Víctor Lowenstein
Salió a caminar como
tantas tardes, urgido por el anhelo de llenar las horas libres. También, debido
a esa suerte de paranoia que lo acompañaba a tiempo completo y que le llevaba a
ver la existencia como una condena, a la ciudad como la cárcel del universo y a
su destino, de una fatalidad inevitable e implacable.
Se
había vestido al descuido con lo peor de su ropero. Alpargatas rotosas, suéter
descolorido y pantalones deshilachados y emparchados. Su propia madre y su
esposa siempre lo habían reprendido por el constante desaliño; Pedro se encogía de hombros y
persistía en su dejadez. Ellas podían hasta entender el abandono del hombre.
Era su actitud negativa la que las desconcertaba, tanto a ellas como a la
mayoría de la gente que lo conocía. De alguna forma lo aceptaban tal como era; después
de todo cada cual tiene su forma de ser.
Pedro
—como dijo un amigo alguna vez—, no es mal tipo, al contrario, sólo un poco
raro. Me ha confesado que la sociedad le desagrada pues le parece el nudo de
una horca que se va cerrando sobre nuestras gargantas. Se puede ser un poco
pesimista, pero mire que pensar de esa forma…
—De
lo que yo estoy convencido —le habría dicho Pedro— es que vivimos bajo control de
organizaciones o entidades que no comprendemos, pero que necesitan con
desesperación mantenernos ocupados, idiotizados, conformes. Transitamos en
calidad de esclavos por ciudades que poseen todos los instrumentos necesarios para
prolongar ese estado de apatía común; desde alimentos insalubres, trabajos agobiantes
y adicciones aceptadas y perniciosas, drogas, alcohol. Y mecanismos más
perversos y sutiles que voy descubriendo cada día, que me convencen de que
lamentablemente, estoy en lo cierto…
No
hubo amigo, madre, esposa que lo hubiesen entendido cabalmente; era más fácil
declararlo pesimista, lo que era cierto, pero no lo definía completamente.
Nadie entendía metáforas como la del nudo de la horca; mucho menos aquello de
los mecanismos perversos, “operaciones” como les llamaba a veces.
Dobló
por la esquina de la calle de su casa en Munro, barrio en que supo vivir toda
su vida, y caminó al azar tres o cuatro cuadras derecho sin pensar en un rumbo
para su paseo. Tan enfrascado iba con sus pensamientos que atravesó las
siguientes calles en zigzag, tan inconsciente de los pasos que daba como concentrado
en los pormenores de aquellos descubrimientos que creía estar haciendo. La
uniformidad de las calles, por ejemplo. Cada cuadra repetía una fisonomía
urbana de casas enrejadas, perros guardianes tras las rejas, ladrando, y luces
de sensores que se activaban a su paso por los frontis. Esa combinación de
luces de alarma junto a los ladridos, y las rejas como símbolo carcelario,
configuraban cierta clave que creía ser capaz de descifrar, si continuaba
investigando lo suficiente. En tanto caminaba reflexionando y a paso de marcha,
abstraído, dejando atrás las calles conocidas.
Al
llegar a cierto cruce una ochava le pareció desconocida. Alzó los ojos hacia el
cartel indicador de calles y no reconoció ninguna de las que iniciaban cada
acera. Nombres extraños, de una ajenidad preocupante. Nada le decían, jamás
había escuchado esas denominaciones. Gentilicios imposibles de vincular con
algo familiar. Decidió que dicha preocupación era insignificante. Dada su
distracción habitual, posiblemente había pasado por alto muchas veces esas
calles, para reencontrar las conocidas a menos de dos cuadras.
A la
quinta cuadra recorrida, vistos otros tantos carteles que anunciaban con
nombres de próceres que no le sonaban o batallas que escapaban a los libros de
historia, calles que no le recordaban nada visto ni recorrido, Pedro empezó a
preocuparse seriamente. No quería admitirlo pero acabó murmurándolo: “estoy
perdido”.
No
sabía si sentirse furioso o simplemente curioso. Después de todo la cosa no
podía pasar de ser una confusión pasajera, pronta a resolverse. No podía estar
muy lejos de casa. Sin embargo, la furia se imponía en su ánimo, pues ya iba
por la sexta o séptima cuadra (desde luego ya había perdido la cuenta) y la
profusión de cosas nunca vistas –calles, frontis, plazoletas extrañas– lo
estaba llevando a una crisis de nervios. Forzó una carcajada obligándose a
creer que todo era obra de una sencilla desorientación. Sólo debía preguntarle
a algún transeúnte por una avenida conocida, y de inmediato se ubicaría y
volvería a las calles conocidas, riendo de su torpeza.
Pero
era ya de noche. Noche cerrada, y ni un alma circulaba por aceras irreconocibles.
Pensó en desandar el camino recorrido, no obstante, era tal su desconcierto que
no recordaba por dónde había venido, si avanzaba o retrocedía en ese caos de
calles nunca vistas. Las casas se veían normales, acogedoras, y se le ocurrió
tocar algún timbre para preguntar a sus dueños la ubicación. Le daba vergüenza,
cualquiera puede sufrir un extravío. Tras dudar un poco, llamó a la puerta de
un bonito chalé. Tocó tres veces, ya que nadie se apresuró a atenderlo. Estaba
un poco impaciente; después de todo sufría una emergencia y se creía con
derecho a reclamar respuestas. Tan sólo quería saber en qué calle se
encontraba; a cuanto de alguna avenida principal del barrio; simplemente en qué
barrio estaba, si no era Munro, Florida o Carapachay, no había otras
posibilidades. ¡No podía estar tan lejos de casa! La dama que abrió
sigilosamente su puerta tras el grueso enrejado –una vetusta anciana de cabello
recogido y rostro blanquísimo inexpresivo– no supo entender sus preguntas o no
quiso responderle. Cerró la puerta con un golpe y no reaccionó ante un cuarto
llamado, tras el que Pedro fue ganado por el desánimo y decidió probar suerte
en otros domicilios.
Antes
de rendirse por completo intentó el procedimiento en varias casas más, elegidas
al azar. Eran diferentes tipos de vivienda, pero la reacción de sus dueños fue
calcada de la primera, como un guion. Mutismo, incomprensión, portazo final.
Ya
noche cerrada, se encontró en algún tipo de escalinata de una plaza pública. El
silencio era casi irritante, y una resignación vaga lo llevó a recostarse sobre
el frío cemento y se dejó caer para dormir un rato, aunque mas no fuera.
Necesitaba un descanso para el cuerpo y sus nervios. Antes de caer en el sueño
intentó animarse con un pensamiento optimista. “Mañana, todo se resolverá. Veré
las cosas con claridad y volveré pronto al hogar”. Cerró los párpados tratando
de convencerse de que iba a ser así, y la realidad abandonó al hombre perdido.
Un haz de luz sobre los
párpados le hizo despertar… pero no veía mucho. Los dos oficiales de policía le
ayudaron a incorporarse. Aun así, no distinguía bien las cosas ni supo
responder las preguntas de los uniformados. Se sentía más confundido que la
noche pasada, de la que no recordaba casi nada. Cierto extravío… Pasos hacia
ninguna parte…y calles, calles que no terminaban más.
En
la comisaría lo trataron bastante bien, pese a su mal aspecto. Le alcanzaron un
café y una mujer policía se encargó de tomarle los datos, ya que no llevaba
encima documentación alguna. Era una joven muy educada, bonita, hacía sus
preguntas con delicadeza, mostraba paciencia ante la perplejidad del anciano.
Pues si lo acompañaba desde la noche una sensación de incertezas con sonido a
portazos y silencio de mutismo nocturno. Ahora era diferente, pero por poco…
Le
costó reconocer que no había sabido responder una sola pregunta hecha por la
mujer policía ni por los demás agentes de la ley. Ya lo trataban sin tanta
condescendencia; como se trata a un vagabundo, o a un loco. Se avergonzó de sus
pobres vestiduras. Fue la quinta o sexta pregunta sobre cómo era su nombre y
apellido que cayó definitivamente en la amarga verdad; no sabía quién era. Se
tomó de las sienes lloriqueando e intentando forzar su mente a recordar aquello
que se había ido completamente de su cabeza. Nada de memoria, sólo imágenes
borrosas de una caminata desquiciada, junto a la sensación de incertidumbre que
parecía ser su única marca de identidad. Y, sí, una certeza profunda que seguía
latiendo desde el fondo de su espíritu. Algo llegaba a su fin. Cierto círculo
se cerraba, como se cierra el nudo de una horca. La imagen que lo había
perseguido siempre disipaba su fuerza en su interior. Y el hombre sin nombre ni
memoria se echó a reír, y los agentes de la ley se miraron entre sí, pero no
comprendieron. El viejo reía y creía entender, en toda su turbación, que había
conjurado la condena. Ya no había horca ni nudo ni control sobre su vida. Era
otro, era él mismo, era nadie.

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