Gerardo Horacio Porcayo
—Aquí
hay gato encerrado —dijo la abuela Obdulia cuando llegó el carruaje, la gran
Limo Hummer negra, minutos después de que su nieta arribara en un Licoln X-100
descapotable, justo del modelo en que muriera JFK.
—Dios, pero qué celos, mamá ... Deja de buscarle tres pies
al gato— Son sólo estrategias para evadir a la prensa —contestó Lucinda.
Las calles empedradas, la pequeña capilla gótica,
antiquísima. Era como haber escapado de la ciudad, de la misma modernidad hacia
el interior de un bosque encantado. Todo, de hecho, parecía salido de un cuento
de hadas. O casi todo, si uno se ponía a descontar la pandemia y la visión de
la gente con sus máscaras en la calle.
Había sido una monserga mantener el secreto del lugar,
mantener a raya a los parientes, a las habladurías todas... Convencer al mismo
guía espiritual familiar de asistir a esa capilla y de la necesidad de
supervisarlo todo y celebrar la misa a las cinco de la tarde, horario inusual
que tras largos debates habían concebido como el único aceptable para las dos
partes.
La orquesta de cámara, la caminata por la alfombra y las
palabras del sacerdote hablando del sagrado ministerio del matrimonio.
Y ahí estaban los dos, juntos, contra toda expectativa.
—¿Puedes creerlo, mamá? —La emoción buscaba resquebrajarle
su altiva, inconmovible pose, pero la práctica de Lucinda era amplia,
imbatible.
—Lo veo y no lo creo —murmuró la abuela Obdulia,
sordamente. Estaban en la consagración—. Aún puede salirnos con algo... no es
posible que todo se arregle así de fácil... malditas peinadoras, ni el pelo
punk, ni los miles de piercings se le notan... es como si se hubiera vuelto
otra. Victoria, la oveja negra que se vuelve blanca ante sus propios ojos...
—El amor todo lo puede...
—Sí, como no, de la noche a la mañana olvida a su novio de
parrandas, ese motociclista apestoso, para casarse con uno de los galanes más
codiciados del año pasado...
—Shh —una de las monjas las miraba con indignación y hacía
grandes aspavientos para que dejaran de hablar.
Trataron de disfrutar, sin más cuchicheos el resto de esa
parte. A la hora de la verdad, tomaron los pequeños binoculares y apuntaron a
su hija/nieta, respectivamente.
—Hermosa... y casándose con ese actor...
—Todavía falta que nadie se oponga... Ya quiero verlo al motorista de cuero entrar
y decir una sarta de barbaridades... como que ya le quitó lo virgencita y
algunas otras atrocidades obscenas... —insistió la abuela Obdulia y el padre
pareció escucharla.
—Si hay alguien que se oponga a esta boda, que hable ahora
o calle para siempre...
Abuela y madre sintieron una corriente que vibraba por sus
pieles, giraron la cabeza. Lo único nuevo era un par de reporteros de
espectáculos, sus camarógrafos apuntaban al altar.
—Esto va a ser una bomba, mamá... Su imagen va a estar en
todas las teles de todo el mundo... Como si fuera Lady Di... O su nuera, Kate
Middleton...
—Los declaro, marido y mujer... Puede besar a la novia
—anunció el padre.
Los binoculares volvieron a convencerlas. Sí, era el galán
y aunque no se veía tan apasionado como en sus películas, aunque se veía torpe,
era innegable su identidad; esperada su torpeza después de un accidente como
aquel que había tenido al país en vilo y desvelado por su estado, hacía casi un
año y luego pasara al anonimato, como lo hacen las grandes estrellas cuando
tienen secretos que guardar.
—Su gran secreto —suspiró Lucinda.
—Malditos secretos —masculló Obdulia, afuera ya se
escuchaban helicópteros y una manada de reporteros estaba ya a la puerta, como
gallos de pelea esperando que los liberes—. Y pensar que preparamos una
recepción tan pequeña...
—Mi yerno va a estar enojadísimo por esta filtración
—comentó Lucinda, su sonrisa era mínima, pero de autocomplacencia.
Los flashes lo inundaban todo, mientras acababa la
ceremonia y la orquesta de cámara interpretaba la salida nupcial. Las cámaras
de televisión ya estaban montadas en las afueras y hacían cerco hasta el
pequeño atrio y los puentes de madera a través de los que se accedía.
Todavía llegó, contra toda recomendación eclesiástica, la
lluvia de arroz (alguna nueva moda sobre el hambre y el desperdicio de granos
que se inventaran los sacerdotes).
Y esa pareció ser la señal definitiva: una horda de
reporteros se abalanzó sobre la pareja... o mejor dicho, sobre el novio, con su
ansia de obtener la primicia, y con los micrófonos tendidos, fueron haciendo a
un lado a la novia, hasta que ésta se encontró al lado de su madre y abuela.
—¿Y cómo vieron? —preguntó Victoria, la novia, la
desposada, la desplazada...
—Ay, hija, no te preocupes, luego vienen a entrevistarte a
ti —dijo la abuela Obdulia.
—Como cuento de hadas, hija mía. Has dejado de ser mi
princesita para ser la reina de tu propio feudo... —dijo Lucinda sin permitir
que la sonrisa fuera exagerada, aunque su alegría en verdad era desbordante.
Entonces apareció la moto, silenciosa, avanzando en
neutral, tras la novia. El conductor era un hombre alto, de smoking de cuero
con estoperoles donde deberían estar los botones, cubierto con una máscara de
luchador de trazo clásico y toda en negro. Su aroma no había mejorado en lo más
mínimo, descubrió la abuela Obdulia...
—Sí, justo eso... y ahora les tomo la palabra... ya les di
lo que querían, ya me casé a los ojos de Dios y de los hombres... Y ahora, me
voy con el hombre que amo... —dijo Victoria, y el de la máscara la tomó de la
mano y la ayudó a montar la moto.
—Que disfruten sus entrevistas, señoras... Va a ser
interesante ver cómo explican que el novio esté catatónico... —dijo el
enmascarado y teatralmente, tronó los dedos. Al centro del remolino de
reporteros, se elevó un desconcierto, frases inconexas.
—Ayuda —dijeron, gritaron algunos...
—Llamen a una ambulancia...
La moto ronroneó su vuelta a la vida.
—Que pasen una buena fiesta, señoras... El show ya
empezó...
—¿Y qué decimos si nos preguntan? —inquirió Lucinda, con su
máscara de impasibilidad ya rota.
—La verdad, madre... —aseguró Victoria— que lo saqué del
hospital con ayuda de mi novio vampiro... éste, con el que ahora me escapo.
La moto rugió y enfiló por uno de los puentes de madera,
tras su paso, la limo Hummer, cerró el acceso.
Madre
y abuela alcanzaron a escuchar una gran risotada, sobrenatural, como la de Bela
Lugosi. Luego, cayó sobre ellas el ramo, inmediatamente después, la oleada de
reporteros.

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