viernes, 10 de abril de 2026

MUFARO

Meghashri Dalvi

 

Mufaro se agachó, encorvado, con el sudor goteándole en los ojos. El sol implacable lo aplastaba contra la tierra ardiente. El polvo le llenaba la nariz y la garganta, haciéndolo toser. Le lagrimeaban los ojos mientras miraba a su alrededor. Solo veía el suelo resquebrajado y arbustos espinosos, sin vida. El cielo brillaba rojo, pesado y cruel. A lo lejos, un muro de polvo se alzaba cada vez más alto. Ya había visto tormentas así antes. Eran despiadadas.

Un matorral espeso, que proyectaba una sombra escasa, salvaba a Mufaro del calor y del polvo. En 2150, una sombra así era un lujo. Para niños como Mufaro, cada día era una batalla contra el calor, la sed y el hambre. Recordaba las historias de su abuela sobre cómo, alguna vez, los ríos habían fluido allí, y cómo los bosques verdes ofrecían sombra. Hablaba de peces en los arroyos, de niños chapoteando en agua clara, y de huertos cargados de fruta. Ahora, la lluvia vivía solo en los sueños.

En otras partes del mundo, los desastres asolaban a la gente: tormentas, inundaciones, olas de calor, ciclones. La tierra de Mufaro no había recibido tal violencia, solo esta sequía interminable.

La vida en las ciudades era mejor. Dentro de grandes villas, los poderosos y ricos vivían detrás de muros de aire fresco, con agua que llegaba por tuberías hasta sus cocinas, con comida que olía a especias y mantequilla. Mufaro había visto sus luces brillar en la noche, brillantes como estrellas caídas. Su gente los maldecía y, sin embargo, trabajaba para ellos, haciendo lo necesario para sobrevivir.

Su rutina era simple. Cuando el calor se volvía insoportable, se arrastraba dentro de su choza. Al amanecer, él y su madre caminaban kilómetros para buscar agua en un pozo, a menudo luchando contra vecinos más fuertes. Cada botella era preciosa, cada gota protegida como un tesoro. Y aun así, pese a las dificultades, Mufaro tenía esperanza, porque había descubierto una nueva forma de ganar dinero.

Mufaro se sentó tenso, con los ojos fijos en el parche de tierra desnuda frente a él. Había aprendido a leer sus señales. Primero el leve resplandor, luego la vibración, y después el cuadrado aparecía, delineado en luz plateada. Esperó, inmóvil. Por fin, una malla de brillo se extendió sobre él con un zumbido bajo. De ese cuadrado resplandeciente cayó una criatura blanca como la nieve.

Saltó como un guepardo, la atrapó y la apretó contra su pecho. Una leve descarga recorrió su piel, un cosquilleo suave. Pero no le preocupaba. Las últimas veinticinco veces había sentido lo mismo.

La criatura se retorcía en sus manos, su pelaje suave y fresco. Mufaro le susurró para calmarla y le acarició la cabeza. De ella emanaba una fragancia de hojas húmedas y tierra fresca, recordándole la lluvia, tan rara.

Los ancianos decían que criaturas así alguna vez habían vagado por todas partes. Como tantos otros animales. Pero, de forma misteriosa, estas criaturas habían empezado a aparecer en esas trampas brillantes. Surgían, titilaban y desaparecían de nuevo. A menos que él fuera lo bastante rápido como para atraparlas y no revelar a otros de dónde venían.

Las más suaves y blancas alcanzaban el precio más alto. Pero también ganaba suficiente con las rayadas o las marrones. Los ricos de la ciudad las codiciaban como mascotas exóticas: dóciles, elegantes, contentas de acurrucarse en los sofás. Afumba-sahib, el comerciante, le pagaba bien por cada una. Y si alguna vez aparecía una criatura blanca como la nieve, Mufaro debía llevarla de inmediato.

Mufaro miró a la criatura a los ojos. Por un momento imaginó llevársela a casa, dejarla dormir a su lado sobre la estera rota, escuchar su suave maullido romper el silencio cuando su madre trabajaba largas horas. Sería como una hermana, pensó. Alguien a quien cuidar, alguien que correspondiera con el suave roce de un pelaje aterciopelado.

Pero entonces pensó en el rostro cansado de su madre, en el techo ardiente que necesitaba reparaciones, en el hambre constante. Con el dinero que esa criatura le daría, podría comprar ropa nueva, no solo descartes del mercado. Podría arreglar el techo, pagar deudas, quizás incluso ahorrar un poco. Necesitaba ganar dinero mientras duraran los cuadrados resplandecientes, ya que podrían desaparecer tan repentinamente como habían aparecido.

Mufaro se quedó de pie, dividido entre el hambre y la esperanza, con la hermosa criatura blanca apretada contra su pecho.

 

Lejos en el tiempo, cien años antes, el profesor Sarvanathan estaba frente a la cámara brillante en un laboratorio de Mysore. Se presionó las sienes con los dedos, tratando de disipar el dolor sordo que ya formaba parte de él.

—¿Otra vez vacío? —preguntó, sin molestarse siquiera en mirar.

—Sí, señor —respondió Ram en voz baja—. No hay nada en la cámara.

El profesor frunció el ceño. Aquello se había convertido en el mayor problema de su carrera. Las leyes de la física, los hilos de la mecánica cuántica, todos los demás resultados coincidían perfectamente, excepto los gatos.

—No lo entiendo —murmuró, caminando de un lado a otro. Sus zapatos duros resonaban con firmeza sobre el suelo del laboratorio.

Al fondo, la cámara de la máquina del tiempo brillaba, con cables que se extendían en todas direcciones. Había sido construida para unir el hoy y el mañana, para saltar cien años en un instante.

Sarvanathan se detuvo.

—Mira, Ram, ¿qué es exactamente lo que estamos haciendo? Enviamos una criatura a la vez a través de esta máquina, hacia el futuro. ¿Correcto?

—Sí, señor —respondió Ram, revisando su portátil—. Hasta ahora catorce ratones, ocho cobayas, diez perros. Todos regresaron perfectamente.

—Exactamente. Incluso los dos chimpancés grandes volvieron sanos y salvos. —Se detuvo, bajando la voz—. Pero los gatos…

Ram asintió con desgana.

—Señor, ya van veinticinco gatos. Veinticinco veces abrimos la cámara, y veinticinco veces estaba vacía. Siempre la programamos a cien años. Así que van a 2150. Tal vez… tal vez el clima allí no les conviene.

—Hmm. Ram, ¿cuánto tiempo permanecieron los gatos en ese futuro? Solo un minuto. Si todos los demás animales lo lograron, ¿por qué no los gatos? Tenemos que mirar más allá del clima. Algo pequeño pero importante se nos está escapando. Piensa en los ratones. Los sedamos antes de enviarlos. Se quedan quietos, no se mueven. Los gatos son distintos. Incluso sin sedación permanecen quietos, apenas se mueven. Y la cámara tiene su campo eléctrico. Nada puede salir de ella.

—Es cierto —admitió Ram.

El profesor suspiró.

—Recuerda, cuando diseñamos la máquina, estaba pensada para permitir que seres vivos cruzaran a otro tiempo. La teoría cuántica, las armonías gravitacionales, todas las ecuaciones complejas fueron verificadas cien veces. Pero tal vez la experiencia en sí es distinta para cada especie. Los gatos podrían tener alguna estructura física o mental que los haga demasiado sensibles. Quizá por eso no pueden regresar. Pero si no regresan, ¿cómo podemos saberlo?

Se aferró a la lógica que le había ganado respeto entre los científicos.

—Si tan solo pudiéramos recuperar uno, podríamos averiguar qué ocurre. ¡En cambio, simplemente desaparecen! —Sarvanathan se quitó las gafas y volvió a caminar.

Ram frunció el ceño.

—Extraño, sin duda, señor.

—¿Qué tienen de especial los gatos? Hemos probado con los del laboratorio, con gatos prestados del laboratorio de Chennai, incluso con gatos callejeros. Siempre el mismo resultado. ¡La cámara permanece vacía! Las ecuaciones no dan ninguna pista. La física cuántica es misteriosa, más allá de la comprensión humana total. Pero debemos descubrirlo.

Levantó la cabeza. Las luces brillantes del laboratorio hacían que la cámara pareciera inquietante, como si guardara secretos demasiado profundos para nombrarlos.

—¿Comenzamos la siguiente prueba, señor? —preguntó Ram.

—Espera. Revisemos los registros una vez más.

Ram le mostró las notas.

—Hm. Los pesos varían, por supuesto —murmuró el profesor—. Y también sus edades. Entre tres y siete años.

—¿Eso importa, señor?

—No debería. Pero quién sabe. También probamos con persas, siameses, un Bombay, incluso uno birmano. Si hemos pasado por alto alguna raza, tendremos que conseguirla ahora.

La decepción oscureció el rostro del profesor. Los gatos desaparecidos se burlaban de su sueño de demostrar que el viaje en el tiempo era real. Empujar el conocimiento humano más allá de sus límites: quería hacer historia. Con el mundo temiendo una catástrofe climática, ¿quién apoyaría pruebas de viaje temporal si los gatos seguían desapareciendo?

—Quizá. Quién sabe. Sin suficientes datos, no podemos sacar conclusiones. Tal vez necesitemos dos mil, incluso tres mil gatos antes de que el patrón se revele. Hasta entonces no podemos publicar, no podemos obtener financiación, no podemos probar con humanos. El trabajo terminará aquí.

Forzó su voz a recuperar su tono habitual.

—Así que, Ram, revisa los registros otra vez. Si el color es un factor, anótalo. La mitad de los gatos eran blancos, pero también tuvimos marrones y negros. No debería importar, pero no podemos ignorar nada.

—Sí, señor. Pero aún nos queda uno. El vigésimo sexto gato. ¿La usamos?

—Muy bien. Regístralo.

Ram escribió.

—Hembra, persa. Edad: tres años. Color: blanco nieve. Peso registrado.

Sarvanathan apoyó la mano en la puerta de la cámara. ¿Regresará esta? La pregunta resonaba en su mente.

 

En un mundo, un niño buscaba sobrevivir. En el otro, un hombre buscaba la verdad. Ninguno sabía que sus respuestas se encontraban a través de la misma fractura en el tiempo. El profesor Sarvanathan miraba el vacío: otra vez, el gato había desaparecido. Mufaro caminaba hacia la ciudad, con un gato persa blanco en sus brazos.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

EL SAQUEADOR DE TUMBAS

Iván Bojtor

 

Aún faltaban tres días para la inauguración de la exposición, y ya todo estaba listo. La conciencia de ello llenaba a Olga Martinova de una alegría ilimitada. A pocos arqueólogos les era dado descubrir el conjunto de hallazgos más rico y valioso de toda una época, pero ella había tenido suerte. Es cierto que ladrones antiguos habían logrado penetrar en la cámara funeraria del kurgán escita, pero el techo se había derrumbado y los había sepultado bajo la tierra que se precipitó sobre ellos. Y los tesoros la habían esperado a ella, a Olga Martinova.

El teléfono sonó. La llamaban desde la portería.

—Otra vez está aquí.

—¿Quién? ¿El viejo?

—Sí, el viejo. Lo he dejado pasar al salón de exposiciones.

—Bien. De acuerdo. Hablaré con él.

Cuando Olga entró en el salón vio al anciano apoyado en un bastón, sujetando bajo el brazo una caja de cartón atada con una cuerda. Estaba de pie frente a la vitrina en la que se exhibía la gran atracción de la exposición: los tesoros del kurgán de Dartini. El viejo miraba con expresión severa a través del cristal, donde, sobre un estante, se alineaban jarras y copas de oro, exactamente en el mismo orden en que habían sido halladas en la tumba. Delante, sobre una plataforma baja, yacía el esqueleto del dueño de la tumba; entre los huesos habían caído los adornos metálicos de su antiguo atuendo. En la esquina posterior derecha se exponían los restos de los antiguos saqueadores de tumbas: uno de los esqueletos estaba boca abajo, el otro de pie, suspendido por finísimos hilos casi invisibles.

—¿Me buscaba? —le preguntó.

El anciano volvió lentamente la mirada hacia ella:

—¿Usted dirigió la excavación?

—Sí.

—Ha hecho un trabajo muy hermoso. La felicito.

—Gracias. ¿Podría decirme de una vez por qué me ha estado buscando?

—Quisiera llamar su atención sobre algunos errores.

Olga Martinova sintió cómo la sangre le subía a la cabeza. El viejo debía de ser algún especialista, algún profesor famoso, que llevaba semanas llamándola por teléfono, y ella siempre había ordenado decir que no estaba. Además, no tenía la menor idea de quién podía ser.

—Disculpe. ¿Qué nombre dijo?

—No dije ningún nombre. Eso ahora no es importante —hizo un gesto con la mano y señaló el estante con los tesoros—. Reconoció correctamente que el estante superior estaba completamente vacío. Sin embargo, en los dos inferiores mezcló las copas. En el más bajo había solo tres copas con cabeza de toro. Esas tres, allí a la derecha. Las demás cayeron del estante superior. Y lo más importante: su datación es errónea. El kurgán es al menos quinientos años más antiguo, es decir, medio milenio. Y eso, en mi opinión, es un error muy grave.

Olga Martinova no pudo pronunciar ni una sola palabra. Sí… Al principio, basándose en las características estilísticas de los hallazgos, ella también había datado el kurgán como mucho más antiguo. Pero luego encontraron la moneda. Era cierto que era la única, pero fue precisamente eso lo que permitió determinar la edad, ya que constituía un punto de referencia seguro.

El viejo, de manera inesperada, le puso el paquete en las manos y salió arrastrando los pies de la sala. Desde la puerta añadió:

—¡Examínelo cuidadosamente! Volveré mañana.

Martinova, con la caja en las manos, entró tambaleándose en su despacho, la abrió y se dejó caer en su silla. Dentro había una jarra de oro, una jarra escita.

 

—¿Y bien? ¿Examinaron la jarra? —preguntó el hombrecillo hundido en el sillón negro de cuero sintético.

—Sí. Con toda probabilidad pertenece al tesoro. Una de las herramientas de punzonado del artesano estaba mellada. O bien él hizo esta pieza y la mayoría de las encontradas en el kurgán, o bien alguno de sus discípulos, pero utilizando la misma herramienta —explicó Martinova con entusiasmo.

El viejo la interrumpió:

—Si han trabajado con tanta minuciosidad, ¿por qué no examinaron así la moneda?

—La única moneda encontrada representa a Mitrídates I. Basándonos en ella determinamos la antigüedad del kurgán. Pero ¿cómo sabe usted eso?

—¿A nadie le llamó la atención que es una aleación de cobre y aluminio?

—¡Dios mío! —gimió Olga Martinova—. Alguien nos engañó bien. Y la inauguración de la exposición está a la vuelta de la esquina. Si se descubre el error, todos mis colegas se reirán de mí.

—Si no la han examinado hasta ahora, entonces solo nosotros dos lo sabemos. Y yo guardaré silencio… si llegamos a un acuerdo.

—¿Qué acuerdo? ¡No intente chantajearme! —Martinova se levantó de un salto.

—No, no. Me ha entendido mal. Estoy haciendo una oferta muy seria al museo.

Se incorporó del sillón y colocó algo sobre la mesa delante de la arqueóloga.

Martinova vio una fotografía amarillenta. En ella aparecía una estantería de seis niveles, y en los estantes, los tesoros del kurgán de Dartini. Solo que en el estante superior también había jarras, enormes piezas. Reconoció la más pequeña: era la que estaba delante de ella sobre la mesa, la que el viejo le había dejado en su visita anterior. También había otras diferencias en el orden de los objetos respecto a los expuestos en la vitrina. En el estante inferior había solo tres copas, las tres con cabeza de toro.

—Así se veía originalmente la cámara funeraria. ¿Dónde están las nueve jarras más grandes que faltan? En mi poder. Se las ofrezco… a cambio de algo. Aún no puedo decir qué. Hable con el ministerio. Si aceptan, el ajuar funerario estará completo.

 

Seis personas estaban sentadas alrededor de la larga mesa negra. En un lado, el viejo; frente a él, Martinova; y cuatro hombres de traje y corbata. Uno provenía del Ministerio de Cultura, otro del Ministerio del Interior, y a los otros dos Martinova ni siquiera los conocía; tampoco se habían presentado. Observaban al anciano con mirada penetrante, como si quisieran leer en su mente.

—He hecho analizar la fotografía —dijo el ministro del Interior—. Según el estado de los productos químicos utilizados, fue tomada hace aproximadamente cuarenta años.

—Sí —sonrió el viejo—. Hace cuarenta y dos.

—Entonces, hace cuarenta y dos años usted sondeó el kurgán, tomó fotografías y luego, de algún modo, robó las piezas más hermosas y valiosas.

—Se olvida de que hace cuarenta y dos años la cámara funeraria estaba llena de tierra, y por eso no habría podido fotografiarse.

—Acaba de decir que la foto tiene cuarenta y dos años.

—No es tan simple. Por un lado, efectivamente fue tomada hace cuarenta y dos años; por otro, representa la cámara funeraria en su estado original, la misma noche posterior al entierro.

Los dos hombres desconocidos intercambiaron una mirada.

—¿Qué tecnología utilizó? —preguntó uno de ellos—. ¿Tal vez una sonda temporal? ¿O un manipulador del tiempo?

El ministro del Interior levantó la cabeza con irritación.

—No estamos en la convención anual de escritores de ciencia ficción.

Pero antes de que pudiera continuar, el viejo intervino.

—Sí, la imagen fue tomada con una sonda temporal. No la hice yo. No entiendo de eso. Pero las jarras sí las retiré yo del estante superior. Y están en mi poder. Decidan de una vez: ¿las quieren o no?

—Esa decisión plantea ciertos problemas legales. Los tesoros que usted posee pertenecen al Estado. Es decir, usted es un ladrón o, si su historia no es cierta, el receptor de un robo que los adquirió. Podría arrestarlo ahora mismo.

Al oír esto, el viejo se levantó y, apoyándose en su bastón, se dirigió hacia la puerta.

—Sigan pensando en sus problemas legales. Les queda un día —dijo, y salió de la sala.

Los dos hombres desconocidos corrieron tras él, pero regresaron poco después.

—Nadie lo vio salir —dijo uno de ellos.

Olga Martinova tenía una sospecha y, tras la marcha de los demás, comprobó que era correcta. El viejo estaba en el salón de exposiciones, de pie frente a la vitrina.

—Creo que están dispuestos a llegar a un acuerdo —le dijo en voz baja—. Pero aún no sabemos qué pide a cambio.

El viejo se sentó en el banco frente a la vitrina.

—Sabe, no quería contarlo, pero ahora ya da igual —comenzó lentamente—. Créalo o no. Ocurrió justo después del entierro del jefe escita. Cuando saqué las jarras y las coloqué en la máquina del tiempo –¡no me mire como si yo estuviera loco!–, oí el galope de un caballo. Era un ordita, uno de los guardianes de los kurganes sagrados. Saltó del caballo. Con su hacha rompió las vigas de soporte que sostenían la tierra sobre el pasillo que conducía a la tumba, y este se derrumbó. Luego se lanzó contra la máquina. Se veía que no era la primera vez que encontraba algo así. De un solo golpe hundió la puerta. Por suerte para mí, su hacha quedó atascada en la placa metálica. Cuando corrí hacia él, sacó un puñal. Yo fui más rápido y fuerte. Se lo arranqué de la mano y lo apuñalé. ¡Con esto! —sacó de debajo del abrigo un arma, un puñal de tres aristas que terminaba en una punta.

—Entonces, ¿de ahí proviene esa extraña lesión en dos costillas del cuarto esqueleto?

—¡Oh! ¿También lo encontraron? No lo sabía. Debe de haber sido él, el que me atacó. ¿Sabe? Salté a la máquina y escapé. Con la máquina dañada solo pude llegar hasta aquí. Para cuando reparé los fallos, más o menos, e intenté regresar al kurgán, ese período de tiempo ya estaba cerrado. Mientras tanto envejecí. Decidí borrar las huellas que dejé atrás. Ustedes recibirán las jarras de oro, y yo, a cambio, pido la moneda –mi amuleto, no tiene valor para ustedes, la fundí yo mismo–, y también quiero los dos esqueletos —concluyó señalando hacia la vitrina.

—¿Los esqueletos de los saqueadores de tumbas?

—Sí. Los de los saqueadores. Sabe, en aquel entonces, allí en el kurgán, no estaba solo. Uno de los esqueletos es el de mi amigo, Milan; el otro, el de Zoltán, mi hermano menor. Si ya no puedo volver por ellos, al menos quiero darles una sepultura digna.

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300, GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

 

COLONIAS

Manuel Jordán

 

A Milton

 

Ulises tomó la determinación de suicidarse el mismo día que se inauguró la colonia en Marte. Ciento diez hombres y mujeres vivirían en Marte en una empresa financiada por gringos, europeos y chinos. Tanto empeño en encontrar marcianos y hemos terminado por inventarlos, pensaba. 

Su frustrado intento de suicidio había culminado en una mesa de operaciones donde habían sustituido su lastimado esófago e intestinos por prótesis con las mismas funciones. Además, había sido obligado por el estado a soportar la presencia de un robot. Bajo su vigilancia no podría repetir su brindis de desinfectantes.

Varias veces a la semana asistía a reuniones de un grupo de apoyo y a consultas psiquiátricas donde aseguraba haber recuperado el gusto por la vida. La máquina lo acompañaba siempre y se había convertido en su ayudante en el viejo oficio de bibliotecario.

Nadie visitaba la biblioteca. No podía recordar el último préstamo de un libro. Su sueldo seguía siendo cancelado mensualmente y las autoridades se aseguraban de proporcionarle los medios para evitar el derrumbe del local. Algún decreto hablaba de la necesidad de preservar aquellos papeles.  

Odiaba a los robots. No podía ordenarles saltar desde lo alto de un edificio o estrangular al pendejo del vecino y no podía conversar con ellos porque eran monosilábicos. Eran una decepción en comparación con las máquinas de la ciencia ficción, aspirantes a la complejidad humana.

Había escuchado rumores de robots enloqueciendo y asesinando a sus dueños, violando las sagradas leyes de Asimov cinceladas en su código. Aquello le daba algo de esperanza.

Dedicó parte de su tiempo libre a buscar una fórmula verbal, un conjunto de palabras para detonar una reacción del aparato; tal vez uno de sus creadores era un fundamentalista religioso y había inoculado algo de veneno intolerante en su programación; tal vez reaccionaría a la lectura de libros contrarios a alguna fe, cualquiera de las que restaban en el mundo.

Con el paso de los días, comenzó a dudar de la efectividad de la palabra impresa porque consideraba a la mayoría de los ingenieros analfabetas funcionales y abandonó la lectura de libros a la máquina.

Comenzó a blasfemar en voz alta, escarbando en su memoria para encontrar los insultos más sonoros. Cuestionó la filosofía del cabrón de Buda, la autoridad del papa, pedófilo como todo cura, la de Lutero, charlatán de mierda y la del mitómano de la cienciología. Procedió a romper y posteriormente quemar en una papelera copias de los libros sagrados presentes en la biblioteca: La Biblia, el Libro del Mormón, los Sutras budistas, la Dianética de Hubbard, la metafísica de Conny Méndez y El Alquimista de Coelho. La máquina lo miraba ejecutar todos sus discursos y sus actos mientras lo ayudaba a acomodar libros o le hacia el desayuno o la cena. Nada lo obligaba a levantar su mano y golpear el rostro del hombre.

Descubrió que mientras lanzaba sus diatribas, el robot mantenía la misma distancia: metro y medio. Se acercaba lo suficiente para realizar alguna tarea y luego recuperaba esa distancia. Aquello era algo estándar, pensó, mantener una distancia respetuosa hacia el amo.

Alguna vez resbaló mientras agitaba los brazos gritando sus improperios y la máquina lo sostuvo y lo ayudó a sentarse en una silla. Después de eso, lloró un rato como no lo hacía desde que Isabel se fue; lloró y la mirada neutra del robot le pareció el único consuelo en aquella hora inútil. Después de limpiarse los mocos, recuperó la vertical y siguió acomodando los libros por número de cota en los estantes. La máquina lo ayudaba acercándole las pequeñas montañas de papel, sosteniéndolos hábilmente en sus brazos metálicos.

 En algún momento decidió cambiarle el nombre de máquina y comenzó a llamarlo con el nombre del gran filósofo estoico Séneca, e increíblemente el robot comenzó a responder a la pronunciación del nombre como un perro bien entrenado.

Le comentó a Séneca su opinión sobre la colonia marciana y como aquello decretaba el fin de los estados.

—No puede existir el estado porque no hay razón para la existencia de las fronteras. El mundo es uno solo; somos terrestres y ellos marcianos —dijo mirando el brillo de los ojos de la máquina.

En ese momento acomodaba los libros en estanterías muy bajas, arrodillado frente a la montaña de libros.

—Mientras el estado exista no hay libertad posible —le decía a Séneca, citando un viejo lema anarquista.

Al colocar el último libro percibió la cercanía del robot violando su distancia estándar y a pesar de no haberle dado ninguna orden, ni solicitado ninguna ayuda de su parte. De rodillas, con los ojos muy abiertos, observó como el brazo metálico se levantaba y el puño de dedos brillantes descendía para aplastar su cráneo. 

Manuel Ángel Jordán Núñez nació en Venezuela en 1972. Ganó el Tercer lugar en el Premio de Abreu 2023, convocado por la AVCFF (Asociación venezolana de ciencia ficción). Varios cuentos han sido públicos en revista como Teoría Ómicron, Axxón, Cosmocápsula, Planetas prohibidos. Fue ganador del III concurso venezolano de literatura fantástica y ciencia ficción “Solsticios 2016” y el segundo lugar en el concurso de Microcuentos para un gran hombre, en homenaje a Francisco de Miranda. Obtuvo el segundo lugar en el concurso de microcuentos Ultracortos de la década del diario Nuevo Día y mención en el concurso de microcuentos Ciudad de Punto Fijo. 

jueves, 9 de abril de 2026

HISTORIA DE SAN EUNOPIO

Alejandro Bovino Maciel

 

Había nacido en Damasco por el año 67 D.C. La vida comercial que le imponía su padre lo disgustó. Alto, delgado, pero de firme musculatura, tan ágil que al menor roce la piel se le moldeaba con los músculos siempre tensos, Eunopio tenía los ojos tan mansos que en el fondo necesitaba ocultar el brillo de dos tizones. Alejándose de su familia con los bienes que había conseguido resguardar, Eunopio le dio a la juventud lo que la juventud pedía: se entregó de lleno a los placeres de la vida junto a un grupo de amigos. Recorrían los burdeles en rondas de jaranas y vino. Se advino a una meretriz alejandrina que tenía tatuado a fuego un ancla en el muslo izquierdo. Ignoraba por qué, pero ese dibujo azuzaba los ardores del sexo hasta el éxtasis. En una noche de pasión, la luna, que había entrado a raudales por la ventana, repentinamente pareció cegarse tras un velo turbio. La muchacha le reveló en el entresueño que esa vida no era para él, que tenía una vida prestada. Y se durmió sin aclarar nada más. Eunopio salió del lupanar al amanecer y en el camino a la posada donde se alojaba halló a un monje del desierto mendigando en un tocón de la calle, con la escudilla de barro tendida a la piedad humana en la mano izquierda. Hurgó en su zurrón en busca de una moneda, pero el monje rehusó. Dijo, mirando a la nada, porque estaba ciego, que solamente necesitaba comida, que las monedas son del César, no de un cristiano. Eunopio algo contrariado compró pan y otras vituallas y se las trajo hasta el tocón. El monje ciego preguntó en qué dirección quedaba la Puerta de los Álamos para volver a su ermita. Eunopio lo tomó del brazo para guiarlo hacia la salida de la ciudad.

—Me llamo Jeremías, como el profeta, pero mis ojos ni siquiera ven el presente, mucho menos podrían ver el futuro como lo hacía aquel santo varón.

—Creo —dijo Eunopio—, que lo más importante es poder ver el pasado, que alberga la memoria de cada uno.

—Una memoria de infamias, crímenes, mentiras y odios —replicó el monje—, eso es el pasado. Prefiero seguir ciego antes que ver una hora del ayer, todo es aciago en el pasado.

—En el pasado, Cristo nos redimió —se le ocurrió decir a Eunopio.

—Con dolor, flagelaciones, martirio y muerte, ¿le parece algo digno de ser recordado? —respondió el ermitaño.

Al traspasar la Puerta de los Álamos y llegado a los arrabales que ya sitiaba el desierto feroz, Eunopio quiso despedirse, intentando desprenderse del brazo del anciano, pero le fue imposible desasirse.

—Aquí lo dejo, Jeremías. El camino va directo al desierto.

—Veo que le teme al desierto —dijo el monje. Un ave oscura que rozaba el cielo graznó con un tono grave y mórbido. En la arena siseaba una serpiente gris que huyó a ocultarse tras unas piedras— El desierto es toda nuestra esperanza —continuó diciendo el monje—; únicamente la soledad y el aislamiento puede enseñarnos todo lo que nos necesitamos los unos a los otros, y toda la justicia que Dios debió proveérnosla, pero se abstuvo. Únicamente la soledad podrá devolvernos ese escamoteo.

—No entiendo de qué manera la soledad puede mostrarnos eso —objetó Eunopio, un poco perplejo. Pensaba que Jeremías era un zafio, un vagabundo que, privado de la vista, se refugió en el desierto para evitar las necesidades de una ciudad. Pero algo lo alertó. Aquella no era la conversación de un vagabundo.

—Nos enseña a necesitarnos.

—¿Cómo? —repuso Eunopio que se había distraído con sus especulaciones.

—El desierto nos enseña a convivir sin hacernos daño. Valoramos cada gota de agua, cada miga de pan, cada ayuda de nuestros hermanos cuando estamos enfermos o doloridos, el desierto es un atroz maestro porque enseña con sufrimiento. Y ya sabemos que todo sufrimiento es vano. No hay soberbia mayor que la de aquel que se queja de su infortunio. El dolor es algo que está, que no podemos evitar, pero buscarlo voluntariamente es un acto de arrogancia que ya lleva su propio castigo a cuestas.

—Profesa usted —dijo delicadamente el joven— una fe muy particular.

—No profeso ninguna —declaró el monje.

—Pensé que era un fraile.

—Siempre pensamos de los demás lo que amamos o nos atormenta. Usted debería ser un monje, creo que esa idea lo atrae.

—No, Jeremías, en eso está muy equivocado. Soy un hedonista que ama los placeres. Vengo de una noche en una mancebía, con una ramera que tiene dibujada un ancla en el muslo.

—Ese es el camino más directo para llegar a Dios —repuso Jeremías—. Créame que, si bien soy ciego, puedo reconocer en los demás sus necesidades. El ancla es el símbolo de la salvación divina. Dios es el ancla que nos salva de las tempestades.

—Acaba de decirme que no tiene fe —repuso el joven, cada vez más desconcertado.

En el cielo aves oscuras volaban en grandes círculos. En la arena, entre piedras, el siseo de las víboras no se extinguía, era como una llama que se avivaba con el soplo del viento.

—Dije que no profeso ninguna fe. Dios es un enigma y toda fe quiere revelarnos ese enigma. Descreo de todas las doctrinas, pero no de Dios. Y usted lo necesita.

—Me parece —dijo Eunopio— que ya debería regresar a la ciudad; entretenidos en este diálogo el bullicio ya no se escucha.

—¿Diálogo? ¿Con quién hablaba usted? -Eunopio escuchó la pregunta, pero el sol rutilante había cegado todo. ¿O sería efecto del vino? Buscó el brazo de Jeremías y no halló ni rastros del ciego, ni sus ropas astrosas. Jeremías había desaparecido, la mano que lo asía del brazo delgado estaba aferrada al vacío. Eunopio buscó una piedra a la vera del camino para sentarse. Estaba muy confundido. El duro sol del desierto es proclive a los espejismos, recordó, pero, sin embargo, sentía la firmeza de haber mantenido una conversación con el monje mendicante que le pidió comida en la Puerta de los Álamos, con su arco de piedra donde figuraba un emblema antiguo. Todo eso era real. Había que regresar a la ciudad y dormir, y todo acabaría siendo una resaca. Volvió a calzarse las sandalias, se puso de pie y vio en una losa del camino un ancla grabada. Nítida. La flecha de la cruz, entre las dos uñas señalaba una dirección a la derecha del camino. Eunopio cedió a su curiosidad. Caminó un breve trecho y escuchó salmodias en viejas lenguas olvidadas. Al llegar al sitio vio el cenobio hecho de cuevas donde monjes solitarios rezaban en sus nichos, vueltos hacia paredes de basalto. Se detuvo ante un anciano. Preguntó por Jeremías.

—El profeta murió hace siglos, y dejó su lugar para quien viniera a preguntar por él. Aquel —señaló una boca de cueva— era su sitio. —Y volvió a sumirse en sus meditaciones.

De ese modo retorcido, Eunopio alcanzó la santidad al morir casi centenario. Dejó algunos escritos. Discípulos que fue cultivando con los años los guardaron y transcribieron. Esos escritos están más vivos que el desierto. Y son un ancla para quien busca saber por qué los seres humanos necesitamos dioses.

Alejandro Bovino Maciel nació en Corrientes, Argentina el siglo pasado. Es médico psiquiatra (UBA) y escritor de teatro, narrativa, ensayos y obras infantiles. Se formó en Paraguay con Augusto Roa Bastos a quien acompañó hasta su fallecimiento en 2005.

GREGORIO SAMSA EN CARTAGENA

Eduardo García Aguilar

 

Gregorio Samsa supo a tiempo por varios indicios que su amigo Franz Kafka quería convertirlo en un inmundo insecto y antes del alba escapó de su casa modesta sin que se enteraran su padre, su madre y sus hermanas y se dirigió corriendo a la estación de trenes de Praga por las calles mojadas, donde saltó sin comprar boleto hacia un tren que estaba a punto de partir a Berlín. En Berlín Gregorio Samsa se sintió a salvo, lejos de su tierra natal, el castillo omnipresente, el codicioso jefe de la empresa de hilos, los capataces y la mirada inquisidora de vecinos y familiares, en especial la de su padre autoritario, un hombre alto y de gran vozarrón que se escuchaba día a día en la modesta vivienda donde residían. Allá estaba obligado a trabajar para saldar las deudas de su padre y ayudar a la familia en un empleo aburrido y rutinario que lo llevaba con frecuencia a viajar a ciudades de provincia y entrar en contacto con todo tipo de clientes pesados, cascarrabias y avaros. Presionado por traer buenos resultados y pedidos, vivía angustiado y se comía las uñas teniendo un peso metálico en su palpitante corazón. Berlín, la cosmopolita le encantó y se instaló en una pensión barata no muy lejos de la Avenida Unter den Linden, en una cuadra con deliciosos restaurantes para trabajadores donde comía, entre el bullicio y la humareda de los cigarrillos, platos de lentejas, papas y rodajas de cerdo en salsa acompañados por vino barato y generoso. Nunca había sido tan feliz y la timidez fue desapareciendo poco a poco, su rostro antes tenso y el rictus de amargura cotidiano dieron paso a una expresión serena y convival, como si la vejez artificial y prematura de Praga hubiera desaparecido para revelar de repente al verdadero joven que era en realidad. Su corazón palpitaba de alegría después de tomar ese vino, cuyas copas sonaban al chocarse en los brindis de rozagantes comensales, camareras risueñas y muchas empleadas modestas que llegaban allí con sus novios o amigas para compartir después del trabajo largas horas de fiesta. No tardó en trabar amistad con algunas de esas muchachas robustas y cómicas que lo llamaban Greg y lo invitaban a caminar por los bulevares cuando el tiempo era benévolo, o a pasear junto a ríos y lagos viendo a lo lejos la danza de los cisnes y el jugueteo de parejas de patos sobre la superficie oscura del agua profunda y helada. Él, quien antes pasaba su vida encerrado en las oficinas de la fábrica de hilos al lado de contadores o en las pensiones donde pernoctaba cuando viajaba a pueblos perdidos de comarcas lejanas, o en la aburrida casa familiar, atormentado por miedos y pesadillas, descubrió el olor del bosque, el aroma de musgos y troncos forestales donde crecían hongos enormes, carnosos y coloridos y sobre todo el perfume de las mujeres berlinesas del pueblo que le coqueteaban y lo perseguían corriendo por los senderos de los parques. Gregorio Samsa no podía creerlo y unos meses después, cuando gracias a su experiencia encontró empleo en una empresa distribuidora de hilos y máquinas de coser que administraba uno de los jocosos comensales de las tabernas de la calle donde vivía, se le podía ver elegante con sombrero de copa, paraguas, corbatín y traje del brazo de Herta, una de aquellas jóvenes que logró al fin seducirlo después de muchos paseos por las orillas del lago central. Un día su jefe lo condujo a la oficina del director general, que estaba acompañado esa mañana por un rico empresario latinoamericano, nativo de Colombia, quien desde hacía meses estaba en Alemania haciendo gestiones para comprar y llevar a su país las máquinas de coser que distribuían allí, así como pedidos enormes de telas, agujas, dedales e hilos y otras mercaderías que viajarían al terminar su viaje de negocios en un enorme barco que salía de Hamburgo y que estaban destinadas a surtir una nueva tienda distribuidora en la capital del lejano país y una sucursal bodega en Cartagena de Indias, encargada de recibir los envíos tras cruzar el Atlántico. El rico colombiano había llegado a un acuerdo con el director para ser el distribuidor exclusivo y representante de esos productos en ese país. El director le propuso a Gregorio Samsa ser el enviado de la empresa con la misión de gerenciar la bodega receptora en el viejo puerto colombiano, a donde llegaban los barcos después del largo viaje. Tras aceptar la propuesta no durmió durante varios días de la preocupación por lanzarse a un mundo desconocido, pero su amante, la rolliza y simpática Herta, lo animaba y lo hacía conciliar el sueño después de horas de caricias y amores interminables. Gregorio y Herta viajaron en verano en un enorme transatlántico de la American Linie supervisando la llegada a buen puerto del enorme cargamento de mercancías y meses después ya estaban instalados en Cartagena de Indias en una casa colonial llena de flores, papagayos y loros reales, donde un año después nacieron sus primeras gemelas en medio de las atenciones del servicio doméstico. La familia creció con los años y se convirtió en una de las más distinguidas del puerto. La nueva sociedad, en la que Gregorio terminó por poseer la mitad de las participaciones, creció sin límites y creó sucursales en muchas ciudades del interior. Dominó pronto y con facilidad la nueva lengua e inclusive llegó a hablar con acento costeño, a bailar en las recepciones como ninguno y a ser uno de los hombres más joviales y generosos de su tiempo. Nadie en Praga y menos su familia podía imaginar la extraordinaria metamorfosis de Gregorio Samsa, el hijo desaparecido que nunca dio noticias de su destino. Por su parte, su amigo el escritor Franz Kafka, frustrado en su intento de convertirlo en un horrendo insecto, renunció a la vida literaria y murió años después deprimido, pobre, tuberculoso, sifilítico y alcohólico, sumido en el más absoluto anonimato.

Eduardo García Aguilar (Manizales, 1953) es novelista, poeta y periodista colombiano, radicado actualmente en París. Durante más de quince años vivió en México, como corresponsal de una agencia internacional de noticias. Ha publicado las novelas Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987) y El viaje triunfal (1993), la colección de relatos Urbes luminosas (1991), los libros de poemas Llanto de la espada (1992) y Animal sin tiempo (2006), así como Celebraciones y otros fantasmas: Una biografía intelectual de Álvaro Mutis (1993), Delirio de San Cristóbal. Manifiesto para una generación desencantada (1998), Voltaire, el festín de la inteligencia (2005) y París Exprés (2016). Libros suyos han sido traducidos al inglés, francés y bengalí.

PANTA REI

Lazar Vuković

 

PRÓLOGO

Otra noche lúgubre en el Vegas Bar. Un transeúnte despistado podría pensar que se trata de un lugar respetable por las luces brillantes, el alegre camarero preparando cócteles y el letrero sobre la entrada. Al cruzar la puerta, entraría en un mundo completamente distinto, un mundo donde viven parásitos a quienes la fortuna les ha dado la espalda.

El olor a humo de tabaco y el sabor a whisky de mala calidad conforman una combinación perfecta para mi estado de agotamiento. Cansado de esta ronda, me sirvo otra copa y brindo por el camarero indiferente que nos mira con desprecio cada noche. Sonreí irónicamente al reflejo del prometedor poeta que me observaba desde el espejo del bar, mientras de fondo sonaba Candy Daffler y la canción "Lilly Was Here".

En la penumbra del bar, logré distinguir dos figuras más junto a nosotros: una chica con rostro demacrado, vestida de rojo, que bebía su vermut, y un anciano en un rincón. Saco mi copa y miro a la chica.

Veo que es una persona perdida, igual que yo. Baja la mirada hacia la copa de vermut y pasa su larga uña oscura por el borde. Me recordó a un hombre mirando al abismo. Quiero acercarme, pero he perdido mi elocuencia. Me he convertido en una pálida sombra del antiguo galán que podía tener a cualquier chica. Mis canciones han recibido buenas críticas y siempre he sido bienvenido. También la tenía a ella, mi estrella guía, que me amaba tal como soy. Por ella, me prometí calmarme y atesorar la felicidad que tenía, pero fui insaciable y al final lo perdí todo. Me quedé solo, como una rosa pisoteada bajo la lluvia, robando los días de Dios, privado de mi antiguo encanto y potencia. Mi única compañía era la botella y los recuerdos de un pasado que se habían ido irrevocablemente. Si no hubiera sido por mi único amigo, para cuya revista escribía ocasionales reseñas literarias, me habría hundido en las aguas turbias del mar hace mucho tiempo.

Me devuelve la mirada con sus ojos tristes. Es una señal de que debo hacer algo. Levántate y acércate, me digo. No, ese era yo antes. Ese hombre ya no existe. Se fue.

Pago la bebida y voy a mi cuchitril bajo una cortina de lluvia. De camino pensé en la chica del bar. No, no lograría nada. El antiguo yo está muerto, soy un cadáver andante.

Me meto en la ducha y me lavo la suciedad. Pienso en la única manera de acabar con este ciclo: el suicidio. Pero tampoco soy capaz de eso. En vez de eso, me arrastro hasta la incómoda cama y me hundo en la nada. Si pudiera volver a empezar. Un mantra que repito una y otra vez cada noche antes de quedarme dormido.

 

I

Un momento, ¿no estoy en mi cama? ¿Cómo es que me encuentro de nuevo en un ambiente tan familiar y sofocante? Todos están ahí: el camarero, el viejo y la chica. Y un vaso de whisky recién servido. Además de Candy Duffler y “Lilly Was Here”.

—Disculpe —le pregunto al camarero—. ¿Qué hora es?

—Las once menos cuarto.

—De acuerdo, ¿qué día es hoy?

—¿Qué te pasa? Ya estás borracho. —Me mira de reojo.

—He perdido la noción del tiempo.

—Ya veo, por eso esta es tu última copa de la noche.

—Oye, estoy bien, solo dime qué día es.

—Si te interesa, hoy es sábado —dice con tono irónico.

—Gracias.

Miro la mesa donde estaba sentada la chica y me quedo sin palabras. Mientras discutía, ella ya se había ido. Salí corriendo para buscarla. Me cubro la cabeza con el abrigo y camino mirando las calles de los alrededores. La he perdido de vista. Nada. Regreso a mi vida vacía.

 

II

¿Otra vez? ¿Es posible? Estoy sobreviviendo al Día de la Marmota. Analizando la situación, entiendo lo que debo hacer.

—¿Quién es esa? —le pregunto al camarero señalando a la chica.

—No sé. Es la primera vez que la veo aquí.

—Llévale otro Martini. Invito yo —le doy una palmada en el hombro.

Empiezo a ejecutar mi plan cuando le lleva la bebida. Imito mi antiguo encanto y me acerco. Me mira de reojo.

—Disculpa la molestia, pero me resulta extraño que una chica tan hermosa esté sentada sola.

—¿Qué quieres? —pregunta con nerviosismo.

"Estaba sentado ahí y, como estabas solo, pensé que querías compañía."

—¡Te equivocaste por completo si pensabas acostarte conmigo! —Me arroja el Martini a la cara y sale corriendo.

—Amigo —dice el barman más para sí mismo—, creo que acabas de recibir un doble rechazo.

Salgo corriendo y la veo caminar por la vereda. La llamo mientras la persigo, pero acelera el paso y cruza la calle corriendo. Se oye un chirrido y un golpe. Un coche la lanza por los aires; gira varias veces dejando rastros de sangre sobre el asfalto mojado.

Siento raíces invisibles enredarse en mis pies. Observo en silencio la escena mientras el conductor y la gente intentan ayudarla. Alguien me grita que llame a emergencias. Caigo de rodillas y me invade la desesperación.

 

III

Me acerco a ella con gracia, meciéndome al ritmo de la música.

—Disculpe si molesto, pensé que la dama estaría de humor para bailar.

Me mira con la misma expresión. El sudor me corre por la espalda mientras espero su respuesta.

—No sé a qué debo el honor —esboza una leve sonrisa.

—Sabe, me encanta bailar, y como esta canción está hecha para eso, y además no veo a nadie más adecuado como pareja… ¿acepta?

Tomo su mano delgada. Aspiro el aroma de orquídeas que despierta en mí una sensación olvidada. Regresa la vitalidad que creía perdida.

—Qué descortés de mi parte no presentarme. Me llamo…

—Por favor, ¿podemos evitar los nombres?

—De acuerdo.

Guío suavemente el baile, deseando que nunca termine. Empieza a irradiar energía, transfiriéndola al despojo en el que me he convertido. Como un arlequín, me quito la expresión triste y dejo entrar un rayo de luz en mi debilitada confianza.

—Sabes —le susurro—, este lugar me aburre un poco. ¿Quieres que vayamos a otro sitio?

Me mira insegura y asiente.

Salimos a la calle y le doy mi abrigo. No me importa la lluvia fina que me pega el cabello a la frente. Soy como Bill Murray en El Día de la Marmota, transformándome de egocéntrico en conquistador.

—¿Tienes algún lugar en mente? No me gustaría que te mojes por mi culpa —dice, alzando la voz por encima del ruido de los coches.

—Vivo cerca. Podemos pasar por mi casa para que me cambie y luego vemos adónde ir.

Acepta. Abrazados, como adolescentes, cruzamos la calle. No se me escapa el Audi gris que la atropelló la vez anterior. He salvado a mi Sin Nombre, por ahora.

Subimos al último piso del edificio deteriorado donde vivo. La conduzco por una escalera de caracol mientras las luces parpadean como en una película de terror. Abro la puerta de mi pequeño apartamento y la hago pasar primero, con la mayo galantería de la que soy capaz.

—Perdona el desorden. No esperaba visitas. —Reímos juntos.

—No te preocupes. He tenido parejas que no eran precisamente limpias.

Me quito la camiseta, me pongo una bata y me seco el cabello con una toalla.

—¿Quieres beber algo? Me gustaría secarme antes de salir.

Me mira con sus ojos grises. Levanta ligeramente el labio, bajo el cual hay un pequeño lunar.

—Puede ser.

—Tengo un excelente vino tinto que reservo para ocasiones como esta.

Sirvo dos copas. Brindamos.

—¿A qué te dedicas? —se recuesta en el sillón haciendo girar la copa.

—Antes era poeta. Ahora escribo reseñas para una revista. ¿Y tú?

—Trabajo como consultora. Debo admitir que nunca había conocido a un poeta.

—Esta noche sí —me inclino—. Aunque hace tiempo que no escribo. No tengo inspiración.

—Encuéntrala otra vez —dice con una sonrisa tímida—. ¿Has publicado algún libro?

—No. Mis poemas se publicaban en concursos y los leía en veladas literarias.

—¿Puedo leer alguno?

—Claro.

Enciendo la laptop y abro la carpeta con mis textos.

—Adelante, hay bastante para elegir.

Mientras bebo mi vino, la observo leer. Elige tres de los más emotivos. Uno sobre una hoja al viento, otro sobre una flor bajo la lluvia y el tercero… ese es el más difícil para mí: trata sobre mi dolor, sobre mi Penélope perdida.

—Esto es precioso. Tienes talento. Me gustaría que volvieras a escribir —sus ojos se humedecen.

—Con gusto, pero no sé cómo volver a poner las palabras en el papel.

Noto que ha terminado su copa.

—¿Quieres otra?

—Sí, pero solo una más —dice moviendo el dedo en señal de advertencia.

Sirvo más vino y le pregunto por qué estaba sola en el bar.

—Lo siento, no puedo hablar de eso.

—Lo entiendo.

Pongo una recopilación de éxitos de Eric Clapton.

—Todos tenemos nuestras razones para beber. Algunos para olvidar, otros para celebrar.

—¿Y tú?

—Voy a ese bar desde que perdí lo que tenía.

—¿El último poema es sobre ella?

Asiento.

—Veo que aún la amas y que sigues sufriendo por ella.

—Así es. La perdí para siempre.

Me toma la mano.

—Los recuerdos están para hacernos sentir vivos. Sin ellos no seríamos conscientes. Yo también pienso a menudo en dos años que pasé con la persona equivocada. Deberías hacer lo mismo.

—Esa persona es un idiota. Si tuviera a alguien como tú, la cuidaría como lo más preciado. Nunca la dejaría ir.

Sonrío para mis adentros, sabiendo que existe otro imbécil como yo.

—Sí, pero para él había cosas más importantes. Mi intuición me dice que eres un buen hombre, solo necesitas cerrar el pasado.

Nos besamos. El calor de sus labios me sacude. Me siento como un fénix renaciendo de sus cenizas.

La llevo con cuidado a la cama y recorro cada parte de su cuerpo. Se arquea bajo mis caricias. Sus suspiros se apagan cuando nuestras lenguas se encuentran, formando un uroboro, símbolo de eternidad. El aroma de orquídeas se intensifica.

—Ahora veremos de qué estás hecho —susurra.

La abrazo con fuerza mientras se mueve sobre mí. Su cabello oscuro cae y a la luz de la luna veo el brillo en sus ojos. Sus uñas recorren mi pecho y se clavan en el éxtasis, dejando marcas que se enrojecen. Mi cuerpo se tensa en un volcán de pasión mientras nuestros suspiros crean una cacofonía de placer.

La beso, la acaricio, nuestros cuerpos se funden. La chispa se convierte en fuego. Estamos en un Edén propio. La abrazo y le guiño a la luna, único testigo. De fondo suena Clapton con Bad Love.

 

IV

¡Otra vez! ¿Qué hice mal ahora?, me pregunto mientras observaba el sombrío interior del Vegas Bar. Solo que esta vez todo era diferente. El barman y la chica estaban congelados en el tiempo, mientras que el anciano con traje oscuro se levanta y se acercó para sentarse en una silla junto a la mía. En su mano hay un reloj de arena que gira boca abajo una y otra vez.

—Te preguntas por qué te encuentras aquí otra vez y en qué te equivocaste esta vez —en su voz percibo un matiz misterioso.

—¿Quién eres tú y cómo hiciste esto? —Estaba completamente confundido. Quería una explicación de cómo había caído en este bucle y si había alguna salida.

—Verás —el anciano sonríe y deja el reloj de arena sobre la mesa—. La ironía es que no me reconoces, y sin embargo me dedicaste uno de tus poemas. Te ayudaré: se trata de las agujas que giran sin cesar. —Mientras habla, la arena sigue cayendo.

—¿Eres Cronos? —respondo tras pensarlo un momento.

Me sonríe mientras se acariciaba la larga y espesa barba.

—A menudo escucho los lamentos por las oportunidades perdidas, y cuando les ofrezco la posibilidad de volver a aprovecharlas, no saben cómo hacerlo. Hay algo que no pueden comprender. La vida es como un río, fluye sin cesar. Si te bañas en él, nunca será el mismo río. Panta rei, amigo. Explícame la experiencia que has tenido.

Le cuento con detalles mis tres regresos a este lugar. Cómo la perdí la primera vez, cómo provoqué su muerte y cómo viví aquella noche de pasión.

—Ves, has permanecido demasiado tiempo inmóvil, culpándote una y otra vez por tus fracasos y envenenándote con alcohol. La primera vez que la viste la dejaste marchar y continuaste con tu vida sin sentido. La segunda vez actuaste de forma invasiva y, al intentar corregir tu error con prisas, provocaste una tragedia. La tercera vez lograste lo que querías y volviste a sentirte vivo después de mucho tiempo. La cuestión es si ese encuentro podrá mantenerse o si solo fue algo de una noche. —Hace una pausa y continúa—. La razón principal por la que te traje de nuevo aquí, además de que aprendieras la lección, es darte un consejo. Pase lo que pase y decidas lo que decidas, deja que el río fluya. Lo que ya ha pasado no puedes recuperarlo. Deja atrás lo que te atormenta y sigue adelante sin desfallecer. Te dejo.

 

EPÍLOGO

Nunca la volví a ver. Todavía conservo su carta en la que me agradece todo y me desea que recupere mi inspiración. Gracias, Sin Nombre. Me diste nueva vida y me devolviste a mis viejos hábitos. Sé que jamás podré pagarte. He vuelto a escribir. Mis reseñas en la revista se volvieron más constructivas y un amigo decidió aumentarme el sueldo. Dejé la bebida a un lado y me dediqué a mi creatividad. Encontré el sentido de mi propio fluir.

Solo que a menudo, cuando llueve, siento el aroma de las orquídeas y me abandono al recuerdo de la noche en que resucité. Sonrío y dejo que las emociones me inunden.

Lazar Vuković nació en 1988 en Niš, donde aún reside. En su ciudad natal, cursó la primaria, la secundaria y la carrera de Derecho y Administración de Empresas, especializándose en Gestión Empresarial. Trabaja como contable. En su tiempo libre, disfruta leyendo, viendo películas o series de televisión. Escribe relatos y aspira a hacerse un nombre como escritor. Sus relatos se han publicado en diversas antologías, como Marsonic, Regia Fantastica, Refesticon, Fantastični vodic y Avetinje I anđame… También escribe textos y reseñas para Autostoperski vodic kroz fantastiku.

 

LA HIJA QUE SANGRA