miércoles, 13 de mayo de 2026

EN ALGÚN LUGAR

Joan Antoni Fernández

 

En Algún Lugar, 3er. día de la 1ª decena del mes Brumario en el Año Ocho de la Revolución

 

                                                         A la atención del insigne escritor Stanislaw Lem.

Apreciado Sr. Lem:

 

Tal vez le sorprenda la recepción de esta carta, ya que será un escrito muy antiguo para cuando llegue por fin a su poder. Si mis cálculos del calendario republicano francés no me fallan, será (o fue) enviada el 3 de Octubre del año 1800, cuando la Revolución Francesa todavía tiene visos de triunfar y la Humanidad entera sueña con un mundo mejor. Libertad, igualdad y todas esas paparruchas, como sin duda usted habrá estudiado… El caso es que, si todo va bien y el Correo Temporal no sufre demora alguna, la misiva llegará a sus manos a mediados del mes de Octubre del año 1956.

Si le maravilla a usted lo portentoso de este envío, un rápido análisis le hará comprender que no lo es tanto. Después de todo, en cierta manera es usted mismo quien me la ha dictado, obligándome incluso a pagar los sellos del envío por correo certificado. No me quejo, señor mío, aunque el dispendio ha sido elevado. Pero por el deber a cumplir la rigurosidad de la Historia, prefiero dejar constancia del hecho, ya que ello pudiera representar una gran importancia en el futuro… o en el pasado. Nunca se sabe.

Por cierto, caigo en la cuenta de que a estas alturas todavía no me he presentado. Aunque no dudo de su natural agudeza mental, prefiero no caer en confusión alguna al respecto. Señor Lem, permítame decirle que yo me llamo Ijon Tichy y soy, por así decirlo, el más afamado hijo de su pluma.  

No me malinterprete, no escribo esta carta para pedirle asignación alguna, tan sólo afirmo ser su personaje ficticio por excelencia. Al ser una criatura literaria, creada en su fecunda imaginación, actúo como el deus ex machina que sirve de excusa para contar sus historias de trasfondo social. Y ya que ostento de forma honrosa semejante condición, me atrevo a sugerir que tal vez pudiera usted no referirse a esa pequeña verruga que tengo en la mejilla, o cuanto menos señalar que se parece a una fresa silvestre. Resulta un detalle poco armonioso hacia mi persona. Todo sea por crear buena impresión en un posible lector, ya me entiende.

Sin duda, en estos momentos estará usted escribiendo o, cuando menos rumiando, un libro de viajes en el espacio y el tiempo donde, de forma un tanto sarcástica, filosofará usted sobre la condición humana, la sociedad en general, e incluso sobre el sistema comunista de su país. No hace falta que le advierta sobre los peligros que encierra la censura oficial, así como lo importante que resulta para la salud de uno decir (escribir) lo que se piensa, pero a la vez sin dejar pistas que indiquen que aquello que se dice (escribe) es lo que se está pensando en realidad. Ya me entiende usted, no hace falta que profundicemos en tan espinoso tema.

Pero no divaguemos más, pues el tiempo apremia, Resulta curioso decir esto, siendo como soy un viajero temporal, aunque resulta bien cierto. Una hora siempre es una hora, en este siglo y en otro cualquiera. Tempus fugit, como suele decir mi querido amigo el profesor Tarantoga.  Lo cierto es que lo que ahora me acontece es consecuencia directa de uno de mis viajes, si no me he descontado creo que se trata del vigésimo séptimo. Un viaje que, a tenor de su vital importancia, habrá de permanecer en secreto. Y ése es el motivo de la presente misiva: advertirle a usted que, bajo ningún concepto, deberá escribir palabra alguna sobre dicho viaje. Será un lapso en blanco dentro de la futura ciencia de la Tichología.

Permítame que le ponga a usted en antecedentes del suceso en cuestión. Me parece recordar que la historia empezó (no estoy seguro de todo, pues usted todavía no ha escrito mis Viajes y menos todavía mis Memorias, por lo que podría invertir o trastocar el orden de mis recuerdos), me parece pues, que tras mi viaje vigésimo quinto… o tal vez fuera el vigésimo sexto… me encontraba yo pilotando una nave en la ruta de la constelación de la Osa Mayor. Y entonces aconteció el suceso.

 No sé si a la recepción de la presente usted habrá concebido ya en su mente el complejo personaje del doctor Diágoras, insigne cibernético aunque algo desequilibrado. Un hombre dominado por el deseo de construir un organismo cibernético perfecto. Según su teoría, los robots tan sólo son una burda imitación de nosotros mismos. Es gracias a ello que este científico, tras arduos intentos, ha creado un ser perfecto y sin rasgos humaniformes. Posee la forma de un polímero fungoide y goza de gran intelecto, estando libre de obedecer a la primera ley impuesta a otras creaciones cibernéticas: la obediencia.

Para Diágoras, que un ser cibernético esté obligado a obedecer las directrices de un programa es un error fatal. A fin de obtener un resultado inmediato en su utilización, unos cálculos exactos por ejemplo, los constructores cierran el camino a la espontaneidad de la obra que han construido. En realidad crean simples herramientas, incapaces de evolucionar por sí mismas, de saltarse sus propios condicionantes. En resumen, no son seres autoconscientes. Sin gozar de espontaneidad no hay comportamiento imprevisible. Y sin lo imprevisible, no existe la auténtica cibernética.

Cuan imprevisible puede ser una creación libre, carente por completo de cortapisas, sin duda el pobre Diágoras lo experimentó cuando la forma del polímero fungoide desapareció de su laboratorio de Creta, capturando a la vez al propio científico. Usted nunca ha llegado a explicarlo, pero sin duda sabe cómo acaba semejante relato: dejando las puertas abiertas al misterio. Un misterio que, para nuestra desgracia, yo he tenido que resolver en la actualidad. ¿O debería decir en el futuro, ya que le estoy escribiendo desde el pasado?

Lo único cierto es que, como le he contado antes a usted, yo me encontraba a bordo de mi nave en ruta por la Osa Mayor. Mi intención original era doblar el espacio para acercarme hacia la Gran Nube de Magallanes, donde se hablaba de la existencia de ciertos gatos inteligentes. Precisamente estaba yo calculando las coordenadas del salto cuando apareció en medio de la cabina una extraña figura. Acostumbrado como estoy a estos fenómenos, debido a lo acontecido en anteriores viajes, me lo tomé con bastante calma. Descubrí que se trataba del profesor Diágoras, quien pareció muy complacido al verme.

—¡Tichy, gracias al cielo que le encuentro! —gritó pletórico—. ¡Debe usted ayudarme o el Universo estará condenado!

—¿Eh? —le contesté sin implicarme demasiado, algo que también he aprendido a hacer tras las consecuencias de otros viajes.

—¡El polímero fungoide que yo construí ha evolucionado! ¡Ahora desea dar el paso definitivo y convertirse a su vez en un Constructor!

—¿Eh?

—¡Tichy, cretino integral, escúcheme usted bien! Nosotros los humanos somos los constructores y los mecanismos cibernéticos son nuestras obras. Por mucho que evolucionen y cambien, siempre tendrán un origen de obra, de construcción. Eso es lo que este Nuevo Ser desea modificar. Pretende ser el Constructor Supremo y que nosotros, los humanos, seamos una de sus obras. ¿Lo comprende usted?

—¿Eh?

—¡Escuche bien, no tengo mucho tiempo! Mi captor se percatará pronto que he logrado huir del Éxtasis Preventivo, donde me tenía prisionero.

—¿Eh?

—Siendo el Nuevo Ser casi divino, ya no le basta la infinitud inabarcable de su poder actual, intenta cambiar la formación del propio Universo. Por fin ha descubierto que tanto él, como usted y yo mismo, que todos somos la obra de un Constructor externo. Pude engañarle durante un tiempo, haciéndole creer que nuestro Creador Supremo era un conglomerado robótico denominado LEM, Lenticular Engineers Minds (Mentes Ingenieras Lenticulares), pero su omnisciencia no tardó en descubrir el engaño. Así supo que “Lem” era en realidad el apellido de un ser humano y que somos obra de su fértil imaginación. Ahora desea eliminarlo, ocupando su puesto como Creador, y ahí es donde interviene usted, Tichy.

—¿Eh?

—Deberá viajar al pasado y prevenir a nuestro Constructor, el señor Lem, de la amenaza que se cierne sobre él. Si logra escribir un relato donde el polímero fungoide no sea tan poderoso y carezca de la capacidad suficiente para cambiar el pasado, todos estaremos a salvo. ¿Lo ha comprendido bien, Tichy?

—¡Ah! —dijo tras una pequeña pausa.

Y es por eso, mi apreciado señor Lem, que le escribo la presente. No le aburriré con los detalles de mi travesía por el espacio y el tiempo, atravesando bucles y agujeros negros hasta llegar a la época de la Revolución Francesa. Tanto el doctor Diágoras como mi buen amigo el profesor Tarantoga, a quien pedí consejo, estuvieron de acuerdo en señalar dicho momento histórico como el más apropiado. La confusión es total, ya es la segunda vez en el día que alguien ha vaciado un orinal desde una ventana y ha caído sobre mi pobre cabeza, así que el Nuevo Ser no podrá localizar mi intento de contactar con usted. Al menos, eso esperamos.

Es por todo ello, señor Lem, que le ruego encarecidamente se avenga a escribir con mucha atención su relato sobre mi futura, o tal vez pasada, visita a casa del doctor Diágoras, así como de la descripción que realiza usted del portentoso polímero fungoide. Incluso no estaría de más que lo suprimiera por completo. Nunca se sabe.

Sé que usted será escéptico a mi relato, tomándome por un chiflado. Otros seres ya me han considerado así con anterioridad, no me ofendo por ello. Pero también sé que usted posee un intelecto culto, capaz de cuestiona esa lógica que el hombre, a través de sus científicos, trata de implementar en la Naturaleza. Piense usted que tal vez por ello sería mejor no jugar a ser Constructores. Dejemos que sea el propio Universo quien cree a su manera y limitémonos a contemplar sus maravillas. Jamás entenderemos lo Ajeno, esa idea la comparto con usted. Pero, a pesar de todo, no dejaré de maravillarme con lo que contemplo.

 Y eso se lo aseguro siendo como soy una persona muy viajada, usted más que nadie sabe que es verdad. El espacio y el tiempo atesoran maravillas insondables que nos dejarán boquiabiertos, si antes alguna de ellas no nos mata. Espero de veras que podamos disfrutar de todo el Universo sin problemas, y también que llevemos la muda adecuada.

 Sin otro particular, deseándole lo mejor, se despide de usted su más entusiasta creación, como siempre a punto de partir hacia un nuevo viaje.

Su seguro servidor,

                                        Ijon Tichy

                                       Personaje Viajero.


Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

ENGLEBERT

Gareth D Jones

 

No fue culpa suya, y nadie lo culpó por lo ocurrido, pero Englebert sintió profundamente la pérdida de su amigo y la culpa le pesaba mucho. Intentó volver a algún tipo de normalidad, trabajando con los otros analistas, pero todo le parecía vacío, sin sentido. Las nanomáquinas seguían confundiendo su cerebro. Le dijo a Bakkar que se iría por un tiempo, que no intentaran contactarlo. Luego salió al desierto, solo, sin provisiones ni equipo. Esa fue la última vez que lo vieron.

Espera. Ese es el final. Vuelve al principio.

 

—No entiendo —dijo Englebert—. ¿Por qué no pueden dejarme en paz? —Masticaba rítmicamente, pensativo, mientras miraba alrededor del patio, como si la respuesta estuviera en algún lugar de su bocado.

—No te dejarán en paz —dijo Yusef—. Porque eres demasiado interesante. —Era bajo y fornido, con un cabello negro azabache que hacía juego con un bigote abundante.

—Supongo que eso es un cumplido.

Englebert paseó por el árido patio, con Yusef a su lado. Había cercas de alambre en dos lados y edificios blancos y bajos en los otros dos. Hacía calor y había polvo; más allá de la cerca, el paisaje desolado se extendía hasta la distante bruma de calor.

—Podríamos irnos —dijo Yusef—, si de verdad estás tan harto.

—Tal vez. —El camello miró las cercas y la puerta vencida. No estaban diseñadas para ser especialmente seguras. El patio pertenecía a un centro de investigación, no a una prisión.

—O decirles que necesitas un descanso.

—¿Y hacer qué? —Englebert escupió ruidosamente sobre la tierra reseca y compacta—. Me seguirán periodistas, o excéntricos, o científicos renegados, o agentes del gobierno que me quieren para sus propios fines malvados.

—Eso es un poco melodramático. —Yusef negó lentamente con la cabeza y luego sonrió—. ¿De verdad crees que eres tan importante?

—Por supuesto que sí. Soy único.

Yusef cruzó hasta el único rincón sombreado del patio y se agachó, apoyándose contra la pared. Probablemente tendrían el resto de la tarde para ellos solos, mientras los analistas examinaban los últimos datos obtenidos de Englebert, intentando medir las capacidades de su mente mejorada con nanoprocesadores y de su fisiología perfeccionada por nanomáquinas. Englebert se alzó sobre él, todavía masticando.

—Nos iremos —dijo Yusef después de unos momentos de silencio. Se puso de pie de pronto, resuelto. Era un hombre pequeño, pero tenía una presencia considerable cuando tomaba una decisión.

—¿Ahora? —dijo Englebert.

—Ahora. —Yusef avanzó hacia la puerta. Abrió el candado codificado y tiró de una de las hojas, que cedió con rigidez, lo suficiente para que Englebert pudiera seguirlo.

—¿Adónde van? —La voz provenía de uno de los analistas, Bakkar, que se asomaba por una ventana oscurecida. La corbata, flojamente anudada, le colgaba sin fuerza sobre el marco.

—¡A tomar un poco de aire fresco! —gritó Yusef. Cerró la puerta con cuidado detrás de ellos y avanzaron por el camino lleno de baches.

Las sombrías profecías de Englebert no tardaron en hacerse realidad. Al acercarse al pequeño pueblo que cruzaba el camino a un kilómetro y medio de distancia, empezó a reunirse un grupo de curiosos. Pinchaban el flanco de Englebert y empujaban a Yusef; gritaban obscenidades que ponían en duda la ascendencia de ambos; exigían que Englebert actuara para ellos como un animal amaestrado; lo maldecían como una ofensa contra la naturaleza.

Al final se detuvieron, pues avanzar se volvía más difícil a cada paso. Apareció un policía, con el uniforme caqui desteñido por el sol, una pistola visible en la funda de la cadera y una sonrisa altanera en el rostro.

—¿Por qué están causando problemas? —exigió.

—Deberíamos volver —dijo Englebert, intentando girar en contra de la multitud cada vez más ruidosa.

—Nosotros no somos el problema —dijo Yusef—. Debería hacer algo con estos hombres. —Señaló con enojo a los beligerantes habitantes del pueblo. Ellos gruñeron de forma ominosa en respuesta. Estalló una pelea, aunque era difícil saber quiénes participaban.

—Vuelve a tu jaula —dijo el policía.

Alguien chocó contra la espalda del policía, empujado por la multitud. Él sacó la pistola y la agitó de forma amenazante.

La multitud se abrió lo suficiente para que Yusef y Englebert pudieran darse la vuelta y dar varios pasos por donde habían venido. Entonces estalló la violencia.

Englebert avanzó contra la multitud, apartando personas con su enorme cabeza. Yusef luchaba a su lado. La pistola del policía ladró, disparando al aire. La gente empujaba, corría, gritaba y maldecía. Alguien le dio a Yusef un fuerte puñetazo en la cara. Él trastabilló hacia atrás, rebotó contra Englebert y fue a parar contra otro par de lugareños furiosos. Uno de ellos lo empujó al suelo y cayó con fuerza. Su cabeza golpeó una roca y quedó inmóvil.

Englebert se colocó protectoramente sobre su amigo y la turba desapareció tan rápido como se había formado. El policía miró a Englebert con furia y guardó la pistola en la funda. Se agachó junto a Yusef y observó la herida en su cabeza, la sangre acumulándose sobre la tierra sedienta. Le tomó el pulso y comprobó si respiraba.

—Está muerto —dijo.

Espera. Ese todavía no era el principio. Había algo antes de eso, algo antes del patio.

 

Englebert estaba confundido gran parte del tiempo al principio. Bioingenierizado y dotado de una mayor capacidad cognitiva mediante la inyección de nanoprocesadores en su cerebro, su vida pasó de una existencia simple, dedicada a comer y disfrutar de largas caminatas, a la celebridad de ser único: el primer y único camello sintiente del mundo. El rico jeque que había financiado la transformación mantuvo varias conversaciones con Englebert, pero pronto perdió la paciencia cuando resultó evidente que su creación tenía dificultades para adaptarse a su nuevo estado de existencia.

Varios meses después de que el mundo cambiara bruscamente a su alrededor, Englebert se trasladó al centro de investigación. Allí el mundo era mucho más pequeño y menos confuso. Un patio, un laboratorio, un establo y Yusef. El hombre se convirtió en su primer y único amigo. Trataba a Englebert como una persona, no como una rareza. Lo ayudó a sobrellevar el mundo.

Eso es. Eso fue lo que ocurrió primero. Aunque hay algo más.

 

—No puede estar muerto —dijo Englebert.

—Mira, camello, sé reconocer a un muerto cuando lo veo. He visto muertos antes. Está muerto. —El policía se puso de pie despacio y miró al camello con furia; luego le dio la espalda y sacó una radio. Habló por ella rápida y silenciosamente.

—¿Qué pasó? —Bakkar corría por el camino desde el centro, con la corbata agitándose sobre el hombro. Se detuvo a varios pasos y miró fijamente el cuerpo en el suelo—. ¿Yusef? ¿Está…?

—Muerto. —El policía deslizó la radio en su funda—. Están enviando una camioneta por él. —Cruzó el camino y se sentó en un banco de piedra.

Los analistas se arrodillaron junto a Yusef.

—Puedo salvarlo —dijo Englebert—. Mis nanomáquinas pueden hacerlo.

Bakkar levantó la vista.

—Puede que tengas razón. Pero están programadas para la fisiología de un camello, no la humana.

—La fisiología humana es uno de los temas que he estudiado con mayor profundidad —dijo Englebert—. Mis nanoprocesadores ya empezaron la reprogramación.

—No puedes hacer eso in vivo —protestó Bakkar—. Necesitamos crear un lote aparte en el laboratorio.

—No hay tiempo para eso —dijo Englebert—. Solo tenemos un par de minutos antes de que el daño sea irreversible.

—Las nanomáquinas son ahora una parte integral de tus procesos corporales. No puedes sobrevivir sin ellas en su configuración correcta. Están sosteniendo tus funciones vitales.

—Lo sé. —Englebert escupió una enorme masa de saliva sobre el rostro de Yusef.

—¿Qué? —El analista se puso de pie de un salto.

—Método de administración más eficiente —dijo Englebert, y cayó de rodillas mientras sus procesos biológicos perdían el soporte del que se habían visto obligados a depender.

Yusef se sacudió, farfulló, y sus ojos se abrieron de golpe. Miró hacia arriba, desenfocado; luego volvió a cerrar los ojos y se relajó, inconsciente pero vivo.

Bakkar se arrodilló otra vez.

—Funcionó —dijo.

—Bien. —El cuello de Englebert cayó—. Tengo una petición para que la transmitas. No tengo posesiones. No tengo testamento. Lo único que tengo es mi nombre.

 

Los ojos de Yusef parpadearon y se abrieron. Estaba en su propia litera, en el centro de investigación. Bakkar estaba a su lado.

—Englebert te salvó —dijo en voz baja.

—¿Está bien? —preguntó Yusef.

Bakkar negó lentamente con la cabeza.

A pesar de las protestas de Bakkar, Yusef insistió en levantarse y caminar hasta el laboratorio, donde el cuerpo de Englebert yacía en reposo. Todo le parecía familiar, pero su memoria estaba confundida. El déjà vu llegaba en destellos.

—Quería que tomaras su nombre —dijo Bakkar.

—¿Quién? —Yusef miró fijamente el cuerpo de un camello. No recordaba haber estado nunca antes en ese edificio.

—Englebert.

—¿Lo conozco?

—Sí. Era tu amigo.

—Claro que lo era. —Yusef miró alrededor, al laboratorio familiar—. Recuerdo haber salido a caminar.

—Todo volverá a ti. Las nanomáquinas están recableando tu cerebro.

—Puedo recordar cosas —dijo Englebert—, pero no parecen estar en el orden correcto.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

EL HOMBRE MÁS TACITURNO DE LA TIERRA

Víctor Lowenstein

 

Hubo en este mundo un hombre que fue único y fue a la vez todos los hombres; lo más sorprendente es que en el hecho mismo no acontece contradicción. Este hombre fue juzgado por los demás –probablemente demasiado a prisa– como el hombre más taciturno de la tierra. El apresurado juicio de quienes lo conocieron encierra una cuota de verdad: tal vez lo fue. Nuestro hombre (me tomo la libertad de nombrarlo así) que hablaba lo preciso sin perder nunca la amabilidad, tenía poca costumbre de mirarse al espejo. No obstante, cada vez que lo hacía veía algo distinto. A menudo se trataba de algún rasgo circunstancial; podía ser una nueva arruga en el entrecejo o un inusual rictus demarcando una línea del mentón. Por su mirada, entre lánguida y aguda, se sospechaba que su propio reflejo le revelaba otras cosas inéditas, invisibles a los demás, pero significativas a sus ojos.

 De pronto se observaba en el hall de entrada del departamento en que vivía y todos advertían su leve pero cierta sorpresa: algo nuevo venía a descubrir nuestro hombre. No hubo quien no prefiguró gesto similar cuando enfrentaba el espejo del botiquín cada mañana. Debía de afeitarse con una expresión de extrañeza fijada en ese rostro serio. De ahí que se aceptara todo lo que de taciturno tenía aquel hombre; que no era raro, ni malo, ni peligroso. Quizá un poco distinto del resto. A veces decía cosas como “el alba será el principio del día, yo sin embargo lo siento como el fin de otra cosa, un ocaso de algo más trascendente que una noche o incluso el simple comienzo de otro día” dicen que dijo una vez. Frases como esa dejaron perplejo a más de uno.

 En una inusual excursión a las sierras cordobesas, fue invitado a visitar el laberinto de un parque de diversiones. Aceptó, movido por la curiosidad, que es una de las formas más certeras del cumplimiento del destino. Alguien dijo, y posiblemente fue un filósofo cuyo nombre ha sido olvidado por la memoria pública, que extraviarse es iniciar el encuentro con uno mismo. Nuestro hombre intuía esa verdad íntimamente, al punto de evadirse apenas ingresaba en el recorrido sinfín, de las encantadoras muchachas que, como sacerdotisas de Isis lo habían animado a entrar. Se internó por un pasillo que lo condujo hasta una encrucijada con recodos que llevaban a otros tantos angostos pasillos abiertos entre hileras de informes y masivos ligustros. Con desconocido alborozo apuró sus pasos riendo, cerrando los ojos en plena caminata y olvidando todo lo que no fuera la inmediata felicidad que le producía perderse en esos silenciosos corredores verde oscuros.

 El placer, sin embargo, fue mezquino en su cortedad; no pudieron transcurrir más que poquísimos minutos de felicidad antes que nuestro caminante se hallara otra vez ante las puertas de entrada al laberinto. Reconoció los portales del umbral, el colorido letrero de bienvenida y los tenderetes sobre el mullido césped; fue como si de repente lo decepcionara la realidad conocida.

 Retornó a la ciudad más cambiado o mejor dicho en los principios de un cambio o transformación que lo acompañó en lo que le restó de existencia en el plano conocido. Pronto encaneció, y aunque en hombres de cuarenta y pico como él, la vejez comienza por presentarse con la dignidad de unas primerizas canas más que prontamente él perdía ese cabello ya blanco hasta quedarse calvo. Su deterioro era evidente. No sólo el rostro perdía lozanía al punto que conocidos que lo cruzaban o no lo reconocían o apostaban por una enfermedad terminal que lo consumía, sino que su dificultad para desplazarse era motivo de asombro. Apenas si podía caminar sobre sus piernas enclenques que sostenían una osamenta desgastada, y débil. Con voz temblorosa trató de decirle al conserje del departamento que estaba sufriendo a causa de que ya no se reconocía en el espejo del hall de entrada. El hombre no lo escuchó, o no supo entenderlo, y llamó a una ambulancia que lo trasladó al hospital municipal, donde pasó sus últimos días de vida.



Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.



martes, 12 de mayo de 2026

DIOS AYUDA A QUIENES SE AYUDAN A SÍ MISMOS

J. J. Haas

 

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) predice una grave sequía en el norte de Georgia durante el resto de este año. Además, debido al cambio climático, la posibilidad de que ocurran “megasequías” en nuestra región dentro de la próxima década es altamente probable.

—The Gwinnett Gazette

 

El doctor Albert Cole se despertó con sed. Debía de haber estado roncando, porque le dolía la garganta y su esposa había abandonado el dormitorio, como tantas otras veces antes. Buscó el vaso de agua sobre la mesa de luz pero, al encontrarlo vacío, se resignó a levantarse e ir al baño. Sin embargo, cuando abrió el grifo del lavabo, no salió nada, y cuando orinó una orina amarillo oscuro en el inodoro y tiró de la cadena, la cisterna no volvió a llenarse.

Ahora completamente despierto y molesto, pasó de puntillas frente al cuarto de invitados donde dormía Emily y bajó descalzo a la cocina. Encendió la cafetera, pero el depósito plástico estaba vacío, igual que la jarra de agua filtrada en el refrigerador. Llevó el depósito de la cafetera hasta el fregadero, pero abrir el grifo produjo el mismo resultado de antes. Nada de agua. Buscó agua embotellada en la despensa y, al no encontrar nada, resolvió de mala gana ir al supermercado a comprar. Volvió arriba para avisarle a Emily.

—Cariño —susurró, entreabriendo la puerta del cuarto de invitados—. ¿Pagaste la factura del agua?

—¿Eh? —dijo ella.

—La factura del agua.

—Eh… sí, creo que sí.

—Bueno, el agua está cortada en toda la casa. Debes de haberte olvidado.

Ella se incorporó y se frotó los ojos.

—¿Qué? ¡Pagué la factura del agua!

—Está bien, está bien. Voy a ir a la tienda a comprar agua embotellada.

—¿Por qué?

—Porque. No. Tenemos. Agua.

—Ajá. Voy a volver a dormir.

—Hazlo.

Se puso un pulóver de manga corta y unos pantalones caqui, se calzó unos mocasines náuticos sin medias y subió a su Mercedes descapotable gris. El sol ya comenzaba a elevarse sobre Sugarville, y parecía que iba a ser otro abrasador día de verano. Pasó frente a las demás casas millonarias de su urbanización, salió por la entrada vigilada y llegó a la carretera principal. Al cruzar un puente sobre el Chattahoochee, miró hacia abajo y vio pinos cubiertos por un manto verde oscuro de kudzu marchito junto a un lecho de río completamente seco. Parecía no haber final para la sequía que Georgia venía padeciendo desde hacía tres años.

Entró en el estacionamiento del supermercado, con la garganta cada vez más reseca. Una enorme camioneta negra bloqueaba la entrada del local, y vio a tres adolescentes corpulentos cargando cajas de botellas de agua en la caja trasera. A un costado, el gerente de la tienda hablaba con un hombre de cabello rapado que llevaba un rifle de caza colgado del hombro; aparentemente supervisaban la operación. No había nadie más, lo cual resultaba extraño para esa hora de la mañana.

Desconcertado por aquella escena extraña, Albert estacionó el auto en el extremo más alejado del estacionamiento vacío y observó a los hombres desde lejos durante algunos minutos, sin saber qué hacer. Finalmente decidió acercarse, aunque no sin un medio para defenderse. Sacó su Glock 19 enfundada de la guantera y se la colocó en el cinturón; luego tomó una chaqueta liviana del asiento trasero, se la puso para ocultar el arma y salió del coche.

Al acercarse al local sintió sorpresa y alivio al reconocer al hombre del rifle como Earl Eubanks, alguien que conocía de la Iglesia Bautista de Sugarville.

—Hola, Earl —lo llamó—. ¿Qué está pasando?

—No mucho, doctor C. Solo estoy comprándole un poco de agua a mi amigo.

El gerente del supermercado, un hombre de aspecto enfermizo y camisa demasiado fina, asintió hacia Albert y Albert le devolvió el gesto. Los muchachos siguieron cargando la camioneta mientras los hombres permanecían delante de la entrada, bloqueándola de hecho.

—¿Les importa si entro?

—La tienda está cerrada —dijo el gerente, interponiéndose en su camino.

—¿Cerrada? —Albert miró su reloj—. Creí que abrían a las siete.

—Hoy no. Estamos esperando un cargamento.

Las puertas corredizas se abrieron y los muchachos salieron cargando tres cajas de agua cada uno.

—No entiendo. Evidentemente están abiertos para Earl. Yo también quiero comprar agua embotellada.

—Lo siento, señor. Earl es familia.

—Somos primos segundos —dijo Earl, sonriendo.

—Vamos, muchachos. Véndanme una caja de agua. Les doy veinte dólares.

Sacó un billete nuevo de veinte de su billetera e intentó entregárselo al gerente.

—No se puede, señor —respondió el gerente.

—Entonces véndeme una tú, Earl. Toma, cuarenta dólares.

—Esto es para mí y mi familia —dijo Earl—. Será mejor que siga su camino, doctor C.

—¡Esto es ridículo! Mi familia también necesita agua.

—Ya dije que no.

Earl se quitó el rifle del hombro en menos de un segundo y lo sostuvo frente a él. Entonces Albert recordó que Earl había estado en el ejército, y retrocedió.

—Lo siento, doctor C., pero si le vendiera una tendría que venderle una a todo el mundo.

Albert miró alrededor del estacionamiento.

—No hay nadie más aquí, Earl.

—Es cuestión de principios.

—Eso no es muy cristiano de tu parte.

Earl sonrió.

—Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos. ¿No es así, primo?

—Claro que sí —dijo el gerente.

—Como dije, doctor C., será mejor que siga su camino.

Earl golpeó la culata del rifle para enfatizarlo.

—Está bien, está bien, ya me voy.

Se dio media vuelta y regresó a su coche echando humo de indignación.

Ahora sediento y desconcertado, Albert salió a toda velocidad del estacionamiento y condujo hacia el norte hasta su cafetería favorita, pero una voz masculina despersonalizada desde el autoservicio le dijo que no podían preparar café sin agua. Continuó más al norte; pasó de largo el altavoz de una tienda de donas y se dirigió directamente a la ventanilla. Una mujer india baja y de piel oscura, con delantal, le dijo que tenían muchas donas pero ninguna bebida. Murmuró “gracias por nada” entre dientes mientras se alejaba.

A medida que el sol ascendía y el calor aumentaba, Albert sintió un dolor agudo en la nuca que atribuyó a la deshidratación. Necesitaba encontrar agua pronto. Pensó en quitarse la chaqueta, sobre todo porque el descapotable lo exponía directamente al sol, pero después de lo ocurrido en el supermercado quería mantener el arma cerca, y la chaqueta la ocultaba perfectamente. Siguió conduciendo hacia el norte buscando algún lugar –cualquier lugar– que tuviera agua, pero la mayoría de las tiendas estaban cerradas, y cuanto más avanzaba más escasos se volvían los comercios, hasta que se encontró solo en el medio del campo.

Y entonces el descapotable comenzó a recalentarse. Del motor surgió vapor y también salió por debajo del capó, bloqueándole la vista del camino. Para empeorar las cosas, de pronto comprendió que, en el apuro por llegar a la tienda, había dejado el teléfono celular en casa. Miró alrededor buscando dónde detenerse, pero lo único que encontró fue la entrada de un parque, así que giró y halló un lugar sombreado en un estacionamiento vacío. Una vez detenido, abrió el capó y se apartó del coche para permitir que escapara el vapor.

Cuando el vapor comenzó a disiparse, se dio cuenta de que tal vez hubiera agua fresca en el depósito del limpiaparabrisas, aunque no podía saberlo sin quitarlo. Sacó la caja de herramientas del maletero y, cuidando de no tocar el bloque del motor, hizo palanca con un destornillador para sacar el opaco tanque blanco. Pero el depósito estaba vacío. Furioso, tiró de él con ambas manos hasta arrancar la manguera de goma y arrojó todo el mecanismo al bosque.

Intentando tranquilizarse, caminó hasta un pequeño edificio de ladrillo que contenía baños y, después de comprobar que ni los lavabos ni los inodoros tenían agua, descubrió una vieja máquina expendedora de refrescos encerrada detrás de una reja de acero. No había lugar para insertar una tarjeta de débito y no tenía monedas, así que comprar algo quedaba descartado. Consideró volver al coche para buscar la caja de herramientas e intentar forzar la entrada, pero el candado de bronce parecía bastante sólido, y tampoco había garantía de que la máquina estuviera abastecida. Sin embargo, mientras permanecía allí notó un cartel que señalaba una rampa para botes más adentro del parque y comprendió que debía haber regresado a la ribera del río Chattahoochee. Decidió seguir un camino de tierra para ver si podía encontrar agua corriente ahora que estaba más al norte.

Pero la respuesta, para su consternación, era no. El Chattahoochee estaba tan seco allí como cerca de su urbanización. No recordaba haber oído nada sobre el Cuerpo de Ingenieros del Ejército cortando el suministro de agua del río, pero dedicar sesenta horas semanales a su práctica de cirugía de cataratas no le dejaba mucho tiempo para ver las noticias, ni para ninguna otra cosa, en realidad. De todos modos, pensó que era mejor permanecer cerca del río, así que siguió un sendero de tierra hacia el norte para ver si encontraba algún pozo de agua del que pudiera beber.

Apenas estaba vestido para una caminata, y sus pies sin medias comenzaron a dolerle casi de inmediato mientras el sendero ascendía frente a él. Notó que no estaba sudando en absoluto y que el dolor de cabeza parecía empeorar. Como médico, sabía que aquellas eran malas señales, pero como hombre deshidratado solo podía pensar en conseguir su próximo trago de agua y llevar algo de regreso a su familia. Sabía que podía detenerse y descansar en cualquier momento si lo necesitaba, pero simplemente no tenía otra opción más que seguir adelante.

Media hora después llegó al pie de la presa de Buford, pero el aliviadero estaba tan seco como un desierto y parecía que llevaba así bastante tiempo. Un gran cartel rojo de "Restringido" estaba fijado a un lado de la presa y varios soldados estaban de pie en la parte superior. Sabía que el lago Lanier, un enorme embalse artificial con una gran reserva de agua dulce, estaba justo encima de la presa, pero tendría que subir una empinada colina para llegar allí. Por suerte, el camino se desviaba a la derecha, alejándose de la zona restringida, así que continuó subiendo laboriosamente, respirando con dificultad y maldiciendo a los que estaban en el muelle.

Cuando finalmente llegó a la cima, no podía creer lo que veían sus ojos: el lago Lanier estaba completamente vacío. El lecho del lago parecía un cráter en la superficie de Marte, con un patrón irregular de grietas de barro rojo oscuro que se extendían hasta el horizonte. Neumáticos viejos, latas de cerveza y peces muertos secados al sol salpicaban el paisaje desolado, mientras media docena de buitres se alimentaban tranquilamente del cadáver mutilado de un ciervo cerca de donde él estaba. Casi perdió la esperanza de encontrar agua y estuvo a punto de rezar, pero reprimió esa emoción y se resignó a resolver el problema por su cuenta. No le quedaba más remedio que seguir adelante en la dirección que había elegido, así que bajó por el terraplén y pisó el lecho del lago para ver si encontraba agua en algún lugar, en cualquier lugar.

Mientras escudriñaba el paisaje, creyó ver a un hombre de pie en medio del lecho del lago a lo lejos. Sin fiarse del todo de sus ojos ni siquiera de su razón en ese momento, continuó en la misma dirección y determinó que no era un espejismo, sino un hombre de verdad: un nativo americano de mediana edad con un sombrero de vaquero de paja y dos largas trenzas que le caían sobre la camisa. El hombre estaba de pie junto a un pequeño charco en medio del lecho seco del lago, llenando una jarra de leche vacía con agua a través de un filtro. Albert aceleró el paso para acercarse, pero cuando llegó, el hombre ya había terminado de llenar la jarra y se dirigía en dirección contraria hacia un terreno elevado. Lo llamó en un susurro ronco, pero el hombre o no lo oyó o lo ignoró a propósito. Sintió una fuerte tentación de arrodillarse y beber directamente del charco, pero el agua contenía excremento animal que probablemente le causaría giardiasis. Observó cómo el hombre desaparecía entre los pinos y decidió seguirlo. Corrió tan rápido como sus piernas cansadas se lo permitieron, trepó por un carrito de supermercado oxidado para llegar al terraplén y comenzó a bajar por el sendero sin marcar que el hombre había tomado.

Llegó a una pequeña cabaña de madera aislada en el corazón del bosque justo a tiempo para ver al hombre entrar y cerrar la puerta tras de sí. Se escondió entre un grupo de pinos cercanos durante unos minutos, respirando con dificultad e intentando decidir qué hacer. Podía llamar a la puerta y pedir agua, pero el hombre obviamente también tenía problemas para conseguirla y probablemente no se la daría, y simplemente no podía permitirse que se repitiera lo que había sucedido en el supermercado. No había margen de error ni razón para la cortesía: tenía que conseguir esa jarra. Tembloroso, sacó la Glock 19 de su funda, se acercó a la puerta y, al encontrarla sin llave, entró en la cabaña con el arma en alto.

El hombre estaba de pie junto a la chimenea.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Manos arriba.

El hombre levantó las manos ligeramente.

—¿Qué quieres? No tengo dinero.

—Agua —dijo Albert, tosiendo en su mano izquierda.

—Ahí, en la mesa. Sírvete.

Albert se tambaleó hasta la mesa, pero al poner un pie delante del otro, el tiempo pareció ralentizarse y la jarra se alejaba cada vez más a medida que se acercaba. Sintió que su visión periférica se estrechaba como un túnel y se desplomó al suelo.

Cuando recuperó el conocimiento, estaba sentado en una silla dura con respaldo de escalera y las manos atadas a la espalda. La jarra y la pistola yacían a su lado sobre la mesa. El hombre, sentado en la silla de enfrente, rebuscó en su cartera y sacó su licencia de conducir.

—Doctor Albert Cole de Sugarville, Georgia. Dígame, doctor Cole, ¿qué demonios hace en mi cabaña?

Albert estaba mareado y apenas podía mantenerse erguido en la silla.

—Agua. Necesito agua.

—Sí, lo mencionaste. ¿Alguna vez le has disparado a alguien, doctor Cole?

—Eh… no.

—¿Has recibido entrenamiento con armas de fuego?

—Un poco.

—Eso es obvio. Bueno, doctor Cole, aquí tienes tu primera lección: si apuntas con un arma a alguien, más te vale estar preparado para dispararle. De lo contrario, mejor no andes blandiendo pistolas. Acabarás disparándote a ti mismo o dándole un arma a tu enemigo.

—Mire, señor…

—Doctor. Doctor Robert Agaska, doctor en filosofía. Imparto clases de Estudios Nativos Americanos en la Universidad de Georgia.

—Ah, ya veo. Mire, lamento haberle apuntado con un arma, pero no sabía qué más hacer. Si me da un poco de agua, me iré y no le molestaré más.

Albert comprobó sus ataduras. La cuerda estaba tensa, pero notó un poco de holgura.

—¿Por qué debería darte algo? Entraste a mi casa sin pedir permiso y me apuntaste con una pistola. —Agaska se levantó y caminó hacia la cocina, pero se detuvo a mitad de camino y se dio la vuelta—. ¿Por lo menos sabes dónde estás, doctor Cole?

—¿Lago...?

—Te equivocas. Estás en territorio de los indios Muscogee.

—¿Muscogee? Creía que esto era un asentamiento de los indios Creek. —Mientras hablaba, seguía manipulando la cuerda con sus ágiles dedos y parecía estar avanzando.

—Ese es el nombre que nos dio el hombre blanco, pero prefiero el que nos dimos nosotros mismos. Soy descendiente de los indios muscogee originales. Nací en una reserva en Oklahoma, pero desde muy joven supe que esta era la tierra de mis ancestros. Así que, al crecer, vine a la Universidad de Georgia para estudiar a mi pueblo y estar más cerca de esta tierra. Mis ancestros fueron expulsados ​​a la fuerza de esta zona en 1834 durante el Sendero de las Lágrimas. ¿Seguro que ha oído hablar de eso?

—Ni siquiera había nacido...

—Mis ancestros no tenían sentido de la propiedad, doctor Cole, pero yo sí. Así que cuando entra en mi cabaña e intenta robarme algo, me lo tomo muy a pecho. No solo por mí, sino por mi pueblo. Para mí, es como un criminal que regresa al lugar del crimen.

Agaska entró en la cocina y descolgó el teléfono de pared.

—¿Qué está haciendo? Albert dijo, sintiendo que las cuerdas comenzaban a aflojarse.

—Llamar a la policía”.

—¡No hagas eso! Eh… ¿qué pasó con el lago Lanier? —preguntó, intentando distraer a Agaska para que no marcara. “El agua pareció desaparecer de repente”.

—Quizás para ti, pero no para mí. He estado viendo cómo el lago Lanier se seca progresivamente durante los últimos tres años. En resumen, el hombre vive en desequilibrio con la naturaleza, desafiando al Gran Espíritu. Él tampoco tolera a los ladrones. —Agaska comenzó a marcar.

Liberándose, Albert se puso de pie, agarró la pistola y apuntó a Agaska.

—Baja eso. —Agaska colgó el teléfono.

—No te muevas.

Con la pistola en su mano derecha temblorosa, Albert quitó la tapa de plástico de la jarra con la izquierda y se la llevó a los labios. Pero antes de que pudiera beber, se oyó un disparo y la jarra salió volando de su mano, cayendo al suelo. Se dio vuelta y vio a Agaska empuñando su propia pistola. Preso del pánico, Albert disparó a ciegas, vaciando su Glock 19 contra el hombre, y lo vio desplomarse en el suelo.

—¡Maldita sea! —gritó.

Corrió hacia Agaska y lo encontró tendido boca arriba sobre el linóleo con tres agujeros de bala en el pecho, sangrando profusamente y ya inconsciente. Supo de inmediato que, sin un hospital cerca, no podía hacer nada por él salvo verlo morir. Se quedó junto a Agaska llorando en silencio hasta que oyó el estertor de la muerte y supo que había fallecido.

Pero aún necesitaba beber.

Encontró la jarra cerca de la puerta principal, pero entre el pico abierto y los agujeros de las balas, toda el agua se había derramado al suelo y se había filtrado en la madera. Tras registrar el resto de la cabaña en vano, finalmente regresó junto a Agaska y se arrodilló a su lado.

—Lo siento —susurró, y comenzó a lamer la sangre del muerto del suelo.

J. J. Haas es un poeta y escritor de relatos cortos cuya obra de ficción está disponible en Amazon en una colección de libros electrónicos titulada Searching for Nada. Ha publicado ficción y poesía en una amplia variedad de revistas como Shenandoah, Rattle, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Asimov's Science Fiction, Baen's Universe y Writer's Digest. Es Senior Content Developer en ADP, miembro de la Society for Technical Communication, y ha sido instructor en el Creative Writing Certificate Program de Emory Continuing Education. Haas se licenció en Lengua y Literatura Inglesas en el College de la Universidad de Chicago y fue Past President of the Alumni Club of Atlanta. Vive en un suburbio de Atlanta.

EL DÍA QUE DESAPARECÍ

Ivana Gavrić

 

—¿A qué le temes más? —En el transcurso de una charla casual, después de una breve pausa, tocaron también este tema.

—Hm… Pues a la enfermedad, sí, eso me aterra de verdad. ¿Y tú? —preguntó el segundo de los tres hombres, mientras, sentados a la mesa, bebían cada uno según sus preferencias.

—Al dolor. —Y luego, como si se hubiera arrepentido, añadió rápido—. A la impotencia.

Al tercero le gustaba filosofar y siempre definir algo y exponer hechos y conclusiones; ese tercero era yo.

—¿Sabían que la raíz de todos los miedos del ser humano es, en realidad, el miedo primario: el miedo a la muerte? Eso, al menos, afirman los psicoanalistas. Yo, sin embargo, tengo una visión distinta del miedo, especialmente después de lo que me ocurrió… Si me preguntas ahora cuál es mi mayor miedo, te diría que, definitivamente, es el miedo a lo desconocido. Aún hoy no lo sé: no puedo explicarlo, no sé dar una explicación lógica y sensata de lo que me pasó y de lo que atravesé. De lo que atravesamos todos: yo como actor principal y ustedes como personajes secundarios, alcanzados por mi papel. ¿Qué me ocurrió aquella primavera lluviosa? —Durante unos instantes más, los tres se quedaron en silencio.

—Bueno, mira, tengo que admitirlo: si nadie lo dice, lo digo yo. Nadie cree que no sepas qué te pasó. —Fue la respuesta sincera de uno de los otros dos hombres.

—Ni Olga, mi propia madre, me cree, y de Ivana ni hablemos. Y siempre fui sincero con ella, desde el principio, incluso antes de pedirle matrimonio… qué digo, desde siempre… Habla y se comporta como si quisiera convencerme de que me cree, pero yo, aun así, en lo más profundo de mi ser siento que nunca me creyó del todo. Me he reconciliado con eso. Nadie me creerá jamás…

Los tres hablábamos ese día del acontecimiento que me sucedió hacía menos de dos años.

 

Era abril de 2022. Un abril lluvioso y falaz. Durante unos días el clima es tan maravilloso, soleado y cálido, que todos, como pueden y saben, se escabullen de sus casas frías y oscuras para, como pequeñas lagartijas de pared, absorber el primer sol de primavera tras un invierno interminablemente largo. Pero abril es el mes en que esos días no duran mucho. Hay un ambiente agradable durante algunas jornadas y luego vuelve la lluvia. Una lluvia larga, otoñal, en pleno abril: esa que no es ni llovizna ni chorreo fino, sino algo entre ambas. Lo suficiente para que uno se confíe y salga sin sombrero, convencido de que no es fuerte, de que se mantendrá seco, y se empapa ya en los primeros minutos. Lluvia y viento de abril: así fue también aquel abril.

Zoran se levantó temprano aquel lunes, a pesar de que la noche anterior se había quedado con Ivana hasta altas horas, pero tenía la costumbre de despertarse temprano. Estaba de mini descanso, un fin de semana medio prolongado, así que no tenía obligaciones. Ivana aún dormía, y a él le daba pena despertarla; sabía lo difícil que era, en el sexto mes de embarazo, encontrar una posición favorable para quedarse dormida, así que solo la besó suavemente y salió en silencio del dormitorio. Justo en días así, cuando estaba libre, sin planes ni ideas para lo siguiente, normalmente pasaba todo el día en casa en pijama, estirándose entre el sillón y el sofá, cambiando canales en la televisión; y cuando el clima era tan gris y lúgubre como aquel día, la sensación de ocio y despreocupación era completa. Por una vieja costumbre que llevaba décadas, Zoran nunca empezaba el día sin el primer café y noticias frescas. Siempre había sido así, desde que podía recordar. Trabajara ese día o no, la rutina tenía que cumplirse; de lo contrario, el resto del día se torcía. La costumbre es algo terrible y peligroso…

La noche anterior, Ivana –la esposa de Zoran– y él habían estado en una parrillada en casa de un compañero suyo del trabajo. Era colega y socio de Zoran; hacía cierto tiempo se habían asociado y puesto en marcha esa historia común que, hasta el día de hoy, funcionaba bien y crecía. Se relajaron un demasiado durante todo ese día y se quedaron hasta tarde. No lo habían planeado así: tenían que hacer la compra del domingo, pero lo dejaron para después de la parrillada. Ni siquiera ellos tenían pensado quedarse tanto. Recién cuando se fueron a casa comprendieron que habían estado de visita nueve horas.

—¡De verdad somos los peores! —concluyó Ivana, impactada al darse cuenta de cuánto tiempo había pasado—. Entenderé si nunca más nos invitan; somos el peor tipo de invitados: los que no saben irse —se justificó sonriendo aquella simpática mujer.

—No pasa nada, se lo vamos a devolver; la próxima vez ustedes vienen a dormir a nuestra casa —agregó Zoran, muy animado y algo ebrio.

—¿A dónde crees que vas? Yo conduzco —dijo Ivana. Por su estado, evitaba el alcohol a distancia, así que esa noche asumió el camino de vuelta. En verdad, siempre habían sido un buen equipo.

Y en el instante mismo en que iban camino a casa, casi al mismo tiempo, coincidieron en voz alta en que parecía que el tiempo había pasado inusualmente más rápido ese día, más rápido que de costumbre. Y siempre es así en buena compañía, o cuando hacemos algo que nos gusta: en esos momentos el tiempo parece cambiar bruscamente su curso.

—Para resumir —dijo Zoran—: primero, cuando llegamos, tomamos café; después Vlajko y yo empezamos a hacer la parrillada, eso duró… —Se quedó pensando, incapaz de recordar cuándo se sentaron a almorzar, pero recuerda que el sol ya estaba declinando—. Luego comimos, hablamos y bromeamos; para entonces ya se había notado el fresco, se hizo de noche, y entramos a la casa. Pero mientras ordenamos y metimos todo lo del patio, eso se llevó una buena hora, seguro. Y, como broche de oro, nos sentamos a jugar Monopol. —Y, en efecto, todos sabemos cómo y cuánto los juegos de mesa, y especialmente el Monopol, pueden devorar tiempo y nervios.

En el camino a casa, aquel día bonito y despejado empezó, durante la noche, a cubrirse con esas nubes pesadas que anunciaban lluvia.

—Otra vez lloverá —añadió Ivana en voz baja.

Al despertarse antes que su esposa esa mañana, Zoran se levantó en silencio para prepararles café a ambos. Abrió el frasco, pero no había café. Ni en el fondo; ni siquiera para raspar y sacar una tacita. Recién entonces le atravesó la cabeza el descuido que habían cometido el día anterior al no ir de compras antes de la parrillada.

—Qué se le va a hacer, ayer no hicimos las cosas según el plan, así que ahora me espera la parte del trabajo que más odio… Ir a la tienda; salir de casa sin lavarme la cara, sin estar despierto del todo. —En su mente se regañaba por ese descuido.

Salió aquella mañana lúgubre con sus viejos zuecos de casa y una bata celeste descolorida. Solo llevó un billete que metió descuidadamente en el bolsillo de la bata. El cielo era plomizo. La lluvia se preparaba de forma amenazante; parecía que en cualquier momento se desplomaría.

Como ya tenía un gusto formado para el café y de verdad disfrutaba el sabor solo cuando mezclaba varias clases distintas de esa bebida aromática, entendió que en el pequeño mercado del vecino, calle abajo, apenas había una de las que usaba para su “cóctel”; y, por supuesto, ya que estaba allí, tomó también varias clases de prensa diaria, bromeando con el vendedor conocido:

—Ya que no tienes mis cafés favoritos, al menos que pueda mezclar las noticias y la información.

El vendedor vecino lo conocía, claro, aunque solo de vista. Sin embargo, no siempre entendía las bromas de Zoran, que este soltaba casi con regularidad. Esa, por ejemplo, no la entendió en absoluto, aun así le sonrió con cortesía. Zoran metió dos sobres de café instantáneo para Ivana y para él en el bolsillo, junto con el cambio, y se colocó los periódicos bajo el brazo antes de salir de la tienda. El vendedor confundido lo siguió mirando un momento, y luego volvió medio perezoso a su trabajo, sin sospechar que aquella mañana sería la última persona que vería a Zoran.

Desde el instante en que salió otra vez a la calle desde el minimercado del vecino, se perdió todo rastro de Zoran.

Aquel lunes perezoso, Ivana se despertó, como de costumbre, más tarde. Ya había pasado el mediodía largo: eran las doce y media, lo cual ese día era esperable, porque se habían acostado tarde y además ella había tardado mucho en dormirse. Se levantó y fue directo al baño, siguiendo su rutina matutina. Al salir del baño se dio cuenta de que la casa estaba extrañamente tranquila y silenciosa. Eso era especialmente raro, porque sabía que Zoran estaba allí, despierto, y normalmente no era tan silencioso.

—Hm… —Al principio se sintió confundida, pero al ver el teléfono de su esposo sobre la mesita de la sala y el frasco de café abierto en la encimera, entendió que probablemente solo había ido un momento a la tienda del vecino.

Se puso a prepararles el desayuno, es decir, a arreglárselas como podía con las sobras. Justo en ese instante pensó, también ella, que el día anterior habían sido imprudentes.

Ya había pasado, seguro, más de media hora, pero Zoran no volvía. Como tenía hambre, empezó a comer; el desayuno ya estaba medio frío. Algo preocupada, pero también esperando, casi con cada bocado miraba el gran reloj de pared. Al terminar, caminó al recibidor y constató que las zapatillas deportivas de Zoran, así como su chaqueta y el paraguas, estaban en su sitio; el coche también estaba en el estacionamiento.

—Está pasando algo extraño… —pensó. Cuando ya había pasado la primera hora, tomó su teléfono y llamó primero a Dragan, el hermano de Zoran, que vivía calle abajo, a un kilómetro aproximadamente. Pero él tampoco lo había visto ni había hablado con Zoran en las últimas veinticuatro horas. Luego llamó a sus suegros, pero su suegra le dijo, confundida, que ellos tampoco habían hablado con él desde la semana anterior.

Ivana empezó a intuir que algo le había ocurrido a su marido en el camino de ida o de vuelta desde la tienda. Miró por la ventana: estaba lloviznando. Se vistió rápido y fue a la tienda. La lluvia ya había formado charcos en la calle; no hacía frío, pero tampoco era agradable.

Qué día tan feo, qué mal tiempo, pensó.

—Buenos días, vecino —saludó al vendedor al entrar—. ¿Mi esposo vino a comprar café hoy?

—Vino esta mañana, compró café y unos periódicos, si mal no recuerdo. ¿No volvió a la casa todavía? —Al oír eso, Ivana se quedó helada. Al ver su reacción, el hombre, con expresión de sorpresa, continuó—: Es extraño: venía literalmente en pantuflas y bata. Fue antes de las nueve de la mañana, y ahora son… —miró el reloj con despreocupación— … pasadas las dos.

Con esas palabras, Ivana salió de la tienda preocupada, en silencio y apresurada.

—Gracias. Adiós —apenas murmuró.

Al llegar frente a la casa, tuvo la esperanza de encontrarse a su esposo adentro, pero al entrar se dio cuenta de que estaba sola.

¡No puede desaparecer así, sin más, un hombre tan grande!, pensó. Y, en efecto, Zoran era corpulento, alto, de tipo deportivo; le gustaba comer bien, pero entrenaba con regularidad; estaba sano, no podía haberle pasado nada. La mujer, desesperada, empezó a sospechar en serio, a preocuparse, a cuestionarse. Tomó el teléfono de él, revisó llamadas y mensajes, pero no encontró nada. Comprendió que ya habían pasado más de seis horas desde que lo habían visto por última vez en la tienda.

Decidió que, aunque ya sabía lo que le dirían, llamaría a la policía. Tenía razón: primero la dejaron en espera, luego la derivaron de un lado a otro, de oficina en oficina, pero al final nadie era competente para un adulto que había desaparecido hacía apenas unas horas y al que todavía “solo” estaba buscando su esposa. Todo tenía ese aire de infidelidad, que, aunque nadie lo dijera, se percibía por el comportamiento y las bromas de los agentes. Ella lo oyó todo; ni siquiera se esforzaban en ocultarlo. Le dijeron que una desaparición de un adulto “sano” se denunciaba oficialmente recién después de cuarenta y ocho horas.

Es inútil discutir con ellos; solo me pondré más nerviosa, pensó Ivana. No me queda más que esperar.

Mientras tanto volvieron a llamar Dragan y Olga, pero nadie tenía datos de Zoran.

Es imposible que un hombre salga en pantuflas y bata y no vuelva… Y aunque hubiera decidido pasar por algún lado, no se habría quedado tanto, lo conozco, pensaba Ivana, cada vez más inquieta.

Al día siguiente oficializaron su desaparición. Dragan recorría la ciudad pegando carteles con una foto de Zoran y el gran texto: “¿ME HA VISTO?”. La policía inició la búsqueda y ya había ido varias veces a la casa de Ivana para preguntarle una y otra vez por todos los detalles. Incluso contactaron a los amigos en cuya casa habían estado la noche del domingo anterior a la desaparición: los interrogaron, los investigaron, buscando una explicación racional, evitando aceptar el hecho de que no había nada racional en toda la situación. Nada estaba claro y todos fueron interrogados por la policía.

Los días pasaban y no había ni rastro ni noticia de Zoran. El tiempo cambiaba. Aquellas lluvias aburridas de abril cesaron. Era el final de ese mes lluvioso. La preocupación y el miedo de Ivana no disminuían, tampoco la esperanza de encontrar a Zoran vivo y sano. Sin embargo, con el paso del tiempo no aparecía ninguna información. La policía hacía lo que podía, pero cuando no existe ni un solo rastro físico de que una persona haya pasado por algún lugar, no se puede hacer mucho.

Era domingo. La mañana estaba nublada, pero agradable. En el momento en que Ivana –perdida de tristeza y dolor en esa desesperación en la que se encontraba– oyó que alguien entraba en la casa, primero pensó, aún somnolienta, que había soñado. Pero cuando volvió a oír que alguien ya estaba dentro, salió corriendo al recibidor y vio lo imposible.

Zoran estaba allí, con sus viejos zuecos de casa y su bata celeste descolorida, con los periódicos bajo el brazo y completamente empapado. Entró y se quedó en el pasillo, mojado, quitándose todo de encima para no mojar el resto de la casa.

—Ah, ya te levantaste. ¿Qué pasa, por qué me miras así? —dijo mientras se apresuraba a sacarse la ropa mojada—. Me agarró la lluvia justo al regresar de la tienda y... — Ivana se quedó petrificada, en shock e incredulidad, mirando a su marido, que se comportaba como si acabara de salir hace un momento, como si no hubiera estado tres semanas completas ausente y denunciado como desaparecido.

Recién cuando él se duchó y se cambió, notó que Ivana no se había movido de su lugar en todo ese tiempo, que seguía con expresión atónita, inmóvil en el recibidor.

—Oye, oye, ¿qué te pasa? —Se acercó con ternura—. ¿Estás bien? ¿O me parece a mí o que tu panza está un poco más grande que esta mañana? —La miró sorprendido; sabía que en el sexto mes crece rápido, que cambia, pero no imaginaba que pudiera ser tan rápido—. Como si desde anoche hasta ahora casi hubieras pasado del sexto al séptimo mes. —Sonriendo, se acercó para besarla.

Aun confundida, después de esas palabras, la joven mujer volvió un poco en sí.

—¿Dónde estabas? —fue todo lo que logró decir.

—Pero si te lo dije: me di una corrida a la tienda por café y periódicos; tenemos que ir a hacer compras. Anoche la arruinamos al no ir al mercado antes de la parrillada —agregó con indiferencia mientras entraba a la cocina—. Me muero de hambre. El alcohol de anoche todavía lo siento; sigo con resaca…

Ivana, sin poder creer lo que oía y veía, lo miraba como si estuviera viendo un espectro.

—¿De verdad no sabes qué fue lo que pasó?

Ahora era Zoran el que estaba confundido, quizá incluso más que Ivana.

—De verdad no sé de qué estás hablando, amor. ¿Qué podría haber pasado en apenas diez minutos?

—¿Diez minutos, dices? ¿Eres consciente de que desapareciste tres semanas, que figurabas como persona desaparecida?

—Cariño, ¿estás bien? ¿Soñaste algo?

El malentendido creció rápido y se transformó en discusión. Pero, como tenían una relación armoniosa y una comunicación sana, se calmaron pronto. Entonces a Ivana se le encendió una idea.

—Dices que no estuviste fuera más que diez minutos, quince como mucho, y volviste empapado, aunque afuera no ha llovido en días.

Tomó los periódicos que Zoran había traído. Estaban sin abrir, olían a tinta fresca, y la fecha en cada uno era la fecha de su desaparición. En ese momento, Zoran miró por la ventana, conmocionado, y comprobó que afuera estaba seco: nublado, pero seco y cálido.

Después de las primeras reacciones, llamaron rápidamente a Dragan y a Olga y avisaron a la policía de que Zoran estaba sano y salvo en casa, y que se negaba a creer que hubiera estado fuera tanto tiempo.

Como suele ocurrir, la policía no se detuvo demasiado en el caso. Aun así, Zoran pasó por entrevistas con psicólogos; insistieron en hacerle una serie de pruebas, un examen médico completo, resonancia, consulta con neurocirujano. Y todo estaba limpio: no había tenido pérdida de conciencia; nada indicaba ataques ni “lagunas” en la memoria; no encontraron rastros de sustancias en su organismo.

Parecía que Zoran había caído en una especie de nudo espaciotemporal, donde a él le parecía que había ido a la tienda y regresado a casa, y que desde su punto de vista habían pasado apenas unos minutos; incluso tenía manifestaciones materiales del clima de aquel día en que desapareció: volvió empapado, y la resaca de la reunión seguía allí… Pero, por otro lado, para los demás –fuera de esa otra dimensión espaciotemporal en la que él había entrado– el tiempo transcurrió de manera normal. Para ellos habían pasado tres semanas; para él, apenas un cuarto de hora.

Pasó mucho tiempo después de eso y, cuando tuvieron al bebé, todo se tranquilizó por completo y las tensiones disminuyeron, aunque de vez en cuando Ivana, ya sea por lo increíble de la situación, ya sea por sus cambios hormonales habituales, a veces sospechaba con incredulidad que Zoran, si no le mentía, al menos le ocultaba dónde y con quién había estado esas famosas tres semanas.

Para no profundizar su desconfianza, él mismo propuso someterse a un polígrafo profesional. Cuando también lo pasó, Ivana y Zoran investigaron durante mucho tiempo el caso y encontraron un mar de datos sobre personas que habían tenido experiencias similares. Algunos desaparecían uno o dos días, otros uno o dos años, pero todos tenían síntomas idénticos a los de Zoran: ni les crecía la barba, ni el cabello, ni las uñas; a ese nivel todo parecía como si realmente hubieran estado ausentes solo los instantes que, en la mayoría de los casos, coincidían con los minutos que “los desaparecidos” sentían que habían pasado.

Cuando entraron en contacto con un especialista, un profesor reconocido del departamento de metafísica y física cuántica de Yale, él, como experto cuya especialidad era precisamente ese espectro espaciotemporal, les explicó que existen las llamadas dimensiones paralelas, de las que, por supuesto, nosotros, especialmente en el plano material, no somos ni podemos ser conscientes. Les habló de una supuesta “superficie” tridimensional, una especie de compuerta, que al parecer habría sido la principal responsable de la excursión de tres semanas de Zoran fuera de nuestro continuo espaciotemporal.

En internet, con frecuencia encontraban el testimonio de un hombre de sesenta años de Toronto que, igual que Zoran, salió en zuecos a comprar cigarrillos a un quiosco y desapareció tres años. No había señales de envejecimiento en él, en su rostro. No se había vuelto más canoso de lo que ya estaba cuando desapareció. Parecía como si hubiera “comprado tiempo” y recibido tres años gratis en términos de salud física, años de vida y aspecto, pero sin saberlo había perdido tres años de su vida. No estuvo presente cuando nació su nieto; no sabía que su hermano había muerto en ese lapso. Todo eso, para él, fue más que impactante.

 

—Así que, si seguimos hablando de miedos, yo sigo teniendo solo uno: le temo a ese nudo temporal, a esa maldita compuerta, o como se llame eso en lo que, sin darme cuenta, caí. Especialmente me aterra que no exista ninguna prueba física de que eso sea real, de que exista. Lo único que tenemos son experiencias de gente en todo el mundo. ¿Es posible que no haya notado ni sentido el instante en que entré allí? Ninguno de los que lo vivimos lo hizo… Yo no era consciente ni de que ya no llovía. Para mí llovía hasta el momento en que crucé el umbral de mi casa y entré…

Terminé mi bebida, me despedí de mis amigos y caminé con paso inseguro hacia la salida.

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube "Gavranica". Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

 

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