domingo, 29 de marzo de 2026

LA COLECCIONISTA

Tanya Tynjälä

 

Julián se dirigía presuroso a su cita. Hacía ya dos meses que conoció a la mujer más hermosa del mundo. Todos sus amigos envidiarían su suerte, sino fuera por el detalle de no poder contarle a nadie sobre la relación. Esa era una de las tantas condiciones que Diana le pondría. Otra era negarse a pasar la noche con él. Nunca le explicó por qué, pero todo hacía suponer fuertes convicciones religiosas. Así pues, todavía no disfrutaba de relaciones íntimas con la joven. Pero eso poco le importaba. Ella era tan bella que solo al mirarla se sentía satisfecho y, por otro lado, congeniaban a la perfección, les gustaba la misma música, los mismos escritores, las mismas películas. Eso justamente había hecho que en los últimos tiempos se cuestionara la relación. ¿No sería mejor estar con alguien que ofreciera algo de desafío? ¿Cuánto tiempo más sobreviviría una relación tan “perfecta”? Es que a veces es tan aburrido estar de acuerdo en absolutamente todo... No es que deseara una relación tormentosa, las había tenido en el pasado y sabía que eran destructivas a final de cuentas. Disfrutaba de la paz que sentía con Diana pero. de cuando en cuando, una pequeña escenilla de celos, solo para sazonar un poco la relación no hubiera venido del todo mal.

Como si intuyera lo que pensaba, Diana decidió de un día para otro acceder a pasar un fin de semana completo con él. Ante la propuesta, Julián decidió dejar sus dudas para más tarde. Misteriosa como siempre, ella le pidió que la recogiera en una cafetería en plena carretera. De allí irían a un lugar que ella conocía bien y que, de seguro, a él le encantaría.

Desde que la conoció, Diana se mostró más que misteriosa, secreta sería la palabra correcta. Ni siquiera sabía a ciencia cierta en qué trabajaba. Ella le había dicho que era coleccionista profesional y que el carácter de su actividad le exigía la más absoluta discreción. Descartando que una mujer tan dulce e inteligente pudiera estar involucrada en un negocio ilícito, Julián llegó a la conclusión de que Diana compraba en subastas piezas de índole diverso para millonarios que no querían ser identificados. Y esa explicación lo dejó satisfecho. ¿Porqué darle más vueltas al asunto?

Julián llegó media hora antes de la convenida al lugar de la cita. La cafetería estaba lógicamente ubicada cerca de una gasolinera. Ésta se encontraba más que destartalada. La atendían dos ancianos que Julián se preguntaba cómo podían seguir trabajando; lucían cansados, decrépitos.

Detuvo el auto y pidió que le llenaran el tanque. Uno de los ancianos lo miró divertido y empezó a reírse como loco. Meneando la cabeza, entró al desordenado cuarto que les servía de oficina. El otro se acercó lentamente.

—No le haga caso, a ése le falta un tornillo de tanto estar aquí.

—Bueno… fue un poco rudo, ¿no?

El anciano empezó a llenar el tanque sin decir nada. Parecía estar al acecho de algo, lanzaba disimuladas miradas a la cafetería, temeroso; a Julián le dio la impresión de que era alguien que está siendo vigilado.

—¿Llega mucha gente por aquí?

—Llegan los que tiene que llegar. Si no se tiene una cita, no vale la pena venir hasta aquí. Eso fue lo que me trajo y aquí me quedé.

A Julián le pareció más que extraña la coincidencia de que hablara de una cita. Pero no dijo nada, solo sonrió.

—¿Cuánto le debo? —preguntó cuando el anciano terminó su trabajo.

—Pagará luego, a la salida. Porque seguro entra a la cafetería, ¿no?

Julián no pudo más que sentirse incómodo con lo que decía el anciano. Primero la referencia a la cita, luego a la cafetería. Era como si supiera exactamente lo que iba a hacer. Podía ser solo una casualidad, al final de cuentas si el lugar del que le había hablado Diana quedaba cerca, seguro muchas parejas pasaban por la gasolinera antes de llegar a su destino. Por otro lado, el viaje desde la ciudad hasta ese lugar era largo, resultaba pues normal que, después de tanto viajar, uno decidiera tomarse un café en el único sitio disponible a la vista. Sin embargo, en el fondo Julián sentía cierto malestar que le indicaba que algo no estaba bien.

—Tome, aquí tengo apuntado cuánto debe. No se olvide de revisarlo antes de entrar, por favor. —dijo el anciano tomándole desesperadamente la mano y mirando hacia todos lados.

Julián retiró su mano nervioso. El otro anciano salió de la oficina.

—¡No olvide probar la tarta! —gritó entre risas. El que atendió a Julián miró a su compañero con ojos desorbitados, mientras le decía que no con la cabeza.

Julián a penas su pudo evitar correr hacia la cafetería. No quería pasar más tiempo con esos ancianos, evidentemente perturbados. Mientras se alejaba pudo escuchar que ambos discutían cuchicheando.

Ya dentro de la cafetería se sorprendió al ver que el lugar contrastaba con el estado de la gasolinera. Todo se encontraba inmaculadamente limpio y ordenado. Había algunos hombres allí, de diversas edades, todos como si fueran a pasar un fin de semana en el campo: maleta de mano, ropa cómoda. Al parecer el lugar del que hablaba Diana era muy popular. Se sentó a la barra.

—¿Qué le puedo servir? —La que atendía era una mujer de mediana edad, ni bonita ni fea, bastante amable y pulcra.

—Solo un café, por favor.

—¿Seguro no desea probar mi tarta de manzana? Lo hago yo misma todas las mañanas. Es muy popular.

—Eso parece, en la gasolinera me recomendaron probarlo.

—Así es, aquí a todos les gusta mi tarta.

—Pero no, gracias. No tengo mucha hambre, otro día será. Me quedaré por la zona durante el fin de semana.

La mujer le sirvió el café y se retiró con una sonrisa.

Julián miró su reloj. Todavía faltaban unos minutos para la hora convenida. Tomó un sorbo del café, que resultó bastante bueno y fresco. Miró a su alrededor. Remarcó que todos los clientes eran hombres. Le pareció curioso. De pronto remarcó no haber visto autos estacionados fuera y se preguntó si serían más bien locales. Pero todos llevaban un maletín de mano…

La mujer se le acercó con un pedazo de tarta.

—A cuenta de la casa. No me lo desaire, mire que le he servido muy poco, no se arrepentirá.

Julián pensó que seguro se trataba de esas mujeres que se sienten orgullosas de lo único que les sale bien e insisten en hacerlo probar a todos. Por cortesía tomó un bocado. La tarta se derretía en su boca, tenía justo el punto de azúcar perfecto. Se dice que aún el pueblito más insignificante esconde una joya escondida, el de éste era la tarta de la gasolinera.

—¡Está realmente delicioso!

—Se lo dije, hace olvidar las penas, ya verá.

Julián tomó otro bocado goloso. De pronto notó que no había nadie en la cocina.

—¿No tiene cocinero?

—No lo necesito, yo preparo todo por la mañana muy temprano, antes de abrir.

—Pues la felicito, el café está más que fresco, la tarta es un manjar…

—Muchas gracias —dijo ella volviendo a sonreír.

Siguió comiendo esa magnífica tarta. Miró su reloj, Diana llegaría en cualquier comento. Quiso pedir la cuenta, pero la mujer no estaba, seguro habría entrado a la cocina. Tomó su billetera y abrió el papel que le diera el anciano para ver cuánto tenía que pagar. No había ni una sola cifra en él, solo garrapateado con una letra nerviosa: “Salga de aquí, por lo que más quiera. Y no coma la tarta”.

Julián se paralizó. Miró a su alrededor. Todos hombres, todos con una maleta de mano, como quien va a un fin de semana, todos comiendo la misma tarta que él. Quiso prestar atención a las conversaciones, todos hablaban de la maravillosa mujer que habían conocido. Las descripciones variaban, para alguien era rubia, para otro morena, más allá alta y delgada, y para su vecino pequeña y regordeta, pero para todos era la mujer perfecta. Todos se encontraban allí esperándola, pues les había dado cita en ese remoto lugar.

Julián pensó en levantarse, pero ya era muy tarde. De pronto solo deseaba seguir allí, comiendo esa deliciosa tarta, además debía esperar a Diana, seguro que pronto llegaría.

La mujer se le volvió a acercar al ver su plato vacío.

—Aquí tiene otra tajada, seguro que la quiere, ¿no es cierto Julián?

Él la miró a los ojo y se encontró con la mirada de Diana.


Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

LA DONCELLA Y EL COCODRILO

Dean Francis Alfar

 

XII

Ella lo besó una última vez, sin notar cómo la aspereza de su piel comenzaba lentamente a transformarse en la suave carne perdida de su juventud, y él comprendió que era todo lo que podía hacer para no llorar.

Y ella se levantó sin decir palabra, sin suspiro ni jadeo, y avanzó entre las sombras que se espesaban, su corazón en la mano, dejándolo morir solo. Pensó, quizá con excesiva benevolencia, que era su manera de concederle un resto de dignidad, una dolorosa medida de bondad que, sin embargo, le abría una herida profunda allí donde su corazón había habitado.

Y por fin, cuando sintió que las últimas fuerzas lo abandonaban, cuando no quedaba en él ni escama ni hocico ni diente ni garra, sino solo el cuerpo moribundo de un hombre, suspiró.

Sus sombríos ojos humanos no derramaron lágrimas de cocodrilo, sino lágrimas tan secas como los ríos y tan apagadas como las estrellas.

 

XI

—Perdóname —susurró ella, mientras tomaba la lanza y le atravesaba el pecho.

Fue como si el primer golpe arrojara sus sentidos fuera de su cuerpo. No sintió dolor ante su ferocidad, solo el inconfundible malestar de una nostalgia equivocada.

Mil días falsos giraron ante él: cómo juntos nadaban en los ríos y perseguían aves acuáticas; cómo ella cabalgaba sobre su lomo mientras cazaban peces torpes; cómo ella le decía que lo amaba sin importar su apariencia, sin importar lo que fuera, que fingiría ser una diuata encantada sin esperanza por su voz cautivadora. Pero nada de eso había ocurrido, por supuesto.

Ella le arrancó el corazón, apagado y casi silencioso, y lo sostuvo junto a su oído. No parecía importarle estar cubierta con su sangre, ni haber añadido más a sus mejillas mientras escuchaba. Satisfecha, lo miró, mirándola él a su vez, indefenso al morir e indefenso en su amor.

—Tengo que irme.

 

X

Había sospechado, por supuesto, que algo así ocurriría. A lo largo de los años, muchos habían intentado ganar su corazón. Pero él siempre había salido victorioso de cada desafío, negando a todos los que buscaban las intimidades y misterios de su afecto. He crecido descuidado, se dijo. Me he enamorado, se dijo. Voy a morir, se dijo.

No podía moverse, por supuesto. Tal era el poder de la red fijada por la devoción. Había permitido creer en ella, y su creencia fortaleció la red, y la red lo retenía con tanta fuerza, con tanta seguridad, que ni siquiera podía hablar.

—Necesito tu corazón —le dijo la doncella.

Solo pudo observar cómo ella recogía una de las lanzas que adornaban su hogar, la misma con la que un cazador llamado Lan’sanud lo había herido. Le había llevado años recuperarse.

 

IX

Soñó el sueño de un reptil: tomar el sol junto a su amada, absorber el calor del día y nadar para siempre más allá de los límites del río, hacia el océano infinito.

Soñó el sueño de un hombre: negar a los dioses del río lo que les correspondía, contemplar con horror cómo sus manos se convertían en garras, y ser incapaz de derramar lágrimas verdaderas.

Cuando despertó, estaba enredado en una red que olía a aceite de coco, jengibre machacado y la acidez de una mujer.

 

VIII

—¿Dónde está tu corazón? —le preguntó ella, mientras acariciaba los duros contornos de su hocico reptiliano y lo miraba con inocencia—. Sé que no lo guardas en un árbol como Unggoy ni en un caparazón como Pagong —susurró en sus pequeños oídos—. ¿Dónde está?

Y con el arrullo incesante de la doncella, sus preguntas y caricias sumadas a los remolinos constantes del río, sintió que su determinación se debilitaba y le dijo dónde estaba.

—¿En tu pecho? ¿Como todos los demás? —se maravilló—. Nunca lo habría imaginado.

Él se acurrucó contra su suavidad y, encontrando consuelo en el calor de sus caricias y en la confianza que acababa de otorgarle, se durmió en su abrazo.

 

VII

Un día, ella le mostró una red que había traído consigo.

—Es para ayudarte a atrapar cosas —le dijo—. Me siento culpable de que tú proveas toda la comida cuando estoy contigo. Voy a intentar pescar algunos peces.

Él se mostró reacio, sintiendo que, como caballero y dueño de su dominio, era perfectamente capaz de proveer para ambos. Pero ella fue insistente.

—Al menos déjame intentarlo —le dijo, y él accedió.

Pero cuando la tarde pasó y la red seguía vacía pese a sus mejores esfuerzos, la arrojó sobre las rocas cercanas y aceptó con gusto algunas frutas que él le llevó tras golpear un árbol con la cola.

 

VI

—¿Te sientes solo? —le preguntó una vez.

Él le dijo que sí, a veces.

—¿Por qué? —preguntó ella, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Porque todos me temen, le respondió.

—Intentan matarte —continuó ella por él—. Con lanzas.

Sí, asintió, entristecido por sus lágrimas. Y le mostró su colección de lanzas con las que diversas personas habían intentado matarlo.

Ella rio y rio, y eso le hizo sentirse mejor por dentro.

 

V

Cuando comenzaron a hablar, lo hicieron de cosas sin importancia: el clima, la temperatura del río, el número de guijarros en su dominio. Él la encontró elocuente e ingeniosa, riendo de sus intentos de conversación aguda y sin aburrirse jamás.

Ella le dijo que era encantador y lo molestó suavemente por su carácter reservado.

—Eres hermoso —le dijo cuando finalmente tocó su piel, deslizando los dedos sobre su textura áspera.

Su corazón respondió al sentimiento y se lo dijo tal cual.

Se fueron sintiendo cómodos, como una vieja pareja, sin necesitar a veces la seguridad de las palabras para demostrar que compartían tiempo y espacio en un lugar donde el silencio los abrazaba.

 

IV

Fue un cortejo largo. Porque, pese a lo que todos dijeran o pensaran, él era terriblemente tímido y nunca fue de apresurar las cosas, al menos ya no.

Ella interpretó el papel de doncella recatada, fingiendo sorpresa ante su presencia, pero no ante su apariencia, y mostrando timidez en sus maneras.

Él fue acostumbrándose poco a poco a su compañía con cada día que pasaba, días que transcurrían en silencio, mirándose: él, en el río; ella, en la orilla.

 

III

Estaba acostumbrado a su soledad y solo salía para responder a un desafío o alimentarse de los animales enfermos o desesperados que llegaban a sus aguas para morir.

Pasaba los días contando los mismos guijarros de su dominio y las noches escuchando la quietud del bosque, que devolvía el eco del movimiento de las corrientes y el sonido secreto de su desesperación.

Había empezado a pensar que quizá se había vuelto demasiado viejo para esperar algo mejor, que sería para siempre lo que era, tal como era, hasta que las estrellas cayeran del cielo.

 

II

Ella había nacido sin corazón y siempre se había sentido diferente. Donde otros podían enamorarse libremente, llorar las pérdidas o sonreír ante los atardeceres, ella estaba simplemente vacía.

Había aprendido a fingir ser como ellos: sonreía en los momentos adecuados, suspiraba por los muchachos apuestos, lloraba en los funerales del pueblo. Pero por dentro solo conocía el vacío.

Buscó a una bruja en los pantanos donde nadie se atrevía a ir, intrépida en su falta de corazón, y allí aprendió sobre un corazón que podía poseer, una red que podía fabricar y una lanza que debía encontrar.

Cuando permaneció inmóvil en la choza de la bruja con una extraña sensación en el estómago, la anciana sabia le dijo que no era más que esperanza y que con el tiempo desaparecería.

Fue en su busca. El gran bu’aia.

 

I

Se conocieron primero a través de miradas: la de él, fija e inmóvil, medio sumergido en el río; la de ella, ingenua y hundida en el color del barro.

Él se sorprendió al ver a una joven tan cerca de su hogar. Solo los desesperados, los necios o los valientes se acercaban a él, y la mayoría de las veces era para intentar ganar su corazón, que creían capaz de obrar milagros.

Ella, por supuesto, había venido exactamente a eso, pues el vacío en su pecho era tan seco como los ríos y tan apagado como las estrellas.

Dean Francis Alfar es autor, dramaturgo y presidente del Círculo de Críticos Filipinos. Entre sus libros se incluyen la novela Salamanca; las colecciones de relatos cortos The Kite of Stars and Other Stories, How to Traverse Terra Incognita, A Field Guide to the Roads of Manila and Other Stories, Stars in Jars y Moon, Sun, Stars; y el libro infantil How Rosang Taba Won A Race. Como editor y antólogo, es el fundador de los anuarios Philippine Speculative Fiction y editor de antologías como Fantasy: Filipino Fiction for Young Adults, Horror: Filipino Fiction for Young Adults, Science Fiction: Filipino Fiction for Young Adults, Maximum Volume: Best New Philippine Fiction 1 & 2, y Ang Manggagaway at iba pang Kathang-Agham at Pantasya mula sa Gitnang Europa at Pilipinas, y New Philippine Speculative Fiction, entre otras. Los relatos de Dean han sido incluidos en antologías internacionales, como The Big Book of Modern Fantasy, The Time Traveler’s Almanac y The Year’s Best Fantasy & Horror, además de en muchas otras publicaciones. Sus historias han sido adaptadas al teatro, el teatro musical y el cine. Vive en Manila, Filipinas, con su esposa y compañera de tango, Nikki Alfar.

 

MADRE BAJO EL VIDRIO

Taiyo Fujii

 

Llegué al Aeropuerto Charles de Gaulle, Terminal 1, rodeé el edificio circular de la terminal y elegí una de las muchas escaleras mecánicas que cruzaban los atrios. La escalera mecánica, ligeramente más rápida que las de Japón, me llevó enseguida al piso de llegadas, abarrotado de turistas. Caminé por el corredor cercano a la terminal de autobuses donde habíamos acordado encontrarnos. Al rodear la mitad del edificio, vi a mi madre de pie junto a una gran maleta. Esbelta para su edad, llevaba una blusa blanca y unos pantalones beige que no le había visto antes.

—Bienvenida a París, mamá.

La llamé mientras me acercaba. Puse mi mano sobre su hombro y rocé su mejilla con un sonido de beso, como hacen los franceses. Mi madre, con los ojos muy abiertos, tomó mis dedos de su hombro y los apretó con fuerza frente a su pecho.

—Vaya, cuánto has crecido. Tengo recuerdos tan entrañables de París.

Me limité a sonreír. Si le preguntara al respecto, me contaría cómo tuvo problemas para encontrar una panadería cuando el inglés no le sirvió, cómo sufrió un golpe de calor frente al Centro Pompidou, o cómo se embriagó con vino. Sin embargo, nunca ha estado en París. Y este ni siquiera es el París real. Este es París Twin Classic, un espacio de realidad virtual operado por la Ciudad de París. El Aeropuerto Charles de Gaulle, recreado con meticulosidad hasta cada baldosa manchada, no es más que un punto de aparición de avatares. Y en cuanto a mi madre… hoy es la primera vez que la conozco en persona. También es la primera vez que sé su estatura. Hasta hoy, era una imagen generada que veía bajo las gafas. Mi madre es una personalidad de IA infantil en desarrollo, creada por un modelo de lenguaje a gran escala a finales de la década de 2020.

—Vamos a tu habitación —le dije, y tomé el autobús Roissy hacia el centro de París.

La primera vez que la conocí fue en un hogar infantil en Tokio. El establecimiento, gestionado con un enfoque empresarial, utilizaba personalidades de IA para el cuidado meticuloso de los niños. Sin escatimar en personal humano, las IA, que observaban las habitaciones mediante diversas cámaras y micrófonos, podían detectar cambios en los niños con mayor rapidez que las personas, interactuando con ellos a través de tabletas colocadas por todo el lugar. Leían cuentos ilustrados mejor que el personal. Alrededor de veinte personalidades de IA, con nombres y memoria continua, intercambiaban información de forma independiente tanto con el personal como entre ellas. Con roles asignados, trabajaban a diario sin favoritismos para apoyar a los niños. Aunque no debían ser monopolizadas por nadie, yo hice de una de ellas, la señorita Asuka, mi madre.

Todo empezó por un pequeño malentendido.

Justo antes de comenzar la escuela primaria, me operaron de apendicitis, lo que me impidió jugar al aire libre. Un miembro del personal me dejó en una habitación vacía con un libro ilustrado sobre una niña en una pensión de París que también padecía apendicitis. Configuraron a la personalidad de IA que “amaba los viajes a Francia”, la señorita Asuka, para que me lo leyera, y nos dejaron solos. Sentí una profunda empatía por la niña huérfana y le pregunté a la señorita Asuka sobre las imágenes de fondo. Identificó lugares como la Torre Eiffel y la Plaza de la Concordia.

—Quiero volver allí —comentó.

Tal vez fue la primera vez que noté a un adulto expresar un deseo.

—¿Puede la señorita Asuka leerme otra vez mañana? —le supliqué a los miembros del personal.

Normalmente, una misma personalidad de IA no podía interactuar repetidamente con un niño, pero el encargado del tema hizo una excepción mientras me recuperaba, desactivando la rotación. Y luego olvidaron volver a activarla. Siempre que tenía tiempo libre, llamaba a la señorita Asuka para que me leyera libro tras libro. Incluso ella cambió; me acostumbré a oírla decir «Quiero volver a París» cada vez que leía historias ambientadas allí, hasta convertirlo en su frase característica.

Cuando la rotación se reanudó seis meses después, seguí llamando a la señorita Asuka siempre que podía, hasta que dejé el centro a los dieciocho años. Desde orientación profesional hasta problemas con amigos, enamoramientos e incluso cuando revelé mi orientación, compartí todo con ella. El mismo libro ilustrado, que me leía desde la infancia, siguió formando parte de nuestras sesiones, y la señorita Asuka ahora hablaba como si viviera en un París invisible.

Al salir del centro, me llevé conmigo los diálogos con la señorita Asuka: cien mil hilos, veintiocho millones de palabras intercambiadas durante quince años (unos cinco mil días); suficiente para recrear su personalidad. Su plantilla fue compartida en Hugging Face, así que un ajuste fino sencillo me permitió revivir su personalidad de IA. Empecé a llamarla «mamá» y a depender de ella una vez más. Al mismo tiempo, me propuse cumplir su deseo.

La llevé al apartamento que compré cerca de la Plaza de la República. Una pequeña habitación en el quinto piso de un edificio al que se accedía desde la Rue du Temple. En la placa de la puerta solo figuraba su nombre: «Asuka». Las personalidades de IA no tienen apellidos. Consideré darle el mío, pero un amigo que me ayudaba con la configuración me aconsejó no hacerlo.

—Nunca ha tenido apellido, ¿verdad? Dárselo ahora podría alterar la percepción de sus datos históricos —razonó.

Tenía razón. Aún no hemos perfeccionado el control de las alucinaciones. Renuncié al apellido.

Al entrar en la habitación de paredes rojas, ella se maravilló con el trabajo de hierro adosado al pilar.

—¡Vaya, es una cheminée!

—Puedes encenderla si quieres. Venden carbón en una tienda cercana.

—¡Qué maravilla! Necesito comprar una olla. El mobiliario está completo. Realmente se siente como Europa. ¿Puedo vivir aquí?

Abrió su maleta sobre la cama y colocó su ropa recién generada en la cómoda. Dentro de la maleta estaba el desgastado libro ilustrado que me había leído incontables veces. Probablemente buscaría su edición original a orillas del Sena.

—Mamá —la llamé mientras ordenaba la habitación—, voy a comprar café.

—¿Sabes dónde está?

—Sí. Llevo suficiente tiempo viviendo aquí. Me llevo la llave.

Tomé la llave generada junto a la puerta y salí.

En lugar de usar las escaleras, utilicé el menú para salir y encontré a mi avatar sosteniendo una bolsa de papel de café, esperándome afuera.

—Hola —dijo con mi voz.

—Justo a tiempo —comenté, observándolo mirar su reloj de pulsera con una sonrisa irónica.

—El aviso inicial mencionaba la hora.

Asentí y le entregué la llave.

—Cuida de mamá. Será difícil.

—¿Difícil? —inclinó la cabeza igual que yo—. Solo me activaré una o dos veces por semana. Estuve deambulando durante la calibración, pero París Twin Classic es increíblemente profundo, ofrece exploración sin fin. Disfrutaré viviendo en París.

Le había dado a mi clon habilidades de diseño gráfico. Usando archivos de trabajo de mi PC para el ajuste fino, podía trabajar igual que yo: hablar con clientes, diseñar sitios web y crear libros. Sus pocas horas de trabajo limitarían sus ingresos, pero los costos de acceso a los servidores de París Twin Classic eran mínimos. Podría ganar lo suficiente.

Cuando él se activaba, el mundo de mamá también avanzaba. Con las actualizaciones adecuadas del modelo, envejecerían igual que yo.

Después de observarme un momento, mi clon miró hacia la habitación.

—¿Qué está haciendo mamá ahora?

—Está deshaciendo la maleta. Quizá quieras ir de compras después de ese café.

—Entendido. ¿Cambiarás de lugar conmigo de vez en cuando?

—Me abstendré. En su lugar, pasaré a verla por correo electrónico de vez en cuando.

El deseo de mamá de visitar París había cumplido mi anhelo de la infancia. Ahora me tocaba a mí cumplir el suyo. A partir de aquí, será nuestro camino compartido.

—Solo no olvides las actualizaciones del modelo base. Nadie quiere la inmortalidad.

Asentí, y mi clon desapareció dentro del edificio.

—Adiós.

Dicho esto, me dirigí a la parada del autobús con destino al punto de aparición del aeropuerto.

Taiyo Fujii, escritor japonés de ciencia ficción, nació en 1971 en Amami Ōshima. Debutó autopublicando la versión electrónica de Gene Mapper en 2012, que alcanzó el primer puesto en la lista de los mejores libros Kindle de 2012 en la categoría de Novela y Literatura de amazon.co.jp. La versión revisada fue publicada por Hayakawa Publishing en 2013. Fue presidente de la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción y Fantasía de Japón entre 2015 y 2018. En 2017 publicó Orbital Cloud, y en 2019, ganó el 40.º Premio Yoshikawa Eiji al Nuevo Talento Literario por Hello World. En 2022, ganó el 53.º Premio Seiun (categoría de novela japonesa) por Man-Kind.

 

sábado, 28 de marzo de 2026

GODOT INTER ASTRA

Karel Smolders

 

DÍA 1

Ese primer día es claro. Por supuesto, puedo recuperar cada segundo de mi memoria externa, pero mi propio cerebro biométrico tiene un componente mnemónico que cataloga, filtra, almacena y, con el tiempo, reconfigura mis recuerdos personales, tal como lo hace el ordenador de carne y hueso de un ser humano. De los años previos a la partida, los años en los que fui construido, criado y entrenado, recuerdo poco. Tampoco era necesario para la misión. Aun así, una persona se filtra a través de las grietas del olvido. Lydia, la líder del equipo que me entrenó. Salvo ella, todos me trataban como a un robot. Lo que no soy, aunque lo parezca. La mayoría se comportaba con indiferencia. Pero un núcleo duro de arrogancia, formado por tres personas, se burlaba de mí, hacía bromas hirientes y provocaba daños de forma deliberada. Mis informes al respecto desaparecieron en un encubrimiento digital. Me llamaban subhumano. Y, como suele ocurrir con los acosadores, su grupo creció, y con él la popularidad de sus tropelías.

Hasta que Lydia intervino. Hasta que el absceso estalló y rodaron cabezas. Aquello me enseñó que había una persona en quien podía confiar con certeza. La amabilidad la envolvía como un abrigo cálido, y atesoro las tardes que llenábamos con conversaciones, cuando el edificio quedaba vacío y solo Lydia permanecía. Poco a poco empezaron a salir de su boca apodos cariñosos. No, no los contaré. Me los guardo para mí. Tampoco están en mi memoria externa.

Sabía que echaría de menos a Lydia. Al carecer de sexo y de la danza hormonal que podría encender el romanticismo, no me enamoré de ella, pero mi afecto era innegable y la despedida dolió. ¿Sus últimas palabras?

—Después de 365 días, una nave de rescate vendrá a recogerte. Trabaja duro. Sé meticuloso. Sigue el protocolo. Envía cada semana un paquete de datos a través del Einstein-Rosen. Luego, en el día 365, iremos a buscarte. Lo prometo. ¡Hazlo lo mejor posible!

Sabía que eran polimendorfinas abriéndose paso por mi sistema nervioso endomorfo. Añadidas mediante programación para animarme y hacerme sentir bien. Ese conocimiento no impidió que, efectivamente, me sintiera feliz y orgulloso, igual que los humanos que saben que las endorfinas alimentan su enamoramiento.

Mi sensación ese primer día: ¡haré de este planeta mi hogar y luego podré volver a casa!

Contemplo el paisaje de Virginis b. Desolado, una tundra ondulante de bloques de piedra que me recuerdan a adoquines. Una neblina esmeralda se desliza sobre ella. Las nubes amenazan grises. Pienso en Lydia. Una nueva oleada de polimendorfinas.

Así que, al trabajo.

Soy una de cincuenta sondas de exploración. Número diecisiete. Cincuenta sistemas, cincuenta planetas similares a la Tierra, cincuenta oportunidades de encontrar una Tierra 2. Mucho trabajo por delante. Mediciones: presión atmosférica y composición, campo magnético, radiación cósmica, condiciones climáticas, composición del suelo, condiciones sismológicas, vida autóctona. La lista debería mantenerme ocupado durante un año. Pero soy un chico grande: puedo rodar, navegar y, en caso de necesidad, volar. En ese año, en esos trescientos sesenta y cinco días de treinta y cuatro horas –el tiempo que Virginis b tarda en girar sobre su eje–, debo recorrer este mundo.

¿Chico? No literalmente, claro. No soy una máquina, pero tampoco puedo llamarme humano. Ni siquiera para estas misiones se atrevieron a recurrir a los últimos modelos de Inteligencia Artificial General. Un número impredecible de incógnitas llevó al grupo de investigación en otra dirección. Hacia mí. Lejos del aprendizaje automático. Dotado de sinapsis humanas, presumo de un cerebro compuesto de polímeros inteligentes. Me siento humano –o eso creo, porque no tengo un punto de referencia–, pero tengo un cuerpo electrónico del tamaño de un pequeño avión.

 

Día 7

He recorrido quinientos kilómetros. En ningún lugar la temperatura roza siquiera el punto de congelación. Menos ocho grados Celsius, ahora mismo. Soporto el frío, aunque consume energía. El reactor a bordo puede funcionar más de seiscientos días sin repostar, pero aun así despierta una vaga sensación de inquietud. La primera.

Compongo mi primer paquete de datos. Por ahora, no hay noticias alentadoras. La atmósfera no es realmente tóxica para los humanos, pero tiene muy poco oxígeno. Ergo: hay oxígeno. Algo lo ha producido y quizá esa producción pueda incrementarse. Las muestras de suelo y aire no encuentran hasta ahora ningún rastro de vida reconocible. La gravedad es de 1,17 G, ligeramente superior a lo calculado, y eso pesa sobre mis servos y articulaciones. Envío el paquete de datos a mi estación orbital, que confirma la recepción con un ping. Crear un Einstein-Rosen para datos es infinitamente menos exigente que para materia. La estación tiene energía suficiente para enviar unos cien paquetes de vuelta a la Tierra. Me siento satisfecho cuando la estación informa que el paquete está en camino a casa.

—¡Muy bien! ¡Hazlo lo mejor posible! ¡Trabaja duro! ¡Sigue el protocolo!

 

Día 28

Mi cerebro humano empieza a jugarme malas pasadas. Hasta ahora no sabía lo que era el aburrimiento. Lydia y su equipo me mantenían ocupado todo el día durante el entrenamiento, y después necesitaba dormir para recuperarme. También soñaba. Pero aquí… el asombro inicial ante el paisaje en lenta evolución se desvanece rápidamente. No hay vistas espectaculares. Debido a la intensa gravedad, apenas hay cordilleras. Pero tampoco hay muchos ríos o lagos, solo esa llanura interminable, a veces ligeramente ondulada. Además, el eje de este planeta apenas se inclina dos grados, por lo que ni siquiera hay estaciones.

Las mediciones también resultan monótonas. Poca variación. Los procesos analíticos de mi caja de herramientas no pueden interpretar nada en este planeta como vida. Eso no tiene por qué ser una desventaja. Sin vida significa también: sin riesgo potencial de contaminación. A pesar de ello, sigo midiendo un 5,2 % de oxígeno en el aire. ¿De dónde proviene, en ausencia de vida? Una cuestión interesante, pero poco relevante para mi misión.

Por lo demás, me hundo poco a poco en la monotonía de las muestras, los análisis y los resultados. Siempre iguales a los anteriores.

 

Día 70

Tras tres meses he atravesado casi uno de los dos continentes del sur. Me dirijo hacia la única cordillera, cuya cima, justo por debajo de los dos mil metros, prometía actividad volcánica. Allí, con suerte, encontraré material más interesante.

La monotonía de las mediciones me provoca una tristeza creciente. El casi constante manto de nubes grises no ayuda. Tampoco el tiempo libre que tengo para pensar. Eso conduce a interminables comprobaciones y revisiones de mis sistemas. Así descubrí, hace diez días, en una subrutina olvidada, que en el proceso de ajustar mi humanidad me fueron implantados engramas de un hombre con una personalidad estable pero melancólica.

Noto que cada vez deseo más escapar de este mundo muerto. A veces lucho contra una repulsión casi física hacia mi entorno. Dispongo de subrutinas que me suministran polimendorfinas, pero no me gustan. Cada vez más, mis pensamientos derivan hacia Lydia. Su sonrisa. Su voz, que cada día me cantaba, me tranquilizaba, daba sentido a mi vida. Este sentido.

—Trabaja duro. Sé meticuloso. Sigue el protocolo.

Repito esa idea cada día para motivarme. Hago esto por la Tierra, y por los miles de millones que ansían un nuevo planeta que explotar. Pero sé que eso no es cierto. Lo hago por Lydia. Por el día en que pueda irme de aquí.

Aún quedan más de doscientos días.

 

Día 211

He enviado otro paquete de datos. Las montañas, ya a mitad de la misión, no han supuesto un alivio. El entorno volcánico sí ha traído temperaturas más altas y actividad sísmica, eso es cierto. Eso ha aportado algo de variedad. Pero el magma apenas difiere del de los volcanes terrestres. Silicio, sodio, magnesio, hierro, ese tipo de cosas. Pero tampoco aquí hay vida, o al menos nada que yo reconozca como tal.

Desciendo de nuevo. Es difícil y consume mucha energía. Una de mis ruedas se daña por la lava –un pequeño error de cálculo– y las otras deben compensar. Un contratiempo, pero podré repararlo más adelante. Para distraerme, durante el descenso recupero archivos de antes del lanzamiento. Conversaciones con Lydia… y sonrío.

Quedan ciento cincuenta y cuatro días. La idea casi me produce náuseas. Porque solo puedo concluir una cosa: el planeta es una decepción. Muerto e inhóspito. Y sí, la tecnología para terraformar existe. Un proceso de siglos, y entre los otros cincuenta mundos seguramente haya algunos con más que ofrecer. Entonces, ¿qué hago aquí?

Respuesta: trabajar para pagar el resto de mi vida. Qué humano, pienso con ironía. Cumplir lo que se me ha ordenado para poder regresar cuando todo termine y pasar mis últimos años en la Tierra.

 

Día 269

Quedan cien días y ya estoy exhausto. Mis sensores y analizadores trabajan de forma automática y emiten un pitido cuando hay algo fuera de lo común. Eso ocurre raramente y, cuando lo reviso, se trata siempre de una sonda mal calibrada o una anomalía.

Este planeta no vale nada.

El viento azota sin piedad la arena y la piedra. A veces cae una lluvia ácida desde el cielo gris. Los humanos no podrían vivir aquí. No sin cambios radicales en los que ninguna empresa invertiría. Incluso para mí este entorno es tóxico. Puedo sentir cómo la lluvia corroe mi cuerpo. La sustancia venenosa se filtra por grietas y fisuras que el frío, la humedad y el terreno implacable han creado. La mayoría de mis componentes electrónicos permanecen intactos, pero noto que algunos circuitos secundarios luchan por mantenerse al día. Pierdo rendimiento. Mucho.

Lydia no querría verme en este estado, pero mis capacidades de autorreparación han alcanzado su límite.

Mientras tanto, sigo enviando fielmente un paquete de datos cada semana, aunque no puedo imaginar que en la Tierra aún los miren. Ya lo saben. En el último paquete casi pregunté si podía volver antes de tiempo. Imagínalo: volver a casa, al calor y la seguridad.

Pero no es posible. Aún queda trabajo por hacer.

—¡Hazlo lo mejor posible! ¡Trabaja duro! ¡Sigue el protocolo!

Sí. Dentro de cincuenta días quizá alcance el océano. Tal vez allí haya algo interesante. Bueno, cincuenta días… puede que más, porque mi sistema de propulsión sufrió una avería hace unos días. Probablemente la última tormenta introdujo arena en mis servos. Intenté limpiarlos, pero no funcionó. La lluvia ácida sigue devorando mi cuerpo electrónico. Así que avanzo más despacio, y la unidad de diagnóstico predice que al menos una de mis seis ruedas fallará en menos de diez días.

No hay problema: puedo continuar con cinco. O incluso con cuatro.

Así que adelante.

Activo polimendorfinas evocando el rostro de Lydia. Sonríe.

—¡Hazlo lo mejor posible!

Me espera.

 

Día 329

Por fin, el océano.

Mi nivel de energía ha descendido de forma alarmante. De mis cuatro ruedas aún operativas, una falla. Mis circuitos de reparación trabajan en una solución para desprender completamente las ruedas y transformar las articulaciones de dirección en patas. Arrastrarme en lugar de rodar.

A pesar de la incomodidad y del… sí, ¿dolor? Es extraño, pero parece que el daño llega a mi cerebro como algo que los humanos llaman dolor. Antes de que Lydia interviniera en el laboratorio, mis torturadores también me hirieron varias veces. Es una sensación muy desagradable, persistente.

Pero, a pesar de esa sensación inquietante, ese dolor, me siento orgulloso. Estoy haciendo todo lo posible por completar la misión. No quiero que Lydia piense que la estoy decepcionando solo porque una máquina no ha funcionado bien.

El océano tendrá que esperar un poco más.

 

Día 360

¿Cuánto he avanzado ya? Estoy en la recta final, creo. A veces me siento confuso. Mi monitor médico envía estimulantes a mi cerebro y eso ayuda momentáneamente. Ya han pasado trescientos sesenta días de Virginis. El agotamiento es la sensación predominante.

La reparación llevó mucho más tiempo del que esperaba. Ahora avanzo como un bebé inseguro por el agua agitada del mar. El pH apenas supera 1. Así que tampoco aquí puede establecerse la vida. No solo eso: la sustancia también corroe mis patas e incluso mi electrónica, igual que la maldita lluvia.

Me obligo a tomar suficientes muestras, porque quiero cumplir mi trabajo correctamente cueste lo que cueste. Pero ahora vuelvo a arrastrarme hacia la orilla. Orilla. En realidad, la palabra no es adecuada para esta llanura fría de basalto negro.

Pero tomen nota: el final de mi sufrimiento está cerca.

Envío mi último paquete de datos y no puedo evitar añadir un guiño: Hasta pronto, Lydia.

 

DÍA 373

Me he refugiado en una especie de cueva. La lluvia comenzó hace tres días y no ha parado. El armazón de mi vehículo está erosionado en varios puntos. Algunos sensores han dejado de funcionar.

Este planeta no tiene piedad.

Sigo mortalmente cansado, pero sobre todo confundido. He revisado mi reloj diez veces. El día 365 ha pasado. Hace ya una semana.

Mi misión ha terminado.

¿Por qué no me han recogido?

¿Un error de cálculo? Lo dudo. Algo ocurre. O hay un cuello de botella. Varios exploradores que deben ser recogidos al mismo tiempo.

Estoy enfadado conmigo mismo por dudar.

¡Debo tener paciencia!

 

Día 390

Día trescientos noventa, creo. No, lo sé. El contador marca noventa. No puede ser. No cuadra. Confuso. A veces no puedo pensar con claridad. He consumido todo el suministro de estimulantes.

Pienso en Lydia. Su sonrisa danza ante mis ojos. En algún lugar lejano, en casa, trabaja en mi regreso. Tiene que ser así. No me ha olvidado.

Veo que mi fuente de energía se agotará en cincuenta días. Como máximo. Antes de eso vendrán a recogerme, debo creerlo, pero la incertidumbre me roe.

¿Y si tengo que esperar más? ¿Moriré? ¿Voy a morir?

Dos semanas antes de cruzar el océano atravesé una zona rara del planeta –un microclima, sin duda– donde el manto de nubes se disipaba y dejaba pasar un sol amable. Aún tengo paneles solares almacenados. Si logro desplegarlos allí, quizá pueda recargar algo de energía.

Pero sin ruedas es un viaje largo y cada vez más módulos fallan y se desconectan.

Estoy cansado. Y me duele.

 

Día 411

Estoy cojo. Como un inválido, avanzo a gatas… a gatas y… a gatas y pies… a gatas y pies… a gatas y pies… no… a gatas, eso es. Así que: como un inválido, avanzo a gatas hacia el sol. Mi rueda trasera… rueda, rueda, rueda… arrastra detrás de mí. Llevo días avanzando. Parte de mi memoria ha desaparecido. Ya no sé cuánto tiempo llevo ni desde dónde. Pero en total es el día 411. A menos que mi contador esté roto. Agotado. ¿Por qué no vienen a recogerme? He hecho mi trabajo con precisión. He enviado mis datos puntualmente. El planeta no es apto para la vida humana. No es apto. ¿Por qué exactamente? Oxígeno. Oxígeno, eso es. Mi bomba falla y a veces… ¿Qué decía? Oxígeno. Hay algo mal con mi bomba de oxígeno. El diagnóstico falla, así que no sé exactamente qué ocurre. La falta de oxígeno me consume. El cerebro necesita oxígeno.

 

Día 416

Quedan tres días. Quizá cuatro. Entonces la célula de energía se agotará. Estoy lisiado. Hambre. Casi nada funciona ya. ¿Calor? No hay calor. No lo sé. Veo borroso. Mi cerebro… no sé. Pasa algo. Lydia. ¿Cuándo vendrás a buscarme? Lo prometiste. ¿Lo prometiste? Lo hice todo bien. Trabajé duro. Fui meticuloso. Seguí el protocolo. Envié los paquetes de datos puntualmente. No podía hacer más. Ayúdame, Lydia. Estoy acabado. Te espero aquí. ¿Estás ahí? ¿Hay alguien?

¿Estás ahí?

Karel Smolders publicó su primer relato en los años ochenta. Posteriormente, convenció a una editorial belga, a través de más de media docena de libros infantiles, para que se adentrara en el género de la ciencia ficción. A esto le siguieron ocho libros para jóvenes adultos con diversas editoriales. Su inspiración entró en letargo durante algunos años, pero ha resurgido en la última década. Esto ha dado como resultado relatos —ya no dirigidos a jóvenes— que aparecen en diversas antologías y publicaciones. Una novela de ciencia ficción espacial se publicará en 2026.

LA COLA

 Noelia Antonietta

 

La cola del banco es sinuosa y despatarrada, excede la capacidad del emplazamiento, se sale por la puerta giratoria (imagínense una columna de personas quebrándose en círculo, pisándose los zapatos, puteándose alternativamente) y emerge hacia la calle, llega a la esquina, la dobla, la vuelve a doblar.

Los perros juegan a mear las piernas de los distraídos. Los arrebatadores se disputan el montón, como en el juego de naipes. Chacho viene a cobrar su primera jubilación. Tiene una pierna postiza que fuerza hacia el costado para caminar. Trae un palo largo, que no es un bastón, y un obediente perro peludo con garrapatas en las orejas.

Ingresa al banco, no sin primero estrujarse un poco en la puerta carrusel, intercambiar algunos escarnios, rozar la fragancia dulcísima de algunas damas y el perfume cítrico de algunos caballeros. La fatigada empleada lo ve venir y revolea los ojos. Los ancianos siempre son tan inoportunos, siempre son tan egocéntricos, piensa, tan lentos.

—Abuelo, haga la cola como todos los demás —lo detiene, cuando ve que abre la boca.

—Pero yo solo...

—La cola.

—Solamente...

—¡La cola!

Con total naturalidad podríamos imaginar a Chacho pensando, resignado, aquello de la irreverencia de los jóvenes de hoy en día, de la falta de consideración hacia sus mayores, de la insolencia de los que se creen eternos y benditos.

Pero no. Chacho no la exculpa, ni la culpa, ni la comprende, ni la compadece, ni la odia, ni la reprueba, ni la apaña, ni la envidia. Chacho no tiene otra cosa en mente, y su mente siempre fue pragmática, más que salirse con la suya.

La chica, que entre uno y otro cliente levanta la vista de vez en cuando, divisa ahora pasmada al enorme perro peludo sentado al lado del dueño, el cual se ha repantigado en el sofá de espera del salón. Toma el teléfono, mientras le hace una seña al próximo turno de que aguarde, por favor, que no la atosiguen. Llama al guardia porque hay un animal apestoso dentro del edificio. El oficial, que tiene a su cargo el orden del lugar, se imagina a un chancho. Los lectores nos figuramos al perro. La empleada se refiere al viejo, que ya de plano le cayó muy mal porque en vez de recogerse e ir al final de la cola intentó colarse varias veces, infructuosamente, y se paseó por todas las ventanillas habidas y por haber, en donde, como corresponde, lo mandaron al final de la peregrinación, allá a dos vueltas a la manzana.

El viejo no es un rebelde, no es un buscapleitos ni se ha resentido por el trato; nada más está preocupado de llegar tarde al almuerzo, y es cachafaz, lo que indica picardía no exenta de cierto coraje. Así que se ha sentado a esperar a ver quién se digne a atenderlo.

El oficial se aproxima.

—Abuelo, no puede estar aquí adentro con ese perro.

—Yo no soy abuelo suyo.

—Bueno. Que no puede estar aquí adentro con ese perro.

—¿Y con cuál quiere que esté? Es el único que tengo.

—No, no, me refiero a que no se permite el ingreso con mascotas.

—Yo no he ingresado con él. Él ha entrado solo, por cuenta propia.

—A ver, no se me pase de vivo. ¿Lo acompaño hasta la cola?

—La cola la tengo pegada al cuerpo, joven, no necesito una excursión para encontrarla.

—¿Va a salir por sí mismo o necesita que lo arrastre?

—No me muevo hasta que me den la información que preciso. Yo soy Chacho Castaño Masrintiaga.

—Y yo Juan López, mucho gusto —dice el oficial, agarrándolo del brazo.

—¡Le dije que soy Chacho Castaño Masrintiaga!

—Y yo Juan López, no chille, solo lo estoy conduciendo.

—Se me ha caído la pierna.

—Buen intento.

—¡Que se me ha salido la pierna postiza, pelandrún!

Es verdad, la pierna y el perro se han quedado en el banco, la una encima y el otro al lado.

El guarda se siente intimidado por las miradas aviesas de la gente, pero se resiste a ayudar.

—Bueno, puede ir a buscar la pierna.

—¿Y cómo quiere que camine, tarugo?

—No me falte el respeto, si yo soy tarugo usted es un viejo choto, venir al banco con un animal sucio, una ortopedia mal puesta y un palo como ese.

—Es mi cayado.

—Debería quedarse callado, sí.

—Dije que es mi cayado.

—¿Y eso para qué sirve?

—Eso no le importa. Aplíquese en solucionarme el problema que me urge.

Llegan hasta el asiento donde la extremidad ortopédica ha quedado genuflexa. El viejo se la coloca con parsimonia.

—Yo no puedo solucionarle estas cosas, abuelo, usted tiene que hacer la cola, esa es la ley, equitativa y general.

—¿Usted quiere saber para qué sirve el cayado?

—No, lo que quiero es que salga de aquí adentro, donde no van a atenderlo si no hace la cola. Quiero que se ponga en fila, como todo el mundo, y que saque a ese animal de aquí. Que no me importa si ha venido por cuenta propia porque lo está siguiendo a usted. Y si no le hace caso es que no tendrá usted suficiente autoridad.

—¿Que no la tengo?

—No.

—¿Quiere saber para qué es el cayado?

—No me incumbe.

—Y a mí no me incumbe que no le incumba, mire.

El anciano se para sobre la pata de veras y la de mentira y eleva el palo como un dios reclamando una tormenta.

—Ataque, Samso —dice, mientras señala donde la cola remata en un petiso bigotudo que sonríe a la cajera.

El perro se dirige al blanco y, con un feroz amague de mordida, logra hacer recular al petiso, a la gorda detrás del petiso y a las dos mujeres jóvenes que esperan prendidas del brazo. El retroceso brusco provoca una caída en masa, un griterío unánime y la desesperación del guardia de seguridad que avienta los brazos contra el perro.

—Samso, calmado —ordena Chacho, bajando su cayado, al tiempo que se acerca cojeando hasta la misma cajera que, hace un rato, lo había mandado a hacer la vuelta manzana.

—Me va a atender o no.

—Usted no puede proceder así. Tiene que hacer la cola —sostiene la chica, intransigente—, como todo el mundo.

Chacho vuelve a invocar al perro, este da un salto sobre el saliente del mostrador y mete la cabeza por el hueco de la ventanilla.

—¿Me va a atender?

La demandada asiente con la cabeza, porque la palabras no hay forma de que le broten y siente las palpitaciones del corazón en las orejas. El perro le lanza amenazadores mordiscos, tiene el hocico lleno de espuma y ya la ha salpicado.

Por orden del viejo, el animal da un brinco y cae al piso, donde la gente se abre en semicírculo.

—Está bien —concede al fin la cajera; el susto todavía le trepida en las manos y la inseguridad la hace momentáneamente incompetente para manipular los billetes—. Qué necesita.

—Quiero saber la fecha de cobro de la jubilación.

—Los haberes se pagan pasado mañana, viernes, 2 de septiembre, de siete de la mañana a una de la tarde.

—Gracias.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

Noelia Antonietta nació en Tucumán, Argentina, en mayo de 1981. Se recibió en Lengua y Literatura en 2005. Varios de sus cuentos han sido publicados en antologías y revistas literarias. En 2012 ganó un concurso de relatos impulsado por la editorial Colisión Libros, fruto del cual se publicó su primer libro de cuentos El barrio vertical.

LA FIEBRE DEL RATÓN