Hovhannes Aznauryan
—Mira, el anciano y
la anciana han salido del portal. ¿Ves cómo él la sostiene con cuidado para que
no se caiga en el hielo? ¿Lo ves?… Sube la ventanilla, hace frío, y no fumes
más en mi coche. Bien hecho… ¿Te ofendiste? No te pongas así. En realidad fui
yo quien se torció el tobillo al salir del restaurante, así que debería ser yo
la que esté molesta… Qué pareja tan adorable, ¿verdad? Mira, se han tomado de
la mano. ¡Y tú dices que no existe el amor hasta la tumba! Por cierto, ¿no
pensaste que tus palabras podían herirme? Es como si ya hubieras predicho o
programado nuestra separación. Eso significa que sabes que me vas a dejar. ¿No
es así? Muy gracioso, sí… ¡Eres un imbécil!
Con gran dificultad se quitó la
bota derecha y se acarició el tobillo, presionándolo ligeramente con sus
hermosos dedos y haciendo una mueca de dolor.
—Parece que no se hincha. Has
tenido suerte —dijo ella.
—¿Yo? —se sorprendió el hombre.
—¡Claro que tú! Fuiste tú quien se
adelantó para poner en marcha mi coche y se olvidó de mí, y yo me torcí el
tobillo en la escalera. Así que… ¡culpable!
—¡Protesto, señoría!
—¡Ay, qué idiota eres!
El hombre y la mujer –ni jóvenes ni
viejos– guardaron silencio, con sus rostros iluminados ocasionalmente por el
paso de algún coche. Dentro del Mercedes hacía calor, incluso demasiado, y
sonaba suavemente algo de jazz. Al hombre le entraron de nuevo ganas de fumar,
pero decidió no alterar a la mujer de nuevo. Ella se lo había pedido con toda
razón: que no fumara. Así que, por favor, monsieur, aguántese. No iba a
salir a ese frío.
—Ponte la bota, te ayudaré a llegar
cojeando hasta el ascensor —dijo él.
—No hace falta, quédate. Te llevaré
a casa. Me remorderá la conciencia si te dejo ir a pie hasta el metro. Más bien
cree que ese tipo de amor sí existe. Y que el amor, en general, existe. Yo
conozco un amor así.
—¿Lo dices en serio? Pero tú misma
me contaste que hace medio año rompiste con tu último novio. Y hace cinco años
te divorciaste de tu marido.
—No hablo de mí…
—Ajá…
Volvieron a guardar silencio, y
otra vez, por un instante, los faros de un coche que pasaba iluminaron sus
rostros. La calle era ancha, larga, adornada con iluminación navideña. Las
casas alineadas a un lado parecían mirar con cierta severidad y amenaza a las
del lado opuesto, como si se observaran y se susurraran entre sí. Un poco más
adelante había un cruce. En una de sus esquinas se encontraba un café con un
nombre extraño: «Edén». El hombre y la mujer –ya no jóvenes, todavía no viejos–
vieron cómo, desde detrás del edificio donde estaba el café «Edén», apareció
una columna de vehículos militares: camiones, autobuses con soldados, tanques,
vehículos blindados, transporte de tropas, artillería remolcada… Al girar en el
cruce, la columna, iluminada por las luces navideñas de cafés y restaurantes,
siguió por la avenida principal en forma de arco, sin detenerse en los
semáforos, y luego desapareció tras la curva.
—De verdad conozco un amor así
—volvió a decir la mujer—. En los años noventa tenían más o menos nuestra edad.
¿Recuerdas los noventa?
—Los recuerdo.
—Vivían entonces un marido y una
mujer. Para ganar algo de dinero, para alimentar a su marido y a su hija, la
mujer decidió hacer eclairs y venderlos. ¿Sabes lo difícil que es hacer eclairs
en un horno de leña? No había gas, no había electricidad. No había nada en
absoluto…
—Lo recuerdo.
—Vendió todas sus joyas, compró
harina, leche, azúcar, vainilla… Durante tres meses horneó eclairs y, una vez
por semana, los entregaba en una pequeña tienda cerca de su casa, cuya dueña
los vendía. Su marido, doctor en ciencias matemáticas, ganaba unas monedas
trabajando como cargador en el aeropuerto. Así estuvieron tres meses, hasta que
un día, cuando la mujer llevó otra tanda de eclairs (para entonces había hecho
exactamente setecientos doce eclairs de vainilla), la vendedora le dijo:
—Ay, Klarita, sigues horneando
estos eclairs una y otra vez, pero ¿sabes que casi todos los compra tu marido?
Así no van a ganar dinero.
—¿Mi marido? —se sorprendió la
mujer—. ¿Robert?
—Claro, Robert. Es tu Robert quien
compra todos los eclairs. Toma tu dinero y habla con él.
Esa misma noche, cuando el marido
regresó del trabajo, Clara le preguntó por qué hacía eso. Él se echó a reír y
respondió:
—Verás… La dueña de la tienda donde
llevas los eclairs me dijo que nadie los compraba. No quería que te
entristecieras, así que los compraba yo mismo. Por cierto, los cargadores del
aeropuerto –mis nuevos compañeros– están encantados con tus eclairs. ¡De
verdad!
Otro coche llegó al cruce junto al
café «Edén» y, al pasar junto al Mercedes estacionado bajo un gran plátano,
iluminó los rostros del hombre y la mujer.
—¿De dónde sabes tantos detalles?
—preguntó él, sorprendido.
—¡Pues los sé! —rio ella—. ¿Viste
al anciano y a la anciana que salieron del portal? Son ellos. Clara y Robert. Y
además… son mis padres. Así que créelo: ese amor existe.
—Es increíble —dijo el hombre.
Tenía muchas ganas de fumar, pero seguía aguantándose.
La mujer volvió a acariciarse el
tobillo, presionándolo ligeramente con sus hermosos dedos, pero ya no le dolía.
—Se me ha hinchado la pierna… Eres
un imbécil. Sabes, al final no te llevaré a casa. Perdona. Necesito una compresa. Ayúdame a ponerme
la bota, subiré a mi casa.
El hombre encendió un cigarrillo
cuando la mujer, cojeando, desapareció en el portal, y él, tras cruzar la
calle, se dirigió hacia el metro pasando junto al café «Edén». Sabía que no
volvería a llamarla. Sabía que al amanecer abandonaría la ciudad.
Hacia una de las guerras en curso.

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