domingo, 12 de abril de 2026

EN EL TÚNEL

 Bilal Fadl

 

Nadie, en absoluto, esperaba que el país presenciara un destino semejante. Durante largos años, la obsesión por su ausencia repentina inquietaba a sus opositores antes que a sus partidarios y aterrorizaba a sus adversarios más que a quienes se beneficiaban de él. Cada vez que surgía la posibilidad de su desaparición súbita, todos rehuían el tema: algunos gritaban con vehemencia para ocultar el olor de la hipocresía: «¡Que Dios no nos prive jamás de su presencia!», otros escapaban del asunto espinoso limitándose a expresar su preocupación por el país y murmurando: «Hasta el Profeta murió y la voluntad de Dios es inevitable… pero que Dios nos proteja», y un tercer grupo decía con entusiasmo a quienes temían por el futuro del país: «Egipto siempre ha sido fecundo». Si les pedías que propusieran a uno de sus hijos para desempeñar el papel de sustituto, te respondían, casi a punto de abofetearte de rabia: «Si durante más de un cuarto de siglo la gobernó alguien que ni siquiera soñaba con hacerlo, ten por seguro que no le molestará entregar sus riendas a otra persona que tampoco sueñe con gobernarla… Es cierto que Egipto padece de presión y azúcar, pero no olvides que su corazón sigue siendo grande».

Pero ninguno de ellos esperaba que su ausencia repentina llegara de aquella manera única que sacudió al universo entero.

Desde el primer momento en que las agencias de noticias y los canales de televisión difundieron aquella noticia urgente hasta ahora, nadie ha entendido lo ocurrido.

«Desaparición de la caravana presidencial en el túnel de Al-Oruba».

Cómo, por qué, dónde desapareció y si regresará… nadie lo sabe, y quizá nadie lo sepa en el futuro cercano.

Lo único que la gente sabe es que la caravana de Su Excelencia entró en el túnel de Al-Oruba camino al Parlamento para pronunciar su discurso histórico en el que decidiría si aceptaba asumir la responsabilidad del país durante seis años más, a petición del público, tras años de rumores sobre si heredaría su asiento a su hijo, lo entregaría a uno de sus colaboradores o dejaría un buen recuerdo convocando elecciones presidenciales libres bajo supervisión judicial y sin intervención de la seguridad, en las que el pueblo decidiría su destino por primera vez tras sesenta años desde el lanzamiento de la canción «El pueblo encontró su camino».

Durante unos instantes, los oficiales encargados de asegurar la caravana y los soldados que daban la espalda a los informantes que interpretaban el papel de ciudadanos embelesados por su amor, pensaron que habían sufrido una ceguera temporal que les hizo perder de vista la caravana tras su salida del túnel. Pero los gritos que estallaron en los radios preguntando por el retraso en su llegada los obligaron a abrir los ojos de par en par en busca del motivo de la tardanza. No vieron más que el túnel vacío, desolado y lúgubre, como si aún no hubiera sido inaugurado.

Durante días, los desafortunados responsables fueron sometidos a las formas más atroces de tortura que ni los opositores más férreos del país habían padecido jamás. La pregunta desconcertaba tanto al que la hacía como al interrogado: «¿A dónde fue la caravana? ¿Qué significa que desapareció? ¿Te estás burlando?».

Al quinto día, todos confesaron haber ocultado la caravana en un lugar seguro y se mostraron dispuestos a indicar el sitio y reconstruir el crimen. Sin embargo, se comprobó la inutilidad de seguir cargándoles la responsabilidad y el país tuvo que enfrentarse a su oscuro destino impensado.

Todas las hipótesis fueron examinadas, incluso aquellas cuya trivialidad merecía matar a quien las pronunciaba: desde la posibilidad de que la caravana hubiera sido tragada por un hundimiento del terreno debido a las constantes reparaciones del túnel, pasando por encargar al Observatorio de Helwan estudiar la posibilidad de que hubiera sido absorbida por un agujero negro cósmico al coincidir su entrada con la alineación del disco solar con el sector de noticias, hasta formar un equipo de oftalmólogos para estudiar si la caravana «está realmente allí pero somos nosotros quienes no podemos verla».

Incluso el famoso profesor de historia que fue arrestado por declarar en un canal satelital que lo ocurrido recordaba la desaparición de Al-Hakim bi-Amr Allah en el desierto de Al-Muqattam siglos atrás fue liberado para encabezar un equipo investigador que examinara aquellas circunstancias, con la esperanza de extraer lecciones útiles. Se llegó incluso a ordenar la apertura de la tumba de Sitt al-Mulk, hermana de Al-Hakim, para estudiar su posible implicación en su asesinato y determinar si un gobernante –por voluntad divina o no– podía realmente desaparecer.

La confusión aumentó cuando el suelo del país estalló en varias ciudades, produciendo líquidos densos y viscosos. Algunos editores de periódicos oficiales dijeron que era por la tristeza de la tierra de Egipto ante su repentina desaparición; ciertos imanes afirmaron que era señal de la ira divina y del inminente advenimiento del Imán del Tiempo. Tras formar un comité de ingeniería de alto nivel, se concluyó que se debía a una fractura repentina en las redes de agua y alcantarillado.

Mientras tanto, profesores de derecho constitucional pasaron días y noches buscando una salida legal para llenar el vacío constitucional, pues tal desaparición jamás había figurado ni en la imaginación del más audaz sastre de constituciones.

Quienes apostaron a que el pueblo produciría chistes desternillantes tras lo sucedido se equivocaron: desde el primer día de aquella sorpresa cósmica, el pueblo estuvo a punto de morir de miedo. Los sociólogos políticos explicaron que las bromas surgían tras la partida de gobernantes de corta convivencia con el pueblo creyente –y el creyente, como se sabe, se apega y crea lazos–, a diferencia de Su Excelencia, sin quien nuestros compatriotas ya no imaginaban sus días. Nacieron, crecieron, envejecieron y se marchitaron con él. Cuando llegó, no lo conocían; luego no conocieron a nadie más. El 99,9% del pueblo no había visto otro gobernante. Era como si el mundo hubiera comenzado con él y no fuera a terminar mientras él existiera. Las capas de la tierra cambiaron, mares inundaron islas, terremotos destruyeron estados, volcanes cubrieron ciudades y tormentas dispersaron pueblos… y él permanecía igual. El tiempo parecía haberse congelado en él: pasado y presente chocaban antes de estrellarse juntos contra el futuro, formando una unidad temporal compacta en la que el presente era un pasado ya vivido y el futuro solo aspiraba a no ser peor que el presente.

Cuando el país se acercaba a cumplir un año desde la desaparición de la caravana en el túnel de Al-Oruba, todos volvieron a confirmar que «Dios no hace nada malo». El expediente de la herencia política, que agotó al país durante años, se cerró a la fuerza para partidarios y opositores. Ni siquiera los más hambrientos de heredar se atrevían a expresar su deseo sin conocer el destino de la caravana desaparecida.

En menos de un mes, la gente volvió a su vida normal, incluso mejor que antes. El enigma de la desaparición dejó de ocupar la mayor parte de su tiempo. El nuevo misterio era que nada de lo que todos temían ante la ausencia del presidente había ocurrido: no hubo caos de seguridad, ni vacío de poder, ni revuelta de hambrientos, ni crisis constitucional, ni desequilibrio económico… ni agua potable limpia. Algunos clérigos dijeron que su desaparición había devuelto el freno religioso al comportamiento de la gente por miedo a desaparecer también. Cuando las Naciones Unidas enviaron una delegación de expertos internacionales para estudiar esta situación única, no llegaron a conclusiones definitivas. El jefe de la misión, antes de partir, declaró: «Tras un estudio exhaustivo, concluimos que la república en los últimos años de su mandato ya no vivía: simplemente existía. Y por eso no necesita tanto un presidente como un milagro».

En un café popular que dicen tiene siete mil años, un jugador de dominó comentó, tras alabar a Dios: «¿Quién iba a creer que el país podría seguir así, solo por bendición?».
Su compañero respondió: «¿Y desde cuándo nuestro país ha seguido de otra manera?»


Traducción de Abdul Hadi Sadoun


Bilal Fadl es un escritor, periodista y guionista egipcio nacido en 1974 en El Cairo y criado en Alejandría. Es considerado una de las voces más destacadas de la sátira política y social en el mundo árabe contemporáneo, combinando en su estilo la narración literaria mordaz con el análisis crítico audaz. La trayectoria de Bilal Fadl se distingue por la fusión entre sensibilidad literaria y compromiso crítico, así como por su defensa constante de la libertad de expresión y su capacidad para formular preguntas incómodas con un estilo que equilibra seriedad y humor. Ha publicado varios libros que recopilan sus artículos y textos satíricos, entre ellos: Hijos de los mudos (2006), Risa herida (2008), En los brazos de los libros (2019), y la novela Madre de Mimi (2022).

 

EL NUDO DE LA HORCA

Víctor Lowenstein

 

Salió a caminar como tantas tardes, urgido por el anhelo de llenar las horas libres. También, debido a esa suerte de paranoia que lo acompañaba a tiempo completo y que le llevaba a ver la existencia como una condena, a la ciudad como la cárcel del universo y a su destino, de una fatalidad inevitable e implacable.

Se había vestido al descuido con lo peor de su ropero. Alpargatas rotosas, suéter descolorido y pantalones deshilachados y emparchados. Su propia madre y su esposa siempre lo habían reprendido por el constante desaliño; Pedro se encogía de hombros y persistía en su dejadez. Ellas podían hasta entender el abandono del hombre. Era su actitud negativa la que las desconcertaba, tanto a ellas como a la mayoría de la gente que lo conocía. De alguna forma lo aceptaban tal como era; después de todo cada cual tiene su forma de ser.

Pedro —como dijo un amigo alguna vez—, no es mal tipo, al contrario, sólo un poco raro. Me ha confesado que la sociedad le desagrada pues le parece el nudo de una horca que se va cerrando sobre nuestras gargantas. Se puede ser un poco pesimista, pero mire que pensar de esa forma…

—De lo que yo estoy convencido —le habría dicho Pedro— es que vivimos bajo control de organizaciones o entidades que no comprendemos, pero que necesitan con desesperación mantenernos ocupados, idiotizados, conformes. Transitamos en calidad de esclavos por ciudades que poseen todos los instrumentos necesarios para prolongar ese estado de apatía común; desde alimentos insalubres, trabajos agobiantes y adicciones aceptadas y perniciosas, drogas, alcohol. Y mecanismos más perversos y sutiles que voy descubriendo cada día, que me convencen de que lamentablemente, estoy en lo cierto…

No hubo amigo, madre, esposa que lo hubiesen entendido cabalmente; era más fácil declararlo pesimista, lo que era cierto, pero no lo definía completamente. Nadie entendía metáforas como la del nudo de la horca; mucho menos aquello de los mecanismos perversos, “operaciones” como les llamaba a veces.

Dobló por la esquina de la calle de su casa en Munro, barrio en que supo vivir toda su vida, y caminó al azar tres o cuatro cuadras derecho sin pensar en un rumbo para su paseo. Tan enfrascado iba con sus pensamientos que atravesó las siguientes calles en zigzag, tan inconsciente de los pasos que daba como concentrado en los pormenores de aquellos descubrimientos que creía estar haciendo. La uniformidad de las calles, por ejemplo. Cada cuadra repetía una fisonomía urbana de casas enrejadas, perros guardianes tras las rejas, ladrando, y luces de sensores que se activaban a su paso por los frontis. Esa combinación de luces de alarma junto a los ladridos, y las rejas como símbolo carcelario, configuraban cierta clave que creía ser capaz de descifrar, si continuaba investigando lo suficiente. En tanto caminaba reflexionando y a paso de marcha, abstraído, dejando atrás las calles conocidas.

Al llegar a cierto cruce una ochava le pareció desconocida. Alzó los ojos hacia el cartel indicador de calles y no reconoció ninguna de las que iniciaban cada acera. Nombres extraños, de una ajenidad preocupante. Nada le decían, jamás había escuchado esas denominaciones. Gentilicios imposibles de vincular con algo familiar. Decidió que dicha preocupación era insignificante. Dada su distracción habitual, posiblemente había pasado por alto muchas veces esas calles, para reencontrar las conocidas a menos de dos cuadras.

A la quinta cuadra recorrida, vistos otros tantos carteles que anunciaban con nombres de próceres que no le sonaban o batallas que escapaban a los libros de historia, calles que no le recordaban nada visto ni recorrido, Pedro empezó a preocuparse seriamente. No quería admitirlo pero acabó murmurándolo: “estoy perdido”.

No sabía si sentirse furioso o simplemente curioso. Después de todo la cosa no podía pasar de ser una confusión pasajera, pronta a resolverse. No podía estar muy lejos de casa. Sin embargo, la furia se imponía en su ánimo, pues ya iba por la sexta o séptima cuadra (desde luego ya había perdido la cuenta) y la profusión de cosas nunca vistas –calles, frontis, plazoletas extrañas– lo estaba llevando a una crisis de nervios. Forzó una carcajada obligándose a creer que todo era obra de una sencilla desorientación. Sólo debía preguntarle a algún transeúnte por una avenida conocida, y de inmediato se ubicaría y volvería a las calles conocidas, riendo de su torpeza.

Pero era ya de noche. Noche cerrada, y ni un alma circulaba por aceras irreconocibles. Pensó en desandar el camino recorrido, no obstante, era tal su desconcierto que no recordaba por dónde había venido, si avanzaba o retrocedía en ese caos de calles nunca vistas. Las casas se veían normales, acogedoras, y se le ocurrió tocar algún timbre para preguntar a sus dueños la ubicación. Le daba vergüenza, cualquiera puede sufrir un extravío. Tras dudar un poco, llamó a la puerta de un bonito chalé. Tocó tres veces, ya que nadie se apresuró a atenderlo. Estaba un poco impaciente; después de todo sufría una emergencia y se creía con derecho a reclamar respuestas. Tan sólo quería saber en qué calle se encontraba; a cuanto de alguna avenida principal del barrio; simplemente en qué barrio estaba, si no era Munro, Florida o Carapachay, no había otras posibilidades. ¡No podía estar tan lejos de casa! La dama que abrió sigilosamente su puerta tras el grueso enrejado –una vetusta anciana de cabello recogido y rostro blanquísimo inexpresivo– no supo entender sus preguntas o no quiso responderle. Cerró la puerta con un golpe y no reaccionó ante un cuarto llamado, tras el que Pedro fue ganado por el desánimo y decidió probar suerte en otros domicilios.

Antes de rendirse por completo intentó el procedimiento en varias casas más, elegidas al azar. Eran diferentes tipos de vivienda, pero la reacción de sus dueños fue calcada de la primera, como un guion. Mutismo, incomprensión, portazo final.

Ya noche cerrada, se encontró en algún tipo de escalinata de una plaza pública. El silencio era casi irritante, y una resignación vaga lo llevó a recostarse sobre el frío cemento y se dejó caer para dormir un rato, aunque mas no fuera. Necesitaba un descanso para el cuerpo y sus nervios. Antes de caer en el sueño intentó animarse con un pensamiento optimista. “Mañana, todo se resolverá. Veré las cosas con claridad y volveré pronto al hogar”. Cerró los párpados tratando de convencerse de que iba a ser así, y la realidad abandonó al hombre perdido.

 

Un haz de luz sobre los párpados le hizo despertar… pero no veía mucho. Los dos oficiales de policía le ayudaron a incorporarse. Aun así, no distinguía bien las cosas ni supo responder las preguntas de los uniformados. Se sentía más confundido que la noche pasada, de la que no recordaba casi nada. Cierto extravío… Pasos hacia ninguna parte…y calles, calles que no terminaban más.

En la comisaría lo trataron bastante bien, pese a su mal aspecto. Le alcanzaron un café y una mujer policía se encargó de tomarle los datos, ya que no llevaba encima documentación alguna. Era una joven muy educada, bonita, hacía sus preguntas con delicadeza, mostraba paciencia ante la perplejidad del anciano. Pues si lo acompañaba desde la noche una sensación de incertezas con sonido a portazos y silencio de mutismo nocturno. Ahora era diferente, pero por poco…

Le costó reconocer que no había sabido responder una sola pregunta hecha por la mujer policía ni por los demás agentes de la ley. Ya lo trataban sin tanta condescendencia; como se trata a un vagabundo, o a un loco. Se avergonzó de sus pobres vestiduras. Fue la quinta o sexta pregunta sobre cómo era su nombre y apellido que cayó definitivamente en la amarga verdad; no sabía quién era. Se tomó de las sienes lloriqueando e intentando forzar su mente a recordar aquello que se había ido completamente de su cabeza. Nada de memoria, sólo imágenes borrosas de una caminata desquiciada, junto a la sensación de incertidumbre que parecía ser su única marca de identidad. Y, sí, una certeza profunda que seguía latiendo desde el fondo de su espíritu. Algo llegaba a su fin. Cierto círculo se cerraba, como se cierra el nudo de una horca. La imagen que lo había perseguido siempre disipaba su fuerza en su interior. Y el hombre sin nombre ni memoria se echó a reír, y los agentes de la ley se miraron entre sí, pero no comprendieron. El viejo reía y creía entender, en toda su turbación, que había conjurado la condena. Ya no había horca ni nudo ni control sobre su vida. Era otro, era él mismo, era nadie.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

 

sábado, 11 de abril de 2026

¿ES ACASO UNA PERLA?

Umiyuri Katsuyama

Mi compañero de clase Sekiseki era un lobo marino, pero no se parecía tanto a un lobo. Tenía dos patas delanteras cortas, sin patas traseras, más estrecho desde la cintura hasta la cola. A pesar de su tamaño enorme, era un nadador excelente.

Las maestras decían que todos los que venían a la escuela eran bienvenidos. Yo estaba contenta de estudiar con un lobo marino. Como compañero de clase, Sekiseki era agradable. Primero, era inteligente. Ponía atención en clase y respondía cualquier pregunta que hicieran las maestras. Llevaba un vocalizador a través del cual se comunicaba con voz de barítono, porque tenía buen físico. Era mi opuesto. Cuando yo estaba nerviosa, me tocaba las uñas del pulgar y me callaba.

Después de acostumbrarme a la escuela, le dije a Sekiseki durante el recreo:

—Sería divertido estudiar si fuera inteligente como tú.

Abrió una bolsa que contenía mariscos congelados y me preguntó:

—¿Quieres uno?

Giré la palma de mi mano y le dije:

—No, no gracias—. Luego comió uno medio descongelado. Mi bocadillo no era bueno para su salud, por lo que me dijo que no podía comerlo. Quizás fuera mentira y era tímido. Yo no comía mariscos crudos.

—A las maestras les encanta tenerte en clase —me dijo.

—¿Por qué?

—De algún modo.

—¿Quieres decir que los idiotas son lindos? —le pregunté.

—No digo eso. No eres idiota.

Cuando Sekiseki se comió los mariscos, hizo un sonido parecido a una trompeta y desinfló la bolsa de aire.

Hace un mes la escuela empezó. Mientras se tocaba Bach con una flauta de madera en mi propia tableta LCD, la abuela dijo:

—La escuela comenzará pasado mañana. Buena suerte, hija—. Sacó una blusa blanca y una falda colgante azul oscuro. Luego me dijo que me las pusiera.

La escuela estaba en las afueras de la ciudad. El edificio quedaba cerca del mar, debajo de un acantilado. El piso era de color azul claro y el techo estaba cubierto con una gran tela blanca que proveía sombra y protección contra la lluvia. Se llegaba a la escuela con una escalera de acero inoxidable. Cuando bajé, me esperaban dos mujeres con vestidos negros de cuello blanco. Sus cabellos eran canosos y tenían caras similares. Se llamaban Midoriko y Momoko según la etiqueta que llevaban pegada en el pecho. Cuando me preguntaron por mi nombre, respondí «Kunembo», y la maestra Midoriko escribió en algunos papeles. La maestra Momoko me instó a tomar asiento.

Sekiseki vino del mar. Sacudió el cuerpo para drenar el agua antes de entrar a la escuela. Miré atrás. Se deslizó desde la parte superior de la pared hasta la placa de hierro que pasaba diagonalmente al suelo. Me quedé sorprendida. Se acercó con un ruido fuerte. El olor de la marea aumentaba.

—Vine cuando esto era una piscina, pero es la primera vez que entro aquí. Ahora es una escuela.

Me sorprendió y me endurecí. Solo negué con la cabeza como un akabeko. Akabeko es un juguete de papel en forma de una vaca roja y solo su cabeza se tambalea.

—Sekiseki, toma asiento. Kunembo, ¡mira al frente!

Sekiseki se sentó a mi lado. No necesitaba una silla.

—Un nombre encantador: Kunembo. Quiere decir «mandarina fragante».

Sekiseki intentó bajar su voz, pero le resultó que imposible.

—Gracias.

Agaché la cabeza tímidamente. La maestra Momoko se paró frente a la mesa y nos llamó «nuevos estudiantes».

—Bienvenidos.

La escuela daba clase tres días a la semana solo por la mañana, pero pronto me acostumbré. Hasta ahora estudiaba en casa y al principio le tenía miedo a Sekiseki, pero pronto nos hicimos amigos. Hablábamos de varias cosas durante el recreo.

En un día lluvioso, un mes después de que comenzaran las clases, un niño extraño gritó desde lo alto de la pared del aula.

—Me dijeron que hay una escuela aquí . . . ¿Puedo entrar?

Sekiseki y yo miramos atrás. La maestra Midoriko dijo: «¡Baja!». El niño usó la escalera de acero inoxidable. Tenía piel color chocolate, camiseta roja descolorida, pantalón hasta la rodilla y anteojos de sol que cubrían la mitad superior del rostro. Cuando pasó, mi mirada se cruzó con la suya por un momento. La maestra Midoriko nos dijo que trabajáramos solos y se fue para hablar con la maestra Momoko.

Entonces Surinosuke se unió al aula. La maestra Midoriko se encargó de todas las presentaciones.

—Tus compañeros de clase: Kunembo y Sekiseki.

—Me llamo Surinosuke Gondo. La luz del día para mí es tan brillante, así que disculpen mis lentes oscuros.

—Por favor, ¡acostúmbrate a un lobo marino!

Sekiseki y Surinosuke se rieron.

Surinosuke se sentó a mi lado, donde antes estaba Sekiseki. Sekiseke estaba detrás de Surinosuke. Surinosuke se dio la vuelta y le dijo a Sekiseki.

—Te he visto en el mar. Mi papá me dijo que haces un trabajo importante, así que me pidió que no te entorpeciera ni te hiciera daño.

—Gracias por su cooperación, ciudadano.

—¿Por qué dices eso?

—Es una frase fija— dijo Sekiseki. Quizás esta también fuera una frase fija. Debía ser una de las palabras registradas de antemano en el dispositivo de vocalización del hipocampo inteligente.

—¿También estudias en la escuela terrestre? —preguntó Surinosuke.

—No es ninguna sorpresa. Hay mucho que aprender. ¿Verdad, Kunembo?

—Mi papá me dijo que fuera, pero me alegro de saber cómo te llamas. La próxima vez que te vea en el mar, sabré cómo llamarte.

—¿Has terminado la charla, Surinosuke? Entonces, continuamos con la clase.

La maestra Midoriko indicó que del libro de texto Ise Monogatari, estudiabamos “Akutagawa”. Mientras la maestra Midoriko lo leía en voz alta, seguimos el texto en nuestra propia tableta.

En el período Heian, el aristócrata Ariwara no Narihira se enamoró de Takaiko, una mujer noble. Sin embargo, sus hermanos se oponían a él. Los amantes se fugaron juntos. Takaiko vio el rocío en una hoja de la hierba. Como no conocía el mundo, preguntó ingenuamente si era una perla. Los dos tuvieron que pasar la noche en un edificio antiguo. Narihira vigilaba la puerta, pero Takaiko había desaparecido en la mañana. Fue devorada por un demonio durante la noche.

Cuando me preguntó: «¿qué es eso? ¿Es acaso una perla?», le respondí: «Es rocío». Ojalá hubiera muerto como el rocío que desapareciera.

¡Un demonio! Qué miedo. Hace miles de años existían animales salvajes peligrosos en Japón. Debían haber desaparecido como los lobos.

—Dice un demonio, pero en realidad, los hermanos de Takaiko fueron tras ellos y entraron por la puerta trasera para traer a su hermana de regreso.

La maestra Midoriko dijo:

—Me alegro que el demonio no se comiera a ninguna muchacha— dijo Surinosuke.

Asentí. Ser secuestrada por hermanos sería menos horrible que ser devorada por un demonio.

—Narihira no podía rendirse, a menos que pensara que a su amada se había comido un demonio— dijo Sekiseki.

Pensé que habló como una persona experimentada. Surinosuke miró a Sekiseki con admiración.

Durante el recreo, después de comer ostras congeladas, Sekiseki puso un grano pequeño en mi palo y dijo:

—Te daré esto.

—¿Qué es eso? ¿Es acaso una perla? —dije como si fuera la doncella Takaiko del cuento. Cuando la miré de cerca, realmente era una perla, distorsionada, del tamaño de una soja. Apenas logré decir: «Gracias. La valoraré mucho» y la guardé en el bolsillo de mi falda.

Fue la última vez que vi a Sekiseki y a Surinosuke, porque dejé de ir a la escuela.

Mi trabajo era tan secreto que no podía decirles a mis amigos. Sekiseki me entendería.

Los animales inteligentes fueron creados para realizar trabajos peligrosos para los humanos. Soy una chimpancé creada por una familia humana. Puedo ejercer una fuerza tremenda si lo necesito, pero aún no lo he hecho.

Dado que la producción de inteligencia animal viola los derechos de los animales y la inteligencia artificial se ha desarrollado hasta el punto de que funciona mejor que el cerebro natural, ya no volverán a producirnos. El proyecto de inteligencia animal terminará con el retiro y muerte de los animales inteligentes existentes.

Una vez alguien me dijo:

—Sufres más que la perra Laika, que fue lanzada al espacio sin saber por qué.

Dado que la inteligencia y el conocimiento amplían la gama de emociones, pensaba que mi infelicidad era más fuerte que la de la perra soviética. Fingí que no lo oí, pero me daría más miedo volar muy lejos sin comprender de qué trataba mi trabajo.

La abuela hizo un colgante de resina en forma de gota, encerrando la perla que me había dado Sekiseki.

Puedo llevar pocos artículos personales a la nave a Marte, pero como el peso total del nailon y la resina es menos cinco gramos, puedo subir a bordo con el colgante puesto.

Si termino mi trabajo en Marte y regreso a la Tierra, probablemente aterrizaré en el Océano Pacífico. Estaría muy feliz si Sekiseki me encuentra. Si Surinosuke está en el barco que me recoge, sería una pequeña reunión de clase.

 

© All rights reserved Umiyuri Katsuyama

© All rights reserved for the translation Toshiya Kamei

Umiyuri Katsuyama es una escritora japonesa nacida en Iwata. Hizo su debut literario en 2008 con la colección de cuentos Ryuganseki to tadanaranu musume. Recibió el Premio Japan Fantasy Novel por Sazanami no kuni en 2011. Su libro más reciente es la novela Chuushi, ayashii nabe to tabi wo suru (2018). Su cuento “Arewa shinju to iumono kashira” fue ganador del concurso Kaguya SF organizado por Virtual Gorilla Plus.

LA GUERRA EN CASA

Lewis Shiner

 

Éramos diez en la parte trasera de un Huey, con los traseros tensos como puños, las raciones C convertidas en granizado en nuestros estómagos. Los trazadores flotan hacia nosotros, hinchados, chisporroteando con luz naranja, como un petardo fallido tras otro. Delante de nosotros, los helicópteros artillados machacan la Zona de Aterrizaje Dog con todo lo que tienen, ametralladoras flexibles, cohetes y calibres .50, mientras la artillería silba por encima y los A1-E de la Fuerza Aérea ametrallan el claro hasta hacerlo astillas.

Nos mantenemos suspendidos sobre la LZ en el repentino amanecer fosfórico de una bengala, gritando:

—¡Aterriza, hijo de puta, aterriza! —mientras los trazadores se acercan, el fuselaje del helicóptero tintinea como un reloj cuando las balas del tamaño de un pulgar lo atraviesan, desgarrando el acero como si fuera papel, salpicando los sesos de alguien contra el mamparo trasero.

Luego cayendo en la hierba hasta las rodillas, el aire zumbando con balas y apestando a cieno de pantano y gasolina y excremento humano y sangre. Girando sin control, mi dedo presionando el gatillo del M-16, sin importarme ya adónde van las balas.

Y despertando en mi propia cama, Clare a mi lado, sacudiéndome, siseando.

—Despierta, despierta, por el amor de Dios.

Me incorporé, con el sabor aún en los pulmones, las manos temblando con un frenesí berserker.

—Estoy bien —dije—. Una pesadilla. Estaba de nuevo en Nam.

—¿Qué?

—Un flashback —dije—. La guerra.

—¿De qué estás hablando? Tú no estuviste en la guerra.

Miré mis manos y recordé. Era cierto. Nunca había estado en el Ejército, nunca había pisado Vietnam.

Tres meses antes habíamos filmado una serie de Eyewitness News sobre refugiados vietnamitas. Se llamaba Nguyen Ky Duk, ex coronel del ARVN, ahora cocinero en Jack in the Box.

—Ustedes mataron a mi país —dijo—. Todos ustedes. Estadounidenses, franceses, japoneses. Como matarían a un perro porque creen que podría tener, ya sabe, rabia. Simplemente lo matan y lo tiran a una zanja. Era algo vivo y ahora está muerto.

La tarde de la masacre recibimos imágenes en bruto por el cable. Una docena de nosotros nos amontonamos frente al monitor y observamos las ventanas destrozadas del Safeway, los montones de casquillos, las manchas de sangre, los charcos de comida coagulándose.

—¿Qué fue lo que dijo?

—Algo sobre “gooks”. “Todos ustedes son malditos gooks, igual que los otros, y ahora también los mataré”, algo así.

—Pero él no estuvo en Nam. Hablaron con su esposa.

—Entonces, ¿por qué lo hizo?

—Era un fanático de las armas. Cosas del mercado negro, como ese M-16 que tenía. Ropa de camuflaje, todo el paquete. Un loco.

Caminé por el pasillo, pasando junto a los helechos en macetas y el bambú, y compré una Coca-Cola en la máquina. Todavía podía recordar el sueño, la sensación del M-16 en mi mano. La rabia. El miedo.

—¿Te gusta? —preguntó Clare. Giró lentamente, los pliegues sueltos de su pijama de algodón negro ondeando, el rostro oculto por el sombrero cónico de paja.

—No —dije—. No lo sé. Me hace sentir raro.

—Es moda. Se supone que la moda te haga sentir raro.

Salí por la puerta corrediza de vidrio hacia el patio trasero. El césped había crecido más de treinta centímetros sin que me diera cuenta, y plantas extrañas habían brotado entre las flores, asfixiándolas con frondas afiladas y anchas hojas verdes.

—¿Fuiste?

—No —dije—. Yo era I-Y. Bajo de peso, si puedes creerlo. De hecho, estaba volviendo a perder peso, mis músculos volviéndose fibrosos bajo una piel cetrina.

—Yo tampoco. Mi padre consiguió que un psiquiatra me escribiera una carta. Fui a las marchas, Washington y todo eso. Pero ¿sabes una cosa? Me siento raro por no haber ido. Algo culpable, de alguna manera. Aunque nunca debimos haber estado allí, aunque estuviéramos quemando aldeas y matando a nuestros propios hombres. Siento como si… no lo sé. Como si me hubiera perdido algo. Algo importante.

—Tal vez no —dije. A través del vidrio agrietado podía ver cómo el atardecer espesaba los árboles.

—¿Qué quieres decir?

Me encogí de hombros. Ni yo mismo estaba seguro.

—Tal vez no sea demasiado tarde —dije.

Camino por las calles embrujadas de mi ciudad, sofocándome en el calor de enero. La jungla se arquea sobre mí; voces infantiles en la distancia parlotean en su extraño pidgin vietnamita. La estación de televisión es una ruina que se desmorona y ninguno de nosotros se siente ya cómodo allí. Ahora trabajamos en una choza con techo de paja con una máquina mimeógrafo.

El aire es húmedo, fragante de anticipación. Pronto llegarán los aviones y todo comenzará de verdad.

Lewis Shiner nació el 30 de diciembre de 1950 en Eugene, Oregón, Estados Unidos. Residió durante algún tiempo en Texas para luego radicarse en Carolina del Norte. Comenzó su carrera en el campo de la ciencia ficción y luego se identificó con el movimiento ciberpunk. Posteriormente escribió novelas más convencionales, aunque a menudo incursionando en el realismo mágico con elementos fantásticos. Entre sus obras se pueden citar Ciudades desiertas del corazón (1988), Slam (1990) Los límites de las cosas (1991), Vistazos (1993), Di adiós (1999), Blanco y negro (2008), Dark Tangos (2011) Y Más allá de las puertas del Edén (2019).

 

NOTICIAS DE LA SAGRADA CIUDAD DE ELELÍN

Daniel Frini

Uno

 

A la sombra de un árbol al que los nativos llaman úten, tan parecido al algarrobo que crece en los valles cercanos al mar Mediterráneo, está tendido el cordobés Francisco de César, capitán del reino de España por voluntad de Carlos Habsburgo. Intenta reponerse de las fiebres que dejan las aguas de esta tierra extraña, mezcla de selva y desierto, imaginada por el diablo, y que tantos y tan buenos soldados se ha llevado.

Apenas hace algo más de un año llegaron a esta parte del mundo que Martinus Hylacomilus ha llamado América, con la expedición de Sebastiano Caboto y construyeron, bajo su mando, el fuerte de Sancti Spiritu, en el lugar donde el río que el capitán general ha llamado Caracará desemboca en aquel otro que los nativos llaman Paraná.

Cinco meses atrás, Francisco partió en expedición y ahora está de regreso con menos de la mitad de los hombres que lo acompañaron. Lo reciben los dos torreones y las casas en ruinas, los almacenes saqueados y quemados, la empalizada caída y los bergantines desfondados y hundidos a medias, a poca distancia de las barrancas que zozobran en el río barroso. De los habitantes de la novísima colonia española han quedado sólo unas pobres osamentas, apenas cubiertas con restos de ropa podridos. Imposible saber de quiénes se trata. No hay noticias de los indios yañás, que tanto ayudaron al nuevo poblado hasta hace unos meses.

En la ensoñación que deja el calor y la enfermedad, el capitán recuerda.

 

 

Dos

 

Son machaconas las noticias que han llegado hasta los españoles acerca de una fabulosa ciudad, toda de oro, plata y piedras preciosas, que está hacia el poniente. Desde las historias del grumete Francisco Fernández, que vivió con los charrúas después que estos matasen al almirante Juan Díaz, hace unos diez años, hasta los muy variados relatos de las muchas naciones indias – yaros, corondas, bartenes, mbeguás, timbúes– con las que se ha tenido contacto. Todos hablan de un rey blanco, de una sierra de plata, de mujeres cautivas, de las grandes riquezas que poseen los habitantes de ese país legendario, y de la excelencia de las tierras regidas por esta ciudad, capaces de cinco cosechas por año y de alimentar rebaños de ganado que se pierden en el horizonte. Ni Caboto ni César son tontos. Saben de ciudades legendarias y de nativos mentirosos; pero también saben del Cusco de Pizarro o el Tenochtitlán de Cortés, y se desvelan con conquistar su propio imperio en las Américas.

El capitán general le encomienda encontrar la ciudad mítica para gloria de Nuestro Señor Jesucristo y del rey Don Carlos Primero de España.

Francisco de César reúne catorce hombres debidamente pertrechados y montados, dos guías indios para que oficien de lenguaraces, cinco arcabuces, dos pasavolantes y una lombarda; medio quintal de pólvora, diez cahíces de trigo, un quintal de bizcochos y una buena provisión de vino y tasajo.

Suben por el Caracará, en jornadas agobiantes, hasta donde éste nace, en la unión de los ríos que les dicen son el Chocancharaua y el Ctalamochita, y guiados por los habitantes de esos parajes, continúan bordeando este último. Algunos nativos les dicen que la ciudad está al norte, otros le señalan el sur. Malogran días y provisiones en enredos inconducentes, pero siempre vuelven al cauce que los salva de perderse de manera definitiva.

El río los lleva hasta las montañas, después de haber recorrido más de doscientas leguas en idas y vueltas por ese laberinto sin paredes, casi tanto como ir desde la bella Lisboa hasta Barcelona. Atraviesan bañados y llanuras calcinadas, soportan lluvias bíblicas, soles a pique y vientos de arena pura que desafilan espadas, hasta que, al cruzar una cañada estrecha se ven rodeados por infieles con aspecto feroz, que los desafían al grito de «¡Kom-chingôn!», que el lenguaraz traduce como «¡muerte a los invasores!». Francisco sabe que puede acabar con ellos en un instante, pero que eso no serviría de nada a su empresa. Decide, pues, capitular. Desmonta de su caballo, arroja sus armas y con las manos en alto se arrodilla delante de ellos. Da resultado. Después, los indios le dirán que se llaman henîa, que viven en cavernas; y le hablarán del cerro Cha-ampa-ki, el más alto, aquel que tiene agua-en-la-cabeza, y desde cuya cumbre puede verse, hacia donde se pone el sol, la ciudad buscada, en la que gobierna el rey blanco Lin-Lin.

En la mañana, los españoles empiezan la caminata hacia la montaña que está, casi azul, a lo lejos. Les lleva cinco días llegar a su pie y tres más ascenderla, atravesando un manto de nubes que, muy pronto, queda debajo de ellos. Encuentran, arriba, la laguna anunciada, pero las nubes no dejan ver el inmenso valle del otro lado, al pie del cerro. Deben hacer noche en la cima.

El día siguiente, Viernes Santo, sin una nube en el cielo, el sol sale a sus espaldas. A esa primera hora, el valle anhelado está todavía a oscuras en la sombra de la sierra; y los españoles esperan con ansias que se ilumine de a poco. Luego, los primeros rayos que sortean la montaña alumbran la maravilla.

 

Tres

 

A lo lejos, brillan las cúpulas de las torres y los techos de las casas, todos de oro y plata. Divisan edificios suntuosos de piedra labrada y templos magníficos. Ven calles brillantes, un inmenso rodeo de ganado que incluye altas ovejas del Perú; y sembradíos que parecen de cebada, centeno y trigo; que se pierden más allá del horizonte, hasta donde no podría llegar un hombre a caballo en varias jornadas. Contemplan las altas murallas y los profundos fosos, los revellines amurallados, las avanzadas fortificadas que protegen el único camino de acceso y el puente levadizo que precede a la entrada, por la que bien pudiera pasar una carabela con todo su velamen desplegado. Nada que hubieran visto antes iguala la opulencia y majestuosidad que se les presenta, que empequeñece cualquier prodigio inca, cualquier maravilla azteca.

Antes de bajar el cerro y emprender el camino a la ciudad, se saben ricos y llenos de gloria, honra y nombradía.

Les lleva otros cinco días acercarse a las murallas.

En el camino, se encuentran con habitantes de la comarca, y pasan entre ellos como si no fuesen vistos. Todos tienen una belleza serena; y los hombres son barbados. Nadie puede distinguir su idioma, ni aún los indios que acompañan a los españoles. Ven ollas, cuchillos y hasta rejas de arado de oro. De oro son, también, los asientos en los que las bellísimas mujeres tejen espléndidas ropas de lana, más fina que la mismísima seda de Sipán. Todos visten faldellines y camisetas, y cubren sus hombros con una manta. Están engalanados con plumas de hermosos colores y colgantes y pulseras de metales preciosos con insertos de turmalinas, zafiros, rubíes, lapislázuli, ágatas y turquesas. Cada uno de ellos parece un rey.

Los españoles no ven armas de mayor tamaño que un puñal y saborean, entonces, la riqueza fácil. Más por curiosidad que por codicia, levantan del suelo dos o tres piedras de oro, del tamaño de una nuez y alguna verde como esmeralda.

Deciden acampar esa noche y atravesar la inmensa puerta, con gran pompa, en las primeras horas del otro día. Satisfechos y sabiéndose seguros, se quedan dormidos. El profundo sueño no respeta ni los turnos de vela.

 

 

Cuatro

 

El capitán Francisco de César recuerda muy bien todos y cada uno de los detalles del sueño. Recuerda la visión de la última llama del fuego que los calentó esa noche antes de cerrar los ojos. Recuerda, con sorpresa, la suavidad del recado que le sirvió de almohada, y el hombre que le habló, y cuyas palabras entendió, aunque no las conociera.

Era muy, muy viejo y casi transparente. Le dijo: «Te fue dado, Francisco, conocer la maravilla; pero no te es permitido pisar sus calles. La ciudad será siempre invisible para los que no la habitan y puede que los hombres la atraviesen sin darse cuenta. En ella no hay enfermedad ni dolor; no existen pesares ni tristezas. Hoy la ciudad será una, mañana otra, y serán dos, y serán tres; pero tu gente, los que te seguirán y los que vendrán después de tu gente no podrán, siquiera, imaginarla. La ciudad irá al sur, al norte, a los confines donde mora el sol o se quedará en este valle; siempre protegiendo a los suyos de la malicia, el terror, la codicia y la muerte. No volverás a soñarla».

 

Cinco

 

Alto el sol, y como saliendo de una resaca, los españoles abren los ojos y ya no hay nada. Ni torres, ni edificios, ni templos, ni foso, ni muralla, ni ganado, ni campos labrados. No hay gentes, ni oro, ni plata.

Desconcertados, caminan diez y veinte veces por donde debieran estar las calles con adoquines dorados y donde ayer estaban trabajando las hermosas mujeres. Solo encuentran pequeños montes aislados de talas, molles y espinillos. No pueden creerlo y demoran el retorno esperando que la ciudad vuelva. Saben a ciencia cierta que estuvo allí, porque lo atestiguan los guijarros de oro y las esmeraldas que levantaran del riquísimo suelo, que ahora les ofrece sólo piedras de granito y caliza. Ya no hay riqueza ni gloria para ninguno de ellos.

Desalentados, tres días más tarde emprenden el regreso a Sancti Spiritu.

 

Seis

 

El capitán Francisco de César está tendido bajo un úten, intentando reponerse de las fiebres que dejan las aguas de esta tierra extraña. Apenas pueda, él y los seis hombres que volvieron, irán camino al Perú y contarán la historia de la fantástica ciudad.

Vendrán miles a buscarla, desde el Cusco al estrecho que Magallanes atravesó hace pocos años, y desde el mar Atlántico hasta la Capitanía de Chile, pero la ciudad ya no estará; y los buscadores volverán a sus tierras; derrotados, los de mayor ventura; los de menor, quedarán, para siempre, en los valles y ríos innombrados.

El capitán, aunque no sepa cómo lo sabe, morirá en esta tierra a la orilla izquierda del río Cauca, cerca de la mar Caribe. No le importa. Es más, lo anhela; porque él sí la vio y tiene el secreto deseo de morir, y que le permitan, por fin, entrar a la muy querida ciudad de Elelín.

Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

viernes, 10 de abril de 2026

MUFARO

Meghashri Dalvi

 

Mufaro se agachó, encorvado, con el sudor goteándole en los ojos. El sol implacable lo aplastaba contra la tierra ardiente. El polvo le llenaba la nariz y la garganta, haciéndolo toser. Le lagrimeaban los ojos mientras miraba a su alrededor. Solo veía el suelo resquebrajado y arbustos espinosos, sin vida. El cielo brillaba rojo, pesado y cruel. A lo lejos, un muro de polvo se alzaba cada vez más alto. Ya había visto tormentas así antes. Eran despiadadas.

Un matorral espeso, que proyectaba una sombra escasa, salvaba a Mufaro del calor y del polvo. En 2150, una sombra así era un lujo. Para niños como Mufaro, cada día era una batalla contra el calor, la sed y el hambre. Recordaba las historias de su abuela sobre cómo, alguna vez, los ríos habían fluido allí, y cómo los bosques verdes ofrecían sombra. Hablaba de peces en los arroyos, de niños chapoteando en agua clara, y de huertos cargados de fruta. Ahora, la lluvia vivía solo en los sueños.

En otras partes del mundo, los desastres asolaban a la gente: tormentas, inundaciones, olas de calor, ciclones. La tierra de Mufaro no había recibido tal violencia, solo esta sequía interminable.

La vida en las ciudades era mejor. Dentro de grandes villas, los poderosos y ricos vivían detrás de muros de aire fresco, con agua que llegaba por tuberías hasta sus cocinas, con comida que olía a especias y mantequilla. Mufaro había visto sus luces brillar en la noche, brillantes como estrellas caídas. Su gente los maldecía y, sin embargo, trabajaba para ellos, haciendo lo necesario para sobrevivir.

Su rutina era simple. Cuando el calor se volvía insoportable, se arrastraba dentro de su choza. Al amanecer, él y su madre caminaban kilómetros para buscar agua en un pozo, a menudo luchando contra vecinos más fuertes. Cada botella era preciosa, cada gota protegida como un tesoro. Y aun así, pese a las dificultades, Mufaro tenía esperanza, porque había descubierto una nueva forma de ganar dinero.

Mufaro se sentó tenso, con los ojos fijos en el parche de tierra desnuda frente a él. Había aprendido a leer sus señales. Primero el leve resplandor, luego la vibración, y después el cuadrado aparecía, delineado en luz plateada. Esperó, inmóvil. Por fin, una malla de brillo se extendió sobre él con un zumbido bajo. De ese cuadrado resplandeciente cayó una criatura blanca como la nieve.

Saltó como un guepardo, la atrapó y la apretó contra su pecho. Una leve descarga recorrió su piel, un cosquilleo suave. Pero no le preocupaba. Las últimas veinticinco veces había sentido lo mismo.

La criatura se retorcía en sus manos, su pelaje suave y fresco. Mufaro le susurró para calmarla y le acarició la cabeza. De ella emanaba una fragancia de hojas húmedas y tierra fresca, recordándole la lluvia, tan rara.

Los ancianos decían que criaturas así alguna vez habían vagado por todas partes. Como tantos otros animales. Pero, de forma misteriosa, estas criaturas habían empezado a aparecer en esas trampas brillantes. Surgían, titilaban y desaparecían de nuevo. A menos que él fuera lo bastante rápido como para atraparlas y no revelar a otros de dónde venían.

Las más suaves y blancas alcanzaban el precio más alto. Pero también ganaba suficiente con las rayadas o las marrones. Los ricos de la ciudad las codiciaban como mascotas exóticas: dóciles, elegantes, contentas de acurrucarse en los sofás. Afumba-sahib, el comerciante, le pagaba bien por cada una. Y si alguna vez aparecía una criatura blanca como la nieve, Mufaro debía llevarla de inmediato.

Mufaro miró a la criatura a los ojos. Por un momento imaginó llevársela a casa, dejarla dormir a su lado sobre la estera rota, escuchar su suave maullido romper el silencio cuando su madre trabajaba largas horas. Sería como una hermana, pensó. Alguien a quien cuidar, alguien que correspondiera con el suave roce de un pelaje aterciopelado.

Pero entonces pensó en el rostro cansado de su madre, en el techo ardiente que necesitaba reparaciones, en el hambre constante. Con el dinero que esa criatura le daría, podría comprar ropa nueva, no solo descartes del mercado. Podría arreglar el techo, pagar deudas, quizás incluso ahorrar un poco. Necesitaba ganar dinero mientras duraran los cuadrados resplandecientes, ya que podrían desaparecer tan repentinamente como habían aparecido.

Mufaro se quedó de pie, dividido entre el hambre y la esperanza, con la hermosa criatura blanca apretada contra su pecho.

 

Lejos en el tiempo, cien años antes, el profesor Sarvanathan estaba frente a la cámara brillante en un laboratorio de Mysore. Se presionó las sienes con los dedos, tratando de disipar el dolor sordo que ya formaba parte de él.

—¿Otra vez vacío? —preguntó, sin molestarse siquiera en mirar.

—Sí, señor —respondió Ram en voz baja—. No hay nada en la cámara.

El profesor frunció el ceño. Aquello se había convertido en el mayor problema de su carrera. Las leyes de la física, los hilos de la mecánica cuántica, todos los demás resultados coincidían perfectamente, excepto los gatos.

—No lo entiendo —murmuró, caminando de un lado a otro. Sus zapatos duros resonaban con firmeza sobre el suelo del laboratorio.

Al fondo, la cámara de la máquina del tiempo brillaba, con cables que se extendían en todas direcciones. Había sido construida para unir el hoy y el mañana, para saltar cien años en un instante.

Sarvanathan se detuvo.

—Mira, Ram, ¿qué es exactamente lo que estamos haciendo? Enviamos una criatura a la vez a través de esta máquina, hacia el futuro. ¿Correcto?

—Sí, señor —respondió Ram, revisando su portátil—. Hasta ahora catorce ratones, ocho cobayas, diez perros. Todos regresaron perfectamente.

—Exactamente. Incluso los dos chimpancés grandes volvieron sanos y salvos. —Se detuvo, bajando la voz—. Pero los gatos…

Ram asintió con desgana.

—Señor, ya van veinticinco gatos. Veinticinco veces abrimos la cámara, y veinticinco veces estaba vacía. Siempre la programamos a cien años. Así que van a 2150. Tal vez… tal vez el clima allí no les conviene.

—Hmm. Ram, ¿cuánto tiempo permanecieron los gatos en ese futuro? Solo un minuto. Si todos los demás animales lo lograron, ¿por qué no los gatos? Tenemos que mirar más allá del clima. Algo pequeño pero importante se nos está escapando. Piensa en los ratones. Los sedamos antes de enviarlos. Se quedan quietos, no se mueven. Los gatos son distintos. Incluso sin sedación permanecen quietos, apenas se mueven. Y la cámara tiene su campo eléctrico. Nada puede salir de ella.

—Es cierto —admitió Ram.

El profesor suspiró.

—Recuerda, cuando diseñamos la máquina, estaba pensada para permitir que seres vivos cruzaran a otro tiempo. La teoría cuántica, las armonías gravitacionales, todas las ecuaciones complejas fueron verificadas cien veces. Pero tal vez la experiencia en sí es distinta para cada especie. Los gatos podrían tener alguna estructura física o mental que los haga demasiado sensibles. Quizá por eso no pueden regresar. Pero si no regresan, ¿cómo podemos saberlo?

Se aferró a la lógica que le había ganado respeto entre los científicos.

—Si tan solo pudiéramos recuperar uno, podríamos averiguar qué ocurre. ¡En cambio, simplemente desaparecen! —Sarvanathan se quitó las gafas y volvió a caminar.

Ram frunció el ceño.

—Extraño, sin duda, señor.

—¿Qué tienen de especial los gatos? Hemos probado con los del laboratorio, con gatos prestados del laboratorio de Chennai, incluso con gatos callejeros. Siempre el mismo resultado. ¡La cámara permanece vacía! Las ecuaciones no dan ninguna pista. La física cuántica es misteriosa, más allá de la comprensión humana total. Pero debemos descubrirlo.

Levantó la cabeza. Las luces brillantes del laboratorio hacían que la cámara pareciera inquietante, como si guardara secretos demasiado profundos para nombrarlos.

—¿Comenzamos la siguiente prueba, señor? —preguntó Ram.

—Espera. Revisemos los registros una vez más.

Ram le mostró las notas.

—Hm. Los pesos varían, por supuesto —murmuró el profesor—. Y también sus edades. Entre tres y siete años.

—¿Eso importa, señor?

—No debería. Pero quién sabe. También probamos con persas, siameses, un Bombay, incluso uno birmano. Si hemos pasado por alto alguna raza, tendremos que conseguirla ahora.

La decepción oscureció el rostro del profesor. Los gatos desaparecidos se burlaban de su sueño de demostrar que el viaje en el tiempo era real. Empujar el conocimiento humano más allá de sus límites: quería hacer historia. Con el mundo temiendo una catástrofe climática, ¿quién apoyaría pruebas de viaje temporal si los gatos seguían desapareciendo?

—Quizá. Quién sabe. Sin suficientes datos, no podemos sacar conclusiones. Tal vez necesitemos dos mil, incluso tres mil gatos antes de que el patrón se revele. Hasta entonces no podemos publicar, no podemos obtener financiación, no podemos probar con humanos. El trabajo terminará aquí.

Forzó su voz a recuperar su tono habitual.

—Así que, Ram, revisa los registros otra vez. Si el color es un factor, anótalo. La mitad de los gatos eran blancos, pero también tuvimos marrones y negros. No debería importar, pero no podemos ignorar nada.

—Sí, señor. Pero aún nos queda uno. El vigésimo sexto gato. ¿La usamos?

—Muy bien. Regístralo.

Ram escribió.

—Hembra, persa. Edad: tres años. Color: blanco nieve. Peso registrado.

Sarvanathan apoyó la mano en la puerta de la cámara. ¿Regresará esta? La pregunta resonaba en su mente.

 

En un mundo, un niño buscaba sobrevivir. En el otro, un hombre buscaba la verdad. Ninguno sabía que sus respuestas se encontraban a través de la misma fractura en el tiempo. El profesor Sarvanathan miraba el vacío: otra vez, el gato había desaparecido. Mufaro caminaba hacia la ciudad, con un gato persa blanco en sus brazos.

La doctora Meghashri Dalvi nació en Mumbai, Maharashtra, India. Es asesora en comunicación estratégica y de marketing cuando no escribe ciencia ficción ni imparte clases de gestión. Ha publicado más de 150 relatos de ciencia ficción en maratí y más de 40 en inglés. Sus relatos en inglés han aparecido en numerosas publicaciones y revistas web. Sus relatos forman parte de las antologías Written Tales y The Writer's Notebook. También se han publicado dos recopilaciones de sus relatos.

 

LA HIJA QUE SANGRA