jueves, 4 de junio de 2026

SOCIOS, SOSIAS, ALGO COMO ESO

Sergio Gaut vel Hartman

 

La lluvia caía como si alguien estuviera afilando cuchillos contra el cielo.

Vi al hombre por primera vez a las once y cuarto de la noche, bajo la marquesina del bar Atlantic. Llevaba un sombrero oscuro, un impermeable oscuro y una expresión tan oscura como la ropa y la noche. Pero en esta ciudad eso no lo distinguía de nadie.

Lo que me llamó la atención fue que tenía mi mismo rostro. No facciones parecidas. Mi cara. La misma nariz rota en el mismo combate olvidado, tantos años atrás. La misma cicatriz junto a la oreja izquierda. Las mismas arrugas cavadas por el whisky barato, los cigarrillos turcos y las mujeres equivocadas.

Se quedó mirándome desde la otra vereda. Yo también lo miré. Ninguno de los dos cruzó la calle.

Los automóviles levantaban cortinas de agua entre nosotros. Por momentos desaparecía detrás de los faros y volvía a emerger como una fotografía revelándose en un cuarto oscuro. Pensé en un hermano perdido, en un estafador con máscara, en un loco escapado de algún sanatorio. Incluso pensé que del otro lado de la calle alguien se había olvidado un espejo. La noche invitaba a pensar estupideces... y yo soy especialista.

Entonces el hombre levantó lentamente la mano derecha.

Yo no me moví. Él mostró algo que sostenía entre los dedos. Era una fotografía. Aun desde la distancia reconocí la imagen. Era la imagen de la mujer muerta que había encontrado aquella mañana. Y detrás de ella, sonriendo para la cámara, estábamos él y yo. Juntos. Como viejos amigos. Como socios. Como cómplices.

—¡Oiga! —le grité, dispuesto a romper la estasis.

—Podemos tutearnos —respondió—. No se le escapa que…

—¡No! —lo interrumpí. Mi grito sonó desproporcionado, era consciente de que había algo defectuoso en ese sujeto, ese doble, algo fundamental que se me escapaba, un detalle que invalidaba la copia y anulaba la posibilidad de aceptar que aquello fuera real.

—Aceptemos los datos de los sentidos.

Sonó estúpido. Había encontrado el cadáver de Eloísa Murnau luego de perseguirla durante semanas a pedido del marido, un gángster, Marco Robotti. Pero mi doble no había estado allí, conmigo. ¿Por qué estaba en la foto?

—Si tanto me conoce —logré articular—, sabe que no he probado una gota de alcohol en seis meses. —La mitad de mis palabras fueron arrastradas por el viento y la lluvia, lo que no impidió que mi doble no lanzara una sonora carcajada celebrando la torpeza de mi razonamiento. No obstante, la carcajada misma era un artefacto que se jactaba de su propia tosquedad, de mi propia vulgaridad. Traté de pensar en otra cosa, imaginando que eso serviría para ahuyentar el espejismo; ocurrió todo contrario. De pronto, el tipo estuvo a mi lado y me dio un codazo en las costillas, un doloroso codazo.

—¿De dónde sale tu necesidad de convertir cualquier patrón en una historia. Los médicos quieren una explicación patológica. Los periodistas quieren un escándalo. Los lectores quieren una solución. Los policías quieren un asesino. Pero la naturaleza no está obligada a proporcionar soluciones narrativas.

Retrocedí instintivamente y me apoyé contra una pared descascarada. Una rata pasó entre mis piernas y me produjo un escalofrío tan intenso que, por un momento, la imagen de mi sosias osciló como la llama de una vela. Pero no desapareció.

¿Puede existir un fenómeno real, observable y predecible cuya explicación sea inaccesible para la inteligencia humana?

—A fin de cuentas —dije en voz alta, mientras trataba de serenarme—, una alucinación es una alucinación, no más que eso.

—Por supuesto —dijo mi doble—. El problema es que una alucinación tampoco explica nada. —Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó fugazmente su rostro y tuve la desagradable sensación de verme reflejado en una fotografía tomada dentro de diez años—. Las alucinaciones no conocen cosas que el alucinado ignora —agregó, aprovechándose de mi estupor. Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó una pequeña libreta negra. Mi libreta negra. La misma que había desaparecido de mi escritorio tres semanas atrás. La abrió por la mitad—. Página cuarenta y siete —dijo.

No respondí. O sí. En ese punto me resultaba imposible asegurar si el que hablaba era él o yo.

—No recuerdo…

—Anotaste que Eloísa Murnau tenía miedo de los ascensores desde los nueve años porque quedó atrapada durante tres horas con el cadáver de su tía. Nunca se lo contaste a nadie. Ni siquiera a Robotti.

La lluvia golpeaba los adoquines con una obstinación mecánica y al mismo tiempo perversa. ¿Podría haber sacado alguna conclusión de esa intransigencia? Tal vez la lluvia haya encontrado una manera de ser sentimental y pragmática a la vez, aunque, como tantas otras cosas, dejando el significado al margen de la comprensión humana.

—Podría haberlo averiguado —dije, tratando de salir de la ciénaga filosófica en la que me había metido.

—Claro que podrías haberlo hecho. Pero no lo hiciste. —Pasó algunas hojas—. También anotaste que pensabas abandonar la ciudad apenas terminaras este trabajo. Montevideo. Una pensión cerca del puerto. Pescar de vez en cuando. Dejar de perseguir maridos infieles, esposas infieles y asesinos mediocres.

Sentí un vacío en el estómago. Jamás había escrito aquello. Lo había pensado, pero no lo había escrito. Y eso era mucho peor. Mi doble cerró la libreta.

—De acuerdo. Objetivo cumplido —dije—. Es hora de que desaparezcas, de que te esfumes.

Mi doble no me prestó atención, o fingió no hacerlo.

—Ahora me gustaría saber algo, estimado socio. Si yo soy una invención de tu mente... ¿por qué soy yo quien conoce los secretos que estás empeñado en ignorar? ¿Qué sucio y maloliente enigma estás tratando de enterrar en el sótano más profundo de tu mente? Estabas en el motel en el que Eloísa Murnau fue asesinada. Huiste como una rata al oír las sirenas de los autos policiales. Pero no pudiste evitar el siniestro impulso de sacarte una foto junto al cadáver. Espero que me expliques eso; soy paciente.

—Quiero ver la foto de nuevo. En estos tiempos que corren se pueden fraguar las imágenes y yo…

No terminé la frase. Mi doble ya me estaba entregando la fotografía. La tomé con la mano izquierda. La lluvia había reblandecido los bordes, pero la imagen seguía siendo perfectamente visible. Allí estaba Eloísa Murnau. Muerta. El cuello torcido en un ángulo imposible. La lámpara del motel proyectaba una sombra oblicua sobre la cama. Y detrás de ella estábamos nosotros. Yo. Y yo de nuevo. Mi socio, mi sosias, mi doble. No temí repetir el pensamiento tercamente, como la lluvia golpeando contra el pavimento, no porque la repetición pudiera modificar algo, sino porque la repetición discutía la razón de ser de aquella escena imposible.

Observé la fotografía durante varios segundos. Después la observé otros varios segundos más. Algo estaba definitivamente mal. No en la foto, en mi memoria.

—¿Lo ves? —preguntó el doble.

No respondí. Porque empezaba a verlo. La habitación del motel tenía una sola ventana. Sin embargo, en la fotografía aparecían dos. Una junto a la cama. La otra detrás de nosotros. Una ventana que yo no recordaba haber visto. Una ventana que, estaba seguro, no existía. Sentí que algo se desplazaba lentamente en mi cabeza. Como un mueble pesado arrastrado en una habitación vacía.

—Ahora estamos llegando a la parte interesante —dijo mi doble.

Y por primera vez desde que apareció en la vereda de enfrente tuve la sospecha de que no estaba tratando de convencerme de nada. Estaba tratando de que recordara algo que nunca había ocurrido. Metí la fotografía en el bolsillo del impermeable, separé los dedos de la mano derecha y los punteé con la izquierda.

—El cadáver de Eloísa, Robotti, nosotros, la foto. ¿Qué es lo que me cosquillea en la palma de la mano?

—Menos mal que solo tenemos cinco dedos en cada una —replicó sonriendo—. Temo que excesivas lecturas de Hammett, Chandler y Cain te pudrieron el cerebro, por lo que te sugiero, sin malicia, que te des un baño de Christie y Simenon; tal vez eso clarifique un poco las imágenes oscuras que supiste pergeñar. Un buen programa de retoque de imágenes no te vendría nada mal. Género negro, ¡por favor! A veces parece que te metiste en una burbuja aún más fantasiosa que la que propone la ciencia ficción. La realidad, amigo, es algo simple… en especial si dejamos de lado todo lo que no comprendemos ni comprenderemos jamás.    

—Muchas gracias por la lección —dije—. ¿Va a ayudarme a resolver el asesinato de Eloísa Murnau o solo piensa seguir insultando mis hábitos de lectura?

Mi doble pareció meditar la respuesta.

—Robotti no te contrató para que encontraras a Eloísa.

—Nunca dije que esa fuera la intención de ese mafioso.

—Precisamente. —La lluvia seguía cayendo entre nosotros. Ya no recordaba si estaba empapado o si el agua formaba parte de la misma pesadilla de la que no lograba despertar—. Robotti te pidió que siguieras a su esposa porque sospechaba que tenía un amante. Eso es cierto. Lo que nunca te preguntaste fue por qué Eloísa parecía empeñada en que la siguieran.

Sentí un pequeño sobresalto. No porque la idea fuera brillante, sino porque era obvia. Demasiado obvia. Recordé a Eloísa entrando en cafeterías donde las ventanas permitían verla desde la calle; recordé los taxis que tomaba y abandonaba a las pocas cuadras; recordé los bruscos cambios de itinerario. Durante semanas interpreté aquellos movimientos como maniobras para despistarme. ¿Y si no intentaba despistarme?

—No —murmuré.

—Sí.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que quería que alguien reconstruyera un recorrido. —Mi doble señaló el bolsillo donde yo había guardado la fotografía—. Y aún no has comprendido cuál era el destino de ese recorrido.

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación imposible sentí algo peor que el miedo; sentí curiosidad.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Mi doble me contempló, quizá sorprendido por mi repentino cambio de frente. Había llegado a la conclusión de que esa era la pregunta importante. No el qué, el cómo o el cuándo sino el dónde. Sentí que podría desmontar aquel entramado obtuso y desaliñado si lograba determinar la localización del sueño, delirio o alucinación, lo que fuera aquello que me retenía prisionero de una situación absurda. Y mi sosias se dio cuenta de que yo, por primera vez, estaba apuntando en la dirección correcta.

—Apuntar en la dirección correcta —dijo, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—. Apuntar con una pistola o con una conjetura que trata de evolucionar hacia una hipótesis certera.

—¿Quién se las está dando de filósofo, ahora? —Por primera vez creí estar tomando la iniciativa, y una iniciativa constante termina dando frutos. Por lo menos eso creí hasta el momento en que mi doble demostró que estaba equivocado—. ¿Dónde estamos? —repetí, ahora con una energía que habría hecho vacilar al más pintado.

—En el mismo lugar donde estuvo Eloísa durante los últimos tres meses.

—No respondió a mi pregunta.

—Sí la respondí. El problema es que todavía estás muy lejos de comprender la respuesta.

Quise replicar, pero algo se interpuso entre mis pensamientos. Una imagen. Apenas un destello. Eloísa sentada sola en la cafetería Venezia. No estaba leyendo el periódico. No estaba esperando a nadie. Miraba a su alrededor. Eso era lo que hacía. Miraba.

Durante semanas la seguí convencido de que intentaba ocultar encuentros clandestinos. Sin embargo, ahora que rebuscaba en mis recuerdos advertía algo extraño. Eloísa observaba las puertas, las ventanas, los espejos. Observaba a los transeúntes. Observaba los reflejos en los escaparates. Observaba como quien teme ser observado. O como quien espera reconocer algo.

—Empezaste a verlo —dijo mi doble.

La lluvia parecía haber disminuido. O quizá yo había dejado de escucharla, de prestarle atención. ¿Acaso cuando uno deja de percibir algo es lo mismo que decretar su inexistencia?

—Hay algo más —murmuré. Y entonces recordé. La última vez que vi a Eloísa con vida. El motel. La habitación. La ventana. No. Las ventanas. Antes de encontrar el cadáver, antes incluso de abrir la puerta, vi a Eloísa a través del cristal. Estaba de pie. Inmóvil. Mirando hacia afuera. Mirando directamente hacia mí. Y sonriendo. No era la sonrisa de una mujer asustada. Era la sonrisa de alguien que, después de una larga espera, por fin había encontrado aquello que llevaba meses buscando.

—¿Te das cuenta ahora de que la sonrisa de Eloísa transforma retrospectivamente toda la investigación?

—No, no me doy cuenta —dijo. Pero solo para disimular que empezaba a descubrir la verdad, escrita con sangre en el revés de la trama.

—Ya no parece una mujer perseguida por un mafioso celoso; parece alguien que estaba esperando que el narrador llegara exactamente hasta ese punto. Estaba agazapada, observando, esperando; tendiendo una trampa o preparando una revelación.

—Nadie necesita que lo asesinen para demostrar que tiene razón… —Sabía que mi argumento era débil, y mi doble remató la situación con una pocas palabras y un puñado de gestos certeros, perfectos.

—No. Pero algunas personas necesitan morir para que alguien empiece a hacerse las preguntas correctas.

Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó algo más. No era una fotografía. Era una llave. La reconocí de inmediato. La llave de la habitación 17 del motel. La misma que yo le había entregado aquella mañana al sargento Molina. O que creía haberle entregado.

—Eloísa no te estaba esperando —dijo mi doble. —Miré la llave. Miré la lluvia. Miré mi propia cara reflejada en el rostro de aquella imagen, un desconocido, yo—. Te estaba esperando a ti —repitió. Y comprendí. No de golpe. No como una revelación luminosa. Comprendí del mismo modo en que amanece: lentamente, casi a regañadientes. Eloísa observaba ventanas, espejos y escaparates porque buscaba algo imposible. Alguien imposible. Había descubierto la grieta antes que yo, la duplicación, la presencia invisible. Por eso sonrió al verme detrás del cristal. No me estaba reconociendo. Me estaba confundiendo. Nos estaba confundiendo.

Mi doble lanzó la llave al agua acumulada junto al cordón de la vereda.

—¿Quién la mató? —pregunté.

Por primera vez pareció cansado.

—No te sirve de nada seguir creyendo que esa es la pregunta importante. —Después sonrió. Era mi sonrisa. La que aparece en las fotografías cuando ignoro que me están fotografiando. La auténtica. Y entonces ocurrió algo sencillo. Algo tan sencillo que tardé varios segundos en comprenderlo.

La vereda de enfrente estaba vacía.

Permanecí inmóvil bajo la lluvia durante varios minutos más; una eternidad. Luego metí la mano en el bolsillo para asegurarme de que la fotografía seguía conmigo. No estaba, por supuesto. Solo encontré una libreta negra. La abrí, cauteloso, como esperando que de las páginas emergiera un alacrán. En la página cuarenta y siete había una frase escrita con mi letra. Una frase que no recordaba haber escrito.

"Si alguna vez se produce el encuentro con el otro, preguntar cuál de los dos empezó la historia."

Cerré la libreta. La lluvia seguía cayendo, ¿por qué la lluvia debería cesar en esta historia?

Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, Argentina, 1947) es escritor, editor y antólogo. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa.

 

 

LAS GAFAS DEL AMOR, 1966

Alexander Zelenyj

 

—¡Bienvenido, amigo!

Stanley Dufferin se sobresaltó al oír aquella voz estruendosa irrumpiendo en sus confusos pensamientos, y una de las bolsas de plástico que llevaba se le resbaló de las manos enguantadas para caer sobre el suelo embaldosado con un golpe sordo que no logró ocultar el pequeño pero inconfundible crujido que lo acompañó: el pescadorcito de cerámica que encabezaba la lista de regalos navideños de Rebecca, la última pieza que necesitaba para completar su más reciente colección de figurillas de cerámica horrendas; esta basada en un tema a lo Huck Finn: un muchacho desaliñado, descalzo, de cabello revuelto, con una línea de pesca colgando desde el muelle de porcelana hasta unas aguas imaginarias. Y era el último de aquellos malditos engendros sobre la estantería de Sears.

Alzó la vista hacia el origen de la interrupción, concentrando toda su creciente furia, sus niveles de estrés disparados, y pensando también en la decepción que pronto le causaría a su esposa.

Un vendedor le sonreía con la sonrisa más radiante que Stanley hubiera visto jamás. El hombre, de mejillas redondas y rojizas, parecía esperar algo con evidente entusiasmo. Saber que realmente le había hablado a él multiplicó la furia de Stanley por diez.

—¿Qué? —gruñó Stanley. Luego, señalando la bolsa caída a sus pies, añadió—: Gracias. Por gritarme hice caer esto y se rompió el regalo que había dentro.

La sonrisa del vendedor no se desvaneció. De hecho, soltó una carcajada cordial y dijo:

—¡Qué importa eso, amigo! Cuando vea lo que vendo, todos los regalos de este centro comercial... demonios, ¡de este mundo!, le parecerán insignificantes en comparación. ¡Venga a echar un vistazo!

Le hacía señas hacia una pequeña mesa plegable instalada en el corto anexo que conducía al patio de comidas y al conjunto de kioscos de más allá. Allí no había negocios verdaderos, solo una pequeña cabina fotográfica junto a la pared opuesta, cerca de la salida.

La curiosidad hizo avanzar a Stanley. Se abrió paso entre la gente que entraba y salía del centro comercial. Al llegar a la mesa vio una docena de gafas con montura de plástico negro colocadas sobre pequeños soportes de terciopelo. Detrás había varias cajas marrones de cartón; la superior estaba abierta y dejaba ver filas de estuches plásticos negros, probablemente conteniendo un par de gafas cada uno.

—No necesito gafas —dijo Stanley con voz aburrida, recuperando su irritación.

El vendedor soltó otra carcajada.

—¡Estas no son gafas comunes, amigo!

Stanley arqueó una ceja.

—De acuerdo. ¿Y qué hacen estas gafas extraordinarias?

Miró el par más cercano: las lentes ligeramente tintadas reflejaban la intensa iluminación del techo. ¿Gafas de sol graduadas?

El vendedor parecía completamente inmune al escepticismo y al tono sarcástico de Stanley.

—Al ponerse estas gafas, todas las personas a las que mire se transformarán ante sus ojos. Cada persona que vea aparecerá, en todos y cada uno de sus detalles, como... Mila Kunis.

Stanley frunció el ceño.

—¿Quién?

Empezaba a exasperarse. Solo seguía allí por curiosidad. Mila Kunis... el nombre le resultaba vagamente familiar, aunque no conseguía recordar de dónde...

—La actriz, amigo —dijo el vendedor—. Sale en televisión y en el cine. Morena y hermosa.

Esperó sonriente.

—No me suena... Mire, yo...

Entonces la recordó. Solía ver de vez en cuando una comedia donde ella aparecía, sobre un grupo de amigos adolescentes en los años setenta.

—Ah, sí. Ya sé quién es. —Miró al vendedor, que seguía observándolo expectante—. Entonces, ¿qué hacen exactamente? Las gafas.

El vendedor adoptó una expresión paciente.

—Ya se lo dije, amigo. Con estas gafas verá a la señorita Mila Kunis dondequiera que mire. Cada mujer que vea –cada hombre también– aparecerá como la señorita Kunis en todos sus detalles exactos. ¿Está casado? ¿Tiene pareja?

—¿Por qué...? ¿Por qué alguien querría esto?

Oyó lo lejana y pequeña que sonaba su propia voz. Pensó en Rebecca esperándolo en casa: un par de años menor que él, todavía conservaba la figura y, tras once años y medio de matrimonio, seguían llevándose bastante bien, considerando todo. Mila Kunis ciertamente era hermosa, según recordaba, pero...

Una tensión apareció en los ojos del vendedor.

—Porque ninguno de nosotros es feliz, amigo —dijo—. ¿O no lo sabía? ¿Y esa cara? ¿Qué pasa? ¿También se había engañado un poco a sí mismo? Pero en el fondo lo siente, ¿verdad? Esa enorme infelicidad, ese descontento, ese anhelo por algo que, cuando uno lo piensa durante mucho tiempo, comprende que jamás tuvo, aunque siempre lo deseó, y teme –o incluso sabe en su corazón– que nunca llegará a tener. Mire a su alrededor, amigo, y dígame qué ve.

Los ojos del vendedor recorrieron a la gente que pasaba por el concurrido corredor. Stanley hizo lo mismo y vio rostros agotados; miradas apagadas; expresiones de pura determinación forzada, como si los dueños de aquellas caras hicieran todo lo posible por empujarse entre la multitud de compradores para llegar a... ¿dónde? ¿Y para qué? La expresión más cercana a la alegría auténtica que vio fue la de un niño regordete devorando un helado de fresa con concentración maniática mientras su madre lo arrastraba sujetándolo por los hombros como si fuera un autómata sin voluntad.

—Aquí, amigo. Pruébese un par.

El vendedor sostenía un pequeño estuche plástico ante Stanley. La tapa forrada en terciopelo azul estaba abierta y revelaba unas gafas plegadas en su interior.

Stanley las miró con desconfianza.

—No habla en serio.

La sonrisa del vendedor no vaciló.

—Esto es algo muy serio, amigo. Después de todo, negocio con la felicidad. Y últimamente está en niveles críticos.

Stanley no sabía si reír o inquietarse ante la propuesta y las afirmaciones del hombre. Miró en silencio las gafas ofrecidas. Luego soltó una risita y, dejando las bolsas y paquetes a sus pies, tomó las gafas y se las puso. ¿Por qué no seguirle el juego? Después de todo era Navidad y...

Un grito ahogado escapó de su garganta.

Stanley contempló la multitud de Mila Kunis que avanzaba por el centro comercial. Permaneció varios minutos observando en silencio, maravillado por las cálidas sonrisas que tantas mujeres idénticas le dirigían.

Se quitó las gafas.

La sonrisa del vendedor se había vuelto aún más amplia, más extática.

—¿Cuál es el veredicto, amigo?

Stanley volvió a ponerse las gafas.

—¿Cómo...? ¿Cómo lo hace?

Ahora alternaba entre levantarse las gafas para mirar por debajo de las lentes y volver a colocárselas.

—Secreto profesional, amigo —respondió el vendedor—. Soy el inventor. Si revelara mi secreto, aparecerían compañías para explotar mi invento por todas partes de la noche a la mañana, llevándose mi negocio. Y el negocio, aunque sea temporada navideña, no está precisamente en auge. ¡Así que no, gracias!

Stanley miró la mesa. Las filas de estuches y gafas parecían ahora algo milagroso.

—Pero ¿por qué... ella? ¿Qué querría yo con Mila Kunis?

El vendedor soltó una risita y le guiñó un ojo.

—Bueno, para empezar es una mujer joven y hermosa. Pero esta temporada la línea es ecléctica, así que si Mila no le interesa, ¿qué tal... Bruce Willis? ¿No? ¿Meg Ryan? ¿O el gran Lance Henriksen? ¡Ya sé! ¡Kurt Russell! Guapo y duro. ¿Quién no ama a Kurt?

Stanley seguía mirando a la multitud con las gafas puestas, completamente hipnotizado.

—Sí... claro que es hermosa, pero... más allá de eso, ¿qué querría yo de ella en mi vida? Quiero decir, de Mila Kunis.

El vendedor le dedicó su sonrisa imposible.

—¿Por qué no tenerla para compartir sus pensamientos? Sus preocupaciones sobre la vida cotidiana y el mundo. Tener conversaciones con ella que empiecen después de cenar y terminen en las horas insondables de la madrugada, cuando todos duermen y ambos pueden liberarse del peso que cargan día tras día. Tener a alguien... tener algo nuevo y emocionante en su vida, algo que le devuelva la esperanza del mañana. Porque, si es como la mayoría de nosotros, amigo, quizá perdió parte de aquella vieja esperanza en algún punto del camino. Y la esperanza es como una flor: riéguela lo suficiente y crecerá hasta convertirse en el amor que siempre quiso tener, pero quizá nunca tuvo... o que perdió demasiado pronto.

A Stanley le costaba apartar la vista de la marea de Mila Kunis que fluía frente a él. Una parte de él quería reír. Otra, llorar de felicidad. Otra más deseaba gritarle al mundo entero aquel descubrimiento.

Se volvió hacia el vendedor.

—Es usted un gran vendedor.

Mila Kunis le sonrió desde el otro lado.

Inquieto, Stanley se quitó las gafas y volvió a ver al vendedor. Sí, era atractiva. No podía negarlo. Pensó en hacer el amor con su esposa mientras la experimentaba como una celebridad joven y hermosa. Eso sería apenas un añadido frente a la sensación mucho más importante de evasión total que aquel milagro extraño podía darle. Sintió los primeros indicios de excitación y, sobresaltado y avergonzado, sacudió la cabeza y trató de pensar en los aspectos más prácticos de la situación.

—¿Cómo se llama su empresa? —preguntó Stanley, con la voz distante por la fascinación que le producía el objeto temblando entre sus manos.

El vendedor volvió a exhibir su sonrisa felina.

—Soy mi propio jefe, amigo. Autónomo toda la temporada navideña.

—¿Quién fabrica las gafas?

El vendedor levantó las manos.

—Estos son mis socios. Los diez dedos más fieles del mundo.

—¿Las hace todas... usted solo?

Había verdadero asombro en la voz de Stanley. Y al oírlo comprendió que ya había aceptado el milagro de las afirmaciones del vendedor.

—Completamente solo —dijo el hombre con orgullo.

—Pero... ¿cómo? ¿Dónde trabaja?

El vendedor se encogió de hombros.

—Tengo un taller. Paso mucho tiempo allí.

La sonrisa jamás desaparecía. Evidentemente disfrutaba del aire misterioso de sus palabras y del efecto que producían.

—¿Cómo se llama?

—¿Mi nombre? Eso no importa. Piense en mí como el hombre de la visión. ¿Y usted?

—Stanley...

Stanley ya se había puesto de nuevo las gafas y observaba a la gente pasar.

—Todo esto suena... no parece real. Parece inventado.

El vendedor soltó una carcajada.

—Mire a su alrededor. ¿Ve muchas cosas reales aquí, con o sin mis gafas?

Casi contra su voluntad Stanley se quitó otra vez las gafas para examinar a quienes lo rodeaban: hombres y mujeres apresurados, con miradas duras y decididas mientras se abrían paso entre interminables oleadas de compradores cargados de bolsas y paquetes envueltos para regalo, todos con los mismos ojos vacíos avanzando por aquella atmósfera tan característica de los centros comerciales en Navidad: hostilidad apenas contenida envuelta en guirnaldas coloridas.

La música navideña del sistema de sonido le pareció entonces especialmente triste.

Volvió a mirar al vendedor y encontró, por supuesto, aquella expresión de jovialidad perfecta esperándolo. El hombre lo observaba serenamente y Stanley no lograba decidir si en él también había la tristeza que veía en todas partes y que seguramente lo esperaba en el espejo. La idea se le ocurrió de inmediato.

—¿Y si me miro al espejo con ellas puestas?

—Allí estará ella, tan hermosa como siempre. O Kurt Russell, si prefiere esa opción.

—¿Hace lentes de contacto también? ¿O solo gafas?

Stanley se sintió culpable, pero las implicaciones prácticas de la situación acudieron a su mente: hacer el amor con su esposa usando aquellas gafas absurdas...

El vendedor pareció impresionado.

—¡Pensamos igual, usted y yo! —dijo, señalándose la sien—. Están en desarrollo, amigo, pero solo hay una cierta cantidad de horas cada día y un solo par de manos para trabajar toda la noche.

Casi para sí mismo, Stanley murmuró:

—Pero esto parece tan... incorrecto.

El vendedor respondió de inmediato, como si hubiera defendido aquella idea muchas veces.

—¿Pero quién va a saberlo? ¡Es solo fantasía, amigo! ¡Nadie sale herido con mis gafas!

Con cautela, Stanley preguntó:

—Por curiosidad... ¿cuánto cuestan?

—Precio especial navideño: quinientos exactos. Yo me hago cargo de los impuestos. Mi regalo de Navidad para usted.

Los ojos de Stanley se abrieron de par en par. Su mandíbula cayó ligeramente y una sonrisa sardónica apareció en sus labios.

—Eso es un robo a mano armada, amigo.

El vendedor fingió sentirse herido, aunque apenas redujo la sonrisa.

—Hasta los santos tienen que comer, una vez calculados los costos de producción y mano de obra —dijo riendo—. Además, quinientos dólares por felicidad no es mucho, considerando todo.

Una ira súbita e inesperada recorrió a Stanley.

—¿Felicidad? Vamos. ¿Llama felicidad a algo tan superficial como esto? Si es que funciona, porque todavía no estoy cien por ciento convencido. Tal vez haya un truco que no veo. ¿Y aun así llama felicidad a esto?

Por primera vez el rostro del vendedor se tornó serio.

—Es más de lo que tiene la mayoría de ellos.

Stanley lo observó en silencio. Sintió náuseas repentinas, un sudor frío cubriéndole la piel. Una mujer apresurada lo golpeó con el codo al pasar. Un hombre de aspecto hosco lo empujó un instante después. Se sobresaltó al oír el llanto de un niño que una madre maldiciendo arrastraba entre la multitud. De pronto se sintió atrapado, claustrofóbico en aquel corredor abarrotado. Su corazón latía más rápido que antes, y ya latía demasiado rápido desde que se había puesto las gafas.

Con un leve gesto hacia la mesa dijo:

—Me llevo un par. Y también unas de Kurt Russell.

El vendedor sonrió radiante. Sacó dos pares de gafas de detrás de la mesa y los sostuvo contra el pecho mientras extendía la otra mano. Stanley extrajo los billetes de su cartera y los depositó allí. Vio cómo los dedos del vendedor se cerraban sobre ellos y desaparecían dentro de la chaqueta con la habilidad de un mago.

—De nada, Stanley —dijo. Luego añadió con un guiño—: Disfrute esta noche de su cita con su dama, amigo. Porque sin amor este mundo está per-di-do.

Stanley se alejó pensando en Rebecca, sintiendo una culpa extraña y nueva. Claro que lo era: nunca antes había cedido a las perversidades explotadoras de una tecnología así... si es que “tecnología” era la palabra correcta. Tal vez “magia” estuviera más cerca de definir aquello que acababa de comprar...

—¡Stanley!

Stanley se dio vuelta sobresaltado.

El vendedor le hacía señas mientras trotaba hacia él. Stanley se apartó hacia la pared del corredor y esperó, incómodo. Cuando el hombre llegó, jadeando y sonriendo con aquella expresión perfecta de catálogo, dijo:

—Pensé que le daría la primicia, Stan, ahora que ya es un buen cliente. Si le gusta la línea 2024, espere a ver lo que tenemos preparado. La próxima temporada será retro-veraniega. ¿Qué le parecería contagiarse de “fiebre felina” y salir con las Gatúbelas de los años sesenta? Julie Newmar, Eartha Kitt y Lee Meriwether.

Los nombres golpearon a Stanley como un impacto físico. Retrocedió un poco y parpadeó. De pronto estaba de nuevo en 1966, con doce años, escondido en su habitación infantil rodeado de cajas de historietas, novelas pulp y paredes cubiertas con imágenes de héroes y heroínas, villanos y villanas que adoraba; mujeres imposibles por las que estaba condenado a suspirar como si alguna vez hubiese poseído y perdido su amor.

Pensó en la continuación de aquel refugio infantil: la cueva masculina de su adultez donde el niño seguía vivo, saludable y enfermizo al mismo tiempo, mientras su esposa fingía no mirar demasiado.

“Oh, Stanley, ¿alguna vez vas a madurar?”

Y recordó a sus primeros amores secretos ronroneando seductoramente desde la pantalla del televisor, provocándole sus primeras erecciones y sus primeros deseos por la compañía femenina. Sí, Stanley había estado ridícula y desesperadamente enamorado de las tres Gatúbelas entre 1966 y 1967. Y con unas gafas capaces de traerlas a su vida todos los días, en cada mirada... quizá la vida sería mejor que durante todos aquellos años perdidos desde que era un niño sonrojándose de emoción en el sótano de sus padres, adorando la televisión como un ídolo resplandeciente.

Dios, cuánto las había amado. Había sido un amor tan puro, tan inocente y simple, tan agradable...

—Anóteme para los tres pares —dijo Stanley, incapaz de contener la sonrisa.

El vendedor soltó una carcajada y arañó el aire como un gato.

—¡Miaaau! ¡De nada! Aquí tiene mi tarjeta. Súmese a mi lista de correo. Será el primero en la fila para conocer a las Gatúbelas de sus sueños.

Y volvió trotando hacia su improvisada mesa en medio del bullicio del centro comercial, justo a tiempo para recibir a un nuevo grupo de hombres y mujeres reunidos alrededor de sus mercancías demoníacas o milagrosas.

Stanley se abrió paso entre la multitud, con los estuches plásticos y su regalo tan especial acomodados cálidamente dentro del bolsillo de su abrigo. A sus espaldas le llegaba la voz del vendedor, llena de humor y una locura jubilosa que actuaba como un bálsamo contra el desagradable estruendo comercial de las fiestas.

—¡Feliz Navidad! ¡Y todos son bienvenidos!

Alexander Zelenyj es un escritor canadiense de ficción especulativa, conocido por la fusión de géneros en sus relatos, lo que da como resultado un estilo visionario y original que desafía las categorías convencionales. Es autor de Blacker Against The Deep Dark, Songs For The Lost, Ballads To The Burning Twins: The Complete Song Lyrics Of The Deathray Bradburys, Experiments At 3 Billion AM y Black Sunshine. Zelenyj reside en Windsor, Ontario, con su esposa, la escritora Elizabeth J.M. Walker, editora jefa de la revista Litzine 398.

 

 

EL PRIMER ALTAR DE MENUKEN

  Néstor Darío Figueiras

 

Arizmendi sacó su polidisplex de bolsillo. La pantalla surgió desde la ranura y sólo le mostró los íconos que él había imaginado al encender el gadget neural.

—Aquí están las entradas de la bitácora de Ruffoni, señor. Obviamente, él no cree que tengamos acceso a su polidisplex.

—Lo que confirma que nuestro médico es un perfecto idiota —dijo Gerson, el CEO de Gene Ensemble & Co—. Abra los archivos. Escuchemos cómo la está pasando.

Arizmendi fijó la mirada en uno de los íconos. Visualizó la palabra play y una voz ronca salió a través del diminuto altavoz:

—…no veo la hora de que la retronave regrese y me saque de aquí. Ahora sé que los videos y las charlas previas no son suficientes: nada lo prepara a uno para un mes de guardia en Menuken. Todavía me cuesta mirar a los menukenios a la cara. Uno se pregunta cómo consiguen desplegar un abanico tan grande de gestos con ese rostro. Todos tienen un único y sanguinolento ojo del tamaño de una ciruela que siempre parece a punto de reventar, y que se sitúa entre la probóscide nasal y la gran boca hendida por el labio leporino. Un pelambre pajizo y rubio les cubre la cabeza. El conjunto recuerda a uno de esos espantapájaros que se utilizan en las chacras de Girvath.

»Pero lo que me causa mayor impresión es la lengua protráctil. Con ella se relamen continuamente, aunque sólo la desenrollan del todo para atrapar a los moscardones azules que revolotean sobre los sembradíos de los frutos hespéridos.

»Esos insectos son su único alimento, y los reverencian con gran devoción. He observado que cuando un menukenio muere, el resto abandona el cuerpo a la intemperie. Al comienzo había creído que no enterraban a sus muertos debido a sus miembros torpes y rechonchos, que están rematados por manos y pies de seis dedos, inútiles para casi cualquier tipo de labor. Pero después comprendí que se trataba de alguna clase de rito: todos se congregan en torno del cadáver putrefacto a observar con embeleso la multitud zumbadora de moscas que lo cubre. En esa ocasión no las comen. Sólo las contemplan, mientras entonan una letanía gangosa.

¡Por Dios! Las pésimas condiciones sanitarias de las plantaciones habrían sumido al planeta entero en cuarentena. Pero aquí no existe epidemia alguna gracias al jugo de los hespéridos, que es una panacea universal. Todos lo bebemos.

»Aún falta una semana para que la retronave traiga a mi relevo. Ya he operado once hernias: sólo restan cuatro intervenciones para finalizar mi trabajo aquí. La onfalocele no es un problema mayoritario: sólo la presentan algunos menukenios al nacer. Sin embargo, la holoprosencefalia es común a todos ellos: ¡son mons…

—Párelo. ¿Qué cosa dijo? —preguntó Gerson, mientras se cruzaba de piernas.

Arizmendi pausó la reproducción con el pensamiento y explicó:

—Vamos por partes. Holoprosencefalia es el conjunto de malformaciones cerebrales y faciales que presentan los trabajadores al nacer, señor. La ciclopía, el labio leporino y el resto de rasgos fisonómicos descritos por Ruffoni nos tienen sin cuidado. Pero corregimos los defectos cerebrales más severos, cuando aún son fetos.

—Ajá. Y lo otro. Onfa… Eso.

—Onfalocele. Se produce cuando la criatura presenta las vísceras de la región abdominal fuera del cuerpo. Esta evisceración provoca una hernia en la base del ombligo. Un cuarenta y cinco coma ocho por ciento de los obreros la presentan al nacer. Ruffoni fue enviado para practicar dieciséis cirugías correctoras en la nueva camada.

—Ajá. Las tripas fuera de la barriga. Veo que por una vez el Departamento de Legales se puso al tanto de los pormenores médicos. Adelante.

—…truosos! Pero lo peor es que los hijos de puta de Gene Ensemble les hicieron creer a todos que son nativos de Menuken. Pocos saben cuál es su verdadero origen.

Gerson sonrió.

Se trata de seres humanos… Los genetistas han inducido en ellos alguna variante del Síndrome de Patau, junto a otras alteraciones practicadas en el cariotipo para corregir las anomalías del sistema nervioso y las disfunciones renales y cardíacas propias del síndrome. De otro modo estos organismos imposibles, que se adaptaron con facilidad a la biósfera menukenia, no sobrevivirían. Así, Gene Ensemble obtiene obreros idiotas que trabajan gratuitamente, que nunca hacen huelga y que no necesitan servicio social. Al mantener a raya a las moscas que dañan los plantíos de hespéridos, no sólo cumplen con su labor, sino que también se alimentan, sin costo alguno para la compañía. Una vez realizadas las cirugías, los cuidados médicos que requieren son mínimos. Esta mano de obra barata representa una ganancia millonaria: el elixir de los hespéridos se vende muy bien en Madretierra…

—Suficiente —ahora Gerson había arrugado el entrecejo. Preguntó imperiosamente—: ¿Sabemos si ha enviado esta información a alguien más?

—En Neura no hemos encontrado nada, señor. Tampoco en las otras redes.

—¿Y nadie más tiene acceso a su bitácora?

—Creemos que no, señor.

—¡No sea ingenuo, Arizmendi! Si nosotros pudimos hackearla, ¿qué impide que otros también lo hagan? Vuelva a indagar en las redes en busca de cualquier indicio, y si lo halla, elimínelo y niegue todo.

—¿Y qué hacemos con Ruffoni?

—Que su relevo no viaje en el próximo retrovuelo. El doctor se quedará en Menuken.

—¿Para qué? —preguntó Arizmendi mientras apagaba su polidisplex.

—Para deshacernos de él.

—No entiendo, señor. Tarde o temprano se dará cuenta de que algo pasa. Tratará de comunicarse con Madretierra. O intentará abordar uno de los cargueros y regresar como polizonte.

—¿Recuerda a Kyaszek, el sociólogo que enviamos hace tres meses? Él reportó que los trabajadores finalmente han desarrollado algunas creencias religiosas, como corrobora nuestro médico. Ahora tienen dioses.

—¿Las moscas?

—Ajá. Las moscas. Los menukenios las adoran porque ellas son su sustento. Kyaszek asegura que el hecho de comérselas fortalece su fe. Una especie de teofanía. El sociólogo llamó “teofagia” al fenómeno. A cambio, ellos alimentan a su divinidad en la muerte. Por eso no entierran a sus muertos. Lo que Ruffoni parece no haber descubierto aún es que han concebido un sangriento culto para rendir tributos excepcionales a su deidad.

—Sigo sin entender, señor.

—¡Es sencillo, Arizmendi! El doctor servirá para el sacrificio.

—¿Por qué estamos seguros de que Ruffoni será la ofrenda y no algún obrero?

—Porque ya Kyaszek inauguró el primer altar de Menuken. En estos tiempos nihilistas, sorprende cuánta devoción suscita un nuevo credo. ¿No lo cree así, Arizmendi?


Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador. Profesa su fe como cristiano evangélico. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado cuentos, entre otras, en las antologías Los rostros y las tramas (2005) Historia alternativa (2005), Tricentenario (2102), Umbrales y Crepúsculos (2015), Espacio austral (2016), WhiteStar (2016), Latinoamérica en breve (2016), Extremos (2017) y en las revistas Ópera Galáctica, Sensación, Próxima y Catarsi. Fue traducido al francés, catalán, italiano, húngaro y griego. Sus cuentos pueden leerse en publicaciones digitales tales como Necronomicrón, Axxon, NGC 3660, NM, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, miNatura, Crónicas de la Forja. Ha recibido menciones en numerosos concursos, como en la primera ConSur, organizada por el CACyF, dónde ganó una mención de honor con el relato “Organicasa”. Ha publicado dos antologías de cuentos, El cerrojo del mundo está en Butteler (2016), Capricho #43 (2017), Playlist (2022). Plenaluz/Entreluz (Ayarmanot, 2021) fue su primera novela: un libro doble, espejado, un artefacto que reúne narrativa, poesía, música e ilustraciones.


LIUDMILA

Detelina Barutchieva

 

Hola, todavía creo en el amor, podría ser tu media naranja; si quieres lo intentamos. No me describas cómo te ves, lo puedes hacer dentro de un mes, cuando sepamos si somos o no almas gemelas.

Toda una vida no alcanza para aclarar cosas mucho más simples, de qué color serán las paredes del salón, blancas o verdes, la cocina puede ser en amarillo, aunque el amarillo no siempre consigue el dorado, recuerda al color del limón, se pone agrio; por otro lado, el ocre aplaca, todo sea por demostrar tus habilidades culinarias.

Jamás tomes una decisión apresurada. Carne de vaca con habas, cerdo con coliflor, pastel de papas, un salpicón simple. Duelos y quebrantos, tal vez. Las doce verduras para la sopa me descorazonan, nunca menos, decía mi mamá, cortadas en cubos y rebanadas, zumo de tomates, las cáscaras, las pieles, los cueros, las semillas, los desechos que se desparraman por la cocina. En verdad, los demás detalles del hogar son piedras cobardes escondidas bajo el agua. Cómo debe verse cada cual, cómo ha de comportarse cada cual, qué ha de decir y qué no, en qué tono. El tono es motivo indiscutido de escándalos. Se molesta cuando arrastras mi nombre... No me hables con displicencia. No grites, pero si estás chillando…

Las preguntas también pueden ser molestas, escuchas lo que dices, no somos idiotas, ten un poco de respeto y etcétera, etcétera, hasta que se rompen platos, se golpean puertas y otros actos no muy decorosos, que quedan grabados en nuestros tiernos corazones.

A Liudmila le toma meses entender si somos o no almas gemelas. No define cómo vamos a contactar, aunque es casi seguro que será epistolarmente, mediante notas y cartas. Escribiremos lo que se nos pase por la mente, ejercitaremos nuestro cerebro en expresiones exquisitas o más simples, vamos a inventar cualidades y desventajas, vamos a disfrutar este pensar cruzado, desde lejos. Otra cosa es enfrentar al interlocutor en vivo, que vea cómo te tomas el café, cómo ingieres alimentos, que caiga en medio del flujo de tu conciencia pero que no alcance tu esencia ni siquiera después de muerto. Lo segundo es como jugar a la ruleta, entregarse a la casualidad, un desafío a las circunstancias; aferras al tigre por la cola, piensas que está domesticado. Él dormita, pero no se pierde ni un movimiento, observando todo a través de los párpados entrecerrados.

Liudmila, así se presenta ella, temblaba de amor, desencantada de sus últimos novios, optimista en cuanto a un final feliz. El final feliz es el leitmotiv en el que cree. Esta vez ha decidido confiar en el destino: una amiga se casó exitosamente con un sueco, otra consiguió un suizo, le podría suceder a ella, ¿por qué no probar suerte? Reconoce que hasta el momento le han contestado tres: dos de Europa Oriental y un danés. Él es definitivamente gris, pesimista, tenía experiencia con las eslavas, estaba desencantado de sus caprichos, le cansaron sus pretensiones. No respondía preguntas, prefería hacerlas él, si le gusta la comodidad hogareña, si le apetece visitar bares y restaurantes, si quiere tener hijos. Qué opina acerca de bailar el tango. No había entendido si era terriblemente celoso y dominante o si estaba sacando cuentas para engancharla en un negocio medio turbio. La relación terminó de por sí, un día no le contesto, y él no la buscó más. Los otros dos le tomaban el pelo, que si sabe lo que es el amor, si no está buscando un provecho material y que llame amor a eso. Por supuesto que no se va a casar con un perdedor, alguien que no encuentra su lugar en ninguna parte; un hombre debe estar en condiciones de mantener a su mujer, había dicho.

Ja, ja, ja, se reían por escrito, pero, ¿por qué no podría ser al revés? Se imaginaba las voces, cínicas y traviesas. Hay un número increíble de hombres en el mundo, no se trata de casarse de inmediato, ya que, claro, no quisiera atarse sin perspectivas ciertas. ¿Qué significa sin perspectivas?, le preguntaron ellos. Pues, que sea maricón, o casado, que solo quiera pasarla bien conmigo, que me rompa el corazón, que me enamore, que haga de cuenta que quiere algo serio y después resulte ser un globo pinchado; que yo sufra sin sentido. Olvídalo.

Las almas gemelas no se encuentran así como así, puedes recorrer medio mundo, buscarlas con una lámpara, como Diógenes, basta con que estés en estado de aguantarlo, de soportar sus rarezas. Pues cada persona es rara a los ojos de demás.

Lo importante es que no te importe un bledo, y que tengas buen sexo, de calidad. ¿Qué es el sexo sin alma? Yo busco un alma, lo sé, en alguna parte me espera mi media naranja, estoy convencida, un día nos descubriremos. Soñadora, sensible y sentimental, tierna y suprema, capaz de entregarse por completo al amado, de desnudar los secretos de su corazón, de regalarle los días que le quedan; lo acariciará y lo mimará; una mujer de principio a fin, buena en el sexo, pero el sexo no puede ser la causa única y originaria, sino solo el resultado de la fusión de las almas. Los cuerpos siguen el curso de las almas, no hay modo de que no lo sigan, las almas son lo fundamental, el principio que guía.

Vierte sus pensamientos, los ordena en palabras y oraciones, guarda las anotaciones en el cajón de su escritorio. Por ahora serán un secreto.

Conseguir alguien que sea tu par es mucho más que tener sexo, no sé exactamente qué es, no lo he descubierto todavía. Tal vez suceda que estés listo para aceptar las diferencias, la personalidad del otro así como es. He escrito que conozco parejas que se amaban de un modo increíble, que se habían casado envueltos en una devoradora pasión, que confesaron haberse amado en un sinfín de lugares. No hay un rincón del parque donde no lo hayamos hecho, ¿no es cierto, cariño? Luego la pasión se enfrió; el viento se llevó las cenizas.

Me recuerdas al danés; él expresaba pensamientos semejantes, los cuales olían a materia descompuesta, a oscuridad. Yo quiero algo más claro, lo buscaré y lo encontraré, sé dónde.

Si no te las arreglas con la oscuridad, apenas si podrás decir que alguien es tu par; en el ser humano existe lo claro y lo oscuro, en un momento emerge uno, al siguiente el otro, debes entenderlo.

De ser objeto de atención pasé a confesor. En honor a la verdad no rechacé del todo su modo de pensar, a pesar de que era triunfalista y por eso, un tanto blando. Buscaba sensibilidad y fidelidad, pero por experiencia propia sé que los sensibles solo son fieles a sí mismos, a sus propios sentidos y emociones. Son egoístas y se ofenden con facilidad, sufren en extremo la falta de semejanzas, su ego no perdona a nadie. Quería protegerla: ten cuidado de cómo te acercas al emotivo, cómo le dices lo que sientes, fíjate si te va a entender, ya que no está en su ser captar a los demás. Esto se ve después de unas cuantas copas, el examen de la hermandad, besos y promesas, noches locas, después, mañanas sobrias, cuando te preguntas quién es ese que está a tu lado.

Estábamos al comienzo de nuestra relación; tomaba todo literalmente, por lo que cualquier cosa que yo dijera le parecía una grosería, una intromisión falta de ética; era lo único que necesitaba para ofenderse y retirarse.

Tal vez no te descorazones si se ha ido; si has comenzado, inténtalo, bien sabes que así se dice, quién busca, encuentra, le contesté.

Ella calló durante un tiempo, luego escribió que no tengo dones, que no coincido con sus concepciones, ni respecto al amor, ni a las almas gemelas, que provoco confesiones, que a continuación me pierdo en mí mismo, que no me va a contar su vida, que apenas si la podría entender. Se siente insegura, falta de confianza, esto complica la comunicación. Dudo que yo sea su alma gemela.

Puede que sea gemela, que te incite, para ahorrarte dolores, escribí.

Cuídate, amigo, encontraré a quién busco, por ahora adiós, llámame si algún día te da por creer en el amor.

Me llamó al cabo de un año, me casé con la persona que buscaba. Te mando fotografías, soy feliz, te deseo a ti también la misma alegría. Era bella, joven, con una sonrisa agradable. Lo más probable es que quisiera hacerme sentir celos. Al cabo de un año recibí una noticia breve, todavía es feliz, solo que el sexo entre ellos dejó de ser interesante. Le echo el ojo a los hombres a mí alrededor, les toco de memoria ciertas partes, me fijo en sus ojos, tiemblo como una ninfómana. Debe existir una solución a este problema, parece que estoy hechizada, dame una receta.

Me llamó después de varios meses: salí adelante, tengo novio, no es mi alma gemela, pero la paso bien.

Le advertí, sobrevendrá una tempestad, si no quiere divorciarse, que no pierda de vista a su marido. Acaricia su vello a contrapelo; tiene amor propio, se siente herido con facilidad.

Eres un hombre extraño, leí. No soy un hombre, sino una mujer, contesté. Tú nunca me lo preguntaste.

Pidió que nos viésemos. Nos emborrachamos, compartimos todo lo referente al amor, sobre nosotros, sobre los hombres y la vida. Discutimos el tema hasta el final. Nos hicimos increíblemente cercanas, las confesiones nos llevaron al borde de la inconsciencia, nos reíamos a voces de las vicisitudes de la filosofía y de las realidades del ser, nos separamos con un sentimiento de complicidad.

Evidentemente éramos almas gemelas. Y ambas partimos con bolsos llenos de esperanzas. ¿Y qué otra cosa podríamos masticar, qué más podríamos ilustrar y explicar? Cuando todo está claro, los pensamientos son una cosa, la creación: algo muy diferente.

Incluso nos besamos.

No nos volvimos a escribir.


Traducción del búlgaro: Eliza Popova



Detelina Barutchieva ha trabajado durante largos años como redactora en la Televisión Nacional Búlgara. Es guionista de series de emisiones televisivas y documentales, como Hombres del Renacimiento de hoy, El tercer ojo, Ju o el arte de vivir, De nadie, Muere con rapidez, Metodi Savov, la cruz de un ser humano. Su cuento "Rana, príncipe", publicado en 2003 en el periódico Nosotras, las mujeres, ha sido galardonado con un premio en el Concurso Internacional de Literatura organizado por el Foro de Mujeres del Mediterráneo, con sede en Marsella, Francia. El primer libro de la autora en español es Hola y adiós, una colección de cuentos cortos que se publicó en Bulgaria en 2009 y en Argentina en 2015. Su primera novela se titula Amores, y fue editada en 2010; la segunda es La jaula, de 2013. Actualmente la autora trabaja en una serie de ficciones cortas que compondrán su próximo libro.

ESTRELLA