jueves, 28 de mayo de 2026

LUNES DE CARNAVAL 2004

Myriam Goluboff

 

La calle está en silencio. El año pasado, a esta misma hora, once y media de una noche tibia de marzo, estaba llena de gente. Figuras con disfraces de todo tipo se paseaban sin perder sus risas, algunos tiraban cohetes y bengalas y lenguas de fuego de colores se elevaban al cielo.

Al llegar a la piazzeta, en la esquina de mi casa, en su centro, un carro, con la enorme figura de nuestro presidente envuelto en una gran bandera norteamericana, emitía una serie de arengas y amenizaba, entre una y otra, con desenfadado ritmo de cumbia. La gente formaba corro a su alrededor, sonreía con sus ironías y movía las caderas al compás de la música.

La ciudad era, toda ella, alegría y diversión. Aquí, los carnavales son carnavales; no como los de Río, no como los de Cádiz, pero, en este puerto, moldeado por los vientos y las lluvias, también se disfruta la fiesta.

Sólo un año después, nada es igual. Ya no hay fiesta, no hay bengalas, ni disfraces. Vivimos atrincherados en cuanto cae la tarde. Miramos con desconfianza, observamos las caras que rondan por el barrio, no nos sentimos seguros de nadie.

Cada vez hay más gente acurrucada en los portales pidiendo limosna, solos, a veces abrazados a sus perros, de ojos tan tristes como los de sus amos. Cada cara nueva es un interrogante. Suponemos que vienen de las zonas ocupadas, desnutridos, enfermos…

Desconfiamos. Tememos que puedan ser la avanzadilla de cuerpos especiales enmascarados. Sabemos que una amenaza sorda se cierne sobre nosotros y, en tensa espera, sin una consigna concreta, quedamos de noche en nuestras casas, en un estado de toque de queda voluntario.

Este lunes de Carnaval me siento frente al ordenador para mandar un mensaje. Pero Yahoo no me permite entrar al correo. En la pantalla sólo aparece un cartel que dice: “Pruebe más tarde”. Me siento como si estuviera en un lugar desierto, donde no hubiera nadie. Si se pierden esos muñequitos, será como si mis amigos se hubieran muerto, ya no habrá comunicación posible, estaremos aislados.

La frustración y la angustia me invaden.

Miro Hotmail y veo que funciona. Eso me da tranquilidad, tiene que ser una avería pasajera. Preocupada, pero con confianza, me voy a la cama.

Lo primero que hago al día siguiente es encender el ordenador. Todo parece normal, Hotmail y el servidor de la Universidad no tienen problema, pero el correo de Yahoo está totalmente anulado.

¿Cuántos lazos se habrán roto esta noche de carnaval 2004? Las gentes absorbidas en el magma del ciberespacio, imposibles de rescatar, ya no están. Como si las hubiera perdido en una batalla.

No conozco sus direcciones, no podría mandarles una carta. Ni asumiendo el peligro que implica subir a un avión, con la cantidad de atentados y secuestros que hay en el aire, podría encontrarlos.

Nuestro contacto estaba dado por el hilo invisible, frágil, de esos mensajes que vuelan por los aires, esa pantalla que abre un universo afectivo sólo con dos palabras: “Yahoo mail” y que, cuando no está, nos borra del mapa.

Todos los días intento conectar y todos los días encuentro el mismo aviso.

En mi ciudad aparecen, cada vez más, nuevos personajes extraños, cual marea que va creciendo lenta, pero inexorablemente. Vienen huyendo de su tierra, ocupan las plazas y pueden ser portadores inconscientes de una nueva peste, esa enfermedad de la que se habla, desconocida y temible, o traer escondidos, en sus ropas raídas, frascos diminutos que al abrirse la expandan a los cuatro vientos. También aparecen, sin ningún aviso, tropas que invaden las calles con sus ejercicios militares. De Yahoo aún no se sabe nada. Los primeros días había desaparecido el correo pero ahora ya no vemos, en la pantalla, nada más que unas letras que dicen: “Yahoo”. Sólo puedo mirar ese nombre, vacío de contenido, pero verlo ahí, me abre un hilo de esperanza.

Lo que más apuntala mi espíritu son los momentos en que conecto a través del Messenger de Hotmail y puedo intercambiar noticias, impresiones, opiniones, con los trece amigos que tengo allí, de México, de Perú y de Japón.

En esas conversaciones me entero de la existencia de algunas zonas acordonadas, cerca de donde ellos viven, superficies más o menos amplias que, en algunos casos, ocupan zonas rurales poco pobladas pero, en otros, atrapan a millones de habitantes. Lugares donde se ha decretado un ineludible aislamiento, para evitar que la enfermedad se propague y donde se aísla a los pobladores de las comunicaciones para que no se pueda tener certeza de la situación, de su gravedad, y cómo se expande por todo el planeta.

Ya ha pasado un mes desde el colapso de Yahoo. Abro Messenger y no más entrar, descubro que han desaparecido dos contactos. Sólo hay once muñequitos en la pantalla. Me falta el de mi amigo que vive cerca de Tokyo y el de Veracruz, en la costa atlántica mexicana.

Dos nuevas personas se perdieron en el ciberespacio. Aún no pude superar la falta de Yahoo, y ahora empieza a fallar mi Hotmail… Me siento abandonada, con una pérdida que resulta peor que la de la muerte, porque no puedo tener certeza de qué es lo que les pueda estar pasando.

Quizás estén en zonas acordonadas, de epidemia, en peligro de muerte, o quizás estén bien, pero sin poder comunicarse. La inquietud me provoca y genera teorías. Imagino un virus que avanza atacando las señales y entonces no podremos impedir que, con el tiempo, quedemos aislados, como electrones totalmente sueltos, desgajados de cualquier átomo.

A medida que pasan los días, las noticias son cada vez más inquietantes. Se habla de que se multiplican las zonas arrasadas por los bombardeos, las muertes, las enfermedades. Y cada vez más, masas humanas, pobres y desnutridas, avanzan por las carreteras, antes atiborradas de coches y camiones pero hoy casi desiertas.

Corre la voz de que están apareciendo, en diversos lugares del globo, los síntomas de una enfermedad que resiste todos los medicamentos conocidos. Una variante de la neumonía atípica, que mata por asfixia.

Desde el Gobierno Central Universal, que se organizó por esta crisis y asumió todos los poderes, se tomó la decisión de aislar las zonas afectadas. Ya desaparecieron otros más, ya no puedo contactar para nada con los mexicanos. Sin embargo, hay novedades de D.F. en algún periódico. Quiero pensar que no están en una zona aislada, que el problema es sólo del sistema, de las conexiones.

Pero con ello aumenta mi sensación de soledad y el temor, o casi diría la certeza, de que en poco tiempo todos puedan ir desapareciendo. Las noticias siguen siendo cada vez más inquietantes, focos de violencia se producen en muchos lugares cercanos. Violencia contra los refugiados, por el estado de tensión que genera la incertidumbre, por vivir en un mundo sin seguridad, con atentados indiscriminados, porque ya no podemos tener amigos, no podemos confiar en nadie.

Al mismo tiempo, cada vez hay más leyes universales y la vida local se va transformando. Ya se habla de que permanecerá el Gobierno Único, que controla y coordina acciones en todo el planeta. Habrá un Gobierno Universal. He tenido un tiempo de calma con los contactos. Han pasado otros dos meses y, cada mañana, cuando voy a encender el aparato, temo que haya desaparecido otra figura, otro nombre de la lista. Pero no. Siguen todos ahí.

Hoy es domingo, el momento más propicio para encontrarlos. Me acomodo frente al ordenador, doy al botón de encendido y aparece mi pantalla totalmente negra. Apago y enciendo varias veces, hago todas las pruebas que puedo y llamo con angustia a los técnicos de guardia. No quiero esperar a mañana, porque cada día que pasa aumenta la posibilidad de que alguien más falte.

Su respuesta me deja atónita: “Ya tuvimos muchísimas llamadas. Los ordenadores no arrancan”.

Eso nunca lo había llegado a imaginar. Siempre había temido que desaparecieran mis amigos. Pero ahora, no era ninguno de ellos quien ha desaparecido. Soy yo misma. Y es mi mundo el que está aislado, el que se ha borrado del mapa…


Myriam Goluboff, nacida en Buenos Aires en 1935, es arquitecta por la Universidad de Buenos Aires. Vive en La Coruña, España, desde 1975. Es profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

miércoles, 27 de mayo de 2026

YA LO HICE CALLAR

Salam Ibrahim

 

El color opaco del crepúsculo llena de desánimo sus dulces rasgos mientras, tropezándose con sus propios pasos cansados, avanza sobre el camino en pendiente, cubierto de cantos rodados suaves como canicas. Su vestido largo ora se enrosca entre sus piernas, ora dibuja una línea que acaricia las piedras y entretanto siente el agotamiento acumulado por la larga distancia que ya lleva a las espaldas, subiendo y bajando a través de los pasos escarpados de la montaña. Desde unos ojos apagados como un par de agujeros, mira la cara luminosa de su niño, que duerme plácidamente entre sus brazos exhaustos, y se ahoga con el escarmiento.

Apenas había transcurrido un año desde su boda cuando su marido desapareció en el frente. Ella regresó a casa de su familia, embarazada de un niño que no vería a su padre. Estuvo siguiendo con pesar las listas de los prisioneros retrasmitidas por Radio Teherán. El parecido de los nombres la dejaba exhausta y los dispositivos de interferencia le cortaban el aliento, pero no se cansó de la larga espera ni flaquearon las fuerzas ante el anhelo de escuchar una notica de su prisión, mientras los días se plegaban sobre sí mismos a una lentitud despiadada, similares, concentrados con los dolores y las penas de la guerra.

Alza la vista hacia el pálido cielo, a punto de echarse sobre ella. La desolación traspasaba con sus colmillos su alma arrugada y las rocas afiladas cortaban como cuchillos el horizonte incierto.

 La calle asfaltada atraviesa la llanura plana debajo de ellos, como una cuerda negra invisible entre las colinas lejanas. Se puso a prueba a sí misma para encontrarse con su hermano, quien vería a su hijo por primera vez y pensaba en su apesadumbrado padre, que caminaba en el silencio en la cola del grupo de refugiados.

No había vuelto a abrir la boca desde la bofetada que le soltaron los hombres de seguridad en el patio de casa, en presencia de la familia. Ella se encogió de dolor y se pegó a la pared mientras el rostro del padre se ahogaba con el sufrimiento y la ira hasta volverse oscuro como un pozo. Pero fue cuando lo citaron en el departamento de seguridad y le pidieron que volviera con su hermano pequeño, alistado con los revolucionarios de las montañas, cuando el silencio hizo presa de él. Regresó a casa con el rostro encendido y la mirada perdida, buscando refugio cerca de la chimenea. Conforme le preguntó su madre, estalló, escupiendo su frase cargada de rencor.

—Los perros… Los perros… ¡me amenazan con el exilio!

Tras desahogarse con los insultos, se calmó y el pesar que cargaba sus facciones se aflojó… Pero la última vez fue diferente porque su cara quedó gris desde entonces.

Se hace la oscuridad cubriéndolo todo. Los cuerpos se acercan entre sí reduciendo el espacio a un metro escaso.

…No la dejaron llevar la tela con la que amarraba su cuerpo. Una multitud de hombres armados y mal encarados entró por la puerta abierta de casa y les empujaron con las culatas hasta sacarlos fuera, a la calle, en pijama. Los amontonaron en un camión militar IFA atestado de niños, mujeres y ancianos, que salió pitando por las calles de la ciudad tomando la carretera general. Los bajaron en un camino de tierra.

—¡No regresen sin sus hijos! —dijeron.

En la montaña, el silencio llena la noche lóbrega y oscura con un sopor que invita al letargo. Ella siente un deseo irrefrenable de dormir y de olvidar el contenido de su pasado y su presente, cuando de repente escucha el llanto de su hijo que con fuerza estalla lánguido junto a un murmullo agitado resoplando cerca de su oído.

—¡Hágalo callar, hermana! Ya estamos cerca de la calle y del puesto de guardia.

Inmediatamente se abre el botón de la ropa, saca su seno y le encaja el pezón entre los labios. Los pensamientos se agitaban en su cabeza, dando vueltas con aquellas preguntas para las que no tenía respuesta. ¿Adónde se dirigían? ¿Dónde estarían? ¿Qué sería de ellos?, hasta que se le nubla la mente y deja de pensar, perdida en la incertidumbre que tejía los días que estaban por venir, mientras sus pasos eran ya como los de un sonámbulo: un montón de tristezas errante por la penumbra de la negra noche.

—Sube y date prisa en cruzar.

El susurro de un combatiente. No se había apartado de ella ni un segundo desde que se hizo de noche. Fija la vista en las piedras y afirma uno de los pies sobre el borde del canto, tantea con el otro y trepa con cuidado hacia el camino empedrado. Cruza deprisa, a pesar del dolor que le cubre toda la planta del pie.

—Aquel es el puesto de vigilancia. Camina despacio y en silencio.

Nota un espectro murmurándole aquella frase mientras desciende por un pasadizo que baja del camino en pendiente hacia una depresión lóbrega. Alza el pecho hacia una luz tenue que suspendida sobre una colina tapa una parte de las estrellas del cielo. Uno de sus pies resbala, pierde el equilibrio y cae rodando, pero un par de brazos fornidos se le echan encima, ayudándola a subir, al tiempo que el gemido doliente de un niño desgarra el silencio. Se siente violentada, tropezando con sus propios pasos y las voces contenidas de pánico que le llegan replicándose desde todos los rincones de esa oscuridad que la envuelve como cuatro paredes.

—¡Cállelo, cállelo… Nos van a descubrir.

Con unos dedos atolondrados busca su seno de nuevo. Encaja el pezón en la boca del niño y en ese gesto le viene a la mente el enfado de aquella anciana del pueblo a la que dejaron una tarde dando voces: ¡Mal rayo les parta a las mujeres! Por su culpa el puesto de vigilancia ha abierto fuego contra el grupo y han muerto tres chicos. Maldita sea, no ha podido acallar el llanto de su hijo.

El niño agita la cabeza a derecha e izquierda escupiendo el pezón de la boca y apretando los dientes, suelta un berrido. Ella le sujeta la pequeña cabeza con la mano y lo rodea con firmeza tratando de introducirle el pezón por la fuerza otra vez. La voz de la anciana resuena en sus oídos, clara, dolorosa: No sirven para nada… para traerle cansancio a los hombres, eso es para lo único que sirven.

Al fin consigue encajar el pezón entre los dientes pegados... ¡Por Dios! Van a pagar por mi culpa. ¡Cállate, por favor! Señor, ten piedad, ten piedad.

Nunca había sentido su peso como en aquel instante. ¡Cuánto le hubiera gustado poder lanzarlo lejos…! Su cuerpo tiembla bajo la ropa holgada mientras presiona suavemente la mano sobre su boca. La tensión del ambiente se hace trizas con un murmullo alterado al silbido de un disparo que atraviesa por encima de sus cabezas, seguido de un resplandor rojo que procede del puesto de control situado debajo, y el murmullo se hace audible, desbordado por el pánico.

—¡Pero haga que se calle de una vez!

Sus manos temblorosas se estremecen. Atrae hacia sí la cara de su hijo hundiéndola contra su pecho y ahogando el grito que ya nadie oiría más que ella, como si procediera del fondo de un pozo profundo. Poco a poco comienza a desvanecerse hasta que se interrumpe definitivamente, y la calma vuelve a pintarlo todo con la única perturbación del susurro de los pies y el canto intermitente de las chicharas. Aspira una bocanada de aire de la fría brisa del anochecer, se siente aliviada, y con ello, un profundo cansancio le hace relajar las articulaciones. Descienden por un valle angosto siguiendo un paso que se extiende en línea recta sobre la falda, en compañía del profundo silencio de la noche y su cielo interminable, con sus estrellas engarzadas y suspendidas como praderas de luz. Ignora qué distancia han recorrido cuando a la luz tenue de las estrellas vislumbra una silueta que se acerca a ella y le pregunta con una voz clara.

—Ya no hay el peligro, ¿cómo está el niño?

Afloja los brazos con los que apretaba el cuerpo del pequeño, que sereno seguía pegado a su pecho. Lo separa un poco mirándole la cara que irradiaba blancura, y en el gesto se cae la cabeza hacia atrás, flácida como una pasta. Se queda clavada en el sitio, sintiendo como un frío intenso se le hinca en los huesos, y con un movimiento fuera de sí lo levanta para pegar la oreja en su pecho. Escucha tac…tac…tac, latidos fuertes, sucesivos que corren como un torrente llenando sus oídos. Aguanta la respiración y agudiza el oído una vez más. Pierde las fuerzas cuando tiene por cierto que aquellos latidos no eran otros que los de su propio corazón asustado. Extiende los brazos con el niño tranquilo e inmóvil hacia el combatiente, fulminado ante ella como un leño quemado, y su voz rota casi imperceptible, mate, ahogada, ronca, llena de angustia, exclama entre sus labios trémulos:

—Míralo, mí…ra…lo… Ya lo hice ca…llar… Ya lo hi…ce…ca…llar.

Salam Ibrahim nació en 1954 en Diwaniya, Irak. Opositor al régimen, es detenido en más de cinco ocasiones en la década de los setenta. En 1982, huye a las montañas, poniéndose al servicio de los revolucionarios. Víctima de un ataque químico en 1987, deambula entre los campamentos de refugiados hasta establecerse en 1992 en Dinamarca, país donde reside actualmente. Entre sus trabajos: La visión de la certeza (1994), El lecho de la arena (2000), La vida es un instante (2010), Ejecución a un pintor (2016).

 

OBRAS CONSAGRADAS

Cecilia Aravena Zúñiga

 

La frente de Osvaldo brillaba de sudor, algunas gotas de transpiración se deslizaban por su nariz. Con su antebrazo las detuvo y continuó introduciendo códigos, las claves de seguridad de cada planta se modificaban automáticamente cada quince minutos, obligándolo a reprogramar varias veces su ordenador. Llegar al habitáculo donde estaba la caja de seguridad, había sido más difícil de lo que esperaba. Su sorpresa fue mayor al descubrir que la caja se encontraba conectada a la alarma de la Sociedad de Escritores. Disponía de menos de cinco minutos para terminar, antes que llegaran los custodios.

Había sido ingenuo: era obvio que la sociedad debía garantizar la protección de la memoria del escritor consagrado que aseguraba su manutención. El salón principal que en el siglo veintiuno servía para lanzamientos de obras maestras impresas, ahora estaba reservado a la caja de seguridad con la memoria del premiado escritor, ganador del Nobel de literatura, el Jorge Amado, y el Miguel de Cervantes. El único edificio de la ciudad con suelo de parqué con largos cuadrados en diagonal, escaleras de mármol y paredes revestidas con madera de ciruelo. Así debía ser, a tono con lo que se cobijaba, el tesoro de esa memoria ciborg era invaluable.

Osvaldo escuchó el zumbido de los androides. Odiaba el sonido que hacían al desplazarse, el roce de sus rodamientos contra el suelo le evocaba cuchillos afilándose. Detestaba a los autómatas y ahora ya estaban en el acceso del edificio. Su respiración se agitó, con un transmisor gigap traspasó toda la información de las memorias ciborg a su propia cabeza.

—Espero no quedar psicótico —pensó. Era lo más rápido.

Ningún dispositivo había alcanzado la velocidad de la mente humana, sólo tardó unos instantes en almacenar en su mente los pensamientos, recuerdos e inspiraciones del autor.

Su cuerpo esmirriado pasó con facilidad por los ductos del alcantarillado del siglo veintiuno que estudió durante meses. Se puso su traje anti radiación, y logró llegar al exterior antes del cierre automático de las compuertas. Tenía su aeromóvil estacionado en las proximidades. En el volante la pantalla del tablero le indicaba que su respiración se normalizaba. Miró los espejos laterales, no había personas ni androides en el área. Antes de instruir al vehículo que se pusiera en marcha, observó sus ojos en el espejo retrovisor. Los tenía enrojecidos por las cuatro noches sin dormir preparando el robo.

Ya en su departamento usó el gigap para vaciar los contenidos al ordenador. Se conectó al visor de memoria para plagiar los motivos, la inspiración, las historias del escritor del siglo. Abrió un par de latas de suero de patata y revisó una y otra vez los diez terabytes. La secuencia de recuerdos y conversaciones cotidianas se sucedían. Todas las imágenes eran igual de insulsas. Apretó la opción buscar y digitó fechas anteriores a los lanzamientos de sus obras consagradas, estimó meses, incluso días anteriores. Sus latidos se aceleraron. En las fechas de las entrevistas a Berlizand, anteriores a las premiaciones, él decía que estaba escribiendo. ¿Cómo era posible que en esas fechas en su mente no hubiera rastro de aquello? Ni una sola situación que pudiera relacionarse con alguna de las obras o con los motivos de sus personajes, ningún indicio ningún evento. Ni una sola conversación que aludiera a las magistrales situaciones descritas en sus novelas. Nada. Revisó una y otra vez la memoria. Estuvo más de cuatro horas escudriñando cada archivo. Con la boca abierta y los ojos desorbitados, miraba la pantalla. Por fin tragó saliva.

Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndolo tiritar.

— ¡Berlizand es un fraude!, no es el autor de sus novelas —Al decirlo, su voz se convirtió en un gemido. Sintió que sus piernas flaqueaban, desplomándose en el diván apostado a un costado de su escritorio.

 

En la torrecilla del suburbio, la casa de Adrián Berlizand acababa de activarse, la mano arrugada y pecosa del escritor manipuló el panel digital. Al pulsar el botón «Comienzo del día» las persianas subieron automáticamente, reproduciéndose los mensajes del contestador y sintonizando como música de fondo, la antigua baladista Lauryn Hill. El anciano caminó a la cinta mecánica que se desplazaba hasta la cocina. La cúpula transparente en el techo, dejaba ver un cielo calipso sin nubes.

—Baja la intensidad de las luces y llama a mi asistente —dijo con voz grave.

El sistema operativo, dejó el ambiente apenas iluminado y apareció desde una esquina de la habitación el modelo doméstico, P-Cactur24, que se acercó al anciano con una bandeja metálica con un plato de vidrio que contenían cinco cápsulas celestes y un vaso con un líquido viscoso de color verde.

—Gracias Cactur, no tengo apetito. No me siento bien —dijo el anciano, acomodándose en un piso metálico que automáticamente lo acercó a la barra de la cocina.

—Adrián, debe consumir alimentos antes de los remedios. Detecto un alza de presión y sus pulsaciones se han acelerado —respondió el androide de un metro y medio de altura y aspecto cilíndrico.

—¿Quién se llevó mi memoria? El robo fue hace horas, ¿Por qué no me han contactado? —dijo Adrián, mirando su celular—. De la Sociedad de Escritores me han enviado mensajes. Ofrecen pagar el rescate de mi memoria. No entienden cómo sucedió.

—El robo fue bien planificado, se realizó en poco tiempo y con total éxito. Seguramente lo contactarán muy pronto —respondió P-Cactur 24, dando vuelta sus sensores hacia la impresora tridimensional que terminaba de reproducir el piso que había comprado el escritor.

— ¿Querrán dinero por ella? Si la han revisado ¿seré víctima de chantaje?, y ¿qué haré? ¿Confesar que nunca he escrito nada? ¿Qué aquellos relatos nostálgicos del siglo veintiuno no son míos? Cactur, ¿estaba activado el GPS en el dispositivo? —preguntó el anciano al tiempo que se acercaba al taburete—. Mira, Cactur, igual que los que se usaban en el siglo veinte ¿parece de cuero verdad? Esto sí es de mi agrado, muy distinto a los asientos de plástico recubierto y plegables que se convierten en otra cosa accionando un botón.

—Su memoria está a ocho kilómetros. En el edificio comercial de la ciudad. ¿Desea que vaya a recuperarlo?

—No, no quiero que nos expongamos a la prensa. Temo que se trate de un fanático que está esperando vernos aparecer para subir esto a las redes sociales. ¿Qué puedo declarar, si se hace público? Quizás no entiendes lo importante que es para la humanidad que el arte y la creación hayan quedado para los humanos. Mucha gente sufrió cuando ustedes asumieron el derecho, la medicina, la ingeniería, todo... no puede descubrirse la verdad. La literatura es creación exclusiva de las personas. Es lo que nos queda.

—Puede decir que no hace falta vivir lo que se escribe. Que basta con saber de qué son capaces los seres humanos, de conocer su lado sombrío y su lado resplandeciente, o con haber visto su necesidad de autodestrucción. Usted puede reconocer la verdad.

—¿Te has vuelto loco? Basta, no me des lecciones. Mis novelas son un aliciente para la humanidad. Además, recibiría el repudio de mis colegas, me obligarían a devolver mis premios y las editoriales me demandarían ¡No! Nunca reconoceré que mi trabajo lo hizo otro, por ningún motivo. ¡Esto es un desastre! ¡Una tragedia! —El anciano se dejó caer en la butaca nueva y se tapó la cara con las manos. Gemía. Con cada sollozo su espalda se encorvaba y parecía que iba a quebrarse.

De pronto levantó la vista, se bajó del asiento y caminó hacia el droide.

—Han pasado más de ocho horas desde el atraco. Si quisieran dinero ya hubieran contactado a la Sociedad de Escritores, o a mí. No, se trata de un intento de plagiar mis obras, accediendo a lo que debiese guardar mi memoria. Tienen que haberla revisado ya y ahora están decidiendo cómo denunciarme. Si hubiesen querido dinero habrían venido a robar aquí. Todo el mundo sabe que vivo solo. Es mucho más fácil acceder al panel de control de esta casa que sortear las medidas de seguridad de la Sociedad de Escritores. Estoy acabado. Imagino la burla en los medios. No tengo escapatoria.

—Hay otra solución. Su memoria se desintegrará cuando usted muera, la materia orgánica y el dispositivo tecnológico son interdependientes. Le sugiero la autoeliminación. El ladrón no tendrá nada en sus manos y usted seguirá siendo el autor más leído del siglo veintidós. Nadie jamás podrá cuestionar su autoría. Sus obras siempre le pertenecerán.

El escritor levantó la vista y dejó de sollozar. Sus ojos estaban desorbitados.

—Cactur, déjame solo por favor.

El androide salió de la habitación. El ruido de sus rodamientos desplazándose se fue disipando.

— Apaga la música y las luces —ordenó Adrián y permaneció en silencio mirando hacia la bóveda de cristal. El cielo turquesa sin nubes iluminaba la sala.

Cerca tres horas más tarde, Adrián Belizard pulsó el botón para abrir la cúpula del techo de la casa, sin mascarilla. Los rayos ultravioleta enrojecieron su piel en instantes y el aire saturado de anhídrido carbónico le impidió continuar respirando.

 

El sector comercial de la ciudad se concentraba en un edificio de noventa pisos. Había tiendas, oficinas, y viviendas. En varias plantas había parques y gimnasios. Sus habitantes no bajaban nunca de la torre. El modelo P-Cactur24, subió al piso 13, cerca de las cuatro de la tarde, desplegó uno de sus brazos hasta la puerta y golpeó dos veces. En el dintel apareció el rostro macilento de Osvaldo con los ojos enrojecidos. Su pecho se levantaba con cada gemido.

—Buenas tardes. Soy el asistente del escritor Adrián Berlizand.

—Vi su memoria desintegrarse, eso solo tiene una explicación. ¿Por qué lo hizo? Yo lo admiraba, sólo quería descubrir su fuente de inspiración, soñaba en escribir como él ¡Qué desastre! No quería que las cosas salieran así. Iba a tomar algunas de sus ideas, de sus experiencias, de sus recuerdos. Sólo quería escribir como él. No soy responsable de su suicidio. ¿Verdad? ¿Cómo llegaste a mi casa? —Osvaldo se dejó caer al suelo. La bata que lo cubría se abrió, mostrando su cuerpo albo y lampiño.

—Llegué por las emisiones de la memoria ciborg que robó. —El androide movió la parte superior de su estructura—. Detecto que su temperatura es alta y que está intoxicado con alcohol. Lleva varios días sin dormir y sin alimentarse apropiadamente. Vine a ofrecerle mis servicios de asistencia. Necesito un hogar o seré desactivado por la central de automatización doméstica.

—Se mató por mi culpa. Yo sólo quería conocerlo más. No le hubiese denunciado. Amo sus obras. Le han dado significado a mi vida y a la de muchos, pero me di cuenta de que era un fraude. El no escribió ninguna de sus obras consagradas ¿Por qué guardaba su memoria si no había nada valioso en ella?

—Las editoriales lo exigen y los seguros también. Además la Sociedad de Escritores no hubiese entendido que no lo hiciera. —Cactur avanzó hacia el dispensador de agua destilada, llenó un vaso y se acercó a Osvaldo—. Tome. Se sentirá mejor.

Osvaldo, se secó la cara con la manga de su camisa, y tragó rápido el líquido.

—No necesito un asistente, me las arreglo muy bien en este escondrijo de dieciocho metros cuadrados. Apenas como y casi no salgo de la casa. Conozco algunas personas que podrían interesarse, pero debes esperar que me reponga. La muerte de Adrián es terrible para toda mi generación. Sus obras alimentaban la confianza en la humanidad, la posibilidad de trascender. La tecnología nos ha arrinconado como ratas, nuestra esencia humana, capacidad creativa y subjetividad sólo se vierte en la escritura, en el arte. Lo único en lo que ustedes no pueden meterse.

—Sí podemos, por eso vine a ofrecerle mis servicios como ghost writer.

—¿Qué? ¿Qué has dicho? ¿Tú? No puede ser ¿Eres el autor de las novelas? No, no lo puedo creer. No puede ser.

Osvaldo se levantó de golpe y aporreó con los pies la base de Cactur, luego con los puños arremetió contra la parte superior del androide. Sus manos comenzaron a sangrar. La máquina apretó su botón de reposo y se apagaron sus circuitos.

Los gritos de Osvaldo se mezclaron con el zumbido de los autómatas desplazándose en la calle.


Cecilia Aravena Zuñiga es una escritora chilena, autora de los libros Fragmentos de Chile (2018), La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020), Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) y Proyecto D and D (2022). Su obra también integra diversas antologías de cuento y poesía publicadas entre 2007 y 2025, entre ellas Entrepuentes, Polinizando, Disparar a matar, Crímenes con M de mujer, Martes Negro y Nuevas Vidas para Heredia. Ha participado como jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago, y publica reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Actualmente integra el Comité Editorial de la revista digital Descentrados.cl, sección Letras.


RECUERDOS

Frank Hebben

 

La voz de una vieja película.

Mono apagado, dos compases de música,

una luz de lluvia en la ventana.

 

—La compro —dijo la muchacha de ojos de mariposa—. ¿Cuántos fragmentos costará?

El comerciante se inclinó sobre el transmisor, un aparato con forma de cubo, con cables a ambos lados y adhesivos dorados para la frente.

—Quince.

—¿Qué? ¿Quince? —La muchacha despegó el adhesivo con dos dedos—. Eso son más de tres recuerdos.

—De la mejor calidad —añadió el comerciante con una sonrisa de vendedor—. Imágenes cristalinas, emociones limpias. Solo aceptamos Alpha-Memories.

—Caro, muy caro.

—¡Y con razón! —El comerciante abrió las manos—. Este recuerdo proviene del año 1964, Europa occidental, tal vez Francia; tiene más de doscientos años. —Su sonrisa se ensanchó—. La Bohème, si entiende a qué me refiero.

—La Bohème —repitió la muchacha pensativa—. Bien, de acuerdo, ¿también intercambian recuerdos malos?

—Depende.

—Tengo una experiencia de la fábrica escolar, dos noches en prisión y el asesinato de mi madre.

El comerciante aspiró aire entre los dientes.

—¿Asesinato? Somos un negocio serio, no podemos aceptar algo así aquí. Recuerdos de libros, de películas que nuestro gobierno hizo destruir, esos sí nos interesan. Atardeceres, recuerdos de animales y plantas. Un picnic en el bosque. ¿Tiene fragmentos así?

—No —respondió la muchacha con tristeza, y sus ojos destellaron en mil colores—. Oh, una vez tuve un perro.

—¿Un perro? Hay coleccionistas para eso. ¿Qué raza era?

—No lo sé. Tenía el pelaje azul rey.

El comerciante hizo un gesto de rechazo.

—Nada artificial, lo siento.

—Lo pensaré otra vez —susurró la muchacha. Se colocó la capucha de su impermeable de plástico y tiró de las cintas—. Adiós.

—Vuelva cuando le ocurra algo bueno. —El comerciante retiró el adhesivo—. ¡Que tenga una buena noche!

 

Gota tras gota, lluvia ácida,

a veces sangre teñida de rojo por el neón.

Un club entre las sombras.

 

Adentro, las voces estaban amortiguadas artificialmente; de los reservados solo llegaba un murmullo agradable. La muchacha se sentó junto al escaparate y observó a la gente que pasaba apresurada. Llovía a cántaros.

—¿Qué puedo traerte? —preguntó la camarera mientras dejaba la bandeja con las tazas para tener las manos libres. Sacó una libreta y un lápiz, y esperó.

—Sunburn sin hielo —dijo la muchacha sin mirarla—. Doble.

—Mal día, ¿eh?

—Mala vida.

La lluvia seguía cayendo. Pasaron dos hombres, una mujer, un hombre más, un policía. La muchacha se apartó rápidamente de la ventana.

—¿Cómo te llamas? —preguntó la camarera.

—Céline.

—Ánimo, Céline, no dejes que te aplasten.

—Sunburn sin hielo, doble.

—Enseguida.

Céline se quitó el bolso y el impermeable de plástico, y colgó ambas cosas en un gancho. Cuando la camarera regresó con la bebida, ella pagó de inmediato y con el importe exacto, sin dejar propina, y luego se acurrucó en el rincón entre el acolchado y la ventana. Su aliento empañó el vidrio. Con cuidado, llevó el vaso a sus labios y bebió un sorbo. Cerró los ojos y pensó en su recuerdo favorito, el único hermoso que le quedaba; todos los demás habían sido vendidos.

 

El mar azul e inmenso, tan frío y claro.

Su respiración uniforme entrando y saliendo.

Arriba, aves y el sol.

 

El cóctel hizo efecto, un cálido cosquilleo en el vientre, como el amor, y Céline suspiró con placer; ahora se sentía mucho mejor. Pidió otro vaso.

—¿Sunburn? —preguntó la camarera.

—Doble.

—Enseguida.

—Espera —dijo Céline—. Estoy buscando a alguien, alguien que intercambie malos recuerdos.

—Quieres deshacerte de ellos, ¿verdad, pequeña? ¿Qué es, un amor desgraciado? Corazón, todos sufrimos por eso.

—¿Conoces a alguien? —preguntó Céline en voz baja.

—Quizá la Aguja los acepte. Malos recuerdos y nuevas drogas, eso es lo único que la mantiene viva; ella ya no puede sentir nada por sí misma. Pruébalo, ofréceselos. Merodea por el puerto, en el mercado de pulgas de los sueños.

—Sé dónde es.

—Busca detrás de los puestos. Bien, te traeré el cóctel.

—Gracias.

Cuando la camarera regresó a la mesa, Céline vació la bebida de un trago, pagó y se puso de pie. Tomó su impermeable y se lo puso encima, agarró el bolso y salió del bar. En la siguiente esquina dobló a la izquierda y siguió las calles hasta llegar al mercado de pulgas del puerto. Tras buscar un poco encontró a la Aguja, apoyada cansadamente contra una farola, una mujer en sus últimos años, de cuerpo consumido y mejillas hundidas.

—¿A ti te llaman la Aguja?

—¿Quién quiere saberlo? —Los ojos azul cristal de la mujer la atravesaron; implantes de neón.

—¿Intercambias malos recuerdos? —preguntó Céline.

—¿Perdiste tu peluche? —La Aguja estiró los labios en una sonrisa.

—Hablo de un asesinato, el de mi madre.

Breve silencio.

—Pobre idiota —dijo la Aguja—. Tan joven y tu vida ya está arruinada.

—No, no, yo no fui.

—Ah, ya veo. ¿Buena calidad?

—Eso creo.

—Bien —dijo la Aguja—, déjame verlo. —Metió la mano detrás de la farola, donde estaban sus pertenencias, sacó un cubo y se pegó el adhesivo en la frente—. Acércate, voy a echarle un vistazo. —La Aguja hizo un gesto; Céline palpó su arma, dudó un instante y se acercó—. Quiero algo bonito a cambio.

—¿Algo bonito? ¿Un recuerdo de nieve?

—¿Tienes algo así? —preguntó Céline sorprendida.

—¿Yo? —Una carcajada sacudió a la Aguja—. ¡Claro!

—¿Y qué tienes?

—¿Qué tal payasos? Un viejo sueño con payasos.

—Bien, ¿por qué no?

—Acércate.

 

Noche, oscura es la callejuela.

Un bisturí, no dos.

Hojas grabadas.

Un dragón en una, un demonio en la otra.

¡Rasga, corta!

Y sangre por todas partes.

 

—Ahora yo —dijo la Aguja, y pulsó el segundo botón del transmisor.

 

¡Ja, ja!

Los payasos coloridos y riendo.

Las tartas vuelan.

Tin tin tin tin

¡Miren, ahí viene el cuerpo de bomberos!

 

Céline soltó una risita alegre. No sabía por qué, pero se sentía aliviada. Una sombra se había apartado de su alma. Relajada, se quitó el adhesivo de la frente.

—Un buen intercambio —le dijo a la Aguja.

—¿Te gusta? Yo también estoy satisfecha, emociones intensas, miedo. —Pensó en la noche—. Ah, bien —dijo entonces—. Espera un momento, ¡conozco a ese tipo!

—¿A quién?

—Al de los bisturíes.

—No tengo idea de qué estás hablando. —Céline se volvió para irse.

—Del asesino de tu madre.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

El efecto del Sunburn desapareció.

—Salvador Dalí.

—¿Dalí? —preguntó Céline mientras abría distraídamente el cierre de su bolso.

—Es su nombre de la calle. —La Aguja rebuscó dentro de su abrigo y sacó una lata; la abrió y se metió tres píldoras en la boca. Sus pupilas parpadearon, primero amarillas y luego rojo sangre—. Lleva años cazando en el barrio dorado, recolectando órganos y piel para sus creaciones. Hay compradores para ese tipo de… obras de arte. Vi una exposición hace poco.

—Quiero todos los recuerdos.

—Niña, déjalo, ese hombre es realmente peligroso.

—Los quiero todos. —Céline sacó su pistola—. ¡Todos, todos! ¡Y quiero recuperar los míos!

Amplia luz azul del mar.

En la sala, cuadros, claros y fríos; órganos, grasa

Su respiración uniforme.

Él ríe. Él sonríe.

Codiciosa fascinación.

Una mujer los quiere y los compra, para DeLanys.

Arriba, aves y el sol.

 

—¡No! —gritó Céline mientras arrancaba el adhesivo—. ¡Me lo arruinaste con tu aparato de mierda! —Le apoyó la pistola en la garganta.

—Yo… —jadeó la Aguja—. ¿Qué hice…?

Céline quitó el seguro del arma.

—¡No ella, cualquier cosa menos ella!

—Lo siento, no quería… —La Aguja se arrodilló lentamente—. ¡Por favor!

—¡Maldita basura! —rugió Céline, apartando el arma. Dos lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡No tenía nada más!

Llorando, se dio vuelta y salió corriendo.

 

Casas, calles, personas.

Todo sombras tras el vidrio.

Ira y tristeza y ningún camino fuera del laberinto

 

La joven vendedora de cabello rubio acero de DeLanys llevaba una bata médica; el cliente común no podía imaginar por qué. Céline abrió las puertas de vidrio del atelier y se acercó a la primera de las obras expuestas; El mago, tinta sobre cartón, 2134.

—Un retrato maravilloso —dijo la vendedora detrás de ella—. El rostro es expresivo, aunque parece vacío, esos ojos ardientes, las mejillas esqueléticas, huecas pero marcadas.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Céline.

La vendedora sonrió artificialmente.

—Oh, eso no puedes pagarlo. En una subasta alcanzaría más de veintiocho mil.

—¿Fragmentos?

—¡Qué va! —rio la vendedora—. ¡Efectivo! —Señaló un soporte con postales 3D—. Pero tenemos reproducciones de primera calidad que puedes enviarles a tus amigos.

Céline se apartó.

—No me gusta tanto. —Miró hacia una cortina verde hospital que separaba aquella sala de la siguiente—. Prefiero el arte orgánico.

—¡Aaah! —exclamó la vendedora, recuperando su sonrisa artificial; Céline se preguntó cuánto habría costado—. ¿Has oído hablar de eso?

—¿De las obras de Dalí?

—Sí, exactamente.

—Fui invitada a la última exposición.

—Y quieres volver a verlas —añadió la vendedora—. Lo entiendo. Es un verdadero artista, pone la piel de gallina.

—No podría describirse mejor. —Céline intentó imitar la sonrisa—. ¿Puedo verlas ahora?

—Hoy estoy sola en la tienda, sabes, no tengo tiempo para ese tipo de favores.

—Por favor.

—Está bien, haré una excepción contigo. —La joven de la bata le guiñó un ojo—. Pero solo un momento.

—Muchas gracias —dijo Céline.

—No hay problema, ven. —Apartó la cortina y dejó pasar a Céline; ambas recorrieron un largo corredor y luego bajaron dos escaleras. A un lado se abría un atelier iluminado con una luz azul ártica. En las paredes colgaban vitrinas de cristal, cada una cubierta con una tela. Céline fue conducida hacia la más grande de las piezas expuestas.

—De esta no tenemos reproducciones, así que mírala bien —rio la vendedora—. Aquí. —Arrancó la tela de un tirón.

Otro mal recuerdo más, pensó Céline antes de que el shock la dominara. Solo quedó un zumbido en su cabeza, como el de un televisor sin imagen. Se quedó mirando fijamente la vitrina, incapaz de decir una palabra.

—…está sellada al vacío, naturalmente; de otro modo la conservación…

Sudor frío en la frente.

—…la muerte como arte, ese es uno de los mensajes principales de su…

Las manos temblaban.

—…en la primera etapa, hace unos siete años… —La vendedora interrumpió su explicación—. Oye, ¿te sientes bien?

Céline apartó la vista de la obra y la miró.

—¿Qué?

—Dije: ¿te sientes bien?

—Oh… sí, sí, es solo que aquí hace muchísimo frío.

La vendedora volvió a cubrir la vitrina.

—Tenemos que mantener esta sala refrigerada, también por la conservación. —Se dirigió hacia la puerta; Céline la siguió—. Lo siento, no tengo más tiempo. Tal vez mañana.

—Gracias —consiguió decir Céline mientras intentaba disipar el mareo—. Me gustaría un autógrafo.

—¿Mío? —La mujer le guiñó un ojo—. Te refieres a él. No tenemos tarjetas autografiadas; tendrás que pedírselo personalmente.

—¿Cuándo es la próxima exposición? ¿Hoy?

—Quieres decir la inauguración. No, ¿por qué lo preguntas?

—¿Dónde puedo encontrar a Salvador Dalí?

—Vaya, de verdad estás fascinada con él, ¿eh? —rio la vendedora—. No es frecuente que chicas tan jóvenes se interesen tanto por el arte moderno.

Subieron el primer tramo de escalera; en el descanso del segundo, Céline se detuvo bruscamente.

—¿Dónde encuentro al artista? ¿Dónde?

—Lo siento, no podemos dar nombres ni direcciones; la semana que viene tendrás oportunidad…

Céline sacó el arma del bolso, apuntó primero al pecho y luego a la garganta de la vendedora.

—La dirección de ese loco, ahora mismo. No lo repetiré.

—Estás loca —dijo la mujer con calma—. Guarda esa pistola y vete, o llamaré a la policía. —Se volvió hacia la escalera y subió un par de peldaños, hasta que Céline le barrió las piernas. Su mentón golpeó violentamente contra los escalones y gritó de dolor.

—¿Dónde vive ese cerdo? —escupió Céline entre dientes—. ¡Habla!

—Es médico en el hospital St. John —jadeó la mujer. Se palpó el tabique nasal para comprobar si estaba roto—. Vive y trabaja allí.

—¿Su nombre?

—Doctor Randell, se llama doctor Randell. —La vendedora se puso de pie con cautela—. Estás obsesionada, ¡déjalo en paz!

—Abajo —siseó Céline apuntándole con el arma—. ¡Vamos! —Obligó a la vendedora a bajar las escaleras y regresar a la sala de las obras—. Ponte contra la pared.

—No, por favor —suplicó la vendedora.

—¡Contra la pared! —gritó Céline—. ¡De espaldas a mí! —Metió la mano apresuradamente en el bolso y sacó un pequeño cubo—. Toma el adhesivo. ¡Toma el adhesivo, maldita sea! Pégalo en tu frente.

Céline se colocó el suyo.

—Bien, quiero todos los recuerdos sobre mí, todo el último cuarto de hora. ¿Entendido?

—Sí —respondió la vendedora en voz baja, y Céline pulsó el botón.

 

Una muchacha con bolso, impermeable,

ojos de mariposa.

Parece triste.

Sola en el mundo.

Como tantos otros, también.

 

—No te des vuelta.

—¿Quién es usted? —preguntó la vendedora, confundida.

—Tengo un arma apuntándote. Si te das vuelta, estás muerta.

—¡Quiere robar las obras!

—¡Pueden quedarse con toda esta basura! —Retrocediendo, Céline caminó hacia la salida—. Ahora voy a cerrar la puerta. Cuenta hasta cien y después llama a los policías. Quédate junto a la pared; no quiero dispararte.

—Sí, de acuerdo.

Céline cerró la puerta tras ella.

Y entonces corrió. Subió las escaleras, atravesó la tienda, salió por la puerta y volvió a la lluvia. A la izquierda, luego a la derecha, y siguió corriendo, siempre hacia el barrio dorado.

Rostros vacíos, brillantes como vidrio.

La luz de neón pinta máscaras de colores.

Chamanes, ángeles y demonios.

 

Bajo la lluvia, el hospital parecía una iglesia, un edificio ancho coronado por una cruz luminosa. Céline avanzó decidida hacia la entrada principal, la atravesó y preguntó por recepción. Allí habló con una enfermera.

—Busco al doctor Randell.

—¿De qué se trata?

—Es mi padre, tengo que hablar con él. Mi madre murió.

—Oh, lo siento mucho. —La enfermera tomó una lista y recorrió las líneas con sus largas uñas—. El turno del doctor Randell acaba de terminar. Si se apresura, tal vez pueda alcanzarlo en la salida del personal; salga por allí a la derecha y doble la esquina.

Céline volvió apresuradamente, atravesó la puerta giratoria y pasó junto a las columnas publicitarias hasta llegar al callejón lateral. Un médico caminaba hacia ella; se detuvo.

—¿Doctor Randell?

—¿Sí?

—He visto sus cuadros, sus obras de arte hechas de carne.

—¿Y le gustaron? —Con una intuición repentina, el doctor Randell tomó distancia.

—No —respondió Céline mientras sacaba el arma—. ¡Me repugnan!

—A mucha gente le ocurre —explicó el doctor Randell mientras se alejaba paso a paso. Echó una rápida mirada hacia una furgoneta estacionada en la esquina—. No comprende el mensaje. La belleza total del ser humano, eso es lo que quiero mostrar. Ni más ni menos.

—¿Para eso matas personas? ¡Eso es enfermizo! —Céline redujo la distancia—. Quédate donde estás.

—¿Matar? Uso cadáveres como materia prima.

—¡No me mientas! —gritó Céline mientras se acercaba aún más—. ¡Cazas de noche, eliges nuevas víctimas como un animal! ¡Lo vi, cerdo perverso!

El doctor Randell adoptó una expresión amable.

—Disparates, me está confundiendo con otra persona.

—Hojas grabadas, un dragón y un demonio.

—Maldita sea —exclamó Randell, y corrió hacia la furgoneta, abriendo la puerta con desesperación.

—¡Alto!

Dos disparos resonaron en el callejón. Uno hizo añicos la ventanilla del vehículo; el segundo impactó en la pierna de Randell.

—¿Qué quieres? —Con esfuerzo, intentó arrastrarse hasta el asiento del conductor.

Céline le disparó en el brazo; Randell jadeó, tembló y cayó sobre la cuneta.

—¿Qué quiero? —gritó ella con voz ronca—. Por fin una vida, un hogar, familia y amigos. ¡Y olvidar todo esto! ¡Despídete de este mundo, psicópata demente!

 

Una mancha de sangre en el pecho,

grande como un puño.

Los ojos vacíos y blancos como plástico

Un último aliento y nada más

 

—Hermana mía, ¿quiere desprenderse de algo más? —preguntó el sacerdote con suavidad—. Yo acepto todos los recuerdos, los tristes, los malos, los crueles. —Alzó las manos hacia el cielo—. ¡Para ustedes soy el receptáculo!

—No, gracias —respondió sonriendo Céline mientras se colocaba la capucha—. Ya no tengo nada más que confesar.

Frank Hebben nació en 1975 en Neuss, Renania del Norte-Westfalia, Alemania. Es básicamente un autor de ciencia ficción que estudió Filología Germánica y Filosofía en la Universidad Heinrich-Heine de Düsseldorf. Conformado por una trayectoria que combina literatura especulativa y una sólida formación académica, su obra se destaca por su profundidad temática y estilo innovador. Sus últimos tres libros de ficción publicados fueron: Im Nebel kein Wort (2016), Die Fugen einer Stadt (2017) y Vampirnovelle (2019).

 

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