Maritza Macías Mosquera
Anny
había llegado de España a acompañar a su amiga… un poco tarde, se dijo. Transcurrió
más de un año desde la partida de doña Ramona, pero ella, becada en Europa, no
podía dejar todo para venir a casa de Celia cuando su madre falleció. Estaba al
tanto de lo ocurrido, con la información precisa, ya que hablaba a diario con
su amiga, en realidad se mensajeaban, era la forma más práctica; sin embargo,
Anny sabía que faltaba ese abrazo prolongado a propósito, con la sola intención
de sentir a la otra.
Su
amistad se remontaba a los tiempos de la universidad. Allí se conocieron. Cuando
un trabajo grupal las puso en el mismo grupo y a investigar el mismo tema,
nunca más se separaron. La amistad, que databa ya de más de diez años, era firme
y honesta. Por eso le dolía no estar con Celia, no haber estado a su lado en el
velatorio y el funeral.
Su
beca había terminado y había aprobado como siempre, sobresaliente. Decidió
regresar de inmediato. Hacía dos años que no abrazaba a sus padres, hermanos ni
sobrinos y en especial a su amiga del alma.
—¿Cómo
estás, amiga de mi corazón? ¡Te he extrañado tanto! —Fue lo más honesto que le
salió de la boca. Celia la había ido a esperar al aeropuerto.
—Bien
—respondió Celia—. ¿Cómo estuvo el vuelo?
—La
verdad, me lo dormí todo, desperté cuando atravesábamos la cordillera.
—Ja,
ja, ja, lo sabía, igual que cuando te fuiste, no has dejado de ser una marmota.
—Y se rieron juntas.
Ese
día se quedaría con ella, sus padres vivían en provincia, así que partiría al
día siguiente. Sabía que no cabía la posibilidad de dormir, eran muchos dos
años lejos sin poder conversar a solas. Luego de ver a su familia, regresaría a
ocupar su cargo a la facultad donde se desenvolvía antes de la beca y se
quedaría en la casa de Celia, quien ya tenía un dormitorio dispuesto y donde se
instaló de inmediato.
Cuando
hizo entrega de los regalos que traía, Celia no pudo contener el llanto al recibir
el abanico legítimo de Sevilla, que Anny le había comprado a su madre. Ella estaba
segura de que Anny se lo traería desde España, pero no alcanzó a recibirlo porque
un mieloma múltiple, ese cáncer de ancianos, la había llevado en pocas semanas.
Ramona
sospechó su condición, pero Celia no se lo corroboró, nunca hablaron de su
enfermedad, solo se limitaba a cuidarla y mimarla. No había tiempo para ellas.
Fue por esa razón que la emoción de Celia la hizo desbordarse y cayó en cuenta
que no había llorado con tanta pena su duelo en lo que iba corrido de ese año.
—Sabes
que a veces creo que es un déjá vu, cuando los recuerdos se me confunden
con flashes sobre mi vida pasada —dijo Celia, confesándole a Anny lo que era su
vida ahora sin su madre—. Será que la memoria y el tiempo se pueden mezclar
como los ingredientes de una receta o, que son solo curiosas maneras que tiene
nuestro cerebro de enviarnos hacia atrás. No para retener el tiempo ido ni para
volver a él, lo que es imposible, si no para no olvidar de dónde venimos ni lo
que hemos vivido, sea esto bueno, malo; feliz o doloroso.
—Eso
es legítimo —la animó Anny—, solo tú sabes cómo canalizas tu pena y tus
recuerdos.
—También
—continuó Celia sin prestar demasiada atención al comentario de su amiga—, en
otras ocasiones, creo sentir que me nombra, escucho su voz tras de mí y, giro
para verla, pero no está, entonces me pregunto, ¿sería mi imaginación? Porque
la oí tan nítida… Sí, escucho su voz, esa misma melodiosa voz de antaño, esa
voz cantora, alta, afinada, armoniosa, de timbre brillante. Esa voz y esas
canciones, resuenan constantes en mis oídos. Nunca he vuelto a escuchar una voz
como la suya. Puede que yo la idealizara en mis remembranzas, igual es mi
prerrogativa, puesto que era mi madre su dueña.
—Es
cierto; la oí cantar algunas veces.
—Pero
cuando se enfermó ya no pudo cantar más, se le olvidó ese amplio repertorio del
que disponía y junto con el olvido de las letras de las canciones, su voz se
volvió desafinada, desentonada y prefirió el silencio.
Y
al silencio de Ramona, mencionado por Celia, siguió un silencio prolongado
durante el cual Anny no supo qué decir. La anfitriona se levantó para servir
café y la amiga recorrió la sala con la mirada.
—Todo
está igual —dijo finalmente.
—Prefiero
que así sea —dijo Celia regresando con una bandeja en la que, además de la
cafetera y los pocillos, había una fuente con bizcochos caseros. Solo entonces,
cuando se hubo sentado en el sillón, reanudó los comentarios—. Tengo recuerdos
de mi madre desde una edad bien lejana, debo haber tenido cuatro o cinco años,
porque la veo joven en esas imágenes que mi cerebro logró guardar. Ella fue
siempre una mujer muy acelerada, hacía todo muy rápido y me costaba mucho
seguir su ritmo, muchas veces se le caían las cosas o las dejaba sobre la mesa
o en el lavaplatos, de manera brusca, todo por lo atolondrada que era.
—Sí,
así la recuerdo, cuando yo te pasaba a buscar y se molestaba porque tú no
estabas lista. “¡Tan lenta esta niñita, por Dios!”, me decía mientras buscabas
tus cosas por aquí y por allá.
—Ella era así, rápida para todo. Extraño sus
comidas. Cocinaba tan rico, aunque yo no alcanzaba a ver qué ingredientes ponía
en cada comida; por lo mismo me causaba curiosidad saber qué llevaba cada
plato, no para cocinar yo, que era muy niña, sino porque le quedaban tan ricas
que deseaba saborear y reconocer en ellas, cada ingrediente. Después, ya de
grande me ayudaba a cocinar y me dirigía: el pollo pega bien con apio, las
carnes rojas con pimienta negra y así fui aprendiendo, de su forma y
estrategias culinarias.
—Pero
deben haberte quedado grabadas algunas de sus recetas, ¿no? —Anny bebió un
sorbo de café y Celia la contempló extrañada, como si con esa simple frase
hubiera abierto un canal hacia el pasado.
—¡Eso
mismo! —exclamó—. Pero lo que más recuerdo, sin dudar, eran dos preparaciones
de ella que me embelesaban. No eran comidas de almuerzo o cena. Una era un
postre: leche asada.
—En
España le dicen flan —acotó Anny—. ¡Me encanta!
—El
otro —siguió Celia—, un queque, ambos dulces y, a ambos se les hacía una
especie de costra encima. La de la leche asada, era muy, muy rica y la del
queque, era crocante.
—Me
había olvidado lo que es un queque. Allá le dicen bizcocho… ¿Es lo mismo?
—Supongo
que sí —dijo Celia moviendo la mano, como restándole importancia al tema de los
nombres—. En aquellos años —continuó—, en mi casa de niña no existían los
electrodomésticos, por lo que mi retina me devuelve la imagen de ella, batiendo
con un par de tenedores y, como era acelerada, batía muy rápido. Tampoco se
guiaba por cantidades indicadas en alguna receta, ella lo hacía todo "al
ojo", como decimos por acá. Yo la observaba y, mientras revolvía y batía,
cantaba boleros y tangos. De esos me aprendí parte de sus letras.
—¡Qué
divertido!
Celia
contempló a su amiga y una especie de luz le recorrió la mirada.
—Oye
—dijo al cabo de un momento—, se me ocurre una idea: ¿qué tal si preparamos ese
queque y lo comemos hoy mismo.
Anny,
que conocía los sabores de ambos, no pudo decir otra cosa que dar un sí rotundo
y emocionado.
Una
vez en la cocina, Celia fue quien guio la faena… cantando, tal como hacía su
madre.
—Quebrar
tres huevos y echarlos en un cuenco... —dijo mirando a Anny. Luego, sin solución de continuidad, entonó una
estrofa—. Partiré canturreando... mi poema más triste.
—¿Y
ahora? —apremió Anny.
—Agregar
una taza de azúcar... Poner un octavo de mantequilla a temperatura ambiente,
batir...
y seguir cantando... le diré a todo el
mundo... lo que tú, me quisiste...
—¿Sabes
la receta de memoria?
Celia
no respondió a la pregunta y continuó la cantilena.
—Una
vez esté todo bien mezclado agregar una taza de harina de trigo. Y luego echar,
sobre la mezcla, otra taza de harina y continuar mezclando…
—¡Canta,
canta!
—Y
cuando nadie escuche, mis canciones ya viejas… partiré a algún
pueblo lejano...
—¡Sigue!
—Espolvorear
un par de cucharaditas de polvos de hornear y mezclar despacio... Enmantecar
un molde y vaciar la mezcla en él.
—Ya
no estás cantando.
—… y allí, moriré...
—¡Qué
final triste!
—No para el queque —dijo Celia—. Luego de una
media hora, pinchar con una aguja de tejer para comprobar si ya está cocido. Si
la aguja sale húmeda dejar un rato más, si sale seca está listo.
—¿Qué
cantabas? —preguntó Anny.
—Era
un tema muy antiguo —comentó Celia—, se llama "Cuando ya no me
quieras", del mexicano Miguel
Castilla; lo interpretaba Tito Rodríguez y también por Los Tres Reyes. Mi madre
sabía todo lo concerniente a los temas que le gustaban.
—Hay
que celebrar tu regreso, amiga querida —dijo Celia cuando hubieron terminado la
actividad culinaria.
—Traje
un espumante delicioso...
—Mientras no terminemos borrachas…
—Veo
que sigues siendo la misma de siempre. No cualquiera recuerda una de esas
canciones, al menos no con tu edad y no esas canciones.
—La
nota final —agregó Celia—, es que si no lo haces cantando, ten la seguridad que
no obtendrás los resultados esperados, Pero te voy a enviar las recetas a tu
celular, para que la prepares con tu familia y también la grabación de esa y
otras canciones.
Por
la mañana se despidieron en el terminal de buses. Hubo un largo abrazo, saludos
a la familia, y los mejores deseos. Celia regresó a casa, ordenaría un poco y
luego se iría al trabajo, como siempre... cuando un Cely muy suave se escuchó en alguna parte de la sala.
Celia,
miró por todos lados y luego sonrió.
—Sí,
mamá, estoy feliz; el queque salió perfecto… y usaré tu abanico. Te lo prometo.
Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

Hermoso cuento!
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