Gabriela Vilardo
Gómez es una de esas personas que uno no desea conocer cuando está de malhumor. Y sí... lo conocí en el aeropuerto de Londres y yo estaba así, de malhumor. Me había enterado que mi vuelo con destino a Buenos Aires –el mismo que el de Gómez–, tenía una demora de dos horas. El hombre estaba al tanto del retraso, pero no se lo notaba fastidioso por eso.
Conforme pasaban los minutos tuve la certeza de que ese señor me agobiaría con relatos familiares.
—Le cuento algo, si no le molesta —me había dicho—, como para matar el tiempo. —Con su mirada midió mi actitud. Digamos que tanteó la situación, pero no advirtió que yo no estaba dispuesto a escucharlo. Sin embargo, no tuve otra opción.
Empezó a contar, así como de la nada, que no era de odioso que lo decía, pero que la cortesía de su tía Carmen se había vuelto un verdadero incordio. Cortesía de su tía abuela madrileña. Una mujer, a quien Gómez, empujado un poco por esas cuestiones de ancestros, le había aceptado el alojamiento ofrecido mientras él permaneciera en Madrid. Y Gómez sintió que, por aceptarlo, tuvo que pagar un precio no alto, pero sí oloroso.
Me resultaba, hasta el momento, una razón incomprensible la que me daba acerca de su malestar. Y la verdad era que, a esa altura de la tarde, con un retraso de dos horas de nuestro vuelo –dos, por el momento–, no me interesaba saber de los olores de su tía Carmen. Sin embargo, él siguió con su relato sin notarme molesto con el asunto, ni tampoco confundido. Y reforzó su queja con los esfuerzos hechos por escuchar las historias que habían salido de la boca de su tía. “Historias ajenas que finalmente se aceptan como propias”, agregó. —Lo miré y seguí sin entender demasiado adónde quería llegar con todo ese reclamo—. Que todo eso no debería implicar —me aclaró (supongo que advirtiendo mi confusión)—, que aparte de las valijas también tuviese que acarrear la mantita con olor a naftalina de la tía Carmen. —Y había agregado que la tía la había enrollado, la había puesto en sus manos antes de que Gómez partiera y que le había ordenado: “Lleve, por si las moscas, querido”. Y parece que el “por si las moscas” de Carmen era un pronóstico de frío del viaje en tren.
Pensé, entonces, que estaba frente a un hombre bastante odioso. ¿Tanto le podría molestar una mantita?
—Un regalo especial de último momento. Una atención de la tía. ¡Pobre tía! Yo ya estaba hasta el hartazgo de la mantita; y del olor a naftalina. Soy obsesivo con los olores. ¿Creerá, usted que exagero? Bueno, son costumbres, gustos o llámele como quiera… pero ese olor me tenía a maltraer.
Sí. Gómez era un tipo odioso, por no decir pesado. No solo me contaba sus fobias que, además, había empezado a deducir mis opiniones.
—Y anduve, después de despedirme de Carmen, con la atención a cuestas en trenes abarrotados de gente. Pensé en París y en Londres como próximos destinos, y agradecí no tener tías en esas ciudades. En un tren, ya lejos de la casa de mi tía —siguió con el relato—, apoyé la mantita con olor a naftalina sobre el piso, al lado de mi asiento, en un lugar en donde nadie la pisaría, pero sí podría servirse de ella. No es lo mismo que tirarla. De eso estoy seguro. —Me explicó su actitud con detalles, pero no se relajó del todo. Y yo ya estaba atormentado con su penoso relato. Me di cuenta que si había algo que a Gómez le empezaba a sobrar era remordimiento—. La tía Carmen —me dijo, y por un momento sentí que la conocía de toda la vida—; no puedo dejar de admitirlo, lástima que apenas si podía hablar. Su aspecto no era muy saludable: tenía el pelo duro como el de las muñecas viejas. Sus mejillas regordetas ya no lucían rosadas como las que yo había visto en la foto del álbum familiar antes de venir a Europa. Para completar, los hoyuelos que antes la mostraban tan simpática, ahora le colgaban junto a sus arrugas. Me parece que está viviendo tiempo suplementario, por eso me dio un “no sé qué” abandonar el oloroso souvenir. Después de apoyar la mantita al lado de mi asiento, como le decía, al bajar del tren no miré a la gente; obviamente, porque no conocía a nadie, y, además, para no avergonzarme por lo que acababa de hacer.
—Es comprensible —acoté en el poco espacio que me quedaba para hablar.
—De nada sirve agobiarme tanto con esto —dijo con cierta pesadumbre— porque estoy convencido de que no fue algo tan grave lo de abandonar el regalo de la tía en el tren, pero no niego que quería bajar. Bajar rápido. Y en esa embestida abrupta hacia otro destino, como empujado por otro, las caras de los viajeros parecían superponerse.
En la percepción que Gómez tuvo al bajar de un tren, le di la razón. Y a pesar de que yo ya sentía un fastidio especial con respecto a ese hombre que me había tomado de confidente, no pude dejar de reconocer que no era tan improvisado en cuestiones de viajes porque por momentos, parecía tener sentido común. Y pude rescatar cierta sensatez de Gómez, entonces, cuando me contó, entre otras cosas, que ya en el hotel, de regreso de Trafalgar Square, no ameritaba acostarse sin ver las fotos tomadas en el lugar. Y sonreí porque me había pasado lo mismo. Y dejé de sonreír cuando sacó su cámara digital con las intenciones de mostrarme las fotos de lugares que yo bien conocía. Como no estaba dispuesto a escuchar lo obvio contado por Gómez sentí cierto alivio cuando me confió que se había informado poco antes de visitar esa plaza. Creo que Gómez no tenía idea de la batalla de Trafalgar ni de que la plaza había sido construida para conmemorarla.
—Le quiero mostrar una foto que me quitó el sueño. Esa noche, cuando la vi en mi cámara digital deambulé por la habitación del hotel. Va a darse cuenta, usted —insistió— de mi cara de alegría en la foto… ¡Y eso que ya había estado acá! —Me acercó la cámara con cierta indiferencia para mostrarme una foto de la National Gallery.
—Usted va a notar —continuó—, que en la otra, en la que yo quiero mostrarle con especial interés, no tengo cara de cansado a pesar de haber recorrido parte de… —Mientras Gómez hablaba supe que no ubicaba la foto en cuestión—. Estaba contento porque había cumplido la promesa de Lucas —murmuró.
—¿Lucas?
—Sí, el hijo de mi sobrina… Le prometí algo especialmente para él. Tardes enteras hablamos de esa foto en Trafalgar Square… Lucas Nelson… Así se llama, aunque el segundo nombre no lo use, pero…
Y rogué tener noticias de la partida hacia Buenos Aires, porque las historias de la mantita de la tía Carmen las había soportado… ¡pero los cuentos del tal Lucas! ¡Era demasiado para un retraso de vuelo, que ya de por sí ocasiona un malestar particular! Y ni hablar de ese compañero de espera que había empezado a perder coherencia porque me mostraba la embajada de Sudáfrica y me decía que era la de Canadá; también contó que alrededor del Admiralty Arch se había mareado.
—No sabía dónde estaba parado —dijo con turbación—. ¡Si yo había ido a la plaza por la columna de Nelson!… —agregó con desconcierto.
Y sentí cierto alivio de viajero. Al menos, Gómez no estaba tan ajeno a la historia como creí. Una cuestión no menor que me permitió seguir tolerándolo.
—Como le dije, le prometí a mi sobrino que ahí me iba a sacar una foto especialmente dedicada a él.
Entonces, mis acusaciones hacia Gómez se volvieron elogios. Elogios que duraron poco hasta que conocí el motivo: los leones. Los leones que se erguían alrededor de la columna de Nelson. Él había ido con la ilusión de abrazar a uno de ellos y posar para Lucas.
—Cuando uno de los leones quedó libre de turistas, le pedí a un japonés que me tomara la foto. No pude abrazar al león, claro… no estoy para andar trepando ni hacer el ridículo. ¡Semejante mole de bronce! Pero finalmente pude cumplir parte de mi promesa para Lucas Nelson.
Entonces, él, el león y algunas palomas protagonizaron el momento esperado. Gómez me aseguró que, abrumado por la gran cantidad de personas que visitaban la plaza, hizo caso omiso a todo lo que le faltaba recorrer. Volvió al hotel con el paseo a medias, sin preocuparse demasiado por eso.
Allí, con mucha agitación revisó todas las fotos –como estaba haciendo en ese preciso momento– porque él quería corroborar la nitidez de la imagen prometida: el león, las palomas y Gómez. Solo ellos para su sobrino Lucas. Lucas Nelson.
Se desveló y deambuló parte de la noche porque al encontrar la foto tomada por el japonés, a la izquierda de Gómez aparecía una pordiosera que llevaba una mantita y que nunca había estado cerca de él. Y lo dijo con certeza ya que, en aquel instante, se había cerciorado de ser él, el centro de la imagen.
—Era igual una de esas que se instalan en las plazas con pelo duro como de muñeca —empezó a describirla con fastidio—, mejillas regordetas, pálidas y hoyuelos arrastrados por sus arrugas.
De todo ese rezongo entendí que se trataba de una vieja con gesto adusto que llevaba una mantita y lo intimidaba por eso. (Parecía hablar de su tía Carmen, tal como la había descripto).
Y repetía: era igual a una de esas que se instalan en las plazas con pelo duro como de muñeca, mejillas regordetas, pálidas y hoyuelos arrastrados por sus arrugas; y que, además, llevaba una mantita.
Esa noche, Gómez no se había dormido profundamente en ningún momento. Con un gran esfuerzo mental pudo confirmar que la mujer no había estado a su alrededor en el momento de tomar la foto. Y en la oscuridad de su habitación, la vio. Identificó, con su imaginación, la cara de la anciana, en esa aglomeración de personas que se apretujaba al subir y bajar de los trenes.
—Sí —repitió—, de esos trenes en los que uno no mira porque no conoce, pero que de un pantallazo ve mucho. En esos trenes en los que uno puede dejar la mantita de la tía Carmen al lado de un asiento que no es lo mismo que tirarla.
Sobresalto y angustia. Según sus palabras, era lo que había vivido. Sobresalto y angustia. Al fin, no había podido cumplir con su promesa: la de Lucas Nelson.
—Y sentí culpa —me dijo con cierta nostalgia. No era la cuestión que en la foto apareciera esa mujer. Sabrá de mi decepción.
Gómez se puso insoportable con todos esos temas. Lo cierto era que yo lo único que quería era comunicarme con mi esposa para informarle del atraso; y que no me importaba saber nada más de Gómez, de si su abuelo y la tía Carmen comían almendras y usaban mantitas con olor a naftalina... y todas esas historias familiares ajenas. Yo no estaba muy dispuesto a contener sus emociones. Soportar a Gómez me provocó una indignación difícil de describir… ¿Por qué tuvo que tocarme ese compañero de espera? Y me pregunté en el momento “¿qué fue lo que impidió sacarme a ese hombre de encima?”
Esa indignación me hizo tensar las mandíbulas (supongo que para no decirle que me tenía harto)… ¡Hasta que Gómez encontró la famosa foto!
—¿Ves? Esta es la vieja de cachetes regordetes pero pálidos, y hoyuelos arrastrados por las arrugas.
Lo miré con resignación.
—Te arruinó la foto. Tenés razón.
No me quedaba resto psicológico para analizar qué extraños motivos tendría alguien para que las historias familiares y las culpas lo desquiciaran de esa manera. Me pregunté qué mandatos sociales generaban ese modo de andar por el mundo sin poder circular libre de mantitas con olor y de remordimientos.
Supe que Lucas, Lucas Nelson, estaría feliz con la foto de su tío al lado del león rodeado solo de palomas.




