viernes, 3 de abril de 2026

EL HOMBRE DE LA LIMPIEZA

Giorgio Sangiorgi

 

Paul Vance tenía poco menos de dieciocho años cuando se presentó a una entrevista para el puesto de hombre de la limpieza en una empresa de transportes de Cleveland. Tras un breve tiempo de espera, se encontró frente a dos examinadores: el propietario de la empresa y un administrativo que a veces desempeñaba las funciones de responsable de personal.

Este último, en cierto momento, tuvo la idea de preguntarle qué hacía en su tiempo libre y Paul les dio una respuesta extraña.

—En realidad navego por el espacio, con la ayuda de la imaginación y de un pequeño telescopio que mi madre me regaló cuando era niño.

Los dos se quedaron desconcertados durante unos instantes y luego estallaron en una ruidosa carcajada.

—Entonces —dijo el propietario—, ¿por qué no unes lo útil con lo agradable y vas… a limpiar los retretes del observatorio?

Y los dos volvieron a reír, dándose palmadas en la espalda, encantados con la “simpática” ocurrencia que el jefe había sabido inventar. Sin embargo, cuando se volvieron hacia el candidato, él había desaparecido.

En realidad, su grueso sentido del humor había sido para Paul una especie de revelación y, al cabo de dos semanas, había logrado que lo contrataran como hombre de la limpieza en el Observatorio Astronómico de la ciudad.

Años después, Frank Forbes estaba de visita en aquella institución. Su padre Leopold, un magnate de la prensa, había sido uno de los principales financiadores del Observatorio y, en particular, su donación había permitido la construcción del planetario anexo, que había desempeñado una importante función de estímulo cultural en la ciudad, favoreciendo la divulgación científica.

Una de las principales ocupaciones del hijo de la familia Forbes era ahora visitar las numerosas instituciones sostenidas por la Fundación creada por su padre, para comprobar que los fondos de esta se emplearan correctamente.

Un poco por casualidad se encontró con un grupo escolar que desde hacía algún tiempo acudía regularmente al planetario para realizar trabajos escolares. Un poco en broma, un poco por incomodidad, Frank preguntó a los niños quién creían que era el mayor conocedor de las estrellas que habían encontrado entre aquellas paredes, y los niños, sin vacilar, respondieron que era el señor Vance.

Entonces él preguntó por qué lo consideraban tan sabio en la materia y uno de los niños dijo:

—Porque es el único que siempre responde a nuestras preguntas de manera comprensible.

Intrigado, Frank se volvió hacia su guía, un tal James Spencer, y preguntó:

—¿No podría conocer a este pozo de sabiduría?

Spencer, al responder, pareció un poco incómodo.

—La verdad es que el señor Vance nunca viene antes de las 17 o 17:30…

—Entiendo —dijo Frank—, llega tarde porque siempre está ocupado por la noche en el Observatorio.

—No, no… —respondió James, cada vez más incómodo—. Viene a esa hora porque… las oficinas cierran y él puede hacer la limpieza.

—¿Me está diciendo que se trata del hombre de la limpieza?

—Exactamente…

—¡Pero qué historia es esta!

—En realidad —admitió James—, no puedo ser muy preciso sobre el asunto porque trabajo aquí desde hace poco tiempo. Solo puedo decirle que mis colegas más antiguos tienen mucha estima por ese hombre. Y… —pareció dudar si añadir lo que finalmente se le escapó— a veces le piden consejo.

Cada vez más intrigado, Frank se fue a almorzar, pero regresó hacia la hora de cierre y pidió que le avisaran al señor Vance en cuanto llegara. El hombre, como siempre, fue puntualísimo y, justo después de ponerse su mono de trabajo, algo desconcertado se encontró en un despacho frente a Forbes.

—¿Puede decirme por qué aquí todos, a pesar de su evidente función, lo consideran una especie de decano de la astronomía? —le preguntó este último, después de algunos inevitables y necesarios saludos de cortesía.

El otro lo pensó un momento y luego respondió:

—Quizá… quizá porque soy el único aquí que ha leído casi todos los veinte mil volúmenes de la biblioteca astronómica del edificio.

—Estoy sorprendido. ¿Y cuándo encontró el tiempo para leer todos esos libros?

—Bueno, desde que me contrataron, hace muchos años, hago mi turno de limpieza y luego paso el resto de la noche leyendo.

—¿Y cuándo duerme?

—Bueno, durante el día, como todos los trabajadores nocturnos.

—Mis felicitaciones, estoy impresionado —dijo Frank—. Pero imagino que usted no tiene un título universitario; ¿cómo hizo con las matemáticas? Es un obstáculo difícil para quien quiere entender de astronomía.

—Es verdad, tiene razón —admitió Paul—. Ese período fue duro y tuve que tomar clases con un amigo mío que enseña matemáticas en el instituto. Para las bases… luego las cosas fueron más fáciles. Y, por lo demás… después descubrí que allí arriba, en el observatorio, por la noche, los científicos están deseando charlar con alguien que se interese por su trabajo y que los entienda.

—Lo comprendo, en parte… —reflexionó Frank—. Pero hay algo que no entiendo. Usted ya es un hombre culto, ¿por qué sigue aquí haciendo la limpieza?

—¿No es evidente? —respondió el otro con una amplia sonrisa—. Todavía me faltan mil quinientos libros para completar la lectura de toda la biblioteca. Después de eso, estaré listo para jubilarme.

Hubo un instante de silencio en el que se oyó claramente un fuerte suspiro de Frank, y luego este dijo:

—Ah, felicidades. ¿Y qué hará cuando esté jubilado?

El otro lo miró muy contento.

—Sabe, para ese momento hay que organizarse con antelación, si no se quiere sufrir una especie de trauma…

—Cierto, así que usted ya se ha organizado…

—Claro. He solicitado ser guardia nocturno voluntario en la biblioteca de Historia Natural.

Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

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