martes, 19 de mayo de 2026

EL GRAN INTERCAMBIO

Boris Glikman

 

Después de que ocurrió el cataclismo, la gente –o más bien los seres en los que la gente se transformó– comenzó a referirse a éste como el Gran Intercambio. Cuando aquellos seres recordaban cómo había sido el mundo antes del Gran Intercambio, lo que más los impresionaba era cuán ciegos habían sido en aquellos tiempos.

Por entonces, las enseñanzas religiosas y las teorías científicas mantenían obediente a la humanidad, sometida mediante ominosas profecías de apocalipsis y armagedones en los que toda la vida sobre la Tierra, o incluso el Universo entero, llegaría a su fin. Lo que nadie había previsto era que pudieran existir calamidades mucho peores que la aniquilación universal.

El Gran Intercambio fue un proceso que hizo que los aspectos interiores y exteriores de los seres humanos intercambiaran lugares, de modo que las características emocionales, mentales y espirituales pasaron a ser externas y viceversa. Debe subrayarse que no se trató simplemente de que las características interiores intangibles se volvieran visibles; más bien, los seres interiores literalmente se convirtieron en los cuerpos físicos exteriores, mientras que los cuerpos físicos pasaron a transformarse en entidades internas invisibles.

Naturalmente, las consecuencias de este acontecimiento fueron monumentales y de gran alcance. Ya nadie podía ocultar su verdadero yo interior; este quedaba expuesto en toda su gloria y toda su vergüenza, en toda su belleza y toda su fealdad. Muchas vidas quedaron destruidas, relaciones arruinadas y carreras arrasadas, ya que las neurosis internas, ansiedades, delirios, odios, prejuicios, inseguridades y defectos de carácter de una persona quedaban revelados ante parejas, familiares, amigos, colegas y desconocidos. La propia estructura de la sociedad se vio amenazada, pues su funcionamiento fluido dependía en gran medida de que las personas reprimieran y ocultaran su verdadera naturaleza y sus sentimientos.

Después del Gran Intercambio, una gran parte de la población mundial desapareció por completo. Entre todas las teorías que intentaron explicar aquella desaparición, la más popular sostenía que las vidas superficiales y vacías llevadas por muchos habían terminado por volverlos emocional, mental y espiritualmente huecos. En consecuencia, una vez ocurrido el Gran Intercambio, aquellas personas quedaron exteriormente vacías y se volvieron invisibles.

Sin embargo, para algunos aquel giro de los acontecimientos resultó una bendición. Antes del Gran Intercambio, la apariencia física tenía una importancia primordial; las impresiones y opiniones que los demás formaban sobre uno dependían sobre todo del aspecto exterior. En las interacciones cotidianas, uno era juzgado constante e instantáneamente por su apariencia. La esencia interior, al ser imperceptible para los demás, requería mucho más tiempo y esfuerzo para ser descubierta. Pocos tenían interés o disposición para hacerlo, ya que, en aquellos tiempos vertiginosos, las personas apenas disponían de tiempo para descubrir su propio yo interior, mucho menos el de los demás.

Y así, resultaba especialmente conmovedor contemplar el orgullo y la alegría de algunos de aquellos que antes de este acontecimiento habían sido físicamente feos; aquellos que, pese a todos los desprecios y desaires que el mundo les había infligido, conservaron su dignidad y su respeto por sí mismos, sin permitir que sus almas se ensuciaran con amargura, odio hacia sí mismos o envidia. Ahora, su pureza interior resplandecía brillantemente para que todos pudieran verla y admirarla.

Por otra parte, era raro encontrar a alguien que hubiera sido extraordinariamente hermoso tanto antes como después del Gran Intercambio. Tal vez no debería haber sorprendido, pues, dada la incesante atención, admiración y favoritismo prodigados a quienes poseían gran belleza física, era inevitable que terminaran volviéndose egocéntricos e incapaces de empatía. Así, después de este cataclismo, una gran proporción de los deslumbrantemente hermosos se transformó en algunos de los seres más horrendos imaginables, con una fealdad que hacía que los demás apartaran la vista con horror y repulsión. Sin embargo, también hacia ellos existía compasión y un deseo de ayudarlos de algún modo.

Resultaba particularmente irónico que el espejo, antes la posesión más preciada de la gente hermosa, se hubiera convertido ahora en la pesadilla de su existencia: algo que debía evitarse a toda costa, para no contemplar sus nuevos seres transformados. En verdad, los espejos y otras superficies reflectantes pasaron a ser objetos detestados y aterradores para muchos en aquel mundo posterior al Intercambio. Pocos poseían el valor suficiente para verse exactamente como eran. Quizá temían enfrentarse a las verdades desnudas que sus reflejos pudieran revelar. O tal vez tenían miedo de aquello que no verían, considerando lo fácil que había sido, en el mundo anterior al Intercambio, engañarse a uno mismo creyendo poseer talentos ocultos y potenciales inexplorados, convenciéndose de que todos esos dones maravillosos supuestamente permanecían escondidos en las profundidades y sombras de la mente y el alma.

Debe mencionarse en este punto que el Gran Intercambio fue tan absoluto que sus efectos no se limitaron a la humanidad. Todos los organismos vivos, desde las bacterias hasta las ballenas, y todo lo existente entre ambos extremos, también resultaron afectados. Sin embargo, a diferencia de muchos seres humanos, ninguno de los otros organismos vivos desapareció tras este acontecimiento, resolviendo de una vez por todas la antiquísima cuestión de si únicamente el hombre poseía alma. Ahora era indiscutible que todos los microorganismos, plantas y animales también tenían un yo interior.

Además, en marcado contraste con la abundancia de fealdad presente en la humanidad posterior al Intercambio, todos ellos se transformaron en seres de una belleza sencilla pero inconfundible. De ello podía concluirse que toda criatura viva no humana, sin importar cuán repulsiva o dañina hubiera parecido a ojos de la humanidad, sin importar cuán carente pareciera de rasgos redentores, poseía un alma pura y hermosa. Por mucho sufrimiento y muerte que organismos como las bacterias de la fiebre tifoidea, los mosquitos transmisores de malaria o los piojos hubieran causado a la humanidad a lo largo de los eones, sus seres interiores brillaban todos con la misma radiación sencilla y constante.

Cómo ocurrió exactamente el Gran Intercambio y qué lo causó sigue siendo motivo de intensos debates. ¿Fue obra de Dios? ¿O acaso una etapa natural del proceso evolutivo hasta entonces desconocida? Quizá fue algo completamente distinto: un fenómeno singular y sin precedentes que ni la ciencia ni la religión podían explicar. Lo que no admite discusión es la transformación radical que aquella convulsión produjo en la Tierra, pues afectó a todas y cada una de las entidades vivientes. Ni siquiera los embriones y fetos gestándose en el interior de sus madres estuvieron a salvo de sus efectos.

Tal vez el escenario que he descrito parezca implausible y absolutamente absurdo. Sin embargo, ¿quién puede afirmar que nuestra realidad actual no sea, en verdad, una aberración temporal respecto al estado de existencia descrito anteriormente? ¿Y si solo durante este período de existencia poseemos brevemente características físicas en el exterior y rasgos emocionales, mentales y espirituales en el interior? ¿Y si, una vez en el Más Allá, existimos por toda la eternidad con nuestros seres interiores exteriorizados?

¿No es esa una razón suficientemente válida para comenzar a trabajar sobre nuestras almas, para empezar a dedicar tanto tiempo al desarrollo y perfeccionamiento de nuestros aspectos emocionales, mentales y espirituales como el que dedicamos a mejorar y embellecer nuestros cuerpos físicos? Después de todo, estos frágiles cuerpos corpóreos nos pertenecen apenas por un instante, mientras que nuestros seres interiores podrían vivir para siempre.

Los dejo reflexionando sobre estas cuestiones. Y si deciden descartar mis sugerencias como un absurdo sin sentido, volvamos a reunirnos para hablar de ellas cuando ambos habitemos el Más Allá. Entonces les diré, sin el menor rastro de suficiencia o regocijo malicioso en mi voz:

—Se los dije.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

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