domingo, 12 de abril de 2026

EL NUDO DE LA HORCA

Víctor Lowenstein

 

Salió a caminar como tantas tardes, urgido por el anhelo de llenar las horas libres. También, debido a esa suerte de paranoia que lo acompañaba a tiempo completo y que le llevaba a ver la existencia como una condena, a la ciudad como la cárcel del universo y a su destino, de una fatalidad inevitable e implacable.

Se había vestido al descuido con lo peor de su ropero. Alpargatas rotosas, suéter descolorido y pantalones deshilachados y emparchados. Su propia madre y su esposa siempre lo habían reprendido por el constante desaliño; Pedro se encogía de hombros y persistía en su dejadez. Ellas podían hasta entender el abandono del hombre. Era su actitud negativa la que las desconcertaba, tanto a ellas como a la mayoría de la gente que lo conocía. De alguna forma lo aceptaban tal como era; después de todo cada cual tiene su forma de ser.

Pedro —como dijo un amigo alguna vez—, no es mal tipo, al contrario, sólo un poco raro. Me ha confesado que la sociedad le desagrada pues le parece el nudo de una horca que se va cerrando sobre nuestras gargantas. Se puede ser un poco pesimista, pero mire que pensar de esa forma…

—De lo que yo estoy convencido —le habría dicho Pedro— es que vivimos bajo control de organizaciones o entidades que no comprendemos, pero que necesitan con desesperación mantenernos ocupados, idiotizados, conformes. Transitamos en calidad de esclavos por ciudades que poseen todos los instrumentos necesarios para prolongar ese estado de apatía común; desde alimentos insalubres, trabajos agobiantes y adicciones aceptadas y perniciosas, drogas, alcohol. Y mecanismos más perversos y sutiles que voy descubriendo cada día, que me convencen de que lamentablemente, estoy en lo cierto…

No hubo amigo, madre, esposa que lo hubiesen entendido cabalmente; era más fácil declararlo pesimista, lo que era cierto, pero no lo definía completamente. Nadie entendía metáforas como la del nudo de la horca; mucho menos aquello de los mecanismos perversos, “operaciones” como les llamaba a veces.

Dobló por la esquina de la calle de su casa en Munro, barrio en que supo vivir toda su vida, y caminó al azar tres o cuatro cuadras derecho sin pensar en un rumbo para su paseo. Tan enfrascado iba con sus pensamientos que atravesó las siguientes calles en zigzag, tan inconsciente de los pasos que daba como concentrado en los pormenores de aquellos descubrimientos que creía estar haciendo. La uniformidad de las calles, por ejemplo. Cada cuadra repetía una fisonomía urbana de casas enrejadas, perros guardianes tras las rejas, ladrando, y luces de sensores que se activaban a su paso por los frontis. Esa combinación de luces de alarma junto a los ladridos, y las rejas como símbolo carcelario, configuraban cierta clave que creía ser capaz de descifrar, si continuaba investigando lo suficiente. En tanto caminaba reflexionando y a paso de marcha, abstraído, dejando atrás las calles conocidas.

Al llegar a cierto cruce una ochava le pareció desconocida. Alzó los ojos hacia el cartel indicador de calles y no reconoció ninguna de las que iniciaban cada acera. Nombres extraños, de una ajenidad preocupante. Nada le decían, jamás había escuchado esas denominaciones. Gentilicios imposibles de vincular con algo familiar. Decidió que dicha preocupación era insignificante. Dada su distracción habitual, posiblemente había pasado por alto muchas veces esas calles, para reencontrar las conocidas a menos de dos cuadras.

A la quinta cuadra recorrida, vistos otros tantos carteles que anunciaban con nombres de próceres que no le sonaban o batallas que escapaban a los libros de historia, calles que no le recordaban nada visto ni recorrido, Pedro empezó a preocuparse seriamente. No quería admitirlo pero acabó murmurándolo: “estoy perdido”.

No sabía si sentirse furioso o simplemente curioso. Después de todo la cosa no podía pasar de ser una confusión pasajera, pronta a resolverse. No podía estar muy lejos de casa. Sin embargo, la furia se imponía en su ánimo, pues ya iba por la sexta o séptima cuadra (desde luego ya había perdido la cuenta) y la profusión de cosas nunca vistas –calles, frontis, plazoletas extrañas– lo estaba llevando a una crisis de nervios. Forzó una carcajada obligándose a creer que todo era obra de una sencilla desorientación. Sólo debía preguntarle a algún transeúnte por una avenida conocida, y de inmediato se ubicaría y volvería a las calles conocidas, riendo de su torpeza.

Pero era ya de noche. Noche cerrada, y ni un alma circulaba por aceras irreconocibles. Pensó en desandar el camino recorrido, no obstante, era tal su desconcierto que no recordaba por dónde había venido, si avanzaba o retrocedía en ese caos de calles nunca vistas. Las casas se veían normales, acogedoras, y se le ocurrió tocar algún timbre para preguntar a sus dueños la ubicación. Le daba vergüenza, cualquiera puede sufrir un extravío. Tras dudar un poco, llamó a la puerta de un bonito chalé. Tocó tres veces, ya que nadie se apresuró a atenderlo. Estaba un poco impaciente; después de todo sufría una emergencia y se creía con derecho a reclamar respuestas. Tan sólo quería saber en qué calle se encontraba; a cuanto de alguna avenida principal del barrio; simplemente en qué barrio estaba, si no era Munro, Florida o Carapachay, no había otras posibilidades. ¡No podía estar tan lejos de casa! La dama que abrió sigilosamente su puerta tras el grueso enrejado –una vetusta anciana de cabello recogido y rostro blanquísimo inexpresivo– no supo entender sus preguntas o no quiso responderle. Cerró la puerta con un golpe y no reaccionó ante un cuarto llamado, tras el que Pedro fue ganado por el desánimo y decidió probar suerte en otros domicilios.

Antes de rendirse por completo intentó el procedimiento en varias casas más, elegidas al azar. Eran diferentes tipos de vivienda, pero la reacción de sus dueños fue calcada de la primera, como un guion. Mutismo, incomprensión, portazo final.

Ya noche cerrada, se encontró en algún tipo de escalinata de una plaza pública. El silencio era casi irritante, y una resignación vaga lo llevó a recostarse sobre el frío cemento y se dejó caer para dormir un rato, aunque mas no fuera. Necesitaba un descanso para el cuerpo y sus nervios. Antes de caer en el sueño intentó animarse con un pensamiento optimista. “Mañana, todo se resolverá. Veré las cosas con claridad y volveré pronto al hogar”. Cerró los párpados tratando de convencerse de que iba a ser así, y la realidad abandonó al hombre perdido.

 

Un haz de luz sobre los párpados le hizo despertar… pero no veía mucho. Los dos oficiales de policía le ayudaron a incorporarse. Aun así, no distinguía bien las cosas ni supo responder las preguntas de los uniformados. Se sentía más confundido que la noche pasada, de la que no recordaba casi nada. Cierto extravío… Pasos hacia ninguna parte…y calles, calles que no terminaban más.

En la comisaría lo trataron bastante bien, pese a su mal aspecto. Le alcanzaron un café y una mujer policía se encargó de tomarle los datos, ya que no llevaba encima documentación alguna. Era una joven muy educada, bonita, hacía sus preguntas con delicadeza, mostraba paciencia ante la perplejidad del anciano. Pues si lo acompañaba desde la noche una sensación de incertezas con sonido a portazos y silencio de mutismo nocturno. Ahora era diferente, pero por poco…

Le costó reconocer que no había sabido responder una sola pregunta hecha por la mujer policía ni por los demás agentes de la ley. Ya lo trataban sin tanta condescendencia; como se trata a un vagabundo, o a un loco. Se avergonzó de sus pobres vestiduras. Fue la quinta o sexta pregunta sobre cómo era su nombre y apellido que cayó definitivamente en la amarga verdad; no sabía quién era. Se tomó de las sienes lloriqueando e intentando forzar su mente a recordar aquello que se había ido completamente de su cabeza. Nada de memoria, sólo imágenes borrosas de una caminata desquiciada, junto a la sensación de incertidumbre que parecía ser su única marca de identidad. Y, sí, una certeza profunda que seguía latiendo desde el fondo de su espíritu. Algo llegaba a su fin. Cierto círculo se cerraba, como se cierra el nudo de una horca. La imagen que lo había perseguido siempre disipaba su fuerza en su interior. Y el hombre sin nombre ni memoria se echó a reír, y los agentes de la ley se miraron entre sí, pero no comprendieron. El viejo reía y creía entender, en toda su turbación, que había conjurado la condena. Ya no había horca ni nudo ni control sobre su vida. Era otro, era él mismo, era nadie.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

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