miércoles, 1 de abril de 2026

MALEFICIA DESCIENDE

Alexander Zelenyj

 

—El escultor dijo que las piezas están destinadas a ser representaciones de dones del Cielo.

Los dos hombres –el emperador Adriano y su cuestor, Casteleo– estaban de pie, uno junto al otro, evaluando las tres esculturas en el atrio bañado por el sol de la villa del emperador. La luz del día, que entraba por el compluvium y las ventanas, reverberaba en el agua apacible del estanque situado en el centro de la estancia. Un santuario ocupaba una esquina, mientras que las máscaras funerarias de antepasados muertos miraban ciegamente desde sus armarios alineados a lo largo de una pared.

La pieza que retenía la atención de ambos se alzaba sobre un pedestal bajo de marfil que acentuaba su tamaño, de diez pies de largo, y su forma, que era cilíndrica. La mitad superior tenía el aspecto de una gran urna, lisa y sin ornamentos; o tal vez de la maza de un gigante. Estrías decorativas y estilizadas, semejantes a las aletas de un gran pez, se elevaban a intervalos regulares desde la base cuadrada. La escultura, y las dos esculturas que la acompañaban, parecían llenar el espacioso recinto, exhalando un aura poderosa. Verdaderamente, aquellas obras de arte tenían presencia. En efecto, habían desplazado la conversación que los dos hombres sostenían acerca de los recientes acontecimientos políticos, la construcción del muro en Britania, la restauración del Panteón, los continuos problemas con los partos.

—Esta resulta bastante fálica —observó Casteleo y, dirigiendo la mirada hacia las otras dos esculturas, añadió—: Esas dos me recuerdan a un pez extraño y gordo, y a un huevo gigantesco.

En efecto, las formas bulbosas de las piezas evocaban con precisión las descripciones del cuestor.

—Como siempre, perspicaz en tu crítica artística —bromeó el emperador, y añadió, con mayor calidez—: Es maravilloso tenerte de regreso de tu viaje al extranjero, amigo mío, y recibirte aquí en Tíbur. He echado muchísimo de menos tus sabios consejos en estos últimos días. Cuanto más envejezco, más dependo de tu juicio. —Y luego, volviéndose de nuevo hacia las esculturas, agregó—: Están esculpidas en mármol, por ese vagabundo devenido profeta, Gallius, aunque sigue siendo un misterio cómo llegó a poseer tanto mármol. Dijo que cada una de ellas era de tamaño natural respecto de sus equivalentes en el mundo real.

—¿Dones del Cielo, dices? Pero ¿de qué son esculturas? —dijo Casteleo, frunciendo el ceño ante la pieza que tenían delante, tratando de extraer significado de su forma lisa y peligrosa, de su economía de detalles—. Yo había pensado que esta era una urna.

—Diferentes encarnaciones… de Dios.

Casteleo volvió hacia su compañero una mirada indignada y deleitada a la vez.

—¿Encarnaciones de un único Dios cristiano? ¿Entregándose a sí mismo como obsequio al pueblo?

—Eso parece. De hecho, el nombre que Gallius dio a esta pieza que tenemos ante nosotros fue «Dios en el Niño».

Los ojos de Casteleo se agrandaron.

El emperador soltó una carcajada.

—Dirige tu mirada a la inscripción.

—¿Inscripción?

—Ahí —dijo el emperador, señalando un lugar cerca de la mitad del objeto.

Casteleo se inclinó y entornó los ojos ante los caracteres grabados allí.

—Esta lengua… no puedo leerla.

—Ni yo. Como sentía curiosidad, mandé llamar a un intérprete.

—¿Y qué dijo que significaba la inscripción?

—Tampoco él pudo leerla y no fue capaz de identificar el idioma. Sin embargo…

—¿Sí?

—Gallius hizo una serie de notas y bocetos mientras trabajaba en las esculturas, y también están en mi poder. En esas notas, entre otras cosas, aparece este mismo mensaje —hizo un gesto hacia las palabras en el mármol— y su traducción al latín. Al parecer, él tampoco tenía idea de qué era esta lengua extranjera, pero estaba convencido de comprenderla; de ahí la traducción que añadió.

—Todo este asunto se vuelve más curioso a cada instante —dijo Casteleo—. Pero ¿qué dice, supuestamente?

Volviendo la vista hacia los extraños caracteres, Adriano citó en voz alta:

—«Saludos al Emperador».

Casteleo parecía conmocionado.

—Yo… Esto es demasiado… audaz. ¿Cree el escultor que es el recipiente a través del cual Dios te habla a ti, su emperador? Más bien debería hablar de ti como de su Señor. Y afirmar que esta aberración –agitó una mano hacia la escultura– deba ser la encarnación de una deidad, romana o de cualquier otra índole… ¡es un sacrilegio!

Adriano asintió con gravedad.

—Eso parecería, sí. Según me han dicho, Gallius tuvo una serie de visiones que dieron como resultado la creación de estas esculturas: entró en lo que sus conocidos aseguran que fue un estado de fuga, esculpiendo durante días enteros sin descanso, sin comida ni agua, completando esta trinidad de esculturas en apenas una semana. Al final, por supuesto, fue llevado ante un médico. Puede uno imaginar las sangrías y las sanguijuelas que le aplicaron. —Hizo un gesto hacia las otras dos esculturas—. A esta –tu pez gordo– la llamó «Un Segundo Beso», mientras que a esta –tu huevo de gigante– la llamó «La Prueba». No conozco el significado de esos nombres.

—Encuentro las piezas de algún modo… obscenas. Todas ellas. —Y como Adriano no respondió, Casteleo añadió—: Hay razones suficientes para hacer ejecutar a Gallius por su sacrilegio.

—No hace falta pensar en ello ahora: se ahorcó mientras recibía tratamiento por su conducta excéntrica. —Luego, más reflexivamente, Adriano añadió—: Aunque, pensándolo bien, algunos podrían interpretar su inscripción como un gesto generoso, como una muestra de amor hacia su emperador. Supongo que jamás lo sabremos.

—Me he perdido mucho en estos últimos días —dijo Casteleo; su voz expresó cierto aturdimiento.

—En efecto, y eres mucho más afortunado por ello —lo tranquilizó Adriano—. Encarcelamientos, torturas, ejecuciones, artistas que se ahorcan… No me agradan tales acontecimientos, aunque me temo que tienen su lugar. Forman parte del orden natural de las cosas. —Suspiró, echando de menos en ese instante a la anterior emperatriz, ya fallecida: Pompeya Plotina, que tan a menudo le había brindado sus sabios consejos; a veces sentía que ella había sido su conciencia y que, sin ella, era un gobernante más insensible—. Curiosamente —dijo luego, saliendo de su ensoñación—, Gallius sostenía que la inscripción no se refiere a mí.

—¿Entonces a quién?

El emperador se encogió de hombros.

—Afirmaba que no lo sabía. Su visión, decía, contenía únicamente aquello que logró plasmar en las esculturas. Pero juraba que, en su fuero interno, sabía que no hablaba de mí.

Casteleo sacudió la cabeza, desconcertado. Le tocó a él soltar una risita.

—Arte blasfemo, sin duda. Y, sin embargo, aquí reposa su obra, en tu hogar, mi señor… muy audaz por tu parte, debo decir, acoger un mensaje supuestamente divino, interpretado a través de un plebeyo y al parecer dedicado a ti… incluso si el propio Gallius lo definía de otra manera. —Señaló la barba de Adriano y añadió—: Pero, al fin y al cabo, tú eres más audaz que la mayoría, mi señor. ¿Y cuántos hombres te imitan y ahora llevan barba también? Muchísimos, muchísimos.

Y Casteleo se pasó la mano por su propia barba pulcramente recortada, sonriendo.

—El arte es arte —dijo Adriano, ignorando los cumplidos de su consejero—. Soy un conocedor, como bien sabes. Ya sea el mendigo más humilde que talla una rama de abedul convirtiéndola en el águila romana de sus ensueños, no muestro preferencia por maestro artesano alguno. Y estas piezas contienen una… inevitabilidad a la que no pude resistirme. Simplemente deben existir en este mundo. Solo quisiera descifrar su misterio: por algo me he encontrado completamente incapaz de resignarlas al basurero. Gallius dijo que, en su visión, las vio como dones, como ya te he dicho, cayendo del Cielo a la tierra, en una tierra y un tiempo lejanos. Dios regresando al pueblo, o algo por el estilo. —Hizo un gesto despectivo con la mano en el aire y agregó—: Gran parte de esto me llega de segunda mano, a través de los hombres que envié a buscar las piezas. El propio Gallius no aparecía por ninguna parte cuando contemplé las obras por primera vez, a instancias de un colega coleccionista. Para cuando logré localizarlo, ya se había quitado la vida.

—Algunos lo consideraban un profeta —murmuró Casteleo, en voz baja, como si temiera ser oído por alguien fuera de la habitación, o quizá aprensivo ante las visiones descritas por su emperador. Se inclinó un poco más hacia la escultura, reevaluando su factura, su visión. Susurró—. Pero otros siempre creyeron que solo era un lunático.

—En efecto —dijo Adriano—. En efecto. —Y luego, con una voz amortiguada por la necesidad de revelar un secreto, continuó—: Lo más interesante de todo es que Gallius afirmaba que las piezas contienen algo en su interior.

Casteleo alzó una ceja.

—¿Son huecas?

Movió el puño hacia la escultura como si fuera a golpear la superficie de mármol con los nudillos, aunque lo dejó suspendido ahí con incertidumbre, como si le inquietara tocar el objeto.

—Desde luego pesan muchísimo —dijo el emperador pensativamente—, lo que sugiere que son bloques macizos, o que aquello que contienen es muy pesado y, ciertamente, está encerrado muy de cerca dentro de sus caparazones de mármol.

Recordó cómo una docena de hombres se había afanado para trasladar las esculturas al atrio: primero, usando el complicado artilugio de rodillos de madera y cuerdas para izar las piezas desde los tres carros separados en los que habían llegado desde la ciudad; y después, como los rodillos no cabían por la puerta y las cosas pesaban demasiado para que los hombres pudieran cargarlas, tuvieron que mandar traer una grúa. Adriano había observado a los trabajadores caminar con un ritmo constante dentro de la gran rueda de madera, enrollando las cuerdas aseguradas alrededor de la escultura para elevarla lentamente en el aire. Las piezas fueron descendidas con éxito, una por una, a través del ancho compluvium del atrio, guiadas hacia un lado del estanque central de la habitación y depositadas sobre los pedestales vacíos que aguardaban su llegada. En conjunto, aquello había resultado ser una tarea mucho más formidable que trasladar cualquiera de las otras muchas obras de arte exhibidas por toda la villa.

—¿Reveló el profeta-artista lo que se ocultaba en la trinidad de su obra final?

El emperador advirtió que en la voz de su amigo ya no había el menor asomo de burla casual al hablar del escultor, un hecho asombroso dado que Casteleo era conocido por mostrar desprecio al hablar de la mayoría de las personas, y en especial de los plebeyos. Y eso tan poco después de haberse referido a las esculturas como aberraciones.

—Sí lo hizo —dijo el emperador—. Fuego. Dijo que había un gran fuego dentro de las esculturas.

Casteleo lo observó en silencio un momento antes volver a hablar.

—¿Una metáfora? ¿Una alusión al fuego creativo –la pasión– que el artista vertió en estas obras?

El emperador reflexionó un instante.

—Tal vez. Aunque…

—¿Sí, mi señor? —Casteleo habló con rapidez, con un temblor de excitación en la voz.

—Pues hay más en este personaje, Gallius, de lo que la mayoría había pensado.

—¿Ah, sí?

Adriano asintió, frunciendo el ceño.

—Sí. Todas las pruebas sugieren que era… un hechicero. Casteleo miró al emperador en silencio, esperando—. A veces —siguió diciendo Adriano—, nos decimos a nosotros mismos que hemos dejado atrás nociones como estas. Que tales ideas pertenecen al pasado y que comprendemos nuestro mundo de forma distinta de como lo hacíamos antaño. Que los amuletos y libros de hechizos que algunos todavía guardan ocultos en sus casas no son más que una adhesión inofensiva a la superstición. —Hizo una pausa, levantando la mano hacia la escultura pero, al igual que Casteleo, sin permitirse tocar su lisa superficie. Y concluyó—: Pero nos engañamos: la hechicería permanece en el mundo.

El emperador cruzó la habitación hasta uno de los armarios y abrió sus puertas. Cuando regresó, sostenía un objeto ahuecado entre las manos. Era un globo grande y liso, y parecía tallado en el mismo mármol que las esculturas.

—A esta pieza Gallius la llamó Plutón.

Casteleo frunció el ceño ante el globo.

—¿Por qué? ¿Tiene algún significado relacionado con el inframundo? ¿O con el propio Plutón?

El panteón de los dioses romanos era vasto y celebrado, y atribuir el nombre de una deidad a una obra de arte no podía ser un accidente.

—Gallius afirmó no saberlo tampoco; dijo que era simplemente otro componente de su visión. Pero, lo más interesante de todo, también afirmó que golpear esta escultura menor con gran fuerza actuará de algún modo como catalizador y, por medios que no alcanzo a comprender, hará que una de las esculturas… se abra, revelando ese supuesto fuego que contiene. No sé a cuál de las esculturas se refería, ya que ese conocimiento se perdió con la vida del artista. Tal vez habría esculpido piezas compañeras semejantes para las otras dos esculturas si la muerte no hubiera interrumpido su trabajo.

Casteleo pasó la mirada del globo en manos de Adriano a la escultura semejante a una urna, y luego a las demás. Cuando habló, su tono era apagado.

—Fantasía, sin duda… aunque, si fuera verdad, entonces…

Adriano lo observó con seriedad, y su susurro fue como la revelación de un oscuro secreto.

Maleficia.

La palabra pareció quedar suspendida en el aire como humo.

—No puedo entender cómo… —empezó Casteleo, sacudiendo la cabeza con expresión perturbada. Luego, con una jovialidad fingida en la voz, agregó—: Bueno, puede que todo esto no sea más que una gran trampa, como digo. Una farsa a gran escala. Gallius era un excéntrico, al fin y al cabo, según todas las versiones. No lo olvidemos.

—Quizá —dijo Adriano con voz distante.

Aquello bastó para silenciar a Casteleo, alimentando el temor que había ido creciendo en él de manera constante.

Adriano dejó la pieza en el suelo junto a las otras, delante de la escultura en forma de urna, y como si estuviera incapacitado para hacer otra cosa, continuó estudiando las esculturas sin hacer comentario alguno; y cuanto más las miraba, Adriano sentía crecer la presencia de aquellas cosas, su poder. También parecía pulsar desde ellas una tristeza, que penetraba en su corazón; y en la estancia misma, y en el mundo más allá de la estancia donde, visible a través de las ventanas anchas y altas de la villa, el fuego final del atardecer cedía con rapidez ante la oscuridad de la noche, cubriendo las lejanas colinas sabinas con una sombra melancólica.

—Mi señor —dijo Casteleo, sin aliento—. No lo había advertido antes. ¡Mira!

Señalaba con un dedo la flor roja acomodada en la base de la escultura.

—Una adelfa.

—Y otra —dijo Adriano, mirando fijamente—. ¡Y allí, otra más!

Los hombres dieron la vuelta a la escultura en direcciones opuestas hasta encontrarse al otro lado. La pieza entera estaba envuelta en aquellas flores.

—¿No las puso ahí un sirviente? —dijo Casteleo.

—No, desde luego no sin mi permiso. Pero ¿cómo no habíamos visto antes las flores?

—Un misterio, mi señor. Es como si hubieran brotado mientras admirábamos las piezas.

—Parece que estamos rodeados de misterios. Y de… hechicerías.

Le dirigió a su amigo una mirada prolongada y grave antes de volver al armario del que había sacado el globo de mármol. Cuando regresó, traía en la mano un rollo de papiro.

—Estos son los bocetos y notas que dejó Gallius —dijo—. La totalidad de las notas aparece tanto en latín como en la misma lengua misteriosa grabada en la escultura.

Desenrollando el papiro, llegó al pasaje que buscaba y se lo mostró a Casteleo, quien leyó las palabras garabateadas allí en una cursiva apenas legible.

«La adelfa roja fue la primera flor en florecer entre los escombros irradiados de Hiroshima. Desde entonces, la flor ha simbolizado tanto los peligros de la guerra nuclear como la esperanza de un futuro más pacífico.»

Cuando levantó la vista del papiro, estaba pálido y asustado.

—¿Qué es “Hiroshima”? —preguntó con voz débil.

—No lo sé.

—Y esto… —Casteleo volvió a mirar el papiro—. Esta “guerra nuclear”, ¿qué significa?

—De lo único que estoy seguro, amigo mío —dijo Adriano—, es de que la adelfa roja ha aparecido sobre esta escultura, y antes no estaba ahí. La conexión entre este suceso y el texto de Gallius está fuera de toda duda.

Casteleo se atrevió a pronunciar las palabras en voz alta:

—¡Es un hechizo!

Se quedaron mirándose, sin hablar, perdidos en sus pensamientos. Luego, en medio del profundo silencio, el emperador se aventuró a decir:

—Amigo mío… ¿puedo confiarte algo?

Los ojos de Casteleo estaban clavados en él.

—Por supuesto.

Su susurro resonó con fuerza en el atrio que se oscurecía.

Adriano llevó la mano bajo sus ropas y desenvainó el gladius de la vaina que pendía de su cinturón. La luz del crepúsculo relució en la hoja de acero.

—Todo el día –en realidad, desde que las esculturas llegaron aquí hace dos días– he sentido el deseo más extraño, casi imposible de extinguir… de golpear esta escultura hermana –y aquí señaló con la espada el globo de mármol que descansaba en el suelo– con el pomo de mi gladius. Poner en marcha la supuesta magia que la vincula a la escultura mayor. Sacrificar la obra de arte para que yo pueda ver el fuego que el profeta-artista prometió que yace en su corazón. Y… desatarlo. El fuego.

Los hombres se observaron mutuamente con expectación. Casteleo se encontró asintiendo, lenta y vacilantemente al principio, y luego con gran avidez.

El emperador, habiendo recibido la sanción de su consejero de confianza y viejo amigo, se volvió de nuevo hacia las esculturas. Examinó con avidez cada una de las piezas de la trinidad por turno, y luego contempló el globo de mármol con una intensa concentración. Y alzó la espada sobre el globo. Y, en su corazón, sintió la rectitud de aquel acto, aunque su mente no pudiera comprenderlo.

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

 

martes, 31 de marzo de 2026

LA FIEBRE DEL RATÓN

Domen Mohorič

 

Algo arañó detrás del armario. Matevž abrió el cajón y sacó una pistola. Una sombra saltó sobre el suelo. Disparó cuatro veces. La segunda bala dio en el blanco, que rebotó un momento hasta quedar inmóvil en una esquina. Un ratón grande yacía estirado, y algo de sangre se filtraba por el agujero en su espalda. Se puso guantes, tomó una pala de un rincón, lo recogió con cuidado, como si llevara un tesoro, y transportó el cuerpo del ratón hasta la chimenea, donde lo arrojó al fuego. El cadáver ardía, y pudo ver algunos puntos en llamas saltando entre las llamas desde una forma casi irreconocible. Esas eran, supuso, las pulgas que habían arruinado su vida. Con una leve sonrisa, pensó en el sufrimiento que ahora estaban experimentando.

—Bien merecido lo tienen, alimañas —gritó.

Luego, con extrema cautela, por si acaso había alguna otra plaga peluda correteando, registró su pequeña habitación. ¿De dónde había salido?, se preguntó, pero no vio ningún agujero ni nada parecido. Miró de nuevo hacia la chimenea, pero ya no quedaba nada. Entonces observó la pared y no había agujeros de bala. Se preguntó qué había pasado, ¿se habrían quedado dentro del ratón? Pero tampoco había sangre en el suelo. Estaba confundido. Fue a guardar la pistola en el cajón cuando se dio cuenta de que no sabía dónde la había dejado. No podía pensar con claridad, su mente estaba nublada y las erupciones en su piel le provocaban un picor por todo el cuerpo. Se dejó caer en la cama y decidió quedarse allí, hundiéndose en un vacío negro.

No tardaron en venir a buscarlo. Golpearon la puerta de madera hasta que se desprendió de sus bisagras. Un grupo de hombres vestidos con trajes integrales irrumpió en la habitación, con máscaras que parecían sacadas de las trincheras llenas de gas de la Primera Guerra Mundial. El sol brillaba intensamente a sus espaldas, y en la habitación oscura sus siluetas daban la impresión de apariciones sombrías. Así también le parecieron a Matevž, que, sudoroso y presa de temblores, saltaba y se arrastraba por el suelo buscando su pistola desaparecida. Necesitaba algo con lo que defenderse, pero antes de poder hacer nada con lo que encontrara, las personas con botas de hierro lo alcanzaron. Perdió el conocimiento bajo una lluvia de patadas, antes de que otra persona con bata médica se acercara y le inyectara algo con una aguja grande.

Un tiempo indefinido después despertó. El sol le daba en los ojos y cada parte de su cuerpo se estremecía con espasmos. Sentía dolor, como si cada poro de su piel estuviera siendo atravesado por agujas ardientes. Se incorporó en la sucia cama del hospital, dentro de una tienda que, además de tener ventanas de plástico, dejaba pasar la luz por numerosos agujeros.

—¿Dónde estoy? —preguntó en voz alta.

—En el infierno —oyó a su lado.

En la cama contigua había un hombre de edad irreconocible. La sequedad de su cuerpo lo convertía en un espectro, con la piel estirada a la fuerza sobre los huesos. No había grasa en su cuerpo; sus músculos parecían haberse evaporado. Su mandíbula colgaba abierta y, sin mover la boca, su voz salía directamente de la garganta.

—Blancanieves, por fin despertaste. Je, je.

Su risa era como raspar una roca contra una pizarra.

—¿Quién eres, dónde estoy? —preguntó Matevž.

—Estás en la zona de Liubliana. Has estado dormido desde que te trajeron. Deberías darle las gracias a Marci cuando vuelva. Te cuidó como si fueras un bebé.

Una mano con guantes blancos abrió las solapas de la tienda. Una mujer de unos treinta años entró.

—Papá, ¿estás bien? —dijo, y luego miró a Matevž, sorprendida—. ¿Estás despierto? —preguntó con incredulidad. Dejó la bandeja que llevaba sobre la mesita frente a la cama—. ¿Te sientes lo bastante bien como para comer? —preguntó.

Cuando Matevž asintió, le dio un cuenco con una papilla de olor extraño.

Fue a alimentar al hombre recostado, al que levantó con facilidad y al que le introdujo la comida por la garganta. Matevž notó lo hambriento que estaba y engulló rápidamente su ración. Cuando terminaron, la mujer, que se presentó como Marci, ayudó a Matevž a sentarse en una vieja silla de ruedas y se lo llevó, diciendo que le mostraría el campamento.

—Vas a desear haberte quedado en tus sueños, je, je, je —dijo el anciano mientras salían de la tienda.

Empujó a Matevž por un campo donde había tiendas dispersas, chozas y remolques. Había poca gente alrededor, y tenían la mirada vacía o murmuraban para sí mismos.

—No guardes rencor a mi padre —dijo Marci mientras lo empujaba—. La fiebre del ratón lo quebró —añadió con voz cargada de tristeza.

—¿La fiebre del ratón?

—Después de tanto tiempo en coma, es normal que estés confundido —susurró—. Hace seis meses apareció una nueva enfermedad. Se extendió por el centro de Eslovenia. Dicen que el virus saltó de un ratón a un humano. Debieron de ser las pulgas. Las personas infectadas simplemente se desplomaban, sufrían convulsiones y luego… cambiaban. Por eso la llamo la fiebre de la lotería.

Él se quedó atónito.

—¿Qué quieres decir con “lotería”? —preguntó.

Ella sonrió con sarcasmo.

—Al principio, todos tienen los mismos síntomas iniciales… y luego cada persona desarrolla su propia versión de una fase crónica terminal. El cuerpo de mi padre se consumió a sí mismo. Otros se volvieron locos. Pero los más desafortunados son… más singulares.

—¿Qué quieres decir?

En lugar de responder, la mujer señaló hacia arriba. Matevž siguió su mirada y casi se cae de la silla. Suspendida en el cielo había una figura grotesca, de forma apenas humana. Sus brazos eran imposiblemente largos, extendidos como alas, con membranas correosas entre los dedos alargados. Sus manos se parecían menos a las de un hombre que a las de un pterosaurio, antiguas y ajenas.

—Martin —llamó Marci.

La figura descendió y se quedó flotando sobre ellos.

—¿Cómo estás? —le preguntó ella. Para ser un fenómeno deforme con manos largas, tenía un rostro digno de una revista de moda.

—Desde que derribaron a Jože, no muy bien —dijo con una voz cantarina llena de dolor—. ¿Quién es el caballero con ruedas?

Matevž miró al hombre pájaro, pero tuvo que apartar la vista.

—Despertó después de haber estado dormido unos meses.

—No lo dejes rodar demasiado lejos… o quién sabe dónde terminará —dijo el hombre pájaro antes de alejarse en picada.

Ella se encogió de hombros. Matevž la miró con la boca abierta.

—Ganó la lotería del ratón de manera diferente a los demás.

—¿Qué quiso decir cuando dijo que alguien había sido derribado?

—Ah, Jože podía volar impulsándose con descargas de gas desde el recto. Tenía movimientos intestinales anormales. En otras palabras, se tiraba pedos —dijo Marci, entre avergonzada y triste—. Así que volaban juntos. Pero Jože encontró una gran lata de judías en algún lugar. El estallido lo impulsó más allá de los límites de la zona. Nadie puede salir. Así que los cascos azules de la ONU lo derribaron con un misil tierra-aire.

—¿Qué? —Matevž estaba completamente desconcertado.

—La vida aquí es absurda y aterradora.

—¿Entonces no podemos irnos?

—Estamos en una cuarentena absoluta. Los infectados como tú y yo, y el chico pájaro, todos fuimos traídos aquí.

Demasiado conmocionado para hablar, Matevž dejó que sus pensamientos se arremolinaran en silencio. A su lado, una bola de piel con un parche de pelo en un lado y dos pequeñas patas en el otro rodó pasando. Matevž ni siquiera quiso preguntar qué era.

—¡Marko! —gritó Marci, pero demasiado tarde.

Cuando la bola giró hacia ella en medio de un salto, ya se había lanzado contra una mujer que parecía un cactus, con espinas por todo el cuerpo. La bola de piel estalló y su sangre y sus órganos se esparcieron por todas partes. El impacto hizo que Matevž perdiera el conocimiento.

Unas horas más tarde, abrió los ojos. Marci le limpiaba la frente con un paño húmedo. Oyó la respiración agitada de su padre.

—Entiendo que te resulte incomprensible. Pero tarde o temprano te acostumbrarás. Aquí la gente no vive mucho —dijo ella.

—¿Cuál es tu enfermedad? —preguntó Matevž—. Si no es demasiado difícil hablar de ello.

—No, no me importa —rio, esta vez con más suavidad—. Yo fui la primera en enfermar. El paciente cero.

Matevž se sorprendió.

—Mi padre se contagió por mí, luego todos los demás, y después tú también. ¿Eso hace que me odies? —le preguntó con un tono que pedía disculpas.

—No, no es tu culpa. Tú no comiste ratones raros, ¿verdad?

—No —rio de nuevo, suavemente. Su risa le derritió el corazón. Era un rayo de sol en aquella situación macabra.

—Entonces, ¿cuál es mi premio de la lotería? —le preguntó más tarde.

Ella se encogió de hombros.

—Tendrás que descubrirlo por ti mismo. Pero ten cuidado al hacerlo.

Durante unos días no ocurrió nada. Matevž fue recuperando lentamente las fuerzas. Pasaba casi todo el tiempo con Marci y cada vez se sentía más apegado a ella. No tardó en obsesionarse.

Por eso no se opuso cuando ella sugirió que escaparan.

—No puedo vivir así —le dijo mientras yacían en la cama, en una casa que antes había pertenecido a una persona acomodada.

Él estuvo de acuerdo. ¿Por qué iban a vivir allí, entre todas esas almas caídas? Ella solo merecía lo mejor. De vez en cuando volvía a perder el conocimiento, y cada vez que despertaba, Marci lo estaba cuidando. Por eso estaba aún más agradecido y decidido a hacer lo que ella quisiera.

No le preguntó cómo escaparían. Ella le dijo que la siguiera, y él obedeció sin pensar. La siguió hasta la enorme valla que rodeaba la zona de Liubliana.

—Túmbate aquí —le dijo. Siguiendo sus instrucciones, se echó en el suelo, girando el cuerpo como ella le indicó, hacia la torre de control a lo lejos. Estaba boca arriba, preguntándose qué ocurriría después.

Marci se mordió el labio con fuerza hasta que la sangre le corrió por la barbilla. Se sentó sobre él y lo besó con la boca llena de sangre. Luego se levantó y se limpió la barbilla.

—Sabes, lo de la lotería era mentira.

—¿Qué quieres decir? —dijo él, aturdido.

—La única a la que la fiebre del ratón afectó de forma inusual fue a mí. Para todos los demás es solo una neumonía.

—¿Qué? —repitió, pero su conciencia se desvanecía lentamente.

No hubo informes en los medios globales sobre el gigantesco gusano humano que arrasó los muros de la zona de Liubliana. Tampoco se habló de los cientos de soldados muertos que perdieron la vida intentando detenerlo. Pero sí se habló de una bomba de hidrógeno que arrasó Liubliana y sus alrededores. La razón oficial fue una cepa increíblemente letal y aún más contagiosa de la nueva fiebre del ratón.

Pero las agencias de seguridad nacional de todo el mundo zumbaban como un panal. El protocolo para la huida de la reina no había funcionado. Los brotes de fiebre del ratón comenzaron a desplazarse hacia el este, y los informes de personas deformadas también eran cada vez más frecuentes. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ya estaba planificando un bloqueo completo de Europa del Este.

Domen Mohorič, nació en 1992 en Eslovenia. Es sociólogo, historiador y filósofo de formación. Escribe y publica relatos cortos de ficción especulativa, que abarcan desde el terror, la historia alternativa, la ciencia ficción y la fantasía, hasta una mezcla de todos ellos. Publica relatos en revistas literarias eslovenas como Novi zvon, Literatura, Monstrum Obscurum, Supernova y en los portales Znanstvena fantastika y Vrabec anarhist. Fue incluido en la antología eslovena Ficción Especulativa, publicada en esloveno e inglés.

 

UN NEGOCIO DIVINO

Krzysztof Dąbrowski

 

Un hombre elegantemente vestido, con una expresión de locura en el rostro, dejó caer su maletín y comenzó a gritar, sujetándose la cabeza. Un momento después corría por las calles de París, mirando en todas direcciones, como si buscara algo que pudiera salvarle la vida. Tras unos instantes de carrera frenética, se detuvo en seco. Ahora parecía una liebre aterrorizada. Al cabo de un momento, una amplia sonrisa demencial apareció en su rostro. Si hubiera sido una liebre, probablemente ahora vería una zanahoria gigante que prometía meses de festín. Sin embargo, no era una liebre, sino un simple empleado que, como todos los días, regresaba a casa agotado del trabajo. Y no sufría un colapso mental provocado por la maldad de su jefe. En este caso, el asunto era mucho más grave de lo que nadie podría haber imaginado.

El hombre sonrió al ver la iglesia. Corrió hacia ella tan rápido como le permitieron sus piernas y luego, gritando algo incomprensible y apartando a los pocos fieles que salían del templo, entró precipitadamente y comenzó a salpicarse el rostro con agua bendita.

Unos minutos antes volvía a su casa, pero con la intención de detenerse de camino para un encuentro rápido con su amante. O incluso dos, como si aún le quedaran fuerzas después de una dura jornada de trabajo. Era su parte favorita del día. A diferencia de su esposa, su amante era una mujer muy desinhibida y le encantaba experimentar en la cama. Y a él le gustaba satisfacer sus fantasías más excéntricas. Por supuesto, solo con la condición de que ningún otro hombre apareciera en el horizonte de esas fantasías. Si era un trío, tenía que ser con una mujer. Si era un cuarteto, tenía que ser con mujeres. No podía imaginar divertirse con una mujer en la misma cama donde dormía su marido. Por eso siempre se aseguraba de que sus amantes fueran mujeres solteras.

Justo cuando imaginaba lo felices que serían sus juegos, una voz aguda resonó:

—¡Pecador! ¡Estás traicionando a tu esposa! ¡Arderás en el infierno! ¡Tu alma será condenada por la eternidad!

El hombre palideció y sus ojos se desorbitaron. Sin embargo, nadie más oyó la voz; los transeúntes se comportaban con normalidad y solo lo miraban con curiosidad, como si quisieran evaluar si debían mantenerse a distancia, o a mucha distancia, o en el peor de los casos, darse la vuelta y huir.

Al cabo de un momento, una risa maliciosa resonó en la cabeza del hombre.

En algún lugar, muy por encima de la calle, un dron flotaba, su cámara mostrando al desafortunado en primer plano.

El papa estaba impresionado mientras observaba la transmisión del suceso.

—Piensa en las posibilidades que ofrece esta tecnología. Al leer los pensamientos de las personas, se podría responder enviando mensajes de voz, se podría...

El papa dejó de escuchar y se sumió en sus pensamientos. Aquel hombre tenía razón: a veces la fe debía ir de la mano con la ciencia. ¡Y aquella tecnología en verdad había sido enviada desde el cielo!

Hace un momento, el pecador incrédulo estaba convencido de que escuchaba al propio Belcebú, y del mismo modo también se podría convencer a las personas de que estaban teniendo revelaciones. Podrían ver ángeles, a la Virgen María o al propio Jesús, y todos ellos les meterían en la cabeza que no estaban dando lo suficiente en la colecta y que debían esforzarse más si querían alcanzar la salvación.

La capacidad de escanear los cerebros de los elegidos y leer sus pensamientos... Gran Hermano Iglesia, sí, eso era. Lo cierto es que el representante del fabricante pedía mucho, pero podían permitírselo, porque para eso llevaban años acumulando riquezas. ¿Y qué eran esas riquezas comparadas con el dominio de las almas?

Cuando una oveja peca, basta con hablarle dentro de su cabeza con la voz reprobatoria de Dios, o asustarla haciéndose pasar por Satanás. Y eso no era todo: con esta tecnología podrían realizar milagros de conversión a través de la televisión e internet. Si una periodista en televisión anunciaba que podía ver a Jesús y que el Salvador le hablaba y le revelaba lo que habían decidido los gobernantes, sin saber que sus pensamientos habían sido leídos previamente con aquel dispositivo, el número de conversiones se dispararía.

Y además, también podrían utilizar a gobernantes y celebridades de todo tipo y servirles revelaciones o, en cambio, posesiones demoníacas: si de repente todos comenzaban a hablar en entrevistas sobre lo que les había ocurrido y cómo se habían convertido… ¡Dios, qué impacto tendría eso en la gente común! ¡Cuántas conversiones habría! ¡Qué poder! ¡Cuántos no creyentes cambiarían de religión! Y luego estaban los seguidores del islam y de otras religiones; si los santos cristianos también se les aparecían, las religiones competidoras caerían muy rápidamente. Y él, Benedicto XVII, se convertiría en el papa más poderoso de la historia. El microscópico Vaticano, gracias a su influencia recién adquirida, se transformaría en la superpotencia más poderosa del mundo.

El hombre esperó pacientemente, observando con atención cómo Benedicto XVII irradiaba satisfacción; luego, de pronto, soltó una carcajada ronca, como el propio Satanás, con aspecto de estar poseído. Al cabo de un momento, el papa, con un destello de locura en los ojos, anunció:

—¡Aceptamos!

Krzysztof T. Dąbrowski nació en Łódź y vive en Cracovia, Polonia. Es autor, entre otros, de los libros: Nasmierciny (2008), Anima vilis (2010), Grobbing (2012), Z życia Dr. Abble (2013), Anomalia (2016), Ucieczka (2017), Nie w inność (2019), Nieznośna niewyraźność bytu (2022) y Obyś żył w ciekawych czasach (2023). Sus historias han sido traducidas y publicadas en revistas y antologías de Estados Unidos, Eslovaquia, República Checa, Hungría, Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Israel, Brasil, México y Argentina.

 

LOS JARDINES DE R'LYEH

Johan Klein Haneveld

 

Ramas blancas, como las manos de un esqueleto roído, se extendían hacia mí desde arriba y amenazaban con engancharse en mi equipo. En algunos lugares colgaban mechones marrones y viscosos que se balanceaban como si tuvieran vida propia. Había visto algunos destellos de color, algo que se escabulló rápidamente hacia un escondite, pero por lo demás el bosque estaba completamente desierto. No se oía ningún sonido, nada se movía. Lo único que se veía eran troncos pálidos.

Debajo de mí había un sendero de arena y conchas, la mayoría reducidas ya a polvo. Descendía entre dos paredes rocosas y se perdía en la penumbra. Aunque la temperatura seguía siendo agradable, sentí de pronto un escalofrío entre los omóplatos, como si unos ojos extraños me estuvieran observando. Contuve la respiración y miré fijamente a mi alrededor. Sin embargo, las sombras permanecieron vacías.

Finalmente dejé escapar una corriente de burbujas. Brillando como diamantes, ascendieron hacia la superficie. Miré el ordenador de buceo en mi antebrazo izquierdo y luego busqué la válvula de mi chaleco de flotabilidad, que se encontraba en algún punto de mi pecho. Al pulsar el botón, dejé entrar aire en el chaleco. Ascendí.

Las paredes de la grieta submarina se deslizaron a ambos lados de mí; los esqueletos de coral me dejaron pasar sin obstáculos. Volvía a tener visibilidad en todas direcciones, un mundo azul claro bajo un techo de relucientes espejitos. Era como si me encontrara en el océano abierto. El arrecife bajo mí era blanco como la tiza, completamente muerto. Las miríadas de peces de todos los colores que solían congregarse allí habían desaparecido, salvo por algún tímido rezagado. Solo las algas parecían sentirse aún en casa en aquel lugar.

Estaba ascendiendo demasiado rápido y tiré del cordón que liberaba aire. Un pequeño chorro más para no hundirme y quedé suspendida. Una mirada al ordenador me indicó que aún tenía veinte minutos de oxígeno. Suficiente para regresar al barco, que flotaba a cierta distancia detrás de mí, proyectando una columna de sombra.

A mi derecha ascendía una espiral de burbujas. Cuanto más se acercaban a la superficie, más planas se volvían, como sombreros de hongos soplados en vidrio. Apareció una silueta oscura. Noah. Vi la botella blanca en su espalda, el neopreno negro y azul del traje de buceo y, tras su máscara, el blanco de sus ojos en su rostro oscuro. Ya hacía un rato que me preguntaba dónde se había metido.

Junté el pulgar y el índice, con los demás dedos extendidos: la señal de ¿todo bien?
Él hizo un gesto de negación con la mano plana. Así que no. Luego señaló hacia abajo y levantó el pulgar apuntando hacia el fondo.

Hice el mismo gesto que antes. Lo seguiría.

Con movimientos lentos de las aletas y los brazos cruzados sobre el pecho nadé hacia Noah. Él ya estaba dejando salir aire de su chaleco y comenzó a descender. Cuando llegué a su altura, lo imité. Desde la luz clara del sol entré en una penumbra gris y muerta.

No sabía si esa grieta de coral era realmente más estrecha que la que había explorado antes, o si solo lo parecía porque ahora los dos llenábamos el espacio reducido. En cualquier caso, despertó en mí un sentimiento de claustrofobia que llevaba oculto. Lo que más deseaba era ascender de inmediato. Noah, en cambio, descendía cada vez más.

Tuve que seguirlo.

Las paredes a mi alrededor me recordaban al mármol de un mausoleo. Me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Mi compañero de buceo se detuvo debajo de mí. Soplé un poco de aire en el chaleco y me deslicé hasta quedar suspendida a su lado. Sin embargo, había frenado demasiado tarde el descenso y tuve que extender la mano para evitar tocar el fondo de conchas. De inmediato se levantó un fino polvo blanco que le dio al agua un aspecto lechoso, aunque no lo suficiente como para obstaculizar mi visión.

Noah señaló. Sus ojos me miraban desde detrás de la máscara como si esperara algo de mí. Tragué saliva.

Lo que veía era un gusano marrón rojizo, aproximadamente tan grueso como mi muñeca, que pulsaba levemente. No se veía ni el principio ni el final. Detrás de mí, el tentáculo serpenteante desaparecía de la vista tras una curva de la grieta. Delante de mí se perdía en la profundidad azul.

Noah volvió a señalar. No esperó mi señal de aprobación, sino que empezó a nadar.

Mi corazón martilleaba en la garganta y mi respiración parecía una tormenta dentro del regulador. Si el mundo que nos rodeaba hubiera tenido aún color, en ese momento lo habría perdido.

Volví a mirar el ordenador. Ya estábamos a veinticinco metros de profundidad. Dentro de poco tendríamos que hacer paradas de descompresión para poder subir con seguridad. En cualquier caso, yo no tenía suficiente aire para eso.

Nadé junto a Noah, llamé su atención y levanté el pulgar hacia arriba.

Pareció recorrerlo una sacudida. Miró el cable orgánico. Para entonces habíamos llegado al final de la grieta submarina, pero no al final del gusano. Su largo cuerpo continuaba serpenteando por la pendiente cubierta de conchas muertas. Seguía vibrando, como un intestino que bombea líquido.

Más abajo parecía incluso más ancho, al menos tan grueso como mi muslo. El final quedaba oculto en la profundidad. Si es que en algún lugar terminaba.

Noah miró su profundímetro y luego su reloj. Era uno de los pocos de nuestro equipo que no usaba ordenador de buceo. Finalmente se relajó. Me miró e hizo la señal con el pulgar y el índice.

El alivio me invadió.

Dejé entrar aire en el chaleco y, mientras controlaba mi velocidad en la pantalla, ascendí. Mi compañero me siguió. Sin embargo, lo vi mirar de vez en cuando hacia abajo, como si esperara captar aún un último vistazo de su extraño descubrimiento.

 

Caminé hacia la proa, vestida con mi traje de baño y unos pantalones cortos verde menta, con sandalias en los pies y un sombrero para el sol, aunque el sol ya colgaba grande y naranja sobre el horizonte. Llevaba dos cervezas ya abiertas. Grandes gotas se condensaban sobre el vidrio verde.

Noah estaba sentado en una de las sillas de playa de plástico, con las manos detrás de la cabeza, mirando al horizonte. Llevaba una camiseta desteñida de una marca de buceo.

Dejé una botella a su lado y me dejé caer en la otra silla. El primer trago fue una experiencia casi celestial: el frío contrastaba intensamente con el calor, que incluso ahora, al caer la tarde, seguía siendo sofocante.

Solté un profundo suspiro. Luego miré hacia él.

Mi compañero de buceo no se había movido. Sus cejas espesas estaban fruncidas y vi que se mordía el labio inferior.

—¿Qué crees que era? —pregunté, después de dar un segundo trago.

Mi colega parpadeó y se volvió hacia mí. Evidentemente le costaba sonreír.

—Ah, eh, Dian, no te había visto —dijo. Miró hacia la botella a su lado—. Gracias por la cerveza.

—No hay problema —asentí. Pero no iba a dejar el tema tan fácilmente. Señalé hacia él con el cuello de mi botella—. En serio. ¿Qué era esa cosa? ¿Un cable? ¿Un tubo? Parecía estar vivo.

—No dejo de pensar en otra cosa —suspiró Noah—. Nunca he visto nada ni remotamente parecido. No parecía algo artificial. Además, estamos en el borde de la Gran Barrera de Coral. En cientos de kilómetros a la redonda no hay fábricas ni instalaciones.

Negué con la cabeza.

—Pero si es algo vivo, es una especie desconocida. Más grande que cualquier criatura que conozcamos, incluso la ballena azul.

—Tal vez sea algún tipo de alga, o de planta marina. En las zonas donde el coral ha desaparecido aparecen muchas formas nuevas.

—¿A más de veinticinco metros de profundidad?

Mi colega hizo una mueca.

—No lo sé. Pero sea lo que sea, nosotros somos los primeros en haberlo observado. Ningún estudio del arrecife ha descrito este fenómeno. Los investigadores también han estado a menudo en esta zona. Eso significa que ese gusano, o lo que sea, empezó a crecer cuando el proceso de blanqueamiento ya llevaba tiempo en marcha.

—Parecía como si viniera del mar profundo, de la plataforma continental o incluso de más allá. Dicen que la mayor parte del fondo oceánico nunca ha sido cartografiado.

—No hace falta cartografiarlo para saber que es desnudo y muerto, con apenas algunos erizos y pepinos de mar.

Sabía que tenía razón, pero mi imaginación seguía fascinada por la idea de que una parte tan grande de nuestro planeta fuera territorio desconocido; de que supiéramos más sobre la superficie de la Luna que sobre el fondo del mar. Era una de las razones por las que había elegido este campo de investigación. Además, seguía cada descubrimiento –o rumor de descubrimiento– relacionado con mi disciplina.

—¿Has oído hablar de ese satélite que encontró un banco submarino en medio del Pacífico que antes no estaba? —pregunté.

—Lo leí porque tú lo tuiteaste —respondió Noah—. Pero la meseta sigue estando a más de mil metros de profundidad. Y hay volcanes bajo el agua, eso lo sabes tan bien como yo.

—¿Volcanes que formen un círculo perfecto, con una cima completamente plana?

Tomó su cerveza, bebió un sorbo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Seguía serio.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que es R’lyeh, la ciudad donde duerme Cthulhu?

Me incorporé de golpe.

—¡No sabía que fueras un experto en terror!

—Algo se me ha pegado —respondió—. ¿Creías que solo tocaba el didgeridoo? ¿O que practicaba con el bumerán? Si fuera así, nunca habría terminado aquí.

Con un amplio gesto señaló la superficie rojiza y brillante del océano.

—Es solo que nunca te había oído hablar de Lovecraft —dije, algo avergonzada. Entonces se me ocurrió una idea—. Las historias de tu pueblo, las del tiempo del sueño… ¿no dicen algo sobre esa nueva meseta? Sé que se usaban para transmitir información sobre el entorno y que en esos textos han encontrado detalles de casi quince mil años de antigüedad. Hablan de penínsulas y costas que llevan miles de años bajo el agua.

Noah se encogió de hombros.

—Sí, durante generaciones se transmitieron así datos geográficos. Pero el nivel del mar estuvo, como mucho, ciento veinte metros por debajo del actual. No dicen nada sobre una meseta a mil metros de profundidad.

—Si recuerdo bien dónde debería encontrarse ese banco —murmuré—, y prolongamos la línea de ese extraño tubo o gusano… llega más o menos al mismo lugar.

—Eso era exactamente en lo que estaba pensando cuando apareciste —admitió mi colega.

Había vuelto a dejar la botella casi llena y miraba fijamente al frente. Detrás de nosotros el sol se hundía y sobre el horizonte oriental aparecían las primeras estrellas.

—Lo que vimos parecía una especie de antena —continuó—. Un tentáculo. Como si algo desde las profundidades hubiera venido a investigar cómo van las cosas en la Gran Barrera de Coral.

—¿Y quién es ahora el que tiene demasiada imaginación?

—Muy gracioso, Dian —murmuró Noah—. Pero yo he aprendido que la naturaleza no es algo muerto, recursos que los humanos puedan usar sin consecuencias. En todas partes hay lugares sagrados donde los espíritus de nuestros antepasados aún hacen sentir su presencia. Se espera que los tratemos con respeto.

El mismo escalofrío que había sentido durante la inmersión volvió a posarse sobre mis hombros.

Di un sorbo, pero la cerveza había perdido su sabor.

—¿Qué quieres decir con eso?

Su rostro era un libro abierto en el que podía leerse una profunda inquietud.

—Que la humanidad no ha cuidado precisamente bien del coral, ¿verdad?

Johan Klein Haneveld (nacido en 1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging". Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir, lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el decimoquinto piso.

lunes, 30 de marzo de 2026

LAS MIEDOSAS

Inaam Kachachi

Somos siete hermanas, todas miedosas. Mi hermana Atika, la mayor, teme al cáncer que devoró su seno derecho, y lo sustituyó con una pieza de plástico que coloca en su sujetador cada mañana para que su aspecto se vea equilibrado. Por la noche, apaga la luz de su habitación antes de quitarse la ropa. Luego, como si apartara de sí un escorpión venenoso, retira el seno falso y lo arroja en la oscuridad del armario, cuidando de no mirarlo. Vive con un temor constante de que el cáncer se extienda a su seno izquierdo, a su vientre, a su garganta, a su útero y al resto de su cuerpo. Con el tiempo, se acostumbró a vivir la ansiedad de los meses que separan sus visitas periódicas al hospital, pero nunca se habituó al miedo mismo. Observo las obsesiones de mi hermana mayor, y me dan ganas de abrazarla, acariciar su hermoso cabello y ahuyentarle los fantasmas del pánico. Y desearía hacer lo mismo con mi hermana Afaf.

Afaf teme a su esposo. A sus críticas continuas porque antes de él amó a un compañero de la universidad que viajó a Holanda para continuar sus estudios y nunca regresó. Hossam, su marido, conoce todos los detalles de esa historia de amor, pero se niega a pasar la página. Basta que beba una copa de alcohol para que comience a torturarla, recordándole su amor fracasado y al amante que la prefirió menos que a las mujeres de Europa. Ese recordatorio diario, burlón, mata en mi hermana la esperanza de una vida conyugal sana. Ella teme su sumisión constante a la humillación, y teme que la provocación hiriente la lleve a destruir su hogar con sus propias manos.

Mi hermana Atefa no tiene esposo al que temer. Pero teme al tiempo. Pasa horas frente al espejo, acariciando las pequeñas arrugas, estirando la flacidez del cuello, untando las manchas secas y persiguiendo los cabellos blancos sin que nada de eso la tranquilice. La mirada de terror salta rápidamente a sus ojos cada vez que alguien menciona la edad, tanto que ya hemos dejado de celebrar su cumpleaños o recordárselo. Eso bastaría para enfermarla durante varios días, y enfermarnos nosotras, las siete, con ella.

Yo entendía las formas del miedo, salvo el que siente mi hermana Wissal hacia su jefe en el trabajo. Es una sensación que va más allá del respeto habitual que un empleado siente ante sus superiores. Es un auténtico pánico que la hace rezar cada día y hacer promesas religiosas para que transfieran al jefe a otro departamento. Él podría escribir un informe que reduzca su salario, que le niegue un ascenso o que la despida. Ella se afilió al partido político, aunque no entiende nada de política, sólo para protegerse contra su jefe. Pero en vano. Él acecha cada error y su posición en el partido lo protege de sus rezos y promesas. No será despedido. No será trasladado. No será jubilado. Y Wissal seguirá bajo su merced, guardando sus miedos hasta que Dios quiera.

Cada una de nosotras tiene su propio miedo. Mi hermana Manal teme por su prometido, hijo de nuestro tío, el joven al que amó desde niña. El día que se comprometieron estaba tan feliz que se volvió más bella, más esbelta y radiante. Nader, su prometido, era ingeniero recién graduado y soldado de reserva. Pero estalló la guerra. En vez de terminar su servicio militar en dos años, todo quedó condicionado a la duración del conflicto. Manal se marchitó. Su brillo se apagó y su mirada se endureció. El miedo ocupó todo su ser. “Señor, no lo conviertas en carnada para el fuego. Señor, aléjalo de los proyectiles y las esquirlas, protégelo del cautiverio. Señor, devuélvemelo sano y toma de mí lo que quieras”. Cada vez que la guerra cumplía un año más, crecía el miedo de Manal y nunca se acostumbraba a vivir bajo el ritmo del peligro. Le daban ataques de escalofríos y vómitos cada vez que oía que un soldado vecino había caído. Permanecía de pie, como una muñeca de madera, sobre la azotea uno, dos, tres días, esperando una noticia de que su prometido aún vivía.

Y tú, estrellas bondadosas, ¿basta con que contemples desde lo alto las tristezas de las miedosas?

Llegó el día en que, en una de sus crisis, Manal gritó tirándose del cabello: “¡Ojalá muriera de una vez y descansara!”. Luego se golpeó la cabeza arrepentida por aquellas palabras locas. Pidió perdón a Dios, sollozó y se arañó el rostro. Fracasaron todos los intentos de mi hermana Mona por atarle las manos y evitar que se hiciera daño.

¿Mona? Ella es la que no teme a nadie más que a sí misma. Sus emociones son desbordadas y sus impulsos violentos. Su carácter es fuerte, impetuoso, lleno de deseos confesados y no confesados. Es la más atrevida de todas. No teme a nadie en este mundo excepto a sí misma. Pero sabe que su personalidad la conduce, paso a paso, hacia la destrucción. Le decía a Mona, cuando estábamos a solas intercambiando confesiones íntimas: “Te envidio por tu valentía”. Y tocaba madera riendo. Ella respondía con una certeza aterradora: “La valentía de una mujer es un título hermoso para una vida corta”.

La séptima hermana soy yo. Temo todas las cosas que asustan a mis hermanas, todas a la vez. La enfermedad que me acecha en cada respiro. Los años que pasan sus días y meses más rápido que las hojas de un libro. La muerte que siega a familiares y amigos como una mano codiciosa que arranca alientos y nunca se sacia. También temía a mi esposo y a los comentarios de su hermana, profesora universitaria, que no ocultaba su molestia porque yo transmitía a mis hijos el acento del barrio pobre en el que crecí.

Yo, la séptima miedosa, no temo sólo a mi jefe, sino a todos mis superiores en el trabajo. Al jefe de sección que me quiere precisa como una calculadora electrónica. Al jefe de departamento que me lanza miradas lascivas cada vez que paso frente a él, subiendo de mi cabello para luego descender rápidamente hacia las piernas. Al responsable de personal que no deja de preguntar por mis inclinaciones políticas y las de toda mi familia, hasta el séptimo abuelo. Y, tanto como me asustaba mi marido, me aterraban las posibilidades de caer en un abismo afectivo inesperado, que se convirtiera en refugio contra la sequedad que me rodea. Así que temía a los demás y también a mí misma. Me refugiaba en los ojos de mis hermanas, con quienes compartí habitación, pan y manta, intercambiamos abrigos, zapatos y pasadores para el cabello, pero en sus miradas no encontraba un faro que me guiara, sino ecos de ese mismo pavor terrible que nos dominaba… y me encogía aún más.

Hasta que un día...

Bajé de casa de la mano de mi hija y mis dos hijos para llevarlos a la escuela como cada mañana. Era martes, un día como cualquier otro, en un mes como cualquier otro, en un año como cualquier otro. Me desperté a las seis y media, preparé el desayuno y desperté a los pequeños. Les lavé la cara cuando aún estaban medio dormidos. Les peiné el cabello, les puse la ropa y les metí la comida en la mochila. Los llevé a la escuela antes de correr a mi trabajo. ¿Qué demonio me hizo, ese día, cambiar el programa? Les dije a mis hijos que no irían a la escuela, que yo no iría al trabajo. Tomaríamos el autobús y lo dejaríamos llevarnos hasta la última parada. Durante el trayecto pensaríamos cómo pasar el resto del día.

Dejamos las mochilas en la panadería al inicio de la calle. Esperamos el autobús y nos alineamos entre la multitud de la mañana. Estábamos nerviosos sólo por la sensación de que nos esperaba una alegría distinta. El autobús avanzaba pesado como si estuviera preñado, vaciando su vientre parada tras parada, hasta que cada uno tuvo espacio para sentarse y estirar las piernas. No hablé con mis hijos. Los dejé entre el bullicio y el asombro mientras observaba el incesante movimiento en las aceras. Me preguntaba: ¿Habrá entre ellos alguien que no tema absolutamente nada? ¿Y cómo vive alguien así? ¿Cómo camina? ¿Cómo habla? ¿Cómo ríe? ¿Cómo ama?

En la última parada, el conductor nos miró interrogante. Debió de ver en nuestros ojos esa mirada irresistible, la de un náufrago que busca una brizna de hierba para quedarse en la orilla de la vida. El sol ya estaba alto y el clima se caldeaba. No dijo palabra. Se quitó la chaqueta azul de trabajo, quedándose con una camiseta de algodón de manga corta. Bajó y retiró del autobús el letrero que indicaba la ruta. Quitó el número y regresó a su lugar, soltando un resoplido potente que mezclaba inspiración y espiración con un bufido... y arrancó.

Cruzamos calles que nunca había visto. Pasamos por barrios hermosos y limpios, con casas tranquilas y edificios que parecían oficinas donde trabajan jefes comprensivos, y donde las empleadas se mueven seguras. No sabía que mi ciudad escondía tanta belleza recibiendo el ascenso del sol y el apresuramiento de la gente. Aquel martes por la mañana, Bagdad era la ciudad más cálida y amable del mundo. ¿Cómo no habíamos notado su regazo mullido, digno de una madre?

Pero el autobús se detuvo.

¿Por qué frenó de repente el conductor, haciendo que nos lanzáramos hacia adelante y luego nos golpeáramos la espalda contra el asiento? Se detuvo porque una joven hermosa le hizo señal para subir. La puerta automática se abrió y subió una chica que parecía la copia exacta de mi hermana Manal. ¿Qué hacía mi hermana en este barrio tan lejos de casa? Vestía un vestido rojo, ella que había escondido todos sus vestidos de colores desde que su prometido partió a la guerra. Reía y reía mientras me abrazaba, besaba a los niños y decía que había decidido unirse a nuestra “excursión de la vida”. Antes de que pudiera sentarse, el autobús volvió a detenerse y subió mi hermana Atika. Su largo cabello estaba trenzado y caía con gracia sobre su espalda, en lugar de estar recogido como el de las ancianas del campo. Nos miró con fingido reproche y una sonrisa radiante.

—¿Así se confabulan a mis espaldas y parten a la excursión de la vida sin mí?

El autobús giraba con ligereza como si se moviera siguiendo una melodía familiar. La tercera vez que paró, subió Mona sin molestarse en saludar. Se sentó junto al conductor y apoyó su mano izquierda sobre la de él, que sostenía el volante. La oí cantarle una canción de una vieja película. Luego, disminuyó la marcha para que subiera Wissal. ¿Cómo se atrevió a dejar el trabajo a mitad de semana y provocar la ira de su temible jefe? En las afueras de la ciudad, el conductor recogió a Afaf y a su hija Heba. Llevaba una maleta como si fuera de viaje. No mostraba nada de tristeza ni nostalgia. Cuando subió por fin mi hermana Atefa, todas aclamamos su radiante aspecto, que la hacía parecer diez años más joven. Ninguna preguntó a dónde íbamos. Estábamos de acuerdo en ignorarlo. Conspirábamos con el conductor enviado por el cielo. Deseábamos alejarnos. Seguras de que cualquier destino era bueno para una fuga feliz, mientras estuviéramos juntas.

La ciudad ya estaba lejos cuando apareció ante nosotras una playa. Nunca supe que nuestra capital estaba junto al mar, o que había un lago a su lado. No me importó preguntar. ¿Creer al atlas de geografía o a mis propios ojos? Bajamos a la costa arenosa, las mayores compitiendo con los pequeños. ¿Quién es grande? ¿Quién es pequeño? ¿Qué es la edad? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la alegría? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es el amor? ¿Qué es la libertad? ¿Qué es la locura? Preguntas prohibidas en un espacio inmenso, bajo un cielo abierto a lo imposible.

Corrimos con nuestras fantasías, compitiendo con nuestras sombras hasta llegar a las olas. Tropezábamos, reíamos, gritábamos y sufríamos el peso de la alegría. Nos sumergimos, y el conductor con nosotras, en un agua salada, lavándonos los ojos con el agua de la calma. Quitamos de nuestra piel la costra endurecida del miedo de siglos. Y, en medio de nuestra inmersión física y emocional en el momento único, escuchamos la voz de Atika entonando un himno secreto a la vida. Giramos hacia ella, con la sal pegada al rostro. La vimos con la trenza suelta, el cabello esparcido en las cuatro direcciones, desabrochando su blusa blanca bordada y entregándose al sol.

Nos quedamos atónitas.

¡La blusa de Atika dejaba al descubierto dos pechos bendecidos, llenos de salud!

Caímos de rodillas en el agua, abrumadas por la sorpresa. Era más fácil que el mar llegara a Bagdad a que el seno amputado regresara al pecho de mi hermana. Y ella bailaba sobre la arena, con el cabello suelto y la blusa abierta. Una sacerdotisa implorando a los dioses. Entonando el himno secreto de la vida. ¿Acaso el tiempo pasaba para nosotras como para los demás seres humanos en el resto del mundo? Nosotras habíamos acordado que el tiempo, la edad, el reloj y la vida eran nombres prohibidos.

Pero el conductor levantó la mirada hacia el sol, que empezaba a esconderse tras el horizonte. Se apartó de los brazos de Mona, sacudió la cabeza para quitarse la arena y la ausencia, se levantó y aplaudió con sus grandes manos, diciendo que había llegado la hora de volver. Nos ahogamos en la calma nueva que nos invadía al oír la voz autoritaria ordenando el regreso. Intentamos protestar, pero nuestras voces se mezclaron en las excusas. Él insistió. Le dijimos al único Adán en nuestro paraíso.

—Vete y déjanos aquí.

—Las traje y las devuelvo.

Suplicamos, recurrimos a nuestros mejores trucos, probamos seducciones que nunca habíamos intentado, pero no cedió. Se había levantado del agua como un ser mítico de gran fuerza, y comenzó a perseguirnos, alargando sus manos para arrastrarnos, contra nuestra voluntad, hacia el autobús, que nos esperaba como una tumba lúgubre. No éramos malas, pero la excursión de la vida no podía terminar por decisión de aquel extraño, aunque hubiera sido nuestro socio en el milagro. Nos agarró de los brazos y nosotras nos unimos contra él. Levantó la mano para golpear a Atika, así que apretamos los puños y nos lanzamos sobre él. El sol ya se había ocultado y una oscuridad transparente nos envolvía. Las siete hermanas recuperamos un juicio perdido por la dureza del miedo.

Mona agarró la mano áspera que había colmado de besos y la torció hacia atrás. Afaf y Manal inmovilizaron las piernas del hombre, pulpo de aquella noche extraña. El conductor era fuerte, pero nosotras, con nuestro ímpetu, éramos más fuertes que él. Un macho ante hembras oprimidas, entrenadas en la sumisión, deseosas de una hora de paz. Lo rodeamos con toda nuestra fiereza. Cada una dispuesta a clavar sus uñas en sus ojos. Hasta que la voz de Atika nos detuvo:

—Dejadme la última jugada.

Se abalanzó sobre él, con el cabello suelto, la salud a la vista, liberada del cerco de la enfermedad, con las manos lavadas de la pegajosa sustancia del miedo. Atrapó sin dudar el cuello de la bestia rugiente, y nosotras, a su alrededor, extraíamos fuerza de nuestra propia debilidad.

Apagamos las respiraciones que nos habían traído hasta el mar de Bagdad… para que no nos devolvieran de él.


1993. De la antología del cuento iraquí contemporaneo (Hijos de las 1001 y una noches, Traducción: Abdul Hadi Sadoun y Noemí Fierro, Editorial Verbum, 2026)

Inaam Kachachi nació en Bagdad en 1952. Es una novelista, periodista y traductora que reside en Francia desde 1979. Estudió periodismo y comunicación, trabajó en medios audiovisuales y obtuvo un doctorado en París. Corresponsal de periódicos de lengua árabe, realizó en 2004 un documental sobre Naziha al-Dulaimi primera ministra de un gobiero árabe. Autora La nieta americana (2008), y Tishari (2013), ambas finalistas del Premio Internacional de Ficción Árabe. Su obra más reciente es el libro de cuentos País del pum pum (2022).

 

LA HIJA QUE SANGRA