viernes, 27 de febrero de 2026

LA SANTA DEL DESIERTO, ADELA Y YO

Armando Azeglio

 

Quedé destrozado cuando Adela anunció que me dejaba.

—Estoy confundida, es mejor dejarnos un tiempo. Te lo juro, no hay otro.

Sentí un dolor desafinado en el pecho, y diez mil timbres disonantes marcando el precoz ritmo de lo irreversible. Ese episodio absurdo me llevó a abjurar de la fe con la que fui marcado en la cuna, lo peor que podía hacerle a mi madre. Ella, enrolada en los Testigos de Jehová, me vio desde entonces como un títere del lado oscuro, el albaceas de Satanás. Pero es comprensible: el fanático solo quiere la conversión o la aniquilación del otro.

Me fui de la casa de mis padres de madrugada. Todo había dejado de tener sentido. Mi futuro junto a Adela ya no existía. Tomé conciencia de que vivimos inmersos en una mentira. Entonces, buscando no sentir dolor, me até a una dura y precisa rutina de actos nimios y repetitivos que me permitían estar fuera de mí mismo.

Solo una cosa me hizo volver a sentir, pero no fue amor sino el más profundo y virulento de los odios. Cierto día, camino a la facultad, vi a Adela de la mano de otro hombre, el que ella había jurado que solo era un compañero de estudios. Cruzamos un instante nuestras miradas: la de ella exhalaba una repulsiva mofa. La de él ostentaba una mueca porcina.

Comencé a preparar mi venganza. Me dirigiría al santuario de Deolinda Correa, “la santa del desierto”. Sé desde siempre que la Difunta es una de las muchas manifestaciones de “Maha Devi”, la “Magna Mater” de los romanos o la Gran Diosa Madre de todo el universo. Dicen los escritos sagrados hindúes que “Maha Devi”, o Parvati, se manifiesta como la diosa Durga, o como Kali, cuando las fuerzas malignas amenazan la existencia misma de dioses y hombres. Lo hace para proteger a los justos, destruir el mal y establecer todo aquello que es bueno y correcto. La Difunta Correa suele observar una conducta semejante, agrego yo.

El promontorio que contiene la tumba de Deolinda es como el de Durgatinashini, “la que elimina los sufrimientos” y se manifiesta como una fuerza destructiva por amor y compasión hacia sus hijos, cuando se propone salvarlos de sus propios demonios internos… como aquellos que me carcomían y de los que decidí librarme.

Cubrí a pie los setenta kilómetros que separan San Juan del santuario, en Vallecito. Lo hice en la soledad de la noche, inmerso en un silencio ensordecedor. Mientras avanzaba sentía una suerte de letanía en mi cabeza, una jaculatoria, una salmodia horrenda y repetitiva: “amor y odio son caras de una misma moneda”. Varias veces estuve a punto de flaquear. A punto de caer vencido por el cansancio, vi a lo lejos la loma del santuario iluminado tenuemente por el resplandor de las velas. Clareaba. Subí las escalinatas que llevan a la capilla, y cuando llegué a ella me sobrecogió una sensación de respeto, de potencia, de abrigo. La imagen de la mujer dormida, con un vestido rojo y amamantando a su bebé me dejó sin palabras. Era una diosa pagana, venerable, durmiente pero viva. Solo le faltaba un punto rojo en el entrecejo.

Abiertas las palmas de las manos, rompí a llorar. Me presenté como un adolescente despechado. Saqué de mi mochila un par de velas negras, una foto de Adela y una argamasa que incluía cenizas, especias, incienso, miel, harina, mirra y un trozo de oro. Improvisé una endeble base donde ubiqué la foto de Adela cabeza abajo. Me desconocía. Drenaba odio, deseos de venganza. Mi voz era áspera, hueca, esponjosa y distante. Pero no pude encender las velas negras. Una brisa fresca me acarició la cara y fue como si en el centro de mi pecho alguien hubiera musitado: “suficiente”. Supe que la Diosa había hablado. Agradecí aturdido.

Desanduve el camino como quien ovilla un hilo que señala la salida de un tortuoso laberinto. Al hacerlo tuve una suerte de revelación: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El equilibrio se logra cuando uno llega a ser indiferente a su propia indiferencia”.

Busque la exacta ubicación de mi morada entre unos pinos y dos cruces: una celta y la otra orlada. La placa que contenía mi nombre empezaba a borrarse. En cierto sentido yo era mucho más viejo.

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

2 comentarios:

  1. Si bien no acabé de entenderlo, el cuento destila una atmósfera de la que es difícil retraerse. Fatalista hasta la médula, la historia nos envuelve como un sudario final.

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  2. Yo estoy en contacto con muchos sanjuaninos por razones familiares y he llegado a entender "racionalmente" (si eso es posible) el tema de la devoción por "La Difunta", que es transversal a niveles sociales y económicos, religiones preexistentes y formación intelectual. Un caso raro.

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