Boris Glikman
Después de que
ocurrió el cataclismo, la gente –o más bien los seres en los que la gente se
transformó– comenzó a referirse a éste como el Gran Intercambio. Cuando
aquellos seres recordaban cómo había sido el mundo antes del Gran Intercambio,
lo que más los impresionaba era cuán ciegos habían sido en aquellos tiempos.
Por entonces, las enseñanzas
religiosas y las teorías científicas mantenían obediente a la humanidad,
sometida mediante ominosas profecías de apocalipsis y armagedones en los que
toda la vida sobre la Tierra, o incluso el Universo entero, llegaría a su fin.
Lo que nadie había previsto era que pudieran existir calamidades mucho peores
que la aniquilación universal.
El Gran Intercambio fue un proceso
que hizo que los aspectos interiores y exteriores de los seres humanos
intercambiaran lugares, de modo que las características emocionales, mentales y
espirituales pasaron a ser externas y viceversa. Debe subrayarse que no se
trató simplemente de que las características interiores intangibles se
volvieran visibles; más bien, los seres interiores literalmente se convirtieron
en los cuerpos físicos exteriores, mientras que los cuerpos físicos pasaron a
transformarse en entidades internas invisibles.
Naturalmente, las consecuencias de
este acontecimiento fueron monumentales y de gran alcance. Ya nadie podía
ocultar su verdadero yo interior; este quedaba expuesto en toda su gloria y
toda su vergüenza, en toda su belleza y toda su fealdad. Muchas vidas quedaron
destruidas, relaciones arruinadas y carreras arrasadas, ya que las neurosis
internas, ansiedades, delirios, odios, prejuicios, inseguridades y defectos de
carácter de una persona quedaban revelados ante parejas, familiares, amigos,
colegas y desconocidos. La propia estructura de la sociedad se vio amenazada,
pues su funcionamiento fluido dependía en gran medida de que las personas
reprimieran y ocultaran su verdadera naturaleza y sus sentimientos.
Después del Gran Intercambio, una
gran parte de la población mundial desapareció por completo. Entre todas las
teorías que intentaron explicar aquella desaparición, la más popular sostenía
que las vidas superficiales y vacías llevadas por muchos habían terminado por
volverlos emocional, mental y espiritualmente huecos. En consecuencia, una vez
ocurrido el Gran Intercambio, aquellas personas quedaron exteriormente vacías y
se volvieron invisibles.
Sin embargo, para algunos aquel
giro de los acontecimientos resultó una bendición. Antes del Gran Intercambio,
la apariencia física tenía una importancia primordial; las impresiones y
opiniones que los demás formaban sobre uno dependían sobre todo del aspecto
exterior. En las interacciones cotidianas, uno era juzgado constante e
instantáneamente por su apariencia. La esencia interior, al ser imperceptible
para los demás, requería mucho más tiempo y esfuerzo para ser descubierta.
Pocos tenían interés o disposición para hacerlo, ya que, en aquellos tiempos
vertiginosos, las personas apenas disponían de tiempo para descubrir su propio
yo interior, mucho menos el de los demás.
Y así, resultaba especialmente
conmovedor contemplar el orgullo y la alegría de algunos de aquellos que antes
de este acontecimiento habían sido físicamente feos; aquellos que, pese a todos
los desprecios y desaires que el mundo les había infligido, conservaron su
dignidad y su respeto por sí mismos, sin permitir que sus almas se ensuciaran
con amargura, odio hacia sí mismos o envidia. Ahora, su pureza interior
resplandecía brillantemente para que todos pudieran verla y admirarla.
Por otra parte, era raro encontrar
a alguien que hubiera sido extraordinariamente hermoso tanto antes como después
del Gran Intercambio. Tal vez no debería haber sorprendido, pues, dada la
incesante atención, admiración y favoritismo prodigados a quienes poseían gran
belleza física, era inevitable que terminaran volviéndose egocéntricos e
incapaces de empatía. Así, después de este cataclismo, una gran proporción de
los deslumbrantemente hermosos se transformó en algunos de los seres más
horrendos imaginables, con una fealdad que hacía que los demás apartaran la
vista con horror y repulsión. Sin embargo, también hacia ellos existía
compasión y un deseo de ayudarlos de algún modo.
Resultaba particularmente irónico
que el espejo, antes la posesión más preciada de la gente hermosa, se hubiera
convertido ahora en la pesadilla de su existencia: algo que debía evitarse a
toda costa, para no contemplar sus nuevos seres transformados. En verdad, los
espejos y otras superficies reflectantes pasaron a ser objetos detestados y
aterradores para muchos en aquel mundo posterior al Intercambio. Pocos poseían
el valor suficiente para verse exactamente como eran. Quizá temían enfrentarse
a las verdades desnudas que sus reflejos pudieran revelar. O tal vez tenían
miedo de aquello que no verían, considerando lo fácil que había sido, en el
mundo anterior al Intercambio, engañarse a uno mismo creyendo poseer talentos
ocultos y potenciales inexplorados, convenciéndose de que todos esos dones
maravillosos supuestamente permanecían escondidos en las profundidades y
sombras de la mente y el alma.
Debe mencionarse en este punto que
el Gran Intercambio fue tan absoluto que sus efectos no se limitaron a la
humanidad. Todos los organismos vivos, desde las bacterias hasta las ballenas,
y todo lo existente entre ambos extremos, también resultaron afectados. Sin
embargo, a diferencia de muchos seres humanos, ninguno de los otros organismos
vivos desapareció tras este acontecimiento, resolviendo de una vez por todas la
antiquísima cuestión de si únicamente el hombre poseía alma. Ahora era
indiscutible que todos los microorganismos, plantas y animales también tenían
un yo interior.
Además, en marcado contraste con la
abundancia de fealdad presente en la humanidad posterior al Intercambio, todos
ellos se transformaron en seres de una belleza sencilla pero inconfundible. De
ello podía concluirse que toda criatura viva no humana, sin importar cuán
repulsiva o dañina hubiera parecido a ojos de la humanidad, sin importar cuán
carente pareciera de rasgos redentores, poseía un alma pura y hermosa. Por
mucho sufrimiento y muerte que organismos como las bacterias de la fiebre
tifoidea, los mosquitos transmisores de malaria o los piojos hubieran causado a
la humanidad a lo largo de los eones, sus seres interiores brillaban todos con
la misma radiación sencilla y constante.
Cómo ocurrió exactamente el Gran
Intercambio y qué lo causó sigue siendo motivo de intensos debates. ¿Fue obra
de Dios? ¿O acaso una etapa natural del proceso evolutivo hasta entonces
desconocida? Quizá fue algo completamente distinto: un fenómeno singular y sin
precedentes que ni la ciencia ni la religión podían explicar. Lo que no admite
discusión es la transformación radical que aquella convulsión produjo en la
Tierra, pues afectó a todas y cada una de las entidades vivientes. Ni siquiera
los embriones y fetos gestándose en el interior de sus madres estuvieron a
salvo de sus efectos.
Tal vez el escenario que he
descrito parezca implausible y absolutamente absurdo. Sin embargo, ¿quién puede
afirmar que nuestra realidad actual no sea, en verdad, una aberración temporal
respecto al estado de existencia descrito anteriormente? ¿Y si solo durante
este período de existencia poseemos brevemente características físicas en el
exterior y rasgos emocionales, mentales y espirituales en el interior? ¿Y si,
una vez en el Más Allá, existimos por toda la eternidad con nuestros seres
interiores exteriorizados?
¿No es esa una razón
suficientemente válida para comenzar a trabajar sobre nuestras almas, para
empezar a dedicar tanto tiempo al desarrollo y perfeccionamiento de nuestros
aspectos emocionales, mentales y espirituales como el que dedicamos a mejorar y
embellecer nuestros cuerpos físicos? Después de todo, estos frágiles cuerpos
corpóreos nos pertenecen apenas por un instante, mientras que nuestros seres
interiores podrían vivir para siempre.
Los dejo reflexionando sobre estas
cuestiones. Y si deciden descartar mis sugerencias como un absurdo sin sentido,
volvamos a reunirnos para hablar de ellas cuando ambos habitemos el Más Allá.
Entonces les diré, sin el menor rastro de suficiencia o regocijo malicioso en
mi voz:
—Se los dije.

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