domingo, 10 de mayo de 2026

HÉROES DE NUESTRO TIEMPO

Franco Ricciardiello

 

Bíceps femoral, tríceps sural. Los competidores de la final de los 200 metros flexionan los músculos de las extremidades inferiores y se arrodillan sobre los bloques de salida, bajo el sol otoñal de Ciudad de México.

Es el 16 de octubre. Las luces eléctricas del estadio olímpico se reflejan sobre la piel negra de Tommie Smith y John Carlos, un efecto casi metálico que, en el contraste de la transmisión mundial, hace que los atletas de color parezcan organismos seleccionados para ganar.

En los seis continentes, los tubos de rayos catódicos disparan haces de electrones en las pupilas de los telespectadores como baterías de artillería. El milagro simultáneo de la cuántica, un parpadeo azulado como un crepúsculo eléctrico sobre Occidente. El hemisferio derecho del cerebro absorbe en silencio, y en este 1968 aún no existen videograbadoras, videojuegos ni pantallas de computadoras personales. La guerra de la información eléctrica contra el hemisferio irracional, simultáneo, resonante, apenas está comenzando.

Un silencio absoluto cae sobre las pantallas, las miradas de los atletas están alineadas sobre las líneas blancas de las calles que parecen estrecharse a lo lejos. El disparo del juez de salida resuena amortiguado en el estadio.

Sartorio, cuádriceps. Dos segundos, tres segundos: Tommie ya está en cabeza. Cinco segundos. John Carlos y el australiano Peter Norman se distancian unos metros de los otros tres finalistas. Semitendinoso, semimembranoso. Smith y Carlos van al frente. Antes de salir de Estados Unidos habían propuesto boicotear los Juegos Olímpicos en protesta por la admisión de la Sudáfrica racista en los juegos de Ciudad de México.

Tibial anterior, peroneo anterior. Once segundos. Smith, Carlos y Norman superan en ese orden los cien metros. Al norte, más allá del Río Grande, los estadounidenses están pegados a los televisores; del Atlántico al Pacífico, el crepúsculo está iluminado por la luz artificial de los tubos catódicos. Nadie que se considere deportista perdería este momento; todos saben que nada es más real que lo que se ve en televisión. Hace dos semanas, esos mismos tubos catódicos transmitían las imágenes de Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas, donde los helicópteros del ejército mexicano dispararon con ametralladoras pesadas contra los estudiantes de la universidad que protestaban contra los Juegos Olímpicos. Fanáticos del deporte o no, todos vieron en televisión las imágenes de los jóvenes muertos: cientos de cuerpos alineados en las morgues, el duelo latinoamericano de los familiares.

Quince segundos. Tommie Smith ha borrado cualquier pensamiento de su mente, ni siquiera escucha la ovación del estadio. Flexor largo, extensor común. Menos de veinte segundos de carrera son demasiado breves para pensar en algo que no sea el movimiento automático de los músculos, la monotonía rectilínea de la calle, el mantra de concentración repetido durante meses de entrenamiento.

Quién sabe cuántos ataúdes de madera y zinc han sido enterrados recientemente en los cementerios de Ciudad de México. Quién sabe cuántos estudiantes pensaban realmente en los Juegos Olímpicos contra los que iba dirigida la protesta, cuando escucharon el grito elíptico de las aspas de los helicópteros, cuando oyeron el terror gigantesco de la multitud que se dispersaba mientras las balas de 7,60 golpeaban sin distinguir a los jóvenes y a las estatuas de piedra de los dioses precolombinos de Tlatelolco.

Dieciocho segundos. John Carlos comete un error trágico que le cuesta la plata: gira por una fracción de segundo la cabeza para buscar a su perseguidor australiano. Un gesto automático, sin reflexionar, cuando la sombra de la meta ya está en sus ojos.

19”83, Tommie Smith cruza primero. El público en el estadio estalla. Con un sprint, Peter Norman llega segundo, John Carlos apenas tercero, 20”10.

 

La precoz noche del altiplano tropical ya ha caído sobre el estadio olímpico. Grupos de reflectores iluminan el podio de premiación en beneficio de la transmisión mundial. Tommie Smith y John Carlos tienen el cabello áspero, crespo y desordenado como lana africana. Se quitan las zapatillas apenas fuera de los vestuarios y suben al podio descalzos. En las pantallas de 18 pulgadas, la piel de los tobillos y de los pies tiene el mismo color que la sudadera de algodón. A su lado, el medallista de plata Peter Norman viste el uniforme azul oscuro de la selección australiana, pero el blanco y negro de 1968 devuelve en la mayoría de los televisores un negro uniforme. Los jueces del C.I.O. se acercan con solemnidad, los flashes de las cámaras disparan como interruptores de armas de fuego. Smith y Carlos inclinan la cabeza para recibir el oro y el bronce, luego se arremangan la sudadera y suben al podio descalzos, con las cintas de seda al cuello.

Las imágenes rebotan codificadas y decodificadas en la estratósfera. En los televisores de Londres, Toronto o Tokio, no es fácil ver que los dos atletas negros llevan guantes negros. En el estadio mexicano, los turistas yankees se ponen de pie conmovidos, afroamericanos y blancos protestantes anglosajones juntos, con la mano sobre el corazón.

Por un instante parece posible olvidar la segregación, el desempleo, las cruces ardientes del Ku Klux Klan. El deporte no tiene raza ni ideología; en el deporte, Estados Unidos compite contra todas las demás naciones del mundo, y una medalla olímpica no es blanca ni negra, sino de oro. El deporte llena los ojos de lágrimas de emoción.

El sistema de sonido del estadio difunde las primeras notas de The Star-Spangled Banner. Los medios estadounidenses testimonian el evento con la habitual solemnidad dedicada al himno nacional. Pero entonces, el primer y el tercer competidor en el podio levantan los brazos tensos hacia el cielo y cierran el puño dentro de un guante de cuero negro, Smith el derecho y Carlos el izquierdo.

El saludo de las Panteras Negras.

El estadio enmudece, no todos están seguros de lo que ven. Las cámaras disparan sin cesar, fijando para siempre en las instantáneas los puños cerrados, los pies descalzos que evocan la pobreza de los afroamericanos, los collares de cuentas al cuello como cadenas de la esclavitud.

En menos de un segundo, la imagen rebota desde los repetidores satelitales hasta los televisores de todo el mundo; diez millones de espectadores en directo parpadean incrédulos, creen que es una broma por la cerveza de más o por la hora tardía. ¿Pero qué le ocurre al deporte? Hace algunos días los corredores de 400 metros Lee Evans, Ronald Freeman y Larry James posaron para las fotos con boinas negras, puños desnudos y pies descalzos, y ahora les toca a estos dos negros ingratos.

El deporte no debería tener color; ¿es posible que los negros ingratos no sientan el orgullo de América? No es culpa de nadie si nuestros antepasados los trajeron aquí encadenados a través del Atlántico, si hoy hay poco trabajo y están obligados a vivir en lo que llaman guetos.

Un estremecimiento recorre Estados Unidos, otro capítulo de la guerra eléctrica de los medios. Quedará entre los momentos más controvertidos de la historia del deporte. Ante los puños cerrados de Tommie Smith y John Carlos, el orgullo del país se hace pedazos. La utopía de invencibilidad de la nación más joven del mundo, ya puesta a prueba por los vietcong, sufre un colapso por culpa de la única actividad que quedaba incontaminada en este mundo corrupto: el culto de la forma física, la lucha del hombre contra la naturaleza, el crisol de razas como selección democrática que mejora a la humanidad. La inocencia deportiva de América exige venganza: nuestros atletas han ido a Ciudad de México, ese altiplano de comedores de tortillas, para medir sus fuerzas con los atletas de todo el mundo; han ganado y han perdido en competencias leales. En todo esto, la política no tiene nada que ver. La expresión “derechos civiles” solo tiene sentido cuando se habla de la URSS, de Cuba o de China.

El Comité Olímpico de Estados Unidos retira a los dos atletas de las competiciones, confisca las medallas y los expulsa del equipo estadounidense. Tommie Smith y John Carlos deben abandonar la villa olímpica y Ciudad de México.

Pocos días más y los Juegos Olímpicos terminan también en el parpadeo electrostático de las pantallas de 18 pulgadas. El crepúsculo eléctrico de la transmisión mundial se apaga sobre la Ruta 66; de un océano al otro, 5068 atletas de 105 naciones regresan a casa con los medalleros bajo el brazo.

La fotografía de la premiación de los 200 metros dará la vuelta al mundo. Por efecto de la perspectiva fotográfica, Norman parece más bajo y adelantado que los otros; tiene la piel clara y los brazos extendidos a los lados mientras escucha el himno nacional de Estados Unidos. John Carlos lleva la chaqueta del uniforme abierta, la mirada fija en el suelo y el puño izquierdo levantado, cerrado en el guante de cuero brillante. En el centro, también Tommie Smith mantiene los ojos bajos, como si quisiera mantener dentro de su campo visual tanto la medalla de oro como sus propios pies descalzos. Tiene el brazo derecho levantado, tensado al máximo. Tal vez es consciente de que ese gesto lo hará mucho más famoso que la efímera victoria en los 200 metros.

Al comentar el evento, cualquiera invocará un regreso a la inocencia del deporte; cualquiera utilizará esa supuesta pureza para argumentos políticos. Tommie Smith y John Carlos serán cuestionados, boicoteados, marginados; recibirán amenazas de muerte de la John Birch Society, la logia fascista estadounidense.

Pero jamás, jamás nadie logrará borrar ese gesto esculpido para siempre en la memoria del deporte.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

 

URDIMBRE

Jorge Castagna

 

Observé repetir sus rutinas: rígidas, calculadas, sin distracciones. No eran una amenaza para nuestras vidas, solo que no pudimos entenderlos, ni trascender la perturbación que nos producía. Repulsiva, excitante.

Asumieron nuestra presencia como una alimaña más. Se descuidaron, y fue fatal.

Ningún civilizado se había sumergido tan profundo. Nosotros sí… agobiados de fiereza, plagados de anomalías. Enfermos. Siguiendo el bramido de un río que siempre estaba más allá. Nos arriesgamos por su bien, para inculcarles nuestra cultura, nuestro credo. En el fondo, enloquecidos por obtener riquezas luego supimos que eran imaginarias.

De la tribu es posible que ya no queden ni rastros. Solo perdurarán nuestras palabras. Nadie los volverá a encontrar. Son leyenda.

Carecían de identidad y de propiedad. Actuaban como si el único pronombre que los designaba fuera el “nosotros” y sus variedades. Un nosotros para los que circulaban en el mismo sendero y en la misma dirección. Otro más amplio para referirse a toda la comunidad. Y el universo entero… también era nosotros.

Se aferraban, como tabla de salvación, a los senderos. Podía verlos transitar por las trochas horadadas de tanta repetición. Podía verlos y estudiarlos durante horas. Ellos a mí no. Tampoco veían a las sustancias gomosas que chorreaban de los árboles de caucho, ni a los plátanos dispuestos a ser cosechados, ni a las orquídeas transpirando al sol. Ni al entramado lacerante de la selva explotando a su alrededor. Dudo de que pudieran imaginar la posibilidad de ver, ya que carecían de ojos. Ese espacio estaba ocupado por la misma anatomía que el resto de sus frentes, una piel gruesa y curtida de tanto sol.

Descifraban los redobles de los timbales emitidos por los arácnidos. Sonaban similares a cigarras, anunciando el comienzo o la finalización de la urdimbre que tejían incansables, adhiriéndolas en las cortezas de los robles o de los cauchos. Formaban una red que los ciegos usaban para separar los caminos de ida y de vuelta. Los nativos corrían sin tropezar y sin salirse de los senderos. Ninguno cruzaba de carril.

Cuidaban las membranas con devoción. Cuando cortaban retazos para cubrir las heridas que les infería la selva al cazar o recolectar, se arrodillaban y murmuraban algo parecido a un rezo.

Los arácnidos semejaban alacranes con cabezas gigantes. De las glándulas en la parte posterior del abdomen secretaban las telas, gruesas, sin fisuras, espiraladas y siempre idénticas. Con dos aguijones curvos inyectaban un líquido urticante muy doloroso para nosotros, los civilizados. A los de la tribu, las picaduras les parecían una bendición.

Los cuatro senderos, de unos treinta centímetros de profundidad, partían desde la plaza central.

Un sendero conducía al espacio abierto, solo techado con ramaje, hojas de palma y cañas, atadas con lianas y amalgamadas con lodo. Allí dormían y realizaban el coito.

El segundo era el espacio de los niños, allí permanecían hasta que se iban incorporando a la vida adulta. Nadie tenía la obligación de cuidarlos. Corrían, saltaban, se peleaban sin lastimarse, como si practicaran para sobrevivir cuando fueran adultos. Las preñadas trabajaban hasta unos días antes de parir. Eran madres mientras duraba la lactancia, luego las crías eran de todos.

El tercer sendero llevaba al depósito de cadáveres. Un espacio abierto, sin tumbas y de olor nauseabundo. Cada tres o cuatro días se reunían a cremar los cuerpos, incluso a los niños muertos.

El cuarto los llevaba al reservorio de alimentos. Comían bayas, plátanos, tunas y todo tipo de frutos silvestres. Si lograban cazar o encontrar muerto algún animal pequeño, los cuereaban y trozaban. Los maceraban untándolos con polen, tintas y aromáticas. Los comían sin cocinar.

Los senderos por donde iban y venían permanecían cubiertos de agua y lodo gran parte del día, hasta que el sol llegaba a su cenit, luego el agobiante calor los resecaba. Los miembros de la tribu los conocían de memoria, jamás cometían ningún error en su recorrido.

Por turnos, grupos numerosos abandonaban la seguridad de los senderos. Se internaban en la selva a cazar y recolectar. Difícil imaginar cómo representaban en sus mentes la exuberancia y los riesgos impredecibles, solo con el oído y el tacto. Casi todos volvían con heridas, torceduras, desgarros, huesos quebrados.

De la selva se aprovisionaban. A la selva le temían.

Escuchar cada susurro, silbido, croar, frotar de madera era su escudo de protección. Al regresar apoyaban sus cuerpos sobre la urdimbre de la membrana para reconfortarse y sanarse.

Realizaban sus tareas cotidianas sin agradecer ni pedir permiso. Todos eran los dueños del universo, no había nada por lo que pedir permiso. De alguna forma adoraban a la urdimbre porque de ellas dependía el orden de las cosas.

No logré fijar un parámetro que ayudara a predecir el momento en el que todos detenían sus actividades para entonar un cántico grave y monocorde hasta la sordera. Quizás el espontáneo canto grupal también incluyera a la urdimbre y a los insectos que la tejían. Solo duraba unos minutos. El resto del tiempo, no hablaban.

Luego de cantar se acercaban a la plaza central de la ciudadela.

El piso de la plaza era de piedra granítica amalgamado por el paso del tiempo. Sobresalían dos fuentes poco profundas. En una se bañaban sin distinción de géneros y la otra era para beber.

El otro evento precedido por el canto era el apareamiento.

Contemplar el ritual colectivo hizo hervir nuestras entrañas. Nosotros no trajimos hembras.

A las mujeres de la tribu les colgaba un faldón de piel, parte de su anatomía. Era la prolongación del ombligo, un tejido flácido, casi transparente. El faldón de piel se movía en un excitante vaivén al andar, ocultando y sugiriendo a la vez. Protegían así su sexo, el tesoro que solo se develaba por completo durante el coito o al momento de parir. Los machos mostraban sus genitales como cualquier otro órgano. Andaban desnudos con sus cuerpos fibrosos y cobrizos de intemperie. Emitían una atracción enérgica, mezcla de belleza, elasticidad y salud.

No era necesario usar vestimenta, las temperaturas no descendían de los 30º. Casi todas las noches llovía.

Luego del impulso por cantar sin que los motivara un disparador visible, copulaban. Se unían sin reparar en vínculos previos. Lo hacían solo después del llamado, parecían no tener impulsos individuales. O todos o ninguno. Los grupos se formaban espontáneamente. A los ancianos les costaba más ser aceptados. En ese momento las hembras levantaban el delantal y exhibían sus pubis lampiños. Los hombres las acariciaban y besaban con cuidado. Un amor natural y colectivo.

Quisimos participar de la marea de piel húmeda, acariciar los pechos rígidos como madera. Compartir la danza embriagadora. Lamer como ellos, en su oscuridad natural. Saciar nuestra sed antigua, desoída de tanto andar.

Nos excluyeron sin consideraciones.

Mientras la tribu emitía resplandores y gemidos de gozo, nosotros nos enfermamos. Ellos disfrutaban de su invidencia, nosotros mirábamos y nos enceguecíamos de furia.

 

Partimos en la penumbra de una noche sofocada de chaparrones. Antes, destruimos los senderos. Arrancamos con vehemencia una a una todas las membranas. Asesinamos con saña a los arácnidos.

Así, los arrastramos a la ignorancia de enfrentar al mundo, cada uno por sí mismo. Indefensos, sin la salvaguarda de sus rutinas, de la comunidad.

Con unos golpes certeros, les concedimos la fragilidad de ser solo individuos.


Jorge Castagna nació en Morón, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 29 de enero de 1956. Estudió ciencias económicas, biología, pintura, escultura y mecánica dental, pero terminó recibiéndose de psicólogo y luego de profesor de psicología e incumbencias, tras lo cual ejerció la docencia durante dos años en institutos terciarios. Hizo talleres literarios con Alejandro Tloupakis, Sebastian Barrasa, Marcelo di Marco y Laura Yasan, entre otros. Publique con otros tres escritores el libro Lencería para payasos. Participo en varias antologías en Argentina y España y obtuvo menciones en diversos concursos de relatos, que fueron luego incluidos en antologías. En mayo de 2019 publicó el libro de cuentos La ambigüedad de la frontera.

 

 

sábado, 9 de mayo de 2026

SE ARRIENDA

Campo Ricardo Burgos López


1

Agustín Motoa paseaba por una calle del Barrio San Cristóbal Sur en Bogotá cuando vio el aviso de “SE ARRIENDA” y un número telefónico. De inmediato se comunicó, preguntó cuánto valía el alquiler y al ver que era muy barato, no dudo en apuntarse. Pocos días después, Agustín arribó al lugar y se acomodó en el dormitorio principal del segundo piso de la vivienda. La verdad era que la casa de dos plantas con techo de teja tradicional era muy grande para una sola persona como él, pero igual Agustín se sentía a gusto en el lugar y, además, el precio del arriendo era una ganga. La noche de su llegada, hacia las 11 p.m. Agustín llamó a su hermana para contarle que ya se iba a acostar pues hacía mucho frío. A la mañana siguiente, esa misma hermana se cansó de golpear en la puerta de la casa para que le abrieran y al final, cansada, buscó ayuda de la Policía. Cuando las autoridades y la hermana forzaron la puerta e ingresaron a la vivienda, encontraron a Agustín decapitado sobre la cama en que se había dormido.

2

Las investigaciones policiales que siguieron al crimen no consiguieron encontrar un culpable; tras varios meses de indagaciones, la Fiscalía General de la Nación aceptó que no podía explicar el asesinato, que no se había capturado a ningún responsable y el caso se cerró. Un año después del trágico evento, el dueño de la casa, que se llamaba César Lorduy volvió a pegar un aviso de “SE ARRIENDA” en una de las ventanas de la vivienda.

3

A los pocos días de pegado el aviso, la casa otra vez se alquiló a una pareja de recién casados: Pedro Barreto y Dominica Solano. César Lorduy estuvo a punto de decirles lo que había ocurrido al inquilino anterior, pero pensó que con ello sus clientes se asustarían y tal vez tendría que deshacer el trato. Así pues, guardó silencio. La pareja de Pedro y Dominica se trasteó a su nueva residencia un miércoles y esa noche armaron su cama doble y se acostaron a dormir en la habitación principal del segundo piso. A la mañana siguiente ambos fueron encontrados decapitados en medio de un descomunal charco de sangre.

4

Otra vez la Fiscalía y la Policía asumieron las investigaciones y tras varios meses de pesquisas, otra vez no se encontró a ningún responsable del crimen. César Lorduy, sinceramente arrepentido, reconoció que no había advertido a la pareja del asesinato que ya antes se había cometido en el domicilio. Las autoridades le dieron una reprimenda verbal, pero eso fue todo. En las dos ocasiones, los investigadores en algún momento sospecharon del dueño de la casa, pero en ambas oportunidades no se pudo aportar ninguna prueba contra él. En cuanto a César, no podía comprender nada de lo que había sucedido en las dos tragedias. Él sólo era el heredero de esa casa donde alguna vez había vivido su familia y que, con el paso del tiempo, se había ido quedando sola cuando sus habitantes poco a poco se fueron marchando.

5

Ante los tres salvajes asesinatos que habían acaecido en el domicilio, César estaba desconcertado y no sabía qué hacer. Así pues, terminó vendiendo la casa por una bagatela y un nuevo propietario llamado Max Sánchez arribó al lugar. Max Sánchez fue informado por César de las decapitaciones que habían acontecido en la vivienda, pero igual la adquirió. Tan pronto la tuvo en su poder, Max demolió la casa y construyó allí un edificio de tres plantas y en cada planta habilitó un apartamento independiente que en poco tiempo alquiló a cuatro inquilinos: José Hierro que escogió el primer piso, el matrimonio de Carlos Gamero y Melissa Rueda que eligió la segunda planta, y Elba Moritán, una mujer que escogió el tercer piso. Los nuevos habitantes del edificio se trasladaron al mismo en el curso de un par de semanas y la noche de un sábado cualquiera, cada uno se fue a dormir de modo desprevenido. A la mañana siguiente los cuatro fueron encontrados decapitados, cada uno en sus respectivos departamentos.

6

Esta vez la prensa, al conocerse los homicidios, armó tremenda alharaca pues algún periodista descubrió que el edificio estaba en el mismo lugar en donde había estado la casa antigua donde en el pasado ya habían ocurrido tres decapitaciones. Las autoridades asumieron las investigaciones del múltiple crimen y aunque fiscales y detectives se empeñaron a fondo en el asunto, no fue posible esclarecerlo ni conocer el culpable o culpables de la matanza. En el edificio no había ninguna pista y nadie se explicaba cómo o cuándo el asesino o asesinos habían ingresado al recinto. Ningún vecino había visto u oído algo, no había ningún testigo, Max Sánchez estaba asustadísimo y otra vez la policía llegó hasta César Lorduy quien escuchó aterrorizado la historia y bendijo el momento en que se había desprendido del inmueble. Tras otro año de pesquisas de expertos, el caso fue declarado cerrado sin que hubiera explicación alguna.

7

Acojonado por lo acontecido y presa de un temor sobrenatural, Max Sánchez también vendió el edificio por cualquier cosa. Lo compró un aventurero argentino llamado Héctor Gambini a quien le atrajo la espeluznante historia de la casa y del edificio construidos en el predio. Tan pronto Héctor recibió las llaves del domicilio, corrió hasta allí con un par de amigos y se acomodó con ellos en el tercer piso de la edificación. Antes de irse a las camas, Héctor les relató a sus amigos el proyecto que tenía con la construcción: Pensaba promocionar el inmueble como “El Edificio Maldito” divulgando los horrendos crímenes allí acaecidos y alquilar por una sola noche cada uno de los tres apartamentos a quienes tuvieran el valor de atreverse a dormir allí. Los tres sujetos se tomaron varias botellas de whisky augurando el éxito comercial de la iniciativa y al día siguiente fueron encontrados decapitados en medio de tres charcos bestiales de sangre.

8

Tras la nueva masacre, se inició una cuarta investigación policial que de nuevo no condujo a nada: Otra vez las autoridades quedaron desconcertadas ante el asesino o asesinos que no habían dejado rastro o pista alguna. Otra vez nada se esclareció. Los vecinos del edificio, presos de un pánico ultranatural, poco a poco fueron abandonando las viviendas aledañas hasta que cierto día, la cuadra entera quedó deshabitada. Nadie quería convivir al lado de una edificación que adquirió fama de maldita. Hoy en día, la construcción se observa abandonada, los herederos de Gambini no quisieron aceptar la herencia, la Alcaldía de Bogotá se ha hecho cargo de la edificación pues cuando la remató, nadie quiso comprarla. Se dice que hacia el futuro las autoridades planean la demolición de la vivienda, pero nada está claro. Llama la atención que, aunque el inmueble carece de vigilancia, ni siquiera los indigentes se atreven a pasar una noche allí.

Campo Ricardo Burgos López es un escritor colombiano nacido en 1966 en Bogotá, Colombia, ciudad en la que actualmente reside. Es psicólogo, profesor, escritor y crítico. Entre sus obras se pueden mencionar Libro que contiene tres miradas (poesía), José Antonio Ramírez y un zapato (novela), El clon de Borges (novela), Planeta Homo (novela), Introducción al estudio del diablo (ensayo), Orlando Elefante y otros cuentos (relatos) y Satán de mi corazón (poesía). Fue también el guionista de la novela gráfica “Gólgota”.

 

 


 

CRÁTERES

Finn Audenaert

 

Hans se revuelve inquieto en la cama. Con sus largas uñas se rasca vigorosamente el cabello. Primero desaparece su descontento. Después, el picor. Poco a poco empieza a sentirse bien. Así que sigue rascándose. Se incorpora en la cama. El sol naciente ilumina el dormitorio escasamente amueblado. Sus manos se hunden cada vez más en su melena temblorosa. Copos blancos revolotean sobre sus hombros. En su cráneo empiezan a formarse cráteres. Sus dedos no se detienen. No, siguen excavando. El brillo húmedo de la sangre los cubre.

Entonces, las manos codiciosas encuentran resistencia. Desde los cráteres emergen lentamente criaturas. Parecen seres prehistóricos. Escamosos. Con dientes relucientes. Los dedos de Hans quedan suspendidos en el aire, indecisos. Muy pronto se desata un verdadero caos sobre su cabeza. Las criaturas devoran tranquilamente sus cabellos grises. Los mechones resecos desaparecen en sus fauces abiertas. Cuando Hans está casi calvo, descienden por su cabeza en todas direcciones. Utilizan los últimos mechones rebeldes como cuerdas para bajar. Uno de los ejemplares aterriza brutalmente sobre su nariz y le arranca un gran mordisco.

Solo entonces Hans grita. En la vida cotidiana suele ser un hombre tranquilo. Si un cliente se le adelanta en la fila de la panadería, saluda cortésmente al hambriento individuo. Si un automóvil le arrebata un lugar en el estacionamiento, él responde con un amable gesto desde el volante. Si parejas elegantemente vestidas llaman a su puerta para predicar la fe que profesan, las escucha con atención durante media hora. Un hombre bondadoso, como los que, por desgracia, tanto escasean en nuestra sociedad. ¡Pero esto! ¡Dinosaurios de cráneo! ¡Su indefensa nariz! Hay límites, incluso para Hans.

Manotea frenéticamente a las alimañas sobre su maltratado órgano olfativo. Se pincha desagradablemente. La criatura tiene largas púas erguidas. No solo brota sangre de su nariz: su mano también se tiñe de rojo. De inmediato, otro dinosaurio se desliza desde su hombro hasta su mano; el miserable lame con avidez la sangre. La pequeña lengua raspa ásperamente la herida abierta.

Hans está a punto de desmayarse. En un intento desesperado, arroja lejos la pesada manta y saca las piernas de la cama. Se pone de pie con inseguridad y sacude la cabeza. Suaves golpes secos resuenan sobre el suelo de madera. Las criaturas no se dejan desalentar. Lanzan sin miedo un ataque contra sus dedos de los pies. Presa del pánico, Hans se tambalea hacia la puerta. Deja tras de sí un rastro de pequeños trozos de carne con uñas brillantes. Para su horror, no consigue abrirla. Mientras forcejea sin aliento con el picaporte, sombras se proyectan sobre él. La tenue luz del amanecer desaparece ominosamente detrás de los animales, que crecen con rapidez. Hans oye cómo los invasores engullen ruidosamente los pedazos de dedo. Un armario de pared cruje y se hace astillas. Algo perfora el techo. Fragmentos de yeso caen sobre la cabeza de Hans. Sudando copiosamente, el pobre hombre se vuelve y gimotea:

—¿Qué he hecho para merecer esto?

Una pesada garra golpea su abdomen.

 

El pequeño Hans llevaba pijamas de dinosaurios desde los tres años. Así lo querían sus padres. Su padre era un paleontólogo célebre. Daba clases durante la mitad del año académico en Missoula. El resto del tiempo realizaba investigaciones de campo en Montana. Su madre cuidaba en Delft de su único hijo. Cuando el pequeño Hans echaba de menos a su padre, ella nombraba los dinosaurios de su pijama.

—El plateosaurio. Ese es bueno. El velocirraptor. Ese es muy rápido. El liopleurodon. Ese nada. ¡Pronto tú también podrás nadar! No pongas esa cara, cariño. Hay que ser siempre alegre y amable. El próximo verano papá vendrá a casa una semanita.

¿Había oído el niño sollozar a su madre?

 

Hans solo salió una vez de los Países Bajos. A los diecisiete años visitó las badlands de Montana. Hacía seis años que no veía a su padre. Un intercambio de correos secos y escasos acabó dando resultado: Hans podría ayudar a los estudiantes de su padre en el trabajo de campo. Después de un vuelo impresionante sobre formaciones rocosas que cambiaban constantemente, un grupo de veinteañeros lo esperaba en el lugar de aterrizaje. Los estudiantes se cubrían los ojos del polvo rojizo que levantaban las aspas del helicóptero. El calor era insoportable. Para su decepción, Hans vio enseguida que entre ellos no había ningún adulto. Saludó brevemente a quienes lo esperaban. Ellos no dejaron de hablarle ni un momento. Entusiasmados, señalaron un campamento de tiendas y varias casas rodantes. Sin vacilar, Hans se dirigió hacia la caravana más grande. La maleta pesaba en su mano. Abrió la puerta de golpe, sin llamar, arrojó el equipaje sobre una silla junto a la entrada y dejó que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Sobre el sofá cama frente a él se retorcían dos cuerpos. Las pálidas nalgas de un hombre algo mayor bombeaban arriba y abajo. De vez en cuando, su cráneo calvo emergía sobre una espalda velluda. Sobre su hombro izquierdo apareció al cabo de un momento el rostro asustado de una joven.

Hans no conseguía borrar de su mente la imagen del cabello rubio y desordenado de Jackie, “otra estudiante de intercambio”. Durante el largo vuelo de regreso a los Países Bajos pensó en ella y en la visión que ofrecía su padre desnudo al amanecer, acostado entre fósiles apenas desempolvados en una parcela cercada no muy lejos del campamento. Hans no dejaba de ver los cráteres, perfectamente distribuidos sobre la brillante calva de su padre.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

POLVO ESTELAR

Jasmina Blažić

 

—No me gusta el color de este mar —le digo a Žu.

Estoy sentado en la orilla poco profunda; las cálidas olas rojas me salpican y parezco un herido cubierto de sangre aguada.

Él me alcanza un vaso y unas gafas.

—Cristales complementarios.

La combinación de las gafas y la bebida fría me anima de inmediato. A través de los cristales veo el mar verde, igual que en aquel mundo del que acabamos de regresar. Fue un viaje largo y un largo sueño.

—Mar verde… si tuviera un poco de azul sería como en… Geja —comenta mientras se sienta a mi lado con sus propias gafas y su vaso.

Sí, era hermoso. Pero la hibernación deja huella. Mi piel parece la de una lombriz albina a través de la cual se transparentan venas verdosas, aunque las gafas hacen que se vean rojas. De algún modo eso me parece más natural, porque por nuestras venas corre sangre roja.

—Kon, con las gafas pareces un drakariano —dice Žu, como si me leyera el pensamiento—. Repleto de sangre, se nota enseguida. Y sin ellas, parece que estuvieras cubierto de espinaca y crema de cocina.

—¡No menciones a esos vampiros! Además, ¿cómo sabes tú siquiera qué aspecto tienen la espinaca y esa… crema?

—Mira, Konrad, yo leo lo que dice en los envases de las tabletas que tomamos antes de la hibernación. También hay fotos, pero para ti eso es perder el tiempo. A mí no me da igual lo que me trago.

—Todos tragamos lo mismo, solo que los dibujitos cambian cada vez. Por cierto, ¿dónde estuviste tanto tiempo?

—Tomé algo con los hermanos Karamázov. Me los encontré en el bar. Están celebrando.

—Hace cien años que no los vemos. Literalmente. ¿Qué celebran?

—Obtuvieron permiso para descender a Heltarij.

¡Descender a Heltarij! Esa mole cuyo origen nadie conoce, en el borde de la galaxia, el sueño de todos los vagabundos, piratas y ladrones. Solo se permite aterrizar allí con autorización galáctica, por poco tiempo y en una zona estrictamente delimitada, y aun así es algo raro.

—¡Vaya! ¿Compraron el permiso o lo consiguieron en el sorteo anual de afortunados? Qué lástima que no nos inscribimos; podríamos estar en su lugar.

—Ya es tarde para lamentarse. Y sí, exactamente, fueron los afortunados del sorteo. De todos modos no tienen dinero para comprarlo, seguro. Aunque, para decirte la verdad, a mí no me interesa. Pero nos hicieron una propuesta. Y creo que no es mala.

Heltarij está casi tan lejos como Geja. Otro viaje agotador en tan poco tiempo no me entusiasma demasiado.

—Nunca conocí a un ganador de lotería. Ni oí que alguien se hubiera hecho rico con un viaje premio a Heltarij.

—No son idiotas como para revelarse. Ya no existirían ni ellos ni su heltarium.

A Žu es fácil entusiasmarlo. Le gustan el riesgo y todo lo desconocido. Aun así, Geja no sale de su memoria ni de su corazón. Todos los días la menciona varias veces. Y cada dos veces dice que podría vivir allí, en vez de andar vagando continuamente en busca de cualquier cosa para ganar dinero y seguir vagando.

—Entonces, Kon, ¿vamos con ellos? —pregunta, como si se tratara de ir hasta el bar.

—¿Para cuántas personas es el permiso?

—Pues justamente para cuatro.

—¿Cuántas cámaras de hibernación tienen?

—Eeeeh… ahí está el problema —dice Žu arrastrando las palabras mientras se estira y mira su vaso como si lo hipnotizara. A través de las gafas veo rojas sus pupilas verdes, así que aparto la mirada—. No tienen cámaras.

—Entonces ¿venderían los permisos?

—No, subirían con nosotros.

—¿Por qué? ¿No tienen dinero para conseguir cámaras nuevas? ¿O se les averió la nave?

—Nooo… Mmm… la perdieron jugando a las cartas y por eso vendrían con nosotros. Les gusta viajar con nosotros. Eso dicen. Porque sabemos jugar bien. Y sin hacer trampas. Y todos podríamos hacernos ricos. Completamente legal. Eso lo digo yo.

En Heltarij no hay nada que hacer salvo buscar heltarium entre el polvo al atardecer. El heltarium a veces aparece en la superficie, insignificante como una piedra cualquiera que alguien hubiera arrojado o perdido al azar. Pequeños grumos aparecen aquí y allá, difíciles de distinguir entre el polvo parecido al hollín.

El heltarium es un cristal extraño, el más valioso que existe, diría yo. Supuestamente alguna vez fue diamante, pero esto está muy lejos de serlo. O quizá los diamantes no fueron estudiados lo suficiente.

Unos pocos cristales diminutos fusionados bastan… para todo. Pueden triturarse o molerse mediante aparatos especiales y una habilidad que, dicen, recuerda a la alquimia. Si introduces ese polvo en el cuerpo, se convierte en una panacea: un remedio que cura cualquier cosa. Lo llaman el antídoto contra la muerte. Su nombre oficial es Polvo Estelar.

En Heltarij aparece rara vez, de la nada. Los datos indican que las sondas que enviaron insistentemente al principio no pudieron determinar si existe en las profundidades. Las expediciones mineras con robots que dejaban de funcionar rápidamente sobre el suelo de Heltarij tampoco lograron comprender de qué ni cómo se forma. Después de eso se prohibió descender por cuenta propia a Heltarij y excavar su superficie. Ya se utiliza como componente en sofisticados dispositivos y equipos. Las expediciones oficiales a Heltarij a veces tienen éxito y regresan con algo de heltarium. El fragmento más pequeño basta para garantizar una vida cómoda a diez generaciones, así que probablemente al volver siempre se oculta algo. En el mercado negro a veces aparece un grano de heltarium. Y en la galaxia hay demasiados enriquecimientos inexplicables.

El pueblo, por su parte, cuenta que el heltarium crece igual que las plantas en otros lugares. Que necesita luz viva, una luz que atraiga algo hacia abajo para fusionarse en una nueva sustancia y emerger luego a la superficie. Pero eso de la luz nunca funcionó. Además, allí arriba nunca reina una oscuridad absoluta. De las estrellas y planetas cercanos llega una iluminación fantasmal demasiado débil para proyectar sombras sobre el aburrido paisaje de Heltarij.

—Con una piedrita de heltarium puedes comprarte un pequeño planeta y todas las mujeres que haya en él —solía decir Žu.

Él, tan pequeño y rechoncho, de cabello amarillento –de ahí su apodo–, no resulta atractivo para las mujeres. En cambio, ellas se pegan a mí: alto, de pelo largo, cuerpo ágil y edad difícil de determinar. Žu es divertido y educado; yo, callado y taciturno, a menudo sarcástico. Cuando estamos juntos, las mujeres notan menos nuestros defectos o nuestros malos detalles. Con un poco de heltarium seríamos ricos y sin defectos.

Y así, ahora viajamos hacia Heltarij con los hermanos Karamázov, provistos de permisos legales, libres del temor a que los guardianes galácticos nos intercepten y detengan.

Dormimos un poco y luego todos despertamos durante un tiempo para jugar a las cartas. Los Karamázov, adictos a un viejo juego galáctico, habían perdido su nave apostándola, pero la suerte volvió a sonreírles trayéndoles los permisos para Heltarij. Nos entregamos al juego en el pequeño pero cómodo Čunak, que nos arrastra a través del tejido invisible del universo. En hibernación probablemente soñamos con los mundos a los que iremos cuando encontremos heltarium. Cuando despertamos ya no lo recordamos. Ni siquiera es seguro que hayamos soñado. El tiempo no transcurre; nosotros atravesamos el tiempo. Los resultados del juego ni siquiera importan, porque las apuestas con las que contamos en el futuro cercano todavía son inaccesibles.

En algún punto del último tercio del viaje, una alarma nos arranca de la hibernación. Resulta que la cámara donde estaba Karamázov Jr. se averió. Por desgracia no conseguimos arrancarlo del abrazo hermético de la cápsula y exhaló el alma empañando la pantalla transparente. A veces pasa con los modelos viejos.

En medio de un malestar silencioso y un respeto sincero, expulsamos al espacio la cámara con Karamázov. Sucede; los viajes largos son arriesgados, aunque nadie quiera admitirlo. Karamázov Sr. quedó destrozado y triste durante un par de ciclos completos, pero la siguiente partida entre tres logró animarlo un poco. Hasta llegar a Heltarij ya no volvimos a entrar en las cámaras.

El descenso a Heltarij fue preciso y polvoriento.

—Imagínate que apenas aterricemos caigamos encima de una montaña de heltarium —murmura Žu mientras nos ponemos los trajes espaciales.

—¡Quédense quietos! —grita Karamázov Sr.—. Estoy ajustando la gravedad. Espero que todo esté bien asegurado.

Enrosco el guante de la mano izquierda.

—Todo bien de mi lado. Uniforme.

El traje está atravesado en una de sus capas por hilos que generan impulso. El cuerpo no lo percibe gracias al aislamiento gravitacional múltiple de las capas internas. El impulso disminuye o aumenta la atracción respecto de los factores externos. Gravedad artificial. Y el motor de ese ajuste programado son los hilos de la capa aislante, previamente impregnados con polvo de heltarium. Si quieres viajar, necesitas endeudarte casi de por vida para comprar estos trajes. Corrían rumores de que algunos ejemplares vendidos eran falsificaciones. Ahora no quiero pensar en las consecuencias de eso, aunque tampoco me deja indiferente.

Afuera reina el semioscuro. Camino entre un polvo parecido a diminutos fragmentos afilados de vidrio roto, impaciente y nervioso, apresurándome cuanto puedo para descubrir aunque sea una migaja de heltarium.

—Kon, más despacio —oigo decir a Žu—. Si sigues pateando así, todo este vidrio que levantaste flotará alrededor nuestro durante años. No veremos nada. Ni encontraremos nada.

Cuando examinamos el permiso y leímos el área autorizada para inspección, todavía al comienzo del viaje, acordamos que los Karamázov irían hacia los bordes y que Žu y yo permaneceríamos cerca de la nave. De todos modos, el tiempo de permanencia afuera es limitado debido al equipo que llevamos.

Ahora Karamázov Sr. tiene el código para entrar al Čunak y nosotros el código de arranque. Nosotros debemos esperarlo o ir a buscarlo si le sucede algo, y él no puede partir sin nosotros. Así es la costumbre. Nadie puede regresar sin el otro. Nada de trampas: juego limpio. Igual que en las cartas. El ochenta por ciento del heltarium, si se encuentra, pertenece al descubridor; el veinte por ciento se reparte entre los demás. Durante el regreso no se interrumpe la hibernación. Tras una verificación conjunta de todos los parámetros y órdenes, todos saltan a las cámaras exactamente al mismo tiempo.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —me pregunta Žu.

Veo a Karamázov Sr. como un punto brillante que desaparece de vez en cuando dentro de una nube oscura. Evidentemente él también está removiendo el polvo vítreo con las piernas.

—Bastante. Pero temo que no encontremos nada. Esa linterna tuya no sirve de nada. Si hubiera algo, ya habría brillado un poco. O nos habríamos tropezado con ello.

Algunos granos de polvo, cuando se elevan impulsados por nuestras botas, centellean, y algunos son transparentes. A nuestro alrededor realmente parece estar cayendo polvo estelar.

No encontramos heltarium. Y, dado el entorno, podríamos haber pasado junto a él sin siquiera advertirlo.

El otro nombre de Heltarij es Fortuna Engañosa. Ahora sé por qué. Eres afortunado y decepcionado al mismo tiempo: la mejor prueba de la inutilidad de explicar el concepto del tiempo; todo es ahora y todo es inútil.

—No quería decírtelo —dice de pronto Žu, tímidamente—. Capté una señal de una nave drakariana allá arriba. Están cerca. A ellos no les importan los permisos.

—¡Esos sanguinarios! ¡Nos beberían la sangre y nos quitarían el heltarium! ¡Ni hablar!

—Entonces cállate y mira dónde pisas. Maldición, esto es agotador; me dijeron que así es recoger hongos en Geja.

Caminamos separados unos diez metros. Pero no encontramos nada.

—Escucha —me pregunta Žu—. ¿Qué dicen sobre cómo se forma este heltarium?

Podría haberlo preguntado arriba, en el Čunak, pero como siempre, me desconcentra en el peor momento.

—Crece gracias a la luz viva —cito de mala gana la vieja tradición popular.

—Pues ya debería haber crecido un bosque entero con toda la luz que emitimos —protesta.

Luego se hace el silencio. Žu permanece inmóvil. Está perdiendo tiempo innecesariamente.

—Espera, espera… ¿qué acabas de decir? ¿Crece gracias a la luz viva?

—Luz, simplemente. Aquí nunca hay oscuridad total. De vez en cuando se formará algún fragmento. ¿Cómo? De algún modo… ¡Y tú justo ahora te pones a pensar!

—¿Pero luz viva? —por el sonido noto que redujo el alcance del transmisor. Karamázov Sr. no puede oírnos.

—¿Recuerdas cuando estuvimos en Detir, ese agujero perdido al final de la galaxia, con aquel chamán que parecía una mazorca de maíz?

—¿Y tú cómo sabes cómo es una mazorca? ¿Dónde la viste?

—En el museo de posibles juguetes sexuales, en Geja.

—Siempre tienes a Geja en la cabeza.

—¿Y eso es un problema? ¿Recuerdas que el viejo te dijo que tenías el hígado enfermo?

Enseguida recuerdo el tratamiento agotador y todas las dietas que vinieron después. Pero valió la pena; otra vez puedo beber cantidades moderadas sin consecuencias.

—Te puso frente a él, en aquella cueva oscura que tenía, y te observó eternamente. Luego dijo: “La luz que emites es dorada y temblorosa, viva como un arroyo de montaña. Pero aquí, donde está tu hígado, no hay luz viva. Solo una mancha espesa y marrón”.

—Sí, lo recuerdo, pero eso ya es pasado.

—¡Pero no se trata de eso! ¡Luz viva! ¿Cómo no entiendes? ¡El aura! Somos nosotros. Ninguna luz atraviesa este traje hacia afuera. El heltarium necesita, para crecer o formarse, la luz de una criatura viva. O específicamente la nuestra, nuestras frecuencias. No me preguntes por qué, no lo sé.

—¿Quieres decir que hay que quitarse el traje?

—¡Pero tú estás loco! ¡Morirías congelado antes de salir arrastrándote ahí fuera!

Pienso. En esa posibilidad, en esa probabilidad, en el acto y el riesgo. Si lo hago rápido, quizá lo peor sea que algún grano afilado de este vidrio flotante se me incruste en la piel. En el peor de los casos podría perder la mano, pero incluso para eso existen reemplazos.

—Me quitaré el guante.

—No estás bien de la cabeza.

—Bloquearé al máximo la abertura hacia el antebrazo. Todo durará muy poco. Como mucho se me entumecerá la mano, podría tener hematomas, fractura de muñeca o congelación.

—Repíteme el código de arranque del Čunak, por si te mueres.

Aprieto el aro alrededor de la muñeca derecha. Enseguida comienza el hormigueo. Ya no siento ni la diferencia de temperatura sobre la piel ni la presión en los tejidos de la mano y el ajuste del aro alrededor de la muñeca. Me inclino lentamente, me arrodillo sobre una pierna y hundo la mano en el polvo.

Žu permanece inmóvil, en silencio. Intento olvidar el dolor y el malestar que me invaden y miro su visor. Parece una máscara con la boca abierta por el asombro. Pronto desaparece toda sensación en mi mano. Quizá ya ni siquiera tenga mano.

Como en otra realidad, veo a Karamázov Sr. regresar, y en el horizonte la luz de la nave drakariana.

Tan rápido como me es posible, levanto la mano y la observo. Los gritos de Karamázov y la respiración ruidosa de Žu me sostienen para que no me desmaye.

Fusionado con mi mano, ahora hay allí un bloque de heltarium del mismo tamaño y forma que ella, grisáceo y cubierto de polvo entre las grietas de los cristales acumulados. Con cada movimiento brilla tenuemente, pero sé que debajo resplandece, el más brillante y maravilloso de todo el universo.

Huimos de los drakarianos. Esos presumidos llevan en el frente de sus naves el relieve de una cabeza de dragón. Así asustan a la víctima a primera vista. Pero el Čunak es pequeño y rápido, y desapareció enseguida frente a las narices –o mejor dicho, las fosas– del depredador.

—Así que eso era la luz viva. Tu luz. También podría haber sido la mía —dice Žu, casi lamentándose.

—Podría, si los drakarianos no hubieran estado cerca. Incluso Karamázov Sr. apenas logró regresar.

Karamázov Sr., agotado por la caminata sobre Heltarij, ya está acostado cómodamente en la cámara esperando que la activemos.

Le mostramos rápidamente el bloque de heltarium. Disimulé de algún modo mi mano con tela para que no viera que los cristales estaban fusionados con lo que quedaba de ella. Estaba satisfecho y cansado, así que no comentó ni preguntó nada más.

—Me siento rico —dijo mientras se acomodaba en la cámara—. Hermano, lamento que ya no estés con nosotros. Tendré que buscar un nuevo compañero de cartas.

—¿Te duele? —pregunta Žu preocupado mientras se mete en su cámara—. ¿Qué harás cuando regresemos?

—No siento nada. Tendré que hacer que me amputen esta parte.

—¡Te cuidaré todo el tiempo que haga falta! ¡Y te conseguiré un gancho de pirata! —bromea Žu, aunque veo que está preocupado—. ¿Y por qué los drakarianos no hacen lo mismo? Al fin y al cabo hacen lo que quieren.

—Quizá no lo entendieron. Y para empezar, incluso si lo entendieran, no funcionaría. Sabes que son vampiros.

Žu reflexiona un instante y luego asiente.

—Sí. Entiendo. No tienen luz viva.

Al regresar, para empezar, Žu me consiguió rápidamente un guante negro. Parezco un veterano que perdió la mano en algún combate feroz.

Una semana después encontramos el taller del Maestro Cortador. Oculto en un sótano atestado de equipos y aparatos, allí corta y muele cristales de heltarium. La tecnología me pareció primitiva, pero guardé silencio por miedo a lo que pudiera venir después.

—Tendré que cauterizar el tejido de la mano después del corte. Sangrará durante un tiempo —me advirtió.

—Puedo explicarle… —balbuceé; trataba de narrar aquel fenómeno, pero solo pude pronunciar una sarta de incoherencias.

—¡No necesita decirme nada! Ese es mi acuerdo con los descubridores de heltarium —me interrumpió el Maestro Cortador—. Es justo. De todos modos, me pagarán bien. Con un grano de heltarium.

—No me interesa nada de lo que está diciendo. Me basta con lo que me dejarán. Y cuando terminemos el trabajo, yo los olvidaré y ustedes me olvidarán a mí.

Me preocupaba el trauma de la intervención.

—¿Y si lo dejamos así? Podría cortar solo una parte. Lo suficiente para mí, para usted y para mis compañeros. Siempre podría volver más adelante.

El Maestro, que resultaba ridículo con aquel delantal de cirujano y una gorra de joyero con lupa y luz incorporadas, permaneció callado un rato.

—Debo decirle algo. Algunos cristales crecen cuando están sobre una base adecuada. Y estos suyos tienen de dónde crecer: están dentro de la misma luz viva.

El viejo lo sabe todo. Alguien ya había descubierto aquello de la luz viva, pero evidentemente el secreto se guarda celosamente. De ahí, probablemente, las prohibiciones de aterrizar en Heltarij; para los afortunados, una estancia limitada y zonas restringidas de exploración. Una protección feroz del mercado. Y el Maestro Cortador, casi con seguridad, era de esos hombres para quienes la vida no tiene sentido sin trabajo. No le interesan la riqueza ni el poder, nada que vaya más allá del trabajo mismo. Aunque quizá, además del heltarium, también le guste cortar partes del cuerpo.

—Entonces esto seguirá creciendo.

—Sí. Se extenderá por su brazo; perderá también esa parte. Y si deja algo, continuará avanzando.

—Me convertirá en heltarium. Moriré. ¿Existe alguna posibilidad… de impedirlo?

El Maestro Cortador reflexionó un poco, se quitó la gorra y limpió la lupa.

—Parece ridículo, pero sí —dijo finalmente—. Mientras tome el medicamento, los cristales no avanzarán.

—¿El medicamento? ¿Cómo se llama?

—Tiene de sobra. Solo hay que prepararlo. Se llama Polvo Estelar.

Por un instante me quedo mudo y luego le tiendo la mano.

—Sierre. Triture. Muela. ¿Con qué se toma, agua o puede ser con alcohol?

Afuera me esperaban Žu y Karamázov Sr. Les di su parte. Nadie preguntó nada. Cuando consigues una riqueza así, al principio no necesitas ni una pizca más. Y después… después cada uno estará ya por su lado.

—¿Te cortó o qué…? —preguntó Žu cautelosamente cuando nos separamos de Karamázov Sr. Vio que todavía llevaba el guante negro.

—Me serró y trató el índice y el pulgar, y dejó el resto tal como estaba. Dice que los cristales siguen creciendo dentro de mi cuerpo, pero que puedo impedirlo tomando Polvo Estelar —y saqué un pequeño envoltorio insignificante del bolsillo.

—Uf, eso da escalofríos. ¿Qué? ¿También tu corazón se volvería cristalino?

—Todo.

Y ambos imaginamos lo mismo, así que nos echamos a reír.

 

Estoy sentado en la barra, en el mismo lugar desde donde partimos hacia Heltarij. Espero a Žu. Planea irse a Geja, que tanto le gustó. Parte del trayecto lo haremos juntos y luego, en el Cruce de Contrabandistas, venderemos el Čunak, compraremos nuevas identidades y naves; nos separaremos. Yo aún no sé a dónde iré… por los caminos hacia los que me empujen los vientos interestelares y la inspiración del momento.

La muchacha detrás de la barra se vuelve hacia mí y lo primero que veo son sus ojos. Me estremezco. Una exvampira. Tomó una dosis de Polvo Estelar para engañar al destino por un tiempo. Quién sabe qué habrá hecho para conseguirlo.

Mientras prepara mi bebida, la observo atentamente. Es hermosa. Si se exceptúan los ojos rojos.

—Oye, ¿cómo te llamas? —le pregunto. He notado que mantiene la mirada fija en mí un segundo más de lo necesario.

—Miskara —responde bajando la vista.

Saco las gafas de cristales complementarios.

—¿Drakariana?

—Ex drakariana. Mientras dure el efecto del poco Polvo Estelar que he ingerido.

—¿Por qué abandonaste a… los tuyos?

—Escapé.

—¿Hacia una vida mejor?

Ahora, a través de las gafas, sus iris parecen verdes. No puedo dejar de mirarlos. Recuerdo que los de su especie saben hipnotizar con la mirada, pero también las historias que cuentan que los drakarianos, rechazados en todas partes, cuando escasea el alimento organizan banquetes internos. Un escalofrío recorre mi cuerpo, incluso la antigua mano izquierda. Pienso en lo que harían si supieran toda la verdad sobre el heltarium y la luz viva. Me imagino derramamientos de sangre de víctimas semivivas o cuerpos enterrados vivos en el suelo de Heltarij, a cambio de una riqueza por la cual probablemente toda la galaxia aceptaría ponerse de su lado. ¿Y si los afortunados elegidos para aterrizar en Heltarij no fueran más que una farsa? ¿Una prueba destinada al pueblo para demostrar que el heltarium es difícil o casi imposible de encontrar?

¿Y a quién le importa ahora?

Estoy asegurado. Todo lo que deseo y puede comprarse está a mi alcance. No soy ningún luchador ni un justiciero. Solo un vagabundo que recibió su oportunidad y la aprovechó sin perjudicar a nadie.

Por la mañana había ido a buscar el taller del Maestro Cortador, pero encontré el sótano vacío. Era evidente que había sido utilizado, pero no quedaban rastros de equipos ni aparatos. Pensé en cómo el día anterior habíamos dejado a Karamázov Sr. esperándonos en una taberna miserable, mientras Žu permanecía cerca del taller por si yo necesitaba ayuda. Pero quizá Karamázov Sr. nos había seguido en secreto. Cuando después le entregué su parte, acordamos no volver a vernos y nos separamos. Así se hacen las cosas cuando se reparte el botín. Por muy honesto que pareciera jugando a las cartas, tal vez no lo fuera en la vida normal. Y quizá yo lo subestimé.

En estos mundos puede esperarse cualquier cosa. Hay que cuidarse.

Pienso en ello mientras bebo lentamente y observo a la vampira que por el momento no lo es. Žu aparece a mi lado.

—¿Qué pasa, conquistándola? —Me golpea con el codo. La chica se vuelve—. Uy, una drakariana —susurra junto a mi oído.

—Ahora no es peligrosa. Tomó Polvo Estelar. Ahora es casi como nosotros: una escoria galáctica común y corriente.

—Ten cuidado. Los vampiros nunca renuncian del todo a su naturaleza.

Yo mismo había llegado a esa conclusión poco antes.

—Por cierto, ¿conseguiste el permiso para atracar en el Cruce de Contrabandistas?

—Sí. Las tasas aumentaron muchísimo. El Cruce de Contrabandistas les molesta. Supuestamente. Porque así los peces gordos se enriquecen sin esfuerzo. Pero que se vayan al demonio… —y levanta el dedo medio.

—Sí, ahora eso ya nos da igual.

Žu se pone sus gafas y examina a la muchacha.

—Una belleza. ¿Cómo se llama?

—Miskara.

—Oiga, señora Kara, yo tomaría lo mismo —dice señalando mi vaso.

—Žu, ya tienes el alma en Geja. Adaptaste el nombre, ja, ja.

Él entendió. Y ella también. Le sonríe y asiente mientras él se lleva la mano al corazón e inclina ligeramente la cabeza. Es su manera de pedir disculpas y el modo en que Žu encanta a las mujeres.

—Escuché mal entonces. Invítala a cenar —me susurra—. Una cena normal, sin filetes sangrientos. Supongo que el Polvo Estelar todavía hace efecto.

—Podría hacerlo.

—Y también puedes llevarla a arreglarse los ojos. Supongo que puedes pagarlo. Que le cambien los iris y así no tendrás que perseguirla siempre con esas gafas anticuadas. Tendrás que darle el medicamento de vez en cuando, si siguen juntos mucho tiempo. Espolvorearla un poco. —Me guiña un ojo.

Miskara deja el vaso frente a Žu, pero me mira a mí y sonríe.

—Tengo suficiente polvo para cien de sus vidas —digo—. Y aún más.

—Creo que te enamoraste —dice Žu—. ¡Salud, héroe de la mano negra!

Jasmina Blažić nació en Zagreb, Croacia, en 1954. Actualmente está jubilada y vive en Zagreb con sus dos hijos. Se graduó en Ingeniería Civil por la Universidad de Zagreb y trabajó como ingeniera de diseño estructural y arquitectónico, además de experta en ingeniería civil, principalmente en estructuras de soporte para servicios de control de tráfico aéreo. Ahora pinta y escribe, sobre todo ficción especulativa y realista. Ha publicado numerosos relatos en antologías y revistas, y ha recibido varios premios por algunos de ellos. Anteriormente publicó una novela titulada «La maldición de Elizabeth», una historia de misterio. El año pasado publicó una novela romántica, «El árbol en el balcón». También se publicó el año pasado una colección de relatos titulada «Lovecraft contra Poe», que contiene catorce historias sobre personajes históricos en momentos posibles pero desconocidos de sus vidas, escritas como ficción especulativa.

 

TE EXTRAÑARÉ