Luciano Doti
Recuerdo lo ocurrido
como si hubiera sido hoy, pero no recuerdo el momento. Es decir, me resulta
imposible situarlo en algún espacio cronológico. Cada vez que intento asomarme
a esa sucesión de hechos y situaciones, caigo en una suerte de nebulosa que no
me deja ver el principio ni el fin, como si navegara en un océano de tiempo sin
una costa a la vista donde encallar.
Todo comenzó
el día en que fui, como tantas otras veces, a bailar tango. Ésa fue la primera
vez que lo percibí. Aunque me era bastante desconocido, lo reconocí, parecía
que ya nos hubiéramos encontrado anteriormente. Quizás, la teoría de la
reminiscencia, por la cual uno tiene un conocimiento previo de lo que es en sí,
me ayudo a tener la convicción de que de él se trataba.
El monstruo
se hallaba sentado en una mesa al costado de la pista, y podría jurar que fue
él quien me condujo hacia ella.
La chica,
una dama de edad indefinida, cautivó mi atención desde el primer instante. Fue
algo a primera vista. Digo “algo” para no tener que usar otra palabra más
específica, pero muy cursi y banalmente bastardeada.
Yo la
observaba acodado en la barra del salón, degustando mi bebida. Ella,
indiferente, fingiendo no verme al principio, aceptando mi acercamiento
después.
Bailamos.
Eso hicimos. No sé durante cuánto tiempo, y otra vez tengo que detenerme aquí,
porque si algo caracteriza a esta historia es que no tiene tiempo. Transcurrió
o transcurre o transcurrirá en un lugar. ¿Pero cuándo?
El tango
sonaba en el salón. Pie derecho atrás, el pie izquierdo dibuja una ele también
atrás, junto ambos pies, avanzo uno, dos, tres, los junto nuevamente, giro
abriendo el pie derecho y junto para comenzar otra vez. Lo bello en la Tierra
imita a lo bello en sí. Luego yo me senté en mi mesa y ella con el monstruo.
La danza es
una forma de ritual, y con ese sencillo acto, el rito había comenzado. La ceremonia
de dos almas cruzándose en el espacio existencial, se recrea eternamente, igual
que en el inicio bíblico de Adán y Eva.
A la vista
de todos ella estaba sola, pero para mí estaba acompañada por ese extraño ser.
Ese ser que en arcaico diálogo se debatiera si debe considerarse un dios.
Salí a
caminar por una avenida que frecuenté mucho en otro tiempo. Caminé varias
cuadras reflexionando sobre estos temas, la gente pasaba al lado mío sin que yo
me fijara en ellos. De vez en cuando, me corría a un costado para no chocar con
alguno que iba más distraído que yo. No sé cómo hice para atravesar los cruces
de calle, debo haberlos atendido inconscientemente, dado que llegué a recorrer
quince cuadras sin advertirlo.
Por más que
le daba vueltas al asunto, no alcanzaba nada concreto. Quizás en ello esté la
clave del particular tema que absorbía mis pensamientos: en lo volátil, lo
etéreo; la pura inconsistencia de la nada. La ciudad me latía en la cabeza, al
ritmo del 2x4.
Estaba en la
puerta de un bar ya conocido por mí y entré. Pedí cerveza. Nunca tomo vino
cuando estoy solo; me parece que un hombre solitario tomando vino en un bar da
una imagen de borracho, en cambio con la cerveza disimula más. Así es que, una
vez disimulada mi imagen, me dispuse a tomar la cerveza y mirar por la ventana.
Poco a poco
fui cayendo en un sopor. Absorto en mis divagues, lo que pasaba ante mis ojos
se mezclaba con lo que había en mi ser moral. Evalué la posibilidad de estar
siendo presa de alguna clase de demencia. Se me atravesó la foto de una playa,
en mi adolescencia, de otra mujer, parecida a la dama citada. Revivía la
experiencia, la tenía ante mí, era real, yo la sentía real. Si yo y la dama del
salón de tango podíamos ser comparados con Adán y Eva, ¿la de la playa era mi
Lilith?
Cuando uno
se deja llevar por los pensamientos no existe el tiempo. Es como en un sueño,
el pasado siempre vuelve como un flashback. Si se es capaz de recordar en
presente, de alguna manera ese hecho recordado vuelve a suceder y a traer de
regreso la sensación de entonces. En el mundo onírico el tiempo es una
dimensión desconocida. Es el pensamiento racional el que nos hace esclavos de
ese tirano que gobierna nuestras vidas. El presente es un puente en medio del
espacio, si imaginamos la vida como una línea recta, hacia atrás se extiende el
pasado y hacia delante el futuro. El pasado son los recuerdos y el futuro es
una ilusión. De ese modo, mientras el presente es algo palpable que dura un
instante, el pasado y el futuro sólo existen en la mente.
Hasta aquí
seguí un orden lógico. ¿Pero qué hay si dejo de lado esa lógica? Considerando
la vida como un plano, ya no como una línea recta, sino como un plano que se
extiende hacia todos lados; nos encontramos con que el presente sigue siendo un
punto, un instante, pero para el resto del tiempo se abren un montón de
posibilidades. Podríamos ir hacia al pasado o al futuro, incluso tomar por un
camino alternativo, una realidad paralela, un abanico de opciones atemporales
en las cuales cada cosa imaginada sea posible, real, palpable. Teorías
cabalísticas aseguran que nuestro camino se bifurca en dos ante cada disyuntiva
de la vida, y ambos existen. Así elegimos en cuál estamos.
Necesitaba
hallar la manera de pasar de un camino a otro, saltar de aquí a allá. Si la
vida fuera como Second Life, ese simulador de vidas creadas por nosotros mismos
que nos permite, entre otras cosas, volar. Si fuera así, no habría nada que nos
fuera negado. No existiría la angustia, ni el melancólico sentimiento de
perdida ante la ausencia o la derrota.
El monstruo
sigue junto a ella, trata de ser simpático conmigo, y ahora que recuerdo,
quizás, ya lo intento otras veces. Sí, consigo recordarlo, fue en el pasado,
pero yo ahora tengo más experiencia, no en vano han transcurrido los hechos
pretéritos. Aunque, si retomamos un poco la idea anterior, podemos teorizar que
tal vez no fueron pretéritos, sino que simplemente fueron, ocurrieron, y seguirán
siendo y ocurriendo las veces que se recreen en mi mente. Él parece decidido y
espera. ¿Cuánto tiempo? No sé cuánto tiempo. No hay tiempo.
Estaba
sentado en un bar, acababa de caminar quince cuadras, tomaba cerveza, la bebía
de a sorbos mientras reflexionaba acerca de todo ese asunto del tiempo y de
cuánto mejor sería vivir sin esas limitaciones cronológicas. Después, terminaba
mi cerveza, pagaba la consumición y me iba.
Seguía avanzando
por la avenida. En un momento dado, cualquiera, doblaba en una esquina, y
cuando me daba cuenta, estaba en un laberinto que me hacía sentir como el
protagonista de un cuento borgeano.
No sé cómo había
llegado a ese entramado de calles. A ese montón de senderos enmadejados y
serpenteantes en los que cada hecho se superponía en simultaneo. Me encontraba
con personas que ya conocía y otras con las que estábamos predestinados a
conocernos. En realidad pasaban junto a mí, pero no me reconocían, no me veían.
A medida que avanzaba iba recordando sucesos acaecidos años atrás; eso último
en el supuesto caso de que aún existiera el tiempo. De pronto, algo se aclaraba
para mí: ese laberinto reproducía lo que había en mi mente; todo lo que había
almacenado en mi vida estaba ahí. Avanzaba, nada me detenía, era un viaje al
interior de mí ser. En un momento llegaba a mi límite, más allá comenzaba el
laberinto de ella. En ese límite estaba el monstruo, entonces los pies se me
trababan. No podía avanzar más. Me sentaba y esperaba.
Seguía
sentado en mi mesa. Miraba la pista de baile. Estaba atestada de gente y llegaban
más. Las parejas iban dibujando círculos de fuego en el piso del salón. Daban
un espectáculo de singular belleza. Bebía un trago de cerveza. Mientras lo bebía
miraba por encima del vaso y observaba, entre luces y sombras, esa mesa, la de
ella. Tras esa acción bajaba el vaso, y junto con él también descendía mi
mirada para quedarse en la pista.
Me levantaba
de la mesa, subía la escalera, que era extensa y no tenía rellano, me disponía
a entrar en el baño, empujaba la puerta y me introducía en él. Me dirigía a uno
de los mingitorios, orinaba, oía a dos personas hablar acerca de un faso,
charuto, finito; algo normal en el baño de un boliche hoy en día, aunque sea de
tango. Cuando terminaba, cerraba la cremallera de mi pantalón, iba al
lavatorio, lavaba mis manos, tomaba una toalla descartable y me secaba las
manos; luego desechaba la toalla en un cesto y me conducía a la puerta de
salida. Antes de salir me aseguraba de que mi bragueta estuviera bien cerrada.
Después bajaba la escalera, caminaba hasta mi mesa, me sentaba y bebía otro
trago de cerveza; fondo blanco.
El monstruo
continuaba inmutable junto a ella. Me fugaba por otro camino del laberinto. ¡En
vano!, todos los caminos me llevaban a él. Por más que buscaba desesperado
alguna opción, un atajo, un agujero de gusano que me permitiera aparecer junto
a ella evitando al monstruo, el producto de cada una de mis empresas era
siempre infructuoso. Para mi desazón, no restaba más que aceptar la triste
realidad: no había salida; me resultaba imposible atravesar esa línea, el
límite entre mi sector y el de ella. En medio de ambos se erigía enhiesto, cual
obelisco en la Plaza de la Republica. Éste se encontraba sobre un estrado,
imponía respeto con su magna presencia, bloqueaba mi camino autoritariamente,
como si fuera dueño de mi destino.
Continuaba
en el salón, afuera la ciudad dormía ajena a todos esos acontecimientos. Eran
las 4 AM, esa hora rara en que no se sabe si es tarde a la noche o temprano a
la mañana. Mientras dormían, muchos estarían creando sus propios monstruos.
Es así, los
hombres hemos creado seres sobrenaturales de nuestros miedos. Hace siglos nació
la mitología, los dioses paganos, luego las religiones, pero muchas veces son
sólo un refugio para depositar allí nuestros temores.
De repente,
en medio de tantas elucubraciones, mitos, sueños, pensamientos, recuerdos y
realidades, había alguna cosa que empezaba a tener sentido para mí. Aún no
podía determinar en qué tiempo vivía, pero podía decretar que era el arquitecto
de mi propio destino. Nada impediría que yo obtuviera lo que deseaba. Nada ni
nadie. ¿Nadie? Es que acaso esa cosa merecía ser llamada de un modo personal.
Taché en mi mente “nadie” y dejé sólo “nada”. Ahora sí estaba pensando con más
propiedad.
El monstruo
no existía, era un gnomo, no tenía entidad por sí mismo, salvo la que yo le
daba en mi mente. Al fin lo sabía, no lo había sabido antes pero lo sabía
ahora. Entonces ya no había motivo para no avanzar.
Frente a mí
estaba ella. Tenía que atravesar toda la pista para llegar ahí. Avanzaba por el
laberinto. Pasaba por el mismo sitio en el que hacía un instante, al menos a mí
me había parecido un instante, se erigía el monstruo. No había nada. Solo,
dueño del lugar, caminaba a mis anchas por el sitio. Ya estaba en el otro
sector, me desplazaba por un costado de la pista, llegaba a su mesa, la sacaba
a bailar, alrededor nuestro el resto de las personas formaban un círculo,
nosotros ocupábamos el centro, girábamos.
Un símbolo,
lo que había creído un monstruo es un símbolo. Representa un sentimiento.
Primero tratamos de huir, pero después nos atrae. Ya no podemos escapar, cuando
uno está compenetrado no puede dejarse a sí mismo. A veces, las menos, puede
durar su hechizo toda la vida; otras, las más, se termina antes. Pero mientras
dura no hay voluntad de escapar. El tiempo pasa sin ser percibido; no hay
tiempo.

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