Rodrigo Juri
1
Las
olas rompen contra las rocas de abajo levantando una fina llovizna que se eleva
incluso por sobre el borde del acantilado, envolviendo al hombre que, sin
amilanarse por el frío ni la humedad, contempla el inicio de un nuevo día.
Disfruta del aroma salino que inunda sus narices y que llena sus pulmones.
Aprecia el violento clamor del mar estrellándose contra las murallas de piedra.
Sonríe cuando los primeros rayos del sol le hacen entrecerrar sus ojos.
Un parpadeo. Tan sólo eso. Y todo es oscuridad mientras cae
vertiginosamente en un abismo de insondable profundidad.
Francisco Domínguez detesta cuando eso pasa. Cuando
interrumpen violentamente la conexión y dejan su cuerpo botado en cualquier
lado para que él se haga cargo. Al menos esta vez está abrigado, cubierto por
las mantas de un lecho que huele a desinfectante y a sexo. A un costado,
poniéndose sus ropas hay una niña impúber. La reconoce como un móvil Leyla
estándar. Uno de los modelos clonados en serie por una compañía de la
competencia. Una criatura que fue lobotomizada en su primer año de vida y que
desde entonces es manipulada en forma remota a través de un implante por los
operadores de la compañía.
Se pregunta si acaso podría ganar algo de todo aquello.
Pero no. Es claro que el operador sabe quién es su cliente y que la sesión ha
terminado.
—¿Dónde estoy? —le pregunta.
—En un motel en las afueras de Santiago. Hay una estación
de trenes justo a la salida.
Mira por una ventana y afuera es de noche. Eso no le
consuela mucho. Con seguridad su cliente lo ha paseado sin ningún miramiento
por la superficie, exponiendo su cuerpo a los dañinos rayos ultravioleta del
sol e incluso es posible que lo haya llevado hasta las ruinas de la ciudad que
siguen siendo radiactivas aunque ya han pasado varias décadas desde el último
bombardeo.
A ese ritmo no va a durar mucho. Decide que lo mejor es
aprovechar la oscuridad, así que se viste rápidamente y sale presuroso en
dirección a la estación, esperando que pase pronto un tren que lo lleve a casa.
2
Está
sentado sobre hierba seca mirando un valle verde que se extiende a lo lejos. Su
último cliente parece haberse hecho adicto a él y volvió a solicitar sus
servicios sólo veinticuatro horas más tarde. Apenas había tenido tiempo para
llegar a los complejos subterráneos de Nuevo Valparaíso, reportarse con su jefe
y dormir un poco. Pero estaba bien. Ahora de nuevo su mente puede disfrutar de
la soledad y de un paisaje maravilloso, lejos de los inmundos corredores de la
ciudad y la total miseria de la superficie. Por otro lado, su cuerpo podía
estar asándose en lava ardiente, por lo que sabía. No importaba. Después de lo
que había pasado había exigido garantías adicionales y se las habían otorgado.
Cualquier daño que sufriera sería compensado con creces.
¿Quién sería?, se preguntó. Su jefe le había dicho que era
un oficial corporativo de la Luna. Eso no era mucho porque el noventa por
ciento de la demanda en el lucrativo negocio del arriendo de cuerpos provenía
de la Luna. Hombres de negocios, autoridades, incluso turistas, que jamás
podrían poner un pie sobre la Tierra pues sus huesos famélicos se quebrarían y
sus flojos corazones colapsarían, todo ello a causa de la escasa gravedad en la
que habían nacido y crecido. Lo más cerca que podían llegar era hasta alguna
estación espacial en órbita terrestre y desde allí contratar los servicios de
alguno de los muchos miserables que poseían un implante de control remoto en la
base de su encéfalo.
A algunos les repugnaba esa práctica. La forma última de
prostitución. Muchos le miraban con desprecio cuando sabían a qué se dedicaba.
Expresión que se convertía en desdeñosa envidia cuando le veían conduciendo
algún lujoso automóvil o envuelto en un elegante traje manufacturado en la Luna
o Marte. Todo gracias al dinero que no dejaba de llegar a su cuenta corriente.
Él, en cambio, los miraba con condescendencia. Gentes que
se aferraban a una realidad decadente. ¿Qué podía haber de bueno en aquel mundo
arruinado por interminables guerras nucleares, agotado en sus recursos
naturales, sometido a dictadores brutales y a oligarquías esclavistas?
Lo paradójico era que alguien de allá, de aquel paraíso
tecnológico que era la Luna, deseara visitar este infierno. Pero quién era él
para discutir sus motivos. Lo importante era que eso le permitía pasearse por
un soleado valle tapizado de fragantes flores y frondosos árboles, y encima, se
le pagaba por ello.
Esta vez es peor. Está en medio de una zanja, semidesnudo y
la lluvia cae sobre él a cántaros. De nuevo está en el exterior, y no puede
dejar de preguntarse qué asuntos tiene su cliente allí afuera. No importa. No
es problema suyo. Sí lo es comprobar que todos sus miembros estén donde deben
estar. Sí, aparentemente sí, aunque siente un dolor apagado en la base del
estómago. Sin duda, alguien le había golpeado allí algunos momentos antes. ¿En
qué sórdido asunto se había metido su cliente?
Se levanta lo mejor que puede y comienza a caminar. No
tiene idea de dónde está ni a dónde debe dirigirse. Le pide a la inteligencia
artificial alojada en su implante que le avise a su jefe y que mande un
transporte a por él. Se sienta debajo de un árbol. Su mente se traslada a una
paradisíaca isla tropical mientras alguien más se encarga de llevar su ser
hasta un sitio confortable y seguro.
3
Una
ciudad dorada al otro lado de un río de plata. Allí quizás le esperan los
tesoros de Alí Babá, o mejor aún, el harén del califa. Sólo tiene que pedir y
se le concederá. Esta vez su cliente le había ofrecido el doble de paga y
acceso a realidades virtuales de alta fidelidad. Al final no pudo negarse.
Se acerca a la góndola que espera al borde del río. Sube en
ella y como por arte de magia la pequeña embarcación comienza por sí sola a
surcar las aguas llevándolo hacia la ciudad de oro.
Dolor. Intenso dolor. Está en una playa de arenas grises,
bajo un cielo encapotado. Su pierna sangra y su pantalón está manchado de
púrpura. ¿Cuándo tiempo lleva así? ¿Ha perdido mucha sangre? ¿Cuánto le van a
pagar por este desastre?
Todos estos interrogantes pasan a segundo plano cuando ve
que a su lado está el cuerpo inmóvil de una pequeña. La conoce. Leyla. Quizás
la misma en cuya compañía había despertado días atrás. Por alguna razón, está
seguro de ello. Comprende que está muerta, su cuello torcido en un ángulo
imposible.
Tendrá que dar algunas explicaciones a la policía y a los
dueños de la unidad, pero todo está en la memoria de su implante y, por
supuesto, se le exonerará de toda responsabilidad. El verdadero culpable
tampoco tiene nada de qué preocuparse pues está a salvo allá en el espacio.
Se arrastra un trecho dejando un rastro rojo tras de sí. Se
está desangrando con rapidez. Siente una punzada de miedo. Piensa en enviar una
señal de emergencia. No servirá. No llegarán a tiempo. Por lo demás, ya siente
que sus miembros se entumecen y su visión se nubla. Muy pronto perderá la
conciencia. Ya está jodido. Decide permitir que la muerte gane esa batalla.
4
Su
jefe le espera en la cima de la verde colina apoyado en monolitos de piedra.
Domínguez asciende los últimos tramos del sendero visiblemente enojado.
—Lo siento, Pancho —dice el jefe—. Los seguros cubren todo
y el cliente se ofreció a pagar una compensación adicional.
—¿Qué mierda pasó?
—Ya sabes. Los selenitas y sus conspiraciones corporativas.
Y no nos conviene saber más.
—Última vez, jefe. Ya no quiero más problemas. Nada de
cuerpos fuertes y atléticos. No quiero jugar más a los espías y ladrones.
—Entonces no me sirves.
—Eso está bien porque renuncio.
La
niña avanza por el pasillo escasamente iluminado. A su lado están los
centenares de estanques guardados en el sótano de la compañía. Dentro de cada
uno de ellos flota un cuerpo, o lo que queda de ellos. A veces son sólo cabezas
o cerebros conectados directamente a tubos que les suministran nutrientes.
Llega hasta donde sus nuevos jefes le habían dicho que
estaba. Un cuerpo completo, flotando en un líquido viscoso. Es viejo, de cabeza
calva y muchas llagas en la piel producto de la radiactividad. Francisco
Domínguez, dice la placa. Alguna vez ese cuerpo había sido joven y se había
alimentado, había caminado y había visto y oído por sí mismo. También había
sido pobre y tuvo que venderse a bajo precio. Lo trataron mal y muy pronto
quedó estropeado. Pero había alcanzado a ahorrar lo suficiente como para costearse
un estanque de manutención.
La niña contempla con tristeza aquel ser, que es ella
misma, el original, allí donde todavía residen sus recuerdos y su voluntad.
Con el dinero de los seguros, los bonos y la indemnización
bien podría haber vivido sin necesidad de trabajar un buen tiempo. Podría
haberse quedado una larga temporada en cualquiera de los jardines del Edén que
tanto le gustaba visitar. Pero no.
Sí, detestaba ese mundo en el que le había tocado vivir.
Pero lo necesitaba. Necesitaba saberse vivo, saberse real. Saber o imaginar al
menos que era algo más que ese bulto flotando en líquido verdoso.
Ahora que había comprobado que la mudanza se había llevado
a cabo sin contratiempos tenía que volver a sus labores. Sus nuevos jefes le
habían dado un modelo Leyla estándar. Un cerebro hueco que ahora ocupaba él. Un
cuerpo infantil que debía ofrecer a los pedófilos de la Luna. Esta vez sería un
operador, nada de escaparse a mundos de fantasía en horas de trabajo.
Rodrigo Juri nació en 1971, es
ingeniero agrónomo y profesor de ciencias. Aunque ha sido aficionado a la
ciencia ficción desde niño, se ha dedicado a escribir desde hace unos pocos
años, luego de que en el año 2007 participara como miembro del comité organizador
de la 65ava Convención Mundial de Ciencia Ficción celebrada en Yokohama, Japón.
Ha publicado sus trabajos en portales electrónicos como Tau Zero, Axxón,
El Sitio de Ciencia Ficción, y en el fanzine argentino Próxima. Participó en la antología binacional chileno argentina Espacio Austral. Actualmente vive en la ciudad de Rancagua, está casado con Ximena y tienen una
hija cuyo nombre, sin embargo, no es Elvira, tampoco Sol, sino Evelyn. Además
comparten sus vidas con tres gatos, dos pajaritos, un perro y una liebre loca.

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