martes, 19 de mayo de 2026

CÓMO LAS TORTUGAS NINJA CASI PROVOCAN MI MUERTE

Nenad Pavlović

 

Todo el mundo sabe que las Tortugas Ninja viven en las alcantarillas, pero yo empezaba a dudar de que vivieran en nuestras alcantarillas. Mientras que la de ellas era un lugar seco y espacioso, ideal para hacer toda clase de geniales trucos con la patineta, nuestra alcantarilla era solo un tonto círculo metálico con un montón de agujeros que se tragaba las bolitas cuando hacías un tiro especialmente desafortunado y en el que podías arrojar piedras para escuchar un “¡ca-plonc!” si estabas realmente aburrido.

Durante una semana lluviosa que transformó nuestra calle en un deslizadero de barro lleno de charcos, descubrí que había mucho más en nuestra alcantarilla de lo que había imaginado. Primero, podía taparse (la alcantarilla de las Tortugas Ninja jamás se tapaba). Segundo, podía abrirse. No sé cómo; debía tener algún mecanismo secreto, porque todos los niños de la calle intentamos abrirla muchísimas veces y nunca pudimos. Mi padre decía que la tapa era simplemente pesada, pero yo sabía que mentía, porque Zach, la Quinta Tortuga, podía levantarla sin problemas. Ya sé que Zach tenía casi catorce años y yo apenas nueve, pero no podía ser tanto más fuerte que yo… ¿o sí?

Así que no era solo un círculo metálico en el suelo: debajo había un agujero, aunque era oscuro y asqueroso, y yo estaba bastante seguro de que allí no había Tortugas Ninja. Una buena cosa que aprendí aquel día fue que todas esas bolitas no se perdían para siempre: aquel plomero nos sacó un auténtico tesoro desde el fondo. Eso sí, estaban todas cubiertas de barro. Mi primer vecino dijo que eso no era barro y le pareció divertidísimo, por alguna razón, cuando limpié cada una de ellas con mi camiseta. Así que aprendí que definitivamente no había Tortugas Ninja en nuestra alcantarilla y que ahora era unas cincuenta bolitas más rico (con casi trescientas en total, probablemente el niño más rico de mi calle). En resumen, había sido un día bastante bueno.

De todo aquello concluí que las Tortugas Ninja probablemente vivían en otra ciudad. Mi mejor amiga, Mary Ann, decía que debían vivir en Italia, porque siempre estaban comiendo pizza, pero yo sospechaba que estaba equivocada; no sabía mucho sobre ese país, pero jamás había visto la Torre Chueca de Italia en ninguna parte de la caricatura. Y durante un tiempo, eso fue todo respecto a buscar a las Tortugas Ninja.

Más tarde, aquel mismo verano, mi otro mejor amigo, Alexander, vino a decirme que había hecho un descubrimiento radical: ¡había encontrado la verdadera alcantarilla donde vivían las Tortugas Ninja! Y no estaba en Italia ni en otra ciudad, sino cerca, junto al río.

Por supuesto, tuve mis dudas: sus dos descubrimientos anteriores –las armas olvidadas de la Segunda Guerra Mundial en un molino embrujado y el tesoro de un vampiro en otro molino embrujado distinto– habían resultado falsos (aunque, en realidad, aquel último nunca se confirmó porque nos acobardamos y jamás entramos). Pero esta vez no solo juraba que era cierto: estaba dispuesto a mostrármelo la próxima vez que fuéramos a pescar.

Se suponía que quedaba río abajo, más allá de los rápidos poco profundos donde normalmente pescábamos cachos. Había muchísimas historias fantásticas sobre aquellos lugares río abajo. Si realmente existía una enorme roca blanca desde la cual uno podía lanzarse a una poza profunda llena de bagres monstruosos, entonces también podía existir una alcantarilla habitada por auténticas Tortugas Ninja de verdad (digo “de verdad” para diferenciarlas de las Tortugas Ninja falsas que había visto en el cine, que obviamente eran solo tipos disfrazados).

Yo estaba seguro de que solo quería tomarme el pelo, y también tenía un poco de miedo de que nos metiéramos en problemas por alejarnos demasiado del vecindario, pero apenas caminamos un poco más allá de los rápidos, se detuvo y señaló unos arbustos.

Y allí estaba.

Una entrada de alcantarilla real, casi exactamente igual a las del programa y, desde luego, lo bastante grande como para que una Tortuga Ninja pudiera deslizarse por ella en patineta.

Era un atardecer de verano, y los rayos dorados y rojizos apenas ofrecían luz suficiente para explorar cuevas. Además, íbamos cargados con equipo de pesca y bolsas llenas de peces vergonzosamente pequeños. Pero prometimos volver al día siguiente, justo después del desayuno, y convertirnos en la Sexta y la Séptima Tortuga Ninja antes de la hora del almuerzo.

No salió como habíamos planeado.

La entrada de la alcantarilla seguía allí, pero no había manera de llegar hasta ella: las orillas del río eran empinadas y resbaladizas por el barro y la hierba mojada, y además estaban llenas de trampas de abrojos y ortigas. Y ni siquiera podíamos rodearla porque había demasiada agua cerca e incluso dentro del tubo.

—Tenemos que volver cuando baje el nivel del agua —dijo Alexander con una voz sospechosamente parecida a la de un adulto.

—¿Y cuándo va a ser eso? —pregunté, decepcionado, jugando con mi diminuta linterna, que tenía tantas ganas de usar aquel día.

—No sé. Supongo que para finales del verano.

Durante los días siguientes fui en bicicleta hasta el río todos los días para comprobar si el nivel del agua había bajado, pero nunca estaba lo bastante seco como para entrar caminando por el tubo sin arruinar las zapatillas (y ganarse una buena paliza).

La búsqueda de las Tortugas Ninja nunca fue olvidada por completo, aunque sí pasó a un segundo plano por culpa de otras cosas que ocurrieron mientras tanto. Principalmente, las maratones nocturnas de películas del Canal Ocho.

¡Dios, qué maravillosas eran aquellas maratones!

Era como ir varias veces al videoclub, solo que gratis, y además podías ver películas para las que normalmente jamás te habrían dado permiso. Algunos días daban películas aburridas, como dramas (o bostezatones, como yo las llamaba), pero otras veces había comedias, dibujos japoneses con robots y ninjas, ciencia ficción… y mis favoritas, las que yo personalmente prefería: ¡las películas de terror!

Por supuesto, yo no podía quedarme despierto hasta tan tarde, aunque me hubieran dejado. Ahí entraba la magia de programar el videocasete (creo que mi padre jamás se perdonó haberme enseñado cómo hacerlo).

La mejor parte de todo era no saber qué ibas a encontrarte: la programación de televisión solo decía “Maratón de películas” y el género de las películas emitidas, sin mencionar títulos. Así que ver la cinta al día siguiente era como abrir regalos en Navidad.

Mi última captura había sido una película llamada Demons, que mi padre calificó como “la cosa más tonta jamás hecha”. A mí me había parecido bastante buena, salvo por el hecho de que se llamara Demons cuando los monstruos en realidad eran zombis; supongo que el tipo que la hizo no sabía demasiado sobre monstruos.

Así que, naturalmente, me emocioné mucho cuando metí el último casete que aún podía grabar encima (que anteriormente contenía Astérix, Horton Hears A Who! y una película extraña con mujeres desnudas) y programé la grabación para la medianoche.

A la mañana siguiente me levanté a las siete, me senté frente al televisor con un plato de sándwiches y presioné “play”, ansioso por descubrir qué clase de monstruo aparecería esta vez.

Pero la película ni siquiera había llegado a la mitad cuando no solo perdí el apetito, sino también casi todo el color del rostro.

Aquella película de terror no era divertida. ¡Era aterradora!

Casi todas las películas de horror trataban sobre un héroe que luchaba y finalmente derrotaba a un monstruo que claramente era un hombre con un traje de goma o un efecto especial (nunca entendí qué tenían de “normales” los efectos normales). En otras palabras: adultos peleando contra algo inventado.

Pero esta película trataba sobre niños siendo devorados por algo que yo había visto con mis propios ojos y sabía con absoluta certeza que existía de verdad:

¡Un payaso!

Y eso ni siquiera era la peor parte.

El lugar donde vivía el payaso asesino, su espantosa guarida, se veía exactamente igual al sitio donde casi habíamos entrado para buscar a las Tortugas Ninja.

Al borde del llanto, con el video en pausa, permanecí sentado, empapado en sudor frío, pensando en aquello: habíamos estado a punto de entregarnos voluntariamente a un monstruo tan terrible que ni siquiera todas las Tortugas Ninja juntas, incluso con la ayuda del maestro Splinter, podrían derrotarlo jamás.

Cuando vi a Alexander más tarde aquel mismo día, gritó:

—¡Ya lo sé!

Corrió calle abajo hacia mí, y de inmediato comprendí qué era exactamente lo que sabía.

Prometimos que nunca volveríamos a acercarnos a aquella horrible entrada de alcantarilla. Ni por el bagre más grande del mundo ni por la posibilidad de conocer a las Tortugas Ninja jamás.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

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