Daniel Frini
Uno
A
la sombra de un árbol al que los nativos llaman úten, tan parecido al algarrobo
que crece en los valles cercanos al mar Mediterráneo, está tendido el cordobés
Francisco de César, capitán del reino de España por voluntad de Carlos
Habsburgo. Intenta reponerse de las fiebres que dejan las aguas de esta tierra
extraña, mezcla de selva y desierto, imaginada por el diablo, y que tantos y
tan buenos soldados se ha llevado.
Apenas
hace algo más de un año llegaron a esta parte del mundo que Martinus
Hylacomilus ha llamado América, con la expedición de Sebastiano Caboto y
construyeron, bajo su mando, el fuerte de Sancti Spiritu, en el lugar donde el
río que el capitán general ha llamado Caracará desemboca en aquel otro que los
nativos llaman Paraná.
Cinco
meses atrás, Francisco partió en expedición y ahora está de regreso con menos
de la mitad de los hombres que lo acompañaron. Lo reciben los dos torreones y
las casas en ruinas, los almacenes saqueados y quemados, la empalizada caída y
los bergantines desfondados y hundidos a medias, a poca distancia de las
barrancas que zozobran en el río barroso. De los habitantes de la novísima
colonia española han quedado sólo unas pobres osamentas, apenas cubiertas con
restos de ropa podridos. Imposible saber de quiénes se trata. No hay noticias
de los indios yañás, que tanto ayudaron al nuevo poblado hasta hace unos meses.
En
la ensoñación que deja el calor y la enfermedad, el capitán recuerda.
Dos
Son
machaconas las noticias que han llegado hasta los españoles acerca de una
fabulosa ciudad, toda de oro, plata y piedras preciosas, que está hacia el
poniente. Desde las historias del grumete Francisco Fernández, que vivió con
los charrúas después que estos matasen al almirante Juan Díaz, hace unos diez
años, hasta los muy variados relatos de las muchas naciones indias – yaros,
corondas, bartenes, mbeguás, timbúes– con las que se ha tenido contacto. Todos
hablan de un rey blanco, de una sierra de plata, de mujeres cautivas, de las
grandes riquezas que poseen los habitantes de ese país legendario, y de la
excelencia de las tierras regidas por esta ciudad, capaces de cinco cosechas
por año y de alimentar rebaños de ganado que se pierden en el horizonte. Ni
Caboto ni César son tontos. Saben de ciudades legendarias y de nativos
mentirosos; pero también saben del Cusco de Pizarro o el Tenochtitlán de Cortés,
y se desvelan con conquistar su propio imperio en las Américas.
El
capitán general le encomienda encontrar la ciudad mítica para gloria de Nuestro
Señor Jesucristo y del rey Don Carlos Primero de España.
Francisco
de César reúne catorce hombres debidamente pertrechados y montados, dos guías
indios para que oficien de lenguaraces, cinco arcabuces, dos pasavolantes y una
lombarda; medio quintal de pólvora, diez cahíces de trigo, un quintal de
bizcochos y una buena provisión de vino y tasajo.
Suben
por el Caracará, en jornadas agobiantes, hasta donde éste nace, en la unión de
los ríos que les dicen son el Chocancharaua y el Ctalamochita, y guiados por
los habitantes de esos parajes, continúan bordeando este último. Algunos
nativos les dicen que la ciudad está al norte, otros le señalan el sur.
Malogran días y provisiones en enredos inconducentes, pero siempre vuelven al
cauce que los salva de perderse de manera definitiva.
El
río los lleva hasta las montañas, después de haber recorrido más de doscientas
leguas en idas y vueltas por ese laberinto sin paredes, casi tanto como ir
desde la bella Lisboa hasta Barcelona. Atraviesan bañados y llanuras
calcinadas, soportan lluvias bíblicas, soles a pique y vientos de arena pura
que desafilan espadas, hasta que, al cruzar una cañada estrecha se ven rodeados
por infieles con aspecto feroz, que los desafían al grito de «¡Kom-chingôn!»,
que el lenguaraz traduce como «¡muerte a los invasores!». Francisco sabe que
puede acabar con ellos en un instante, pero que eso no serviría de nada a su
empresa. Decide, pues, capitular. Desmonta de su caballo, arroja sus armas y
con las manos en alto se arrodilla delante de ellos. Da resultado. Después, los
indios le dirán que se llaman henîa, que viven en cavernas; y le hablarán del
cerro Cha-ampa-ki, el más alto, aquel que tiene agua-en-la-cabeza, y desde cuya
cumbre puede verse, hacia donde se pone el sol, la ciudad buscada, en la que
gobierna el rey blanco Lin-Lin.
En
la mañana, los españoles empiezan la caminata hacia la montaña que está, casi
azul, a lo lejos. Les lleva cinco días llegar a su pie y tres más ascenderla,
atravesando un manto de nubes que, muy pronto, queda debajo de ellos.
Encuentran, arriba, la laguna anunciada, pero las nubes no dejan ver el inmenso
valle del otro lado, al pie del cerro. Deben hacer noche en la cima.
El
día siguiente, Viernes Santo, sin una nube en el cielo, el sol sale a sus
espaldas. A esa primera hora, el valle anhelado está todavía a oscuras en la
sombra de la sierra; y los españoles esperan con ansias que se ilumine de a
poco. Luego, los primeros rayos que sortean la montaña alumbran la maravilla.
Tres
A
lo lejos, brillan las cúpulas de las torres y los techos de las casas, todos de
oro y plata. Divisan edificios suntuosos de piedra labrada y templos
magníficos. Ven calles brillantes, un inmenso rodeo de ganado que incluye altas
ovejas del Perú; y sembradíos que parecen de cebada, centeno y trigo; que se
pierden más allá del horizonte, hasta donde no podría llegar un hombre a
caballo en varias jornadas. Contemplan las altas murallas y los profundos
fosos, los revellines amurallados, las avanzadas fortificadas que protegen el
único camino de acceso y el puente levadizo que precede a la entrada, por la
que bien pudiera pasar una carabela con todo su velamen desplegado. Nada que
hubieran visto antes iguala la opulencia y majestuosidad que se les presenta, que
empequeñece cualquier prodigio inca, cualquier maravilla azteca.
Antes
de bajar el cerro y emprender el camino a la ciudad, se saben ricos y llenos de
gloria, honra y nombradía.
Les
lleva otros cinco días acercarse a las murallas.
En
el camino, se encuentran con habitantes de la comarca, y pasan entre ellos como
si no fuesen vistos. Todos tienen una belleza serena; y los hombres son
barbados. Nadie puede distinguir su idioma, ni aún los indios que acompañan a
los españoles. Ven ollas, cuchillos y hasta rejas de arado de oro. De oro son,
también, los asientos en los que las bellísimas mujeres tejen espléndidas ropas
de lana, más fina que la mismísima seda de Sipán. Todos visten faldellines y
camisetas, y cubren sus hombros con una manta. Están engalanados con plumas de
hermosos colores y colgantes y pulseras de metales preciosos con insertos de
turmalinas, zafiros, rubíes, lapislázuli, ágatas y turquesas. Cada uno de ellos
parece un rey.
Los
españoles no ven armas de mayor tamaño que un puñal y saborean, entonces, la
riqueza fácil. Más por curiosidad que por codicia, levantan del suelo dos o
tres piedras de oro, del tamaño de una nuez y alguna verde como esmeralda.
Deciden
acampar esa noche y atravesar la inmensa puerta, con gran pompa, en las
primeras horas del otro día. Satisfechos y sabiéndose seguros, se quedan
dormidos. El profundo sueño no respeta ni los turnos de vela.
Cuatro
El
capitán Francisco de César recuerda muy bien todos y cada uno de los detalles
del sueño. Recuerda la visión de la última llama del fuego que los calentó esa
noche antes de cerrar los ojos. Recuerda, con sorpresa, la suavidad del recado
que le sirvió de almohada, y el hombre que le habló, y cuyas palabras entendió,
aunque no las conociera.
Era
muy, muy viejo y casi transparente. Le dijo: «Te fue dado, Francisco, conocer
la maravilla; pero no te es permitido pisar sus calles. La ciudad será siempre
invisible para los que no la habitan y puede que los hombres la atraviesen sin
darse cuenta. En ella no hay enfermedad ni dolor; no existen pesares ni
tristezas. Hoy la ciudad será una, mañana otra, y serán dos, y serán tres; pero
tu gente, los que te seguirán y los que vendrán después de tu gente no podrán,
siquiera, imaginarla. La ciudad irá al sur, al norte, a los confines donde mora
el sol o se quedará en este valle; siempre protegiendo a los suyos de la
malicia, el terror, la codicia y la muerte. No volverás a soñarla».
Cinco
Alto
el sol, y como saliendo de una resaca, los españoles abren los ojos y ya no hay
nada. Ni torres, ni edificios, ni templos, ni foso, ni muralla, ni ganado, ni
campos labrados. No hay gentes, ni oro, ni plata.
Desconcertados,
caminan diez y veinte veces por donde debieran estar las calles con adoquines
dorados y donde ayer estaban trabajando las hermosas mujeres. Solo encuentran
pequeños montes aislados de talas, molles y espinillos. No pueden creerlo y
demoran el retorno esperando que la ciudad vuelva. Saben a ciencia cierta que
estuvo allí, porque lo atestiguan los guijarros de oro y las esmeraldas que
levantaran del riquísimo suelo, que ahora les ofrece sólo piedras de granito y
caliza. Ya no hay riqueza ni gloria para ninguno de ellos.
Desalentados,
tres días más tarde emprenden el regreso a Sancti Spiritu.
Seis
El
capitán Francisco de César está tendido bajo un úten, intentando reponerse de
las fiebres que dejan las aguas de esta tierra extraña. Apenas pueda, él y los
seis hombres que volvieron, irán camino al Perú y contarán la historia de la
fantástica ciudad.
Vendrán
miles a buscarla, desde el Cusco al estrecho que Magallanes atravesó hace pocos
años, y desde el mar Atlántico hasta la Capitanía de Chile, pero la ciudad ya
no estará; y los buscadores volverán a sus tierras; derrotados, los de mayor
ventura; los de menor, quedarán, para siempre, en los valles y ríos
innombrados.
El capitán, aunque no sepa cómo lo sabe, morirá en esta tierra a la orilla izquierda del río Cauca, cerca de la mar Caribe. No le importa. Es más, lo anhela; porque él sí la vio y tiene el secreto deseo de morir, y que le permitan, por fin, entrar a la muy querida ciudad de Elelín.

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