jueves, 5 de febrero de 2026

GRAN DIOS PERRO

Cristian Mitelman

 

Súbitamente los ladridos empezaron a eso de las ocho, cuando el cielo de verano ya empieza a enrojecer y la luz se recorta sobre los árboles que se han ennegrecido y parecen sombras errantes que han caído sobre un sitio desconocido. Todos los ladridos del mundo, pensó el viejo Irfan mientras miraba el modo en que los colores de las botellas de licor se resolvían en un tono ocre. Desde hacía cuarenta años, Irfan atendía el boliche de la familia. Los otros hermanos se habían ido: solo él había persistido en el pueblo y ya no sabía si en aquello había un acto de lealtad a los mayores o una solapada forma de fracaso.

Irfan miró hacia la ruta y supo que los perros estaban entre el monte y los campos de los Arasary, aunque nunca habían bajado al pueblo como decían algunos. Él los hubiera visto llegar. Desde hacía dos meses que los perros empezaban a aullar de un modo feroz y luego venían ráfagas de ladridos que terminaban pasada la medianoche y a veces podían seguir unas horas más. La vez anterior el incordio había llegado hasta el alba.

Por eso, aquella noche creyó enloquecer y pensó que los dos hermanos Asdrúbal tenían algo de razón en eso: daban ganas de liquidar a los cimarrones. Aunque para los Asdrúbal se trataba de otra cosa. Según ellos, los perros eran una estrategia que usaba el viejo Arasary para quedarse con esas tierras de mierda que a él no le servían para nada, tal como decía el mayor de los Asdrúbal, y lo decía mientras tomaba la caña y miraba con odio las baldosas del boliche, ese viejo de mierda, repetía para ganar la condescendencia de quien estuviera escuchándolo, porque cuando bebía, a Nicanor Asdrúbal se le daba por mirar fijo a cualquier contertulio y lo hacía con ese rencor que le venía de antes, de cuando encontraron a la hermana muerta en una de las parcelas del viejo Arasary, y desde entonces había decretado que ese viejo roñoso, dueño de vaya a saber qué brujería, había hechizado a los perros para que mataran a la hermana, y en eso su juicio era inapelable. Pero estaba equivocado, tan equivocado que hasta el juez de instrucción de Mercedes se lo había dicho, le había dicho que se dejara de joder, que lo de su hermana no eran mordidas de perro, sino que el cuerpo muerto había sido encontrado cerca del cañaveral y que las ratas lo habían devorado a lo largo de dos o tres días. Así le había dicho el juez, y hasta le explicó con ese tono de hombre amparado en la ciencia y el poder que los pasos de la joven no habían apuntado al campo de Arasary, sino que lo habían bordeado porque quería ir a otra parte, que para eso estaban la ciencia y los peritos. Claro que el señor juez podía permitirse aquel lujo porque no vivía en el pueblo, sino en la ciudad. Y además era sobrino del intendente y el intendente era íntimo del gobernador. El gobernador estaba harto de esos pueblitos de mierda que sólo le reportaban tres o cuatro votos que se podía comprar con facilidad y que sólo eran una absurda marejada de problemas que no se terminaba de resolver, aunque pasara el tiempo y pasaran las generaciones.

Los dos hermanos Asdrúbal querían liquidar a todos esos perros porque eran un peligro. Lo cierto es que hasta entonces nadie había sido atacado por aquella jauría sufriente que empezaba su coro al atardecer. Además, ni siquiera tenían la juvenil prepotencia de las jaurías. Por el contrario, había algo de extraña timidez en aquellas bestias más parecidas a fantasmas que a animales.

Pero poco antes del amanecer los aullidos fueron convirtiéndose en gruñidos que el viento fue desparramando hasta llegar a ese momento de silencio que le permitió al viejo Irfan dormitar un momento. Luego se levantó y el sueño extrañamente se le fue: el cuerpo responde a las noches en vela con una precisión que no esperamos.

Ese mismo día supo que el perro de los Anselmi había estado todo el día mirando un muro viejo que lindaba con la vieja propiedad de unos ingleses que se habían ido del pueblo. Había algo en la mirada de aquella bestia que parecía estar escudriñando una especie de texto sagrado cuyo lenguaje secreto sólo él lograba entender.

Ellos saben, le dijo el viejo Irfan a Anselmi: hay algo que los ha alertado. Estos perros nos miran a nosotros y lanzan sus lamentos. Y enseguida le dijo que esa noche había sentido deseos de matarlos a todos, pero que apenas el día empezaba su engranaje aquel deseo se le iba.

Nadie en el pueblo se explicaba aquel cambio. Las actitudes iban desde el silencio hostil, las miradas fijas en un punto, los sonidos plañideros o esa violencia fantasmal que venía de los cimarrones invisibles. Ya nadie sabía qué carajo hacer.

Y entonces pasó lo del ovejero de Arasary. Entró rengueando en el bar y se quedó allí, debajo de una de las mesas. Irfan tendió la mano a la cabeza del animal y entonces supo que algo había pasado. Lo entendió de un modo natural, una especie de tristeza que un rato después logró traducir en palabras: “el viejo Arasary se está muriendo ahí, en ese casco medio destartalado en el que vive; está solo, tiene fiebre, una cuchara se la ha caído de la mano. Las hormigas recorren esa cuchara y se van quedando pegadas: un hervidero de hormigas late debajo de los tablones. El viejo tiene sed”.

Cerró el café y llevó varias botellas de agua mineral a la camioneta roja. Las cargó lentamente y cuando apareció Gómez le dijo que debía ausentarse por unas horas, que era una urgencia. Subió al perro, al que tuvo que levantar porque ya era viejo y arrastraba un problema en la cadera.

Pensó que Gómez debería tomarse la caña en el otro café y una absurda culpa lo arremetió. Se consoló pensando que no podía estar en todas partes.

La camioneta pegó un rodeo y entró en el camino de tierra. La polvareda caliente tejió un pequeño remolino en el aire y luego se desvaneció. No iba a tardar demasiado: a lo sumo en una hora iba a estar de vuelta si no pasaba nada raro. Enseguida pensó que si el viejo estaba muerto iba a tener que dar parte a la policía y ahí sí el asunto se complicaría. ¿Cómo explicar eso que era una corazonada, pero que tenía algo más que un mero pálpito, algo que a él le pareció brotado del mismo cerebro del viejo animal que estaba a su lado y que miraba el camino con la cansada tristeza de algo que parecía inevitable?

Al entrar en la cañada la camioneta empezó a patinar, hasta sentía el viboreo de las chapas y esa forma indócil en que el volante parece responder a una lógica distinta de la propia mano. Se sintió aliviado al salir y al retomar la senda apisonada vio a lo lejos la enorme antena que habían instalado meses atrás. Allá arriba, sobre el ensamble de los metales, el radar (o lo que fuera) parecía un enorme ojo que buscaba una verdad que estaba más allá de la tierra.

Lo sorprendió el ladrido del perro. Había algo metálico en el sonido que salía de su garganta. Irfan al principio lo miró con temor. Es cierto, era un animal viejo, pero conservaba todavía esa fiereza de los viejos mastines que habían sido domesticados con esa mezcla de astucia y palos que el viejo Arasary dominaba mejor que nadie. Los ojos apuntaban fijos hacia la gran antena y entonces Irfan miró también y vio el movimiento de varios cuerpos lejanos. Detuvo el motor como si estuviera haciéndole caso al perro que iba con él. Supo que de allí provenían los aullidos que durante la noche le habían impedido el sueño. No eran muchos: cinco o seis. Y en el centro había uno que no era ni más grande ni más pequeño. No tenía nada en especial, pero los otros lo rondaban como custodios que hacían guardia en la entrada de un templo. Se acercó despacio hasta ellos. La jauría lo miró al principio con indiferencia y apenas escuchó un gruñido una vez que estuvo demasiado cerca. Si bien era una advertencia no agresiva, supo con claridad que ese primer colmillo que asomaba le estaba diciendo que él no podía franquear el umbral. A su compañero lo dejaron llegar sin ninguna muestra de hostilidad. La renguera lo hacía avanzar de un modo desprolijo entre los pozos, pero aquel cuerpo se incorporó entre los otros cuerpos y entonces el viejo Irfan sintió que esta vez debía ir solo a la casa del viejo. Antes de volver a la pick up el sonido de un llanto lo sacudió. Echado en la tierra, el animal de Arasary lanzó una mezcla de ladrido y lamento. Era para él y era para su dueño.

“Me voy antes de que el viejo se muera de sed”, se dijo. Y enseguida pensó que aquellas palabras que se habían formado en su mente no provenían de él. Tuvo la sensación de alguien se las había dictado al oído.

Cuando llegó, lo encontró tirado en el camastro. Los ojos enrojecidos cruzados por leves estrías amarillas; la piel que ya empezaba a apergaminarse en la comisura de los labios.

Irfan tomó una de las botellas que había llevado y buscó que Arasary bebiese. El agua resbalaba; le costó desentumecerle la lengua.

Le preguntó tres veces qué le había pasado, pero el viejo ya estaba en la fase final de la agonía, cuando todo está mezclado y la mente empieza a disolverse en un fárrago de imágenes sin tiempo antes de fundirse en el vacío absoluto.

“La alberca”, fue lo último que llegó a decir Arasary. El cuerpo se le tensó por última vez, acaso como si hubiese estado esperando aquel momento para irse, como si no pudiera morir sin decir algo que era la clave de su vida y de su muerte.

A Irfan le llegó a la piel la sensación de algo mustio. Fue entonces hasta la pequeña plantación del viejo. Tenía razón; la alberca languidecía en un agua pantanosa. No podía ser: él conocía la escorrentía que bañaba a la plantación. Fue remontando hacia el norte y vio las piedras que habían echado para menguar los cursos de agua. Era un trabajo hecho con tiempo y planificación.

“Lo llevaron a la muerte”, pensó Irfan, “fue un combate desigual que habrá durado mucho más de lo que sé. Lástima que el viejo era de pocas palabras”.

Al regresar pasó junto a la antena. Quiso llevarse al perro, pero ya no estaba ahí. Los otros animales iban y venían alrededor del cuerpo del que seguía allí, en el centro, acurrucado en una especie de visión extática.

Esa noche comenzaron otra vez los ladridos y a pesar de todo se fue adormeciendo en los aullidos, en las corridas, y a medida que se hundía en el sueño iba oliendo la escena cerca de la gran antena, porque era algo que tenía un olor salvaje, a miedo, y vio las armas y oyó como detonaciones los primeros disparos; eran varios hombres los que disparaban, los que iban deshaciéndose de aquella jauría, y aunque todos tenían ese olor a hierro y a sangre coagulada los que más apestaban eran los Asdrúbal, que no se cansaban de disparar a las cabezas de los animales enloquecidos. Cuando el último disparo perforó el cráneo del que estaba en el centro todo acabó abruptamente. Se despertó en medio del silencio que ahora empezaba a reinar de un modo insidioso.

Tres o cuatro días después supo que habían encontrado al viejo muerto. El cuerpo ya estaba a medio descomponer, carcomido por las hormigas.

Después de los exhortos de rigor se confirmó que aquellas tierras no tenían herederos. Pasaron a manos del Estado y luego las remataron a un precio lamentable.

Los Asdrúbal no tardaron en recuperar la alberca.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.  

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

EL PECIO

Iván Bojtor

 

¿Cómo me encontró? Ya veo. El nombre del barco me delató. Lo sé, fue una mala idea bautizarlo Argos III. Pero, ¿sabe?, son nostalgias de viejo. A esta edad uno ya se aferra a paisajes, ciudades, nombres. ¡Sujétese! Arranco el motor, salimos de la bahía y luego, ya mar adentro, lejos de la costa, nos detenemos y se lo cuento todo. ¿Nos vio alguien? ¿Lo sabe? Por aquí no quieren a los periodistas fisgones. ¿Quién se lo contó? ¿Torre? ¿Antes de morir se jactó de haber encontrado el Argos? Debí imaginarlo. Así que va a escribirlo. Bien. Puede que tenga razón. Ahora, después de tantos años, yo también me arrepiento de no haberlo hecho público, pero entonces esa nos pareció la única salida posible. ¿Qué podríamos haber dicho? ¿Y quién nos habría creído? Al fin y al cabo, solo Torre y yo conocíamos todos los detalles del asunto. Tal vez Papadakis sospechó algo, pero aceptó –o fingió aceptar– nuestras explicaciones.

¡Lo sé! Digo que lo sé. ¡Sí! Podría haber sido una sensación mundial. La idea fue mía, el dinero para la investigación lo puso Torre, y el barco de exploración, Papadakis. Yo iba tras el dinero; Torre, que ya tenía suficiente, buscaba la fama; y Papadakis soñaba con una flota propia. No salió nada de eso. A nosotros dos solo nos quedaron el silencio y el remordimiento; a Papadakis, esa vieja barcaza oxidada.

¡No me estoy lamentando! Si ahora saliera ante el mundo y lo contara todo, se burlarían de mí, me tomarían por loco. No podría probar nada. Torre ya murió. Papadakis finge no recordar nada. Calla porque tiene miedo. ¿Por qué? Piénselo. Qué cosa tan jodida sería que a los ochenta y tantos años lo metieran en la cárcel.

¿Que cómo lo encontramos?

Yo estaba seguro de que estaba allí, porque varios habían mencionado esa tradición. Y las tradiciones son cosas testarudas: pueden durar siglos.

Sobre la destrucción del barco escribieron lo siguiente. Lea.

Que Jasón murió junto con el Argos, ya sea porque una de las vigas podridas del barco le cayó encima (¡ridículo!), o por un hechizo de Medea. En cuanto a cuál fue ese hechizo, los relatos no se ponen de acuerdo. Cada historia dice algo distinto. Algunos afirman que lo durmió con una pócima venenosa; otros, que le prometió rejuvenecerlo mediante una transfusión de sangre, pero que tras desangrarlo lo dejó morir en el barco; y hay incluso una versión según la cual congeló el aire en el Argos, sumiendo a Jasón en un sueño profundo. En las tres variantes, Medea hunde el barco en algún lugar cerca de Corinto.

¿Y ahora por qué pone esa cara? Exactamente la misma que puso Torre cuando se lo mostré por primera vez. ¡Claro que solo le mostré eso! No iba a jugar todas mis cartas de entrada. Lo primero es la desconfianza. Pero Torre resultó ser un buen tipo. Papadakis respondió a nuestro anuncio. Hubo unos veinte candidatos más, pero lo elegimos a él. ¿Sabe por qué? No, no fue por el dinero. No era el más barato. Fue por el nombre de su barco. Por cábala. Ese destartalado barco a motor se llamaba Argos. ¿Bueno, no? Con el Argos buscamos al Argos. ¿Empiezo desde el principio? De acuerdo.

En todos los libros se dice que el barco con el que Jasón y sus compañeros partieron en busca del vellocino de oro recibió su nombre por su rapidez, y que era una nave de remos hecha de madera. ¡Y una mierda!

La palabra argo tiene otro significado: brillante. Así llamaban también a la plata. Entonces, ¿cómo era ese barco? Brillante, plateado, de color plata. ¿Usted cree que eso se logra con madera? ¡De ninguna manera! Era de metal. Cuando la gente lo veía, ni siquiera sabía que era un barco: creían que se trataba de algún monstruo. Y si en aquella época, cerca de Corinto, hundieron un barco de metal… bueno, algo tenía que haber quedado.

Los arqueólogos y los buscadores de tesoros siempre se centraron en los restos de barcos de madera. En esa zona, durante la guerra, se hundieron varios barcos que atravesaban el canal de Corinto. Los pescadores sabían perfectamente dónde estaban, pero a nadie le importaban: todo lo que podía sacarse ya había sido desmontado y robado.
¿Y si el Argos se escondía allí, en ese cementerio de chatarra?

Claro que con eso no terminé de convencer a Torre. Empezó a entusiasmarse de verdad cuando le hablé del santuario de Dodona.¿La relación entre el Argos y Dodona? ¡El mástil! Todos los autores que escribieron sobre el Argos destacaron que el mástil incorporado al barco podía hablar, respondía a las preguntas que le hacían, advertía cuando se acercaba una gran tormenta y, a veces, incluso indicaba el rumbo. También escribieron que ese mástil provenía de Dodona.

Le dije a Torre que, en mi opinión, se trataba de una antena de radio. Y él, que se había hecho rico vendiendo todo tipo de aparatos eléctricos, empezó a pensarlo seriamente. Cuando además le mostré mis dibujos del santuario de Dodona, mordió el anzuelo y abrió la cartera.

Aunque los autores antiguos no entendían nada de aquello, describieron con bastante precisión muchos detalles técnicos, cada uno a su manera. Yo solo tuve que encajar las piezas. Las excavaciones arqueológicas demostraron que el santuario de Dodona no era un gran templo, sino apenas una pequeña capilla. Las descripciones antiguas mencionaban dos columnas: sobre una había una estatua de un muchacho que sostenía en la mano derecha un látigo trenzado de alambre; sobre la otra, una especie de recipiente metálico. Cuando soplaba la brisa o el viento, el látigo golpeaba el recipiente de bronce, que emitía un sonido. Algunos creían que los sacerdotes interpretaban los oráculos a partir de ese sonido; otros, que lo hacían por el tintineo de los numerosos objetos metálicos colgados del roble sagrado; e incluso se decía que eran los trípodes de bronce que rodeaban el árbol los que sonaban. Pero todo eso es una tontería.

Como se demostró después, aquel dispositivo funcionaba. Lo reconstruimos. ¿Electricidad estática? ¡Ni hablar! Es gracioso que lo diga, porque Torre pensó lo mismo al principio. Habría sido demasiado simple.

También había una “fuente sagrada” que brotaba de una cueva. Decían que solo manaba agua de manera periódica, por la mañana, únicamente por la mañana. Es fácil darse cuenta de que, si siempre se secaba al mediodía, no era la naturaleza la que la regulaba, sino algún mecanismo. Una pequeña central hidroeléctrica generaba electricidad hasta que se cargaban las baterías disponibles. Y esas baterías no podían ser otras que los misteriosos trípodes, los artilugios de tres patas cuya cadena formaba la valla del santuario. Los objetos metálicos colocados sobre las columnas y fijados al roble sagrado funcionaban como antenas. Algo muy parecido se había instalado también en el Argos. Y además, trípodes de bronce. ¿Para qué demonios querría alguien pesados trípodes de bronce en un barco de madera?

¿Por qué me mira así? Funcionaba. Le digo que funcionaba. Lo construimos. Es cierto que a escala reducida. Ojalá no lo hubiéramos hecho, porque…

En fin. En algún momento de marzo, después de las tormentas primaverales, comenzamos la búsqueda. Escaneamos toda la costa con radar, pero solo volvimos a identificar restos ya conocidos. Papadakis sugirió que el nivel del mar había subido en los últimos tres mil años y que, además, había corrientes submarinas, por lo que lo que buscábamos podía estar incluso un kilómetro más adentro. Tenía razón. Al día siguiente lo encontramos.

¿Y bien? No parecía un barco. Se asemejaba más a un depósito de petróleo o, mejor aún, a un submarino partido por la mitad. Al ver la imagen del radar, Papadakis primero soltó una risa forzada y luego empezó a asustarnos diciendo que allí dentro podría haber incluso algún tipo de veneno peligroso. (Él debía saber bien lo que ocurría por las noches en la bahía en aquellos tiempos).

¡Era el Argos! Claro que lo era, aunque eso solo se confirmó más tarde.

Bajamos unas diez veces, nadamos a su alrededor, lo palpamos, lo golpeamos, pero entonces todavía no encontramos nada que indicara una entrada. Era como si todo hubiese sido fundido de una sola pieza.

Papadakis estaba muy preocupado y trajo todo tipo de aparatos: un contador de radiación, un detector rápido para gases de combate y no sé cuántas cosas más. De dónde las había conseguido, preferimos no preguntarlo.

Al día siguiente (esa noche casi no dormimos de la excitación) encontramos pequeños orificios azulados en el costado del pecio. Estaban alineados con regularidad, lo que nos llevó a pensar que antaño había allí remaches de cobre que mantenían unidas las planchas de hierro, pero que el agua salada se los había comido hacía mucho tiempo.

—¿Lo ve? ¡Se lo dije! Solo es un maldito tanque —rio aliviado Papadakis cuando le contamos lo que habíamos visto.

Ya estaba anocheciendo, pero Torre y yo decidimos bajar una vez más. Por más que Papadakis suplicó.

—Chicos, esto es una locura. Dejémoslo para mañana. —No le hicimos caso.

Torre encontró la entrada. No estaba en la cubierta, arriba, sino en el costado, apenas sobresalía del lodo. Por un instante creyó ver la luz de mi linterna a lo lejos, pero al acercarse descubrió un pequeño punto luminoso de color verde. La luz venía de dentro, del interior del barco; era tan débil que de día quizá ni la habríamos notado. Lo raspó con el cuchillo y…

Era como una claraboya de camarote. Más tarde encontramos un fragmento: estaba tallada en cristal de roca. Yo vi la luz desde lejos y nadé hacia allí. Torre la palpó hasta que esa lente transparente simplemente se salió de su sitio; el anclaje debía de haberse soltado con el agua salada a lo largo de los siglos.

Aquella especie de cámara de esclusa por la que entramos era en realidad solo una bolsa de aire. Un mecanismo increíblemente simple, pero que aún funcionaba. Con las aletas de buceo, a duras penas logramos trepar por unos troncos de madera podrida que sobresalían de la pared metálica. Tres se rompieron bajo mi peso. Luego avanzamos por un túnel estrecho, envueltos en esa luz verde fosforescente y fantasmal que emanaba de las paredes, y pensé que, después de todo, deberíamos haber traído el maldito contador de radiación. Pero ya daba igual: había que llegar hasta el final, pasara lo que pasara, después de haber invertido tanto tiempo y dinero en aquello.

Al principio creí que era la presión arterial lo que me hacía zumbar los oídos, pero por los gestos de Torre –no nos atrevimos a quitarnos los respiradores– entendí que él también lo oía. A medida que avanzábamos, ese ruido sordo se hacía cada vez más fuerte.

Mirándolo ahora en retrospectiva, el lugar por el que entramos debió de ser una especie de conducto de mantenimiento, no la entrada principal. Tras unos ocho metros, el pasaje giró a la derecha y de pronto nos detuvimos: una maraña de cables y tubitos finos, como una telaraña, bloqueaba el camino.

Torre iba delante. Se lanzó, doblando y apartando los cables, intentando pasar por debajo, pero sin querer rompió varios. ¿Qué podía hacer yo? Lo seguí.

Ya casi habíamos atravesado aquella jungla de cables cuando la pared del conducto se resquebrajó con un fuerte crujido y el agua fangosa irrumpió de golpe. A Torre lo arrastró hacia atrás; a mí me aplastó contra la pared y apenas podía respirar. Todo el armatoste crujía y se deshacía. No veía ni mi propia nariz. En aquella masa negra, la linterna no servía de nada. Manoteaba, palpaba a ciegas, apartaba objetos que flotaban hacia mí, y también algo blando que me golpeó unas tres veces y que creí que era un pez grande. De algún modo logré salir por la abertura por la que habíamos entrado.

Torre ya estaba afuera, esperándome.

Al día siguiente, cuando regresamos, toda la estructura se había derrumbado. Por más que levantamos planchas con el cabrestante del barco, no encontramos nada debajo que pudiera confirmar mi teoría.

Salvo, claro, aquellos pequeños objetos dorados que al principio, por su forma, creí que eran cilindros de sellos. Pero entonces aún no sabíamos qué eran.

No, no eran de oro. Al verlos, incluso a Papadakis se le iluminaron los ojos, pero cuando tomó uno en la mano y lo palpó, la capa dorada se desprendió, y quiso arrojarlo al agua.

—¡Esto no es más que una maldita piedra!

Torre los examinó con una lupa y descubrió finísimas estrías. Me miró y…

¿Voy al grano?

¿Qué? ¡Vamos, no me venga con ese cuento de los ovnis! ¿Que lo dejaron aquí los extraterrestres? Ya le dije que reconstruimos todo el sistema. Todos los materiales que usamos ya se conocían en aquella época. Era tecnología terrestre, aunque solo unos pocos la dominaban. En mi opinión, cada templo, cada lugar sagrado tenía sus pequeños secretos. Incluso los sacerdotes se los ocultaban entre sí. Toda la literatura de la Antigüedad está llena de referencias a rituales y misterios que aún hoy desconocemos. Algunos, claro, estaban destinados a las masas. Ahí tiene, por ejemplo, Eleusis: cientos de miles de personas fueron iniciadas y, sin embargo, no sabemos nada. Guardaron silencio. Todos callaron, incluso quienes más tarde abrazaron el cristianismo. Y ese conocimiento secreto se fue perdiendo poco a poco. ¡Pero nosotros lo encontramos! Y bien encontrado.

Escuche esto. Aquí y allá chisporrotea, pero se entiende.

¿Y bien, qué le parece? ¿Suena como una grabación de gramófono? Claro que sí, porque lo es, o al menos se hizo con un método muy similar. Ese era el secreto de aquellos cilindros. Cuando por fin logramos reproducirlos, solo este quedó intacto; los demás, por desgracia, los arruinamos.

¿Quiere que lo traduzca?

¿Sabe qué? Mejor leo lo que conseguimos extraer.

Sigo vivo. Creo que sigo vivo. Y todavía estoy aquí.

“Anaku sem dartra inoba menting.” ¿Hay alguien ahí? ¡Dodona, responde! ¿Hay alguien? Mientras dormía, Medea me conectó al morfator y me dejó aquí. ¡Libérenme!
Estoy débil, no puedo levantarme. Ni siquiera puedo moverme. “Anaku sem dartra inoba menting.”

¿Qué es ese texto sin sentido? No tengo ni idea de lo que significa. Debe de ser algún tipo de señal de llamada. Cuando construimos la réplica del dispositivo de Dodona, también oímos exactamente eso. Solo eso. Se transmitía continuamente, como si todavía existiera un emisor en algún lugar. No pudimos responder: aún no estábamos preparados. Torre propuso usar el viejo método de triangulación de radio para localizar el origen de la señal, pero cuando reunimos todo el equipo necesario, se apagó.

Luego un barco pesquero sacó del agua aquel cadáver. Creyeron que debía de ser algún actor, porque llevaba un atuendo antiguo, como los de la Antigüedad.

Borramos todas las huellas, rompimos y destruimos todo y salimos corriendo. A Torre incluso se le pasó por la cabeza comprarle el Argos a Papadakis por buen dinero y hundirlo también, pero el griego no quiso saber nada: estaba apegado a su barcaza.

Eso es todo.

¿Todavía no lo entiende? Era ese pobre desgraciado de Jasón. Llevaba miles de años pudriéndose allí. Medea lo había hibernado o conservado de algún modo. Nosotros lo matamos cuando arrancamos los cables que lo mantenían con vida.

Lo mire como lo mire, fue un asesinato. Pero que quede entre nosotros dos.

¿Y ahora por qué me mira así? ¿Esa historia sensacional ya es suya? ¿Va a escribirla? No lo hará. Sabe que aquí el asesinato no prescribe. ¡Levante las manos! ¡Despacio! Digo: ¡despacio!

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

EL CHACAL Y LOS CANGREJOS

Víctor Lowenstein

 

Echó las redes antes que el sol asomara por Oriente y se sentó a esperar. Suya era la paciencia del añejo pescador. Luego encendió su pipa de marlo con su mano buena; la otra la había perdido en Tannenberg combatiendo contra los alemanes en la Segunda Guerra. Tras la primera pitada suspiró largamente y se quedó mirando el horizonte azul y eterno.

En la aldea le decían "Lobo de mar". Él sonreía con esa sonrisa triste que todos le conocían y corregía a sus compadres: "Chacal de barco… ¡llámenme así!" Veterano de la marina mercante de las costas Occidentales, pasado a retiro luego de dar parte de sí en el bando de los aliados, invirtió su pensión en la compra del bote de pesca que le daba sustento y refugio en la soledad del mar.

Vivía en una modesta choza de la ribera, algo lejos de la aldea, junto a una joven indonesa que le compró a unos gitanos en la ruta del cobre. Ella sabía hacer guisos y sonreír mansamente. Él no la amó nunca pero jamás la trató como a una esclava. Amila; así la llamó en recuerdo a una querida prostituta.

La mañana en que Samuel Méndez apareció en la playa, el viejo se afanaba por empujar con el pecho y su mano buena el bote semihundido en un banco de arena a la orilla del mar. El par de brazos recios del joven le auxiliaron, su voz le confió una historia: venía escapando de un terrible padrastro; no tenía dinero ni lugar donde vivir. El viejo pescador no le creyó, mas lo invitó a subir al bote y compartir la pesca. Se quedaría con un décimo de sus ganancias, y le daría refugio en una casamata abandonada en la playa.

—Amila te dará mantas y velas para que te quedes allí —le dijo.

—¿Quién? —preguntó el joven.

A ambos les convino el arreglo: Samuel tendría un humilde sueldo, suficiente para vivir, y hasta un techo bajo el que dormir cada noche. Al viejo le venía bien una mano y hasta pensó en aquel muchacho como el hijo que siempre quiso tener. Al menos llegaron a ser amigos.

Lo llevaba a su choza a menudo, para que el muchacho tuviera una buena comida de vez en cuando. Por encima del vapor de la sopa, el anciano creyó ver cómo la mirada del joven se volvía hacia su esposa quien, inclinada sobre los bártulos de cocina, dejaba ver su cuerpo sano y moreno.

Los sábados del hombre de mar se han hecho para descansar, beber y divertirse. El viejo pescador solía ir a una taberna donde encontraba a sus compañeros más queridos: el sueco Lars y el polaco Kolchak. Bebían hasta la madrugada y reían con las historias marineras de su vida. Samuel, adecentado como un mozo y hecho a la vida aldeana, iba a las cantinas para bailar con muchachas y hacer amistades. Al verlo pasar de casualidad frente a la taberna, el viejo pesador lo señaló como su ayudante y los otros dos se miraron entre sí, preocupados.

—Es joven, y como todos los jóvenes de hoy, es arrogante. Miren cómo camina.

—Ten cuidado, chacal —susurró el polaco Kolchak.

El viejo los miró por entre el humo de tabaco, pero no dijo nada.

Por la mañana del lunes, ya en alta mar, el viejo pescador descargó de la red tres cangrejos que dejó caer al fondo de una cubeta de madera sobre cubierta.

—Míralos —le sugirió a Samuel.

—No veo nada –dijo el joven.

—Ya verás, pero muy poco. Cuando uno de los cangrejos intente salir, los otros lo arrastrarán al fondo de la cubeta. Estos animales se comportan de esa manera.

Así ocurrió, y ambos observaron el curioso espectáculo dos veces seguidas. Cada ocasión en que uno de los animalejos elevaba sus pinzas con la intención de trepar al borde de la cubeta, los otros lo sujetaban por los flancos.

—¿Entiendes la lección que nos enseñan? —dijo el viejo.

—¡Estás loco! —exclamó Samuel, ahogándose de risa.

—Ríete, muchacho, ríete todo lo que quieras. Un sabio entendería que los hombres somos como los cangrejos; hay reglas que deben respetarse, aunque no nos gusten.

El joven poseía la fuerza; el viejo bien lo sabía. Pero el viejo contaba con la paciencia que el joven confundía con senilidad. Pasaron muchas mañanas, tardes de pesca, sábados de jarana. Los viejos marinos no miden el tiempo en horas. Lo hacen en oleajes de pensamientos que abarcan días enteros, semanas y meses; a menudo años… el viejo pescador oteaba el horizonte con ojos entrecerrados. Escuchaba el ruido del mar y el del viento. Y pensaba. Escuchaba a Lars y a Kolchak sin decirles nada. Y pensaba.

Un atardecer, el viejo asomó su mano buena fuera de la embarcación y hundió los dedos en el agua. La notó más fría que de costumbre. Conocía lo que traen las corrientes mediterráneas. El viento del oeste le traía en gritos de aire su anuncio salado.

—Lloverá mañana —dijo.

El joven miró el cielo límpido, sin una nube, y soltó la carcajada. “Viejo loco…”

La noche fue singularmente fresca. El viejo pescador le ordenó a Amila llevar mantas hasta la casamata de Samuel. Tardó en regresar. El vio la cabellera revuelta; su premura por acomodarse la falda al entrar y el rubor de sus mejillas. No dijo nada.

En la mañana…

—¿Embarcaremos hoy, anciano?

Jamás lo había llamado de esa manera. Esa mañana, cuando el viejo pescador echó los aparejos sobre cubierta, sus ojos se encontraron con los de Méndez. Era cierto lo de su arrogancia; juventud y fuerza se lo permitían. Miraba al mundo, y lo miraba a él como se mira a un extraño. A él, pescador y veterano de guerra, que había depositado esperanzas en el forastero, un hijo traído por la vida. Se atrevió a mirarlo también así; como se mira a un joven recio, amante de la vida e impaciente por vivirla. Mal compañero para un viejo solitario.

A media mañana estalló la lluvia. Tenue al principio, con nubes de tormenta asomando en la línea nublosa del horizonte. El viento agitó todo el maderamen de la vieja barca.

—¡Vámonos! —gritó Samuel, que ya comenzaba a arriar la velas. Le horrorizaba la idea de una tormenta en alta mar. De nuevo sus ojos encontraron los del viejo pescador y le dieron escalofríos. Lo miraba con piedad, casi con lástima. El joven volvió a gritar. El viejo no respondía, ni se movía de su lugar.

—¡Estás loco de remate! —gritó, por encima de las ráfagas de vientos que sacudían la embarcación. Al recoger las redes, fue cuando vio al viejo sacando un revolver del bolsillo de su abrigo.

—Pero… ¿qué te propones?

En medio del mar sonó un disparo. El cuerpo de Samuel cayó al agua con un corto chapoteo. Los vientos empezaron a calmar su furia y cesó la lluvia. El viejo y el mar sabían de temporales y no les sorprendió ver el cielo teñirse de nuevo de azul. El pescador guardó su revólver, secándose las lágrimas. Terminó de arriar las velas, juntar sus aparejos, y puso rumbo al puerto de la aldea.

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

OPERACIÓN EN PLENO VUELO

Arvind Mishra

 

La tercera fase de la construcción de un asentamiento humano en la Luna avanzaba a toda marcha. Para ello se había elegido la zona cercana a su polo sur, ya que científicos indios habían descubierto allí una gran reserva de agua congelada. Además de utilizar ese hielo para los trabajos de construcción del nuevo asentamiento, también se habían hecho los arreglos necesarios para garantizar un suministro ininterrumpido de agua potable. Sin embargo, las obras se habían detenido por completo debido a una falla técnica en el sistema automatizado que abastecía de agua para consumo. Se contactó a Moontech, la empresa constructora terrestre a la que se le había adjudicado el contrato, y se la puso debidamente al tanto de la situación. A su vez, la compañía ordenó a su brillante ingeniero, Achyut Kumar, que se trasladara de inmediato al lugar de trabajo.

Mientras Kumar se dirigía a la Luna, su mente estaba profundamente perturbada. La causa de su angustia era su madre, que se encontraba en su lecho de muerte. Su padre ya había partido hacia la vida eterna. Hijo único, Achyut estaba muy unido a su madre. Como aún no se había casado, debía hacerse cargo de ella completamente solo. Quedó devastado cuando, un día, los médicos diagnosticaron a su madre un cáncer de vesícula biliar en estadio tres. En un momento tan difícil, separarse de ella, aunque fuera por un breve período, le resultaba insoportable. Pero frente a la obligación impuesta por un contrato profesional, no tenía alternativa. Finalmente, tras asignar a una enfermera la responsabilidad del cuidado de su madre y de la administración de sus medicamentos, completó apresuradamente los preparativos para el viaje lunar y partió hacia el Puerto Espacial de Thar, en Rajastán, en un vuelo doméstico desde Delhi.

 

En el Puerto Espacial de Thar, en Rajastán, reinaba una gran conmoción. Lo ocurrido ese día no tenía precedentes. Hacía varias horas que la conexión a internet estaba interrumpida en todo el complejo, que se extendía sobre un área de unas cien hectáreas. El caos era total. Las naves espaciales de varias agencias de turismo espacial estaban listas en la zona de lanzamiento para llevar turistas a la Luna, a Marte y a Europa, el satélite de Júpiter. Sin embargo, todos los procedimientos de verificación necesarios para el ingreso de los turistas al puerto espacial –incluidos el registro y los controles de seguridad– se encontraban paralizados desde hacía horas. La responsabilidad de proveer conectividad a internet al puerto espacial había sido confiada recientemente a una empresa estadounidense. Las autoridades de la Autoridad del Puerto Espacial de la India estaban ansiosas y se mantenían en contacto permanente con dicha empresa a través de Starlink, el proveedor alternativo de internet satelital. Debido a una falla en el tradicional cable submarino del puerto espacial, el servicio de internet había dejado de funcionar.

—¡Hola, señor Robertson! Por favor, indíquenos cuándo se restablecerá nuestro servicio de internet. Muchas de nuestras naves están listas para despegar, pero hemos tenido que detener la cuenta regresiva. Usted comprende cuán crucial es la precisión matemática de cada instante en nuestros viajes espaciales… Si el lanzamiento se retrasa aún más, todos los viajes turísticos tendrán que cancelarse… ¿Hola? ¿Me escucha? Usted lo entiende, ¿verdad? —El que hablaba era Harivardhan, jefe de la Autoridad del Puerto Espacial de la India, visiblemente irritado mientras hablaba con el director de la empresa proveedora extranjera.

—Estamos monitoreando continuamente la situación para determinar por qué se interrumpió la conectividad —respondió el señor Robertson—. El cable principal se ha cortado en algún punto del océano Índico. Es posible que haya sido golpeado por un submarino turístico, o quizás se trate de un acto terrorista. Estamos investigando el asunto y haciendo todo lo posible para restablecer el servicio lo antes posible…

Antes de que pudiera añadir algo más, el enfurecido jefe del puerto espacial cortó la comunicación.

De inmediato convocó a una reunión de emergencia a la que fueron citados los jefes de todos los departamentos del puerto espacial. Podría haberse realizado una reunión virtual, pero se ordenó al personal responsable que asistiera de manera presencial. Se trataba de un encuentro de carácter altamente confidencial.

 

La luz roja situada fuera de la sala de reuniones del Puerto Espacial de Thar estaba encendida, señal de que en su interior se desarrollaba una reunión de extrema importancia.

—Esto es una emergencia —comenzó su intervención el jefe del puerto espacial, con un tono de irritada y frustración—. ¿Debemos posponer o incluso cancelar todos los lanzamientos programados para hoy? Han pasado muchas horas y nuestro servidor web exclusivo aún no ha sido restablecido, ni vemos posibilidades de que lo esté hoy…

—Señor, ¿cómo cubriremos las pérdidas de miles de millones de rupias que ocasionará esta cancelación? —preguntó abruptamente el responsable de finanzas, interrumpiéndolo.

—Lo sé… pero no se me ocurre una alternativa. Además, todas las actividades programadas relacionadas con el lanzamiento de cohetes están controladas a través de los servicios de internet del cable submarino. ¿No representará esto también un obstáculo para el lanzamiento y el monitoreo de los cohetes? ¿Qué opina, señor Shobhan? —preguntó Harivardhan, dirigiéndose al director de Ingeniería del puerto espacial.

—Es un problema, pero ya contamos con una estrategia de respaldo para emergencias de este tipo. Permite la operación manual. No había internet cuando logramos aterrizar en la Luna en 1969. Como usted sabe, todos los cohetes funcionan sobre la base de la automatización. Toda la información sobre cuándo y qué sistema debe activarse ya ha sido cargada en ellos. Son capaces de gestionar sus propias operaciones…

Un gesto de alivio apareció en el rostro del jefe del puerto espacial tras escuchar las tranquilizadoras palabras de Shobhan Kumar.

—De acuerdo, pero ¿cómo se verificará a los viajeros espaciales? ¿Y cómo se realizarán el registro y el control de seguridad? —planteó alguien con curiosidad.

—De forma manual… ¿cómo si no? —respondió de inmediato Ravindra Kumar, el gerente del espaciopuerto.

—¿Tenemos personal suficiente para eso? —preguntó Harivardhan, intrigado y algo escéptico.

—Hoy hay cuatro vuelos programados: uno a Europa, dos a Marte y uno a la Luna. Todos los pasajeros son turistas que viajan por placer. Solo en el vuelo a la Luna hay un ingeniero en viaje de trabajo, además de los turistas. En total, hoy habrá veintidós pasajeros en todos los vuelos combinados. No habrá problemas para realizar las verificaciones manuales. Además, pondremos a trabajar a nuestros androides —dijo el gerente, con total confianza.

—¿Androides? ¿Las réplicas artificiales de seres humanos de carne y hueso? ¿Está seguro de que podrán encargarse correctamente de la verificación de pasajeros y del acceso a las puertas? —quiso asegurarse Harivardhan.

—Cien por ciento seguros. Aunque nunca antes han sido utilizados para esta tarea.

—Bien… Existe un pequeño riesgo, pero ¿podemos entonces autorizar todos los lanzamientos de hoy? ¿Qué opinan ustedes? —El temblor en la voz de Harivardhan dejaba claro que buscaba el consenso de todos.

—Sí, los vuelos deben operar según lo programado —respondió el responsable de finanzas, con la voz más fuerte del coro de asentimientos—. Apoyamos esta decisión.

 

Era el año del centenario de la independencia de la India. Junto con el turismo en muchos países del mundo, el turismo espacial se había convertido también en un negocio plenamente desarrollado en la India. La Luna, Marte y Europa habían sido adaptados por completo para asentamientos humanos. El agua, obtenida del hielo lunar a escala industrial, había facilitado las tareas de construcción. De hecho, el hielo de agua lunar se enviaba incluso a Marte y a Europa mediante naves de carga. Una extensa zona del desolado desierto de Thar, en Rajastán, había sido transformada. Allí se había construido un enorme puerto espacial desde el cual operaban vuelos regulares, tanto para turistas como para personas que deseaban visitar a sus familiares. Algunos turistas aguardaban en la nave con destino a Europa. Dos familias viajaban a Marte por turismo.

 

Achyut Kumar advirtió que el ambiente del espaciopuerto era muy distinto al habitual. Donde antes la puerta de entrada reconocía al pasajero y se abría automáticamente, ese día había dos empleados presentes y el acceso permanecía cerrado. Varios pasajeros hacían fila, esperando que sus datos fueran cotejados con sus documentos de identidad. Tras la verificación, se les permitía ingresar uno por uno. Pronto llegó el turno de Achyut Kumar. Sus documentos también fueron revisados y, al comprobarse que todo estaba en orden, se le permitió el ingreso.

—Por favor, continúe. El mostrador de registro para la Luna está justo enfrente —dijo cortésmente uno de los encargados del control. Se trataba de un androide, aunque Achyut Kumar lo tomó por un empleado humano.

—Sí, gracias —respondió él, abstraído, tomando súbita conciencia de su entorno. La enfermedad de su madre lo tenía profundamente angustiado.

En el mostrador de registro también se revisaban los documentos de viaje, esta vez por otro empleado del puerto espacial, también un androide. A Achyut Kumar le resultó extraño este nuevo procedimiento, pero cooperó mecánicamente, sin prestar demasiada atención. Detrás de él ya se había formado una fila de pasajeros. Llevaba poco equipaje: solo un maletín lleno de instrumentos, que entregó a cambio de un recibo. Le dieron un traje espacial especial y le indicaron que se dirigiera a una sala designada para colocárselo. Este proceso ya le resultaba familiar y no le llevó mucho tiempo.

Luego llegó el momento del control de seguridad. Esta tarea estaba a cargo del Departamento del Interior de la India, y todos los viajeros espaciales eran revisados con extremo rigor, para evitar que algún terrorista pudiera embarcarse con documentos falsos. El personal de seguridad inspeccionaba minuciosamente a los pasajeros con dispositivos mecánicos y los autorizaba a avanzar hacia la puerta correspondiente solo después de ello, de uno en uno. Achyut Kumar también pasó por este procedimiento y avanzó desanimado. El panel informativo que normalmente estaba iluminado y mostraba detalles sobre los vehículos de lanzamiento y las puertas de embarque, ese día estaba completamente en blanco. No había información sobre la puerta asignada al vuelo lunar.

En ese momento, Achyut Kumar oyó un anuncio por altavoz. Pero estaba tan absorto en sus pensamientos que no escuchó bien el mensaje. Creyó haber entendido que los pasajeros del vuelo a la Luna debían dirigirse a la Puerta Número 13. Sin advertir nada más, se encaminó hacia allí guiándose por las señales. Ya había algunos pasajeros en el lugar. Un miembro del personal revisaba mecánicamente los pases de acceso y daba la señal para avanzar. Poco después, Achyut Kumar subió a un transbordador que lo llevó hacia el cohete listo para despegar. El sitio de lanzamiento se encontraba bastante lejos, a unos veinticinco kilómetros. Evidentemente, esa distancia entre el edificio principal del puerto espacial y la plataforma de lanzamiento existía para proteger a todos ante posibles accidentes por la caída de escombros durante el despegue. El ingreso al cohete se realizaba de a una persona por vez. Allí también había un androide, que observaba mecánicamente a los pasajeros, les indicaba su número de asiento y les señalaba que avanzaran. Una vez que todos estuvieron sentados, se les dio la bienvenida por altavoz y se les deseó un viaje seguro y confortable. Pero Achyut Kumar, perdido en los recuerdos de su madre, ignoró todo aquello. ¿Para qué prestar atención a mensajes rutinarios, siempre iguales? Permaneció sumido en sus pensamientos.

Cuando la cuenta regresiva desde el centro de control llegó a cero, el cohete despegó a gran velocidad. Durante la fase inicial del vuelo, mientras vencía la gravedad terrestre, los pasajeros experimentaron una fuerte presión, la fuerza G, que se atenuó después de unos minutos. Los pasajeros respiraron aliviados. Achyut Kumar miró a su alrededor. Había un total de nueve pasajeros y tres literas aún estaban vacías. También había una asistente de vuelo, aunque era difícil determinar si era humana o un feminoide. Todos los pasajeros parecían absortos en sí mismos, inmersos en sus propios pensamientos. La posmodernidad había asestado un golpe mortal a las inclinaciones sociales del ser humano, a su impulso primitivo de vincularse con otros. Nadie se preocupaba por nadie; nadie tenía relación con los demás. Todos eran viajeros impersonales, sin alma, centrados únicamente en sí mismos. La soledad se había convertido en la condición permanente del hombre. Achyut Kumar tenía su propio tormento mental: el recuerdo de su madre en fase terminal lo acompañaba mientras el cohete avanzaba firme hacia su destino en el espacio.

 

En el puerto espacial se convocó nuevamente una reunión urgente. Todo indicaba que había ocurrido un incidente grave.

—Esto es un error terrible. ¿Cómo pudo suceder? Un accidente de esta magnitud, inimaginable, imposible… —la voz nerviosa y temblorosa del jefe del puerto espacial resonaba desde la pantalla de video.

—Lo sentimos, señor. Se trató de un error de la máquina durante la verificación mecánica. Un fallo de juicio por parte de un androide… —dijo uno de los ingenieros, en tono defensivo.

—¡Basta! ¿Qué quiere decir con error de la máquina? Estos androides están controlados por nuestra propia gente, ¿no es así? He ordenado una investigación de alto nivel para esclarecer cómo pudo ocurrir un incidente tan grave —replicó el jefe, con el rostro enrojecido por la ira.

—Tiene razón, señor. El señor Achyut Kumar debía viajar a la Luna, pero abordó el cohete con destino a Europa… —dijo, con voz temerosa, el gerente del puerto espacial.

—Él no abordó el cohete por su cuenta, fue inducido a hacerlo. Es culpa nuestra… —lo reprendió Harivardhan. Tras respirar hondo, añadió—: Ahora escúchenme todos con atención. Mantengan absoluta confidencialidad sobre este incidente y busquen una forma de corregir este error… de lo contrario, estamos perdidos. Moontech nos demandará por billones de rupias.

—Sí, señor, debemos encontrar una solución. ¿Puede hacer algo el departamento de ingeniería? —preguntó el gerente.

—Ya no se puede hacer nada. La nave turística que ya está en ruta solo podrá aterrizar cuando llegue a Europa… y ese viaje tardará aún dos años y medio. Este satélite de Júpiter está muy lejos, no es cercano… —respondió con desaliento el jefe de ingeniería.

—El viaje completo durará seis años: cinco solo para el traslado y uno para el turismo. En pocas horas, todos los pasajeros recibirán una píldora anestésica especial, derivada de una especie de avispa, que los mantendrá dormidos durante dos años y medio para evitar la fatiga del viaje y permitir que lleguen a Europa descansados —explicó el gerente.

El jefe del puerto espacial, ya irritado, estalló nuevamente:

—Este no es el momento de dar esa información. Es momento de gestionar la crisis y estamos perdiendo tiempo con charlas innecesarias.

—¡Señor! Acaba de surgir una luz de esperanza… —dijo el jefe de ingeniería.

—¡Hable rápido, el tiempo se nos escapa! —exclamó Harivardhan.

—Señor, aún podemos realizar una operación de rescate. Todavía tenemos algunas horas para prepararla… Dentro de unas diez horas, la nave con destino a Europa se detendrá durante una hora en la Luna para reabastecer sus propulsores. Durante ese lapso… —una chispa de entusiasmo brillaba en sus ojos— … el señor Achyut Kumar puede ser evacuado desde el módulo turístico. En la Luna existen aeropuentes completamente presurizados y seguros, capaces de acoplarse sin riesgos a la nave con destino a Europa. Pero para ello debemos informar de inmediato a la unidad del puerto espacial lunar y explicar toda la situación.

Todos escuchaban la propuesta del ingeniero con absoluta atención. Al comprender el plan, sus rostros se iluminaron.

—Entonces, ¿qué estamos esperando? Envíen de inmediato una señal de auxilio a la unidad del puerto espacial de la Luna e infórmenles que esta crisis debe resolverse de inmediato para que esta operación secreta, a la que llamaremos “Operación en pleno vuelo”, se complete con éxito total —ordenó Harivardhan con voz firme.

 

La nave turística rumbo a Europa estaba a punto de aterrizar en la base lunar para reabastecerse. Dentro del módulo turístico, todos los pasajeros permanecían inconscientes bajo los efectos del anestésico, ajenos por completo a la secuencia de acontecimientos. En la base lunar del puerto espacial se habían tomado todas las medidas necesarias para retirar a Achyut Kumar de la nave sin inconvenientes, mientras permanecía en profundo trance. Se habían obtenido las autorizaciones correspondientes tras alertar a los departamentos implicados sobre la situación de emergencia. Todo avanzaba según lo previsto.

Apenas alunizó la nave con destino a Europa, un módulo turístico fue conectado a un aeropuente, y un androide cargó hábilmente a Achyut Kumar sobre sus hombros y lo trasladó a la sala de cuarentena. A partir de allí, los acontecimientos se sucedieron con rapidez.

La nave en la que Achyut Kumar debía haber viajado a la Luna había despegado de la Tierra una hora completa después del vuelo con destino a Europa. Y para cuando su módulo turístico aterrizó en la superficie lunar, Achyut Kumar ya había sido trasladado al nuevo puerto lunar, construido cerca de la tercera fase del sitio de construcción. Nadie sospechó que, en el ínterin, había ocurrido un incidente tan desconcertante ni que la crisis había sido resuelta. Achyut Kumar fue reanimado mediante la inhalación de un antianestésico. Ni siquiera él tenía idea de lo que había atravesado. Todo le parecía normal. Representantes de Moontech lo aguardaban en el puerto lunar para recibirlo. Fue conducido de tal manera que parecía haber descendido del vuelo lunar que acababa de aterrizar. Mientras tanto, en la Tierra, el servicio de internet del Puerto Espacial de Thar había sido restablecido y todo había vuelto a la normalidad.

El Dr. Arvind Mishra es un reconocido escritor de ciencia ficción. Es el secretario fundador de la Asociación India de Escritores de Ciencia Ficción. Cuenta con cinco colecciones de ciencia ficción y numerosos libros de divulgación científica, incluyendo The Space Cuckoo and other Stories, publicado virtualmente en Rumanía durante la crisis de la COVID-19. Ha presidido numerosos talleres y congresos sobre comunicación científica y ciencia ficción en la India y en el extranjero. Cabe destacar la presidencia de la sesión de ciencia ficción en la PCST 2010, la 11.ª Conferencia Mundial de Comunicación Científica en Delhi, y la representación de la India en la Conferencia Internacional de Ciencia Ficción en Chengdu, China (noviembre de 2019). Es coautor de una completa Enciclopedia de Ciencia Ficción India, publicada recientemente. Ha recibido numerosos honores, en particular el Premio Nacional de Ciencia Ficción Vanamali de la Universidad Rabindranath Tagore, Madhya Pradesh, en 2024 y el Premio de Escritura de Ciencia Ficción para Niños del Uttar Pradesh Hindi Sahitya Sansthan en 2017. Se jubiló como funcionario público del gobierno de UP en 2017 y ahora vive en su casa ancestral en el distrito de Jaunpur.

 

martes, 3 de febrero de 2026

MARGOT

Myriam Goluboff

 

La habitación estaba en penumbra. En el centro, Margot despidiendo la vida. La cara surcada por infinitas arrugas mantenía la delicadeza de sus rasgos, la boca bien marcada lucía de color rojo intenso, como ella lo había pedido.

Margot, un misterio para mí, la tía que paseaba su mente gastada por los jardines de un psiquiátrico de lujo. Se tejían todo tipo de leyendas en la familia; su vida, nunca del todo conocida, daba pie a imaginadas aventuras. No la había visto desde mis quince o dieciséis años, la última vez que visité su casa, tiempo antes de que la internaran.

Pero ahora la tenía ahí, en su cajón, y me odiaba por no haber hablado con ella, no haberle pedido que hiciera un esfuerzo, no haberla ayudado a recordar, a revivir sus años de juventud, a que me contara sus días y sus noches de supuestos prohibidos placeres.

Allí mismo, aún antes de darle sepultura, se leyó el testamento y supimos que todo lo que había dentro de la casa nos lo legaba a nosotros, los «niños», sus seis sobrinos-nietos, pero quedaba al arbitrio de la familia cómo hacer el reparto. Había que volver a la gran mansión, traspasar la verja de hierro, cruzar los jardines, penetrar por la pesada puerta de madera y ocuparse de inventariar todos los muebles, cristales, porcelanas y las colecciones de miniaturas que poblaban las mesas y lucían detrás de los pequeños vidrios atrapados entre el encaje de madera que las cubrían.

En ese momento decidí participar en el ritual, para intentar descubrir entre sus recuerdos algún indicio que me permitiera reconstruir el rompecabezas de su vida.

Y así, tarde tras tarde, durante una semana, pasé dos o tres horas recorriendo las enormes habitaciones de altos techos numerando y describiendo las piezas. Era un trabajo un poco aburrido, pero me permitía ir de aquí para allá, husmear por los rincones, buscar indicios.

Al llegar, lo primero que hacía era pararme frente al gran cuadro que colgaba en el rellano de la escalera que subía a los dormitorios. Era imponente, pero no por el tamaño sino por su color, que atrapaba. Allí estaba Margot. Sus ojos alargados, que parecían mirar desde lo alto, estaban rodeados de un azul intenso, casi brillante; su párpado superior, enmarcado por tres gruesas franjas, cada vez más pálidas a medida que, desde las negras y bien arqueadas pestañas, iban alejándose hacia las cejas. Estas eran tan negras como las pestañas, perfectamente dibujadas y tan negras como los propios ojos, cuya mirada intensa se ocultaba castamente tras los párpados entrecerrados. Sobre sus cabellos, también de un negro profundo, llevaba un poco ladeada una gran boina que le llegaba hasta la nuca, de un color azul igual que el de la sombra de sus ojos.

El vestido apenas se veía, pero sí sus hombros suaves, la piel muy blanca, más blanca aún por el contraste con el negro, con el azul, con el rojo oscuro de sus labios perfectamente perfilados, el mismo rojo con el que la había visto, ya sin vida, esta vez con la boca cerrada, mustia, sin lucir la coqueta sonrisa del cuadro, ese entreabrir de los labios como para regalar un beso, como para emitir un suspiro.

Un orden perfecto organizaba las filas de blusas, polleras, abrigos y vestidos. En los cajones cuidadosamente doblada la lencería de seda y encajes, las enaguas y los elegantes camisones.

En el fondo del cajón de los pañuelos de seda –los había de una gama infinita de azules, violetas y rojos– encontré unas fotos amarillentas atadas con una cinta rosada.

Me llamó la atención una en la que se la veía sentada en el asiento delantero de un coche sin capota, sonriendo a la cámara con el Arco de Triunfo como fondo. En otra, estaba en la cubierta de un enorme trasatlántico, su mano enguantada en alto, despidiéndose. Se la veía muy joven, con los mismos rasgos finos pero una expresión mucho más ingenua que en el retrato, acompañada por otra mujer, mucho mayor.

Seguí revisando la cómoda, vaciando con cuidado cada cajón, segura de que allí debió de haber escondido algún otro recuerdo. Así fue como encontré bajo un delicado pañito bordado, donde apoyaba su ropa interior, un sobre con recortes de diarios y en uno de ellos descubrí otra imagen que llamó nuevamente mi atención. Era ella, ahora convertida en noticia, otra vez saludando con el brazo en alto desde un transatlántico. Se la veía unos diez años mayor, vestía un traje discreto de corte clásico y cubría su cabeza un elegante casquete.

También encontré entre los recortes algo que parecía no pertenecer al mismo cajón: un trozo de papel irregular, manchado en una esquina, salido del mantel de una vieja mesa de madera en algún bar bohemio. Y fue inevitable que me imaginara, al leer los versos manuscritos que se dibujaban con trazo firme que arañaba el papel, a un joven poeta sentado frente a ella que, mirándola a los ojos, le hubiera escrito: «Lucero del alba/testigo de mi desvelo/qué me has hecho/niña de los ojos negros/qué me has hecho/niña hechicera», para luego rasgar el papel y entregárselo. Pero, me preguntaba, ¿iría una mujer como la tía Margot a un lugar como ese? Y supuse, entonces, que debía frecuentar no solo los ambientes de lujo, sino quizás también recorriera los lugares de reunión de los artistas que, llegados como ella de otros mundos, pululaban por las calles de la Ciudad de

la luz. Ahora sí había encontrado algo interesante. Alguien le había entregado esos versos, alguien que destilaba su amor. Pero eso no me alcanzaba, yo quería descubrir el alma de esa mujer.

Y seguí hurgando cajones hasta encontrar, bajo otro sutil paño de hilo y encaje, envueltas también en una cinta rosa, algunas cartas. Y entre ellas, algo mucho más valioso que todo lo demás: una esquela de su puño y letra, escrita con rasgos inclinados, trazo fino y regular.

Me extrañó que no hubiera nada en su mesa, todo lo que le importaba estaba en la cómoda, como si el escritorio fuera un lugar obvio donde se podría buscar su intimidad.

Escondía los recuerdos personales entre sus ropas donde seguramente pensaba que nadie iría a buscarlos, pensamiento ingenuo, simple y, evidentemente, equivocado.

Era fácil imaginarla, sentada frente al elegante mueble de patas curvadas de la pequeña antesala del dormitorio, sentada en la silla de respaldo oval recubierto de terciopelo morado, mojando cuidadosamente la pluma en el tintero, trazando las letras redondas regulares, y evocando su viaje mientras escribía sobre ese papel de color lila con letras violetas que dibujaban su nombre:

«Tu mirada ávida me quemaba las entrañas mientras te observaba. El pincel delineaba mi cuerpo sobre el lienzo y yo era tan tuya como la figura que aparecía en el cuadro, como los versos que me regalabas cuando salíamos a caminar por la plaza de Montmartre para que descansara de las largas sesiones en que posaba para tu retrato. Tu mirada, tu pincel, el lienzo y mi cuerpo, eran todo uno. ¿Qué era mi cuerpo cuando estaba sola? Una cáscara vacía. ¿Qué era tu mirada sin mí? Una simple mirada, pero yo era tu pincel y tu pintura, con ellos me atrapabas.»

Leí la misiva, ahora convertida en diario íntimo, varias veces. Estaba claro que nunca la había mandado, que esa carta no llegó a destino, quedó apresada entre las fotos y otras cartas venidas casi siempre de París, según veía en las estampillas pegadas con la conmemoración del centenario, o con la torre Eiffel. Y al leerla, tuve también la certeza de algo que ya sabía: Margot era una mujer culta que siempre había amado la lectura. Contaban que aún en el psiquiátrico, cuando ya no podía leer por sí misma, cuando no podía ni siquiera entender lo que le decían, gustaba, como los niños más chicos antes de dormir, que le leyeran en voz alta y aún entre las brumas de su entendimiento, tenía sus textos preferidos. No era solo el sonido de las palabras, el sentirse acompañada, algo debía captar de la esencia de esas historias, porque sonreía cuando le leían algunos trozos de autobiografías de mujeres brillantes, mundanas, como si quisiera recuperar así su propio recuerdo.

Me pregunté si en algún otro viaje la pasión contenida en esa carta habría encontrado su cauce. Necesitaba que fuera así, y seguí buscando hasta que descubrí que un cajón era menos profundo que los demás, pero solo por dentro, y me di cuenta de que ahí se encerraba un secreto, quizás el gran secreto.

No fue fácil quitar el fondo, nada parecía moverlo, hasta que descubrí dos pequeños agujeritos; introduje en ellos una fina aguja del coqueto costurero de viaje que parecía esperarme dentro del cajón y, como por arte de magia, saltó algún resorte y se liberó la tapa. La quité con cuidado y allí encontré mucho más de lo que yo esperaba, todo lo que esa carta parecía dejar entrever.

Había pinturas en pastel y en témpera, dibujos de Margot hasta el paroxismo: Margot con una gata, Margot sentada, Margot de pie, Margot contra una ventana, Margot desnuda entregándose a su pintor con la mirada, atrapada en su pasión por los pinceles. Margot echada sobre una sábana de seda negra, su mancha blanca ondulante en la que, como en el cuadro de la escalera, destacaban sus cejas, sus pestañas, el rojo de su boca y el de los largos guantes, uno sobre el fondo oscuro, descansando a lo largo del cuerpo, y el otro cruzado sobre el torso y apoyándose sobre su pecho.

No cabía duda de lo que ese cuerpo me decía: había deseo en la mirada del pintor, había entrega en la mirada de la modelo. Los pasteles y las témperas cobraban vida, mostraban una pasión que emergía ante mis ojos indiscretos.

Encontré también un dibujo totalmente diferente: dibujado en carboncillo que carecía de sensualidad y era simple, convencional, algo vulgar. Casi parecía fuera de lugar. Allí se la veía vestida con una bata fruncida desde el canesú, llevaba un cuellito de encaje y cerrando el escote, a la manera de botón, un broche ovalado con una perla en su centro. Como si esta fuera la hermana pobre de la Margot que aparecía en las otras pinturas, la que tenía la mansión donde yo estaba intentando desentrañar su vida.

Mi mirada se posó largo rato en esos trazos. Así hacía con todo, esperando que la realidad fuera apareciendo, sin meditarlo, sin analizar nada, hasta que los ojos se llenaban con las imágenes y estas empezaban a hablarme. El dibujo no tenía la fuerza de los otros cuadros, como si hubiera sido hecho por otro pintor, o quizás hasta por ella misma, frente a un espejo. Estaba de pie, y, aunque no aparecía un bloc en su mano ni caballete, esos detalles podían haber sido obviados, me pregunté si ese dibujo sería anterior o posterior a los otros, porque ninguno tenía fecha. Entonces volví al paquetito, a desatar nuevamente el lazo rosa y me propuse leer con atención cada uno de los escritos, buscando la clave. Y fue cuando encontré esta otra carta:

Margot, mi niña, nuestra pequeña está mal; la tuberculosis se ha ensañado aquí en París, y tememos por ella. La cuidamos todo lo que podemos, estamos preocupados también por los otros niños, pero ella siempre fue algo más débil, ya lo sabés. Margot, creo que sería bueno que vinieras. Sé que ahora te es más difícil, pero tendrás que dejar a tu marido, decirle que tenés que venir a Francia. Es importante, yo te necesito y esa verdad es la mejor explicación que podés darle. Allá se arreglarán sin tu presencia y quiero que si le pasa algo puedas llegar a verla. En un mes, antes de que empiece el invierno, podrás estar aquí.

En ese momento sentí que me llamaban: «¡Vamos! Hay que cerrar la casa». Escondí el paquete de cartas entre mis ropas y bajé rápidamente la escalera. Antes de abandonar la mansión, fijé la vista en el cuadro por última vez, sentí su mirada y su sonrisa, y tuve la certeza de que había hecho lo que debía. Leí tantas veces esas cartas…

 

Seis meses después, mientras miraba distraídamente por la ventana las hojas que acolchaban nuestro jardín, me invadió el recuerdo del cuadro, de las pinturas encontradas en la cómoda y las cartas que casi sabía de memoria.

Salí de casa decidida, subí al coche y fui directamente hacia una dirección y un nombre que aparecían en el remitente de uno de los sobres. Al llegar, detrás de una fila de paraísos, la casa se mostraba austera y digna con su fachada blanca, la puerta de madera maciza y las ventanas a los lados formando cuerpos salientes. Me acerqué a la entrada, toqué el timbre y esperé.

—¿Desea algo, la señorita?

—Por favor, quisiera hablar con el señor Gerardo. —Mi voz sonó firme, convincente. Había tantas posibilidades de que Gerardo también fuera ya memoria, o se hubiera mudado—. Dígale que está la sobrina de la señora Lafontaine.

Pasaron casi cinco minutos en los que estuve por escapar varias veces, hasta que por fin escuché la misma voz aguda que me decía.

—Pase, el señor la está esperando.

Me encontré frente a un hombre mucho más joven de lo que esperaba. Imaginaba un anciano, hasta lo había pensado sentado en una silla de ruedas, o padeciendo alguna grave enfermedad, tendido en su cama.

Sin embargo, estaba allí, tras su escritorio, delante de unas puertas corredizas que separaban la pequeña estancia rodeada de libros del living de la casa, y me sonreía. Sentí que todo ese tiempo me había estado esperando, como si supiera que alguien podía haber encontrado su carta, o quizás había habido muchas cartas y que podía entrar en su vida para rescatar aquel trozo de pasado, el que compartió con ella en absoluto secreto, porque Margot era una mujer casada y su marido un conocido diplomático extranjero.

Después de que en la penumbra de aquel escritorio hubiéramos hablado los dos largamente, después de haber escuchado y de haber imaginado los dolores y placeres de

la vida de la tía Margot, supe que era depositaria de un gran secreto.

Pero también tuve la terrible certeza de que, sin haberlo esperado, había desentrañado la verdad de mi propia vida. Porque descubrí que esa niña criada por mi abuela en París antes de que volvieran todos a Buenos Aires era, en realidad, la hija secreta de Margot.

Esa niña, débil desde su infancia, murió al dar a luz a su primogénita y ese, siempre lo supe, había sido el trágico final de mi madre.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

YO SOY LA ESPERANZA