domingo, 12 de abril de 2026

EN EL TÚNEL

 Bilal Fadl

 

Nadie, en absoluto, esperaba que el país presenciara un destino semejante. Durante largos años, la obsesión por su ausencia repentina inquietaba a sus opositores antes que a sus partidarios y aterrorizaba a sus adversarios más que a quienes se beneficiaban de él. Cada vez que surgía la posibilidad de su desaparición súbita, todos rehuían el tema: algunos gritaban con vehemencia para ocultar el olor de la hipocresía: «¡Que Dios no nos prive jamás de su presencia!», otros escapaban del asunto espinoso limitándose a expresar su preocupación por el país y murmurando: «Hasta el Profeta murió y la voluntad de Dios es inevitable… pero que Dios nos proteja», y un tercer grupo decía con entusiasmo a quienes temían por el futuro del país: «Egipto siempre ha sido fecundo». Si les pedías que propusieran a uno de sus hijos para desempeñar el papel de sustituto, te respondían, casi a punto de abofetearte de rabia: «Si durante más de un cuarto de siglo la gobernó alguien que ni siquiera soñaba con hacerlo, ten por seguro que no le molestará entregar sus riendas a otra persona que tampoco sueñe con gobernarla… Es cierto que Egipto padece de presión y azúcar, pero no olvides que su corazón sigue siendo grande».

Pero ninguno de ellos esperaba que su ausencia repentina llegara de aquella manera única que sacudió al universo entero.

Desde el primer momento en que las agencias de noticias y los canales de televisión difundieron aquella noticia urgente hasta ahora, nadie ha entendido lo ocurrido.

«Desaparición de la caravana presidencial en el túnel de Al-Oruba».

Cómo, por qué, dónde desapareció y si regresará… nadie lo sabe, y quizá nadie lo sepa en el futuro cercano.

Lo único que la gente sabe es que la caravana de Su Excelencia entró en el túnel de Al-Oruba camino al Parlamento para pronunciar su discurso histórico en el que decidiría si aceptaba asumir la responsabilidad del país durante seis años más, a petición del público, tras años de rumores sobre si heredaría su asiento a su hijo, lo entregaría a uno de sus colaboradores o dejaría un buen recuerdo convocando elecciones presidenciales libres bajo supervisión judicial y sin intervención de la seguridad, en las que el pueblo decidiría su destino por primera vez tras sesenta años desde el lanzamiento de la canción «El pueblo encontró su camino».

Durante unos instantes, los oficiales encargados de asegurar la caravana y los soldados que daban la espalda a los informantes que interpretaban el papel de ciudadanos embelesados por su amor, pensaron que habían sufrido una ceguera temporal que les hizo perder de vista la caravana tras su salida del túnel. Pero los gritos que estallaron en los radios preguntando por el retraso en su llegada los obligaron a abrir los ojos de par en par en busca del motivo de la tardanza. No vieron más que el túnel vacío, desolado y lúgubre, como si aún no hubiera sido inaugurado.

Durante días, los desafortunados responsables fueron sometidos a las formas más atroces de tortura que ni los opositores más férreos del país habían padecido jamás. La pregunta desconcertaba tanto al que la hacía como al interrogado: «¿A dónde fue la caravana? ¿Qué significa que desapareció? ¿Te estás burlando?».

Al quinto día, todos confesaron haber ocultado la caravana en un lugar seguro y se mostraron dispuestos a indicar el sitio y reconstruir el crimen. Sin embargo, se comprobó la inutilidad de seguir cargándoles la responsabilidad y el país tuvo que enfrentarse a su oscuro destino impensado.

Todas las hipótesis fueron examinadas, incluso aquellas cuya trivialidad merecía matar a quien las pronunciaba: desde la posibilidad de que la caravana hubiera sido tragada por un hundimiento del terreno debido a las constantes reparaciones del túnel, pasando por encargar al Observatorio de Helwan estudiar la posibilidad de que hubiera sido absorbida por un agujero negro cósmico al coincidir su entrada con la alineación del disco solar con el sector de noticias, hasta formar un equipo de oftalmólogos para estudiar si la caravana «está realmente allí pero somos nosotros quienes no podemos verla».

Incluso el famoso profesor de historia que fue arrestado por declarar en un canal satelital que lo ocurrido recordaba la desaparición de Al-Hakim bi-Amr Allah en el desierto de Al-Muqattam siglos atrás fue liberado para encabezar un equipo investigador que examinara aquellas circunstancias, con la esperanza de extraer lecciones útiles. Se llegó incluso a ordenar la apertura de la tumba de Sitt al-Mulk, hermana de Al-Hakim, para estudiar su posible implicación en su asesinato y determinar si un gobernante –por voluntad divina o no– podía realmente desaparecer.

La confusión aumentó cuando el suelo del país estalló en varias ciudades, produciendo líquidos densos y viscosos. Algunos editores de periódicos oficiales dijeron que era por la tristeza de la tierra de Egipto ante su repentina desaparición; ciertos imanes afirmaron que era señal de la ira divina y del inminente advenimiento del Imán del Tiempo. Tras formar un comité de ingeniería de alto nivel, se concluyó que se debía a una fractura repentina en las redes de agua y alcantarillado.

Mientras tanto, profesores de derecho constitucional pasaron días y noches buscando una salida legal para llenar el vacío constitucional, pues tal desaparición jamás había figurado ni en la imaginación del más audaz sastre de constituciones.

Quienes apostaron a que el pueblo produciría chistes desternillantes tras lo sucedido se equivocaron: desde el primer día de aquella sorpresa cósmica, el pueblo estuvo a punto de morir de miedo. Los sociólogos políticos explicaron que las bromas surgían tras la partida de gobernantes de corta convivencia con el pueblo creyente –y el creyente, como se sabe, se apega y crea lazos–, a diferencia de Su Excelencia, sin quien nuestros compatriotas ya no imaginaban sus días. Nacieron, crecieron, envejecieron y se marchitaron con él. Cuando llegó, no lo conocían; luego no conocieron a nadie más. El 99,9% del pueblo no había visto otro gobernante. Era como si el mundo hubiera comenzado con él y no fuera a terminar mientras él existiera. Las capas de la tierra cambiaron, mares inundaron islas, terremotos destruyeron estados, volcanes cubrieron ciudades y tormentas dispersaron pueblos… y él permanecía igual. El tiempo parecía haberse congelado en él: pasado y presente chocaban antes de estrellarse juntos contra el futuro, formando una unidad temporal compacta en la que el presente era un pasado ya vivido y el futuro solo aspiraba a no ser peor que el presente.

Cuando el país se acercaba a cumplir un año desde la desaparición de la caravana en el túnel de Al-Oruba, todos volvieron a confirmar que «Dios no hace nada malo». El expediente de la herencia política, que agotó al país durante años, se cerró a la fuerza para partidarios y opositores. Ni siquiera los más hambrientos de heredar se atrevían a expresar su deseo sin conocer el destino de la caravana desaparecida.

En menos de un mes, la gente volvió a su vida normal, incluso mejor que antes. El enigma de la desaparición dejó de ocupar la mayor parte de su tiempo. El nuevo misterio era que nada de lo que todos temían ante la ausencia del presidente había ocurrido: no hubo caos de seguridad, ni vacío de poder, ni revuelta de hambrientos, ni crisis constitucional, ni desequilibrio económico… ni agua potable limpia. Algunos clérigos dijeron que su desaparición había devuelto el freno religioso al comportamiento de la gente por miedo a desaparecer también. Cuando las Naciones Unidas enviaron una delegación de expertos internacionales para estudiar esta situación única, no llegaron a conclusiones definitivas. El jefe de la misión, antes de partir, declaró: «Tras un estudio exhaustivo, concluimos que la república en los últimos años de su mandato ya no vivía: simplemente existía. Y por eso no necesita tanto un presidente como un milagro».

En un café popular que dicen tiene siete mil años, un jugador de dominó comentó, tras alabar a Dios: «¿Quién iba a creer que el país podría seguir así, solo por bendición?».
Su compañero respondió: «¿Y desde cuándo nuestro país ha seguido de otra manera?»


Traducción de Abdul Hadi Sadoun


Bilal Fadl es un escritor, periodista y guionista egipcio nacido en 1974 en El Cairo y criado en Alejandría. Es considerado una de las voces más destacadas de la sátira política y social en el mundo árabe contemporáneo, combinando en su estilo la narración literaria mordaz con el análisis crítico audaz. La trayectoria de Bilal Fadl se distingue por la fusión entre sensibilidad literaria y compromiso crítico, así como por su defensa constante de la libertad de expresión y su capacidad para formular preguntas incómodas con un estilo que equilibra seriedad y humor. Ha publicado varios libros que recopilan sus artículos y textos satíricos, entre ellos: Hijos de los mudos (2006), Risa herida (2008), En los brazos de los libros (2019), y la novela Madre de Mimi (2022).

 

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