domingo, 1 de febrero de 2026

EL ESPEJO DEL SEÑOR K.

Tatjana Milivojčević

Cuando se sufre una fobia rara y se trabaja con gente, es casi imposible ocultarlo. Yo logro disimularla, probablemente porque soy bibliotecario. Absortos en los libros, los lectores no prestan atención a los demás y no ven nada salvo letras juguetonas.

El lugar donde trabajo, por suerte, está iluminado por ventanas altas, de modo que no puedo ver mi reflejo en ellas. La eisoptrofobia –la aversión a los espejos– es algo que quedó grabado indeleblemente en mí una noche, hace mucho tiempo. El sudor, los temblores y los latidos del corazón, que parecen querer saltar del pecho cada vez que miro un espejo, me devuelven a aquella fatídica noche de Año Nuevo en la que me encontré en el departamento de un hombre extraño: el señor K.

Su nombre verdadero no puedo decírtelo, porque en realidad no lo sé. El nombre por el que lo conocía, y que yo creía que era el suyo, no soy capaz de pronunciarlo. Con solo mencionarlo me invade un miedo tan intenso, que me paraliza la respiración hasta casi quedarme sin aire. Para explicar el origen de mi fobia debo volver atrás y contarte en detalle todo acerca de ese señor y de su destino lleno de maldad, en el que me vi envuelto sin querer.

En su momento, cuando yo estudiaba, vivía con mi madre en un departamento. El piso de arriba estaba vacío y los dueños lo alquilaban. A comienzos de otoño se lo rentaron a un señor de mediana edad al que yo encontraba casi todas las mañanas en la escalera. Alto, extremadamente flaco, con mejillas hundidas, pelo revuelto y barba desprolija. La mirada ausente, y el negro apagado de sus ojos contribuía mucho a darle a su rostro un aspecto fantasmal. Se vestía con ropa uniforme de tonos grisáceos y negros, y siempre llevaba un largo abrigo de cuero.

Se presentaba como el señor K., profesor de historia, sin trabajo por el momento. Hablaba en voz baja y las frases cortas que decía no pasaban del límite de la cortesía. Nuestras conversaciones nunca duraban mucho, porque el señor K. siempre estaba apurado.

A mediados de mayo heredé de mi abuelo paterno –ya fallecido– una casa en las afueras de la ciudad, y me mudé. Con la casa heredé también una suma considerable de dinero, que me permitió vivir solo. Visito a mi madre cada vez menos.

Como estaba preparando el examen final de la carrera de Filosofía, pasaba la mayor parte del tiempo en casa o en la biblioteca, donde estudiaba por costumbre. Me gustan la calma, el silencio y el olor de los libros.

Durante una de mis visitas, mi madre empezó a hablarme del vecino:

—Sabés, hijo… hay algo muy raro con ese hombre horrible.

—¿Horrible? ¿No decías antes que era muy amable y servicial? —pregunté, sorprendido.

—Sí, hijo. Cuando te mudaste siguió siendo atento y comprensivo con nosotras, las mujeres que vivimos solas. Cuando nos cruzaba, nos traía bolsos llenos del mercado y sacaba las bolsas de basura que dejábamos frente a la puerta. Pero, aparte de un saludo amable, no decía nada más. Raro para un profesor. Sin embargo, con el tiempo, esa amabilidad se le fue. Y su aspecto cambió de forma evidente. Está descuidado, desprolijo. Deja un olor áspero, como una mezcla de tierra húmeda y hojas podridas.

Vi miedo en los ojos de mi madre.

—Mamá… ¿quieres decir que ese bicho raro se volvió todavía más torcido? —pregunté, incrédulo.

—Escúchame, hijo. Te lo voy a contar todo y después juzgarás por ti mismo. Pasa mucho tiempo encerrado. De día, ahí adentro todo está quieto y silencioso, pero por las noches salen sonidos inexplicables, y después… se oyen sollozos. Durante la noche la temperatura del edificio, y también la del departamento, baja muchísimo. Al principio me alegré, porque sabes bien que en verano me cuesta dormir de noche. Pero el frío empezó a meterse en mis huesos y ya no me resulta agradable. Y después aparecieron cuervos y grajos. Esas aves de mal agüero, antes de cada amanecer, se posan en el techo y graznan durante horas.

Le tembló la barbilla, como si fuera a llorar.

—Mamá, ¿qué aves de mal agüero? ¿Crees en esas historias de viejas? —me reí.

—Hijo, no son solo los pájaros… también los perros. Primero ladran, después aúllan alrededor del edificio y, de pronto, en algún momento, se van gimoteando con la cola entre las patas. Pasa demasiadas cosas raras como para que sea casualidad. Ese hombre nos trajo algo malo, lo siento…

No pudo contener las lágrimas, que le dejaron surcos en la cara arrugada.

—Tranquila, mamá, por favor. Hablemos de él otro día. No debes tenerle miedo, créeme —intenté sonar razonable para calmarla.

—Yo te creo, hijo. Pero debes entender que me siento indefensa cuando me lo cruzo. Sus ojos son tan espantosos… como si dentro hubiera un pozo profundo que me succiona cuando lo miro. Nunca creí en lo sobrenatural, pero el cuerpo me empieza a temblar sin explicación cada vez que me alcanza su mirada. Me enredo, me quedo tiesa, sin palabras. Eso, hijo. Tenía que decírtelo. Eres el único que me entiende. Si se lo contara a otro, dirían que me volví loca —dijo, con voz llorosa, secándose las lágrimas.

—Te entiendo, mamá, pero por favor dejá de tener miedo. Es solo un inofensivo excéntrico —la tranquilicé.

—Como digas, hijo —bajó la vista, retorciéndose los dedos—. Pero hay algo más que olvidé mencionar.

—¿Qué, mamá? —pregunté a desgano. Toda esa historia del señor K. empezaba a sacarme de quicio, sobre todo porque ella estaba alterada y podía descomponerse.

—Una noche, Simeón, el vecino que vive frente al señor K., se despertó por los perros. Salió decidido a bajar hasta la entrada para espantarlos, pero se detuvo en el pasillo cuando oyó unos gritos ahogados que venían del departamento del señor K. Preocupado por si le pasaba algo, golpeó su puerta. Por unos instantes se hizo silencio y, enseguida, justo del otro lado, se oyó un gruñido fuerte que, según Simeón, no pertenece a ningún ser humano. Como Simeón sabe que el señor K. no tiene animales en el departamento, dudó qué hacer. No podía dejarlo abandonado si estaba en peligro, pero al mismo tiempo lo invadió una incomodidad y un miedo que le impidieron entrar. Entonces decidió llamarlo. Y oyó, entre gruñidos: “¡Vete!”. Simeón corrió a su casa, cerró con llave y encendió todas las luces. Pasó la noche en vela —susurró mi madre, como si temiera que alguien pudiera oírla.

—Mamá… ¿no me digas que le crees a Simeón? Sabés que le gusta empinar el codo, sobre todo ahora, antes de las fiestas —dije, ya enojado.

—No digas eso, hijo. Simeón es un hombre muy respetable y yo le creo —lo defendió.

—Está bien. Te prometo que voy a intentar averiguar algo más sobre ese señor K. Y hasta entonces, por favor, dejá de pensar en él —la abracé y la calmé.

Volví a mi casa y me sorprendí de que mi madre, de repente, se hubiera vuelto supersticiosa. Ella me había criado como gente de mente abierta y jamás le había oído decir cosas así. Pero sabía que estaba más sensible desde que me mudé, así que pensé que toda esa historia no era más que producto de su imaginación. Aunque debo admitir algo: yo tampoco creía que el señor K. fuera profesor. Por cortos que fueran nuestros encuentros, algo me decía que no era alguien que pudiera trabajar en educación. Yo mismo tuve profesores extraños, sí, pero en él había algo que no encajaba con lo que decía ser.

Por las dudas, los días siguientes traté de averiguar algo sobre el señor K. Sin embargo, por más contactos que moví, no conseguí saber nada.

Y entonces volví a cruzármelo.

Lo encontré en la sala de lectura de la biblioteca. Estaba pálido, consumido, desprolijo. Leía un libro. Sobre la mesa tenía varios más. Miré de reojo las tapas y reconocí una: Sobre geomancia, de Heinrich Cornelius Agrippa. De pronto, como si sintiera mi presencia, el señor K. me miró. Asentí a modo de saludo y pasé rápido junto a él. Me senté en la última fila y empecé a estudiar.

Absorbido en la lectura, no noté cuándo se acercó. Su voz me sobresaltó.

—Disculpe que lo interrumpa. Oí que estudia Filosofía y espero que pueda ayudarme —susurró.

—Dígame en qué puedo ayudarlo —respondí con cortesía, aunque a desgano. No me gusta que me interrumpan cuando estudio.

—Espero que usted pueda conseguirme la Filosofía oculta de Agrippa, la edición de 1551 —dijo, entrecortado, mirando por encima de mi cabeza.

—¿Se refiere al original? —pregunté, sin poder creerlo.

—Sí —y me miró directo a los ojos.

—Está mal informado. Ese libro no se vende libremente. A lo sumo puedo encontrarle una traducción en internet —le dije la verdad, aunque tuve la sensación de que no lo convencería.

—¡Pero yo no quiero una traducción! ¡Necesito el original en latín! —alzó la voz. En sus ojos vi ese pozo profundo del que hablaba mi madre.

—Busque en las tiendas de anticuarios. Es todo lo que puedo decirle…

—Pero usted seguro leyó Filosofía oculta en la carrera —insistió. Se pasaba los dedos con nerviosismo por el pelo, y de él me llegó ese olor áspero a tierra húmeda y hojas podridas.

—Es verdad que estudié a Agrippa. Para ser preciso, solo fragmentos traducidos de Filosofía oculta, pero nunca tuve ocasión ni de hojear una edición en latín. También leí Sobre geomancia, por pura curiosidad. No soy partidario de su filosofía ni me interesa la adivinación. Me interioricé en sus ideas porque fue un pionero en su tiempo y, sobre todo, porque le sirvió a Goethe como inspiración para el personaje de Fausto…

—¡Bien! —me cortó, nervioso—. Pero si se entera de dónde puedo conseguir Filosofía oculta, ¿me avisará? Es muy importante para mí conseguir ese manuscrito en latín.

Sus ojos negros se clavaron en los míos. Una intensa oscuridad brotó del pozo abierto dentro de sus órbitas.

—Sí, claro. No se preocupe —alcancé a decir, con un miedo repentino que me dejó sin fuerzas.

Tras mi promesa, el señor K. volvió en silencio a su lugar y retomó el libro. ¡Qué loco! Me llevó media hora reponerme del shock, y después volví a estudiar. Cuando terminé, miré hacia donde había estado sentado, pero la silla estaba vacía. Sin que yo lo notara, se había ido.

Me recibí unas semanas después. Decidí buscar trabajo. Mientras revisaba avisos en internet, a menudo volvía en mis pensamientos a aquel encuentro con el señor K. Por pura curiosidad, empecé a buscar la edición latina de Filosofía oculta. Como esperaba, no encontré nada. Aunque, en un sitio, hallé una traducción al inglés de esa misma edición, de 1551.

Dudé entre contárselo o mantenerme al margen, pero al final pudo más mi curiosidad. Quería saber por qué necesitaba justo esa edición en latín. Así que decidí visitarlo pronto.

Llegué a lo de mi madre al atardecer. Quería acompañarla en su soledad la víspera de Año Nuevo. Con mi pareja habíamos planeado una cena tardía y brindar a medianoche. Mi madre y yo charlamos largo y distendido; ella sonreía a menudo. Su buen humor se debía también a mi diploma de filósofo, que le mostré.

Sin embargo, la atmósfera agradable se rompió con oleadas repentinas de frío, cada vez más frecuentes a medida que avanzaba la noche. Recordé lo que mi madre había dicho: que el frío en el departamento estaba de algún modo relacionado con el señor K., porque el edificio era conocido por tener buena calefacción en invierno. Me invadió una cierta incomodidad, pero al mismo tiempo nació un deseo todavía más fuerte de ir a verlo.

La noche ya había caído cuando me dirigí al departamento del señor K. Toqué el timbre varias veces, pero nadie respondió. Tomé la manija y noté que la puerta estaba sin llave. Entré en el recibidor oscuro, llamándolo por su nombre.

En la entrada me golpeó una ola de aire helado. A esa incomodidad se sumó el olor a cera quemada que venía del interior, y también una voz apenas audible, incomprensible. Busqué el interruptor y encendí la luz del recibidor. No había nadie. En el living a media luz encontré al señor K.

Completamente desnudo, como si el frío no le importara en absoluto, el señor K. se balanceaba de rodillas, con los brazos extendidos y la cabeza inclinada hasta el suelo. Susurraba de manera rítmica palabras que me eran totalmente desconocidas y que, por la repetición constante, adquirían un tono de oración.

Ordenadas en círculo alrededor de él ardían decenas de velas negras, esparciendo un olor pesado que me dio náuseas. Cuando miré el living con más amplitud, con espanto comprendí que toda la habitación se había convertido en un santuario repugnante dominado por la figura de una criatura cornuda y alada, dibujada en rojo sobre la pared. Y, mientras mi vista huía de ese ser abominable, vi que frente al señor K. había un espejo grande, redondo y negro.

El espejo estaba enmarcado con una madera antigua tallada y colocado sobre un trípode metálico, casi a ras del suelo. Lo sorprendente era que en ese espejo negro no veía ni mi reflejo ni el del señor K. Entonces noté que la superficie negra del espejo temblaba al mismo ritmo en que el señor K. repetía las palabras de su plegaria espantosa. Me quedé ahí, como hechizado, viendo cómo se formaban protuberancias que rápido se convertían en hendiduras y, aún más rápido, desaparecían sin dejar la menor marca en el vidrio. Parecía como si el espejo estuviera vivo y respondiera, pulsando, a la oración insistente que le dirigía el señor K.

En cuanto me recuperé un poco, reprimiendo la conmoción que me causó esta escena irreal, me dirigí a él.

—¡Señor K! ¡Señor K!

Pero no reaccionó. Ni mi llamado ni mi presencia lo sacaban de su trance. Mientras susurraba, su cuerpo desnudo se balanceaba de un modo cada vez más antinatural. Ya no quise seguir presenciando aquella devoción a lo otro, de la que por fin estaba seguro, y decidí abandonar la escena de este evento escandaloso y demencial lo antes posible.

No llegué ni a salir del living cuando a mis espaldas se oyó el estrépito del vidrio rompiéndose y el caer de los fragmentos. Me di vuelta hacia el sonido que me rasgó los oídos, pero en ese instante la habitación se llenó de una deslumbrante luz blanca que me encegueció; cerré los ojos por puro instinto.

No sé cuánto tiempo los mantuve cerrados. Cuando los abrí, estaba en plena oscuridad. Palpé desesperado el interruptor y lo presioné. La lámpara titiló varias veces y, cuando por fin encendió, ante mí apareció un cuadro caótico.

Las paredes del living estaban salpicadas de un líquido rojo oscuro; en el piso, manchas anchas de velas completamente derretidas y fragmentos del espejo negro hecho añicos. Di unos pasos hacia el centro del cuarto y vi que los pedazos de vidrio negro también estaban impregnados de una sustancia espesa cuyo color recordaba a la sangre. ¡No había rastro del señor K.!

Salí a buscarlo por las otras habitaciones. Pero el señor K. parecía haberse evaporado. Volví al living, negando con la cabeza, sin creer lo que estaba viviendo. Y entonces miré otra vez los fragmentos del espejo negro, y lo que vi en ellos dejó consecuencias permanentes en mi salud mental y me marcó de por vida.

En cada pedazo pequeño de vidrio negro vi a la criatura cornuda y alada dibujada en la pared, solo que en los fragmentos del espejo, a diferencia del dibujo, se movía y sonreía de forma siniestra. El horror me obligó a apartar la mirada, pero, para mi desgracia, se detuvo en el fragmento más grande. Allí vi la figura de un hombre con la cara cubierta por las manos. Mientras yo miraba, hipnotizado, bajó las manos y el rostro que apareció estaba vacío: sin ojos, sin nariz, sin boca. Por el pelo revuelto y la barba desprolija reconocí en esa aberración grotesca al señor K. Entonces señaló hacia mí.

—¡Te esperamos de este lado! — dijo con una voz que de ningún modo podía salir de una boca inexistente.

En ese mismo instante el living se llenó de un hedor insoportable a azufre. Me cubrí la nariz y la boca con el puño y salí corriendo del departamento del señor K. Temblando y tosiendo, irrumpí en el de mi madre. Ella llamó a la policía.

¿Se imaginan cuántas veces me interrogaron los inspectores sobre qué estaba haciendo esa noche en el departamento del señor K.? Les conté todo, excepto la visión en los fragmentos del espejo. Si no hubiera sido por el testimonio de mi madre y de otros vecinos, que confirmaron que yo solo lo conocía de vista, mis problemas no habrían tenido fin.

 

Quedó sin esclarecer qué fue exactamente lo que ocurrió con el señor K. Sin duda se determinó que en las paredes y en los pedazos del espejo negro había sangre humana, pero los inspectores no hallaron ninguna huella del señor K. ni documentos que confirmaran su identidad. Por eso no se puede establecer a quién pertenecía la sangre derramada esa noche.

La investigación posterior reveló que la persona que se presentaba como el señor K. no existía bajo ese nombre, así que ningún posible familiar pudo ser notificado de su desaparición. Siguiendo el procedimiento, la policía ordenó a todos los vecinos del edificio que avisaran de inmediato si el señor K. reaparecía.

No reapareció ni siquiera después de cinco años. Hoy se lo considera legalmente muerto. Yo estoy convencido de que el señor K. sigue existiendo, solo que en otro lugar y bajo otra forma. Creo que por fin encontró aquello que buscaba… o quizá eso lo encontró a él. A mí me quedó el miedo, taladrándome y ondulándome bajo la piel, al acecho de un reflejo: un espejo por el que, como de un cráter, brote lo que sea que se refleje del otro lado de la frontera del vidrio duro y frío… y por fin me ahogue.

Los relatos y poemas de Tatjana Milivojčević han sido publicados en antologías de festivales de la región, así como en numerosas antologías, revistas y sitios web (Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Croacia). En 2015 publicó el libro de cuentos infantiles Historias interesantes desde la Habitación S, editado por la Biblioteca “Gligorije Vozarović” en Sremska Mitrovica. En 2023 recibió el tercer premio literario internacional “REFESTICON Avatar” por su libro de relatos fantásticos Tierra inexplorada, galardón otorgado en el marco del proyecto “REFESTICON”. En 2024 publicó la colección de poemas de amor Canción en la piedra, editada por “Pendulum” de Zenica.

 

EL HOMBRE QUE SE QUEDÓ SIN TIEMPO

Frank Roger

 

Llegué a la estación, miré mi reloj y comprobé que había llegado demasiado temprano. Miré a mi alrededor, con la esperanza de encontrar una cafetería ya abierta.

Un hombre se me acercó, levantando la mano para llamar mi atención.

—Disculpe —dijo—, ¿podría concederme unos minutos de su tiempo?

Parecía un viajero típico: bien trajeado, sin duda un empleado de oficina; no un borracho, ni un mendigo, ni alguien que quisiera robarme. Así que decidí darle una oportunidad.

—¿En qué puedo ayudarle?

El hombre sonrió con gratitud.

—Como ya le dije —respondió—, me gustaría disponer de unos minutos de su tiempo. Digamos quince minutos. Me parece algo perfectamente razonable.

Me lanzó una mirada expectante.

—¿Qué quiere que haga? —pregunté, sin tener muy claro qué pretendía.

—Ando escaso de tiempo —explicó—. Necesito urgentemente un poco más. Es una especie de emergencia, ¿sabe? Quince minutos me servirían, aunque, por supuesto, cuanto más, mejor. ¿Y bien? ¿Puede cederme algo de su tiempo?

Negué con la cabeza. No lograba entender de qué estaba hablando. Parecía sincero, no daba la impresión de padecer ningún trastorno mental. ¿Sería una broma?

—Me temo que no le entiendo —dije—. ¿Esto es algún tipo de chiste?

—¿Un chiste? —exclamó, dando un paso atrás, como si lo hubiera insultado—. Esto no es ningún chiste. Hágame el favor. Descargue quince minutos para mí y transfiéramelos. Haría una diferencia enorme.

Sonaba completamente desesperado.

—¿Descargar quince minutos? —repetí, atónito—. ¿Qué se supone que significa eso?

—Vamos, no sea así —gimió—. No puedo quedarme aquí eternamente. Tome su interruptor y haga la descarga. —Señaló mi reloj de pulsera. Me subí un poco la manga, preguntándome de qué demonios estaba hablando. El hombre miró mi reloj, desconcertado, y luego volvió a clavar los ojos en mí—. ¿Qué es eso que lleva en el brazo? Nunca he visto nada parecido. ¿No tiene interruptor? ¿Está seguro de que ese aparato es legal?

—Es un reloj —balbuceé—. No tengo idea de qué me está hablando. Ahora de verdad tengo que irme. Tengo que tomar el tren. No puedo ayudarle, y estoy perdiendo mi tiempo aquí.

—¿Está perdiendo su tiempo? —replicó, alzando la voz, irritado, con la ira hirviéndole por dentro—. No tiene ni idea de lo que está diciendo. La naturaleza del tiempo está claramente más allá de su comprensión. No está capacitado para descargar tiempo; es un inadaptado, una vergüenza. ¿Está seguro de que pertenece a este lugar? ¿No se deslizó por alguna grieta desde una línea temporal alternativa? En ese caso, más le vale regresar antes de que lo atrapen.

Me lanzó una última mirada, se dio la vuelta y se alejó a paso rápido.

Consulté mi reloj para ver si aún podía alcanzar el tren, pero estaba detenido. Eso era extraño. Entonces noté que reinaba un silencio inusual, cuando a esa hora la estación debería estar llena de actividad. Solo vi a unas pocas personas a lo lejos. Algo no estaba bien.

Aún estaba considerando qué hacer cuando vi acercarse a dos agentes de seguridad. Vestían uniformes azules y llevaban una insignia con las letras TP en rojo brillante.

—¿Hay algún problema, señor? —preguntó uno de ellos, visiblemente receloso.

No esperó respuesta. Sacó del bolsillo un dispositivo que recordaba vagamente a una linterna

—Permítame escanearlo —dijo. Apuntó el aparato a mi rostro y proyectó un haz de luz directamente en mi ojo. Luego consultó las lecturas en una pequeña pantalla. No obtuve ningún registro —agregó—. Eso es inusual. ¿Podemos ver su interruptor?

Asentí, me subí la manga.

—Lo único que tengo es este reloj —respondí—. Hace unos minutos, además, este hombre se me acercó…

—Sin interruptor, sin perfil —me interrumpió—. ¿Es consciente de lo que eso significa, señor? Su tono resultaba francamente inquietante. Guardé silencio, y él continuó—: Significa que se ha quedado completamente sin tiempo y que no tiene derecho a estar aquí. Me temo que no nos deja otra opción. —Balbuceé algo que no pareció impresionarle, y el agente prosiguió—. En este caso se aplican las regulaciones de la Policía del Tiempo. Lo siento muchísimo, señor. Estoy seguro de que comprende que el tiempo apremia… si me permite el juego de palabras.

¡Policía del Tiempo! Así que eso significaba TP, comprendí. Y entonces el hombre volvió a apuntar la linterna hacia mi rostro, lanzó un destello cegador a mis ojos, y el mundo se volvió negro.

Frank Roger nació en 1957 en Gante, Bélgica. Su primer relato apareció en 1975. Hasta la fecha, cuenta con más de quinientos relatos cortos publicados en unos cincuenta idiomas. Además de ficción, también crea collages y obras de arte visual siguiendo la tradición surrealista y satírica.

 

sábado, 31 de enero de 2026

EL ASALTO

Marcela Iglesias

 

Aquel sábado por la noche, mis hijos mayores estaban de fiesta, mi esposo dormía en el cuarto y mi hija menor y yo alistábamos los materiales en el estudio porque íbamos a hacer manualidades.

Estábamos distraídas en nuestro quehacer cuando escuché que la puerta de calle se abrió. “No es hora de que los chicos regresen” pensé yo así que me levanté y salí a ver. Era mi esposo subiéndose al carro para salir.

—Hey, Luis, ¿qué haces? —le dije—, ¿para dónde vas a estas horas?

—Es que mamá necesita que vaya de urgencia. Me acaba de llamar —respondió él, visiblemente nervioso.

—¿Cómo te llamó si está sin teléfono? —contesté sorprendida.

—Lo hizo desde un teléfono público —me dijo; comenzaba a ponerse de mal humor

—¿Y por qué te vas así, sin despedirte ni decir nada? Esto es demasiado extraño, tú nunca actúas así —estaba diciéndole yo, cuando me interrumpió bruscamente.

—Mira, no me hagas perder el tiempo. Justo por eso quería irme sin decirte nada, porque comienzas con tu preguntas y tus cosas. Ya me voy. Te aviso cuando llegue donde mi mamá. —Se subió al vehículo y arrancó.

Me quedé pensando. Desde hacía un par de meses, Luis había comenzado a actuar raro. Coincidentemente, su mamá había perdido su celular. Ella vivía muy lejos, al otro lado de la ciudad y no la visitábamos con frecuencia porque tenía una mala relación con mis hijos y con mi esposo. Pero las últimas semanas, a Luis le había nacido un cariño extraño por su mamá y con la excusa de que no tenía como comunicarse la visitaba con frecuencia, pero solo, aduciendo que no podía obligar a los hijos a querer a su abuela.

Como a las diez de la noche sentí algo extraño. Como una desazón, una intranquilidad. Justo en ese momento mi hija menor me dijo:

—Espero que no estén asaltando a mi papi.

—Hijita, Dios no quiera, ¿qué comentarios son esos? —le contesté yo—. Mejor vamos a dormir.

A las doce de la noche me despertó el timbre del celular. Era mi hijo mayor que me estaba llamando para que le dijera al papá que si los podía recoger de la fiesta a la una de la mañana. Pensó que se había quedado dormido con el teléfono prendido porque no le contestaba las llamadas ni los mensajes, pero estaba en línea. Le dije que había dicho que iba donde su mamá y que yo intentaría comunicarme con él.

Efectivamente, mandé muchos mensajes, que le llegaban porque aparecía en línea. Marqué muchas veces, pero nunca contestó ninguna llamada. A mí esto ya me estaba pareciendo extraño. Llamé a mi hijo para que regresara con su hermano en un taxi porque no había señales del papá. Esperé a que mis hijos regresaran, aseguré las puertas y me quedé sentada en la sala, pensando acerca de lo que estaba pasando en nuestro matrimonio. Nunca fuimos un matrimonio modelo, pero creía que éramos tan felices como podía ser una pareja normal. Debe ser una etapa, pensé.

Amaneció y comencé a quedarme dormida, pero un mensaje en el celular a las siete de la mañana, me sacó del letargo.

“Mercedes: me asaltaron. Se llevaron el carro, mis documentos, los celulares y me dejaron botado en las afueras de la ciudad. Logré llegar a la casa de mi mamá hace unos minutos. Te estoy escribiendo desde un cybercafé. Estoy muy golpeado. No quiero que me vean así. Me voy a quedar en la casa de mi mamá por un par de días. No se preocupen. No vengan a verme tampoco. Estoy bien. Por favor bloquea las tarjetas y las cuentas, ya hice la denuncia del asalto”.

Estaba tan conmocionada que en ese momento no reparé en que él había puesto “los celulares”. Él sólo tenía un celular, hasta donde yo sabía.

Me pasé más de la mitad de la mañana bloqueando las tarjetas y las cuentas. De algunas de ellas ya se habían extraído los fondos, pero de otras no habían hecho uso todavía.

Di de comer a mis hijos y decidí hacer caso omiso de las instrucciones dadas por Luis y me dirigí a la casa de mi suegra, yo sola. Sea cual fuera la verdad, preferí que mis hijos no se enteraran.

El viaje en transporte público se me hizo larguísimo. Mi mente estaba a mil. A medida que me acercaba mi ritmo cardíaco aumentaba. Cuando estuve en la puerta de la casa de mi suegra, mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho.

Timbré. Salió a abrirme mi suegra, totalmente agobiada.

—Mijita, qué bueno que vino. Este terco no se ha dejado atender —y me abrazó mientras decía eso.

Por el tono de su voz y el comentario me imaginé que Luis debía estar muy mal. Cuando entré al cuarto él, en vez de alegrarse al verme, me insultó con los peores epítetos que pudo. Luego de la lluvia de insultos me gritó que me había dado instrucciones claras de no llegar porque no quería que lo viéramos así, en ese estado tan lamentable. Yo hice un gran esfuerzo para no llorar, tanto por la manera en que me había tratado como por lo que estaba viendo. Realmente estaba muy maltratado. Tenía los ojos hinchados y uno de ellos se había puesto negro. Le habían partido la boca y roto algunos dientes. Tenía sangre coagulada en algunas partes de la cabeza. Hice acopio de todo mi valor y me acerqué a la cama. Me senté a su lado suavemente y le acaricié la mejilla. Luego le pedí que se incorporara y con la mayor delicadeza que pude le quite la camisa llena de sangre. Tenía moretones y cortaduras por todo el pecho y la espalda. Lo ayudé a levantarse y lo guié a la ducha. Le pedí a mi suegra que trajera una silla y lo senté ahí, bajo el chorro de agua tibia. Lo lavé con toda mi ternura, procurando no hacerle más daño del que ya le habían hecho. En un momento dado, apoyó su cabeza en mi y me pidió perdón. Asumí en ese instante que se refería a los insultos y los gritos recibidos antes.

Cuando ya estuvo limpio y seco, lo vestí. Llamé un taxi y lo llevé al hospital. Tenía dos costillas rotas y lo dejaron internado para observación porque tenía una contusión.

Al día siguiente, lunes, pedí vacaciones adelantadas en mi trabajo para poder atenderlo en casa. Fui a la empresa telefónica a recuperar su línea y compré a crédito un teléfono para él y otro para mi suegra. No sé por qué no lo habíamos hecho antes.

Me llamaron del hospital para decirme que lo iban a dar de alta pero que le recomendaban permanecer dos semanas de reposo en casa por las fracturas en las costillas.

Esas dos semanas pasaron rapidísimo. Fueron idílicas. Pasar tiempo juntos nos hizo mucho bien. Parecía ser que haberse sentido al borde de la muerte lo había hecho reflexionar sobre las prioridades en la vida. Nuestros hijos y yo estábamos muy felices de que siguiera con nosotros. Del vehículo no había señales, pero realmente no estábamos preocupados. Íbamos a hacer uso del seguro para que nos repusieran el auto.

 

Fue pasando el tiempo. Ya habían pasado seis meses desde el asalto. Las cosas habían vuelto a una normalidad relativa, pero todavía se sentía bastante armonía. Habían ascendido a Luis en el trabajo y tenía que viajar con frecuencia fuera de la ciudad a supervisar unas sucursales. Las cosas con su mamá también se habían suavizado y la veíamos con más frecuencia.

Otra vez sábado. Luis estaba fuera de la ciudad y los chicos y yo fuimos a visitar a mi suegra.

—Mijita, sáqueme de una duda —me dijo mi suegra mientras preparábamos la merienda—, ¿qué andaba haciendo mijito tan noche en la calle el día que le asaltaron?

No me sorprendió tanto la pregunta porque mi suegra solía olvidar las cosas.

—Venía a verla a usted suegra, usted lo llamó porque tenía urgencia de verlo como toda esa temporada desde que se le arruinó el celular —le contesté yo.

—¿Verme? Sí, puede ser, ya sabe que yo me olvido de las cosas, mijita. Pero desde que se me llevó el teléfono para llevarlo a componer no se había aparecido hasta la madrugada del asalto. ¡Qué raro! —terminó.

No quise seguir con la conversación porque no quería regresar a mis pensamientos acerca de esa temporada, pero algo se quedó dando vueltas en mi cabeza.

A los pocos minutos llamó él, desde el hotel, para saludarnos. Mi hija menor había estado escuchando la conversación con mi suegra y no dudo que ella se acordaba lo que él había dicho esa noche, la del asalto.

—¿Por qué haces llamada en vez de hacer video llamada? —le dijo de buenas a primeras—. Quiero ver el hotel.

Mi esposo se puso nervioso, le dijo que no sabía cómo se hacía el cambio, que iba terminar la llamada para volver a llamar con video. Se demoró muchos minutos. Luego mandó un mensaje de que no había buena señal, que estaba muy cansado y que ya nos veríamos al día siguiente.

Contrario a lo que había pasado en los anteriores regresos que todo era alegría y felicidad, en este regreso los hijos se portaron bastante indiferentes y yo fingí una tranquilidad que no tenía. Un pensamiento disruptivo se había instalado en mi mente.

Luis, aparentemente, estaba tranquilo. Pensé que iba a volver a los comportamientos extraños, pero no lo hizo.

Una mañana dijo que se quedaría en la casa haciendo teletrabajo y no fue a la oficina. En mi trabajo nos avisaron que una compañera había presentado influenza y nos mandaron a todos a hacernos la prueba. El que diera positivo debía ausentarse del trabajo. Desafortunadamente di positivo y regresé a la casa, medicada. No le avisé a Luis para que no se negara a hacerse las pruebas. Cuando llegué, no estaba, pero había dejado su computadora abierta. No sé qué me pasó, yo siempre fui respetuosa. Entré a sus chats. Empecé a revisar sus conversaciones, nada que me llamara la atención, estaba a punto de levantarme cuando llegó un mensaje de que le decía “miamor” y que le estaba mandando la ubicación de un hotel en la próxima ciudad a la que le tocaba ir de supervisión. Revisé el perfil. No parecía ser una mujer. En ese chat no había nada más. Apunté el número y lo guardé en mi celular. Me costó mucho aparentar calma. Dejé todo como estaba y me fui a acostar. Mi cabeza daba vueltas. Me estaba engañando, tenía otra mujer. Yo ya lo sospechaba, pero no quería ver.

Cuando regresó, fingí estar dormida. No quería hablar con él, no quería verlo. Finalmente, el sueño me venció. En la tarde, le pedí que se fueran al laboratorio a hacerse la prueba de influenza. Accedió de mala gana.

Su computadora seguía abierta. Los mensajes de la supuesta amante habían sido borrados. Estaba en línea y me atreví a escribirle “mi mujer se ha enterado, ¿qué pasa si esta vez no quiero ir?” Largos minutos pasaron hasta que envió su respuesta: “usted sabrá, papito, ¿se acuerda lo que le pasó la última vez que no quiso ir?”.

Marcela Iglesias nació en San Salvador el 12 de marzo de 1972. Por causa de la guerra civil desatada en su país emigró a Ecuador, donde reside desde 1988. Profesora de matemáticas desde los 13 años, siempre tuvo el deseo de escribir. Ahora se considera una escritora en construcción.

EL SECRETO DE LA PUERTA PLATEADA

Tomislav Takac

Cuatro figuras sombrías avanzaban lentamente por el castillo abandonado, dejando huellas en la gruesa capa de polvo sobre el suelo de piedra, intacto desde hacía siglos.

El líder del grupo caminaba al frente: un valiente caballero, el poeta Lurien, de cabello rubio y rizado y un fino bigote. Tenía voz de ángel. Vestía una armadura plateada, con protecciones para las rodillas y las pantorrillas. Bajo la armadura llevaba una túnica nueva, de un hermoso verde oliva, tejida con hilos de plata y oro. La vaina vacía de su espada estaba adornada con piedras semipreciosas y ornamentos de bronce y plata con forma de aves canoras y estrellas, que colgaban de su cinturón. En la mano derecha sostenía con destreza una espada de acero de alta calidad, recubierta de plata. En la cabeza llevaba un sombrero curioso, adornado con las plumas de un ave muy colorida. Era un regalo de su querida Merlisa, la única mujer del grupo, que caminaba con cautela justo detrás de Lurien.

—¡Lurien, querido! ¿Cuánto tiempo más vamos a vagar por esta ruina helada? —dijo Merlisa, visiblemente aburrida.

—No te preocupes, palomita mía. Siempre estás a salvo conmigo, ¡aunque aparezca algún monstruo!

—¿De verdad crees que ese palillo plateado puede hacer algo? —dijo Derdon, el tercer miembro del grupo, un mago de ochenta y dos años.

Aunque a primera vista pudiera parecerlo, no era el más viejo. Ese título pertenecía al cuarto y último integrante: Anton, el gólem. Tenía el aspecto de un joven de unos veinte años, pero contaba con varios siglos de existencia; ni él mismo conocía su edad exacta. Sus extraños ojos púrpura, inhumanos, y su piel de arcilla –similar al tacto humano, pero dura como el acero– lo delataban.

—¿Dudas de mi destreza con la espada, anciano? —le dijo Lurien a Derdon.

—¿Dudar? ¡Ja! ¡Niego que la tengas en absoluto, maldito troll engreído! ¿Y dónde está esa condenada puerta? ¿La encontraremos antes de que estire la pata?

—Si no fueras un viejo débil, te retaría a duelo por haber mancillado mi honor frente a esta hermosa dama, cuya belleza no tiene parangón en todo el continente —dijo Lurien, furioso.

—¿En el continente? —se preguntó Merlisa—. Lurien, querido, ¿no me dijiste hace dos días, mientras yacíamos en la cama viendo el amanecer, que yo era la mujer más bella del mundo?

—¡Oh, cómo pude olvidarlo! Por supuesto que lo eres, amada mía. ¡Ni siquiera las diosas del cielo pueden compararse contigo! —se justificó Lurien.

Derdon comenzó a reír, lo que irritó tanto a Lurien como a su amada.

—¿De qué te ríes, viejo necio? ¿Qué tiene tanta gracia? —se ofendió Merlisa.

Anton observaba en silencio, aunque con evidente interés.

—Bueno… no diría que seas la más bella —dijo el mago—. No me malinterpretes: eres muy hermosa. Pero hay muchas más bellas todavía, como la princesa élfica Erlirla, la de cabellos plateados.

—¡¿Cómo puedes decir que esa mocosa es más hermosa que yo?! ¡¿Más hermosa que yo?! —Merlisa intentó agarrar al mago por la barbilla y patearlo en la entrepierna, pero su amado la detuvo, tomándola suavemente de los brazos y calmándola con un beso en la mejilla.

Ella se tranquilizó un poco, pero el viejo mago volvió a burlarse, sacándole la lengua como un niño.

—¡Por los dioses, Derdon! ¿Cuántos años tienes: ochenta u ocho? No te comportas como alguien de tu edad. ¡Discúlpate con la joven! —intentó mediar Lurien.

—¿Disculparme? ¿Con ella? ¡Ja! ¿Y qué decías de mi edad? ¿Debería quejarme todo el tiempo de mis achaques o soltar peroratas llenas de sabiduría solo porque entré en la novena década? ¡No soy estúpido! Me estoy muriendo, jovencito. ¡Busquemos esa maldita puerta! Espero que sea la entrada a un enorme tesoro lleno de oro; de lo contrario, estaré muy decepcionado y furioso por haberme traído a esta ruina polvorienta a escuchar el cacareo de tu palomita: “¡tráeme esto, cómprame aquello!”. ¿Crees que me casé una sola vez en la vida por casualidad? ¡Para conservar al menos un resto de sentido común!

—Eres una cabra testaruda y chauvinista —replicó Lurien—. Pero un trato es un trato. Encontremos la puerta, abrimos el cofre del tesoro, lo dividimos en partes iguales y cada cual sigue su camino. Me fastidias, pero cumpliré el acuerdo. ¿Está bien?

—Está bien… ejem, ¿y dónde está exactamente esa puerta y qué fue lo que te dijo ese medio elfo borracho? —preguntó Derdon, suspicaz.

—En el nivel más bajo de Ulder Zur, cuyas ruinas estamos recorriendo ahora —explicó Lurien.

—¿Y por qué no la puso en un lugar más accesible? ¿En el segundo piso, por ejemplo? ¿O en la planta baja? —gruñó Derdon.

—¿Querías que construyeran el castillo a tu gusto? Ya basta de estorbar con tus quejas… ¡Ahí está! ¡Al fondo del pasillo!

Todos vieron de pronto la puerta plateada del tesoro. Era imposible no advertirla: medía más de tres metros de alto y más de un metro de ancho. Además, era lo único que no había sucumbido al paso del tiempo: no tenía ni una mancha de óxido, solo una fina capa de polvo.

El pasillo que conducía a la puerta estaba decorado con pinturas casi podridas en marcos dorados y restos de banderas y tapices antaño hermosos. Pero la decoración más aterradora estaba en el suelo: docenas de esqueletos con armaduras y túnicas ya deshechas o corroídas. Algunos se abrazaban en la muerte; otros se habían atravesado mutuamente con espadas.

El grupo intentó ignorar la escena, mientras un sudor helado les recorría la espalda. Anton, por supuesto, no sentía miedo, pero sí tristeza: aquellas personas habían llegado hasta la puerta y, en lugar de cooperar, se habían peleado por tonterías.

Lurien se acercó y examinó la puerta con atención. No tenía adornos. Solo una manija redonda, sin cerradura ni ojo de llave, y una inscripción en un idioma que desconocía.

—Derdon, no puedo leer esto. ¿Sabes qué dice?

—Ah… sí. Dialecto élfico antiguo, de las estribaciones de las Montañas Grises. Pocos lo conocen. Veamos… dice: “Ningún hombre puede… abrir esta puerta”.

Merlisa sonrió con malicia.

—¿Ningún hombre? ¡Perfecto! Adelante, querido. Además, estás protegido por el medallón del Bosque de Bronce. Nadie puede hacerte daño.

Lurien tomó la manija antes de que el mago pudiera reaccionar, le sonrió a Merlisa… y al instante siguiente la puerta se activó, reduciéndolo a un montón de cenizas y huesos. El medallón se derritió como manteca sobre hierro al rojo vivo. La espada conservó su forma, pero la plata se desprendió de ella.

El grupo quedó atónito. Merlisa fue la primera en hablar:

—¡No! ¡Mi querido Luri! Bueno… siempre me queda Arlin.

—¿Arlin? ¿Quién es…? —murmuró Derdon—. ¿No te da pena esta criatura?

—Un poco… pero nada que una o dos toneladas de oro no curen. Ahora apártate, viejo. Tú mismo leíste la inscripción: esta puerta necesita el toque de una mujer. Los hombres no sirven para nada.

Justo antes de que tomara la manija, Anton leyó la inscripción por curiosidad… y notó el error en la traducción. Pero ya era tarde.

—¡Espere, señorita, la traducción no es…!

Merlisa no escuchó. Al instante siguiente se convirtió en cenizas, huesos calcinados y joyas medio derretidas.

—¿Qué quieres decir con que no era correcta? ¿Y por qué no la detuviste? —preguntó Derdon.

—La traducción era correcta, salvo por una palabra —dijo Anton—. No dice “varón”, sino “humano”. “Ningún ser humano puede abrir esta puerta”. Ni hombre ni mujer. Ese es el sentido exacto.

—Las mujeres son difíciles de entender —concluyó sabiamente el mago—. ¿Y ahora cómo la abrimos?

—Lo intentaré yo —dijo Anton—. Soy un gólem.

Tomó la manija. Nada ocurrió. Tras un gran esfuerzo, logró abrir la puerta.

Dentro no había oro ni joyas. Solo una vela púrpura ardiendo desde hacía siglos y una mesa con un pergamino.

Anton lo leyó:

“Querido ladrón o aventurero: felicidades por comprender el mensaje de la puerta. Eso demuestra que eres una persona instruida. El tesoro que buscas se encuentra en otro castillo. Mucha suerte en tu búsqueda”.

Ambos rieron largamente.

—Enterremos a esos dos necios —dijo Derdon al fin—. Fueron nuestros compañeros.

Y así lo hicieron, antes de marcharse hacia la taberna, mientras el sol se ponía tras Ulder Zur.

Tomislav Takač nació en 1988 en la ciudad de Subotica, Serbia. Desde pequeño, le fascinó todo lo extraño y con el tiempo se convirtió en una especie de enciclopedia andante. Empezó a escribir novelas y relatos hace cinco años y no ha parado desde entonces. Actualmente trabaja en una fábrica de calcetines para mujer.

 

LAMIA

Vladimir Koultyguine

 

Empezamos por el rostro. Esa es la parte que más interesa. El resto ni siquiera es necesario. El diseño de la nariz, la arquitectura de las orejas con todo lo intrincado del oído: todo eso debe tratarse con la mayor precisión posible, con perjuicio lamentable de otras partes no menos importantes del organismo. Muchos jóvenes diseñadores tienen la costumbre de jactarse de la capacidad recién adquirida de saber diseñar rostros con rasgos variados, después de tanto practicar con las manos y los pies. Aquí sucede lo contrario: siempre se empieza por la cara, y pocos son los que saben algo –o casi nada– de las piernas, por ejemplo.

El rostro es lo que se ve, dicen. El rostro es lo que ve, decimos.

Aquella tarde el trabajo había ido bien. Mejor de lo normal. La segunda encomienda. Andrés, en la mesa con sus lápices, miraba fijamente el cráneo frente a él, con el cerebro aun pulsando. Iván, delante del ordenador, comparaba cálculos y modelaba previsiones. Y yo pensaba qué escalpelo elegir para hacer los primeros cortes.

Abajo, en el pasillo, esperaba Yannick. El pobrecito siempre había creído que era chófer de una empresa de material médico. Pues, en cierto sentido, así era…

Fue el primero en morir, junto con una anciana que, al abrir la puerta de su apartamento, lanzó una mirada a los cuatro hombres enmascarados y por eso recibió una de las primeras balas. Pero el cuerpo que vimos primero fue el de Yannick: los canallas se escudaron detrás de él al entrar en la sala. Yo me salvé por el simple y estúpido hecho de estar sentado en el cuarto de baño. Después de matar al resto, se marcharon corriendo. Oí el silbido de los neumáticos, presumiblemente de su coche, una furgoneta, supongo. No se habían tomado el trabajo de averiguar cuántos éramos. Tuve que recomponer fuerzas apresuradamente para salir antes de que me vieran. Luego, en casa, cambiarme de ropa y marcharme definitivamente, llevando solo lo indispensable.

Fue recién en el tren, rumbo a ninguna parte, cuando tomé conciencia del miedo.

 

Diario de Román Lorongo 10.09.20**

Hace una semana me trasladé a este barrio de Moscú, no muy lejos del centro (para quien disfruta caminar), y bastante cerca de un parque que se transforma en bosque. Un lugar perfecto para correr de madrugada. Las grandes carreteras, plaga universal de esta ciudad, apenas se oyen aquí. Y hay un sitio –solo un punto, un cuadrado de tres metros por tres en medio de un claro, cercado por tres robles– donde ni siquiera llega un sonido externo. Lo comprobé: estuve en cada punto del bosque y siempre se oían ruidos de la gran ciudad. Al final encontré mi lugar de meditación.

Desde el principio hubo obras. Un vecino me dijo que habían empezado el año pasado, pero no veo a nadie trabajando. Más que un barrio dormitorio, es un cantero de obras. Obras de dormitorio, diría. Muy bien. Llevo meses sin dormir bien. Que se hagan obras en este dormitorio que es el mío.

 

Notas de Andrés Jomirovsky

Durante un año vino a la consulta un paciente poco común. Inicialmente llegó quejándose de una sensación “extraña” debajo de la rodilla. No podía indicar el lugar preciso: decía que la sensación “viajaba”, describiendo un círculo bajo la rodilla, a veces descendiendo hasta el tobillo. La percibía sobre todo en la parte delantera, aunque a veces también hormigueaba una zona de la pantorrilla. La palpación resultó inútil; los exámenes de rutina tampoco aportaron información relevante. Decía que no le dolía, que era solo un simple hormigueo, pero llevaba ya mes y medio y no cesaba. Destacaba –lo repetía en cada visita– que tampoco desaparecía por la noche.

No estaría escribiendo esto ahora si no fuera por la desaparición súbita del paciente, que no acudió a la última cita programada la semana pasada y cortó todo contacto. La clínica no logró localizarlo para cobrar la consulta no realizada. Y yo tengo una sensación extraña… no tan extraña como la suya, supongo: la impresión de que su desaparición encierra una importancia que no consigo identificar.

Con el tiempo empecé a sospechar que quizá todo fuera una simulación. No me parecía algo “mental”: en la cabeza lo tenía todo en orden, sin brotes ni confusiones. A veces comentaba lo extraño que debía parecer su caso; recordó incluso el ejemplo clásico de los insectos en la caja de fósforos, asegurándome que no pretendía presentarse con un delirio de parasitosis. (He tenido experiencias así).

Lo que hacíamos eran ejercicios físicos para la pierna. Al principio sugerí que se trataba de una pérdida de sensibilidad; debía ser así, al menos en parte. No había cambios de coloración ni otras alteraciones visibles. Tratamos la sensibilidad, los nervios. Pensaba, al verlo esforzarse sin resultado, que realmente tenía problemas, el pobre.

Nunca supe a qué se dedicaba. Al preguntarle, obtenía respuestas ambiguas, ni afirmativas ni negativas. Algo me llamó la atención: en algunas ocasiones, después de decir algo, lo repetía de inmediato de forma más simple. Como si hablara para alguien incapaz de comprender un lenguaje más sofisticado o profesional, que era el suyo y el mío. ¿Sería profesor universitario o de escuela? ¿Química o matemáticas? “Y ahora veamos los enlaces covalentes del carbono desde el punto de vista del álgebra booleana”. ¿Tiene sentido lo que acabo de escribir?

 

Diario de Egor Svigomierski 20.09.20**

Llegué a casa alrededor de las nueve y media. Apenas recuerdo el resto del día; este maldito trabajo me quita las ganas de pensar. En las últimas dos horas estuve furioso. ¡Los documentos! ¡Las firmas! Y para colmo, Serguéi encontró un error en los cálculos: los revisábamos todos y resulta que el cerdo tenía un problema con el monitor, una línea de píxeles que le parecía un número añadido.

Esto de llevar un diario ya empieza mal. El psicólogo es buena gente, pero no sé si es posible arreglarlo todo solo hablando y tomando notas.

Emoción del día: frustración, furia, vacío.

Vale. Tengo que intentarlo.

 

21.09.20**

No he dormido nada. El dolor en la rodilla. No. Me. Deja. Dormir. Pensé que ya lo había superado, pero el médico insiste con sus comprimidos ¡y nada! Ni siquiera me dijo qué es. Esos médicos, con sus palabrotas de alto voltaje.

Una mujer me sonrió. Por primera vez en años, pude hablar sin freno con el otro sexo.

 

23.10.20**

Mis sueños empiezan a inquietarme. No los recuerdo, pero al despertar siento que no he sido yo. Y por la noche, al ir al baño, con las luces encendidas como en el sueño, capto imágenes que no pueden estar ahí. NO PUEDEN ESTAR.

 

7.1.20**

NO PUEDE SER. Y por la noche, la fiesta. Un brillo. Una superficie, ¿cómo describirla? Lama. Todo lama. Un círculo de lama. ¡No, círculo no! Un… un no-sé-qué hexaedro de lama. Y yo –no en el centro, no– en la periferia, con esa ansia de volver al fondo. Y ese fondo… ¡tan de estiércol!

 

15.1.20**

He obtenido lo que esperaba: un aumento de sueldo.

El dolor de la rodilla persiste, pero no he vuelto al médico. Debí hacerlo. No tengo fuerzas.

 

Notas de Andrés Jomirovsky 20.10.20*

No vi nada de eso antes de aquello.

 

Nota encontrada en el suelo del hospital n.º **

Lo he visto. ¡Lo he visto! ¿Qué hará que pueda desverlo?

 

Diario de Román Lorongo 10.09.20**

Preguntan si es todo o nada. No sé por qué, pero preguntan en portugués. Tudo es todo. Tienen una palabra esencial para el todo. Todo, tudo.

¿Y aquel rostro que fabricábamos?

 

Notas de Andrés Jomirovsky

Hay algo que no me deja en paz. Si aquel hombre, Egor, experimenta movimientos espontáneos sin darse cuenta y dice que le duele, ¿por qué no he podido detectar la fuente del dolor?

Han pasado algunos meses. Terapia, ejercicio, todo eso. El dolor se vuelve más profundo, dice, y parece sinceramente incapaz de localizarlo. A veces en la rótula, a veces debajo de la rodilla, y en los últimos días llega hasta la pelvis. Y esos movimientos… cuando habla, sacude bruscamente la pierna izquierda; al caminar, parece querer arrodillarse sobre ella. Prescribí un examen neurológico. Espero que aparezca.

Apareció. Después del examen.

Creo que es hora de contratar a un detective privado. No lo haré, claro. Pero el caso me interesa tanto que –Hipócrates me perdone– voy a seguirlo yo mismo.

 

Notas de Román Lorongo 23.12.20**

En los últimos días, un hombre me persigue. Me resulta conocido, pero no logro recordarlo. Lo vi en algún lugar, eso es seguro… ¿Será uno de aquellos sicarios?

A veces no recuerdo cómo ni dónde me acosté. Trato de no beber demasiado –eso ayuda–, pero la resaca se acumula. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy?

Ahora me doy cuenta de algo que hice. Tal vez no haya manera de revertirlo. No hay vuelta atrás. Sabes –me hablo a mí mismo, creo–: he tenido y sigo teniendo este sueño: un gran hoyo en la tierra, todo deshecho, todo en ruinas, armaduras colgando. No se ve el fondo, pero no puedo llamarlo abismo. ¿Ese abismo soy yo? Y de pronto voy en el tranvía, bordeando el hoyo, y la próxima parada es ***. Recuerdo el nombre, pero no lo escribiré aquí, por miedo a que puedan descubrirme. El tranvía se detiene y todos me miran. No me ven; no pueden verme, no pueden ver: ¡no tienen ojos! Y si me muevo un micrómetro, se lanzarán sobre mí. Lo veo con extrema claridad. Y estamos al borde del abismo –de mi abismo– de mí-abismo.

Hoy me han encontrado.

 

Notas de Román Lorongo

Lo acompañé hasta su casa. No me hizo caso… hasta el momento en que… No puedo describirlo. Ni siquiera podía imaginar que sería tan fácil.

 

Notas de Andrés Jomirovsky

¿Qué quiere de mí este médico loco? Me persigue desde hace semanas… Mejor leer un poco antes de dormir. Pero, carajo, no me deja en paz. ¿Y si todavía está ahí? ¡Está! Ni siquiera se esconde. ¡Qué cabrón! Tengo que cambiar de médi…

 

Y así debía terminar. Solo teníamos un ejemplo.

Pues… para quien lo lea, hay esperanza. El prototipo se quebró. Yo me quebré. No supieron evitar el uso de armas. Con mis últimas fuerzas escribo este mensaje. No importa dónde ni cómo lo encuentres. Lo esencial es que el prototipo se quiebre. Si no hay nadie…

La lamia me ha roído el hueso. Uno solo. Y con eso me rendí. Ella, probablemente, ha escapado. Sin llegar al rostro que habíamos construido. Sin llegar a la primera parte que hicimos para ella.

Vladimir Koultyguine nació en 1987 en Moscú. Es periodista, conforme a su diploma universitario, pero trabaja también como traductor de varios idiomas como español, portugués, francés, inglés y polaco. En 2010, terminó la facultad de Periodismo de la Universidad de Moscú; en 2011, estudió en la Universidad de São Paulo, Brasil, y en 2013, defendió la tesis de Ph.D. en Moscú sobre el modernismo brasileño, con traducciones. Le encantan los pequeños y grandes misterios de este mundo, los que nos aguardan. O no. Y esto, cree, es una de las principales misiones de la literatura: buscar y resolver o revelar misterios. Actualmente reside en Gdansk, Polonia.

 

viernes, 30 de enero de 2026

LOS SIETE DURMIENTES

Rosana Aldonate

 

                                                              … vi… a Averroes, que el gran comentario hizo. Dante Alighieri

La Divina Comedia

 

Los siete camaradas subieron al avión que los conduciría al destino prefijado. Escapaban del terrorismo de estado imperante en el país natal cuyo gobierno consideraba peligrosa a la juventud y era intolerante con las ideas que los jóvenes profesaban por considerarlas atentatorias contra la civilización occidental y cristiana, de la que los gobernantes se erigían en guardianes. Huían de la amenaza que pesaba sobre sus cuerpos y sus vidas.

Cercanos a la aeronave percibieron la escalerilla como el acceso a un reducto protector, a un verdadero refugio. Ocuparon sus asientos, precintaron el cinturón de seguridad alrededor del cuerpo como quienes se sujetan a la seguridad aniquilada en el país que dejaban y dispuestos a la libertad también allí cercenada.

Despegaron en el avión que se internó en las nubes con hipnóticas alitas blancas. Conciliaron rápidamente el sueño ausente en las anteriores vigilias expectantes y prolongadas. El reposo se les fue animando de imágenes múltiples y caleidoscópicas, reconfigurándose en ficciones más organizadas.

Tuvieron un sueño en común en el que los siete partían en busca de palabras, de dos palabras que en el sueño se graficaban como dos gigantescos paréntesis que incluían puntos suspensivos en su interior, mientras el séptimo punto caía fuera del paréntesis. Saltaron de los puntos a un piso denso, resbaladizo; patinaron hasta chocar contra una muralla en la que estaban dibujados los dos grandes paréntesis de nada. Los puntos se habían borrado. ¿Por la lluvia? Continuaron caminando adosados al muro por varios kilómetros, sofocados por el calor y el cemento. La muralla desapareció dentro de los paréntesis. Avanzaron entonces junto a las marcas semicirculares. Mareados, cruzaron la línea e ingresaron a un cuento. El desconocimiento de las dos palabras continuaba. Obtuvieron un salvoconducto para asomarse al inicio y al final del relato, previo a lo cual tuvieron que inventar un aparato necesario para encontrar lo que buscaban. Se toparon con una directa indicación para los lectores “si desean conocer cuál es el aparato que inventaron los siete durmientes leer la nota al pie de página que refiere al segundo significado en el diccionario de la palabra busca (*)”. En el dispositivo creado recibieron un guarismo al que descifraron como el número de la página a la cual dirigirse.

 En la carilla indicada se encontraron con un asterisco que especificaba: *si quieren saber cuáles son las dos palabras que desconocen los siete durmientes por favor remitirse al cuento “La busca de Averroes” de Borges. Gozando del permiso recibido y haciendo uso de su invento pudieron volver desde el desarrollo del cuento a la página de inicio donde estaban planteadas por Averroes las dos palabras que les faltaban.

Se sorprendieron de no despertar una vez provistos de ambas palabras, lo que implicaba que no habían llegado aún al ombligo del sueño.

Un nuevo número apareció en la pantalla del artificio. Saltearon una, dos y tres páginas del relato hasta llegar a la cifra apuntada en el visor. Fueron espectadores y a la vez actores de lo que allí acontecía: escenas de una obra de teatro titulada “Los siete durmientes de Éfeso”. Siete durmientes como ellos pero de Éfeso, no de Argentina, se retiraban a una caverna, oraban, dormían con los ojos abiertos, despertaban trescientos nueve años después, entregaban al vendedor una moneda.

Esa moneda fue para el vendedor la prueba suficiente de que los siete durmientes de Éfeso venían de otra época, y la cruz que vieron los siete durmientes en la cúspide de una iglesia de Éfeso fue para los siete cristianos la demostración de que no estaban en su tiempo, en el que se perseguía a los cristianos. Como dijo un filósofo francés, resultó una ironía que los siete durmientes de Éfeso despertaran tan tarde cuando el cristianismo estaba impuesto y ya no había ningún escéptico por convencer.

Nuestros siete durmientes en cambio pensaron que al contrario de los durmientes de Éfeso que debieron esconderse en la caverna de la persecución del emperador pagano, ellos escapaban de quienes se arrogaban ser custodios de la civilización justamente cristiana y pensaron también si, cuando despertaran, estarían a tiempo de incidir en las circunstancias o si sería demasiado tarde.

Ingresaron a un campo silencioso de amapolas y valerianas que rodeaba la entrada de una caverna oscura. Para pasar debieron dejar en la boca de la gruta su invento y las dos palabras que habían recuperado en el cuento “La busca de Averroes”. La oscuridad reinante era total, no podían hacer otra cosa que sentarse en cualquier sitio próximo.

Una brisa perfumada nutrida de imperceptible polen se inmiscuía del exterior espesando la negritud interior e incitándolos al sueño. No era posible sustraerse a esa natural inducción hipnótica. Se dejaron ir dócilmente porque siempre se puede despertar por obra de un ruido o de algún real. Antes de llegar al sueño profundo advirtieron con cierta inquietud que se trataba de un sueño dentro del sueño y que la caverna, absolutamente oscura, estaba custodiada por un tal Morfeo cuya principal tarea es evitar que los ruidos despierten al durmiente. Les quedaría entonces como único recurso encontrar el real para despertar del dormir fatídico, pero inmediatamente cayeron en la cuenta de que lo real es imposible de representar. En ese último borde lúcido conciliaron el sueño de manera profunda. Allí donde ya no se sueña

(*) Busca: mensáfono, aparato portátil que sirve para recibir mensajes a distancia.

Rosana Aldonate es licenciada en psicología de la UNT, Magister en Administración y Gerenciamiento en Salud de la Universidad Favaloro y Magister en Clínica Psicoanalítica. Actualmente se desempeña como psicoanalista y perito judicial. Ha publicado, entre otras obras, Por todo lo durante (poesía, 2003), El cuartito del otro lado (relatos, 2008), “El enigma de camarones” (cuento largo, 2012) y La nota y el énfasis (relatos breves y microrrelatos, 2025). Participó además en diversas publicaciones colectivas como Letrarte (2010) y Aturucuto2 (2011). Escribe en Revista Avatares (de psicoanálisis) del CID Tucumán, en Revista Link! (Cultural) de Tucumán. Escribió en Revista del Colegio de Psicólogos de Tucumán, en Revista Enlaces (de la Orientación Lacaniana) Buenos Aires y en los blogs Rebussuber y Litur-a-tulia (Madrid).

 

YO SOY LA ESPERANZA