martes, 19 de mayo de 2026

GÓMEZ

 Gabriela Vilardo

  

Gómez es una de esas personas que uno no desea conocer cuando está de malhumor. Y sí... lo conocí en el aeropuerto de Londres y yo estaba así, de malhumor. Me había enterado que mi vuelo con destino a Buenos Aires –el mismo que el de Gómez–, tenía una demora de dos horas. El hombre estaba al tanto del retraso, pero no se lo notaba fastidioso por eso.

Conforme pasaban los minutos tuve la certeza de que ese señor me agobiaría con relatos familiares.

—Le cuento algo, si no le molesta —me había dicho—, como para matar el tiempo. —Con su mirada midió mi actitud. Digamos que tanteó la situación, pero no advirtió que yo no estaba dispuesto a escucharlo. Sin embargo, no tuve otra opción.

Empezó a contar, así como de la nada, que no era de odioso que lo decía, pero que la cortesía de su tía Carmen se había vuelto un verdadero incordio. Cortesía de su tía abuela madrileña. Una mujer, a quien Gómez, empujado un poco por esas cuestiones de ancestros, le había aceptado el alojamiento ofrecido mientras él permaneciera en Madrid. Y Gómez sintió que, por aceptarlo, tuvo que pagar un precio no alto, pero sí oloroso.

Me resultaba, hasta el momento, una razón incomprensible la que me daba acerca de su malestar. Y la verdad era que, a esa altura de la tarde, con un retraso de dos horas de nuestro vuelo –dos, por el momento–, no me interesaba saber de los olores de su tía Carmen. Sin embargo, él siguió con su relato sin notarme molesto con el asunto, ni tampoco confundido. Y reforzó su queja con los esfuerzos hechos por escuchar las historias que habían salido de la boca de su tía. “Historias ajenas que finalmente se aceptan como propias”, agregó.  —Lo miré y seguí sin entender demasiado adónde quería llegar con todo ese reclamo—. Que todo eso no debería implicar —me aclaró (supongo que advirtiendo mi confusión)—, que aparte de las valijas también tuviese que acarrear la mantita con olor a naftalina de la tía Carmen. —Y había agregado que la tía la había enrollado, la había puesto en sus manos antes de que Gómez partiera y que le había ordenado: “Lleve, por si las moscas, querido”. Y parece que el “por si las moscas” de Carmen era un pronóstico de frío del viaje en tren.

Pensé, entonces, que estaba frente a un hombre bastante odioso. ¿Tanto le podría molestar una mantita?

—Un regalo especial de último momento. Una atención de la tía. ¡Pobre tía! Yo ya estaba hasta el hartazgo de la mantita; y del olor a naftalina. Soy obsesivo con los olores. ¿Creerá, usted que exagero? Bueno, son costumbres, gustos o llámele como quiera… pero ese olor me tenía a maltraer.

Sí. Gómez era un tipo odioso, por no decir pesado. No solo me contaba sus fobias que, además, había empezado a deducir mis opiniones.

—Y anduve, después de despedirme de Carmen, con la atención a cuestas en trenes abarrotados de gente. Pensé en París y en Londres como próximos destinos, y agradecí no tener tías en esas ciudades. En un tren, ya lejos de la casa de mi tía —siguió con el relato—, apoyé la mantita con olor a naftalina sobre el piso, al lado de mi asiento, en un lugar en donde nadie la pisaría, pero sí podría servirse de ella. No es lo mismo que tirarla. De eso estoy seguro. —Me explicó su actitud con detalles, pero no se relajó del todo. Y yo ya estaba atormentado con su penoso relato. Me di cuenta que si había algo que a Gómez le empezaba a sobrar era remordimiento—. La tía Carmen —me dijo, y por un momento sentí que la conocía de toda la vida—; no puedo dejar de admitirlo, lástima que apenas si podía hablar. Su aspecto no era muy saludable: tenía el pelo duro como el de las muñecas viejas. Sus mejillas regordetas ya no lucían rosadas como las que yo había visto en la foto del álbum familiar antes de venir a Europa. Para completar, los hoyuelos que antes la mostraban tan simpática, ahora le colgaban junto a sus arrugas. Me parece que está viviendo tiempo suplementario, por eso me dio un “no sé qué” abandonar el oloroso souvenir. Después de apoyar la mantita al lado de mi asiento, como le decía, al bajar del tren no miré a la gente; obviamente, porque no conocía a nadie, y, además, para no avergonzarme por lo que acababa de hacer.

—Es comprensible —acoté en el poco espacio que me quedaba para hablar.

—De nada sirve agobiarme tanto con esto —dijo con cierta pesadumbre— porque estoy convencido de que no fue algo tan grave lo de abandonar el regalo de la tía en el tren, pero no niego que quería bajar. Bajar rápido. Y en esa embestida abrupta hacia otro destino, como empujado por otro, las caras de los viajeros parecían superponerse.

En la percepción que Gómez tuvo al bajar de un tren, le di la razón. Y a pesar de que yo ya sentía un fastidio especial con respecto a ese hombre que me había tomado de confidente, no pude dejar de reconocer que no era tan improvisado en cuestiones de viajes porque por momentos, parecía tener sentido común. Y pude rescatar cierta sensatez de Gómez, entonces, cuando me contó, entre otras cosas, que ya en el hotel, de regreso de Trafalgar Square, no ameritaba acostarse sin ver las fotos tomadas en el lugar. Y sonreí porque me había pasado lo mismo. Y dejé de sonreír cuando sacó su cámara digital con las intenciones de mostrarme las fotos de lugares que yo bien conocía. Como no estaba dispuesto a escuchar lo obvio contado por Gómez sentí cierto alivio cuando me confió que se había informado poco antes de visitar esa plaza. Creo que Gómez no tenía idea de la batalla de Trafalgar ni de que la plaza había sido construida para conmemorarla.

—Le quiero mostrar una foto que me quitó el sueño. Esa noche, cuando la vi en mi cámara digital deambulé por la habitación del hotel. Va a darse cuenta, usted —insistió— de mi cara de alegría en la foto… ¡Y eso que ya había estado acá! —Me acercó la cámara con cierta indiferencia para mostrarme una foto de la National Gallery.

—Usted va a notar —continuó—, que en la otra, en la que yo quiero mostrarle con especial interés, no tengo cara de cansado a pesar de haber recorrido parte de… —Mientras Gómez hablaba supe que no ubicaba la foto en cuestión—. Estaba contento porque había cumplido la promesa de Lucas —murmuró.

—¿Lucas?

—Sí, el hijo de mi sobrina… Le prometí algo especialmente para él. Tardes enteras hablamos de esa foto en Trafalgar Square… Lucas Nelson… Así se llama, aunque el segundo nombre no lo use, pero…

Y rogué tener noticias de la partida hacia Buenos Aires, porque las historias de la mantita de la tía Carmen las había soportado… ¡pero los cuentos del tal Lucas! ¡Era demasiado para un retraso de vuelo, que ya de por sí ocasiona un malestar particular! Y ni hablar de ese compañero de espera que había empezado a perder coherencia porque me mostraba la embajada de Sudáfrica y me decía que era la de Canadá; también contó que alrededor del Admiralty Arch se había mareado.

—No sabía dónde estaba parado —dijo con turbación—. ¡Si yo había ido a la plaza por la columna de Nelson!… —agregó con desconcierto.

Y sentí cierto alivio de viajero. Al menos, Gómez no estaba tan ajeno a la historia como creí. Una cuestión no menor que me permitió seguir tolerándolo.

—Como le dije, le prometí a mi sobrino que ahí me iba a sacar una foto especialmente dedicada a él.

Entonces, mis acusaciones hacia Gómez se volvieron elogios. Elogios que duraron poco hasta que conocí el motivo: los leones. Los leones que se erguían alrededor de la columna de Nelson. Él había ido con la ilusión de abrazar a uno de ellos y posar para Lucas.

—Cuando uno de los leones quedó libre de turistas, le pedí a un japonés que me tomara la foto. No pude abrazar al león, claro… no estoy para andar trepando ni hacer el ridículo. ¡Semejante mole de bronce! Pero finalmente pude cumplir parte de mi promesa para Lucas Nelson.

Entonces, él, el león y algunas palomas protagonizaron el momento esperado. Gómez me aseguró que, abrumado por la gran cantidad de personas que visitaban la plaza, hizo caso omiso a todo lo que le faltaba recorrer. Volvió al hotel con el paseo a medias, sin preocuparse demasiado por eso.

Allí, con mucha agitación revisó todas las fotos –como estaba haciendo en ese preciso momento– porque él quería corroborar la nitidez de la imagen prometida: el león, las palomas y Gómez. Solo ellos para su sobrino Lucas. Lucas Nelson.

Se desveló y deambuló parte de la noche porque al encontrar la foto tomada por el japonés, a la izquierda de Gómez aparecía una pordiosera que llevaba una mantita y que nunca había estado cerca de él. Y lo dijo con certeza ya que, en aquel instante, se había cerciorado de ser él, el centro de la imagen.

—Era igual una de esas que se instalan en las plazas con pelo duro como de muñeca —empezó a describirla con fastidio—, mejillas regordetas, pálidas y hoyuelos arrastrados por sus arrugas.

De todo ese rezongo entendí que se trataba de una vieja con gesto adusto que llevaba una mantita y lo intimidaba por eso. (Parecía hablar de su tía Carmen, tal como la había descripto).

Y repetía: era igual a una de esas que se instalan en las plazas con pelo duro como de muñeca, mejillas regordetas, pálidas y hoyuelos arrastrados por sus arrugas; y que, además, llevaba una mantita.

Esa noche, Gómez no se había dormido profundamente en ningún momento. Con un gran esfuerzo mental pudo confirmar que la mujer no había estado a su alrededor en el momento de tomar la foto. Y en la oscuridad de su habitación, la vio. Identificó, con su imaginación, la cara de la anciana, en esa aglomeración de personas que se apretujaba al subir y bajar de los trenes.

—Sí —repitió—, de esos trenes en los que uno no mira porque no conoce, pero que de un pantallazo ve mucho. En esos trenes en los que uno puede dejar la mantita de la tía Carmen al lado de un asiento que no es lo mismo que tirarla.

 Sobresalto y angustia. Según sus palabras, era lo que había vivido. Sobresalto y angustia. Al fin, no había podido cumplir con su promesa: la de Lucas Nelson.

 —Y sentí culpa —me dijo con cierta nostalgia. No era la cuestión que en la foto apareciera esa mujer. Sabrá de mi decepción.

 Gómez se puso insoportable con todos esos temas. Lo cierto era que yo lo único que quería era comunicarme con mi esposa para informarle del atraso; y que no me importaba saber nada más de Gómez, de si su abuelo y la tía Carmen comían almendras y usaban mantitas con olor a naftalina... y todas esas historias familiares ajenas. Yo no estaba muy dispuesto a contener sus emociones. Soportar a Gómez me provocó una indignación difícil de describir… ¿Por qué tuvo que tocarme ese compañero de espera? Y me pregunté en el momento “¿qué fue lo que impidió sacarme a ese hombre de encima?”

Esa indignación me hizo tensar las mandíbulas (supongo que para no decirle que me tenía harto)… ¡Hasta que Gómez encontró la famosa foto!

—¿Ves? Esta es la vieja de cachetes regordetes pero pálidos, y hoyuelos arrastrados por las arrugas.

Lo miré con resignación.

—Te arruinó la foto. Tenés razón.

No me quedaba resto psicológico para analizar qué extraños motivos tendría alguien para que las historias familiares y las culpas lo desquiciaran de esa manera. Me pregunté qué mandatos sociales generaban ese modo de andar por el mundo sin poder circular libre de mantitas con olor y de remordimientos.

Supe que Lucas, Lucas Nelson, estaría feliz con la foto de su tío al lado del león rodeado solo de palomas.


Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica).

CÓMO LAS TORTUGAS NINJA CASI PROVOCAN MI MUERTE

Nenad Pavlović

 

Todo el mundo sabe que las Tortugas Ninja viven en las alcantarillas, pero yo empezaba a dudar de que vivieran en nuestras alcantarillas. Mientras que la de ellas era un lugar seco y espacioso, ideal para hacer toda clase de geniales trucos con la patineta, nuestra alcantarilla era solo un tonto círculo metálico con un montón de agujeros que se tragaba las bolitas cuando hacías un tiro especialmente desafortunado y en el que podías arrojar piedras para escuchar un “¡ca-plonc!” si estabas realmente aburrido.

Durante una semana lluviosa que transformó nuestra calle en un deslizadero de barro lleno de charcos, descubrí que había mucho más en nuestra alcantarilla de lo que había imaginado. Primero, podía taparse (la alcantarilla de las Tortugas Ninja jamás se tapaba). Segundo, podía abrirse. No sé cómo; debía tener algún mecanismo secreto, porque todos los niños de la calle intentamos abrirla muchísimas veces y nunca pudimos. Mi padre decía que la tapa era simplemente pesada, pero yo sabía que mentía, porque Zach, la Quinta Tortuga, podía levantarla sin problemas. Ya sé que Zach tenía casi catorce años y yo apenas nueve, pero no podía ser tanto más fuerte que yo… ¿o sí?

Así que no era solo un círculo metálico en el suelo: debajo había un agujero, aunque era oscuro y asqueroso, y yo estaba bastante seguro de que allí no había Tortugas Ninja. Una buena cosa que aprendí aquel día fue que todas esas bolitas no se perdían para siempre: aquel plomero nos sacó un auténtico tesoro desde el fondo. Eso sí, estaban todas cubiertas de barro. Mi primer vecino dijo que eso no era barro y le pareció divertidísimo, por alguna razón, cuando limpié cada una de ellas con mi camiseta. Así que aprendí que definitivamente no había Tortugas Ninja en nuestra alcantarilla y que ahora era unas cincuenta bolitas más rico (con casi trescientas en total, probablemente el niño más rico de mi calle). En resumen, había sido un día bastante bueno.

De todo aquello concluí que las Tortugas Ninja probablemente vivían en otra ciudad. Mi mejor amiga, Mary Ann, decía que debían vivir en Italia, porque siempre estaban comiendo pizza, pero yo sospechaba que estaba equivocada; no sabía mucho sobre ese país, pero jamás había visto la Torre Chueca de Italia en ninguna parte de la caricatura. Y durante un tiempo, eso fue todo respecto a buscar a las Tortugas Ninja.

Más tarde, aquel mismo verano, mi otro mejor amigo, Alexander, vino a decirme que había hecho un descubrimiento radical: ¡había encontrado la verdadera alcantarilla donde vivían las Tortugas Ninja! Y no estaba en Italia ni en otra ciudad, sino cerca, junto al río.

Por supuesto, tuve mis dudas: sus dos descubrimientos anteriores –las armas olvidadas de la Segunda Guerra Mundial en un molino embrujado y el tesoro de un vampiro en otro molino embrujado distinto– habían resultado falsos (aunque, en realidad, aquel último nunca se confirmó porque nos acobardamos y jamás entramos). Pero esta vez no solo juraba que era cierto: estaba dispuesto a mostrármelo la próxima vez que fuéramos a pescar.

Se suponía que quedaba río abajo, más allá de los rápidos poco profundos donde normalmente pescábamos cachos. Había muchísimas historias fantásticas sobre aquellos lugares río abajo. Si realmente existía una enorme roca blanca desde la cual uno podía lanzarse a una poza profunda llena de bagres monstruosos, entonces también podía existir una alcantarilla habitada por auténticas Tortugas Ninja de verdad (digo “de verdad” para diferenciarlas de las Tortugas Ninja falsas que había visto en el cine, que obviamente eran solo tipos disfrazados).

Yo estaba seguro de que solo quería tomarme el pelo, y también tenía un poco de miedo de que nos metiéramos en problemas por alejarnos demasiado del vecindario, pero apenas caminamos un poco más allá de los rápidos, se detuvo y señaló unos arbustos.

Y allí estaba.

Una entrada de alcantarilla real, casi exactamente igual a las del programa y, desde luego, lo bastante grande como para que una Tortuga Ninja pudiera deslizarse por ella en patineta.

Era un atardecer de verano, y los rayos dorados y rojizos apenas ofrecían luz suficiente para explorar cuevas. Además, íbamos cargados con equipo de pesca y bolsas llenas de peces vergonzosamente pequeños. Pero prometimos volver al día siguiente, justo después del desayuno, y convertirnos en la Sexta y la Séptima Tortuga Ninja antes de la hora del almuerzo.

No salió como habíamos planeado.

La entrada de la alcantarilla seguía allí, pero no había manera de llegar hasta ella: las orillas del río eran empinadas y resbaladizas por el barro y la hierba mojada, y además estaban llenas de trampas de abrojos y ortigas. Y ni siquiera podíamos rodearla porque había demasiada agua cerca e incluso dentro del tubo.

—Tenemos que volver cuando baje el nivel del agua —dijo Alexander con una voz sospechosamente parecida a la de un adulto.

—¿Y cuándo va a ser eso? —pregunté, decepcionado, jugando con mi diminuta linterna, que tenía tantas ganas de usar aquel día.

—No sé. Supongo que para finales del verano.

Durante los días siguientes fui en bicicleta hasta el río todos los días para comprobar si el nivel del agua había bajado, pero nunca estaba lo bastante seco como para entrar caminando por el tubo sin arruinar las zapatillas (y ganarse una buena paliza).

La búsqueda de las Tortugas Ninja nunca fue olvidada por completo, aunque sí pasó a un segundo plano por culpa de otras cosas que ocurrieron mientras tanto. Principalmente, las maratones nocturnas de películas del Canal Ocho.

¡Dios, qué maravillosas eran aquellas maratones!

Era como ir varias veces al videoclub, solo que gratis, y además podías ver películas para las que normalmente jamás te habrían dado permiso. Algunos días daban películas aburridas, como dramas (o bostezatones, como yo las llamaba), pero otras veces había comedias, dibujos japoneses con robots y ninjas, ciencia ficción… y mis favoritas, las que yo personalmente prefería: ¡las películas de terror!

Por supuesto, yo no podía quedarme despierto hasta tan tarde, aunque me hubieran dejado. Ahí entraba la magia de programar el videocasete (creo que mi padre jamás se perdonó haberme enseñado cómo hacerlo).

La mejor parte de todo era no saber qué ibas a encontrarte: la programación de televisión solo decía “Maratón de películas” y el género de las películas emitidas, sin mencionar títulos. Así que ver la cinta al día siguiente era como abrir regalos en Navidad.

Mi última captura había sido una película llamada Demons, que mi padre calificó como “la cosa más tonta jamás hecha”. A mí me había parecido bastante buena, salvo por el hecho de que se llamara Demons cuando los monstruos en realidad eran zombis; supongo que el tipo que la hizo no sabía demasiado sobre monstruos.

Así que, naturalmente, me emocioné mucho cuando metí el último casete que aún podía grabar encima (que anteriormente contenía Astérix, Horton Hears A Who! y una película extraña con mujeres desnudas) y programé la grabación para la medianoche.

A la mañana siguiente me levanté a las siete, me senté frente al televisor con un plato de sándwiches y presioné “play”, ansioso por descubrir qué clase de monstruo aparecería esta vez.

Pero la película ni siquiera había llegado a la mitad cuando no solo perdí el apetito, sino también casi todo el color del rostro.

Aquella película de terror no era divertida. ¡Era aterradora!

Casi todas las películas de horror trataban sobre un héroe que luchaba y finalmente derrotaba a un monstruo que claramente era un hombre con un traje de goma o un efecto especial (nunca entendí qué tenían de “normales” los efectos normales). En otras palabras: adultos peleando contra algo inventado.

Pero esta película trataba sobre niños siendo devorados por algo que yo había visto con mis propios ojos y sabía con absoluta certeza que existía de verdad:

¡Un payaso!

Y eso ni siquiera era la peor parte.

El lugar donde vivía el payaso asesino, su espantosa guarida, se veía exactamente igual al sitio donde casi habíamos entrado para buscar a las Tortugas Ninja.

Al borde del llanto, con el video en pausa, permanecí sentado, empapado en sudor frío, pensando en aquello: habíamos estado a punto de entregarnos voluntariamente a un monstruo tan terrible que ni siquiera todas las Tortugas Ninja juntas, incluso con la ayuda del maestro Splinter, podrían derrotarlo jamás.

Cuando vi a Alexander más tarde aquel mismo día, gritó:

—¡Ya lo sé!

Corrió calle abajo hacia mí, y de inmediato comprendí qué era exactamente lo que sabía.

Prometimos que nunca volveríamos a acercarnos a aquella horrible entrada de alcantarilla. Ni por el bagre más grande del mundo ni por la posibilidad de conocer a las Tortugas Ninja jamás.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

EL GRAN INTERCAMBIO

Boris Glikman

 

Después de que ocurrió el cataclismo, la gente –o más bien los seres en los que la gente se transformó– comenzó a referirse a éste como el Gran Intercambio. Cuando aquellos seres recordaban cómo había sido el mundo antes del Gran Intercambio, lo que más los impresionaba era cuán ciegos habían sido en aquellos tiempos.

Por entonces, las enseñanzas religiosas y las teorías científicas mantenían obediente a la humanidad, sometida mediante ominosas profecías de apocalipsis y armagedones en los que toda la vida sobre la Tierra, o incluso el Universo entero, llegaría a su fin. Lo que nadie había previsto era que pudieran existir calamidades mucho peores que la aniquilación universal.

El Gran Intercambio fue un proceso que hizo que los aspectos interiores y exteriores de los seres humanos intercambiaran lugares, de modo que las características emocionales, mentales y espirituales pasaron a ser externas y viceversa. Debe subrayarse que no se trató simplemente de que las características interiores intangibles se volvieran visibles; más bien, los seres interiores literalmente se convirtieron en los cuerpos físicos exteriores, mientras que los cuerpos físicos pasaron a transformarse en entidades internas invisibles.

Naturalmente, las consecuencias de este acontecimiento fueron monumentales y de gran alcance. Ya nadie podía ocultar su verdadero yo interior; este quedaba expuesto en toda su gloria y toda su vergüenza, en toda su belleza y toda su fealdad. Muchas vidas quedaron destruidas, relaciones arruinadas y carreras arrasadas, ya que las neurosis internas, ansiedades, delirios, odios, prejuicios, inseguridades y defectos de carácter de una persona quedaban revelados ante parejas, familiares, amigos, colegas y desconocidos. La propia estructura de la sociedad se vio amenazada, pues su funcionamiento fluido dependía en gran medida de que las personas reprimieran y ocultaran su verdadera naturaleza y sus sentimientos.

Después del Gran Intercambio, una gran parte de la población mundial desapareció por completo. Entre todas las teorías que intentaron explicar aquella desaparición, la más popular sostenía que las vidas superficiales y vacías llevadas por muchos habían terminado por volverlos emocional, mental y espiritualmente huecos. En consecuencia, una vez ocurrido el Gran Intercambio, aquellas personas quedaron exteriormente vacías y se volvieron invisibles.

Sin embargo, para algunos aquel giro de los acontecimientos resultó una bendición. Antes del Gran Intercambio, la apariencia física tenía una importancia primordial; las impresiones y opiniones que los demás formaban sobre uno dependían sobre todo del aspecto exterior. En las interacciones cotidianas, uno era juzgado constante e instantáneamente por su apariencia. La esencia interior, al ser imperceptible para los demás, requería mucho más tiempo y esfuerzo para ser descubierta. Pocos tenían interés o disposición para hacerlo, ya que, en aquellos tiempos vertiginosos, las personas apenas disponían de tiempo para descubrir su propio yo interior, mucho menos el de los demás.

Y así, resultaba especialmente conmovedor contemplar el orgullo y la alegría de algunos de aquellos que antes de este acontecimiento habían sido físicamente feos; aquellos que, pese a todos los desprecios y desaires que el mundo les había infligido, conservaron su dignidad y su respeto por sí mismos, sin permitir que sus almas se ensuciaran con amargura, odio hacia sí mismos o envidia. Ahora, su pureza interior resplandecía brillantemente para que todos pudieran verla y admirarla.

Por otra parte, era raro encontrar a alguien que hubiera sido extraordinariamente hermoso tanto antes como después del Gran Intercambio. Tal vez no debería haber sorprendido, pues, dada la incesante atención, admiración y favoritismo prodigados a quienes poseían gran belleza física, era inevitable que terminaran volviéndose egocéntricos e incapaces de empatía. Así, después de este cataclismo, una gran proporción de los deslumbrantemente hermosos se transformó en algunos de los seres más horrendos imaginables, con una fealdad que hacía que los demás apartaran la vista con horror y repulsión. Sin embargo, también hacia ellos existía compasión y un deseo de ayudarlos de algún modo.

Resultaba particularmente irónico que el espejo, antes la posesión más preciada de la gente hermosa, se hubiera convertido ahora en la pesadilla de su existencia: algo que debía evitarse a toda costa, para no contemplar sus nuevos seres transformados. En verdad, los espejos y otras superficies reflectantes pasaron a ser objetos detestados y aterradores para muchos en aquel mundo posterior al Intercambio. Pocos poseían el valor suficiente para verse exactamente como eran. Quizá temían enfrentarse a las verdades desnudas que sus reflejos pudieran revelar. O tal vez tenían miedo de aquello que no verían, considerando lo fácil que había sido, en el mundo anterior al Intercambio, engañarse a uno mismo creyendo poseer talentos ocultos y potenciales inexplorados, convenciéndose de que todos esos dones maravillosos supuestamente permanecían escondidos en las profundidades y sombras de la mente y el alma.

Debe mencionarse en este punto que el Gran Intercambio fue tan absoluto que sus efectos no se limitaron a la humanidad. Todos los organismos vivos, desde las bacterias hasta las ballenas, y todo lo existente entre ambos extremos, también resultaron afectados. Sin embargo, a diferencia de muchos seres humanos, ninguno de los otros organismos vivos desapareció tras este acontecimiento, resolviendo de una vez por todas la antiquísima cuestión de si únicamente el hombre poseía alma. Ahora era indiscutible que todos los microorganismos, plantas y animales también tenían un yo interior.

Además, en marcado contraste con la abundancia de fealdad presente en la humanidad posterior al Intercambio, todos ellos se transformaron en seres de una belleza sencilla pero inconfundible. De ello podía concluirse que toda criatura viva no humana, sin importar cuán repulsiva o dañina hubiera parecido a ojos de la humanidad, sin importar cuán carente pareciera de rasgos redentores, poseía un alma pura y hermosa. Por mucho sufrimiento y muerte que organismos como las bacterias de la fiebre tifoidea, los mosquitos transmisores de malaria o los piojos hubieran causado a la humanidad a lo largo de los eones, sus seres interiores brillaban todos con la misma radiación sencilla y constante.

Cómo ocurrió exactamente el Gran Intercambio y qué lo causó sigue siendo motivo de intensos debates. ¿Fue obra de Dios? ¿O acaso una etapa natural del proceso evolutivo hasta entonces desconocida? Quizá fue algo completamente distinto: un fenómeno singular y sin precedentes que ni la ciencia ni la religión podían explicar. Lo que no admite discusión es la transformación radical que aquella convulsión produjo en la Tierra, pues afectó a todas y cada una de las entidades vivientes. Ni siquiera los embriones y fetos gestándose en el interior de sus madres estuvieron a salvo de sus efectos.

Tal vez el escenario que he descrito parezca implausible y absolutamente absurdo. Sin embargo, ¿quién puede afirmar que nuestra realidad actual no sea, en verdad, una aberración temporal respecto al estado de existencia descrito anteriormente? ¿Y si solo durante este período de existencia poseemos brevemente características físicas en el exterior y rasgos emocionales, mentales y espirituales en el interior? ¿Y si, una vez en el Más Allá, existimos por toda la eternidad con nuestros seres interiores exteriorizados?

¿No es esa una razón suficientemente válida para comenzar a trabajar sobre nuestras almas, para empezar a dedicar tanto tiempo al desarrollo y perfeccionamiento de nuestros aspectos emocionales, mentales y espirituales como el que dedicamos a mejorar y embellecer nuestros cuerpos físicos? Después de todo, estos frágiles cuerpos corpóreos nos pertenecen apenas por un instante, mientras que nuestros seres interiores podrían vivir para siempre.

Los dejo reflexionando sobre estas cuestiones. Y si deciden descartar mis sugerencias como un absurdo sin sentido, volvamos a reunirnos para hablar de ellas cuando ambos habitemos el Más Allá. Entonces les diré, sin el menor rastro de suficiencia o regocijo malicioso en mi voz:

—Se los dije.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

lunes, 18 de mayo de 2026

HANNA, EL ÁNGEL

Rodica Bretin

 

Alix me miró, luego al cielo despejado, salpicado de estrellas. Era de noche y, desde las murallas almenadas, la isla parecía un barco navegando mar adentro.

—Muéstramelo.

Extendí las manos hacia ella, con los dedos separados, como si empujara una barrera invisible, que se volvió más delgada y desapareció por completo cuando Alix apoyó sus palmas contra las mías.

De pronto, tuve la sensación aguda de alguien que despierta de un coma profundo. Imágenes, sonidos y olores explotaron a mi alrededor, como si estuviera en medio de un deslumbrante espectáculo de fuegos artificiales. Podía oír la luz de las estrellas y cada una sonaba diferente, como los instrumentos de una orquesta interpretando la sinfonía del cielo. Distinguía la vibración de un púlsar, el estruendo en cascada de un agujero negro, seguido por la obertura in crescendo de la explosión de una supernova. Podía ver a través del mar hasta las profundidades recorridas por tiburones, ballenas, delfines y pulpos y, más abajo aún, en el abismo acuático donde extrañas siluetas se deslizaban entre los corales, criaturas antediluvianas arrastraban la cola por la arena en la que cohortes de cangrejos marchaban en formación, preparándose para el Día D en que invadirían las playas del mundo. Percibía el olor de los cigarrillos de marihuana que fumaban dos pescadores en algún bote a kilómetros de distancia, el aroma de la resina de pino en un bosque al noroeste, el hedor de neumáticos quemados de un camión donde un muchacho y una muchacha hacían el amor, ella por primera vez, él…

¿Y Alix? ¿Desde cuándo se había vuelto translúcida, como una estatua de cristal? Podía ver sus huesos y músculos, arterias y venas donde la sangre latía en armonía con los ritmos eternos de la naturaleza. Escuché el latido… ¿de dos corazones?

Alix apartó las manos y mi universo volvió a ser como antes, una copia pálida y desvaída, una representación en blanco y negro de lo que Alix vivía, momento a momento. Alix, que… no era del todo humana. Algunos la llamarían diosa mortal, ¡pero no sabían nada! Desde afuera parecía siempre satisfecha consigo misma y con quienes la rodeaban, irradiando equilibrio y serena aceptación, un oasis de calma en un desierto de locura.

Alix oyó mi pensamiento.

—No exactamente —me contradijo sin levantar la voz—. Hubo un tiempo en que yo era igual que tú.

—¿Quieres decir siempre enfadada por cualquier cosa o por cualquiera?

Sonrió, pero sus ojos siguieron fijos en un pasado sombrío.

—Es difícil no saber quién eres, pero es aún más difícil no saber qué eres. Hasta los nueve años pensé que era normal. Nunca conocí a mis padres, pero eso no tenía nada de extraordinario; en aquellos días muchos niños de Estocolmo, Copenhague y Oslo terminaban como yo, abandonados, mendigando en las calles, dependiendo de la misericordia de los extraños. ¿Recuerdas a la niña de las cerillas, que murió congelada en la nieve mientras los ricos y sus familias celebraban la Navidad? ¿Un cuento que conmovió y despertó la sensibilidad de generaciones de lectores o un hecho real registrado por Hans Christian Andersen con dramático realismo? Yo tuve más suerte que la mayoría. Terminé en un orfanato parroquial. Tenía un techo sobre mi cabeza, una cama con un colchón relleno de paja, una manta viscosa y un lugar en la mesa común, donde el manjar cotidiano era un guiso de nabos. Todo estaba racionado. Cuando la ropa nos quedaba pequeña, nos daban otra igual de remendada y gastada. En cuanto a los zapatos, no teníamos. Debíamos estar agradecidas por las sobras, los harapos, un trozo de pan mohoso y una manzana carcomida por gusanos, porque no nos echaban afuera, a la ventisca. Éramos una carga sobre los hombros del personal del orfanato, de la cocinera que todos los días debía enfrentarse a una difícil decisión: ¿papas hervidas o al horno? Sufríamos hambre, frío, estábamos sucias y harapientas, pero podía ser peor… y oíamos aquello hasta que las otras huérfanas y yo empezamos a creerlo.

—Pero no Hanna.

—Hanna era mi amiga, la muchacha de cabello dorado y ojos de un azul tan pálido que parecían dos ópalos. Hanna hablaba poco y solo conmigo, pero no porque fuera tímida, silenciosa o retraída. Hanna creía que era un ángel. Sus padres celestiales se habían visto obligados a dejarla atrás, pero no la habían abandonado. Mañana, o dentro de un año, regresarían para llevársela con ellos. A veces podía oírlos llamándola por su nombre, diciéndole que no perdiera la paciencia ni la esperanza. Se habían marchado por un tiempo, pero…

—¿Adónde fueron? —le pregunté un día.

—La noche siguiente nos escabullimos por la ventana del ático del dormitorio y nos quedamos juntas contemplando el cielo estrellado desde el tejado. “¡Allí!”, dijo ella. Me mostró un destello igual a miles y miles de otros. Pero para Hanna aquella estrella era un faro, iluminando el camino de regreso a casa. Y desde entonces salíamos al tejado cada noche en que el cielo estaba despejado. Una vez me susurró otro secreto al oído. “Me han brotado alas invisibles. Si las abro, podría elevarme por encima de las casas, de los árboles.” ¿Y yo? le pregunté. “No te dejaré, Alix”, me respondió. Cuando mis padres vengan por mí, nos iremos juntas. Cuarenta niñas vivíamos en el dormitorio del ático. Una de ellas, nunca supe cuál, le informó a la supervisora sobre nuestras escapadas nocturnas. En el orfanato todo era escaso y estaba racionado: la comida, el calor, la cera de las velas… todo excepto los castigos. Durante casi dos días nos obligaron a permanecer arrodilladas sobre cáscaras trituradas de nuez. Luego nos dieron cepillos, jabón y cubos de agua para limpiar la sangre de las tablas del suelo. Pero el verdadero castigo aún estaba por llegar. La directora había llamado a un herrero para colocar barrotes de hierro en las ventanas del ático. Y la noche anterior a que el dormitorio se convirtiera en una prisión, Hanna se acercó a mi cama y puso un dedo sobre mis labios. No pronunció una sola palabra, pero comprendí su pensamiento. Aquellos eran nuestros últimos momentos de libertad. ¿Por qué desperdiciarlos? En el cielo, la negrura que cubría las estrellas comenzaba a disiparse. Antes había llovido y el tejado estaba mojado y resbaladizo. ¿Pero qué importaba? Hanna tenía alas, las estrellas parpadeaban entre las nubes desgarradas, pronto el firmamento estaría despejado y sería todo nuestro. Cuando las tejas resbalaron bajo mis pies, Hanna me sujetó de los brazos tratando de detenerme, pero no funcionó. Ambas nos precipitamos por encima del desagüe y caímos catorce metros hasta el patio pavimentado con granito. Desperté en la enfermería del orfanato. El médico me dijo que Hanna había quedado destrozada y había muerto al instante. Era una mentira cruel y me negué a creerla. ¡Hanna había volado! Había abierto las alas y flotaba en algún lugar sobre la ciudad. Pero ¿por qué me había dejado allí? Tal vez me dejó atrás porque todos mis huesos estaban rotos. Nadie en el orfanato creía que sobreviviría hasta la mañana, y esperaron y esperaron. Al amanecer aún no había dado mi último aliento y por la tarde pedí un vaso de agua.

—¿Había ocurrido un milagro?

—El médico me miró horrorizado y asustado, como si yo fuera un ternero de tres cabezas… ¿y qué? Hanna había escapado; volvería para llevarme lejos de él, de todos ellos. Aquella noche la fiebre descendió, pude mantenerme en pie y me levanté de la cama. El baño estaba al otro extremo del corredor y casi había llegado cuando percibí un olor extraño, como flores marchitas. Abrí una puerta, luego otra. En la tercera habitación encontré a Hanna, cubierta con una sábana manchada de óxido. Pero era sangre. La arranqué y contemplé el cuerpo destrozado y el rostro desfigurado de mi amiga. Había sido una niña que soñaba ser una criatura alada; ahora no era más que un cadáver anónimo que el orfanato estaba a punto de vender a la Clínica Real como material de estudio para estudiantes de medicina. Y en cuanto a mí, ¿era un ángel, un demonio, una abominación? Me trasladaron del dormitorio común a un armario en el sótano, pasándome la comida por una rendija de la puerta, como si tuviera lepra, peste o alguna otra enfermedad contagiosa. La directora había llamado a un exorcista y el médico informó a sus colegas anatomistas que prepararan la mesa y los instrumentos de disección, aunque no antes de realizar algunos experimentos científicos. ¿Era resistente al agua helada, al fuego o al ácido sulfúrico? ¿Podrían conservarme en formaldehído? Me llamaban la niña de huesos de goma, que había caído de un tejado y se había levantado sin un rasguño. Así nacen las leyendas urbanas. ¿Era afortunada o hija del diablo? Nunca llegaron a averiguarlo. El tercer día después del accidente que me trajo aquella fama indeseada, escapé del orfanato, dejando atrás la ciudad y luego Suecia. No permanecí más de un par de días en un mismo lugar, todavía huyendo aunque nadie me persiguiera, sin más equipaje que mis recuerdos. Hasta conocerte, Hanna había sido mi única amiga.

—Una muchacha que pensaba que era un ángel y otra que se imaginaba humana —dije—. Ambas estaban equivocadas y tenían razón al mismo tiempo. Pero al final, después de tantos caminos recorridos, ¿descubriste quién eres, qué eres?

Alix inclinó la cabeza hacia un lado y me observó bajo las pestañas.

—Al final… ¿es realmente tan importante?


Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

DURAK

Anatoly Belilovsky

 

—Es peligroso, este hielo —dijo el ruso.

La gran masa congelada se acercaba lentamente, mientras el camarero luchaba por empujar el carrito a través del umbral de la sala de cartas.

—Estoy de acuerdo —dijo el neoyorquino.

Barajó un mazo de cartas con bastante desgano.

—Parece que está a punto de provocarle una hernia a nuestro camarero.

—Yo solo quería suficiente para poner en mi brandy —dijo el texano—. ¿Por qué trajo el bloque entero?

—La White Star Line se enorgullece mucho de su servicio —dijo el camarero.

—En el Titanic no hacen nada en pequeño —dijo el neoyorquino—. Al menos no en primera clase.

El camarero descargó el picahielo con un golpe experto. Fragmentos de hielo cayeron brillando sobre el plato. El camarero los dejó caer dentro del vaso del texano.

—El peligro ahora mismo —dijo el inglés— es que entre un francés. Estaría perfectamente en su derecho de dispararle por este sacrilegio. Hielo en el armagnac…

—Es solo brandy —dijo el texano—. Usted no es francés, ¿verdad, muchacho?

—No, señor —respondió el camarero.

—Tiene un acento raro —dijo el texano—. ¿De dónde es?

—De Transilvania, señor —dijo el camarero.

—Anginas —dijo el ruso—. El frío puede enfermar la garganta y uno muere de anginas. Eso pasó con su George Washington. Murió de anginas.

El ruso hizo una pausa.

—En diciembre. Cuando hace frío.

—Murió por las sangrías —dijo el neoyorquino.

—¿En América usan sangrías? —preguntó el ruso—. En Rusia usamos sanguijuelas. Nadie muere por sanguijuelas. ¿Qué usan en Inglaterra?

—Transilvanos —dijo el inglés.

—¿Qué? —preguntó el ruso.

—¿Desean algo más? —preguntó el camarero.

—No —dijo el ruso—. ¿Transilvanos como sanguijuelas?

—Vampiros —dijo el inglés.

—Ah —dijo el ruso—. Del libro del señor Stoker. Es divertido.

—¿Leyó Drácula? —preguntó el neoyorquino.

—Leo todos los libros ingleses —dijo el ruso—. Sherlock Houses. Capitanes valientes. Máquina de los tiempos.

—¡H. G. Wells! —exclamó el inglés—. ¡Le gusta Wells!

—Leo a Wells —dijo el ruso—. No me gusta Wells.

—Yo tampoco soporto a Wells. Maldito socialista —dijo el texano.

—A mí me gustó bastante La guerra de los mundos —dijo el neoyorquino—. Al final, cuando los invasores mueren de influenza…

—¿Desean que traiga más hielo? —preguntó el camarero.

—Tenemos de sobra —dijo el texano—. Lo que escribió Wells… son puras tonterías. Eso no puede pasar.

—¿Por qué no? —preguntó el inglés.

—Primero que nada, allá en el rancho, si tiene vacas enfermas, las mantiene alejadas de las sanas, pero los pavos y las gallinas estarán perfectamente. La idea de que los marcianos agarren peste bovina cuando las cabras no la agarran… bueno, eso es ridículo.

—Es cierto —dijo el neoyorquino.

—Y en segundo lugar —dijo el texano—, no hay nada en Marte. Si hubiera algo allí, habrían dejado algo visible. Estoy seguro de que el señor Lowell habría visto ciudades, no solo canales, si existieran marcianos como los del libro.

—Ahora no hay nada alrededor del Caspio —dijo el ruso—. Y todos venimos de allí.

—¿Más armagnac, quizás? —sugirió el camarero.

—Tenemos suficiente armagnac —dijo el neoyorquino—. ¿Qué es eso del Caspio?

—Eso es un mar, ¿verdad? —preguntó el texano.

—Creo que se refiere a la hipótesis póntica sobre la urheimat indoeuropea —dijo el inglés.

—¿Le importaría hablar en inglés? —dijo el texano.

—¿Podría traerles un nuevo mazo de cartas? —preguntó el camarero—. No han terminado su partida de bridge.

—Estoy harto del bridge —dijo el neoyorquino—. Me aburro hasta la muerte. Nunca pasa nada en el Titanic.

—¿De qué se está quejando? —preguntó el texano—. La comida es perfecta, la orquesta es de primera. Y el servicio…

Hizo un gesto hacia el camarero.

—Habla por sí solo.

—El Titanic —dijo el camarero— recibió el mejor personal cuidadosamente seleccionado de toda la White Star Line, de la cual me enorgullece formar parte. ¿Quizás podría traer queso o sorbete?

—¿Ven a lo que me refiero? —dijo el neoyorquino—. No puedo quejarme de nada aquí. Quiero volver a casa. En Nueva York puedo quejarme. Me pone nervioso no hacerlo. No veo la hora de bajarme de este maldito barco.

—Qué lenguaje —dijo el inglés.

—Lomonósov escribió sobre lenguaje —dijo el ruso—. Dva siempre es dos, tri siempre es tres, kot siempre es gato, en eslavo y germánico y en hindustaní. Todos idiomas parecidos, todos vienen de la estepa. Ahora no hay nada allí.

—Interesante —dijo el inglés—. Creo que entiendo lo que quiere decir.

—Es como juego ruso de cartas —dijo el ruso—. Se llama Durak.

—Durak… ¿No es la palabra rusa para “tonto”? —preguntó el neoyorquino—. Uno la oye mucho caminando por el Lower East Side.

El ruso asintió.

—“Durak” también es el perdedor en el juego.

Desde el rincón de la sala, el camarero observaba con enorme interés.

—¿Cigarros? —preguntó—. ¿Desean que les traiga cigarros?

—Si no le importa, no queremos cigarros —dijo el inglés—. Me gustaría aprender este… Durak.

El ruso tomó las cartas y miró alrededor.

—¿Tengo permiso? —preguntó.

Los otros asintieron.

El ruso repartió rápidamente seis cartas para él y el inglés. Dio vuelta la decimotercera carta; era la jota de diamantes. El resto del mazo lo dejó boca abajo junto a la carta descubierta.

—Esta carta —dijo señalando la jota— nos dice cuál es el triunfo. Los triunfos funcionan igual que en bridge: una carta más alta vence a una más baja, pero solo dentro de su palo, y cualquier triunfo vence a cualquier otra carta excepto a un triunfo más alto. Ahora ataco.

Puso un siete de tréboles boca arriba.

—Creo que entiendo —dijo el inglés.

Lo cubrió con un diez de tréboles.

—Ahora —dijo el ruso— solo puedo continuar atacando con cartas del mismo valor que ya están sobre mesa: dieces y sietes.

Puso un siete de corazones.

—Por supuesto, fue buena idea empezar con carta que tenía en pareja…

El inglés puso un seis de diamantes.

—Ahora sabemos lo que no tiene —comentó el texano—. Si tuviera un corazón más alto que siete, lo habría jugado.

—Exactamente —dijo el ruso—. Y por suerte para mí…

Puso un seis de corazones.

El inglés levantó la vista.

—No tengo corazones y no tengo más diamantes. ¿Y ahora?

—Ahora las recoge. Son sus cartas ahora —dijo el ruso—. Yo me quedo con tres cartas, así que tomo tres del mazo.

Tomó tres cartas.

—Ahora vuelvo a tener seis y, como gané esta mano, ataco otra vez.

Puso una jota de espadas.

El inglés respondió con un as de espadas.

—Ahora puede atacar con una jota o un as, ¿correcto?

—Correcto —dijo el ruso—. Sin embargo, pensé que podría tener reina o rey y entonces continuaría. Pero así como está, terminé. Esto va al descarte.

Colocó las dos cartas sobre la mesa formando una nueva pila y tomó una carta del mazo de reserva.

—Ahora usted ataca.

El inglés empezó con un siete de corazones.

—Recuperando lo mío, ¿no? —dijo el ruso, cubriéndolo con una reina de corazones.

El inglés continuó con un siete de tréboles.

El ruso cubrió con una jota.

—Si hubiera tenido esto en la mano anterior… —dijo—. Pero la acabo de sacar ahora mismo.

Cubrió el siete con una reina de espadas.

—Tengo carta más baja —dijo— pero es bueno limitar opciones del oponente, ¿no? ¿Tiene algo para atacar?

El inglés negó con la cabeza.

—No más sietes, ni jotas, ni reinas.

El ruso reunió las cartas de la mesa.

—Defensa exitosa —dijo mientras las ponía en el descarte—. Ahora necesito tres, pero espero por usted, ya que defendió. Usted tiene…

—Cinco —dijo el inglés—. Entonces tomo una, ¿verdad?

El ruso asintió. El inglés tomó una carta, seguido por el ruso.

—¿Pudín Waldorf? —sugirió el camarero.

—¿Quiere dejar ya de preguntar? —dijo el neoyorquino—. Bien, ¿por dónde íbamos?

—Una carta, hacen seis, y es mi turno de atacar —dijo el inglés—. Hasta ahora parece un gran juego.

—¿En qué es mejor que el bridge? —preguntó el texano.

—Se parece más a una guerra real —dijo el inglés—. Las fuerzas usadas en una batalla siguen allí para la siguiente… aunque no necesariamente del mismo lado. Y supongo que las alianzas no son permanentes, como sí lo son en el bridge.

—Sí, aliados —dijo el ruso—. Más tarde les mostraré Durak con mucha gente, ya verán… se puede cambiar de aliados en mitad de mano.

—Las guerras napoleónicas —dijo el inglés—. O la Guerra de los Treinta Años. O las guerras de los sucesores de Alejandro.

—Tenemos pastel Napoleón —dijo el camarero—. Es muy bueno.

—No queremos pastel —dijo el texano—. Ahora, ¿cuál es el objetivo del juego?

—Es —dijo el ruso— quedarse sin cartas cuando se acaba mazo de reserva.

—Eso es un poco raro —dijo el neoyorquino—. En la vida real, ¿cómo se gana quedándose sin nada?

El ruso sonrió.

—¿Qué idiomas hablamos, además de inglés? Yo hablo ruso, francés y polaco.

—Algo de panyabí, en mi caso —dijo el inglés—. De mis días en el ejército.

—Español —dijo el texano.

—Alemán —dijo el neoyorquino.

—¿Pastel alemán de chocolate? —preguntó el camarero.

—Estoy lleno como un cerdo —dijo el texano—. Ese bistec con hígado picado… Y… ah, sí. ¿Qué tienen en común todos esos idiomas?

—Son lenguas indoeuropeas —dijo el inglés—. Originadas probablemente en las estepas al norte del mar Caspio, en su propio país.

—¿Alguna vez estuvo allí? —preguntó el ruso.

—¿Duraznos en gelatina de Chartreuse? —preguntó el camarero.

El texano negó con la cabeza, muy parecido a un caballo espantando una mosca molesta.

—¿Por qué sigue interrumpiendo? Apenas se puede mantener una conversación con todas estas interrupciones. ¿Qué fue lo último? Ah, sí. No, nunca he estado en su país.

—Créame, señor —continuó el ruso—, ahora no hay nada ni nadie allí.

—Interesante idea —dijo el neoyorquino.

—¿Y qué tiene eso que ver con el señor Wells?

—¿Empezaría juego de Durak atacando con as o triunfo? —preguntó el ruso.

—No —dijo el neoyorquino—. Porque entonces el oponente podría usarlo contra usted más adelante en la partida. Como en…

—Los cipayos tenían nuestros rifles cuando se rebelaron —dijo el inglés.

—Y Washington fue entrenado por los británicos —dijo el neoyorquino—. Y los japoneses pasaron de juncos a acorazados en cuarenta años después de la visita del señor Perry.

—Tenemos excelentes éclairs de chocolate y vainilla —dijo el camarero.

—Tienen excelentes acorazados en la marina japonesa —dijo el ruso—. Yo los vi. En Tsushima.

Sacudió la cabeza.

—El Pacífico no es un buen lugar para estar en bote salvavidas. Un bote salvavidas nunca es un buen lugar para estar.

—Entonces es improbable que los marcianos atacaran con armamento demasiado avanzado —dijo el inglés—. Rayos calóricos o algo parecido.

—No si son inteligentes —dijo el neoyorquino—. Ahora bien, si tomamos el libro del señor Stoker…

—¡Vampiros marcianos! —exclamó el inglés—. ¡Los muertos vivientes de otro mundo!

—Me alegra que alguien esté encontrándole sentido a todo esto —dijo el texano—. ¿Le importaría explicarlo?

—Descartemos, digamos, la fantasiosa idea de que quien es mordido se convierte en vampiro —dijo el inglés—. Conservemos la larga expectativa de vida y las peculiares necesidades alimenticias. Y consideremos la curiosa inmunidad del vampiro al espejo y al daguerrotipo. Tenemos entonces una raza de seres invisibles –o simplemente muy pequeños– capaces de proyectar su apariencia y su voz directamente en nuestra mente mediante poder mesmerista, y de levitar gracias a algún otro medio científico. Podrían haber caminado entre nosotros desde antes de la época de Vlad Tepes. Desde antes de Gilgamesh, de hecho. Y nosotros jamás lo habríamos sabido.

—¿Helado? —preguntó el camarero—. Vainilla francesa…

—El frío enferma, produce anginas o tuberculosis —dijo el ruso, frotándose la garganta—. Marte es como la tundra siberiana: frío, vacío, mal clima. Buen lugar del cual huir. Leí sobre José de Acosta, él pensaba que indios escaparon a América desde Siberia. No queda nada en la tundra. No queda nada en Marte.

—Supongo que eso significa que uno de nosotros podría ser un vampiro marciano —dijo el texano—. ¿No es así, muchacho?

Agregó esto último haciendo un gesto al camarero.

—La White Star Line jamás permitiría —dijo el camarero— que una persona de carácter dudoso abordara uno de sus barcos.

Lentamente, casi imperceptiblemente, retrocedió alejándose de la mesa.

—Fácil averiguarlo —dijo el neoyorquino.

Sacó una cigarrera pulida.

—Aquí estoy yo —dijo, sentándose cerca del ruso— y aquí está usted. Dos reflejos.

Luego le entregó la cigarrera al texano.

—Y aquí estamos nosotros dos —dijo el texano inclinándose hacia el inglés—. ¡Camarero! Venga aquí, muchacho. Le toca a usted.

—En un momento, señor —dijo el camarero desde la puerta.

—Vuelva aquí. Quiero ver su cara en el espejo —gritó el texano—. ¿Adónde va, muchacho?

—A un asunto de suma importancia, señor —dijo el camarero—. Debo traer más hielo.

Y se apresuró a salir.

—Todavía hay un bloque entero sobre la mesa —dijo el neoyorquino—. ¿Qué piensa traer, un iceberg?

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

LATIDO DEL PÚLSAR