Rosa Lía Cuello
Mientras
espero que Juan venga a buscarme, y como me arreglé temprano, cosa inusual en
mí, me pongo a hojear un apunte que estoy leyendo para un curso. Dice que con
el pensamiento se puede llegar a lo que es la verdad e ignorar los
sentimientos, que a los humanos parecen regirnos. Siempre estamos pensando en
hacer cosas por los otros, ya sea por lástima, por interés, por envidia, por
creer nomás, por ese sentimiento absurdo que nos domina de estar en todo y de
solucionarle la vida a los demás.
En realidad lo que dice es sobre ignorar los sentidos, en
la medida que la razón no indique que son verdaderos. Y agrega que “Es
necesario decir y pensar que el ser es y el no ser no es”.
Ahí es cuando uno comienza a preguntarse que es El Ser y
tiene que correr aunque sea hasta un diccionario porque no entendimos nada de
lo que dijo la profesora, que parecía más trabucada que nosotros. También este
buen señor afirma que “el ser es uno, inmutable, inmóvil, indivisible e
intemporal”. Más de uno podrá preguntarse que clase de loca soy. Eso no viene
al caso…
En este momento, me quedo pensando en Parménides. No el
filósofo sobre el cual estoy leyendo sino en mi gato que se llamaba igual. Era
el vago más ronroneador del barrio. Atigrado y de color naranja. Dicen que de
cada millón de gatos naranjas nace una sola hembra. ¿Y adivinen donde vivía? En
la casa de al lado.
Está bien, mi Parménides no era un ser en el sentido que
refiere el cuadernillo, era un gato, mi gato, pero se hacía entender.
Desde chiquito le gustó dormir cerca de la ventana, en el
piso, sobre un almohadón verde. No hubo forma de cambiarlo de lugar, si lo
poníamos en otro sitio se las ingeniaba para regresar. Hasta que mi madre un
día dijo que era imposible hacerle entender y lo dejó. Sucedía que desde allí vigilaba
a la vecina que se la pasaba subida al árbol, y cuando cruzaba algún otro
felino por esos lugares ella sólo miraba para la ventana y allá salía mi
Parménides como si lo llamaran de urgencia, dispuesto a luchar para defender a
su amada.
Ella, “inmutable”, veía desarrollarse la contienda, cuando
el intruso lograba escapar, bajaba y se reunía con él. Los ojos le brillaban y
juro que muchas veces la vi sonreír seductoramente; si los sentidos se
disfrazan, yo pido perdón. Fui engañada por ellos y por esa Gatúbela de jardín,
que mordía a mi gato en el cuello y él se quedaba muy orondo, como si le
gustara.
Mi hermoso y relleno mamífero, se ponía cada día más flaco.
Perdió el hambre y juraría que estaba ojeroso, pero fiel. A veces me miraba
queriendo contarme algo, o me lo contaba, pero yo no supe entenderlo.
Una tarde, lo vi salir despacito, no digo arrastrándose,
pero casi, y cruzar el cerco con dificultad. Esa noche no volvió a dormir y la
vecina tampoco.
A lo largo de tres días recorrimos casi todos los lugares
del barrio. Los bomberos no me hicieron caso, la policía no tomó mi denuncia,
ni la de la vecina, casi nos mandan a la guardia psiquiátrica.
Hasta que un viernes, en medio de la noche pude verlo al
lado de la cama, hablaba, y me dijo que buscara entre los yuyos del patio de un
caserón abandonado. Salí sin decir nada, con una linterna bien grande.
Me dirigí al fondo de la casa que conocía, por que cuando
niños todos jugábamos ahí. Mi Parménides iba delante de mí, casi transparente
de tan flaco. Alumbré cerca de un tronco que había y me paralizé, quedé
“inmóvil”, lo que vi me lleno de miedo.
Ella, tan anaranjada y peluda, estaba inclinada sobre mi
hermosa mascota, y al ver la luz levantó la cabeza. Su nariz, antes rosada ahora
estaba roja como su boca con la sangre de mi félido que le caía por los
colmillos pequeños y filosos, pero efectivos.
En ese momento, recordé aquella vieja leyenda japonesa que
contaba el tintorero, sobre una gata vampiro que mataba a sus enamorados. Y me
di cuenta de que el gato que me acompañaba, se acercaba al lugar y se iba
incrustando lentamente sobre el cadáver hasta fusionarse en él. Ahí supe que el
objeto de mi cariño sería “indivisible” para siempre. Presa de un ataque de
furia y desconsuelo agarré a la gata maldita y la revoleé por sobre el tapial.
Después tomé a mi Parménides que ya no respiraba y lo llevé
a casa. Cuando amaneció lo enterré en el jardín, segura que nuestro cariño se
había convertido en “intemporal”…
Nunca sacamos el almohadón verde de abajo de la ventana.
Piensen lo que quieran, pero mientras recojo mi cartera, porque escuché la
bocina del auto de Juan, lo veo pasar y ubicarse en su lugar favorito…

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