Johan Davidsen
Sara aseguró su bicicleta a un tubo de desagüe frente a la entrada de mi edificio, mientras un gran grupo de jóvenes salía en tropel del vestíbulo del local de conciertos de enfrente.
—Retrocedan —dijo con firmeza uno de los porteros.
—¡Eres un perro! —gritó un chico de sudadera con capucha.
Cuando todo se calmó un poco quise intentar vender la entrada que me sobraba.
—¿Probamos con ellas? —le pregunté a Sara, señalando a tres mujeres de unos cuarenta años. Me sentía más seguro con ellas. Pero ella prefería preguntarles a los que acababan de expulsar.
—Hola, ¿están buscando una entrada? —preguntó Sara al grupo.
—La compro por 100 coronas —dijo un hombre corpulento con camiseta blanca, con la mirada perdida.
—Cuesta 295 —respondió Sara—, eso fue lo que pagamos.
Un hombre más bajo salió del grupo.
—Yo la quiero —dijo—. ¿Cuánto cuesta? ¿Cuál es tu número? Ponte aquí a mi lado y te hago la transferencia.
De pronto estábamos en medio del grupo. Yo estaba nervioso. Tecleó mi número y realizó la transferencia. Con manos temblorosas, le envié la entrada.
—Mi MobilePay no funciona, no sé por qué —dijo, y le preguntó a un amigo si podía transferir el dinero.
—Tengo el dinero, lo aseguro. Toma, sostén mi teléfono hasta que recibas el pago —dijo el amigo.
Sara sostuvo su teléfono mientras él hacía la transferencia.
Subimos a mi apartamento antes del concierto. La adrenalina todavía corría por mi cuerpo. Encontré dos cervezas en el refrigerador y nos sentamos en el sofá.
—Me sentí como el chico más blanco de todos allá abajo —dije.
—Pero es que lo eres —respondió Sara, riendo.
Era increíble lo acostumbrado que debía estar aquel tipo a la desconfianza. Él mismo sugirió que sostuviera su teléfono como garantía.
Sara estuvo de acuerdo.
—Tal vez sea porque una vez me asaltaron que no confío en nadie —dije.
—Yo no tuve ningún problema. Pero también podría ser su madre —dijo Sara.
El novio de Sara, Simon, escribió. También iba al concierto con unos amigos. Miré por la ventana y lo vi abajo. Nos saludaron con la mano. Teníamos que terminar nuestras bebidas. Escribió que irían al bar a la derecha del escenario. Poco después, a la izquierda. Su exnovia estaba trabajando allí.
En la calle, una patrulla policial tenía las luces azules encendidas.
—¡Ahora cálmate! ¡Da un paso atrás! —gritó un agente.
Se oyó un golpe sordo cuando un joven fue empujado contra el coche y tirado al suelo, mientras la policía y los jóvenes se gritaban mutuamente. Sara hablaba de brutalidad policial mientras yo fumaba un cigarrillo camino a la entrada, donde una agente estaba sentada encima de un joven que yacía boca abajo sobre los adoquines.
El hombre que había comprado mi entrada discutía con un policía, intentando explicar lo sucedido. No entendí lo que quería decir. Seguimos hacia la entrada.
El bajo hacía vibrar las ventanas.
—Llegaron justo a tiempo —dijo el guardia dijo.
Creo que Sara no lo escuchó y siguió subiendo lentamente las escaleras.
—Oye, ya empezó —tuve que decirle.
Entonces nos apresuramos a subir y nos metimos entre la multitud.
Le escribí a Simon para decirle dónde estábamos, pero pronto lo vi con sus amigos, a unos metros delante de nosotros entre el público.
—¡Qué gusto verte! —gritó, haciendo que mis tímpanos vibraran incómodamente mientras nos abrazábamos.
El concierto estuvo bien, pero no tan bueno como las dos veces anteriores que había visto al rapero. Después me quedé afuera hablando con Simon. Algunos querían ir a un bar antiguo. Pero Sara pensaba que estaría demasiado lleno. Es alérgica al humo y dijo que terminaríamos impregnados de nicotina.
Sara y Simon tenían hambre. Un taxi con la luz verde encendida estaba un poco más abajo en la calle. Colocamos la bicicleta de Sara en la parte trasera, y Simon dijo el nombre de un restaurante en el centro del que siempre hablaba. Cuando el coche tomó velocidad, le pedimos al conductor que subiera la música, una canción del concierto. Ya en el centro, nos detuvimos ante un semáforo en rojo.
—Esperen —dijo el taxista—, tengo que revisar la bicicleta.
Salió y ajustó bien el soporte. Un taxi que venía en sentido contrario bajó la ventanilla.
—¿Qué estás haciendo? ¡Inmigrante! —le gritó a nuestro conductor, riendo. Se conocían.
Nos dejó justo frente al restaurante. Abrimos la puerta de cristal y nos abrimos paso a través de las gruesas cortinas que mantenían el frío afuera.
Un camarero británico con gorra plana nos preguntó si veníamos por bebidas o por cena.
—¿Por qué elegir? —preguntó Simon.
Nos acomodaron en una mesa junto a la ventana que daba a la calle. Yo realmente necesitaba ir al baño. Debía estar al fondo del local alargado. Pero había un bar en el centro.
—Disculpe, señor, esta es el área de trabajo. Está del lado equivocado de la barra —gritó el camarero.
Me tomó un momento entender que me hablaba a mí. Evidentemente había pasado al lado incorrecto. Cuando llegamos, nos había preguntado si queríamos sentarnos en la barra, lo cual habíamos rechazado, pero yo miré hacia allí y, por alguna razón, confundí el lado de los clientes con el del personal sin darme cuenta.
Debió de ser eso lo que salió mal cuando intenté encontrar el baño. Me dio vergüenza, pero salí y fui al baño. Había dos inodoros uno junto al otro en una sala grande con iluminación tenue.
Cuando regresé a la mesa, conté la experiencia embarazosa. Los otros dos no lo consideraron tan grave. Pero también estaban bastante más ebrios. Pedimos comida. Y luego un vino natural que el camarero describió como un gusto adquirido. Pero al probarlo, se parecía a una sidra casera. Sara estuvo varias veces a punto de quedarse dormida.
Cuando llegó la cuenta, superaba las mil coronas. Le pregunté a Simon cuánto debía transferirle.
—Doscientos —dijo tras pensarlo un momento.
Simplemente lo hice, aunque estaba lejos de ser mi parte completa.
Al salir, no pude evitarlo y me acerqué a la barra, donde nuestro camarero, que ya había terminado su turno, estaba sentado en un taburete. Con un rápido movimiento de la mano, le quité la gorra, que voló en un arco bajo por encima de la barra y cayó en el lavabo.
No debí haber hecho eso.
Johan Davidsen es un escritor danés nacido en 1985. Tiene una maestría en Estudios de la Comunicación por la Universidad de Copenhague. Debutó como autor en 2015 con Jeg kan ikke hjælpe dig med dine problemer (No puedo ayudarte con tus roblemas). Selvmordstanker kan ikke betale sig (Los pensamientos suicidas no pagan) es su segundo libro.

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