martes, 16 de diciembre de 2025

EL VIUDO

Suray Annys

 

Tras trabajar como obrero toda su vida, Floreal se había jubilado. Su esposa estaba enferma y murió al poco tiempo. Desconsolado no encontró motivos para vivir, salvo seguir cuidando el pequeño jardín de rosas que ella cultivaba. Canceló todo tipo de encuentros y reuniones y redujo sus salidas al aprovisionamiento esencial. Sus conocidos y cercanos comenzaron a preocuparse. Se turnaban para visitarlo e intentaban motivarlo para que saliera, sin lograrlo. Después de un par de años de insistencia y aburrido de la soledad, Floreal accedió a encontrarse en un café con un amigo. Este le presento a Jazmín en esa ocasión. Era fresca y grácil, bonita e inteligente, pero la olió desde la entrada del local. Tomó su copa en estado nauseoso y huyó prontamente alegando un malestar completamente real. De las infusiones que cosechaba su difunta, la única que jamás había elogiado era la de jazmín. De hecho ella compartía ese té únicamente cuando se encontraba con sus amigas. Él olía ese aroma aún varias horas después cuando regresaba de su trabajo a casa. Así que ella sahumaba con cascarillas y preparaba un café fuerte y un refresco de rosas.

De todo el jardín solo conocía las rosas y era lo único que le importaba cosechar. Una en particular, la rosa té. Una variedad que ella atesoraba. Bebía ese té cada vez que la extrañaba. Le sobraba tiempo. Sus días continuaban en una paz a la que no se acostumbraba. Los cercos de su jardín comenzaron a antojársele estrechos. Emprendió caminatas a lugares más silvestres encontrando que le gustaba y le hacía bien.

Junto a un sendero umbrío en un banco medio derruido de un bosquecillo, leía Violeta. Un ensayo filosófico, por supuesto. El quedó petrificado cuando la vio, esperaba encontrar ese banco siempre vacío. Pero quedó sin aliento cuando ella lo miró. Era sólo ojos. De un azul noche.

—¿Quiere sentarse?

Agradeció emocionado y comenzaron una respetuosa charla. Él supo que podía, si quería, enamorarse del abismo. Todo era estimulante. Era una mujer madura, menuda, rutilante y a la vez aterciopeladamente profunda. Sin embargo algo de ella le repelía. Mientras dialogaba pudo liberarse de esos ojos hipnóticos y lo descubrió. Su piel… esa piel no veía, desde hacía mucho tiempo, el sol. Se dijo a si mismo que a su edad no debía pensar en estas cosas. Regresó a las fauces de esos ojos y a esa voz. Ya no entendía de qué le hablaba y sintió que era momento de irse. Dijo como excusa que debía atender su jardín. Entonces ella entre risas idiotas le dijo que nada vivo sobrevivía bajo su cuidado… que no tenía suerte con esas cosas… e imbecilidades así que no terminó de oír.

Cambió de recorridos hasta que los paisajes aún con personas le resultaron vacíos. Tanta belleza y nadie con quien compartirlo. Se encerró más durante un tiempo. Buscó distracciones comunes pero el porno y el alcohol le dejaban dolores y malestares que prefirió discontinuar.

Abelia llamó a su puerta y algo cambió. Era una beata regia que predicaba la palabra de dios, con la misma pasión con que una gitana lee las palmas de las manos.

Primero sintió vergüenza. Esa voz madura y dulce como agua de melón requería al menos que se aseara.

—¡Vuelva mañana! —le gritó y ella prometió hacerlo. Limpió la casa y el jardín. Se bañó se afeitó y esperó con té de rosas en la tetera. Llegó puntual y hablo de Dios y las Santas Escrituras. A él no le interesó ni le molestó. Cuando lo invito a la congregación él se negó. Ella se invitó a visitarlo regularmente y cumplió. Todas las tardes bebían té. El viudo escuchaba mansamente una voz que quería adoctrinarlo. Siempre se despedían entre risas de alivio y condescendencia, hasta que Floreal advirtió que pasaba de tonto; esa mujer seguro esperaba algo más de él

La esperó con masitas de la panadería. Cuando ella estaba por soltar la lectura de algún párrafo de la Biblia, se acercó y la besó. Ella se irguió como un resorte. Cuál hiedra venenosa comenzó a vociferar cosas del infierno y que ella solo estaba casada con Dios. Se fue y no volvió.

Floreal decidió que no se involucraría más. Sus huesos anunciaban el cambio de las estaciones. Los muros se fueron poblando de enredaderas por fuera y de moho por dentro. Solo el jardín permanecía siempre prolijo y saludable.

—No es bueno quedarse solo —le había dicho el ferretero—, sin alguien que te ponga paños fríos cuando te afiebrss.

Y le dio fiebre. Maldito envidioso, pensó, él tenía ibuprofeno. Esa noche soñó algo que tenía mucho de recuerdo. Era el cumpleaños de Lila, su hermana. Estaba vestida con sus ropas modestas de fiesta. De espaldas, con su diadema de flores, podía olerla, fragante. Pero al darse vuelta no era Lila, era Alelí su primer amor. Con un bebe muerto en sus manos. Se despertó con palpitaciones. Se preparó un té y volvió a dormir.

El invierno se adelantó ese año. Su prima Petunia lo visitaba en cada evento familiar. El día de su cumpleaños llegó con una torta de manzanas casera, y acompañada de Margarita, su mejor amiga. Más empalagosa que la torta, no se fue hasta que Petunia la arrastró en estado de ebriedad.

A partir de entonces encontraba a Margarita hasta en la sopa. En el Rapipago, en el súper, en el cajero, en la carnicería. Siempre alegre y parlanchina. Vestida con más bijou que ropa. Con una capacidad de razonamiento inversa al espesor de su maquillaje. Ruidosa y disonante hasta para los ojos. ¡Y su risa! Un granizo sobre un techo de chapas era menos inquietante. La eludía con palabras corteses y severas, con una agilidad de paso propia de un bailarín. Tras varios meses de asedio se apareció en su puerta un domingo. Lucía un enorme moño fucsia sobre la toca platinada. Traía en un primoroso paquetito las más húmedas masas finas que había probado. Está claro como el agua que un té no se le niega a nadie. Escupiendo torta en el parloteo tragaba el té como quien hace un pastón de concreto. Floreal deseaba que se fuera. Ella hablaba… hablaba… y de pronto, después de un sorpresivo silencio, con un cambio novelero en la voz, confesó. Hacia años lo quería. Él tenía que rehacer su vida y ella estaba allí para eso. No pudo contenerse y la expulsó. Margarita se fue vociferando.

Fue un invierno silencioso. Se cobijó en el interior ignorando el jardín. Ni se percató de los ciclámenes que se anticiparon a las azaleas. En esos tiempos recordaba a Hortensia. ¡Hortensia! Tenía de todo, incluso carnes blancas y generosas que le sacaban el frío. No lo había elegido, quería a otro. Para cuando sus huesos dejaron de doler, el sol calentaba. Los rosales brotaban y la maleza era dueña de todo. Volvió a ocuparse de las plantas y a tomar paseos. Adelgazó y se compró zapatillas especiales. Comenzó un taller de narrativa en la biblioteca del barrio. Era el único hombre de su grupo y se horrorizada de la sangre y el horror de los textos de sus compañeras. El no acababa ningún escrito. Quería contar sus recuerdos. Ponerles finales felices a tantas historias tristes.

A fines de la primavera Azucena ingresó al taller. Rosada, hasta sus canas eran de un gris rosado. Y gris. ¡Pero su risa tenía una fragancia! Era muy alta y delgada y su voz clara y melodiosa tendía a la picardía y el misterio. Pronto mostró unos cuentos cortos que mezclaban cierta veta tragicómica con ínfulas filosóficas. Encantado, se esmeró en vano en hacer algún relato con que impresionarla. A fin de año todos compartieron sus escritos y sus inconclusos fueron ignorados. Pero todos recibieron de él una rosa. Quería darle una rosa a Azucena antes de terminar el año pero lo avergonzaba y darles a todos era más generoso. Fue la segunda vez que ella se fijó en el… La primera vez fue cuando se presentó.

Ese hombre descuidado con mirada esquiva y piel sucia la miraba con fijeza. Es viudo, le dijeron. Ella lo escucho balbucear varios fragmentos de eventos triviales. El resto del tiempo lo ignoró. Pero finalmente Floreal se atrevió a hablarle. Personalmente.

Estas rosas son de mis cultivos —le dijo—. Bueno. Eran de mi esposa que murió. Elegí el pimpollo más grande para usted para que le dure más. —Azucena no dijo ni una palabra. Tomó su pimpollo lo abrió quitando el cáliz y se lo comió. Arrojo al suelo el resto y se retiró. En ese grupo tampoco volvieron a verla. Los demás compañeros lo atiborraron de tortas, sándwiches y golosinas. Si bien él, en general, estaba contento, le producía una fea sensación recordar, sin quererlo, el gesto de Azucena.

No sé amilanó. Después de todo era verano y decidió ir al balneario a ver cómo vive la gente. Y claro, ver a todas esas personas felices… suspendiendo trabajos, enfermedades, trámites, para permanecer durante algunos días en esa cápsula temporal… Para Floreal, ver converger esa manada humana en los abrevaderos estivales, era como mínimo curioso y pintoresco, aunque en definitiva era casi lo mismo que pasear por los pasillos de un shopping: mirar lo que nunca se necesitó y que nunca se esforzará por tener.

Sentado bajo un árbol, con el mate y el termo, fijó la vista en una joven pareja y recordó sus días con Flor. Ella era morena, rojo pasión como esta chica. Sí… debía aceptar que una vez compró en el mercado de la vida y le gustó. Estaba como estos dos seres, en su burbuja, sin saberlo. Y el perfume del recuerdo lo conmovió.

Regresó a su casa. Quería un baño con pétalos y un té de rosa mosqueta con caña y arrope de uva. Tal vez una sopa bien acuosa o tal vez no.

Curiosamente era un verano frío, aunque la alerta de la ola de calor mantenía a la gente en sus casas o en lugares sombreados.

Por eso, en las mañanas, muy temprano Floreal caminaba por las calles del barrio. Sin gente, podía pensar mejor y disfrutar más de sus fantasmas. Muchas veces hasta se animaba a imaginar que se mojaba los pies en el mar...

Regresaba con las compras ya cansado y se acostaba. Al caer la tarde se ponía a cocinar afuera bajo las glicinas y las parras.

Sin embargo, había dejado de podar y desmalezar. Las plantas se chamuscaban con la radiación aunque las regaba. Taciturno y hosco alejó a todos los que quisieron verlo… cenaba y miraba televisión hasta la madrugada. Dormía un rato y se levantaba. Todos los días igual. Su jardín se había llenado de yuyos y los rosales florecían incultos y enfermos. Fue espaciando sus paseos y con el otoño abandonó el jardín. Adelgazó más y comenzó a debilitarse. Pasaba más tiempo acostado que de pie. Una mañana se obligó a levantarse. Tenía hambre. Maldita existencia. ¿Por qué no se moría de una buena vez. Sentíase abandonado por la vida en una sala de espera… o abandonado por la muerte… no lo sabía, no estaba nada claro.

Desayunó solo té y puso la radio mientras se bañaba. Era ruido sin el menor significado, la nada misma, como si los locutores hablaran en un lenguaje extraterrestre. Salió a buscar provisiones. Frente a su casa había un camión de mudanza y una cuadrilla trabajando.

Solo deseó que los nuevos inquilinos fueran menos ruidosos que los anteriores.

En el bar del barrio se sorprendieron al verlo. No era el de siempre; estaba desaliñado y descolorido. Le obsequiaron un bocadillo. De allí pasó por el mercado y regresó. En la casa vecina ya no había movimiento. Se sintió un poco más animado, lo suficiente para cocinar y darse un baño… anochecía cuando llamaron a la puerta. La nueva vecina venía a presentarse. Era una mujer fea. Bastante rolliza. Baja, oscura, canosa. Pero cuando habló su voz encantadora trinó esperanza y misericordia. Rosa, Rosita para los amigos. Venía a ofrecerse para cuidar su jardín. Se especializaba en el cultivo de rosas, en particular de la rosa té. Floreal, el viudo, lloró esa noche; fue la última vez que lloró. Pudo vivir contento el resto de sus días y tuvo al fin por quién hacer su testamento.

Suray Annys usa el apellido materno para escribir y publicar. Es profesora de artes, ecologista arboricultora y jardinera y paisajista autodidacta. Escribe, actúa, y dibuja desde los seis años. Es anarquista, no cree en el mercado, las religiones, la civilización iluminada por la ciencia... Por ende, regala y comparte su producción artística burlándose del valor monetario del arte, el lavado de dinero a través de este, los egos del derecho de autoría y la arrogancia consumista de hacer arte por el arte o pretender vivir de él. Vivir con arte y poner este al servicio de la comunicación y el conocimiento es su interés. Deja siempre inacabada su obra, transfiriendo al interlocutor/consumidor los interrogantes. Le gusta pasearse como en la vida misma por diversos géneros y materias. Aunque destaca que prefiere las ficciones filosóficas y la literatura fantástica porque la realidad es demasiado absurda y bizarra. No publicó nada en ningún lado, a excepción de revistas autogestivas y redes sociales. Utiliza seudónimos múltiples para diferentes producciones y rara vez colabora en creaciones colectivas. Para acceder a su trabajo el único modo es el azar o el contacto directo.

 

2 comentarios:

  1. Suray nos invita a ser testigos de la búsqueda de un anciano por reencontrar la armonía espiritual que perdió tras la muerte de su esposa.
    Como le ocurre -nos ocurre- a la mayoría de los varones, la clave para hallar ese derrotero por el que transitar placenteramente los últimos años de la vida tiene que ver, directa o indirectamente, con una mujer.
    Por ello, de manera deliberada o azarosa, el personaje se encuentra, enfrenta, relaciona e invoca a féminas de su pasado y presente en su afán de una terrenal salvación. Sin embargo, entre té y té de rosas color té, ningún vínculo prospera, y parece que deberá resignarse a una desabrida, patética y solitaria espera hasta que su ocaso se apague en la noche.

    Pero la rosa...

    Delicioso relato, Sur, en el que tu natural desenfado enriquece el texto con desacartonada humanidad.

    Hernán Bortondello

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