jueves, 2 de abril de 2026

EL FRUTO DE SU VIENTRE

Eliana Soza Martínez

 

La anciana estaba segura de que algo había cambiado cuando comenzaron a repetirse, noche tras noche, las pesadillas. Su cuerpo se fue transformando, sentía cómo sus intestinos y su vejiga se movían hacia un lado para dar lugar a aquel bulto que se hinchaba sin medida. Por su edad, era imposible haber engendrado vida. Su nieta, prostituta, de belleza extraña, creía que se trataba de gordura o en el peor de los casos un tumor. La abuela sabía que era una transformación maldita; sentía movimientos de una criatura que crecía en su interior, cada día se hacía más fuerte y ella más débil. El resto de su organismo moría lentamente. Los médicos no acertaban en un diagnóstico.

La joven, por la pobreza y su oficio, a pesar de su belleza natural, parecía una flor a punto de marchitarse. No tenía paciencia para los malestares de su abuela; por lo que la internó en un centro de salud público. En las ecografías el bulto salía limpio, la anciana estaba segura de que algo vivo allí había comenzado a controlar su mente. Pensamientos oscuros fueron apoderándose de sus días, recordaba su juventud y odiaba a su nieta que ahora tenía a los hombres a sus pies y que heredó su oficio. Si bien no había conseguido alguien que la sacara del prostíbulo con una vieja acuestas, si ella dejara de existir, seguro que la joven sería feliz.

Pensó en morir, pero los doctores no lo permitirían, tampoco el parásito que la absorbía; aún era necesaria. Pidió que viniera un sacerdote a darle la comunión; la cosa en su cuerpo deseaba divertirse. Llegó un religioso delgado y asustadizo, que cuando confesó a la mujer tembló y se fue casi corriendo del sanatorio, para luego dejar su parroquia y perderse en un pueblo alejado.

Entretanto, el engendro obligó a la anciana a escapar del hospital; salió como un fantasma en medio de la noche. Llegó a su casucha. Una vecina que la vio débil la ayudó a acostarse, pero sin previo aviso, la anciana le cortó el cuello, bebiendo su sangre, le abrió el pecho y sacó el corazón aun palpitante y se lo comió. Este festín le dio tiempo de esperar a su nieta, de quien deseaba vengarse por tener una vida más larga y belleza para disfrutarla.

La joven entró cansada de su trabajo, vio el cuerpo de la vecina y se espantó, mas cuando se encontró frente a su abuela, con la cara y las sábanas bañadas de rojo, supuso que también estaba herida. Le preguntó si se encontraba bien; la vieja negó con la cabeza, estiró la mano como pidiendo ayuda, pero a la chica le dio asco tocarla. Quiso salir a pedir auxilio, aunque no pudo hacerlo por el grito desgarrador que sonó detrás de ella. Se acercó y vio el cuchillo en la mano arrugada. Le dijo a la anciana que le traería un vaso de agua, pero además tomó un martillo. Cuando estuvo a unos centímetros le arrojó el líquido y la golpeó en la cabeza y el vientre, dejándola moribunda.

—Acepta lo que te proponga —susurró la abuela con voz temblorosa—, no mueras como yo, en la pobreza.

—Estás alucinando, vieja de mierda, querías matarme.

—Recuerda que Dios nunca estuvo para nosotros.

Ni una lágrima cayó por el bello y triste rostro. El vestido carmín pegado a su esbelto cuerpo, todavía olía a cigarrillo y alcohol. Sintió una débil náusea que se le pasó de inmediato. Mientras imaginaba la vida sin la abuela, pudo contemplar cómo un humillo salía de la boca de la muerta y su estómago abultado bajaba hasta ser normal. El repugnante demonio observaba victorioso el siguiente instrumento, perfecto para seguir torturando almas; la desmayó. En medio de una pesadilla, un ser hermoso, igual a un ángel, pero con cuernos en la cabeza y vestido de negro, le ofrecía su mano; la muchacha, algo asustada, dudó en tomarla, pero recordó las palabras de su abuela.

Horas después despertó con la certeza de que algo había cambiado en ella y que una fuerza extraña crecía en su interior, no como un bulto. Su belleza floreció, la piel lozana y el cabello ensortijado chispearon; sus senos y glúteos erectos se insinuaban más que nunca debajo del vestido. La seguridad de ser irresistible entre hombres y mujeres le daba la potestad de castigar a quien no se arrodillara frente a su poder. Tomó su cartera, su mejor abrigo y salió del cuartucho jurando que nunca más volvería a ese infierno.


Eliana Soza Martínez nació en Potosí, Bolivia. Es comunicadora, escritora, editora y gestora cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra (2018). Encuentros/Desencuentros (2019), Monstruos del Abismo (2020), Pérdidas (2021), Luz y Tinta (2022), Acuarelas (2023), Umbrales (2023), Cuéntame, libro infantil interactivo (2023), El fuego que habita en nosotras (2024), Cadena de Sangre y Muerte (2024). Sus cuentos fueron publicados en más de cien revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México y España. Algunos de sus textos fueron traducidos al polaco y al alemán.

miércoles, 1 de abril de 2026

LAS MANOS

Daniel Posse

 

Contempló con satisfacción sus manos y sintió placer. Miró a la manicura y sonrió; la muchacha había aprendido que ese gesto era un signo de aprobación. Pagó la cuenta, se levantó y, mientras se colocaba la chaqueta y la gorra, observó su perfil y el brillo ostentoso de las condecoraciones.

El azul de sus ojos resplandeció con orgullo. Hizo un gesto con la boca y el entrecejo. La empleada lo miró nuevamente y le dijo:

—Hasta pronto, general.

Salió del negocio y llegó a la esquina. Antes de cruzar la calle, volvió a mirar sus manos y pensó que con ellas había construido un mundo ideal. Con ellas oró a Dios, acarició a sus hijos y apretó el gatillo las veces que creyó necesarias.

Abril había comenzado con el calor terminal de los largos veranos subtropicales. Era inevitable sudar y percibir el olor de los cuerpos que pasaban cerca.

La torre del reloj dio las cuatro de la tarde y las tiendas comenzaron a levantar las persianas. La ciudad había crecido lo suficiente como para ser una urbe mediana que, a pesar de ello, no perdía la calma de las aldeas provincianas.

Llegó a la puerta de la iglesia, se persignó y contempló con éxtasis la perfección de sus largos y puntiagudos dedos: el blanco de la piel, el rosado inmaculado de las uñas. Murmuró:

—Sin ellas no hubiera podido hacer nada por el orden.

Recordó una multiplicidad de hechos que sintetizó en decretos y en órdenes de detención que había firmado.

Cruzó nuevamente una calle y vio la plaza. Los naranjos simulaban ser manchones verdes salpicados de tintes frutales, ácidos y picantes. Nunca le gustaron los troncos marrones y menos los grises, así que ordenó pintarlos de blanco.

Sonrió al observar la limpieza del suelo y el reflejo de su imagen.

Levantó la cabeza y lo invadió el azul del cielo, que se derramaba incluso sobre los bancos. Dejó que sus pensamientos se perdieran en el contraste multicolor de los edificios de enfrente.

—El blanco y el azul son los colores de la patria —afirmó.

Cruzó otra vez, esta vez en diagonal. Al llegar al centro de la plaza, se detuvo un instante ante la estatua de la libertad, vestida con la túnica verde que él mismo había ordenado colocar. Repitió en voz baja:

—Nunca más la indecencia de lo que llaman arte.

Continuó unos metros, abriendo y cerrando un ojo. Levantó el pulgar y ensayó un juego de perspectiva que creía propio: los faroles oliva eran capullos en saludo militar. Inmerso en esa escena, pronunció:

—Firmes.

Giró y encontró la fuente, donde observó a una mujer sumergiendo las manos en el agua limpia. Se acercó y preguntó:

—¿Qué haces?

Su voz cortó el aire como un disparo. Ella levantó la mirada, rompió el rito y, al ver el uniforme azul, respondió:

—Lavo mis manos.

La voz fue clara y firme. La locura no le impidió reconocer al soldado.

Él agregó:

—¿Crees poder lavarlas ahí?

—Yo todavía puedo. Usted no, general.

Daniel Posse es un escritor argentino nacido en Aguilares, Tucumán, en 1967. Creció en un entorno familiar que fomentó su amor por la literatura y la música. Estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de Quilmes y se radicó en Buenos Aires, donde ejerce la docencia y el periodismo. Ha publicado libros como "De Sueños y Azar" y "Las Ciénagas", y ha ganado varios premios literarios internacionales. Su obra refleja su conexión con el sur de Tucumán y su pasión por la narrativa.


 

SOLO PALABRAS

Lídia Fedina

 

8 de enero de 2098. Entre las 11:42 y las 15:24

 Lorna D. Pool:

—¿Hay alguien ahí?

 Daisy Hamilton:

—¿Dónde estabas? ¡¿Por qué escribes recién ahora?!

 Lorna D. Pool:

—No se podía, hasta que no estuvo listo el blindaje.

 Mike Storm:

—¿Se mudaron?

 Lorna D. Pool:

—Tuvimos que hacerlo.

 Daisy Hamilton:

—¡Creí que los habían atrapado!

 Lorna D. Pool:

—No, pero papá dice que la red de impulsos tampoco es segura desde que no hay conexión de video.

 Daisy Hamilton:

—¡Como si no se pudieran falsificar las imágenes!

 Mike Storm:

—Las imágenes en movimiento son difíciles de falsificar. Hace falta equipo serio para eso.

 Daisy Hamilton:

—¡La mayoría de ellos ni siquiera sabe escribir! Con patas, garras…

 Lorna D. Pool:

—A mis dos hermanos mayores los atraparon durante la mudanza. Pero al final los abatimos a todos.

 Mike Storm:

—¡Santos genes! ¿Están en un campo de refugiados?

 Lorna D. Pool:

—No. Papá dice que a los grupos grandes los encuentran más fácilmente.

 Mike Storm:

—Según el comandante, juntos tenemos más posibilidades.

 Lorna D. Pool:

—Y también somos un blanco más grande.

 Mike Storm:

—Puede que tengan razón. Este ya es el tercer escondite en el que nos ocultamos, pero siempre nos encuentran. El olfato de los cuadrúpedos escamosos es increíble. Además, el sol y el viento no les afectan, y casi no necesitan dormir. Siguen los rastros día y noche. ¡El comandante dice que salieron realmente bien!

 Lorna D. Pool:

—Nosotros teníamos un lugar seguro.

 Mike Storm:

—Entonces ¿por qué no se quedaron allí?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¿Sigues ahí?

 Lorna D. Pool:

—No responde…

 Mike Storm:

—¡Si alguien se desconecta sin mensaje de salida, no es buena señal!

 Lorna D. Pool:

—¿Por qué se desconectaría? ¿Verdad, Daisy?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¡No bromees!

 Daisy Hamilton:

—Estoy disfrutando su pequeño diálogo. Sí. Leo. Escribo. Pero no será así por mucho tiempo. No hace falta escribir. La cabeza almacena. El cerebro almacena. No humano antiguo atrofiado. ¡Nueva especie humana! ¿Dónde están, niños? Si lo dicen, todo termina antes, y prometo que será rápido, como amiga.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué pasa?

 Mike Storm:

—Me desconecto. Daisy ya no está. Es uno de los cerebrales. ¡Huye!

 Daisy Hamilton:

—¿Adónde, Mike? Estamos en todas partes. Ustedes nos crearon a partir de ustedes mismos. Ustedes nos hicieron. Ustedes son el pasado. ¡Nosotros el futuro! ¡Ustedes querían este futuro! ¿Llega el cambio climático? Que haya supervivencia. ¡Eso aprendiste!

 Lorna D. Pool:

—¿Quién eres?

 Daisy Hamilton:

—No Daisy. Ella fue aprovechada. Alimento para los escamosos. Buen final, útil.

 Lorna D. Pool:

—¡¿Se comieron a Daisy?! ¡¿A un ser humano?!

 Daisy Hamilton:

—Me gustas tú. Tienes valor. Lástima que también te comerán. No yo. Yo no como humano antiguo. Pero ellos son muchos, nueva humanidad come cualquier cosa. Solo no su propia especie. Nosotros somos nuestra especie. Tú no.

 Lorna D. Pool:

—¡Son monstruos!

 Daisy Hamilton:

—¿Monstruo? Todo tiene un precio. La supervivencia también. El objetivo es la conservación de la especie.

 Lorna D. Pool:

—¡Todo tiene un precio! ¡Así se dice! ¡Ni siquiera sabes hablar y aun así te crees superior!

 Daisy Hamilton:

—Dije: me gustas. Valiente. No como Mike. Él cobarde. Huye. El habla es cosa pasada. Nosotros comunicamos más avanzado. Comunicamos pensamiento con pensamiento. Así mensaje exacto. Palabra mala. Habla tonta, vieja. Primitiva.

 Lorna D. Pool:

—¡El habla es lo que distingue al ser humano de los animales! ¡Y la palabra escrita!

 Daisy Hamilton:

—Quien no puede entender pensamiento, enviar pensamiento: comunicar, queda solo sonido y señales. Como animal. También hay así entre nosotros algunas subespecies. Primitivas. Pero mejoramos. Ellos también comunicarán pensamiento. Solo necesita pequeña intervención en genética. Método existe. Ustedes desarrollaron, nosotros perfeccionamos.

 Lorna D. Pool:

—¡Sé que nosotros los creamos! ¡Pero fue un error, no se convirtieron en humanos!

 Daisy Hamilton:

—Nos volvimos mejores. El humano antiguo casi alcanzó el objetivo. Dirección correcta, solo falta corregir. No hace falta sentimentalismo humano antiguo. No hace falta adoración al dinero, hambre de poder, hipocresía.

 Lorna D. Pool:

—¡Los hipócritas son ustedes! ¡Nos exterminan, a sus propios antepasados! Es como si yo matara a mis padres. Pero eso no lo entiendes, ¿verdad? ¿O no quieres entenderlo?

 Daisy Hamilton:

—No empezamos nosotros, niña. Humano antiguo vio que nosotros resistimos tormenta, resistimos radiación. Nosotros sobrevivimos cambio climático. Ustedes mueren. Ustedes se asustaron de lo mejores que somos. Ustedes quisieron primero matarnos, a su propia creación.

 Lorna D. Pool:

—¡Porque no tienen ni moral ni decencia!

 Daisy Hamilton:

—¿Quién dijo eso? ¿Tu papá? ¿Tu mamá? ¿Qué es moral? ¿Destruir todo, matarse entre ustedes? ¿Hacer guerra? Conozco historia. ¿Matar a otro, quitarle bienes? ¿Eso moral? Nosotros no matamos nuestra especie. Nuevo humano no mata nuevo humano: eso moral. Nosotros sobrevivimos y humanidad será mejor. Mucho mejor. Como ustedes quisieron.

 Lorna D. Pool:

—¡Nosotros no queríamos esto! ¡Ustedes nos matan y nos comen!

 Daisy Hamilton:

—Solo escamosos y habitantes subterráneos comen. Es útil. Muchos cuerpos muertos, mucha infección. No bueno. Mucha carne desperdiciada, no bueno. ¿Animal, planta comer es mejor según tú, eso moral?

 Lorna D. Pool:

—Hay que comer.

 Daisy Hamilton:

—Yo también digo eso. ¿Dónde se esconden, niños? Si dicen, menos miedo. Termina antes.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué te crees, quimera? ¡No lo diré!

 Daisy Hamilton:

—No importa. Encontraremos. “Quimera” palabra mejor que “monstruo”. Ves, empiezas a entender.

 Lorna D. Pool:

—¡Es lo mismo! ¡Son monstruos ensamblados!

 Daisy Hamilton:

—Más o menos cierto, pero no formulación exacta. Somos mezcla de genoma terrestre. De cada animal ponemos lo mejor en genoma humano. Lo mejor para cada propósito. Muchas subespecies: aladas, escamosas, con branquias y otras. Diversidad asegura que alguien sobreviva. Y mejora: no doble, sino cuádruple hélice de ADN. Para usar siempre segmento bueno. Eso genética. Nosotros guiamos nueva humanidad, nosotros cerebrales.

 Lorna D. Pool:

—¡Eres el mismo monstruo que los demás!

 Daisy Hamilton:

—Error. Cerebrales distintos. Te explico. Tal vez sabes: en genoma humano muchas partes no funcionan. Cuando humano antiguo creó cerebrales, activó secciones inactivas, no necesitó insertar genes animales. Bastó genoma humano. Nosotros sabemos mucho. Más que humano antiguo. Ese era objetivo: usar más cerebro.

 Lorna D. Pool:

—Si son tan inteligentes, ¿por qué no pueden hacer la paz con nosotros? ¿Por qué tienen que exterminarnos?

 Daisy Hamilton:

—Ustedes igual se extinguen. Como dinosaurios y otros. Humano antiguo agresivo, quiere solo él vivir. No se puede negociar. Miente, engaña. Intento inútil. Cambio climático ocupa toda energía. Se preparan viviendas subterráneas por tormentas. Viviendas submarinas. Para eso energía necesaria. Muchas especies mueren en Tierra. Nosotros llevamos bajo tierra lo que puede, mientras cambio ocurre. Allí producimos alimento, obtenemos energía… hace falta muchas ideas. Humano antiguo obstáculo.

 Lorna D. Pool:

—¡Claro! ¡Solo nosotros somos los culpables!

 Daisy Hamilton:

—No entiendes, niña. Digo distinto: humano antiguo es enfermedad, mayor problema del planeta. Debe extinguirse. La vida es lo importante. No qué forma vive. Pero una idea encuentra camino para la vida. Nació nueva humanidad. Esta continúa. Tal vez entiendas, tal vez no. Pero ya no escribo. Hemos localizado tu posición. Vamos por ti.

 Lorna D. Pool:

—¿Me localizaste? ¿De verdad? Nos subestimas, aunque admites que nuestra idea fue brillante. ¡Ustedes sobrevivirán porque nosotros así lo quisimos!

 Lorna D. Pool:

—¿No respondes? ¡Buena suerte con el repetidor! ¡Nunca nos encontrarás! ¡Nunca! ¡Estamos allá arriba, idiota!

 Daisy Hamilton:

—¿Allá arriba dónde? ¿En montaña?

 Lorna D. Pool:

—¡No seas tan limitado! Claro, así los diseñamos. Me desconecto. Para siempre.

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

MALEFICIA DESCIENDE

Alexander Zelenyj

 

—El escultor dijo que las piezas están destinadas a ser representaciones de dones del Cielo.

Los dos hombres –el emperador Adriano y su cuestor, Casteleo– estaban de pie, uno junto al otro, evaluando las tres esculturas en el atrio bañado por el sol de la villa del emperador. La luz del día, que entraba por el compluvium y las ventanas, reverberaba en el agua apacible del estanque situado en el centro de la estancia. Un santuario ocupaba una esquina, mientras que las máscaras funerarias de antepasados muertos miraban ciegamente desde sus armarios alineados a lo largo de una pared.

La pieza que retenía la atención de ambos se alzaba sobre un pedestal bajo de marfil que acentuaba su tamaño, de diez pies de largo, y su forma, que era cilíndrica. La mitad superior tenía el aspecto de una gran urna, lisa y sin ornamentos; o tal vez de la maza de un gigante. Estrías decorativas y estilizadas, semejantes a las aletas de un gran pez, se elevaban a intervalos regulares desde la base cuadrada. La escultura, y las dos esculturas que la acompañaban, parecían llenar el espacioso recinto, exhalando un aura poderosa. Verdaderamente, aquellas obras de arte tenían presencia. En efecto, habían desplazado la conversación que los dos hombres sostenían acerca de los recientes acontecimientos políticos, la construcción del muro en Britania, la restauración del Panteón, los continuos problemas con los partos.

—Esta resulta bastante fálica —observó Casteleo y, dirigiendo la mirada hacia las otras dos esculturas, añadió—: Esas dos me recuerdan a un pez extraño y gordo, y a un huevo gigantesco.

En efecto, las formas bulbosas de las piezas evocaban con precisión las descripciones del cuestor.

—Como siempre, perspicaz en tu crítica artística —bromeó el emperador, y añadió, con mayor calidez—: Es maravilloso tenerte de regreso de tu viaje al extranjero, amigo mío, y recibirte aquí en Tíbur. He echado muchísimo de menos tus sabios consejos en estos últimos días. Cuanto más envejezco, más dependo de tu juicio. —Y luego, volviéndose de nuevo hacia las esculturas, agregó—: Están esculpidas en mármol, por ese vagabundo devenido profeta, Gallius, aunque sigue siendo un misterio cómo llegó a poseer tanto mármol. Dijo que cada una de ellas era de tamaño natural respecto de sus equivalentes en el mundo real.

—¿Dones del Cielo, dices? Pero ¿de qué son esculturas? —dijo Casteleo, frunciendo el ceño ante la pieza que tenían delante, tratando de extraer significado de su forma lisa y peligrosa, de su economía de detalles—. Yo había pensado que esta era una urna.

—Diferentes encarnaciones… de Dios.

Casteleo volvió hacia su compañero una mirada indignada y deleitada a la vez.

—¿Encarnaciones de un único Dios cristiano? ¿Entregándose a sí mismo como obsequio al pueblo?

—Eso parece. De hecho, el nombre que Gallius dio a esta pieza que tenemos ante nosotros fue «Dios en el Niño».

Los ojos de Casteleo se agrandaron.

El emperador soltó una carcajada.

—Dirige tu mirada a la inscripción.

—¿Inscripción?

—Ahí —dijo el emperador, señalando un lugar cerca de la mitad del objeto.

Casteleo se inclinó y entornó los ojos ante los caracteres grabados allí.

—Esta lengua… no puedo leerla.

—Ni yo. Como sentía curiosidad, mandé llamar a un intérprete.

—¿Y qué dijo que significaba la inscripción?

—Tampoco él pudo leerla y no fue capaz de identificar el idioma. Sin embargo…

—¿Sí?

—Gallius hizo una serie de notas y bocetos mientras trabajaba en las esculturas, y también están en mi poder. En esas notas, entre otras cosas, aparece este mismo mensaje —hizo un gesto hacia las palabras en el mármol— y su traducción al latín. Al parecer, él tampoco tenía idea de qué era esta lengua extranjera, pero estaba convencido de comprenderla; de ahí la traducción que añadió.

—Todo este asunto se vuelve más curioso a cada instante —dijo Casteleo—. Pero ¿qué dice, supuestamente?

Volviendo la vista hacia los extraños caracteres, Adriano citó en voz alta:

—«Saludos al Emperador».

Casteleo parecía conmocionado.

—Yo… Esto es demasiado… audaz. ¿Cree el escultor que es el recipiente a través del cual Dios te habla a ti, su emperador? Más bien debería hablar de ti como de su Señor. Y afirmar que esta aberración –agitó una mano hacia la escultura– deba ser la encarnación de una deidad, romana o de cualquier otra índole… ¡es un sacrilegio!

Adriano asintió con gravedad.

—Eso parecería, sí. Según me han dicho, Gallius tuvo una serie de visiones que dieron como resultado la creación de estas esculturas: entró en lo que sus conocidos aseguran que fue un estado de fuga, esculpiendo durante días enteros sin descanso, sin comida ni agua, completando esta trinidad de esculturas en apenas una semana. Al final, por supuesto, fue llevado ante un médico. Puede uno imaginar las sangrías y las sanguijuelas que le aplicaron. —Hizo un gesto hacia las otras dos esculturas—. A esta –tu pez gordo– la llamó «Un Segundo Beso», mientras que a esta –tu huevo de gigante– la llamó «La Prueba». No conozco el significado de esos nombres.

—Encuentro las piezas de algún modo… obscenas. Todas ellas. —Y como Adriano no respondió, Casteleo añadió—: Hay razones suficientes para hacer ejecutar a Gallius por su sacrilegio.

—No hace falta pensar en ello ahora: se ahorcó mientras recibía tratamiento por su conducta excéntrica. —Luego, más reflexivamente, Adriano añadió—: Aunque, pensándolo bien, algunos podrían interpretar su inscripción como un gesto generoso, como una muestra de amor hacia su emperador. Supongo que jamás lo sabremos.

—Me he perdido mucho en estos últimos días —dijo Casteleo; su voz expresó cierto aturdimiento.

—En efecto, y eres mucho más afortunado por ello —lo tranquilizó Adriano—. Encarcelamientos, torturas, ejecuciones, artistas que se ahorcan… No me agradan tales acontecimientos, aunque me temo que tienen su lugar. Forman parte del orden natural de las cosas. —Suspiró, echando de menos en ese instante a la anterior emperatriz, ya fallecida: Pompeya Plotina, que tan a menudo le había brindado sus sabios consejos; a veces sentía que ella había sido su conciencia y que, sin ella, era un gobernante más insensible—. Curiosamente —dijo luego, saliendo de su ensoñación—, Gallius sostenía que la inscripción no se refiere a mí.

—¿Entonces a quién?

El emperador se encogió de hombros.

—Afirmaba que no lo sabía. Su visión, decía, contenía únicamente aquello que logró plasmar en las esculturas. Pero juraba que, en su fuero interno, sabía que no hablaba de mí.

Casteleo sacudió la cabeza, desconcertado. Le tocó a él soltar una risita.

—Arte blasfemo, sin duda. Y, sin embargo, aquí reposa su obra, en tu hogar, mi señor… muy audaz por tu parte, debo decir, acoger un mensaje supuestamente divino, interpretado a través de un plebeyo y al parecer dedicado a ti… incluso si el propio Gallius lo definía de otra manera. —Señaló la barba de Adriano y añadió—: Pero, al fin y al cabo, tú eres más audaz que la mayoría, mi señor. ¿Y cuántos hombres te imitan y ahora llevan barba también? Muchísimos, muchísimos.

Y Casteleo se pasó la mano por su propia barba pulcramente recortada, sonriendo.

—El arte es arte —dijo Adriano, ignorando los cumplidos de su consejero—. Soy un conocedor, como bien sabes. Ya sea el mendigo más humilde que talla una rama de abedul convirtiéndola en el águila romana de sus ensueños, no muestro preferencia por maestro artesano alguno. Y estas piezas contienen una… inevitabilidad a la que no pude resistirme. Simplemente deben existir en este mundo. Solo quisiera descifrar su misterio: por algo me he encontrado completamente incapaz de resignarlas al basurero. Gallius dijo que, en su visión, las vio como dones, como ya te he dicho, cayendo del Cielo a la tierra, en una tierra y un tiempo lejanos. Dios regresando al pueblo, o algo por el estilo. —Hizo un gesto despectivo con la mano en el aire y agregó—: Gran parte de esto me llega de segunda mano, a través de los hombres que envié a buscar las piezas. El propio Gallius no aparecía por ninguna parte cuando contemplé las obras por primera vez, a instancias de un colega coleccionista. Para cuando logré localizarlo, ya se había quitado la vida.

—Algunos lo consideraban un profeta —murmuró Casteleo, en voz baja, como si temiera ser oído por alguien fuera de la habitación, o quizá aprensivo ante las visiones descritas por su emperador. Se inclinó un poco más hacia la escultura, reevaluando su factura, su visión. Susurró—. Pero otros siempre creyeron que solo era un lunático.

—En efecto —dijo Adriano—. En efecto. —Y luego, con una voz amortiguada por la necesidad de revelar un secreto, continuó—: Lo más interesante de todo es que Gallius afirmaba que las piezas contienen algo en su interior.

Casteleo alzó una ceja.

—¿Son huecas?

Movió el puño hacia la escultura como si fuera a golpear la superficie de mármol con los nudillos, aunque lo dejó suspendido ahí con incertidumbre, como si le inquietara tocar el objeto.

—Desde luego pesan muchísimo —dijo el emperador pensativamente—, lo que sugiere que son bloques macizos, o que aquello que contienen es muy pesado y, ciertamente, está encerrado muy de cerca dentro de sus caparazones de mármol.

Recordó cómo una docena de hombres se había afanado para trasladar las esculturas al atrio: primero, usando el complicado artilugio de rodillos de madera y cuerdas para izar las piezas desde los tres carros separados en los que habían llegado desde la ciudad; y después, como los rodillos no cabían por la puerta y las cosas pesaban demasiado para que los hombres pudieran cargarlas, tuvieron que mandar traer una grúa. Adriano había observado a los trabajadores caminar con un ritmo constante dentro de la gran rueda de madera, enrollando las cuerdas aseguradas alrededor de la escultura para elevarla lentamente en el aire. Las piezas fueron descendidas con éxito, una por una, a través del ancho compluvium del atrio, guiadas hacia un lado del estanque central de la habitación y depositadas sobre los pedestales vacíos que aguardaban su llegada. En conjunto, aquello había resultado ser una tarea mucho más formidable que trasladar cualquiera de las otras muchas obras de arte exhibidas por toda la villa.

—¿Reveló el profeta-artista lo que se ocultaba en la trinidad de su obra final?

El emperador advirtió que en la voz de su amigo ya no había el menor asomo de burla casual al hablar del escultor, un hecho asombroso dado que Casteleo era conocido por mostrar desprecio al hablar de la mayoría de las personas, y en especial de los plebeyos. Y eso tan poco después de haberse referido a las esculturas como aberraciones.

—Sí lo hizo —dijo el emperador—. Fuego. Dijo que había un gran fuego dentro de las esculturas.

Casteleo lo observó en silencio un momento antes volver a hablar.

—¿Una metáfora? ¿Una alusión al fuego creativo –la pasión– que el artista vertió en estas obras?

El emperador reflexionó un instante.

—Tal vez. Aunque…

—¿Sí, mi señor? —Casteleo habló con rapidez, con un temblor de excitación en la voz.

—Pues hay más en este personaje, Gallius, de lo que la mayoría había pensado.

—¿Ah, sí?

Adriano asintió, frunciendo el ceño.

—Sí. Todas las pruebas sugieren que era… un hechicero. Casteleo miró al emperador en silencio, esperando—. A veces —siguió diciendo Adriano—, nos decimos a nosotros mismos que hemos dejado atrás nociones como estas. Que tales ideas pertenecen al pasado y que comprendemos nuestro mundo de forma distinta de como lo hacíamos antaño. Que los amuletos y libros de hechizos que algunos todavía guardan ocultos en sus casas no son más que una adhesión inofensiva a la superstición. —Hizo una pausa, levantando la mano hacia la escultura pero, al igual que Casteleo, sin permitirse tocar su lisa superficie. Y concluyó—: Pero nos engañamos: la hechicería permanece en el mundo.

El emperador cruzó la habitación hasta uno de los armarios y abrió sus puertas. Cuando regresó, sostenía un objeto ahuecado entre las manos. Era un globo grande y liso, y parecía tallado en el mismo mármol que las esculturas.

—A esta pieza Gallius la llamó Plutón.

Casteleo frunció el ceño ante el globo.

—¿Por qué? ¿Tiene algún significado relacionado con el inframundo? ¿O con el propio Plutón?

El panteón de los dioses romanos era vasto y celebrado, y atribuir el nombre de una deidad a una obra de arte no podía ser un accidente.

—Gallius afirmó no saberlo tampoco; dijo que era simplemente otro componente de su visión. Pero, lo más interesante de todo, también afirmó que golpear esta escultura menor con gran fuerza actuará de algún modo como catalizador y, por medios que no alcanzo a comprender, hará que una de las esculturas… se abra, revelando ese supuesto fuego que contiene. No sé a cuál de las esculturas se refería, ya que ese conocimiento se perdió con la vida del artista. Tal vez habría esculpido piezas compañeras semejantes para las otras dos esculturas si la muerte no hubiera interrumpido su trabajo.

Casteleo pasó la mirada del globo en manos de Adriano a la escultura semejante a una urna, y luego a las demás. Cuando habló, su tono era apagado.

—Fantasía, sin duda… aunque, si fuera verdad, entonces…

Adriano lo observó con seriedad, y su susurro fue como la revelación de un oscuro secreto.

Maleficia.

La palabra pareció quedar suspendida en el aire como humo.

—No puedo entender cómo… —empezó Casteleo, sacudiendo la cabeza con expresión perturbada. Luego, con una jovialidad fingida en la voz, agregó—: Bueno, puede que todo esto no sea más que una gran trampa, como digo. Una farsa a gran escala. Gallius era un excéntrico, al fin y al cabo, según todas las versiones. No lo olvidemos.

—Quizá —dijo Adriano con voz distante.

Aquello bastó para silenciar a Casteleo, alimentando el temor que había ido creciendo en él de manera constante.

Adriano dejó la pieza en el suelo junto a las otras, delante de la escultura en forma de urna, y como si estuviera incapacitado para hacer otra cosa, continuó estudiando las esculturas sin hacer comentario alguno; y cuanto más las miraba, Adriano sentía crecer la presencia de aquellas cosas, su poder. También parecía pulsar desde ellas una tristeza, que penetraba en su corazón; y en la estancia misma, y en el mundo más allá de la estancia donde, visible a través de las ventanas anchas y altas de la villa, el fuego final del atardecer cedía con rapidez ante la oscuridad de la noche, cubriendo las lejanas colinas sabinas con una sombra melancólica.

—Mi señor —dijo Casteleo, sin aliento—. No lo había advertido antes. ¡Mira!

Señalaba con un dedo la flor roja acomodada en la base de la escultura.

—Una adelfa.

—Y otra —dijo Adriano, mirando fijamente—. ¡Y allí, otra más!

Los hombres dieron la vuelta a la escultura en direcciones opuestas hasta encontrarse al otro lado. La pieza entera estaba envuelta en aquellas flores.

—¿No las puso ahí un sirviente? —dijo Casteleo.

—No, desde luego no sin mi permiso. Pero ¿cómo no habíamos visto antes las flores?

—Un misterio, mi señor. Es como si hubieran brotado mientras admirábamos las piezas.

—Parece que estamos rodeados de misterios. Y de… hechicerías.

Le dirigió a su amigo una mirada prolongada y grave antes de volver al armario del que había sacado el globo de mármol. Cuando regresó, traía en la mano un rollo de papiro.

—Estos son los bocetos y notas que dejó Gallius —dijo—. La totalidad de las notas aparece tanto en latín como en la misma lengua misteriosa grabada en la escultura.

Desenrollando el papiro, llegó al pasaje que buscaba y se lo mostró a Casteleo, quien leyó las palabras garabateadas allí en una cursiva apenas legible.

«La adelfa roja fue la primera flor en florecer entre los escombros irradiados de Hiroshima. Desde entonces, la flor ha simbolizado tanto los peligros de la guerra nuclear como la esperanza de un futuro más pacífico.»

Cuando levantó la vista del papiro, estaba pálido y asustado.

—¿Qué es “Hiroshima”? —preguntó con voz débil.

—No lo sé.

—Y esto… —Casteleo volvió a mirar el papiro—. Esta “guerra nuclear”, ¿qué significa?

—De lo único que estoy seguro, amigo mío —dijo Adriano—, es de que la adelfa roja ha aparecido sobre esta escultura, y antes no estaba ahí. La conexión entre este suceso y el texto de Gallius está fuera de toda duda.

Casteleo se atrevió a pronunciar las palabras en voz alta:

—¡Es un hechizo!

Se quedaron mirándose, sin hablar, perdidos en sus pensamientos. Luego, en medio del profundo silencio, el emperador se aventuró a decir:

—Amigo mío… ¿puedo confiarte algo?

Los ojos de Casteleo estaban clavados en él.

—Por supuesto.

Su susurro resonó con fuerza en el atrio que se oscurecía.

Adriano llevó la mano bajo sus ropas y desenvainó el gladius de la vaina que pendía de su cinturón. La luz del crepúsculo relució en la hoja de acero.

—Todo el día –en realidad, desde que las esculturas llegaron aquí hace dos días– he sentido el deseo más extraño, casi imposible de extinguir… de golpear esta escultura hermana –y aquí señaló con la espada el globo de mármol que descansaba en el suelo– con el pomo de mi gladius. Poner en marcha la supuesta magia que la vincula a la escultura mayor. Sacrificar la obra de arte para que yo pueda ver el fuego que el profeta-artista prometió que yace en su corazón. Y… desatarlo. El fuego.

Los hombres se observaron mutuamente con expectación. Casteleo se encontró asintiendo, lenta y vacilantemente al principio, y luego con gran avidez.

El emperador, habiendo recibido la sanción de su consejero de confianza y viejo amigo, se volvió de nuevo hacia las esculturas. Examinó con avidez cada una de las piezas de la trinidad por turno, y luego contempló el globo de mármol con una intensa concentración. Y alzó la espada sobre el globo. Y, en su corazón, sintió la rectitud de aquel acto, aunque su mente no pudiera comprenderlo.

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

 

martes, 31 de marzo de 2026

LA FIEBRE DEL RATÓN

Domen Mohorič

 

Algo arañó detrás del armario. Matevž abrió el cajón y sacó una pistola. Una sombra saltó sobre el suelo. Disparó cuatro veces. La segunda bala dio en el blanco, que rebotó un momento hasta quedar inmóvil en una esquina. Un ratón grande yacía estirado, y algo de sangre se filtraba por el agujero en su espalda. Se puso guantes, tomó una pala de un rincón, lo recogió con cuidado, como si llevara un tesoro, y transportó el cuerpo del ratón hasta la chimenea, donde lo arrojó al fuego. El cadáver ardía, y pudo ver algunos puntos en llamas saltando entre las llamas desde una forma casi irreconocible. Esas eran, supuso, las pulgas que habían arruinado su vida. Con una leve sonrisa, pensó en el sufrimiento que ahora estaban experimentando.

—Bien merecido lo tienen, alimañas —gritó.

Luego, con extrema cautela, por si acaso había alguna otra plaga peluda correteando, registró su pequeña habitación. ¿De dónde había salido?, se preguntó, pero no vio ningún agujero ni nada parecido. Miró de nuevo hacia la chimenea, pero ya no quedaba nada. Entonces observó la pared y no había agujeros de bala. Se preguntó qué había pasado, ¿se habrían quedado dentro del ratón? Pero tampoco había sangre en el suelo. Estaba confundido. Fue a guardar la pistola en el cajón cuando se dio cuenta de que no sabía dónde la había dejado. No podía pensar con claridad, su mente estaba nublada y las erupciones en su piel le provocaban un picor por todo el cuerpo. Se dejó caer en la cama y decidió quedarse allí, hundiéndose en un vacío negro.

No tardaron en venir a buscarlo. Golpearon la puerta de madera hasta que se desprendió de sus bisagras. Un grupo de hombres vestidos con trajes integrales irrumpió en la habitación, con máscaras que parecían sacadas de las trincheras llenas de gas de la Primera Guerra Mundial. El sol brillaba intensamente a sus espaldas, y en la habitación oscura sus siluetas daban la impresión de apariciones sombrías. Así también le parecieron a Matevž, que, sudoroso y presa de temblores, saltaba y se arrastraba por el suelo buscando su pistola desaparecida. Necesitaba algo con lo que defenderse, pero antes de poder hacer nada con lo que encontrara, las personas con botas de hierro lo alcanzaron. Perdió el conocimiento bajo una lluvia de patadas, antes de que otra persona con bata médica se acercara y le inyectara algo con una aguja grande.

Un tiempo indefinido después despertó. El sol le daba en los ojos y cada parte de su cuerpo se estremecía con espasmos. Sentía dolor, como si cada poro de su piel estuviera siendo atravesado por agujas ardientes. Se incorporó en la sucia cama del hospital, dentro de una tienda que, además de tener ventanas de plástico, dejaba pasar la luz por numerosos agujeros.

—¿Dónde estoy? —preguntó en voz alta.

—En el infierno —oyó a su lado.

En la cama contigua había un hombre de edad irreconocible. La sequedad de su cuerpo lo convertía en un espectro, con la piel estirada a la fuerza sobre los huesos. No había grasa en su cuerpo; sus músculos parecían haberse evaporado. Su mandíbula colgaba abierta y, sin mover la boca, su voz salía directamente de la garganta.

—Blancanieves, por fin despertaste. Je, je.

Su risa era como raspar una roca contra una pizarra.

—¿Quién eres, dónde estoy? —preguntó Matevž.

—Estás en la zona de Liubliana. Has estado dormido desde que te trajeron. Deberías darle las gracias a Marci cuando vuelva. Te cuidó como si fueras un bebé.

Una mano con guantes blancos abrió las solapas de la tienda. Una mujer de unos treinta años entró.

—Papá, ¿estás bien? —dijo, y luego miró a Matevž, sorprendida—. ¿Estás despierto? —preguntó con incredulidad. Dejó la bandeja que llevaba sobre la mesita frente a la cama—. ¿Te sientes lo bastante bien como para comer? —preguntó.

Cuando Matevž asintió, le dio un cuenco con una papilla de olor extraño.

Fue a alimentar al hombre recostado, al que levantó con facilidad y al que le introdujo la comida por la garganta. Matevž notó lo hambriento que estaba y engulló rápidamente su ración. Cuando terminaron, la mujer, que se presentó como Marci, ayudó a Matevž a sentarse en una vieja silla de ruedas y se lo llevó, diciendo que le mostraría el campamento.

—Vas a desear haberte quedado en tus sueños, je, je, je —dijo el anciano mientras salían de la tienda.

Empujó a Matevž por un campo donde había tiendas dispersas, chozas y remolques. Había poca gente alrededor, y tenían la mirada vacía o murmuraban para sí mismos.

—No guardes rencor a mi padre —dijo Marci mientras lo empujaba—. La fiebre del ratón lo quebró —añadió con voz cargada de tristeza.

—¿La fiebre del ratón?

—Después de tanto tiempo en coma, es normal que estés confundido —susurró—. Hace seis meses apareció una nueva enfermedad. Se extendió por el centro de Eslovenia. Dicen que el virus saltó de un ratón a un humano. Debieron de ser las pulgas. Las personas infectadas simplemente se desplomaban, sufrían convulsiones y luego… cambiaban. Por eso la llamo la fiebre de la lotería.

Él se quedó atónito.

—¿Qué quieres decir con “lotería”? —preguntó.

Ella sonrió con sarcasmo.

—Al principio, todos tienen los mismos síntomas iniciales… y luego cada persona desarrolla su propia versión de una fase crónica terminal. El cuerpo de mi padre se consumió a sí mismo. Otros se volvieron locos. Pero los más desafortunados son… más singulares.

—¿Qué quieres decir?

En lugar de responder, la mujer señaló hacia arriba. Matevž siguió su mirada y casi se cae de la silla. Suspendida en el cielo había una figura grotesca, de forma apenas humana. Sus brazos eran imposiblemente largos, extendidos como alas, con membranas correosas entre los dedos alargados. Sus manos se parecían menos a las de un hombre que a las de un pterosaurio, antiguas y ajenas.

—Martin —llamó Marci.

La figura descendió y se quedó flotando sobre ellos.

—¿Cómo estás? —le preguntó ella. Para ser un fenómeno deforme con manos largas, tenía un rostro digno de una revista de moda.

—Desde que derribaron a Jože, no muy bien —dijo con una voz cantarina llena de dolor—. ¿Quién es el caballero con ruedas?

Matevž miró al hombre pájaro, pero tuvo que apartar la vista.

—Despertó después de haber estado dormido unos meses.

—No lo dejes rodar demasiado lejos… o quién sabe dónde terminará —dijo el hombre pájaro antes de alejarse en picada.

Ella se encogió de hombros. Matevž la miró con la boca abierta.

—Ganó la lotería del ratón de manera diferente a los demás.

—¿Qué quiso decir cuando dijo que alguien había sido derribado?

—Ah, Jože podía volar impulsándose con descargas de gas desde el recto. Tenía movimientos intestinales anormales. En otras palabras, se tiraba pedos —dijo Marci, entre avergonzada y triste—. Así que volaban juntos. Pero Jože encontró una gran lata de judías en algún lugar. El estallido lo impulsó más allá de los límites de la zona. Nadie puede salir. Así que los cascos azules de la ONU lo derribaron con un misil tierra-aire.

—¿Qué? —Matevž estaba completamente desconcertado.

—La vida aquí es absurda y aterradora.

—¿Entonces no podemos irnos?

—Estamos en una cuarentena absoluta. Los infectados como tú y yo, y el chico pájaro, todos fuimos traídos aquí.

Demasiado conmocionado para hablar, Matevž dejó que sus pensamientos se arremolinaran en silencio. A su lado, una bola de piel con un parche de pelo en un lado y dos pequeñas patas en el otro rodó pasando. Matevž ni siquiera quiso preguntar qué era.

—¡Marko! —gritó Marci, pero demasiado tarde.

Cuando la bola giró hacia ella en medio de un salto, ya se había lanzado contra una mujer que parecía un cactus, con espinas por todo el cuerpo. La bola de piel estalló y su sangre y sus órganos se esparcieron por todas partes. El impacto hizo que Matevž perdiera el conocimiento.

Unas horas más tarde, abrió los ojos. Marci le limpiaba la frente con un paño húmedo. Oyó la respiración agitada de su padre.

—Entiendo que te resulte incomprensible. Pero tarde o temprano te acostumbrarás. Aquí la gente no vive mucho —dijo ella.

—¿Cuál es tu enfermedad? —preguntó Matevž—. Si no es demasiado difícil hablar de ello.

—No, no me importa —rio, esta vez con más suavidad—. Yo fui la primera en enfermar. El paciente cero.

Matevž se sorprendió.

—Mi padre se contagió por mí, luego todos los demás, y después tú también. ¿Eso hace que me odies? —le preguntó con un tono que pedía disculpas.

—No, no es tu culpa. Tú no comiste ratones raros, ¿verdad?

—No —rio de nuevo, suavemente. Su risa le derritió el corazón. Era un rayo de sol en aquella situación macabra.

—Entonces, ¿cuál es mi premio de la lotería? —le preguntó más tarde.

Ella se encogió de hombros.

—Tendrás que descubrirlo por ti mismo. Pero ten cuidado al hacerlo.

Durante unos días no ocurrió nada. Matevž fue recuperando lentamente las fuerzas. Pasaba casi todo el tiempo con Marci y cada vez se sentía más apegado a ella. No tardó en obsesionarse.

Por eso no se opuso cuando ella sugirió que escaparan.

—No puedo vivir así —le dijo mientras yacían en la cama, en una casa que antes había pertenecido a una persona acomodada.

Él estuvo de acuerdo. ¿Por qué iban a vivir allí, entre todas esas almas caídas? Ella solo merecía lo mejor. De vez en cuando volvía a perder el conocimiento, y cada vez que despertaba, Marci lo estaba cuidando. Por eso estaba aún más agradecido y decidido a hacer lo que ella quisiera.

No le preguntó cómo escaparían. Ella le dijo que la siguiera, y él obedeció sin pensar. La siguió hasta la enorme valla que rodeaba la zona de Liubliana.

—Túmbate aquí —le dijo. Siguiendo sus instrucciones, se echó en el suelo, girando el cuerpo como ella le indicó, hacia la torre de control a lo lejos. Estaba boca arriba, preguntándose qué ocurriría después.

Marci se mordió el labio con fuerza hasta que la sangre le corrió por la barbilla. Se sentó sobre él y lo besó con la boca llena de sangre. Luego se levantó y se limpió la barbilla.

—Sabes, lo de la lotería era mentira.

—¿Qué quieres decir? —dijo él, aturdido.

—La única a la que la fiebre del ratón afectó de forma inusual fue a mí. Para todos los demás es solo una neumonía.

—¿Qué? —repitió, pero su conciencia se desvanecía lentamente.

No hubo informes en los medios globales sobre el gigantesco gusano humano que arrasó los muros de la zona de Liubliana. Tampoco se habló de los cientos de soldados muertos que perdieron la vida intentando detenerlo. Pero sí se habló de una bomba de hidrógeno que arrasó Liubliana y sus alrededores. La razón oficial fue una cepa increíblemente letal y aún más contagiosa de la nueva fiebre del ratón.

Pero las agencias de seguridad nacional de todo el mundo zumbaban como un panal. El protocolo para la huida de la reina no había funcionado. Los brotes de fiebre del ratón comenzaron a desplazarse hacia el este, y los informes de personas deformadas también eran cada vez más frecuentes. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ya estaba planificando un bloqueo completo de Europa del Este.

Domen Mohorič, nació en 1992 en Eslovenia. Es sociólogo, historiador y filósofo de formación. Escribe y publica relatos cortos de ficción especulativa, que abarcan desde el terror, la historia alternativa, la ciencia ficción y la fantasía, hasta una mezcla de todos ellos. Publica relatos en revistas literarias eslovenas como Novi zvon, Literatura, Monstrum Obscurum, Supernova y en los portales Znanstvena fantastika y Vrabec anarhist. Fue incluido en la antología eslovena Ficción Especulativa, publicada en esloveno e inglés.

 

ANGULO, EL PROSTÍBULO DE SAN ANDRÉS