lunes, 2 de febrero de 2026

EL HOMBRE DE LAS ALMEJAS

Laura Weterings

 

El sol caía a plomo y la gente sudaba. Berend, un tamborilero que, como todos los días, había estado tocando canciones infantiles conocidas desde temprano en la mañana, decidió que ya había tenido suficiente y se dejó caer en el césped del parque. La hierba se sentía como una alfombra suave e incluso parecía tener un ligero efecto refrescante en su espalda. No fue el único que decidió dejar de trabajar y dirigirse al parque. A su alrededor, había más gente. La gente caminaba, descansaba y algunos tipos duros corrían a pesar del calor. Tres niños pequeños estaban sentados en una valla, y otro grupo, de mayor edad, doblaba sombreros de papel. Cisnes blancos y cisnes negros vagaban por el gran estanque. También había patos, todos nadando en el agua. Y unas urracas ruidosas estaban posadas en los árboles. A Berend le gustaba el ambiente que lo rodeaba y pudo soportar esta tarde cálida sin problemas.

Estaba a punto de cerrar los ojos para echarse una siesta cuando de pronto su mirada se posó en la belleza de una dama que pasaba junto a él. Era Marjanneke, la Marjanneke. Marjanneke era, sin lugar a duda, la chica más hermosa que jamás había visto. En eso todos los hombres coincidían. Pero ninguno de ellos se atrevía nunca a hablarle. Su belleza hacía que todo el mundo se quedara bloqueado al instante. Cada vez que Berend la veía, de su vientre escapaban mariposas. Y ahora, de pronto, pasaba caminando tranquilamente frente a él. Vagaba por la hierba descalza. Su vestido era corto y dejaba poco a la imaginación. Del vientre de Berend escaparon varias mariposas más. Descendieron y se posaron sobre el vestido de Marjanneke, que estaba estampado con flores coloridas.

Marjanneke observó las mariposas y se volvió hacia Berend. Le tiró un beso en la mano y tomó con cuidado una de las mariposas sobre su palma. La mariposa voló y ella caminó tras ella. En ese momento, de manera espontánea, se elevó todo un caleidoscopio de mariposas.

—Guau, las mariposas salen disparadas de tu vientre. Estás bien enamorado —oyó decir de pronto Berend.

Levantó la vista y vio frente a él a una anciana que sostenía un libro con adornos de plata. Se la veía pálida, como si estuviera enferma.

—¿Se encuentra bien, señora?

—La verdad es que no me siento del todo bien, pero en unos días se me pasará. Aunque por lo que veo, a tu vientre tampoco le va demasiado bien.

Puso su mano sobre el vientre de Berend, y este dejó de burbujear. Las mariposas que quedaban se calmaron.

—Gracias, eso alivia —dijo él.

—De nada. Pero tendrás que hacer algo al respecto —respondió la mujer—. Cuando se acaben las mariposas, tu oportunidad habrá pasado.

—Lo sé, y me gustaría casarme con ella. Pero no tengo ni idea de cómo hacerlo.

—¿Y por qué no se lo preguntas simplemente al hombre de las almejas?

Berend arqueó una ceja.

—¿El hombre de las almejas? ¿Dónde puedo encontrarlo?

—En la avenida Drury hay tres sillas gigantes. Suele estar allí.

Berend quiso preguntar dónde estaba la avenida Drury, pero de pronto la mujer ya no estaba. Miró a su alrededor con atención, pero había desaparecido sin dejar rastro.

Sí notó, sin embargo, que justo frente a él había un poste indicador. Tenía la forma de una seta blanca. En él se leía “Avenida Drury”, acompañado de una flecha hacia la derecha. Le pareció curioso que nunca antes hubiera notado esos indicadores en el parque. Pero le venía como anillo al dedo. Así que se dirigió hacia la derecha.

Los indicadores de la avenida Drury brotaban del suelo como setas. Sin pensar demasiado de dónde habían salido, Berend siguió las flechas. Caminó un buen trecho; el camino era recto, el camino era curvo, pero ahora que sabía dónde estaba no había quien lo detuviera. Cuando Berend llegó a las sillas, tuvo que tragar saliva. En la primera silla, que efectivamente era gigantesca, alzó la vista hacia un gigante que no tenía un aspecto muy amable.

—Buenas tardes, señor —dijo con voz temblorosa—. Me llamo Berend.

El gigante miró hacia abajo y estornudó. La ráfaga de aire hizo que Berend saliera despedido hacia atrás y cayera en la arena.

—Discúlpame, joven. Soy alérgico a las mariposas y hoy revolotean por todas partes. Yo soy tu sueño. Encantado.

—¿Sabe usted dónde puedo encontrar al hombre de las almejas? —preguntó Berend con cautela.

—Por desgracia solo puedo mostrarte tus sueños. Pero si quieres, puedes echar un vistazo por ahí y ver si lo encuentras.

—Si me ayuda con eso, se lo agradecería —respondió Berend.

El gigante tomó a Berend en su mano y abrió su gigantesca boca. De ella salía un olor nauseabundo a ajo.

—Me temo que he acabado en una pesadilla —chilló Berend.

—No tengas miedo, despertarás a salvo —dijo el gigante mientras lo acercaba más a su boca.

Sonrió mostrando los dientes y Berend notó que muchos estaban podridos. Y que aquella boca era tan grande que podía ser devorado de un solo bocado sin problema. Eso era claramente lo que el gigante tenía en mente, y Berend comenzó a gritar. Al gigante le importó poco y, con un rápido mordisco, Berend acabó en su boca. Mientras yacía sobre la lengua intentó saltar de nuevo hacia fuera, pero el gigante clausuró los labios y tragó. Berend aún tuvo tiempo de aferrarse con los brazos a la campanilla. Pero estaba resbaladiza, así que no pudo aguantar mucho. Se deslizó por el esófago y cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir, estaba en un parque. Se parecía al parque al que iba siempre, pero todo se veía un poco distinto. No había urracas, sino grandes grupos de loros parlantes en los árboles, que ya se habían comido su comida. También había monos que se balanceaban de rama en rama. Los osos estaban de picnic, untando bocadillos. Y en el estanque, dos vacas remaban en una barquita.

Berend observaba la escena. Sabía perfectamente dónde estaba. Pasó la mano por la arena y entre sus dedos quedaron numerosos terrones de oro. Aquel sueño le resultaba demasiado familiar. Normalmente yacía allí, igual que en la vida real, tumbado sobre la hierba, viendo pasar todo tipo de cosas. A veces estaba tocando el tambor. Ahora que había entrado en su sueño sin estar soñando, tenía la oportunidad de explorarlo mejor y quizá así acabaría encontrándose con el hombre de las almejas.

Mientras paseaba por el carril de las bicicletas, se le acercaron dos elefantitos de circo de colores. Avanzaban alegremente en patineta. Berend siempre soñaba con animales extraños que hacían las locuras más disparatadas, así que no se sorprendió.

—¡Oigan! ¿Conocen al hombre de las almejas? —preguntó.

El elefantito rosa miró al azul.

—¿El hombre de las almejas?

El elefantito azul pensó muy profundamente.

—Sí, conozco al hombre de las almejas —respondió.

—Yo también —recordó de pronto el elefantito rosa—. Juntos conocemos al hombre de las almejas.

—Genial —dijo Berend—. ¿Saben casualmente dónde vive?

—Eso sí que no lo sé —dijo el elefantito rosa—. La verdad es que no tengo ni idea.

—Yo tampoco —dijo el azul, negando con la cabeza.

Los elefantitos se despidieron con la mano y se fueron patinando.

Ahora se le acercó una jirafa con manchas de dálmata que caminaba sobre zancos de madera. Qué sueños tan locos tengo siempre, pensó Berend. Detuvo a la jirafa, que empezó a tambalearse sobre los zancos y casi se cayó. Irritada, miró a Berend.

—Oye, ¿no puedes tener un poco de cuidado?

—Lo siento, no era mi intención. Estaba soñando despierto. ¿Podrías ayudarme? Estoy buscando al hombre de las almejas.

—Nunca he oído hablar del hombre de las almejas —dijo la jirafa, aún alterada.

—Lo compensaré —decidió Berend—. Te traeré un muffin delicioso. A menudo sueño con un hombre que los vende un poco más adelante, en un puesto.

Cuando Berend volvió con el muffin, la jirafa ya había desaparecido. Dudó de si realmente había estado allí. Decidió comerse el muffin él mismo. Siempre había tenido curiosidad por saber a qué sabían en realidad los muffins de sus sueños, y este valía realmente la pena.

Cuando iba a dar un segundo bocado, un mono le arrebató el muffin de las manos y salió huyendo. Desde lo alto del árbol disfrutó ruidosamente de su dulce tentempié. Chasqueaba y silbaba como un pájaro. En ese árbol también había un grupo de loros parlantes.

—¿Conocen ustedes al hombre de las almejas? —preguntó Berend.

Empezaron a chillar y a parlotear en voz alta.

—El hombre de las almejas, el hombre de las almejas. ¿Conocemos al hombre de las almejas, al hombre de las almejas, al hombre de las almejas?

Los loros de los otros árboles se unieron. Cada vez se volvían más ruidosos y sus sonidos dominaban todo el parque. Los elefantitos, que habían estado dando vueltas en patineta todo el tiempo, se asustaron y salieron corriendo. Derribaron a la jirafa al galope. Los monos también se volvieron locos.

Eso no era una buena señal. Siempre que los sueños de Berend se salían de control, estaba a punto de despertarse. Pero aún no había tenido ocasión de buscar adecuadamente al hombre de las almejas.

Y entonces, entre todo el alboroto, ella apareció de pronto. Marjanneke paseaba por su sueño. Era ella de verdad. Su belleza era aún más ardiente que de costumbre. Con timidez, saludó a Berend con la mano. Luego entrecerró un poco los ojos, haciendo que sus largas pestañas oscuras destacaran aún más. Quiso llamarla, pero de pronto su voz dejó de funcionar. Quiso seguirla, pero sus pies tampoco respondían. No quería dejarla ir, pero permanecía allí, como anclado. Solo cuando ella desapareció por completo de su vista, Berend se atrevió a moverse y se apresuró a ir tras ella. Pero no estaba por ninguna parte. Aun así, Berend no se rindió y siguió buscándola hasta volver a verla.

Reunió todo su valor para hablarle y se aclaró la garganta. De su vientre escaparon de nuevo algunas mariposas. Cuando los primeros sonidos estaban a punto de rodar por su lengua, Berend salió disparado hacia el espacio. Dio varias volteretas y, con un profundo suspiro, sus piernas volaron por el aire.

Con un fuerte golpe, aterrizó en la arena.

—Disculpa —dijo su sueño, que acababa de escupir de nuevo a Berend—. Me habría gustado permitirte que miraras un poco más, pero mi alergia se activó. Estornudo solo con pensar en mariposas. Espero que hayas encontrado lo que buscabas.

—Fue una experiencia especial, pero de poco me ha servido. No he conocido al hombre de las almejas. Y casi tuve contacto con la chica de mis sueños.

Berend volvió a observar atentamente las tres sillas gigantes. En la primera y en la última se sentaba un gigante. Y en la del medio había un hombrecito. Decidió hablarle.

—¿Conoces al hombre de las almejas?

—Sí, conozco al hombre de las almejas. Es más, yo soy el hombre de las almejas.

—Entonces eres a quien busco. Me gustaría casarme con Marjanneke. Y me han dicho que tú podías ayudarme.

—¿Sabes quién soy?

—El hombre de las almejas —dijo Berend.

—El hombre de las almejas, en efecto. Así me llaman. Soy el padre de Marjanneke.

Berend se sobresaltó y cayó de rodillas.

—Oiga, anciano, ¿me permite casarme con su hija?

El hombre de las almejas frunció el ceño y se pasó la mano por el cabello.

—Dime, joven, ¿cuál es tu riqueza?

Berend mostró su tambor y sus baquetas. El hombre de las almejas dejó caer la cabeza entre las manos y suspiró profundamente. No era la primera vez que alguien le pedía la mano de su querida hija.

—¡Espera, vengo de una buena familia! Mi padre es gran duque de…

El hombre de las almejas no le dejó terminar.

—Aunque fuera el emperador de todo el reino y me trajeras oro a manos llenas, no me preocuparía lo más mínimo.

Berend se desplomó.

—¿Eso significa que me rechaza?

—¿Quién soy yo para rechazar a un futuro yerno? La única que decide es mi hija Marjanneke. La elección es suya y de nadie más. Si ella se conforma con un inútil como tú, es cosa suya. Pero siempre es la misma historia. Es muy solicitada. Todos los jóvenes acuden a mí, pero nadie tiene el valor de acercarse a ella directamente. No muerde, ¿sabes?

—¿Así que simplemente debo acercarme a ella chica con dulzura y pregúntale si quiere salir y todo estará bien?

El hombre de las almejas se encogió de hombros.

—Así de simple funciona. Claro que luego ella tiene que decir que sí. Y las mujeres, en ese aspecto, no son previsibles. Pero siempre vienen aquí los mismos tipos. Hasta ahora, ninguno ha llegado tan lejos.

Berend decidió también presentarse al gigante de la tercera silla. Este tenía un aspecto menos hosco que su sueño.

—¿Puedo preguntar quién eres?

—Soy tu realidad.

—Entonces, si me tragas, ¿vuelvo al parque? No al parque de mis sueños, sino al parque donde toco el tambor todos los días. ¿Así no tengo que volver caminando todo ese trecho con este calor?

—Podría decirse así. Si te atreves, claro.

Como ya lo había vivido una vez, Berend no tenía miedo. Era comparable a un tobogán largo y era la ruta más rápida.

—Una pregunta más: ¿no tienes alergias? ¿A las mariposas o algo así? ¿O un estómago sensible que te haga vomitar?

—Por suerte, no. Suelen ser los tipos soñadores los que andan siempre delicados.

—Entonces, ¿me ayudarías?

—Ningún problema —dijo la realidad.

Levantó a Berend y lo engulló de un mordisco desde su mano. Berend apenas logró esquivar sus incisivos. Estaban más limpios, pero eran mucho más peligrosos que los dientes de su sueño. Sus colmillos también eran largos y afilados como cuchillas. De pronto, su realidad empezó a triturar con las muelas, como si quisiera pulverizar a Berend entre ellas. Rápidamente, Berend se lanzó garganta abajo. Esta vez la caída pareció durar más tiempo. Empezó a faltarle el aire y dudó de si había sido una buena decisión. Quizá así, el hombre de las almejas se libraba de todos los candidatos que no le gustaban. También podría haber regresado caminando.

Cuando empezó a perder la esperanza y cerró los ojos con miedo, se detuvo. Los abrió y volvió a estar en el parque. Vio algunas urracas, una ardilla y en el estanque los patos y los cisnes, pero no había rastro alguno de elefantes de colores.

Desde la distancia, Marjanneke regresaba caminando por la hierba donde él yacía. Parpadeó y se pellizcó para asegurarse, pero ella no era un sueño. Estaba descalza; se acercó y hasta dio una vuelta a su alrededor. Se dio cuenta de que era ahora o nunca.

Pero parecía que su belleza volvía a paralizar su voz. Abrió la boca y no salió sonido alguno. Solo unas mariposas revolotearon fuera de su garganta. Eran más pequeñas que las anteriores y eran las últimas mariposas que le quedaban.

La anciana con la que se había encontrado antes estaba sentada un poco más lejos, en un banco, observando si tenía éxito. Se llevó la mano con gesto nervioso a los ojos y decidió seguir leyendo su libro. Marjanneke se alejó de Berend. Muy lentamente, y hasta se dio la vuelta varias veces a propósito. Berend quería, pero no podía. La última mariposa se fue. Decepcionada, Marjanneke desapareció en la distancia. Se sentó sobre una piedra. Todo el día sola.

Berend vio siete ranitas.

No croaron.

Laura Weterings, una entusiasta de los caballos y viajera de ensueño, nació en Kaatsheuvel. Durante sus sueños lúcidos, vive aventuras maravillosas, que luego plasma en dibujos, pinturas, relatos y poemas. Vive y trabaja en una ganadería, rodeada de naturaleza, en el pueblo fronterizo belga de Poppel. Su obra se encuentra en diversas colecciones y en sus propios libros: Het Rossenreyders Gymnasium (La Escuela Infantil de la Rosa) y Beestige Dromen (Sueños Bestiales).

 

NUEVAS EXPERIENCIAS PARA ACOMPAÑANTES DE ÓPERA Y FANÁTICOS GRASIENTOS

Jaap Boekestein

 

Cuando Sergio tenía mil trescientos uno

—¿Y bien? ¿Qué te pareció? —preguntó Sergio mientras salía del Imperial Opera de Grand Fanare con Yulene del brazo.

Para la ocasión, Sergio vestía un atuendo clásico de noche: una capa adornada con conchas blancas y negras, elegantes botas rojas de cuero de ternera y un mono de seda negra sin mangas, ceñido por un cinturón de plumas ondulantes trenzadas. Las tres pequeñas plumas blancas rizadas de su sombrero azul profundo eran un detalle frívolo que lo distinguía de los incontables asistentes a la ópera vestidos de forma similar.

Como acompañante de ópera de Sergio, Yulene tenía el deber no escrito de brillar junto a su compañero, vestido con sobriedad. Para la ocasión, la capitana de la nave —socia comercial y amante de Sergio— había optado por un peinado saltarín, con el cabello rubio entretejido con intensas plumas negras. Su piel lucía esa noche un tono claro, casi blanco, que combinaba a la perfección con su vestido de malla de plata oxidada, cuya cola flotaba a la altura de una uña por encima del suelo. Guantes translúcidos y puntiagudos que llegaban por debajo del codo y unos zapatos extrañamente curvados, con tacones largos como cuchillas, casi completaban su atuendo. Unas gafas con lentes pequeñas, rojo sobre rojo, y gruesas monturas doradas remataban el conjunto.

—¡Fantástico! —exclamó Yulene con entusiasmo—. ¡Los trajes! ¡La escenografía! —gesticuló con energía—. ¡Guau! Siempre pensé que la ópera era cosa de buscadores de estatus aburridos y pretenciosos.

Sergio sonrió con satisfacción. El caballero de las rosas bajo la luna llena era una ópera accesible, pensada principalmente para un público principiante. Que a Yulene le hubiera gustado era un alivio. Por supuesto, sus gustos no coincidían por completo, pero era agradable poder compartir con ella su amor por la ópera.

—Me alegra que pienses que la ópera no es solo para buscadores de estatus aburridos y pretenciosos.

Yulene le dio un codazo.

—No, también es para buscadores de estatus divertidos y pretenciosos.

Sergio sonrió ampliamente y alzó los brazos.

—¡Culpable!

 

—¡Arráncale la cabeza! —rugió Yulene con todas sus fuerzas.

Saltó y agitó su matraca eléctrica.

—¡Vamos, Krakenbeast! ¡Acábalo!

En la arena, protegida por sólidos campos de fuerza, Krakenbeast, maltrecho y manchado de óxido, descargó su enorme maza sobre la unidad central desprotegida de Tender Crusher. Desesperadamente, los célebres puños trituradoras del androide luchador aún forcejeaban con los restos de la red envolvente que le había lanzado Krakenbeast.

El público rugía. Las emociones estaban a flor de piel durante las semifinales de los combates de androides de Hellesion IV. Unos dos millones de espectadores se encontraban físicamente presentes en el Estadio Globus.

El estruendo se oyó incluso en las gradas más altas, y la unidad central de Tender Crusher se abrió en una lluvia de chispas. El luchador androide quedó segmentado, se estremeció unas cuantas veces más y luego quedó inerte.

El mar de vítores fue ensordecedor. El querido Krakenbeast había pasado a la final.

—¡Ganamos! —Yulene rodeó a Sergio con los brazos y lo abrazó como un pequeño terremoto—. ¿No es increíble? ¡Woohoo!

La espesa grasa con la que se había embadurnado el rostro, como auténtica fan, se le transfirió a Sergio, manchándole la cuidada barba puntiaguda.

Sergio rio, con profundidad y alegría. Ver una pelea de androides en un estadio con dos millones de fanáticos grasientos estaba muy lejos de su rutina habitual, pero precisamente ese era el gran beneficio de dejar entrar gente nueva en tu vida: adquieres nuevas experiencias y descubres montones de nuevas formas de entretenimiento. Y también descubrirás facetas desconocidas de la persona a la que amas.

Yulene soltó una risita.

—¿También tienes tentáculos ahí, Sergio? Oh, eso sin duda va a ser interesante.

—Creo que sí —respondió Sergio desde la cama flotante de satén rojo de la Suite Perla del Club de Delicias Maravillosas.

Habían reservado el lujoso paquete de nueve estrellas, que incluía uso ilimitado de los salones corporales del club. Para sorprenderse y desafiarse mutuamente, Sergio y Yulene habían elegido de forma independiente nuevas aumentaciones corporales con las que realizar travesuras eróticas.

Con la cola balanceándose y el pelaje chisporroteando y siseando, ella se deslizó hacia la cama.

Nuevas experiencias, pensó Sergio con una sonrisa. Se retorció invitadoramente.

Jaap Boekestein (1968) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía, terror, suspense y todo lo que le apasiona. Su primera publicación fue en 1989 y ha escrito más de 500 relatos y alrededor de una docena de novelas cortas. Ha sido editor de varias revistas como Holland SF, Waensinne y Wonderwaan. Escribe principalmente en neerlandés, pero algunos de sus trabajos en inglés se pueden encontrar en Amazon.com. Su gran proyecto es una serie de relatos y viñetas ambientadas en un futuro lejano sobre el estafador y misterioro Sergio Wilhem Wang-von Luhfthoven.

domingo, 1 de febrero de 2026

EL DILEMA DE JOSH

Meghashri Dalvi

 

Emanuel Josh tenía un don. Podía negociar durante horas, días y semanas sin que un solo mechón de su cabello oscuro se saliera de su sitio.

Sus profundos ojos azules no mostraban emoción alguna, y su mandíbula ancha no se tensaba ni un ápice. Aquellos hombros robustos nunca se encorvaban, el labio inferior jamás temblaba. Las manos siempre permanecían firmes, y las gafas sin montura se mantenían perfectamente equilibradas sobre su nariz afilada.

La otra parte solía quedar intimidada solo por su presencia. Luego llegaba el bajo profundo de su voz precisa, con la que se discutían las ofertas y se sopesaban las consecuencias. Las amenazas se insinuaban con una elegancia exquisita, y las recompensas se ofrecían con una delicadeza casi invisible.

Emanuel Josh nunca perdía. Era el negociador maestro. La elección perfecta para asuntos delicados. Crisis petroleras, secuestros, desastres medioambientales inminentes: el gobierno siempre lo reclamaba para sacar lo máximo y lo mejor de situaciones espinosas.

Por eso recurrieron a él en cuanto pusieron bajo custodia a los dos alienígenas.

Los extraterrestres habían recorrido una enorme distancia interestelar y, evidentemente, contaban con una tecnología sofisticada para lograrlo. Su nave apenas tenía el tamaño suficiente para transportar a los dos. Estaba construida con un material casi mágico, que parecía fino y ligero, pero que al mismo tiempo soportaba sin problemas la dureza del viaje espacial. El potente sistema de propulsión, duradero y eficiente, era sin duda fruto de una tecnología extraordinaria.

Por suerte, otra tecnología igual de asombrosa resolvía el problema del idioma, de modo que las negociaciones pudieron comenzar.

Emanuel Josh presentó su propuesta al primer alienígena.

—Entréguenos los detalles de su expedición y de su tecnología.

—¿Cómo dice? —la voz del alienígena era áspera, pero las palabras se entendían con claridad.

—Comparta su tecnología con nosotros.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

No solo había aprendido el idioma humano con rapidez, sino que además había adoptado una actitud desafiante.

—Bien, tiene dos opciones. Guardar silencio y enfrentarse a la muerte. O revelar su conocimiento y quedar en libertad.

—Eso es absurdo. No elijo ninguna. Quiero volver a casa… con información exhaustiva sobre ustedes.

El alienígena estaba sonriendo. O lo equivalente a sonreír, según lo permitiera su anatomía.

Emanuel Josh no sonrió. Se había entrenado para no hacerlo. Una sonrisa admite demasiadas interpretaciones, demasiados matices. No tenía lugar en una negociación.

Ignoró la extraña sonrisa del alienígena.

—También puede regresar a casa. Siempre que coopere y nos lo cuente todo.

—No lo entiendo. ¿Por qué debería elegir alguna de sus opciones? Son opciones muy extrañas. ¿Cómo funciona esto realmente? ¿Qué pasa si no elijo ninguna?

—Mire: si usted y su compañero guardan silencio, ambos permanecerán en nuestra prisión durante un año. Si usted comparte toda la información y el otro guarda silencio, él muere y usted se va a casa, libre e inmediatamente. Por el contrario, si él coopera y usted no, usted muere y él queda en libertad.

—¿Y qué ocurre si ambos compartimos todo lo que sabemos? Nuestra tecnología superior y nuestra computación de punta, súper inteligente.

—Entonces los dejaremos libres, encantados.

—Ajá. Así que si yo guardo silencio y mi colega coopera, muero.

—Exacto.

—Entonces mi beneficio está en cooperar. Si mi colega guarda silencio, yo vuelvo a casa. Si él también coopera, igualmente vuelvo a casa.

—Correcto.

—Pero ¿por qué debería arriesgar la vida de mi compañero? Al fin y al cabo, es mi amigo más cercano.

—Sí. Pero puede que él esté dispuesto a apostar por su vida.

El alienígena reflexionó un momento y luego declaró:

—No quiero cooperar.

—¿Está seguro? ¿Y si él coopera? En ese caso, usted morirá.

—Es cierto. Pero asumiré ese riesgo.

Emanuel Josh no podía creerlo. El alienígena había elegido la opción equivocada. ¿Cómo era posible? Cuando él negociaba, siempre elegían la opción correcta. Siempre cooperaban. Era la única opción infalible. Nadie había elegido jamás otra alternativa.

¿O acaso el alienígena se había comunicado con el otro antes de decidir? ¿Cerebro a cerebro? ¿Podían hacerlo? ¿Cómo, con tanto ruido de por medio? ¿O disponían de canales individuales?

Josh ordenó instalar detectores de radiación electromagnética alrededor de los alienígenas y vigiló de cerca cualquier posible emisión de ondas.

No detectó nada.

Con renovada confianza, se acercó al segundo alienígena. Pero su mundo se vino abajo cuando este también eligió guardar silencio.

¿Cómo podía perder Josh? ¿Cómo? Si los alienígenas no se comunicaban entre sí, ¿cómo habían tomado esa decisión? ¿Cómo?

El gobierno no estaba nada satisfecho. Emanuel Josh había fracasado por primera vez. Y esa primera vez había llegado en el peor momento posible. ¿Cómo podían los humanos dejar marchar a los alienígenas sin que entregaran su tecnología? Incluso aunque permanecieran un año encarcelados, no hablarían.

—Podemos hacer lo que queramos —suplicó Josh—. Al fin y al cabo, les dimos una oportunidad justa y no la aprovecharon.

—No sirve de nada. Ahora debemos cumplir nuestra palabra —respondieron con firmeza el presidente y los representantes del pueblo.

Tras un año de silencio en prisión, cuando los alienígenas se despidieron de los terrícolas agitando las manos y sonriendo, pidieron expresamente ver a Josh.

Emanuel Josh había sido un hombre desolado durante todo aquel año. Había pasado noches en vela buscando la causa del desastre. Si no se comunicaron, ¿cómo tomaron esa decisión ambos? Horas incontables frente a los detectores y montones de gráficos analíticos dibujados a mano no le habían servido de nada.

A regañadientes, se presentó ante los alienígenas.

El primero lo saludó con aquella sonrisa extraña.

—Hola. Jugó al dilema del prisionero manteniéndonos separados, ¿verdad? Estrategia pura, equilibrio de Nash y todo eso. ¿No es así?

Josh permaneció inmóvil.

—Pero observe: del mismo modo que la geometría euclidiana no funciona en todas partes del universo, la teoría de juegos tampoco. ¿Cómo iba a hacerlo? Está basada en el comportamiento humano… y nosotros no somos humanos.

El otro alienígena estalló en carcajadas.

—De hecho, nuestros cerebros sí se comunican entre sí. Directamente. Nunca hablamos. La caja de voz solo se activó para usted.

Josh no podía creerlo. Por primera vez, sus ojos lo traicionaron.

—Entonces, ¿cómo es que los detectores electromagnéticos no captaron nuestras ondas cerebrales?

El alienígena dio en el clavo.

—Verá, ustedes los humanos solo pueden ver tres dimensiones. Pueden imaginar algunas más. Pero en realidad existen muchas más. Muchísimas más. Y transmitimos nuestras ondas cerebrales a través de esas dimensiones superiores.

Ambos alienígenas rieron en la cara de Josh.

—No voy a detenerme en explicar los detalles ni la tecnología de esta comunicación. Se lo dejo a usted. Pero recuerde esto la próxima vez que intente negociar con otros alienígenas.


La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

EL ESPEJO DEL SEÑOR K.

Tatjana Milivojčević

Cuando se sufre una fobia rara y se trabaja con gente, es casi imposible ocultarlo. Yo logro disimularla, probablemente porque soy bibliotecario. Absortos en los libros, los lectores no prestan atención a los demás y no ven nada salvo letras juguetonas.

El lugar donde trabajo, por suerte, está iluminado por ventanas altas, de modo que no puedo ver mi reflejo en ellas. La eisoptrofobia –la aversión a los espejos– es algo que quedó grabado indeleblemente en mí una noche, hace mucho tiempo. El sudor, los temblores y los latidos del corazón, que parecen querer saltar del pecho cada vez que miro un espejo, me devuelven a aquella fatídica noche de Año Nuevo en la que me encontré en el departamento de un hombre extraño: el señor K.

Su nombre verdadero no puedo decírtelo, porque en realidad no lo sé. El nombre por el que lo conocía, y que yo creía que era el suyo, no soy capaz de pronunciarlo. Con solo mencionarlo me invade un miedo tan intenso, que me paraliza la respiración hasta casi quedarme sin aire. Para explicar el origen de mi fobia debo volver atrás y contarte en detalle todo acerca de ese señor y de su destino lleno de maldad, en el que me vi envuelto sin querer.

En su momento, cuando yo estudiaba, vivía con mi madre en un departamento. El piso de arriba estaba vacío y los dueños lo alquilaban. A comienzos de otoño se lo rentaron a un señor de mediana edad al que yo encontraba casi todas las mañanas en la escalera. Alto, extremadamente flaco, con mejillas hundidas, pelo revuelto y barba desprolija. La mirada ausente, y el negro apagado de sus ojos contribuía mucho a darle a su rostro un aspecto fantasmal. Se vestía con ropa uniforme de tonos grisáceos y negros, y siempre llevaba un largo abrigo de cuero.

Se presentaba como el señor K., profesor de historia, sin trabajo por el momento. Hablaba en voz baja y las frases cortas que decía no pasaban del límite de la cortesía. Nuestras conversaciones nunca duraban mucho, porque el señor K. siempre estaba apurado.

A mediados de mayo heredé de mi abuelo paterno –ya fallecido– una casa en las afueras de la ciudad, y me mudé. Con la casa heredé también una suma considerable de dinero, que me permitió vivir solo. Visito a mi madre cada vez menos.

Como estaba preparando el examen final de la carrera de Filosofía, pasaba la mayor parte del tiempo en casa o en la biblioteca, donde estudiaba por costumbre. Me gustan la calma, el silencio y el olor de los libros.

Durante una de mis visitas, mi madre empezó a hablarme del vecino:

—Sabés, hijo… hay algo muy raro con ese hombre horrible.

—¿Horrible? ¿No decías antes que era muy amable y servicial? —pregunté, sorprendido.

—Sí, hijo. Cuando te mudaste siguió siendo atento y comprensivo con nosotras, las mujeres que vivimos solas. Cuando nos cruzaba, nos traía bolsos llenos del mercado y sacaba las bolsas de basura que dejábamos frente a la puerta. Pero, aparte de un saludo amable, no decía nada más. Raro para un profesor. Sin embargo, con el tiempo, esa amabilidad se le fue. Y su aspecto cambió de forma evidente. Está descuidado, desprolijo. Deja un olor áspero, como una mezcla de tierra húmeda y hojas podridas.

Vi miedo en los ojos de mi madre.

—Mamá… ¿quieres decir que ese bicho raro se volvió todavía más torcido? —pregunté, incrédulo.

—Escúchame, hijo. Te lo voy a contar todo y después juzgarás por ti mismo. Pasa mucho tiempo encerrado. De día, ahí adentro todo está quieto y silencioso, pero por las noches salen sonidos inexplicables, y después… se oyen sollozos. Durante la noche la temperatura del edificio, y también la del departamento, baja muchísimo. Al principio me alegré, porque sabes bien que en verano me cuesta dormir de noche. Pero el frío empezó a meterse en mis huesos y ya no me resulta agradable. Y después aparecieron cuervos y grajos. Esas aves de mal agüero, antes de cada amanecer, se posan en el techo y graznan durante horas.

Le tembló la barbilla, como si fuera a llorar.

—Mamá, ¿qué aves de mal agüero? ¿Crees en esas historias de viejas? —me reí.

—Hijo, no son solo los pájaros… también los perros. Primero ladran, después aúllan alrededor del edificio y, de pronto, en algún momento, se van gimoteando con la cola entre las patas. Pasa demasiadas cosas raras como para que sea casualidad. Ese hombre nos trajo algo malo, lo siento…

No pudo contener las lágrimas, que le dejaron surcos en la cara arrugada.

—Tranquila, mamá, por favor. Hablemos de él otro día. No debes tenerle miedo, créeme —intenté sonar razonable para calmarla.

—Yo te creo, hijo. Pero debes entender que me siento indefensa cuando me lo cruzo. Sus ojos son tan espantosos… como si dentro hubiera un pozo profundo que me succiona cuando lo miro. Nunca creí en lo sobrenatural, pero el cuerpo me empieza a temblar sin explicación cada vez que me alcanza su mirada. Me enredo, me quedo tiesa, sin palabras. Eso, hijo. Tenía que decírtelo. Eres el único que me entiende. Si se lo contara a otro, dirían que me volví loca —dijo, con voz llorosa, secándose las lágrimas.

—Te entiendo, mamá, pero por favor dejá de tener miedo. Es solo un inofensivo excéntrico —la tranquilicé.

—Como digas, hijo —bajó la vista, retorciéndose los dedos—. Pero hay algo más que olvidé mencionar.

—¿Qué, mamá? —pregunté a desgano. Toda esa historia del señor K. empezaba a sacarme de quicio, sobre todo porque ella estaba alterada y podía descomponerse.

—Una noche, Simeón, el vecino que vive frente al señor K., se despertó por los perros. Salió decidido a bajar hasta la entrada para espantarlos, pero se detuvo en el pasillo cuando oyó unos gritos ahogados que venían del departamento del señor K. Preocupado por si le pasaba algo, golpeó su puerta. Por unos instantes se hizo silencio y, enseguida, justo del otro lado, se oyó un gruñido fuerte que, según Simeón, no pertenece a ningún ser humano. Como Simeón sabe que el señor K. no tiene animales en el departamento, dudó qué hacer. No podía dejarlo abandonado si estaba en peligro, pero al mismo tiempo lo invadió una incomodidad y un miedo que le impidieron entrar. Entonces decidió llamarlo. Y oyó, entre gruñidos: “¡Vete!”. Simeón corrió a su casa, cerró con llave y encendió todas las luces. Pasó la noche en vela —susurró mi madre, como si temiera que alguien pudiera oírla.

—Mamá… ¿no me digas que le crees a Simeón? Sabés que le gusta empinar el codo, sobre todo ahora, antes de las fiestas —dije, ya enojado.

—No digas eso, hijo. Simeón es un hombre muy respetable y yo le creo —lo defendió.

—Está bien. Te prometo que voy a intentar averiguar algo más sobre ese señor K. Y hasta entonces, por favor, dejá de pensar en él —la abracé y la calmé.

Volví a mi casa y me sorprendí de que mi madre, de repente, se hubiera vuelto supersticiosa. Ella me había criado como gente de mente abierta y jamás le había oído decir cosas así. Pero sabía que estaba más sensible desde que me mudé, así que pensé que toda esa historia no era más que producto de su imaginación. Aunque debo admitir algo: yo tampoco creía que el señor K. fuera profesor. Por cortos que fueran nuestros encuentros, algo me decía que no era alguien que pudiera trabajar en educación. Yo mismo tuve profesores extraños, sí, pero en él había algo que no encajaba con lo que decía ser.

Por las dudas, los días siguientes traté de averiguar algo sobre el señor K. Sin embargo, por más contactos que moví, no conseguí saber nada.

Y entonces volví a cruzármelo.

Lo encontré en la sala de lectura de la biblioteca. Estaba pálido, consumido, desprolijo. Leía un libro. Sobre la mesa tenía varios más. Miré de reojo las tapas y reconocí una: Sobre geomancia, de Heinrich Cornelius Agrippa. De pronto, como si sintiera mi presencia, el señor K. me miró. Asentí a modo de saludo y pasé rápido junto a él. Me senté en la última fila y empecé a estudiar.

Absorbido en la lectura, no noté cuándo se acercó. Su voz me sobresaltó.

—Disculpe que lo interrumpa. Oí que estudia Filosofía y espero que pueda ayudarme —susurró.

—Dígame en qué puedo ayudarlo —respondí con cortesía, aunque a desgano. No me gusta que me interrumpan cuando estudio.

—Espero que usted pueda conseguirme la Filosofía oculta de Agrippa, la edición de 1551 —dijo, entrecortado, mirando por encima de mi cabeza.

—¿Se refiere al original? —pregunté, sin poder creerlo.

—Sí —y me miró directo a los ojos.

—Está mal informado. Ese libro no se vende libremente. A lo sumo puedo encontrarle una traducción en internet —le dije la verdad, aunque tuve la sensación de que no lo convencería.

—¡Pero yo no quiero una traducción! ¡Necesito el original en latín! —alzó la voz. En sus ojos vi ese pozo profundo del que hablaba mi madre.

—Busque en las tiendas de anticuarios. Es todo lo que puedo decirle…

—Pero usted seguro leyó Filosofía oculta en la carrera —insistió. Se pasaba los dedos con nerviosismo por el pelo, y de él me llegó ese olor áspero a tierra húmeda y hojas podridas.

—Es verdad que estudié a Agrippa. Para ser preciso, solo fragmentos traducidos de Filosofía oculta, pero nunca tuve ocasión ni de hojear una edición en latín. También leí Sobre geomancia, por pura curiosidad. No soy partidario de su filosofía ni me interesa la adivinación. Me interioricé en sus ideas porque fue un pionero en su tiempo y, sobre todo, porque le sirvió a Goethe como inspiración para el personaje de Fausto…

—¡Bien! —me cortó, nervioso—. Pero si se entera de dónde puedo conseguir Filosofía oculta, ¿me avisará? Es muy importante para mí conseguir ese manuscrito en latín.

Sus ojos negros se clavaron en los míos. Una intensa oscuridad brotó del pozo abierto dentro de sus órbitas.

—Sí, claro. No se preocupe —alcancé a decir, con un miedo repentino que me dejó sin fuerzas.

Tras mi promesa, el señor K. volvió en silencio a su lugar y retomó el libro. ¡Qué loco! Me llevó media hora reponerme del shock, y después volví a estudiar. Cuando terminé, miré hacia donde había estado sentado, pero la silla estaba vacía. Sin que yo lo notara, se había ido.

Me recibí unas semanas después. Decidí buscar trabajo. Mientras revisaba avisos en internet, a menudo volvía en mis pensamientos a aquel encuentro con el señor K. Por pura curiosidad, empecé a buscar la edición latina de Filosofía oculta. Como esperaba, no encontré nada. Aunque, en un sitio, hallé una traducción al inglés de esa misma edición, de 1551.

Dudé entre contárselo o mantenerme al margen, pero al final pudo más mi curiosidad. Quería saber por qué necesitaba justo esa edición en latín. Así que decidí visitarlo pronto.

Llegué a lo de mi madre al atardecer. Quería acompañarla en su soledad la víspera de Año Nuevo. Con mi pareja habíamos planeado una cena tardía y brindar a medianoche. Mi madre y yo charlamos largo y distendido; ella sonreía a menudo. Su buen humor se debía también a mi diploma de filósofo, que le mostré.

Sin embargo, la atmósfera agradable se rompió con oleadas repentinas de frío, cada vez más frecuentes a medida que avanzaba la noche. Recordé lo que mi madre había dicho: que el frío en el departamento estaba de algún modo relacionado con el señor K., porque el edificio era conocido por tener buena calefacción en invierno. Me invadió una cierta incomodidad, pero al mismo tiempo nació un deseo todavía más fuerte de ir a verlo.

La noche ya había caído cuando me dirigí al departamento del señor K. Toqué el timbre varias veces, pero nadie respondió. Tomé la manija y noté que la puerta estaba sin llave. Entré en el recibidor oscuro, llamándolo por su nombre.

En la entrada me golpeó una ola de aire helado. A esa incomodidad se sumó el olor a cera quemada que venía del interior, y también una voz apenas audible, incomprensible. Busqué el interruptor y encendí la luz del recibidor. No había nadie. En el living a media luz encontré al señor K.

Completamente desnudo, como si el frío no le importara en absoluto, el señor K. se balanceaba de rodillas, con los brazos extendidos y la cabeza inclinada hasta el suelo. Susurraba de manera rítmica palabras que me eran totalmente desconocidas y que, por la repetición constante, adquirían un tono de oración.

Ordenadas en círculo alrededor de él ardían decenas de velas negras, esparciendo un olor pesado que me dio náuseas. Cuando miré el living con más amplitud, con espanto comprendí que toda la habitación se había convertido en un santuario repugnante dominado por la figura de una criatura cornuda y alada, dibujada en rojo sobre la pared. Y, mientras mi vista huía de ese ser abominable, vi que frente al señor K. había un espejo grande, redondo y negro.

El espejo estaba enmarcado con una madera antigua tallada y colocado sobre un trípode metálico, casi a ras del suelo. Lo sorprendente era que en ese espejo negro no veía ni mi reflejo ni el del señor K. Entonces noté que la superficie negra del espejo temblaba al mismo ritmo en que el señor K. repetía las palabras de su plegaria espantosa. Me quedé ahí, como hechizado, viendo cómo se formaban protuberancias que rápido se convertían en hendiduras y, aún más rápido, desaparecían sin dejar la menor marca en el vidrio. Parecía como si el espejo estuviera vivo y respondiera, pulsando, a la oración insistente que le dirigía el señor K.

En cuanto me recuperé un poco, reprimiendo la conmoción que me causó esta escena irreal, me dirigí a él.

—¡Señor K! ¡Señor K!

Pero no reaccionó. Ni mi llamado ni mi presencia lo sacaban de su trance. Mientras susurraba, su cuerpo desnudo se balanceaba de un modo cada vez más antinatural. Ya no quise seguir presenciando aquella devoción a lo otro, de la que por fin estaba seguro, y decidí abandonar la escena de este evento escandaloso y demencial lo antes posible.

No llegué ni a salir del living cuando a mis espaldas se oyó el estrépito del vidrio rompiéndose y el caer de los fragmentos. Me di vuelta hacia el sonido que me rasgó los oídos, pero en ese instante la habitación se llenó de una deslumbrante luz blanca que me encegueció; cerré los ojos por puro instinto.

No sé cuánto tiempo los mantuve cerrados. Cuando los abrí, estaba en plena oscuridad. Palpé desesperado el interruptor y lo presioné. La lámpara titiló varias veces y, cuando por fin encendió, ante mí apareció un cuadro caótico.

Las paredes del living estaban salpicadas de un líquido rojo oscuro; en el piso, manchas anchas de velas completamente derretidas y fragmentos del espejo negro hecho añicos. Di unos pasos hacia el centro del cuarto y vi que los pedazos de vidrio negro también estaban impregnados de una sustancia espesa cuyo color recordaba a la sangre. ¡No había rastro del señor K.!

Salí a buscarlo por las otras habitaciones. Pero el señor K. parecía haberse evaporado. Volví al living, negando con la cabeza, sin creer lo que estaba viviendo. Y entonces miré otra vez los fragmentos del espejo negro, y lo que vi en ellos dejó consecuencias permanentes en mi salud mental y me marcó de por vida.

En cada pedazo pequeño de vidrio negro vi a la criatura cornuda y alada dibujada en la pared, solo que en los fragmentos del espejo, a diferencia del dibujo, se movía y sonreía de forma siniestra. El horror me obligó a apartar la mirada, pero, para mi desgracia, se detuvo en el fragmento más grande. Allí vi la figura de un hombre con la cara cubierta por las manos. Mientras yo miraba, hipnotizado, bajó las manos y el rostro que apareció estaba vacío: sin ojos, sin nariz, sin boca. Por el pelo revuelto y la barba desprolija reconocí en esa aberración grotesca al señor K. Entonces señaló hacia mí.

—¡Te esperamos de este lado! — dijo con una voz que de ningún modo podía salir de una boca inexistente.

En ese mismo instante el living se llenó de un hedor insoportable a azufre. Me cubrí la nariz y la boca con el puño y salí corriendo del departamento del señor K. Temblando y tosiendo, irrumpí en el de mi madre. Ella llamó a la policía.

¿Se imaginan cuántas veces me interrogaron los inspectores sobre qué estaba haciendo esa noche en el departamento del señor K.? Les conté todo, excepto la visión en los fragmentos del espejo. Si no hubiera sido por el testimonio de mi madre y de otros vecinos, que confirmaron que yo solo lo conocía de vista, mis problemas no habrían tenido fin.

 

Quedó sin esclarecer qué fue exactamente lo que ocurrió con el señor K. Sin duda se determinó que en las paredes y en los pedazos del espejo negro había sangre humana, pero los inspectores no hallaron ninguna huella del señor K. ni documentos que confirmaran su identidad. Por eso no se puede establecer a quién pertenecía la sangre derramada esa noche.

La investigación posterior reveló que la persona que se presentaba como el señor K. no existía bajo ese nombre, así que ningún posible familiar pudo ser notificado de su desaparición. Siguiendo el procedimiento, la policía ordenó a todos los vecinos del edificio que avisaran de inmediato si el señor K. reaparecía.

No reapareció ni siquiera después de cinco años. Hoy se lo considera legalmente muerto. Yo estoy convencido de que el señor K. sigue existiendo, solo que en otro lugar y bajo otra forma. Creo que por fin encontró aquello que buscaba… o quizá eso lo encontró a él. A mí me quedó el miedo, taladrándome y ondulándome bajo la piel, al acecho de un reflejo: un espejo por el que, como de un cráter, brote lo que sea que se refleje del otro lado de la frontera del vidrio duro y frío… y por fin me ahogue.

Los relatos y poemas de Tatjana Milivojčević han sido publicados en antologías de festivales de la región, así como en numerosas antologías, revistas y sitios web (Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Croacia). En 2015 publicó el libro de cuentos infantiles Historias interesantes desde la Habitación S, editado por la Biblioteca “Gligorije Vozarović” en Sremska Mitrovica. En 2023 recibió el tercer premio literario internacional “REFESTICON Avatar” por su libro de relatos fantásticos Tierra inexplorada, galardón otorgado en el marco del proyecto “REFESTICON”. En 2024 publicó la colección de poemas de amor Canción en la piedra, editada por “Pendulum” de Zenica.

 

EL HOMBRE QUE SE QUEDÓ SIN TIEMPO

Frank Roger

 

Llegué a la estación, miré mi reloj y comprobé que había llegado demasiado temprano. Miré a mi alrededor, con la esperanza de encontrar una cafetería ya abierta.

Un hombre se me acercó, levantando la mano para llamar mi atención.

—Disculpe —dijo—, ¿podría concederme unos minutos de su tiempo?

Parecía un viajero típico: bien trajeado, sin duda un empleado de oficina; no un borracho, ni un mendigo, ni alguien que quisiera robarme. Así que decidí darle una oportunidad.

—¿En qué puedo ayudarle?

El hombre sonrió con gratitud.

—Como ya le dije —respondió—, me gustaría disponer de unos minutos de su tiempo. Digamos quince minutos. Me parece algo perfectamente razonable.

Me lanzó una mirada expectante.

—¿Qué quiere que haga? —pregunté, sin tener muy claro qué pretendía.

—Ando escaso de tiempo —explicó—. Necesito urgentemente un poco más. Es una especie de emergencia, ¿sabe? Quince minutos me servirían, aunque, por supuesto, cuanto más, mejor. ¿Y bien? ¿Puede cederme algo de su tiempo?

Negué con la cabeza. No lograba entender de qué estaba hablando. Parecía sincero, no daba la impresión de padecer ningún trastorno mental. ¿Sería una broma?

—Me temo que no le entiendo —dije—. ¿Esto es algún tipo de chiste?

—¿Un chiste? —exclamó, dando un paso atrás, como si lo hubiera insultado—. Esto no es ningún chiste. Hágame el favor. Descargue quince minutos para mí y transfiéramelos. Haría una diferencia enorme.

Sonaba completamente desesperado.

—¿Descargar quince minutos? —repetí, atónito—. ¿Qué se supone que significa eso?

—Vamos, no sea así —gimió—. No puedo quedarme aquí eternamente. Tome su interruptor y haga la descarga. —Señaló mi reloj de pulsera. Me subí un poco la manga, preguntándome de qué demonios estaba hablando. El hombre miró mi reloj, desconcertado, y luego volvió a clavar los ojos en mí—. ¿Qué es eso que lleva en el brazo? Nunca he visto nada parecido. ¿No tiene interruptor? ¿Está seguro de que ese aparato es legal?

—Es un reloj —balbuceé—. No tengo idea de qué me está hablando. Ahora de verdad tengo que irme. Tengo que tomar el tren. No puedo ayudarle, y estoy perdiendo mi tiempo aquí.

—¿Está perdiendo su tiempo? —replicó, alzando la voz, irritado, con la ira hirviéndole por dentro—. No tiene ni idea de lo que está diciendo. La naturaleza del tiempo está claramente más allá de su comprensión. No está capacitado para descargar tiempo; es un inadaptado, una vergüenza. ¿Está seguro de que pertenece a este lugar? ¿No se deslizó por alguna grieta desde una línea temporal alternativa? En ese caso, más le vale regresar antes de que lo atrapen.

Me lanzó una última mirada, se dio la vuelta y se alejó a paso rápido.

Consulté mi reloj para ver si aún podía alcanzar el tren, pero estaba detenido. Eso era extraño. Entonces noté que reinaba un silencio inusual, cuando a esa hora la estación debería estar llena de actividad. Solo vi a unas pocas personas a lo lejos. Algo no estaba bien.

Aún estaba considerando qué hacer cuando vi acercarse a dos agentes de seguridad. Vestían uniformes azules y llevaban una insignia con las letras TP en rojo brillante.

—¿Hay algún problema, señor? —preguntó uno de ellos, visiblemente receloso.

No esperó respuesta. Sacó del bolsillo un dispositivo que recordaba vagamente a una linterna

—Permítame escanearlo —dijo. Apuntó el aparato a mi rostro y proyectó un haz de luz directamente en mi ojo. Luego consultó las lecturas en una pequeña pantalla. No obtuve ningún registro —agregó—. Eso es inusual. ¿Podemos ver su interruptor?

Asentí, me subí la manga.

—Lo único que tengo es este reloj —respondí—. Hace unos minutos, además, este hombre se me acercó…

—Sin interruptor, sin perfil —me interrumpió—. ¿Es consciente de lo que eso significa, señor? Su tono resultaba francamente inquietante. Guardé silencio, y él continuó—: Significa que se ha quedado completamente sin tiempo y que no tiene derecho a estar aquí. Me temo que no nos deja otra opción. —Balbuceé algo que no pareció impresionarle, y el agente prosiguió—. En este caso se aplican las regulaciones de la Policía del Tiempo. Lo siento muchísimo, señor. Estoy seguro de que comprende que el tiempo apremia… si me permite el juego de palabras.

¡Policía del Tiempo! Así que eso significaba TP, comprendí. Y entonces el hombre volvió a apuntar la linterna hacia mi rostro, lanzó un destello cegador a mis ojos, y el mundo se volvió negro.

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

 

sábado, 31 de enero de 2026

EL ASALTO

Marcela Iglesias

 

Aquel sábado por la noche, mis hijos mayores estaban de fiesta, mi esposo dormía en el cuarto y mi hija menor y yo alistábamos los materiales en el estudio porque íbamos a hacer manualidades.

Estábamos distraídas en nuestro quehacer cuando escuché que la puerta de calle se abrió. “No es hora de que los chicos regresen” pensé yo así que me levanté y salí a ver. Era mi esposo subiéndose al carro para salir.

—Hey, Luis, ¿qué haces? —le dije—, ¿para dónde vas a estas horas?

—Es que mamá necesita que vaya de urgencia. Me acaba de llamar —respondió él, visiblemente nervioso.

—¿Cómo te llamó si está sin teléfono? —contesté sorprendida.

—Lo hizo desde un teléfono público —me dijo; comenzaba a ponerse de mal humor

—¿Y por qué te vas así, sin despedirte ni decir nada? Esto es demasiado extraño, tú nunca actúas así —estaba diciéndole yo, cuando me interrumpió bruscamente.

—Mira, no me hagas perder el tiempo. Justo por eso quería irme sin decirte nada, porque comienzas con tu preguntas y tus cosas. Ya me voy. Te aviso cuando llegue donde mi mamá. —Se subió al vehículo y arrancó.

Me quedé pensando. Desde hacía un par de meses, Luis había comenzado a actuar raro. Coincidentemente, su mamá había perdido su celular. Ella vivía muy lejos, al otro lado de la ciudad y no la visitábamos con frecuencia porque tenía una mala relación con mis hijos y con mi esposo. Pero las últimas semanas, a Luis le había nacido un cariño extraño por su mamá y con la excusa de que no tenía como comunicarse la visitaba con frecuencia, pero solo, aduciendo que no podía obligar a los hijos a querer a su abuela.

Como a las diez de la noche sentí algo extraño. Como una desazón, una intranquilidad. Justo en ese momento mi hija menor me dijo:

—Espero que no estén asaltando a mi papi.

—Hijita, Dios no quiera, ¿qué comentarios son esos? —le contesté yo—. Mejor vamos a dormir.

A las doce de la noche me despertó el timbre del celular. Era mi hijo mayor que me estaba llamando para que le dijera al papá que si los podía recoger de la fiesta a la una de la mañana. Pensó que se había quedado dormido con el teléfono prendido porque no le contestaba las llamadas ni los mensajes, pero estaba en línea. Le dije que había dicho que iba donde su mamá y que yo intentaría comunicarme con él.

Efectivamente, mandé muchos mensajes, que le llegaban porque aparecía en línea. Marqué muchas veces, pero nunca contestó ninguna llamada. A mí esto ya me estaba pareciendo extraño. Llamé a mi hijo para que regresara con su hermano en un taxi porque no había señales del papá. Esperé a que mis hijos regresaran, aseguré las puertas y me quedé sentada en la sala, pensando acerca de lo que estaba pasando en nuestro matrimonio. Nunca fuimos un matrimonio modelo, pero creía que éramos tan felices como podía ser una pareja normal. Debe ser una etapa, pensé.

Amaneció y comencé a quedarme dormida, pero un mensaje en el celular a las siete de la mañana, me sacó del letargo.

“Mercedes: me asaltaron. Se llevaron el carro, mis documentos, los celulares y me dejaron botado en las afueras de la ciudad. Logré llegar a la casa de mi mamá hace unos minutos. Te estoy escribiendo desde un cybercafé. Estoy muy golpeado. No quiero que me vean así. Me voy a quedar en la casa de mi mamá por un par de días. No se preocupen. No vengan a verme tampoco. Estoy bien. Por favor bloquea las tarjetas y las cuentas, ya hice la denuncia del asalto”.

Estaba tan conmocionada que en ese momento no reparé en que él había puesto “los celulares”. Él sólo tenía un celular, hasta donde yo sabía.

Me pasé más de la mitad de la mañana bloqueando las tarjetas y las cuentas. De algunas de ellas ya se habían extraído los fondos, pero de otras no habían hecho uso todavía.

Di de comer a mis hijos y decidí hacer caso omiso de las instrucciones dadas por Luis y me dirigí a la casa de mi suegra, yo sola. Sea cual fuera la verdad, preferí que mis hijos no se enteraran.

El viaje en transporte público se me hizo larguísimo. Mi mente estaba a mil. A medida que me acercaba mi ritmo cardíaco aumentaba. Cuando estuve en la puerta de la casa de mi suegra, mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho.

Timbré. Salió a abrirme mi suegra, totalmente agobiada.

—Mijita, qué bueno que vino. Este terco no se ha dejado atender —y me abrazó mientras decía eso.

Por el tono de su voz y el comentario me imaginé que Luis debía estar muy mal. Cuando entré al cuarto él, en vez de alegrarse al verme, me insultó con los peores epítetos que pudo. Luego de la lluvia de insultos me gritó que me había dado instrucciones claras de no llegar porque no quería que lo viéramos así, en ese estado tan lamentable. Yo hice un gran esfuerzo para no llorar, tanto por la manera en que me había tratado como por lo que estaba viendo. Realmente estaba muy maltratado. Tenía los ojos hinchados y uno de ellos se había puesto negro. Le habían partido la boca y roto algunos dientes. Tenía sangre coagulada en algunas partes de la cabeza. Hice acopio de todo mi valor y me acerqué a la cama. Me senté a su lado suavemente y le acaricié la mejilla. Luego le pedí que se incorporara y con la mayor delicadeza que pude le quite la camisa llena de sangre. Tenía moretones y cortaduras por todo el pecho y la espalda. Lo ayudé a levantarse y lo guié a la ducha. Le pedí a mi suegra que trajera una silla y lo senté ahí, bajo el chorro de agua tibia. Lo lavé con toda mi ternura, procurando no hacerle más daño del que ya le habían hecho. En un momento dado, apoyó su cabeza en mi y me pidió perdón. Asumí en ese instante que se refería a los insultos y los gritos recibidos antes.

Cuando ya estuvo limpio y seco, lo vestí. Llamé un taxi y lo llevé al hospital. Tenía dos costillas rotas y lo dejaron internado para observación porque tenía una contusión.

Al día siguiente, lunes, pedí vacaciones adelantadas en mi trabajo para poder atenderlo en casa. Fui a la empresa telefónica a recuperar su línea y compré a crédito un teléfono para él y otro para mi suegra. No sé por qué no lo habíamos hecho antes.

Me llamaron del hospital para decirme que lo iban a dar de alta pero que le recomendaban permanecer dos semanas de reposo en casa por las fracturas en las costillas.

Esas dos semanas pasaron rapidísimo. Fueron idílicas. Pasar tiempo juntos nos hizo mucho bien. Parecía ser que haberse sentido al borde de la muerte lo había hecho reflexionar sobre las prioridades en la vida. Nuestros hijos y yo estábamos muy felices de que siguiera con nosotros. Del vehículo no había señales, pero realmente no estábamos preocupados. Íbamos a hacer uso del seguro para que nos repusieran el auto.

 

Fue pasando el tiempo. Ya habían pasado seis meses desde el asalto. Las cosas habían vuelto a una normalidad relativa, pero todavía se sentía bastante armonía. Habían ascendido a Luis en el trabajo y tenía que viajar con frecuencia fuera de la ciudad a supervisar unas sucursales. Las cosas con su mamá también se habían suavizado y la veíamos con más frecuencia.

Otra vez sábado. Luis estaba fuera de la ciudad y los chicos y yo fuimos a visitar a mi suegra.

—Mijita, sáqueme de una duda —me dijo mi suegra mientras preparábamos la merienda—, ¿qué andaba haciendo mijito tan noche en la calle el día que le asaltaron?

No me sorprendió tanto la pregunta porque mi suegra solía olvidar las cosas.

—Venía a verla a usted suegra, usted lo llamó porque tenía urgencia de verlo como toda esa temporada desde que se le arruinó el celular —le contesté yo.

—¿Verme? Sí, puede ser, ya sabe que yo me olvido de las cosas, mijita. Pero desde que se me llevó el teléfono para llevarlo a componer no se había aparecido hasta la madrugada del asalto. ¡Qué raro! —terminó.

No quise seguir con la conversación porque no quería regresar a mis pensamientos acerca de esa temporada, pero algo se quedó dando vueltas en mi cabeza.

A los pocos minutos llamó él, desde el hotel, para saludarnos. Mi hija menor había estado escuchando la conversación con mi suegra y no dudo que ella se acordaba lo que él había dicho esa noche, la del asalto.

—¿Por qué haces llamada en vez de hacer video llamada? —le dijo de buenas a primeras—. Quiero ver el hotel.

Mi esposo se puso nervioso, le dijo que no sabía cómo se hacía el cambio, que iba terminar la llamada para volver a llamar con video. Se demoró muchos minutos. Luego mandó un mensaje de que no había buena señal, que estaba muy cansado y que ya nos veríamos al día siguiente.

Contrario a lo que había pasado en los anteriores regresos que todo era alegría y felicidad, en este regreso los hijos se portaron bastante indiferentes y yo fingí una tranquilidad que no tenía. Un pensamiento disruptivo se había instalado en mi mente.

Luis, aparentemente, estaba tranquilo. Pensé que iba a volver a los comportamientos extraños, pero no lo hizo.

Una mañana dijo que se quedaría en la casa haciendo teletrabajo y no fue a la oficina. En mi trabajo nos avisaron que una compañera había presentado influenza y nos mandaron a todos a hacernos la prueba. El que diera positivo debía ausentarse del trabajo. Desafortunadamente di positivo y regresé a la casa, medicada. No le avisé a Luis para que no se negara a hacerse las pruebas. Cuando llegué, no estaba, pero había dejado su computadora abierta. No sé qué me pasó, yo siempre fui respetuosa. Entré a sus chats. Empecé a revisar sus conversaciones, nada que me llamara la atención, estaba a punto de levantarme cuando llegó un mensaje de que le decía “miamor” y que le estaba mandando la ubicación de un hotel en la próxima ciudad a la que le tocaba ir de supervisión. Revisé el perfil. No parecía ser una mujer. En ese chat no había nada más. Apunté el número y lo guardé en mi celular. Me costó mucho aparentar calma. Dejé todo como estaba y me fui a acostar. Mi cabeza daba vueltas. Me estaba engañando, tenía otra mujer. Yo ya lo sospechaba, pero no quería ver.

Cuando regresó, fingí estar dormida. No quería hablar con él, no quería verlo. Finalmente, el sueño me venció. En la tarde, le pedí que se fueran al laboratorio a hacerse la prueba de influenza. Accedió de mala gana.

Su computadora seguía abierta. Los mensajes de la supuesta amante habían sido borrados. Estaba en línea y me atreví a escribirle “mi mujer se ha enterado, ¿qué pasa si esta vez no quiero ir?” Largos minutos pasaron hasta que envió su respuesta: “usted sabrá, papito, ¿se acuerda lo que le pasó la última vez que no quiso ir?”.

Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

YO SOY LA ESPERANZA