. La forma y el contorno de sus hojas cambiaban incluso cuando su tallo se enrollaba alrededor de plantas de plástico. Así que no era que absorbiera material genético. Parecía como si aquella planta realmente pudiera percibir su entorno, aunque no tuviera ojos.

Si de verdad se trataba de esa Boquila trifoliata la que crecía en su jardín, era algo extraordinario. Pero para asegurarse, tendría que examinar de cerca los demás árboles y arbustos de su pequeño paraíso.

Entusiasmada, Geertje corrió escaleras abajo. Ignoró el irritado “¡No pises tan fuerte!” que llegó desde la sala. Si no hubiera aprendido a excluir las reacciones de Hannes mientras jugaba, su matrimonio nunca habría durado tanto. No se atrevía a pensar si eso era algo bueno o no.

Metió el pie derecho en el zueco y, con el otro apenas puesto, salió dando saltitos hacia el jardín. Un calor sofocante la recibió. La ausencia de ruidos de tráfico hacía que la atmósfera resultara aún más opresiva. Ni siquiera ladraba un perro, pese a que raramente había un clima mejor para sacarlos a pasear.

Apartó esas consideraciones y se apresuró hacia el rosal donde había visto por primera vez la nueva planta. La punta de su zueco se enganchó en algo y casi cayó hacia adelante. Miró hacia abajo. En el césped yacía un tallo verde, retorcido como una serpiente venenosa. De él brotaban briznas con el mismo color que el resto del pasto. No era extraño que no lo hubiera notado antes.

De pronto Geertje comenzó a respirar más rápido y un sudor frío le cosquilleó en la frente. Recorrió el jardín con la mirada. Las enredaderas de la extraña planta no solo crecían entre las rosas y el césped; también estaban en las magnolias, el manzano y los tulipanes junto al prado. La única razón por la que no las había visto antes era que las hojas de la planta parecían exactamente iguales a la vegetación circundante. El mismo color, el mismo tamaño, la misma forma.

Evidentemente ocurría algo más que la simple aparición de una plántula extraña en su jardín. ¿Pero qué?

Desde el interior llegó un grito exasperado.

—¿Pero qué demonios…?

La maldición de Hannes apenas parecía amortiguada por el vidrio y la puerta cerrada. Geertje no le prestó atención. Mientras jugaba, el lado ruidoso y agresivo de su marido aparecía con frecuencia. Un lado desagradable. Por supuesto, él quería que ella preguntara qué sucedía para poder quejarse de las tácticas injustas de sus compañeros, pero ¿qué ganaba ella con eso? Solo dolores de cabeza. Y no era como si él mostrara jamás el menor interés por lo que ocurría en su jardín. Si le contaba hasta qué punto la extraña planta había invadido los canteros, Hannes probablemente se encogería de hombros y diría que debía llamar a un servicio de control de malezas.

Ligeramente mareada, como si el mundo a su alrededor no fuera realmente sólido, como si todo fuera solo superficie sin contenido, Geertje atravesó el jardín hasta el fondo, cerca del árbol. La copa estaba a la altura de sus ojos y acercó tanto el rostro a las ramas que casi las tocó con la nariz. A principios de la primavera el árbol había estado cubierto de flores y ahora debería ver los pequeños frutos que más tarde se convertirían en manzanas. Pero no había flores secas. Solo encontró tallos con hojas imposibles de distinguir de las del manzano.

Una repentina ráfaga de viento las hizo susurrar. Aquello le produjo una sensación desagradable. Sobre todo porque no existía ningún otro sonido. Ni siquiera oía ya a su marido y el traqueteo del videojuego había cesado. Tal vez Hannes estuviera preparando café en ese momento. ¿Pensaría también en ella? La experiencia le decía que no. Pero si estaba en la cocina, podría llevarlo afuera, al jardín. Necesitaba saber si no se estaba engañando a sí misma.

Normalmente Geertje prestaba atención a dónde ponía los pies, pero ahora avanzó pisando fuerte hacia la puerta. Después de todo, solo aplastaba las nuevas enredaderas. Y había muchísimas. Detrás de ella, el volumen del susurro parecía aumentar, aunque el viento no soplaba más fuerte. Tal vez fuera mejor no volver al jardín. Prepararse también un café y seguir el consejo de su marido. Solo profesionales podrían erradicar aquella maleza.

La cocina estaba vacía. La cafetera no estaba encendida. Su marido no había sacado nada de los cajones. Sin embargo, el juego no se había reiniciado. Geertje ni siquiera se tomó el tiempo de quitarse los zuecos; fue directamente a la sala.

Hannes estaba sentado en su sillón de espaldas a ella. La pantalla del televisor estaba negra, pero él no se movía. Ni siquiera reaccionó cuando ella pronunció su nombre.

La inquietud que ya sentía se intensificó. Geertje tomó a Hannes por el hombro e intentó sacudirlo para despertarlo. Era como sujetar un palo y, al moverlo, oyó un leve crujido.

Sus pensamientos se apagaron mientras sentía que su garganta se convertía en una columna de hielo. Todo en ella quería huir de la habitación, huir de la casa, huir del jardín. Debía alejarse lo más posible de aquella enredadera.

Pero un último resto de la antigua Geertje quería saber si su miedo estaba justificado. Dio un paso adelante para mirar bien a Hannes.

Un instante de profundo alivio.

Su marido era simplemente él mismo. Las mismas cejas oscuras, las mismas mejillas rojas, los mismos labios finos. Todo había sido producto de su imaginación.

Justo cuando estaba a punto de soltar un suspiro profundo, la ilusión se derrumbó.

No era la piel de Hannes lo que veía, sino una capa de hojas. Allí donde había estado su cabello, la planta era más oscura. Sus ojos y sus labios habían sido reemplazados por pequeñas ramas ingeniosamente entretejidas, apenas distinguibles de los verdaderos. También sus manos, que sobresalían de las mangas, eran masas de hojas comprimidas en forma humana, como obra de un artista.

Una vez más empujó su hombro. Desde el interior del muñeco de hojas sonó un traqueteo.

Los huesos eran lo único que quedaba de su marido.

El grito de Geertje resonó contra el techo. Quiso retroceder, alejarse lo más posible de aquella imitación vegetal de su esposo. Pero no pudo moverse.

Cuando miró hacia abajo, vio que tallos verdes se habían enrollado alrededor de sus tobillos. A cada segundo ascendían más. Estaban cubiertos de hojas del color de su piel, apenas un poco más oscuras que las de Hannes debido a las largas horas que ella pasaba trabajando en el jardín.

La planta había tomado muy buena nota de aquello.

Johan Klein Haneveld (nacido en 1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging". Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir, lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el decimoquinto piso.

 

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