Giorgio Sangiorgi
Paul Vance tenía
poco menos de dieciocho años cuando se presentó a una entrevista para el puesto
de hombre de la limpieza en una empresa de transportes de Cleveland. Tras un
breve tiempo de espera, se encontró frente a dos examinadores: el propietario
de la empresa y un administrativo que a veces desempeñaba las funciones de
responsable de personal.
Este último, en cierto momento,
tuvo la idea de preguntarle qué hacía en su tiempo libre y Paul les dio una
respuesta extraña.
—En realidad navego por el espacio,
con la ayuda de la imaginación y de un pequeño telescopio que mi madre me
regaló cuando era niño.
Los dos se quedaron desconcertados
durante unos instantes y luego estallaron en una ruidosa carcajada.
—Entonces —dijo el propietario—,
¿por qué no unes lo útil con lo agradable y vas… a limpiar los retretes del
observatorio?
Y los dos volvieron a reír, dándose
palmadas en la espalda, encantados con la “simpática” ocurrencia que el jefe
había sabido inventar. Sin embargo, cuando se volvieron hacia el candidato, él
había desaparecido.
En realidad, su grueso sentido del
humor había sido para Paul una especie de revelación y, al cabo de dos semanas,
había logrado que lo contrataran como hombre de la limpieza en el Observatorio
Astronómico de la ciudad.
Años después, Frank Forbes estaba
de visita en aquella institución. Su padre Leopold, un magnate de la prensa,
había sido uno de los principales financiadores del Observatorio y, en
particular, su donación había permitido la construcción del planetario anexo,
que había desempeñado una importante función de estímulo cultural en la ciudad,
favoreciendo la divulgación científica.
Una de las principales ocupaciones
del hijo de la familia Forbes era ahora visitar las numerosas instituciones
sostenidas por la Fundación creada por su padre, para comprobar que los fondos
de esta se emplearan correctamente.
Un poco por casualidad se encontró
con un grupo escolar que desde hacía algún tiempo acudía regularmente al
planetario para realizar trabajos escolares. Un poco en broma, un poco por
incomodidad, Frank preguntó a los niños quién creían que era el mayor conocedor
de las estrellas que habían encontrado entre aquellas paredes, y los niños, sin
vacilar, respondieron que era el señor Vance.
Entonces él preguntó por qué lo
consideraban tan sabio en la materia y uno de los niños dijo:
—Porque es el único que siempre
responde a nuestras preguntas de manera comprensible.
Intrigado, Frank se volvió hacia su
guía, un tal James Spencer, y preguntó:
—¿No podría conocer a este pozo de
sabiduría?
Spencer, al responder, pareció un
poco incómodo.
—La verdad es que el señor Vance
nunca viene antes de las 17 o 17:30…
—Entiendo —dijo Frank—, llega tarde
porque siempre está ocupado por la noche en el Observatorio.
—No, no… —respondió James, cada vez
más incómodo—. Viene a esa hora porque… las oficinas cierran y él puede hacer
la limpieza.
—¿Me está diciendo que se trata del
hombre de la limpieza?
—Exactamente…
—¡Pero qué historia es esta!
—En realidad —admitió James—, no
puedo ser muy preciso sobre el asunto porque trabajo aquí desde hace poco
tiempo. Solo puedo decirle que mis colegas más antiguos tienen mucha estima por
ese hombre. Y… —pareció dudar si añadir lo que finalmente se le escapó— a veces
le piden consejo.
Cada vez más intrigado, Frank se
fue a almorzar, pero regresó hacia la hora de cierre y pidió que le avisaran al
señor Vance en cuanto llegara. El hombre, como siempre, fue puntualísimo y,
justo después de ponerse su mono de trabajo, algo desconcertado se encontró en
un despacho frente a Forbes.
—¿Puede decirme por qué aquí todos,
a pesar de su evidente función, lo consideran una especie de decano de la
astronomía? —le preguntó este último, después de algunos inevitables y
necesarios saludos de cortesía.
El otro lo pensó un momento y luego
respondió:
—Quizá… quizá porque soy el único
aquí que ha leído casi todos los veinte mil volúmenes de la biblioteca
astronómica del edificio.
—Estoy sorprendido. ¿Y cuándo
encontró el tiempo para leer todos esos libros?
—Bueno, desde que me contrataron,
hace muchos años, hago mi turno de limpieza y luego paso el resto de la noche
leyendo.
—¿Y cuándo duerme?
—Bueno, durante el día, como todos
los trabajadores nocturnos.
—Mis felicitaciones, estoy
impresionado —dijo Frank—. Pero imagino que usted no tiene un título
universitario; ¿cómo hizo con las matemáticas? Es un obstáculo difícil para
quien quiere entender de astronomía.
—Es verdad, tiene razón —admitió
Paul—. Ese período fue duro y tuve que tomar clases con un amigo mío que enseña
matemáticas en el instituto. Para las bases… luego las cosas fueron más
fáciles. Y, por lo demás… después descubrí que allí arriba, en el observatorio,
por la noche, los científicos están deseando charlar con alguien que se
interese por su trabajo y que los entienda.
—Lo comprendo, en parte…
—reflexionó Frank—. Pero hay algo que no entiendo. Usted ya es un hombre culto,
¿por qué sigue aquí haciendo la limpieza?
—¿No es evidente? —respondió el
otro con una amplia sonrisa—. Todavía me faltan mil quinientos libros para
completar la lectura de toda la biblioteca. Después de eso, estaré listo para
jubilarme.
Hubo un instante de silencio en el
que se oyó claramente un fuerte suspiro de Frank, y luego este dijo:
—Ah, felicidades. ¿Y qué hará
cuando esté jubilado?
El otro lo miró muy contento.
—Sabe, para ese momento hay que
organizarse con antelación, si no se quiere sufrir una especie de trauma…
—Cierto, así que usted ya se ha
organizado…
—Claro. He solicitado ser guardia
nocturno voluntario en la biblioteca de Historia Natural.

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