J. J. Haas
Después de la
muerte de su esposo, Lucy Beaumont, de sesenta y siete años, comenzó a caminar
seis millas al día por el sendero verde de Sugarville, sin importar las
circunstancias. No importaba si estaba cansada o enferma, si llovía o nevaba:
se levantaba al amanecer todos y cada uno de los días y recorría tres millas de
ida y tres de vuelta, porque era bueno para su cuerpo y para su alma.
Aquella mañana en particular Lucy
se sentía sana, pero sola. Seguía echando de menos la compañía de su esposo y
se preguntaba por qué todos sus hijos se habían mudado tan lejos. Tenía el
sendero asfaltado para ella sola durante la primera parte del recorrido, salvo
por una cierva con sus dos cervatillos que desaparecieron en cuanto la vieron.
Aprender a vivir sola después de treinta y cinco años de matrimonio había sido
difícil, pero estaba decidida a mantenerse independiente en la casa que ella y
su esposo habían construido juntos y resuelta a no convertirse en una carga
para sus dos hijos adultos.
Al atravesar una zona de niebla
cerca del estanque de los patos, vio por detrás a una joven pareja que le
recordó físicamente a sus padres. Vestían ropa de calle, no ropa deportiva como
la suya, y caminaban tomados de la mano, susurrándose palabras cariñosas al
oído. Como avanzaban sin prisa por el sendero delante de ella, Lucy empezó a
impacientarse. Después de todo, necesitaba mantener el ritmo cardíaco elevado
para cumplir sus objetivos cardiovasculares. Sin querer interrumpir su
intimidad, redujo la velocidad y caminó detrás de ellos, sintiéndose como una
niña pequeña que sigue a sus padres. Al cabo de un rato, la pareja abandonó el
sendero subiendo por una escalera de hormigón hacia un estacionamiento, y Lucy
volvió a quedarse sola.
Unos minutos más tarde alcanzó a un
hombre que –extrañamente– se parecía a su esposo visto desde atrás. No a su
esposo anciano, al que había enterrado el año anterior, sino al hombre que
había conocido en sus primeros veinte años, cuando se encontraron por primera
vez en la Universidad de Georgia. Tenía el mismo cabello negro y corto y la
misma complexión robusta que el hombre al que había llegado a conocer y amar
como Franklin Beaumont. Al adelantarlo por la izquierda, no pudo evitar mirarlo
con asombro, fascinada por sus rasgos familiares, lo que aparentemente lo incomodó,
porque se sintió obligado a hablar.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días —respondió ella,
titubeando—. ¿Lo conozco?
—Eh… creo que no.
Lucy lo observó más de cerca.
—¿Franklin?
—No, me llamo Bob. Bob Sanders.
Se detuvieron.
—Pero… el parecido… es asombroso.
—¿Quién es Franklin?
—Eh… oh… no importa. Disculpe que
lo haya molestado.
—No pasa nada. Oiga, ¿se encuentra
bien?
—Sí… sí, estoy bien.
Reanudó la marcha y aceleró el paso
para poner distancia entre ella y su vergüenza. En realidad, se sentía un poco
mareada y se preguntó si tal vez debería acortar su caminata ese día. Pero se
había hecho una promesa a sí misma de no rendirse nunca, y no iba a rendirse
ahora.
Varios minutos después, el bosque
se abrió alrededor del sendero y llegó al parque donde solía dar la vuelta. En
el horizonte aparecieron nubes cúmulos oscuras y grises, atravesadas por
cortinas de lluvia en diagonal. El parque estaba vacío, salvo por dos niños que
jugaban con un perro negro. Temía mirar con más detenimiento, pero cuando el
niño lanzó una pelota por encima del sendero y el perro corrió tras ella, los
niños pasaron justo delante de Lucy. Eran John y Betsy, sus dos hijos cuando
eran pequeños, jugando con su primer perro, Blackie.
Lucy sintió que le fallaban las
fuerzas. Se tambaleó hasta el panel informativo del sendero y se apoyó en él
para sostenerse. Permaneció allí varios minutos, observando a sus hijos jugar,
y luego comenzó a llorar cuando salieron corriendo en dirección opuesta y
desaparecieron en el bosque. Se recompuso e intentó leer el mapa, pero no
lograba distinguir el trazado del sendero a través de sus lágrimas. No
importaba: sus planes habían cambiado. En lugar de darse la vuelta y regresar,
alzó la vista hacia el cielo que se oscurecía y continuó por el sendero hacia
lo desconocido.

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