Armando Azeglio
Quedé
destrozado cuando Adela anunció que me dejaba.
—Estoy confundida, es mejor dejarnos
un tiempo. Te lo juro, no hay otro.
Sentí un dolor desafinado en el
pecho, y diez mil timbres disonantes marcando el precoz ritmo de lo
irreversible. Ese episodio absurdo me llevó a abjurar de la fe con la que fui
marcado en la cuna, lo peor que podía hacerle a mi madre. Ella, enrolada en los
Testigos de Jehová, me vio desde entonces como un títere del lado oscuro, el albaceas
de Satanás. Pero es comprensible: el fanático solo quiere la conversión o la
aniquilación del otro.
Me fui de la casa de mis padres de
madrugada. Todo había dejado de tener sentido. Mi futuro junto a Adela ya no
existía. Tomé conciencia de que vivimos inmersos en una mentira. Entonces,
buscando no sentir dolor, me até a una dura y
precisa rutina de actos nimios y repetitivos que me permitían estar fuera de mí
mismo.
Solo una cosa me hizo volver a
sentir, pero no fue amor sino el más profundo y virulento de los odios. Cierto
día, camino a la facultad, vi a Adela de la mano de otro hombre, el que ella
había jurado que solo era un compañero de estudios. Cruzamos un instante nuestras
miradas: la de ella exhalaba una repulsiva mofa. La de él ostentaba una mueca porcina.
Comencé a preparar mi venganza. Me dirigiría
al santuario de Deolinda Correa, “la santa del desierto”. Sé desde siempre que
El
promontorio que contiene la tumba de Deolinda es como el de Durgatinashini, “la
que elimina los sufrimientos” y se manifiesta como una fuerza destructiva
por amor y compasión hacia sus hijos, cuando se propone salvarlos de sus
propios demonios internos… como aquellos que me carcomían y de los que decidí librarme.
Cubrí a pie
los setenta kilómetros que separan San Juan del santuario, en Vallecito. Lo
hice en la soledad de la noche, inmerso en un silencio ensordecedor. Mientras
avanzaba sentía una suerte de letanía en mi cabeza, una jaculatoria, una
salmodia horrenda y repetitiva: “amor y
odio son caras de una misma moneda”. Varias veces estuve a punto de
flaquear. A punto de caer vencido por el cansancio, vi a lo lejos la loma del
santuario iluminado tenuemente por el resplandor de las velas. Clareaba. Subí las
escalinatas que llevan a la capilla, y cuando llegué a ella me sobrecogió una
sensación de respeto, de potencia, de abrigo. La imagen de la mujer dormida, con
un vestido rojo y amamantando a su bebé me dejó sin palabras. Era una diosa
pagana, venerable, durmiente pero viva. Solo le faltaba un punto rojo en el
entrecejo.
Abiertas las
palmas de las manos, rompí a llorar. Me presenté como un adolescente despechado.
Saqué de mi mochila un par de velas negras, una foto de
Adela y una argamasa que incluía cenizas, especias, incienso, miel, harina,
mirra y un trozo de oro. Improvisé
una endeble base donde ubiqué la foto de Adela cabeza abajo. Me desconocía.
Drenaba odio, deseos de venganza. Mi voz era áspera, hueca, esponjosa y
distante. Pero no pude encender las velas
negras. Una brisa fresca me acarició la cara y fue como si en el centro de mi
pecho alguien hubiera musitado: “suficiente”.
Supe que
Desanduve el
camino como quien ovilla un hilo que señala la salida de un tortuoso laberinto.
Al hacerlo tuve una suerte de revelación: “Lo
contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El equilibrio se logra
cuando uno llega a ser indiferente a su propia indiferencia”.
Busque la exacta ubicación de
mi morada entre
unos pinos y dos cruces: una celta y la otra orlada. La placa que contenía mi
nombre empezaba a borrarse. En cierto sentido yo era mucho más viejo.
Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

Si bien no acabé de entenderlo, el cuento destila una atmósfera de la que es difícil retraerse. Fatalista hasta la médula, la historia nos envuelve como un sudario final.
ResponderEliminarYo estoy en contacto con muchos sanjuaninos por razones familiares y he llegado a entender "racionalmente" (si eso es posible) el tema de la devoción por "La Difunta", que es transversal a niveles sociales y económicos, religiones preexistentes y formación intelectual. Un caso raro.
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