lunes, 13 de abril de 2026

MUJER DESCONOCIDA

Franco Ricciardiello

 

Pinar de Ravenna, agosto de 1849

—¡No es un juego para niñas! ¡Lárgate!

Los muchachos soltaron carcajadas, señalando con los dedos sucios de tierra a la niña que los enfrentaba de pie, a la sombra de un tamarisco solitario, un poco más allá de los primeros árboles del pinar de Ravenna. Era agosto; las horas de luz se encogían sobre el delta del Po. El cielo era violeta hacia oriente.

El niño que había hablado se reía con más descaro que los demás que lo secundaban, por lo que no vio llegar el gran terrón de tierra que, volando hacia él en una parábola precisa, lo golpeó en el rostro, haciéndolo caer de espaldas.

Un silencio repentino descendió entre los muchachos descalzos, que se quedaron boquiabiertos al ver a su jefe derribado por una niña. Ella se inclinó, decidida a recoger otro terrón para continuar la ofensiva, cuando lanzó un grito que helaba la sangre. Los niños se acercaron con cautela, mientras el primero se incorporaba, sentado, con el cabello cubierto de polvo.

Del fino estrato de suelo que cubría la arena de la laguna emergía un brazo con una mano gris. Presentaba evidentes marcas de mordeduras de animales y tenía las uñas ennegrecidas por la descomposición.

Corrieron a avisar al párroco de Mandriole, don Burgatti, quien llegó al lugar de Pastorara esforzándose por seguir el ritmo de los muchachos. Ya estaba casi oscuro. Se arrodilló, apartando la arena con las manos.

—Es una mujer, pobrecilla —dijo.

Entre sus dedos quedaron mechones de cabello, y el olor de la putrefacción se le quedó adherido a la sotana durante varios días. Avisó a las autoridades. Los muchachos guiaron hasta el lugar a un carabinero que montó guardia durante toda la noche bajo el cielo estrellado. Eran los días previos al Ferragosto de 1849; un poco más al norte, los austríacos bombardeaban Venecia y la flota imperial la bloqueaba desde el Adriático.

A la mañana siguiente, don Burgatti regresó junto con el sepulturero llegado de Sant’Alberto, que trabajaba con un pañuelo impregnado en agua de rosas cubriéndole nariz y boca. En el lugar ya se había reunido una multitud de personas llegadas desde Mandriole cuando arribaron el doctor Fuschini, jefe del hospital de Ravenna, y el sustituto fiscal Bozzi, quien autorizó a desenterrar el cadáver del medio metro de arena que lo cubría de manera aproximada. El cuerpo, que nadie de los presentes reconocía, se hallaba en avanzado estado de descomposición. El sepulturero limpió la piel con un trapo y lavó el cadáver.

—Mulieris incognitæ —dijo el médico en beneficio de los presentes—; altura un metro setenta y cinco, edad aparente treinta, treinta y cinco años. Cabello “a la puritana”, de color oscuro, parcialmente desprendido del cuero cabelludo. Viste ropas sencillas, camisa y enagua de batista blanca; sin zapatos ni joyas. Pies sin callosidades, típicos de una persona de ciudad más que de campo. El cuerpo está en descomposición: ojos salientes, la mitad de la lengua fuera de los dientes. Al examen táctil la tráquea parece rota y se observa una marca circular alrededor del cuello, signos inequívocos de estrangulamiento.

—¿Qué hacemos con la pobrecilla? —preguntó el cura.

El doctor y el magistrado intercambiaron una mirada, y el primero añadió:

—No se considera oportuno trasladar el cadáver a otro lugar para continuar con un examen más detallado, debido al gran hedor. Por razones de salud pública, se dispone que sea enterrado de inmediato. No obstante, pueden iniciarse simultáneamente investigaciones para determinar quién es la mujer, cómo llegó aquí y cómo resultó víctima.

El día de la Asunción llegó desde Ravenna en carruaje el delegado pontificio Lovatelli. Quiso ver al doctor Fuschini, que estaba realizando la autopsia de la mulieris incognitæ en una barraca de madera en Pastorara, no lejos del lugar donde había sido encontrada. Lovatelli se sentó fuera de la puerta, a la sombra, abanicándose. Sentía que la cabeza le daba vueltas por el calor sofocante.

El médico salió para lavarse las manos en un cubo de agua que un muchacho había recogido de la laguna.

—¿La estrangularon? —preguntó Lovatelli.

Fuschini negó con la cabeza.

—Debo retractarme de la causa de muerte por estrangulamiento. Se trata más bien de fiebre malárica, agravada por las penurias del viaje y el estado de embarazo.

—¿Embarazo? —exclamó el delegado de policía.

—Llevaba en el vientre un feto de al menos seis meses.

Ambos sabían que ese hecho reforzaba las hipótesis sobre la identidad de la muerta. No podía ser otra que la mujer del Fugitivo.

—¿Y por qué escribieron en un primer momento que había sido estrangulada? —dijo Lovatelli—. Saben lo que imaginamos: que, sintiéndose perseguido, el Fugitivo se deshizo del estorbo que lo retrasaba. Estranguló a su esposa con sus propias manos. Incluso hay quienes susurran que, por la prisa, la enterró aún con vida, y que ella logró sacar el brazo desde debajo de la tierra, que luego fue devorado por perros callejeros.

—Yo sigo la ciencia, no hipótesis fantasiosas —respondió Fuschini, secándose las manos—. Había examinado un cadáver recién extraído de la arena. Ahora me doy cuenta de que los daños en el cuello son efecto de la putrefacción, no de un estrangulamiento mecánico. El mentón inclinado protegió la parte superior del cuello del calor de la arena, que en cambio produjo en la parte inferior un círculo como de depresión.

Lovatelli se secó el sudor con un pañuelo.

—Esto concuerda con las declaraciones de los testigos —comentó—. Hemos establecido que la muerte ocurrió el 4 de agosto, seis días antes de que el cuerpo fuera hallado, en la propiedad del marqués Guiccioli, en presencia de los administradores, los hermanos Ravaglia, y del doctor Nannini, médico de Sant’Alberto. Y del Fugitivo, por supuesto.

—La identificación es indudable, a estas alturas —murmuró Fuschini, aún sorprendido de que la Historia lo rozara tan de cerca, sin previo aviso.

—Sin duda su colega Nannini sabía con quién trataba cuando fue llamado a la granja. El Fugitivo había escapado de la escuadra naval austríaca, desembarcando en nuestra costa junto con su lugarteniente y la mujer, ya en estado de agotamiento por la larga y penosa huida desde Roma.

Fuschini negó con la cabeza y dijo con admiración:

—Cuatro ejércitos intentan detenerlo: austríacos, franceses, pontificios y napolitanos; y aun así ha logrado conducir una legión de cuatro mil hombres desde Roma hasta San Marino, atravesando Lacio, Umbría, Toscana, las Marcas y la Romaña, evitando durante un mes enfrentamientos y emboscadas.

El delegado pontificio se puso de pie, fingiendo no haber oído aquel elogio al Fugitivo, que oficialmente era enemigo del Estado Pontificio.

El doctor preguntó:

—¿Qué dijeron los testigos?

—Un patriota de Comacchio guio a los fugitivos entre los pantanos y los juncales, tras el desembarco con el que escaparon del enfrentamiento con la marina austríaca de Kopinovič. Los llevó de granja en granja; los campesinos los ayudaban a pesar de las amenazas de fusilamiento de von Gorzkowski. El 4 de agosto, a las siete y media de la tarde, llegaron a la casa de campo del marqués, donde ya se encontraba Nannini. El médico vio enseguida que la mujer estaba muy grave; la colocó sobre un colchón que levantaron por las cuatro esquinas y la llevaron al piso superior. Allí la tendieron en una cama y le frotaron la frente con vinagre; pero era demasiado tarde. El marido se dio cuenta de que ya no respiraba, se desesperó, pero lo convencieron de continuar la huida. Los austríacos estaban por todas partes, lo perseguían para fusilarlo. Justo a tiempo: al día siguiente una patrulla registró la granja.

Lovatelli sacó dos cigarros del bolsillo, encendió uno y le ofreció el otro a Fuschini. El olor del cuerpo dentro de la choza llegaba hasta donde estaban.

—¿Logró escapar de nuevo? —preguntó el médico.

—Por supuesto. Ese hombre tiene siete vidas, como los gatos. Probablemente ya esté camino a América.

El delegado pontificio Lovatelli declaró ante el juez, algunos días después, que la causa de la muerte de la mujer era la fiebre terciana maligna. Tenía veintiocho años el día de su fallecimiento. Se descartó la hipótesis de que el marido la hubiera matado porque en ese estado lo retrasaba en la huida: quedó establecido que, antes de escapar de las patrullas austríacas, el hombre, destrozado por el dolor, simplemente había pedido a sus anfitriones que dieran digna sepultura a su esposa; pero los hermanos Ravaglia temían ser sorprendidos con el cadáver y arriesgarse al fusilamiento, por lo que la habían enterrado apresuradamente bajo un poco de arena en la llanura de Pastorara.

Don Burgatti fue junto con el clérigo Giuseppe Fanciullini a recuperar el cuerpo de la mujer, completamente desnudo tras la autopsia. Lo envolvieron en una rejilla de cañas de marisma y lo depositaron provisionalmente en una caja de madera, transportándolo a la iglesia para bendecirlo. Luego lo enterraron sin ataúd en el pequeño cementerio de Mandriole, entre la cruz mayor detrás del ábside y el muro del jardín.

Diez años después, en septiembre del 59, el marido, de regreso de su largo exilio en América, llegó a Mandriole con amigos de confianza; exhumó los restos y los llevó consigo a Niza, y en el mes de octubre siguiente inició una suscripción pública para comprar fusiles de guerra. Seis meses después partió en la expedición militar que destruyó para siempre el reino borbónico en Italia.

Aun así, los restos no estaban destinados a descansar en paz. En 1931 fueron exhumados y trasladados al cementerio monumental de Staglieno, en Génova, y al año siguiente un tren especial llevó los restos a Roma, para sepultarlos en la base de la estatua dedicada a la mujer, en la colina del Gianicolo.

Hoy siguen allí. La placa no muestra el nombre brasileño con el que nació, Ana Maria de Jesus Ribeiro, sino aquel con el que es conocida en el mundo: Anita Garibaldi.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL SENDERO VERDE