miércoles, 1 de mayo de 2024

BIFICCIONES (DIEZ)

 


AMANECER PREHISTÓRICO

Luciano Doti & Javier López

 

El amanecer de ese día fue muy extraño. A él y a todo su grupo de neandertales los había despertado un murmullo. Salieron afuera de su precaria vivienda y un poco más allá divisaron la fuente de ese murmullo: eran hombres, pero diferentes a ellos en lo que respecta a su fisonomía. Además, podían hablar de manera articulada y parecían poseer una habilidad superior para el uso de herramientas.

Los cromañones se convirtieron en sus dioses, con esas finas destrezas que les permitieron una vida más cómoda. Pero pronto aquellos seres cándidos se dieron cuenta de que la posición dominante que les otorgaba a sus visitantes esa inteligencia superior, se volvía contra ellos. Fueron esclavizados y, con el tiempo, exterminados.

Hoy los antropólogos debaten sobre las circunstancias de la desaparición de los neandertales. Es muy sencillo. Tratándose de seres humanos, solo podían sobrevivir los que tenían más mala leche.



 

CASI VENCIDOS

João Ventura & Sergio Gaut vel Hartman

 

Abandonamos el bosque para seguir la traza de un arroyo casi seco cuyo lecho estaba atiborrado de troncos podridos, peñascos y ramas quebradas. Pasamos junto a los restos calcinados de varios dikis, y doscientos metros más adelante nos encontramos frente a una torre de vigilancia de los invasores. Por fortuna logramos cubrirnos antes de que los vigías advirtieran nuestra presencia. La capacidad de los dikis para construir refugios y puestos avanzados en pocas horas compensaba largamente su torpeza e incompetencia a la hora de sostener la atención sobre cualquier objeto o ser que permaneciera quieto más de cinco segundos, y si nosotros no habíamos sucumbido por completo todavía era gracias a eso, ya que la superioridad de su armamento sobre el nuestro era muy notoria y contundente.

—La torre está muy deteriorada —dijo Flemy—. Creo que aquí les dimos duro y no retroceden solo de puro testarudos.

El sargento Yuker, que comandaba nuestro pelotón, siempre tomaba en cuenta las observaciones de Flemy, quien antes de producirse la invasión había sido directora de una revista de pasatiempos orientada al pensamiento lateral.

El camino se hizo más abrupto cuando rodeamos la torre y trepamos la barranca para volver a ingresar al bosque.

Cuando nos paramos en medio de los árboles, fuera de la vista de la torre, el sargento se detuvo. De una caja que llevaba en la cintura, sacó un moscardón que encajó en una abertura del brazalete multiusos que cubría su antebrazo izquierdo. Habló en el micrófono del casco haciendo un breve informe.

—Encontramos una torre muy dañada y varios cadáveres de dikis. No sabemos si hay enemigos en la torre. Esperando instrucciones.

Tomó el moscardón y lo lanzó al aire y el micro drone comenzó a volar, alejándose rápidamente para llevar el mensaje al Puesto de Mando.

—Disfruten comiendo hasta que lleguen las instrucciones —dijo el sargento Yuker. Y el personal comenzó a atacar las barras de proteínas y los concentrados vitamínicos de las raciones de combate.

Media hora después, los que dormían se despertaron con la palabra clave post-hipnótica pronunciada por el sargento, y todos estábamos en alerta máxima. El moscardón acababa de llegar, se alojó en el brazalete y el mensaje del Puesto de Mando apareció en la pantalla del sargento.

Leyó en voz alta:

—Verificar la torre. Eliminar posibles sobrevivientes. Poner trampas en la torre, retirarse y esperar. ¡Vámonos!

Esto desencadenó un brote de actividad en el pelotón. Comenzamos a armar el roboperro que habíamos transportado en piezas separadas. Diez minutos más tarde el Cohete —ese era el nombre que el pelotón le había puesto— ya estaba caminando entre el grupo, olisqueando uno y otro. Su aspecto de mascota era ilusorio, de hecho era una sofisticada máquina de guerra.

El sargento le puso el brazo alrededor del cuello, transfiriendo la información de que iba a necesitar y se lo dijo:

—¡Busca y mata! ¡Vete!

Yo y otro compañero, al borde del bosque, seguimos su ruta hacia la torre. Se movía cerca del suelo prácticamente sin mover la vegetación. Solo podíamos seguirlo con los sensores térmicos conectados.

Cuando llegó a la base de la torre, comenzó a subir hasta encontrar un agujero causado por el fuego de nuestras tropas y entró por él.

Diez minutos después oímos el aullido de un lobo. El Cohete había terminado su misión.

—Terra limpia —dijo el sargento—. ¡Hagan lo que hay que hacer, rápido! ¡Vámonos!

Entramos a la torre por el mismo agujero. Recorrimos todo el edificio, colocando bombas de racimo en todo lo que nos parecía importante.

Encontramos, en diferentes salas, tres dikis derribados por nuestro Cohete, con micro agujas neurotóxicas clavadas en las gargantas de los alienígenas. No obstante, había algo que no cerraba. Demasiado simple, decía una voz en mi mente, demasiado sencillo. Todos aquellos cadáveres en el lecho seco del arroyo y la facilidad con que el Cohete había limpiado la torre... Pincé mi nariz con dos dedos y miré a Flemy. Ella asintió y dijo estas seis palabras:

—Hay que desconfiar de lo obvio.

Fue el momento exacto en que se desató el infierno. Todos los cadáveres de dikis del arroyo y de la torre se incorporaron al unísono, como si hubieran sido activados por un controlador remoto, y empezaron a disparar desde los muñones, los ojos y la boca. De todos los orificios y extremidades del cuerpo de cada uno de los invasores brotaron chorros de una sustancia verde, pegajosa y maloliente que se adhirió a nuestros cuerpos e impidió cualquier movimiento. Miré a Flenny, a Kiss, a García, a Junípero y al sargento Yuker; todos habíamos quedado envueltos esa especie de film, como el que se utiliza para proteger las maletas. Y casi de inmediato comprendí qué había ocurrido con los dikis y que ocurriría con todos nosotros a continuación. Pensamiento lateral.



 

CIERTOS LÍMITES

Alejandro Bentivoglio & Carlos Enrique Saldívar

 

La estatua se mueve sola todas las noches. No queda ninguna duda. Ni siquiera se molesta en ocultarlo. Está filmada en todas las cámaras. Sin embargo, nadie se anima a ir y enfrentarla en persona. Escuchamos sus pesados pies por los rincones del museo, sin que nadie se atreva a hacer nada. Nos quedamos quietos y esperamos que llegue la mañana. Solamente un niño, quien ha escuchado la noticia de sus mayores, se aventura a pararse frente la escultura para preguntarle por qué se traslada de un lugar a otro.

—Porque me aburro mucho aquí, sin hacer nada —responde la figura.

Desde entonces otros pequeños la rodean y realizan con ella todo tipo de juegos, le cuentan historias y chistes, y pasan momentos gratos de diversión.

Nosotros lo permitimos porque alguien debe entretener a la efigie. Nosotros no podemos. Solo los niños, con su increíble imaginación, son capaces.



 

COFRADÍA

Edilberto Aldán & Ricardo Bernal

 

El azar y una noche lluviosa los reunió. Descubrieron que soñaban lo mismo, también que esos sueños eran resultado de los libros que estaban leyendo.

Establecieron sitio y fecha para los encuentros siguientes. El grupo y su poder crecieron. En un principio seleccionaron los libros que hacían surgir los sueños compartidos.

Lentamente aprendieron a domar los sueños, a convertirlos en augurio: lentamente su poder fue creciendo.

Hoy saben que para estar en todos los hombres sólo falta el libro que los transforme en sueños. Hoy saben que el lector de ese libro ha de morir. Este párrafo es el final de la historia.




 

COMO EN EL PRINCIPIO Y SIEMPRE

Lucila Adela Guzmán & Carlos Enrique Saldívar

 

Sin cable, sin pilas, sin piedra naufragará la humanidad desabastecida. ¿Yo?, yo me olvidé. Sí, olvidé cómo y lo que es peor, ni sé para qué sirve la piedra, ¿para hacer fuego?

¿Quedará alguien que sepa amasar el pan sin tener que googlear las instrucciones? Ah... Ya nadie sabe hacer las cosas como eran en un principio; un principio que hace rato que dejó de ser «y siempre»; todas las abuelas se han desvanecido en lo virtual e hipnotizadas por los píxeles se la pasan jugando al Candy Crush. Yo me desconecté de Internet hace cinco minutos y ya he comenzado a sentir los achaques. He olvidado tantas cosas, cómo leer un libro, cómo besar a alguien, cómo reír, como llorar. Al menos tengo provisiones para sobrevivir por algún tiempo; comer, beber, excretar, dormir y luego la red.

«Esto el principio del fin», pienso, antes de dejar de pensar.




 

EL BREBAJE PARA TODOS LOS MALES

Alejandro Bentivoglio & Carmen Belzún

 

El brebaje para todos los males se vende bien. No cura nada y de hecho enferma a quien no esté enfermo. Por eso el doctor Bruselas, creador del brebaje para todos los males ha pasado largas noches creando el antídoto para el brebaje para todos los males, que se vende aún mejor que el brebaje para todos los males que va matando a quien no tiene el antídoto. Aunque el antídoto para el brebaje para todos los males tiene sus efectos secundarios. Por ejemplo, impide discernir el sueño de la vigilia; además, exacerba los sentidos a tal punto que se producen sinestesias perturbadoras (se ven los ruidos, se escuchan los colores, se tocan los sabores...) y dicen que, quien lo bebe, no puede evitar decir siempre la verdad y, aceptar como tal todo lo que le dicen. ¡Todo un problema andar por la vida con alma de niño!





KIMNOTOS VIVOS

Daniel Alcoba & Luciano Doti

 

No es tanto el hecho de que existan tres planetas habitados por hexápodos, como yo mismo, que lo parasitan... No, no es una autocrítica social o penitencia. Sólo describo la realidad de la región galáctica SRCG 269 S, donde hay una ya numerosa especie de planetas que son enormes animales que orbitan alrededor de su sol. Planetas que nacen, crecen, ¡se reproducen!, mueren. Siempre sangrados por los orificios que les practicamos con taladros y succionamos con pajitas, con pajas y aun mangueras, de los ríos y fuentes subterráneas que los kimnotos ocultan en su seno. Así extraemos el líquido que necesitamos para subsistir.

Al parecer son planetas inteligentes, y una bruja hexápoda, que lee la mente, ha averiguado que planean viajar a cierta galaxia conocida como “Vía Láctea”. Creen que allí encontrarán otro líquido llamado “leche”, cuyo consumo les hará recuperar la vitalidad que pierden por el sangrado.




 

ESPEJOS

Luciano Lara & Claudia Lonfat

 

Me cansé de los espejos; me cansé de ser un psicólogo de mala muerte: que la teoría del espejo, que mi cara en el espejo; que el espejo da una imagen que ya es parte del pasado, etcétera, etcétera. ¿Cómo pude creerme todo eso? Quizás estaba con las defensas bajas o pensando en otra cosa.

En la actualidad he llegado a un hartazgo tal que casi no escucho a mis pacientes; aunque se ve que lo disimulo bastante bien, porque ellos siguen viniendo a las sesiones rigurosamente. Lo que más bronca me da es que cuando logro prestarles atención, lo primero que se me ocurre es la maldita teoría del espejo: mostrarles lo que se ve desde afuera para que puedan conocerse; estoy harto de la teoría del espejo y me juré desecharla y ponerme a estudiar otras alternativas. Sin embargo; hace unos días me pasó algo que me dejó boquiabierto:

Carlos Torres, uno de mis pacientes más antiguos hablaba sin parar; inmerso en un estrés agobiante, relataba la lista de reclamos y acusaciones que le había hecho su pareja la tarde anterior.

—¿Sabe qué pasa, doctor? —me dijo haciendo por primera vez una pausa—, mientras la escuchaba, me dio la sensación de que todos los defectos a los que hacía referencia, eran una descripción exacta de ella misma.

Y ahí lo vi; vi a Carlos Torres con un espejo en la cara reflejando la imagen de aquella mujer acusadora.

A veces “ser profesional” implica cierta falsedad. Decir cosas que uno no piensa, ni siente, porque las experiencias de la vida son muy distintas a las del librito; pero al final uno tiene que decir las del librito. Y lo que yo veía, era la imagen de una mujer manipuladora, siniestra, odiosa, que me hubiese gustado asesinar, sí, asesinar. Incluso mientras Torres hacía su inútil catarsis, porque con ese demonio no había nada que hacer, yo pensaba como lograr limpiar al mundo de gente así, en lugar de perder el tiempo sentado como un boludo, actuando de serio y mintiéndoles para luego robarles la plata dándoles herramientas inservibles.

No, ese espejo no era la entrada a Narnia ni al mundo maravilloso de Alicia. Ese espejo, era la entrada al mismo infierno; era la bruja de Blancanieves que quería ser la joven y bella princesa azul, pero era horrenda y llena de verrugas.

—Torres, terminamos por hoy —dije con la monotonía de siempre—. ¿Qué le parece si seguimos trabajando con lo mismo y nos vemos la próxima semana? —Ah, la sesión aumentó a doce mil pesos.




 

FACILI DESCENSUS AVERNI

Daniel Frini & Guillermo P. Bazán

 

Aunque no figuren en los libros de texto, algunos aún recordamos los terribles eventos de aquel tórrido verano de los años veinte, que dieron comienzo a la Gran Plaga. Al menos, yo los recuerdo de manera vívida.

Por aquel entonces, me hallaba empleada como institutriz y profesora de música en la mansión de los Díaz Colodrero, una familia de arribistas que habían amasado una obscena fortuna en apenas dos o tres generaciones, merced al negocio farmacéutico. No seré yo quien afirme sin fundamento –¡válgame el cielo!– que mi patrón fue el responsables de la Plaga; pero sí que muchas cosas que luego se tomaron como hechos aislados o simples coincidencias comenzaron en aquél regio caserón, y he sido testigo de todas ellas.

El primer incidente fue, sin duda alguna, el irritante carraspeo del niño Tomás durante las clases de piano, molestia que más tarde evolucionó en tos seca y que pronto trasmitió a su hermana Delfina. Como ambos pequeños detestaban la educación musical, en ese momento supuse que se trataba de una estratagema infantil para evadir su instrucción.

Qué equivocada estaba…

Don Tomás, eminente virólogo y pater familias, poseía un modernísimo laboratorio en los sótanos de la casa. Jamás puse un pie en esas dependencias, naturalmente; todos sabíamos que el sitio era territorio restringido para el resto de la familia (ni qué hablar para los simples empleados como nosotros). Él fue el siguiente en adquirir la molestísima tosecita que, al cabo de un par de días, degeneraba en expectoración violenta y sanguinosa, aunque las consecuencias no pasaron de ahí.

Sospecho que fue mi inveterada adicción al tabaco lo que me salvó de contagiarme de aquel espanto. Cierto, mis pulmones se encuentran hoy tan blindados por la nicotina que, a veces, debo echar mano al tubo de oxígeno para respirar, pero me gusta pensar que mi único vicio sirvió para algo.

Luego fue el turno de la Señora. Tosecita, expectoración, internación con asistencia de oxígeno y, al fin, la muerte. Todos la lloramos.

Le siguieron el chofer, don Nemesio; el jardinero, don Adrián; la cocinera, Adela; y, por último, Alex, el personal trainer de la Señora. La sonrisa velada del doctor profesor, don Tomás Díaz Colodrero, debería haberme servido de alerta; pero, después de tanta muerte cercana, no lo noté.

Un mes después, media ciudad estaba muerta o enferma. Tres meses más tarde, el mundo se debatía en estertores que presagiaban una catástrofe inminente.

Para los gobiernos del mundo y la OMS, no fue difícil establecer el origen; y, por cierto, al doctor no le importó ocultarlo. Se le hicieron graves acusaciones, claro. Por un lado, fue difícil comprobarlas debido a la complejidad del terrible virus, que mutaba con una velocidad pasmosa y desaparecía del receptor una vez cumplido su ciclo. Pero, y más importante, como una especie de soborno, el doctor se reservaba información clave que hubiese, al menos, indicado una solución al problema; por lo que las autoridades no se animaron a tocarlo.

El niño Tomás y Delfina estaban enfermos; pero, cosa curiosa, no parecían empeorar. La casa estaba, ahora, en silencio; y el doctor subía desde su laboratorio, solo para desayunar. Teresa, la encargada de la lavandería, y yo, éramos las únicas personas que quedábamos en la casa. Un día ella y otro yo, preparábamos las comidas. Siempre enfundadas en trajes que nos hacían parecer extraterrestres.

Sin embargo, el doctor parecía completamente sano; más allá de aquellos primeros síntomas. Se sentaba en la mesa, puntual a las ocho de la mañana; y no nos dirigía la palabra. Nosotros, por respeto –por temor, diría–, tampoco.

Más de una vez lo vi tomar su café con leche, mientras sostenía un portarretrato con una foto de su esposa.

—¿Viste, turra? Yo te avisé —lo escuchaba murmurar.

—Este inventó la enfermedad para liquidarla y salir limpito —insistía Teresa, en un susurro, a pesar de mis rechistidos—. Debe haberse inmin… imnu…

—¡Inmunizado, niña! Déjese de teorías ridículas y prepárele el desayuno al doctor — corregí, pero sospechaba lo mismo que ella: ese mal hombre estaba a salvo de su propio mal.

 La muchacha soltó un bufido.

—Prepáreselo usted misma, que hoy es viernes y le toca —respondió, y salió de la cocina hecha un basilisco.

Guaranga, pensé; pero no lo dije. ¡Una tiene su rango y educación! No por nada yo gozaba de la absoluta confianza de la difunta Señora, custodia de cada secreto de la casa. Entre otros, del código de acceso del laboratorio.

Abramos un paréntesis que sirva para entender lo que le pasó al doctor. Él era diabético insulinodependiente. Se inyectaba, dos veces al día, Humulín 100. Guardaba su reserva de frascos en una estantería del laboratorio.

No fue difícil entrar al laboratorio mientras desayunaba, con la excusa de ir a limpiar su dormitorio. Más complicado fue tomar unos seis o siete frascos de insulina sin que se notase su falta. Más tarde, con infinita paciencia, quité la tapa plástica y, con una jeringa, cambié el contenido por una solución fisiológica con bastante azúcar y volví a taparlos, cuidando de que no se notase nada. Al otro día, cuando el desayuno, llevé los frascos al estante del laboratorio, mezclándolos con los buenos. Y me senté a esperar.

Cuando la ansiedad me estaba ganando, ocurrió. Y fue lo mejor que pudo pasar: no murió. La apoplejía lo dejó casi sin movimientos, sin vista y sin habla.

Tengo que vestirlo e higienizarlo todos los días; pero lo hago con gusto. Porque en esos momentos le recuerdo lo buena que era la señora, Dios guarde su santa memoria. Después, lo saco al jardín en su silla de ruedas y lo dejo ahí hasta la noche, en invierno, verano, llueva o el sol parta la tierra. Escucho, desde lejos, sus gruñidos de incomodidad, dolor e impaciencia. No me importa nada.

Los niños han crecido y no les importa su padre.

El mundo se olvidó de él. La plaga no tiene cura. La población del mundo sigue muriendo a un ritmo alarmante.





EXOQUILOMBO

Daniel Alcoba & Ada Inés Lerner

 

Di con una fonda frecuentada por camioneros donde se alquilaban habitaciones con cuarto de baño, en medio de nada, en el centro de la provincia de Chubut. El asombro se me disparó cuando supe que esa cantina caminera, a la que un cartel pintado con tinta roja sobre fondo negro nombraba LaVizcacha, tenía un quilombo anexo. Comencé por indignarme con los tratantes de blancas. Pero acabé pidiéndole al "maître d'hotel":

—Lléveme al quilombo, quiero ver a esas mujeres.

—Mire, quilombo tenemos, pero no son mujeres las que hacen los servicios o las caridades emocionales. Podemos ofrecerle aliens con tentáculos y falsas bocas, también pulpos que lo abrazan amorosamente, seudópodos que envuelven su miembro como una forma de fagocitar y brindan sumo placer. O si prefiere, amantes ameboideos con la vacuola contráctil. Se adaptan al formato del objeto amado.

—No, gracias —y me alejé rápido.


 


 

LA CARTA QUE NO LLEGA

Chelo Torres & Lu Evans

 

Hoy he vuelto a pasar por el buzón de la urbanización antes de ir al supermercado. Un día más que está vacío. A veces dudo de que vaya a llegar la ansiada carta de confirmación. Pasan los días y dudo del rumbo que tomará mi vida después del verano. He programado un viaje, pero si la carta no llega, o no se acepta mi solicitud, ese viaje no podrá realizarse. Lo he pospuesto durante ocho años y ahora que parece que llega el momento, todavía no puedo programarlo, ni sentirme feliz por ello, sigo con la incertidumbre. Pese a que han pasado ya dos meses desde que lo solicité. ¡Maldita administración!

El teléfono suena. Espero que no sean los pesados de las compañías telefónicas queriendo venderme un contrato con su empresa. O peor aún, alguien que quiera timarme. Con los tiempos que corren, ya es más normal que te llame un timador que un amigo. El teléfono sigue sonando mientras lo saco del bolso.

—Diga— contesto con desgana.

—¡Diana! ¿Pero qué estabas haciendo que has tardado tanto en contestar?

—Rose, no te esperaba, creía que sería uno de esos pesados que sólo quieren vender.

—Ah, sí, tienes razón, esos pesados que no paran de llamar, pero esta vez soy yo. Quería contarte que me ha llegado la carta. ¡Por fin! ¿Y a ti? ¿Te ha llegado ya?

—No. He abierto el buzón hace un rato y nada. Vacío. Ya os ha llegado a casi todos, pero la mía sigue sin aparecer. En fin, enhorabuena, Rose.

Mi voz sonó con poco entusiasmo, hecho que evidentemente nota Rose.

—¡Venga, anímate! Seguro que la tuya llega mañana. No creo que te hagan quedar un año más.

—Espero que no, creo que no aguantaría.

 

Ha pasado un año y la carta no llega. ¡Maldita administración!

No oigo nada más de Rose. Para mi consuelo, esto les ocurre a todos los que reciben la carta y emprenden el viaje.

Todas las personas de entre veinte y treinta y cinco años, solteras, sin hijos y sanas, reciben la carta (excepto yo). Por supuesto, ya nadie quiere casarse y tener hijos. Mi prometido renunció a nuestro matrimonio hace unos meses, después de recibir la carta. De vez en cuando pienso en él y en cómo sería nuestra vida juntos.

La Navidad es la peor época del año, porque ninguno de mis primos y otros parientes jóvenes, amigos del colegio o de la universidad están por aquí.

Tampoco hay nadie de mi edad en la oficina. Mi jefe, que debe tener unos treinta años más que yo, empezó a flirtear conmigo tras la muerte de su mujer. Me invita varias veces a cenas, al teatro, al cine y a otros actos sociales, pero yo siempre declino cortésmente. Hoy, sin embargo, ha ocurrido lo que me temía: su declaración de amor incondicional, seguida de un rodillazo en el suelo, la cara contraída por el dolor de la artritis y el ofrecimiento de una cajita con un anillo dentro. Parece que tendré que buscar otro trabajo.

Sigo esperando que llegue la carta, así que todos los días, al llegar a casa del trabajo, rebusco en el buzón, pero solamente encuentro facturas y anuncios.

De vez en cuando voy a la oficina de Correos para saber qué ha podido pasar, pero ya no me hacen ni caso. No me cabe duda de que lo han perdido o lo ha utilizado otra persona haciéndose pasar por mí.

Ya veo las primeras canas en mis sienes. Mi madre murió el año pasado y mi padre poco después. Como hija única, ahora estoy sola, viendo cómo se descompone este planeta moribundo.




 

LOS OCHENTAS

Juan Pablo Goñi Capurro & Guillermo Corte

 

Manuel miraba por la ventana, exhibiendo una desagradable mueca al cielo mientras movía la cabeza en señal de negación.

—Estamos en cuarentena... ¿podés creer?

Otra vez... no sé cuántos días más podré soportarlo, reflexionó Esteban.

—Que época de mierda —insistió Manuel, chocando las palmas de las manos—; ¿sabes cuál fue la mejor?

Seguro me vas a decir que los ochenta… Era el séptimo día de confinamiento, y Esteban estaba haciendo malabares para sostener la convivencia forzada que compartía con su tío Manuel.

—¡Los ochenta! Los ochenta fueron la mejor época.

«¡Bingo!», pensó Esteban.

—Todo era más fácil, nene, sin tantas vueltas. Redes sociales, que esto, que aquello… Vos eras de izquierda o de derecha, y punto. Rocky era el bueno, el ruso era el malo. Chau. Hoy cualquier cosa que decís le cae mal a alguien, ¿no te parece?

Esteban no abrió la boca.

—Indiana Jones, MacGyver... ¿te acordás cuando veíamos juntos it´s a knockout? Todo era más inocente. Los pibes jugaban a la escondida, leían historietas, podían salir solos a la plaza…

¿No puedo amordazarlo? No. No me queda otra opción más que escucharlo, se dijo el joven, aceptando su situación.

—Los pibes de hoy ni salen al barrio. Se sientan a la mesa y no hablan. Y menos mal, porque ni saben hablar bien, y menos escribir.

Soy un estoico, se dijo el resignado oyente, sin decidir si lo hacía para darse ánimos o para burlarse de sí mismo, único responsable del castigo que soportaba. Tantos destinos posibles, vino escoger una visita a su tío para pasar los días que le debían en el banco. ¿Cuántos días estaría condenado a oír el mismo repertorio rancio?

—Fijate como estás, nene, parece que tuvieras cincuenta y cinco, que fueras un compañerito de colegio y no mi sobrino.

Esto era nuevo; Esteban revisó su apariencia en el espejo, no notó síntomas de envejecimiento prematuro.

—No lo digo por la cara. Lo digo por tu actitud, estás callado como si ya el mundo no te pudiera ofrecer nada. Ya no creen, son jubilados antes de empezar a trabajar.

El tío lo estaba pinchando; su diversión favorita eran las discusiones de bar, el hijo de su hermana llevaba una semana sin plantearle un debate. Esta vez, el joven cayó en la trampa.

—Yo no soy de esos, yo trabajo, lo sabés muy bien.

—¿Trabajo? Un mes de vacaciones, ¿qué trabajo es ese? —exclamó Manuel, paseando por la sala, abriendo los brazos como un declamador.

—Son días que me debían por dos años sin tomármelas. Si eso no es ser responsable, vos dirás.

Esteban ocupó la ventana, escondiendo la mirada. Manuel observó la estampa del visitante; estaba alto el pibe que llevaba a la cancha, a pescar, a tomar helados. Mientras vivieron en la misma ciudad, fue casi su padre. Se preguntó cómo había salido tan apagado, teniendo tanto contacto con él.

—Te veo y me das lástima. —Esteban se volvió, más sorprendido que ofendido por la frase. Intentó leer las intenciones en el semblante castigado del tío; fue incapaz de determinar si la pose era real o fingida. Al otro no se le escapó el nerviosismo del muchacho—. Sí, me das lástima. Te da lo mismo estar acá, en tu casa o en una playa rodeado de mujeres. Mientras tengas el telefonito, el resto es igual.

Era injusto. Bastó ver la pila de platos sucios el día que llegó, las sábanas con meses de olores acumulados o las ropas arrugadas esparcidas por la casa, para saber que su tío padecía de una soledad terminal; ese trato no era una manera de agradecer su visita, quizá la única compañía que tenía en años.

—¿Te vas a quedar callado? ¿No podés comunicarte si no es por el aparatito?

Manuel se había acercado, ahora burlón. Esteban notó el calor en sus mejillas; observó los dientes ausentes en la sonrisa amarronada. No pudo contener el impulso de borrársela, aunque terminara traicionándose.

—¿La verdad? Los ochenta fueron una mierda, ¡me alegro de no haber nacido en los ochenta!

Esteban se arrepintió inmediatamente de sus dichos: había incursionado en un tema tabú para la familia: el fatídico 1989.

—¡¿Te alegras de no haber nacido en los ochenta?! —Manuel se enfureció—. ¡Carajo!

Carlos Ortega había nacido el veinticuatro de octubre del ochenta y nueve. Habitó el mundo solo por cinco días: muerte súbita. La esposa de Manuel, Ximena, lo abandonó un par de meses después. Cuando Carlos murió, Esteban ya estaba en el vientre materno.

—¿Sabés por qué te gustan tanto los ochenta, tío?

—¡Callate, vos!

—Te gustan porque después de eso nunca más fuiste feliz.

Esteban miró al tío con compasión, olvidando el hartazgo acumulado.

—¡Callate!

Hubo un silencio incómodo. Un profundo sentimiento de culpa inundó al muchacho.

—¿Sabés que cuando era pibe me hacían bulling, tío? —se sinceró.

La revelación descolocó a Manuel; a pesar de ser cercanos, nunca habían hablado de ese tema. El muchacho prosiguió:

—¿No te acordás lo gordito que era? En el San Francisco, los pibes me decían “IBM”, inmensa bola de mierda... ¿Sabés lo que me hubiera gustado que Carlitos estuviera ahí para defenderme?

Luego de eso, Manuel rompió en llanto. Unos instantes después, tío y sobrino se abrazaron.

It´s a knockout todavía está... en Youtube —propuso el sobrino.

—Yo hincho por los verdes—dijo el tío, mientras se limpiaba las lágrimas con la musculosa.




 

LOS SOLDADITOS DE DIOS

Oscar De Los Ríos & Laura Irene Ludueña

 

Recuerdo cuando el padre Abel llegó al barrio. Aún me parece verlo bajando del 207, a dos cuadras de la parroquia, tan distinto al que encontramos en la sacristía arrodillado sobre maíz. Llevaba una pequeña valija con ruedas y un estuche alargado, que luego supimos contenía un violín, cuyas cuerdas estaban arrolladas alrededor de su cuello. Desde el primer día debió luchar con las dificultades del barrio: pobreza, hambre, violencia, drogas… Pónganlo en el orden que quieran, el resultado es siempre el mismo: tierra liberada por la policía y los políticos corruptos.

Lo primero que hizo fue organizar el comedor parroquial “nada bueno sale de una panza vacía”, era su máxima. Luego creó la orquesta: “Los soldaditos de Dios”. Los primeros integrantes fueron tres soldaditos de la droga. La orquesta creció a la par que el amor de los feligreses por el padre Abel.

Si estuviera con nosotros, él mismo encabezaría la marcha de protesta con el pasito corto que usaba en las procesiones. Una multitud se da cita en la plaza del pueblo y camina hacia la parroquia. El obispo y el intendente presiden la marcha, pidiendo que se esclarezca este horrible crimen. Hasta los asesinos deben tener un cirio en sus manos.

El resultado de la autopsia reveló en el cuello un profundo corte y, los peritos forenses, encontraron dos huellas de calzado en el reclinatorio, como si hubiera tenido lugar una cinchada. Una ejecución a cuatro manos, más apropiada para piano que violín.

El inspector Méndez, a cargo de la investigación, tomó testimonios. La primera en declarar fue secretaria de la parroquia, una mujer bajita y enjuta, que se persignaba cada vez que nombraba al padre.

El padre Abel no era cualquier cura, era nuestro cura. Cuando se enteró de las entradas de Daniel a la policía, el de la flauta traversa, lo fue a buscar. Era fácil porque era menor y no tenía a nadie. La madre muerta, el padre en cana y el hermano desaparecido desde hacía varios años. ¿Qué iban a hacer con el pendejo?, se preguntaba la yuta siempre tan sensible. ¡Qué se lo lleve el cura! Les servía, un problema menos. ¿Si lo reprendió? No, ese no era su estilo, sí se quedó con él, le dio de comer, lo ayudó a bañarse, lo puso a dormir y lo alejó de los narcos. Por lo menos eso creíamos.

 Cuando metieron adentro al Lolo, el percusionista, porque andaba armado (creo que el padre Abel sabía que siempre lo estaba) le dijo muy al pasar mientras guardábamos los instrumentos:

—¿Sabes que un buen cristiano no tiene derecho a matar? Sí tiene la obligación de morir por sus hermanos.

Otro pesado del grupo era el gordo Isaías que haciendo “ciertos mandados” pudo comprarse una moto y su propia trompeta. Un día llegó fumado y no dio pie con bola con las notas. El padre lo llevo a parte y no sé qué pudo haberle dicho, pero nunca más lo vimos así. Lo que no quiere decir que se alejara de la falopa. Isaías no era gordo por comer nos había explicado el padre, era gordo por comer mal. A este, el inspector Méndez lo persiguió por semanas para que largue lo que sabía del asesinato. No creo que el gordo haya tenido algo que ver. Lo apreciaba y eso ya era mucho para alguien que odiaba al mundo.

Los ensayos era la oportunidad que tenía el padre Abel para enseñarnos a ser mejores, cosa que en ese contexto no era fácil. Nunca entendí cómo hacía para que, con lo burros que éramos todos, lo entendiéramos.

Cuando encontraron muerto al flaco Díaz lo vimos llorar. Lo velamos toda la noche. Cuando cerraron el cajón, el padre nos miró a todos.

—Otra víctima —dijo. En ese momento no entendimos bien qué quiso decir.

Después de la muerte del Padre Abel, nada fue lo mismo. La orquesta “Los soldaditos de Dios” se fue desintegrando poco a poco. Habíamos acordado seguir ensayando como antes pero ya no había nadie que nos ponga límites, si no surgía una pelea en la que enseguida asomaba un fierro, algunos venían tan drogados que era imposible hacer nada. Isaías dijo que prefería tocar en su casa que con un grupo de idiotas como nosotros y no apareció más por la capilla. Todos sabíamos en qué andaba. Lo mismo pasó con Daniel y otros que estaban en la misma transa.

Con mi vieja y algunos de los chicos fuimos a la comisaría a preguntar si sabían quién había sido. Dijeron que habían visto a un tipo raro cerca de la iglesia la noche anterior al descubrimiento del cuerpo. Sin embargo, nadie podía proporcionar una descripción clara.

 —Otra vez vinieron los pibes a preguntar por el asesino del cura, inspector —dijo el cabo Gutiérrez.

—¿Qué les dijiste?

—Lo de siempre, que no sabíamos nada, inspector.

—Bien, no te preocupes ya se van a cansar.

—Quiero lo mío, ya hace un mes que el curita de la villa tocó por última vez el violín…

—No sé de qué estás hablando; seguí con lo tuyo.

Gutierrez no se movió.

—La cajita con la plata…

El inspector clavó unos ojos fieros en el cabo.

—Seguí con lo tuyo, dije.





 

NADA EN LA CABEZA

Fernando Andrés Puga & José Luis Velarde

 

—¿Están viendo lo mismo que yo? —preguntó el cirujano a sus ayudantes cuando terminó de abrir el parietal de la paciente.

—Yo no veo nada —dijo la enfermera, temiendo acotar algo impropio.

—¡Exactamente! ¡Nada! —ratificó el doctor—. ¿No les resulta sorprendente?

—¿Por qué, doctor? —preguntó la instrumentista—. ¿Qué es lo que esperaba encontrar?

El doctor retiró el hueso y alumbró la bóveda vacía para que todos pudieran mirar sin estorbos.

—Algún pensamiento, por lo menos una maldita neurona. Es imposible trepanar cráneos y encontrar solo aire. Bien sabemos que se trata de una estrella de cine, pero este hueco escandaliza. Además las tomografías de la paciente indicaban un tumor maligno entre la masa encefálica.

—¿Qué haremos doctor?

—Ya suturo. Es imposible que despierte. Nunca supe de un tumor disolvente de cerebros.

En eso la paciente abrió los ojos y sonrió tan artificial como la noche anterior.




 

NADA ES PERFECTO

Marcela Iglesias & Oscar De Los Ríos

 

Carlos Fabara era el estudiante más famoso de la escuela de maestría en investigación. Sus proyectos siempre salían premiados en cualquiera de los concursos que participaba. A pesar de la creencia popular acerca de los cerebritos, él era bastante "normal", agradable y risueño. Además, era muy generoso con sus conocimientos. Los compartía con cualquiera que lo necesitara. Hasta ese entonces la vida le había sonreído. Hijo de una familia de clase media convencional, no sabía lo que eran necesidades. Su vida siempre había sido cómoda, alegre y feliz. Su madre se desvivía por él y su padre siempre se mostraba orgulloso de sus logros. Tanto su hermana mayor como su hermana menor lo adoraban y era el centro de sus existencias. Su vida era ideal. Sus compañeros lo apreciaban. No había envidias a su alrededor. Todo parecía ser perfecto, hasta aquel fatídico día en que las cosas cambiaron drásticamente.

Era el día final del congreso donde su más reciente invención había sido premiada con dos menciones honoríficas y el primer lugar en innovación. Se sentía orgulloso porque su galardonado proyecto reduciría los costos de fabricación de ciertos productos farmacéuticos poniéndolos al alcance de los bolsillos de gente menos afortunada que él. Porque además de todas sus perfecciones, Carlos tenía conciencia social.

Esa misma noche, luego de su magistral exposición, durante la fiesta de gala, una hermosa mujer se le acercó y lo tomo del brazo; sin mediar palabra lo saco del salón. Fascinado por la bella mujer, Carlos se dejó conducir escaleras arriba, una puerta se abría hacia la terraza que daba a un patio interno iluminado solamente por la luz de la luna en cuarto creciente. Un cálido viento norte, el viento de los locos como decía mi madre, agitaba las hojas de los árboles y el rumor de una fuente de agua serenaba el ánimo. La mujer lo miró a los ojos y le dijo.

—Necesitamos tu ayuda para lograr una cura de la enfermedad que nos está diezmando.

Pablo la miró durante un instante de tiempo interminable, sin entender qué quería la mujer de él. No le gustaban las sorpresas y las cosas que no lograba entender lo ponían nervioso y al borde de la fobia. La situación lo sobrepasaba. La fascinación que le produjo la mujer en un principio se esfumó como la niebla al salir el sol; necesitaba aire, respirar. Se dirigió hacia el extremo más alejado de la terraza buscando aire. Entonces ocurrió algo inesperado: la mujer lo empujó por encima de la baranda de hierro forjado y, Carlos, en vez de caer, quedó flotando sobre los árboles y un haz tractor lo succionó hacia una nave que levitaba sobre la mansión; donde los asistentes bailaban y charlaban ajenos a lo que estaba ocurriendo con el invitado estrella.




 

OLVIDO

Rosa Lía Cuello & Claudia Isabel Lonfat

 

Me siento un bicho estúpido, pensó, tengo tantas ganas de salir de este cuarto donde yo solo me recluí, tomar un poco de sol, ver un poco de gente. Pero no me animo. Me parece que hace un siglo que estoy acá. Alguien me acerca comida por las noches; siento los pasos que se aproximan, el ruido y el olor a comida recalentada.

La oscuridad es la única compañera que tengo, ni una miserable rata pasa por acá, no hay canto de pájaros, ni ruido de coches, ni una palabra, ni música, nada.

A veces recuerdo cosas, pequeños flashes, risas de niños, una mujer sin rostro, manos que parten pan y luego otra vez silencio, tristeza infinita y llanto. Otros días me despierto cuando voy corriendo, desesperado, alguien me persigue y está a punto de alcanzarme, siento sus pasos, su aliento, su brazo oscuro y lleno de vello que me aferra, me lastima. Entonces abro los ojos y no sé si estoy despierto o dormido, si es de día o de noche, intento salir de este sitio inmundo pero algo me lo impide, yo sé que la puerta no tiene llave pero tengo miedo.

Ya no recuerdo por qué me recluí. Busco dentro de mí para aferrarme a esos pequeños indicios de una vida pasada, para no caer más profundo en el vacío que me rodea y que parece no tener fin, pero todo esfuerzo es en vano; vuelven esas pobres imágenes que ya no sé si son mías, o salieron del aparato cuyo nombre desconozco, y al que le pusieron un cartel que dice TV, donde aparece un mundo en el que no recuerdo haber estado. Alrededor todo es gris o blanco sucio y ajado. Por momentos quiero saltar de la cama y no pensar en los peligros y miedos que me acechan, pero cuando apoyo el pie en el piso, tengo la sensación de que una gran boca se abre y me traga.

Hay dos botones arriba de la mesita, uno dice luz, el otro enfermera. También hay un aparato, muy distinto al que dice TV, en cuyo cartel se lee heladera. Toco el botón que dice enfermera. Unos minutos después una joven mujer entra sin golpear la puerta. Frunzo el entrecejo para expresar fastidio, pero cuando me mira sonriente y me pregunta si necesito algo, enseguida se me pasa, y le pregunto quién es ella y por qué está allí. Luego viene un hombre con una bandeja llena de pastillas y jeringas, se me acerca, pero antes le dice a la joven.

—Siempre la misma historia, Daniela.

Ella le responde con una sonrisa y me mira.

—¿Quiere qué lo acompañe al baño o le pongo la chata? —pregunta.

Automáticamente me palpo el bajo vientre y compruebo que tengo algo puesto bajo la ropa. Siento vergüenza. Quiero que todos se vayan de la habitación, incluso ella con su hermosa sonrisa.

Tengo deseos de gritar y no sé por qué, y de pronto se me escapa de la boca algo abrupto que es como un alarido. No puedo parar, entonces el hombre con la bandeja toma una jeringa y me la clava en el brazo. Mi corazón cabalga como un animal salvaje, sin control, tan solo por un instante, luego viene la paz. El enojo se disipa como las nubes después de una tormenta, todo fluye, ya no importa donde estoy ni con quien. El hombre recoge la bandeja y sale, dejando la puerta abierta. Ella ahora me mira triste, y sale tras sus pasos que se van apagando por el pasillo.

Me gustaría gritarle que no se vaya; es tan rubia y flaquita como ella, pero ¿quién es ella?, no lo sé. Algo calentito me corre por la cara, cierro los ojos y veo un sol enorme que me cubre y camino despacito entre las flores de un jardín.

Abro los ojos, el sol se apaga y ahí está otra vez esa cosa inmunda que me corre por los pasillos vacíos. Pido auxilio pero mi boca se retuerce en un gesto absurdo y mi voz se pierde en la oscuridad.

Un hombre viejo me sonríe al final de pasillo, quiero llegar a él y algo me retiene con fuerza.

De pronto estoy otra vez en la cama y escucho al hombre que dice:

—Esta vez se nos va…

—Sí —dice la enfermera—; dejará de sufrir.

Si me saliera la voz le diría gracias, pero solo lo pienso, me duele el pecho, como si me hubieran pegado muy fuerte. La enfermera me toma la mano y yo me aferro a ella con fuerza y vuelvo a dormirme.

Despierto en otro lugar, todo es luz y recuerdos. El hombre del pasillo era mi abuelo. Mi perro mueve la cola y parece contento, y llegan todos, mi hija, mi esposa, mis amigos. Suerte que todo fue un mal sueño…




 

SALIENDO DEL REFUGIO

Itzel Flores García & Víctor Lowenstein

 

Desde hacía semanas se hallaba recluido en su “búnker” como llamaba al sótano de la casa de sus padres. Suficientes botellas de burdeos y latas de conservas le aseguraban a Eddy una supervivencia de por lo menos tres semanas más. No necesitaba demasiado para vivir; aquello era sobrevivir, algo más extremo. El mundo se venía desmoronando desde la segunda pandemia que despobló la mitad de Occidente en el 2025, y no eran pocos los que consideraban convertir sus hogares en refugios postapocalípticos.

  Luego de oír aquella sirena que le despojó la modorra de la siesta, Eddy prestó atención al informativo de su radio portátil, siempre encendida. No daba crédito a la voz del locutor. Al parecer, la gente estaba cayendo como moscas en las calles, víctimas de un repentino rebrote del temido SARS 26, un flagelo a nivel mundial. Luego de pensar un poco, Eddy abrió la puerta del sótano y subió las escaleras.

  En el living, sus padres bebían té mirando una película. Desde afuera llegaban sonidos de bocinazos y alaridos, pero los ancianos permanecían inmutables frente a la televisión.

—¿Es que no se enteran? —les gritó Eddy; ellos lo miraron sonriendo, sin responder.

  Luego de cerciorarse de que puertas y ventanas estuviesen cerradas, Eddy recorrió la casa para asegurarse que todo estaba en orden allí. Volvió al living para espiar el exterior por entre las celosías del ventanal. Nada, todo el mundo caminaba normalmente por la calle principal.

—¡¿Pueden explicarme qué diablos sucede?! —exclamó Eddy, fuera de sí.

   Los ancianos no escucharon los gritos de su hijo porque sus aparatos de audición estaban conectados al televisor. Estos, estaban programados para desconectarse a las 19:00, hora en la que ambos preparaban la merienda y llamaban a Eddy para que se sentara con ellos a platicar de los tiempos en los que podían salir.

   Eddy se apresuró a pararse delante de ellos moviendo los brazos enérgicamente para llamar su atención.

—¡¿Qué está sucediendo, hijo?! —dijo su madre poniéndose en pie muy asustada. Ese movimiento hizo que al caminar se tropezara y cayera de rodillas a un costado de su esposo, quien, lleno de sorpresa e inquietud se apresuró a ayudarla.

—Eddy, ven pronto.

   La madre de Eddy no podía levantarse y sollozaba del dolor. Eddy se sintió culpable de aquello y con paciencia y cariño la tomó en brazos y la llevó al sillón en donde la intentó poner cómoda.

—Mis rodillas, hijo, me duelen mucho, no las puedo doblar. Por favor llama al doctor.

   Marcó el número celular del médico y mientras sonaba, caminó hacia la ventana y descorrió la cortina. Eran las cinco de la tarde y constató que afuera todo estaba normal. “¿Y el rebrote?”, pensó. Se quedó en la línea para esperar que respondiera el médico, pero después de unos minutos se escuchó la grabación que indicó que el número marcado no estaba disponible.

—Hijo, tu mamá no aguanta. Acaba de desvanecerse del dolor. Llama una ambulancia para llevarla al hospital. No sé qué pasa contigo. Hemos estado charlando, tu madre y yo sobre este asunto. Ya estamos grandes y no podemos estar a tu cuidado. El virus te afectó demasiado. Cada vez que sales del refugio, como le llamas a tu habitación del sótano, sucede algo malo. Hace una semana, te pusiste frenético cuando tuvimos la visita de tu tía Sonia, decías que nos íbamos a contagiar y que esta vez no tendríamos suerte, porque la cepa actual es muy agresiva. Después de eso volviste a tu encierro. Hablar contigo, es inútil, no nos escuchas.

—Papá —dijo Eddy asustado—, el SARS 26 va a destruir al mundo.

—Ya lo ha hecho, hijo; destruyó nuestro mundo, pero yo soy el único que se dio cuenta.

Los transeúntes regresaban a sus casas después del trabajo y siempre miraban curiosos la casa abandonada después de la pandemia. Era un paisaje triste.





 

SIN ESCAPE

María Elena Rodríguez & Luisa Madariaga Young

 

Peter y Adri se habían casado en enero de 2028.

Habían esperado seis años para tener la casa perfecta en Ciudad Blanca. Su hogar, con inmunidad garantizada, se alineaba con las demás casas, separadas por jardines de dos metros cuadrados que diligentes robots mantenían desinfectados, por lo que para entrar al condominio pasaban de a uno por la cabina de esterilización. Las puertas de las viviendas eran automáticas, también la grifería y las instalaciones eléctricas. Perfectas máquinas preparaban los alimentos, limpiaban y ordenaban. Estaban a salvo de todos los virus. Para prevenir cualquier descuido que pudiera contaminar, ningún dispositivo podía ser accionado por la intervención humana.

Un día, cuando Peter llegó a su casa, entró como siempre a la cabina de gas, pero cuando quiso salir, el mecanismo de apertura falló.

En los primeros minutos del encierro no le dio importancia a la cantidad de androides que se estaban alineando a su alrededor; hasta alcanzó a reconocer, con cierto alivio, a dos que servían en su vivienda. Quizás hoy sea día de reprogramación para todos los que superan los cinco años, razonó. Con ese pensamiento se mantuvo tranquilo y observó a su alrededor. Tantos años viviendo aquí, realizando la misma rutina diaria de desinfección. y recién ahora percibo cuán transparente es esta cabina sin la acción del gas AC, se dijo, mientras caía en la cuenta, no sin extrañeza, que a pesar del tiempo transcurrido no había absolutamente ningún humano por los alrededores.

Una indescriptible inquietud comenzó a recorrer su espalda hasta la médula cuando vio llegar también a los androides de última generación.

—¿Qué sucede, acaso no me están viendo? —gritó fuera de sí.

Estaba alarmado, tanto, que comenzó a golpear las paredes transparentes en un intento por llamar la atención de los androides. Todo fue inútil, ninguno se movió ni pareció interesarse por él. Rendido por sus fallidos intentos recordó que la cabina estaba construida a prueba de ruidos.

Sin otra cosa que hacer más que continuar esperando por la providencia, Peter cayó en la cuenta que los androides parecían tener conversaciones entre ellos y que de vez en cuando el que parecía gesticular más, señalaba con su mano acrílica hacia la zona de desinfección y luego hacia el conjunto de viviendas, como si estuvieran decidiendo algo muy importante.

Desesperado, Peter intentó llamar varias veces a su esposa, pero no obtuvo otra respuesta que el chirrido de la interferencia. Sabía que ella se encontraba en casa desde el mediodía ¿Por qué no se conecta la llamada? Quizás Adri pueda accionar el mecanismo de apertura desde fuera… ¡Un momento! ¿Qué cosas digo? ¿Acaso eres tonto? De sobra sabes que eso no es posible. ¿Cuál ha sido la causa de tamaño error?

En ese preciso instante comenzaron a funcionar los conductos de gas. Sintió que algo irritante penetraba por sus vías respiratorias causándole una asfixiante agonía. Cayó al piso presa de pánico, con la certeza de una muerte inminente, mientras leía en la pantalla lumínica que se había activado la emergencia sanitaria por un nuevo virus; uno desconocido hasta ese momento, macroscópico y capaz de debatirse en la cabina golpeando las paredes en un intento inútil de escapar a su destrucción.


 


ÚLTIMA ETAPA

Armando Azeglio & Sergio Gaut vel Hartman

 

Aunque no era consciente de ello, Salomón Cohen forjó toda su vida como una extraña intersección entre ajedrez y literatura. Y siempre supo que eso podía ser una herramienta para mantenerse vivo.

En 1942, durante las gélidas noches de silencio derruido, dentro del amurallado gueto de Varsovia, mientras los nazis ocupaban la ciudad, aprendió de Pinjas Peisejovich el paulatino arte del ajedrez. Empezó con piezas de madera y terminó jugándolo con soldados alemanes. Al principio se limitó a organizar el tráfico de alimentos desde el exterior al gueto; luego organizó fugas humanas que cubría con los disparos realizados contra los germanos utilizando una ametralladora de asalto rusa que en sus manos se negaba a permanecer callada. Mientras lo hacía, repasaba en su mente la crónica de un horror que no podría ni querría olvidar.

Desembarcó en el barrio judío del Once a finales de los cuarenta; buscaba unos parientes a los que nunca encontraría, por lo que se vio obligado a vender telas para sobrevivir, llegando al límite, una vez más, vertiginosamente. El recuerdo de lo ocurrido en Varsovia hacía insomnes sus noches. ¿Se puede conjurar el olvido cuando el dolor queda grabado en la memoria celular? Descubrió a Arlt primero, a Israel Regardie después, para abrirse al escaso placer y al mucho dolor que el nuevo país le proponía. Pensaba en Najdorf y los muertos de los campos, y la herida permanecía abierta.

La década del setenta lo sorprendió secuestrado por un escuadrón del Ejército Revolucionario del Pueblo; lo acusaban de capitalista y explotador. Cohen, sin inmutarse, pidió lápiz y papel y empezó a escribir sus memorias. Descubrió quien era el enemigo, y aunque todavía no existía el término “síndrome de Estocolmo”, empezó a sentir simpatía por sus captores. Luchaban contra el mismo monstruo que él combatió durante la guerra; solo el nombre y la forma se habían modificado. Pero no era sencillo, en cambio, alterar el pensamiento dogmático: la Revolución está primero y él no podía demostrarles que todavía era un luchador antifascista, que la venta de telas y el éxito económico no lo dejaban en la vereda equivocada.

Tal vez fue por azar, quizá un hilo suelto de la trama. Un día, mientras hurgaba en sus recuerdos para reconstruir un episodio particularmente sórdido de los tiempos del gueto, dejó que su mano dibujara libremente un tablero de ajedrez. Sesenta y cuatro casillas en perfecta simetría y un puñado de piezas que componían la intrincada posición de una partida en la que Pinjas, luego de sacrificar una torre y un alfil, lo había acorralado, como ocurría casi siempre. No obstante, aquella vez, una alarma había interrumpido el juego y Salomón tuvo la sensación de que si hubiera podido proseguir la lucha habría logrado rechazar el ataque e imponerse gracias a la superioridad material de la que disponía. Pinjas no sobrevivió a ese episodio y aquella posición había atormentado a Cohen hasta convertirse en algo obsesivo y recurrente. Fue al rememorar aquello que la configuración regresó a su mente y volvió a percutir en su cerebro de un modo tan arrollador que no advirtió que el jefe del escuadrón del ERP, al que llamaban “Comandante Rafael”, lo contemplaba en silencio, ubicado a sus espaldas... un silencio que el revolucionario rompió con una inesperada observación.

—¿Qué hubiera pasado si movía el caballo? Las blancas no podrían haberlo capturado porque la dama negra habría quedado clavada por la torre. No sólo se perdía más material sino que desaparecía la presión.

Salomón Cohen escuchó la parrafada sin girar la cabeza, pero cuando finalmente lo hizo, miró a Rafael con una mezcla de suspicacia y satisfacción.

—Es obvio que usted es un jugador de buen nivel.

—Aceptable —respondió el revolucionario encendiendo un cigarro—. Eso no lo exime de la acusación que hemos hecho.

—No, pero ahora puede permitirse ver las cosas desde otro lado, con otra perspectiva. ¿No me cree cuando le digo que combatíamos al fascismo como lo hacen ustedes y por motivos semejantes?

—Lo estamos juzgando por el aquí y ahora —agregó Rafael con dureza—, no por su maravilloso pasado. Y a pesar de que le creo, eso no cambia las cosas. Hay reglas.

—Entonces mire la partida. ¿Qué ve?

El comandante se movió con brusquedad, quedó frente a Salomón y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas; empezó a mirar el tablero dibujado desde la posición de las blancas.

—Su adversario era el de las blancas, ¿verdad?

—Pinjas Peisejovich; murió peleando contra los nazis. Yo me salvé porque no me tocaba morir.

—Las negras están perdidas —dijo el comandante—. Si usted hubiese movido el caballo, la dama blanca no estaba obligada a capturarlo. Con retirarse por la diagonal dominando la columna en la que estaba el rey negro…

—¿Se da cuenta ahora?

—Pero usted creía que había una salida —protestó el comandante—, que podía ganar la partida, y eso no es cierto.

—¿Está seguro? Mire. —Cohen hizo un bollo con el papel en el que había dibujado el tablero e hizo el ademán de meterlo en la boca para comerlo—. Tampoco tenía que perderla, necesariamente. ¿Tablas? —Tendió la mano. El “Comandante Rafael”, tras vacilar un momento, sonrió y se la estrechó con firmeza.


Los autores: Ada Inés Lerner (Argentina), Alejandro Bentivoglio (Argentina), Carlos Enrique Saldívar (Perú), Carmen Belzún (Argentina), Chelo Torres (España), Claudia Isabel Lonfat (Argentina), Daniel Alcoba (Argentina/España), Fernando Andrés Puga (Argentina), Guillermo Corte (Argentina), Javier López  (España), José Luis Velarde (México), Juan Pablo Goñi Capurro (Argentina), Lu Evans (Brasil), Luciano Doti (Argentina), Lucila Adela Guzmán (Argentina), Oscar De Los Ríos (Argentina), Patricio G. Bazán (Argentina), Víctor Lowenstein (Argentina) Joao Ventura (Portugal) Edilberto Aldán (México), Ricardo Bernal (México), Luciano Lara (Argentina), Daniel Frini (Argentina), Laura Irene Ludueña (Argentina), Marcela Iglesias (El Salvador/Ecuador), Rosa Lía Cuello (Argentina), Itzel Flores García (México), María Elena Rodríguez (Uruguay), Luisa Madariaga Young (Cuba), Armando Azeglio (Argentina) y Sergio Gaut vel Hartman (Argentina). 

 


CUENTOS AL CUADRADO - SEGUNDA ENTREGA



ROLES

María Elena Rodríguez, Laura Irene Ludueña, 

Dora Gómez Q & Oscar De Los Ríos

 

Desde pequeña supo que no quería ser Sofía. No le gustaban las muñecas, ni las rondas, ni las rimas de sorteo; las conversaciones de sus compañeras la aburrían. Le encantaba trepar a los árboles, jugar “picaditos” con los chicos del barrio y hasta el boxeo. A los quince años descubrió que se había enamorado de su mejor amiga, pero no como mujer sino con amor de hombre. Entonces se dio cuenta que no era la chica que todos veían, se sentía varón.

A partir de ahí se integró a comunidades de otras personas que estaban en la misma situación, se encontró entre sus iguales y tomó la decisión de cambiar de género.

El proceso fue lento y con etapas difíciles, pero exitoso. Luego de tratamientos hormonales y tres cirugías su cuerpo era el que siempre había soñado.

Sofía quedó en el pasado, solo en algunas fotos que guardó su madre. Ahora todos le llamaban Gastón.

Amaba afeitarse todas las mañanas, mirar sus pectorales y sus bíceps desarrollados, amaba ser hombre y más que nada amaba a Amalia, que se había convertido en su compañera de vida.

Juntos construyeron un futuro y una familia. Era un sueño de la infancia hecho realidad para Gastón; se sentía afortunado.

Ya había cumplido sesenta y cinco cuando comenzó a olvidar hechos cotidianos, luego el nombre de los objetos.

—Es normal, Gastón —le dijo Amalia—, es la edad.

Él la miró con asombro:

—¿Gastón? ¿Quién es Gastón? ¿Por qué me llamas así? Soy Sofía.

Amalia lo tomó tiernamente de las manos, y para no contrariarlo le dijo:

—Está bien, Sofia, vayamos al jardín, hay un hermoso atardecer hoy. —Sabía que le esperaban duros momentos. El neurólogo le había explicado que la demencia era inexorable y progresiva.

Gastón se había quejado anteriormente de sus problemas de memoria. Amalia lo consolaba diciéndole que tampoco recordaba dónde ella dejaba sus llaves. Pero días después Gastón tomó un vaso y preguntó:

—¿Cómo se llama esto?

—Vaso —contestó Amalia, comprendiendo que el problema de los olvidos era más grave de lo que suponía. Fue entonces que lo obligó a consultar al neurólogo.

—Gastón, siempre serás el amor de mi vida —le dijo en uno de los momentos lúcidos, que cada vez eran menos frecuentes—, y yo lo seré hasta el último segundo que puedas mantenerme en tu memoria. Fuiste muy valiente en defender tu identidad. Tuvimos épocas difíciles. Yo era vulnerable a las miradas que desaprobaban nuestro amor, por lo que siempre fingía y disimulaba. Solo tu inmensa seguridad me dio fuerzas para seguir. Ahora podríamos disfrutarnos con más libertad, los tiempos han cambiado. Seguiré besándose en la calle, escandalosamente, a propósito, para reírnos de los pacatos, como hicimos siempre. Solo espero que en ese momento tu memoria no vuelva al tiempo en que fuiste Sofia, alguien que no querías ser.

Gastón tenía la mirada perdida y Amalia no estaba segura si él la había comprendido. Desde hacía algunas semanas había perdido la noción de dónde estaba, o qué día era. Esa mañana se había levantado temprano y vestido como si fuera a salir.

Buen día amor, ¿vas a salir? le preguntó cariñosamente. Había decidido llamarlo así porque varias veces le había cuestionado que él no era Gastón.

¡Es domingo! contestó con seguridad Gastón—. Mamá me lleva a la misa de la escuela todos los domingos.

Era tan doloroso ver así al que había peleado tanto junto a ella para ser quién era. Para Amalia resultaba difícil aceptar ayuda, creía que solo ella lo entendía, sabía cuáles eran sus comidas y bebidas favoritas o qué medicación debía tomar. El médico le advirtió que esa actitud podría ser perjudicial no solo para su salud sino también para Gastón, pero no podía evitarlo. El estrés le causaba cansancio, ansiedad y una angustia constante que le oprimía el pecho. Entendía que quisieran ayudarla, que no estaba sola, pero se resistía. No deseaba que nadie lo viera así. Gastón era su único y gran amor… todo lo habían enfrentado juntos y esto también. Atenderlo era una tarea de veinticuatro horas, los siete días de la semana. Pero no le importaba. Lo que más le preocupaba era el hecho de que volviera a percibirse como mujer. Sofía ya no existía, no podía volver a ocupar el cuerpo del hombre que amaba. Podía confundir a los miembros de la familia o a los amigos cercanos entre sí, pero no volver a ser mujer.

Pasaron algunos meses y Gastón comenzó a ponerse agresivo si lo contrariaban, sobre todo los domingos a la hora de la misa (todos los días eran domingo, todas las horas eran la misma). Amalia estaba acorralada, siempre había dicho que “ni muerta volvía a la iglesia del barrio donde el cura le había negado el casamiento”. Casamiento que les correspondía por ley: el documento de Gastón así lo atestiguaba. Un día, por la mañana, después de que Gastón tuviera una crisis más fuerte que de costumbre, salieron para la iglesia. La misa ya había comenzado y el cura los divisó desde el altar.

—No pueden estar aquí —les dijo, acercándose.

—¡Por favor padre Francisco! Gastón no está bien y quiere oír la misa.

—¡Solo si renuncian a vivir en el pecado! alzando la voz les hizo señas para que se retiraran.

Amalia, arrastrando a Gastón entre bancos, miradas y cuchicheos, regresó a la casa. Una semana después partieron a una segunda luna de miel. Llegaron a Villa Gessell un martes por la mañana. Gastón se mostró más predispuesto que de costumbre, hasta amable y cariñoso. Al atardecer fueron a ver la puesta de sol en el mar y Amalia, tomándolo de la mano, lo llevó hasta la orilla; las olas les mojaron los pies y rieron como adolescentes. En ese momento las últimas palabras del padre Francisco le llegaron nítidas: “Es el plan de dios que Sofía regrese al rebaño”.

 Una ola enorme los arrastró mar adentro.

¡Estaremos juntos para siempre, Gastón, mi amor!

¿Gastón? ¿Quién es Gastón? Soy Sofía.




LOS DOS LADOS DEL ESPEJO

Laura Irene Ludueña, Joyce Barker,

María Elena Rodríguez & Sergio Gaut vel Hartman

 

—Dentro de la cabeza de un ser humano —dijo Steinberg golpeando la pipa de brezo contra el cuenco de cristal que había junto a su sillón—, hay un mundo que no es demasiado diferente del mundo real. Es cierto que, al principio, cuando afloran las fantasías, ilusiones y experiencias bizarras, nos parece que nos estamos metiendo en una especie de jungla. Vivimos sumergidos en un mundo de esas características, solo que no todos tenemos la valentía de contárselo a nuestros semejantes. Cuando alguien dice, además, que ese mundo más extraño que la ficción es el mundo verdadero, empezamos a considerar la posibilidad de que ese sujeto está sufriendo una perturbación.

Kanter se estiró en el diván y esbozó una sonrisa.

—Estaba a punto de referirle algo parecido —dijo—. Pero temí que usted mismo pudiera ser una alucinación, una tan consistente que pudiera trascender su condición y convertirse en un símbolo.

—¿Por qué lo dice? Yo no me siento como una alucinación.

—Si yo pudiera relatar fielmente lo que veo e imagino, usted no vacilaría en encerrarme y perder la llave.

—¿Por qué lo dice? Yo no me siento como una alucinación.

Kanter se levantó del diván meneando la cabeza. Era la segunda vez en una semana que su terapeuta electrónico se tildaba. Tocó una placa ubicada en la nuca del dispositivo y Steinberg parpadeó, como si ignorara dónde estaba. Pero no tardó en reconectarse tomando la pipa que estaba en el cuenco de cristal para calzarla entre los labios.

—¿Por qué lo dice? Yo no me…

—¡Steinberg, no me tome el pelo! Sé que lo está haciendo a propósito.

—Sí. Le pido disculpas. Quería sacarlo de su lógica… desestructurarlo.

—O simplemente se aburrió de ser mi psicólogo.

—No, no es eso, pero creo que debemos avanzar. Dejar en claro que yo no soy una alucinación y usted tampoco. Fui parte de la imaginación del científico que me construyó, pero después de eso, ¿sigo siendo una imagen mental? Claro que no, soy una creación, al igual que usted fue un proyecto de sus padres, y ahora es una existencia real y concreta. Se podría decir que, si alguien inventa algo en su cabeza y luego lo visualiza, ¿es una alucinación o el prototipo de lo que vendrá? ¿Un volumen anticipado a su materialización?

—No lo había visto así.

—Claro que no, y es porque yo fui fabricado y usted procreado. Le recomiendo que, ante las alucinaciones, si es que son tales, use la intuición, que no es más que el cuerpo avisándole si lo que está pensando es correcto o no. Debe guiarse por las sensaciones.

—Para eso está la razón.

—No, y eso también vale para los mundos reales que no existen.

—Suena a hipismo, doctor. Nunca pensé que usted me iría a recomendar algo así. ¿Propone que me deje llevar por las señales de mi cuerpo?

—Claro. Hágame caso, Kanter, sé lo que digo. Ahora cuénteme eso que supuestamente me haría encerrarlo.

—Está bien, pero prométame que no se espantará.

—Fui programado para no tener las fallas humanas, soy el mejor psicólogo y nada de lo que me diga me puede alterar.

—Bueno, eso del “mejor psicólogo” tengo mis dudas y no tendrá fallas humanas, pero hace un momento tuve que reiniciarlo, ¿se acuerda? —Kanter hizo un ademán como si quisiera borrar las palabras—. Está bien. Le contaré —continuó en voz baja—. Al principio fue solo en los sueños, mejor dicho, las pesadillas; las paredes se acercaban a la cama, el techo bajaba sobre mí.

Hizo una pausa, miró al psicólogo, lo vio impasible observándolo. Iba a levantarse a oprimir el botón cuando Steinberg dijo:

—Una pesadilla, es normal en ustedes, los seres humanos.

—Cada segundo que pasaba era peor, cada vez me quedaba menos espacio. Yo sabía que no era verdad, mi intuición me lo advertía.

—¿Entonces entiende lo que le decía antes? ¡Debe hacer caso a su intuición!

—Espere, aún no le he contado el final. Si hubiera seguido mis impulsos ahora no estaríamos hablando.

—¿Por qué? ¿Acaso soñó que me eliminaba? —la carcajada sarcástica del psicólogo inundó la habitación.

Kanter se puso de pie de un salto, pálido, temblando.

¡Esa carcajada! ¡La misma de sus pesadillas! ¡El techo que bajaba, las paredes que lo aprisionaban y las carcajadas! ¡Las risas victoriosas de los androides! ¡El fin de la vida como la conocía si no oprimía el botón de desactivar! Su instinto empujaba el brazo, era solo un clic, pero la razón lo detenía. Entonces despertaba.

Kanter decidió no activar a Steinberg por un par de días. Sentía que se estaba haciendo adicto a su psicólogo y eso le molestaba. La realidad era que tenía sentimientos contradictorios con respecto los autómatas en general. Valoraba sus servicios, pero estaba seguro de que ya había más androides que humanos. Comenzaron a utilizarse para la desintermediación y luego poco a poco invadieron casi todas las tareas del hombre. A pesar de que entendía que una inteligencia artificial no era capaz de intervenir en cuestiones emocionales complejas, tenía a Steinberg sentado en el sillón de su living. Debía reconocer que disfrutaba de sus intercambios verbales, salvo cuando debía reiniciarlo. Eso le recordaba que no estaba hablando con un hombre de carne y hueso.  Últimamente sus charlas giraban alrededor de si las visiones, sonidos u olores que parecían reales, eran alucinaciones o no. Hasta que comenzó a soñar con las paredes cerrándose sobre su cuerpo y escuchar las risas de los androides y todo se convirtió en un delirio.

La siguiente mañana, Kanter se levantó más temprano que nunca, observó las ojeras que le habían dejado otra noche de pesadillas. Se miraba en el espejo cuando este le devolvió una imagen de su rostro con una sonrisa de psicópata que lo aterró.

Se despertó asustado. Corrió hacia el espejo y, como en el sueño, vio el rostro de un psicópata, solo que estaba vez había una mano en su hombro y la voz de Steinberg susurrándole al oído.

—¡Sorpresa!


CLARO DE LUNA

Jorge Zarco, Gabriela Vilardo,

Itzel Alejandra Flores García & Joyce Barker

 

Era la melancólica visión de dos amantes frustrados, Carmen y Ramón, perdidos en medio de la noche, una postal digna de aquel instante, un lienzo pintado con una rica gama de azules e iluminado por el claro de luna.

En algún punto de aquella calle, había un balcón con una ventana abierta. En el interior de la casa una radio emitía una canción de los Velvet underground. Aquel había sido el primer grupo profesional en el que cantó un joven Lou Reed, y que había producido Andy Warhol, el gran oportunista del arte moderno. Lo había hecho para promocionarse a sí mismo, como siempre, aunque aquí el resultado fuese pura magia. La canción era “Pale blue eyes”, quizá no tan conocida como la mítica “All tomorrow parties” cantada por Christa Päffgen, Nico, cuando empezaba a tontear peligrosamente con la heroína. Ramón pensó que tarde o temprano, todas las historias de amor se acababan frustrando; que la pasión desaparece y que tal como decía Burt Lancaster en Il gatopardo de Visconti: “Un matrimonio acababa siendo un año de fuego y veinte de cenizas”. Era la implacable verdad nunca asumida de que la pasión se vuelve rutina, tarde o temprano. Aquello era lo que a ellos les había ocurrido: cuando las pasiones de la juventud se apagan y todos los días parecen iguales... Ellos no habían sido la excepción. Empezaron a caminar calle abajo mientras desde el interior de aquella casa comenzaba otra canción entonada por un Lou Reed que ya criaba malvas desde hacía mucho tiempo. Lo que sonaba ahora era “White light/White heat”. Sus ánimos comenzaron a subir de a poco: esa canción la escuchaban en las reuniones con amigos que hacían en la casa. Carmen, que ya comenzaba a aburrirse de la eterna melancolía que los mantenía juntos, esa magia muerta que persistía en ellos, habló después de mucho rato.

—Me gusta más como canta Nico. Qué buena idea tuvo Warhol de invitar a los Velvet Underground a tocar en su Factory. Sin eso, quizás Lou…

—¡No te atrevas a decir eso!

—¿Qué? ¿Dices que la decisión de Warhol, al querer ser el manager e incorporar a Nico, no fue acertado para la banda?

—Duraron un solo disco. Lou Reed los despidió después.

—Sí. Qué pena que haya sacado a Nico. Su voz era única. —La mujer, que conocía la profunda admiración de su marido hacia Lou Reed, continuó—: White light la cantaba Bowie también.

—¿Y?

—La cantaba mejor.

—¡No! —gritó sin darse cuenta—. Son diferentes…

—Te delataste solo. Eres como un fanático adolescente. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Drogarte con heroína? ¿Patear un basurero? Eres tan…

—Estás tratando de dejar mal a Lou.

—¡No! Me encanta Lou Reed. Sobretodo esa otra canción, Stupid Man… —Ramón no quiso contestar; sabía que si empezaban con sarcasmos, nada bueno resultaría de ese paseo lánguido. La pareja siguió su camino, mientras White light se desvanecía tras ellos—. Creo que debemos conversar —dijo ella, sacándose la argolla del dedo anular.

—De qué quieres hablar. ¿De terminar? Porque si es eso, dale,adelante.

—¡Cuánta valentía tienes esta noche! —la contundencia de Ramón indignó a Carmen—. Pues, hablemos. ¿Entraremos, luego, sin esta claro de luna, en un Perfect day? —gritó ella mientras se detenía a prender un cigarrillo. El sarcasmo volvió a aparecer, y Ramón supo que la provocación se reiniciaba cuando su mujer nombró, otra vez, una canción de Reed. Supo que la relacionaría con ese letargo del cual ella también era responsable. “Una cobarde manipulación”, pensó.

La mujer tropezó con un adoquín. Largó una bocanada de humo y cantó: Oh, it's such a perfect day I'm glad I spent it with you Oh, such a perfect day.

—No puedes ponerte tan desagradable. —Ramón apretó los dientes, bajó la cabeza y trató de tranquilizarse. ¡Cómo decirle que la responsabilidad había sido compartida! Y se debatía entre defender la canción de su ídolo y el perverso significado que ella le daría para no reconocer que hablaban de algo que los dos habían sostenido.

—Me pregunto si al amanecer iremos al parque y haremos honor a Perfect day, de tu querido Lou, pero ignoro a cuál de todas sus interpretaciones nos acercaremos.

—Escúchame…

—¿Se te ha dado por destronar nuestra sexualidad? ¿O querrás convertirla en un carnaval, más de lo que ya ha sido? ¿Me cargarás de culpas o iremos al zoo y luego a ver una película? —Tiró el pucho y rio con sorna—. ¡A perfect day tendremos! No quiero ser la Kronstad de esta canción.

—Escúchame…

—Qué quieres que escuche. ¿Tus palabras de siempre, tu aburrido parloteo defendiendo causas perdidas, tu costumbre de no tomar en cuenta mis opiniones?

—¡Déjame hablar!

La discusión tomó aires incandescentes por la tensión acumulada durante tanto tiempo, y ninguno de los dos se sorprendió de que hubiera un estallido.

El paseo concluyó; era tarde y seguía escuchándose la voz melancólica de Lou desde el balcón abierto: Caroline says

—Ramón, ¿qué estás haciendo? No me jales.

—Ya estuvo bueno de que me interrumpas y te subas en una retahíla de reclamos. Sugeriste que te convertirías en la Kronstad; lamento mucho decirte que estás muy lejos de llegarle a los talones.

El exabrupto se había convertido en furia. Una furia incontenible que se apoderó de Ramón. Él empujaba y tironeaba a su mujer, quien profería grititos y reclamos.

The things she does, the things she says People shouldn’t treat others that way. Se oía cantar a Reed. Oh Caroline, says, yeah Caroline says She treats me like a fool…

—Me estás lastimando, Ramón. ¡Suéltame!

La mujer logró zafarse del marido y corrió calle abajo pero sus zapatos de tacón alto le jugaron una mala pasada. Un adoquín y una banca de concreto terminaron el pleito marital.

Ramón la miró caída en el suelo. No habría comenzado de saber que aquello terminaría así, pensó, pero es gracioso; no estoy para nada triste.

Arriba, muy lejos, sonaba“The bed”.


Los escritores de estos cuentos fueron: Dora Gómez Q, Gabriela Vilardo, Itzel Alejandra Flores García, Jorge Zarco, Joyce Barker, Laura Irene Ludueña, María Elena Rodríguez, Oscar De Los Ríos y Sergio Gaut vel Hartman

 

EN CASA AJENA (OCHO)