domingo, 26 de abril de 2026

ATAÚLFO

Oscar De Los Ríos

 

Al nacer parecía esculpido en mármol blanco níveo veteado de azul; los médicos que asistieron el parto recién se dieron cuenta de que era de carne y huesos cuando lloró. Su madre, al tenerlo en brazos, experimentó una sensación tan extraña que pensó en la muerte y el más allá; aunque, lejos de inquietarse o intimidarse ante tan extraños pensamientos, sintió tanta paz y bienestar que no lo quería soltar. Todo el que alzaba al recién nacido salía de la habitación con una sonrisa en los labios y una actitud nueva ante la vida.

Tuvo una infancia hermosa. Era un niño dulce, inquieto y travieso; siempre correteando por la casa y el pueblo. Cuando ingresó en la escuela primaria se reveló como un alumno ejemplar, y los demás chicos buscaban su compañía.

—¡Ay, doña María! Su hijo será un gran médico —aseguraba su actual maestra de quinto grado.

—¡No… no… no…! —decía la que fue su maestra en segundo—. ¡Será un gran actor! ¿Qué otra cosa? Con esa belleza de ángel y ese don, ese carisma que tiene con la gente.

—¡Por favor, no les haga caso, doña María! Estas dos están completamente equivocadas. Su hijo será un gran Ministro de la Iglesia —terciaba su maestra de cuarto grado.

Ninguno de estos vaticinios se cumplió; el oficio de Ataúlfo resultaría tan extraño y raro como su nombre, al cual parecía atado.

Con el paso de los años, un día, mientras acompañaba a su abuelo al cementerio al entierro de un amigo, Ataúlfo quedó fascinado por la solemnidad del ambiente, el respeto de las personas y las palabras de consuelo del sacerdote. Sintió una profunda curiosidad por el misterio de la muerte y el más allá, y comenzó a observar con atención los rituales funerarios.

Este interés, que fue creciendo con el tiempo, lo llevó a que, cuando internaron al abuelo, iba a visitarlo al hospital; su presencia transmitía paz y consuelo a los enfermos. Al fallecer el anciano, sus hábitos cambiaron. Ahora, en vez de salir a corretear con sus amigos o a jugar un partido de fútbol, asistía a cuanto velorio había en el pueblo; en los cuales era siempre bien recibido y agasajado. Hasta había quienes mandaban a comunicarle del fallecimiento de tal o cual, como si se tratase de un pariente cercano que no podía faltar en las exequias.

El pueblo de Ataúlfo era pequeño y pintoresco, pero crecía y prosperaba a pasos agigantados. Es por eso que, de tener una sola empresa de Pompas Fúnebres, pasó a tener dos. Ese hecho inquietó muchísimo al señor Raúl Pérez, dueño de la funeraria La Tradicional. Hombre sensible y culto, se había vuelto muy ducho en su oficio y no dejó de notar que, cuando Ataúlfo asistía a un velorio, en su funeraria se duplicaba la cantidad de asistentes, los ánimos se relajaban y los ancianos le pedían: “¡Por favor, hijo, no dejes de asistir a mi velorio!”. Habiendo escuchado ésta y otras frases del mismo tenor, Raúl Pérez, dedujo con gran inteligencia que, quién tuviera a su servicio a Ataúlfo, realizaría la gran mayoría de los funerales del pueblo. “¡Sino todos!”, expresó en voz alta esbozando una enorme sonrisa, al tiempo que restregaba sus manos como felicitándose ante tan gran idea. Ataúlfo cumplió los quince años y Raúl Pérez decidió que ya era tiempo de contratarlo; la competencia ofrecía un servicio más barato y moderno y su negocio se iba a pique.

La familia de Ataúlfo era modesta y, desde que el padre se había accidentado en el tambo en el cual hacía changas, la economía del hogar andaba a los tumbos; por eso se alegró doña María.

—¡El mismísimo dueño de La Tradicional! ¡Don Raúl Pérez en persona! Vino a buscar al nene para ofrecerle trabajo. Habló de un sueldo y comisiones por cada servicio contratado —le dijo a su marido—. Tendría que atender a la gente en el local de la tradicional y ofrecer los servicios fúnebres.

El padre de Ataúlfo, un hombre de pocas palabras y pragmático como pocos, asintió con la cabeza. La situación económica de la familia era apremiante, y la oferta de don Raúl Pérez era un salvavidas.

—Que vaya nomás —sentenció, sin darle más vueltas al asunto.

Doña María, con el corazón henchido de orgullo y preocupación a partes iguales, fue en busca de Ataúlfo; que era poco más que un niño, en muchos aspectos. No sabía si tenía la madurez suficiente para enfrentar la responsabilidad de un trabajo.

Lo encontró en su habitación, cambiándose para ir a un velorio en La Tradicional.

Luego de contarle la propuesta de Raúl Pérez, le hizo una pregunta fundamental.

—¿Crees que estás preparado para asumir esta responsabilidad, hijo? —Y al decir esto, con su mirada dulce de madre, le decía que aceptara únicamente si deseaba el trabajo.

Ataúlfo, con esa sensibilidad que le era tan propia, comprendió lo que su madre le transmitía, con la palabra y con la mirada.

—No te preocupes mamá —al decir esto, su voz sonó adulta y cariñosa—. Como ya te habrás dado cuenta, y te han comentado también, ya paso varias horas al día yendo al local de La Tradicional, cuando hay un velorio. Después de casa, es mi lugar en el mundo. Siento que puedo dar paz y consuelo al que lo necesita.

La madre de Ataúlfo lo abrazó y lo besó en la frente, dándole su bendición.

Y así, Ataúlfo, ingresó a la empresa de don Raúl Pérez. ¡Qué maravilloso efecto producían en su ocasional interlocutor, el traje y zapatos negros, en contraste con la blancura nívea de su piel y los ojos azules! Parecía un enviado del Señor abriendo las puertas del Paraíso. Atendía a los deudos siempre correcto, atento, con una palabra de consuelo. Jamás se aprovechaba de los más desesperados, que a consejo suyo hubieran vendido la casa para brindarle a su padre, madre, hijo o hermano, un servicio digno de un rey. Le daba a cada uno, aquello que habían venido a buscar y podían pagar.

Pasaron unos años y prosperó tanto La Tradicional, que el dueño de La Moderna, un empresario de Pompas Fúnebres de la capital, decidió ir en persona a controlar el negocio. No comprendía cómo, ofreciendo un servicio de primera a un precio un treinta por ciento más barato que su único competidor, éste no solo no se hubiera fundido.

—… sino que soy yo quien deberá cerrar la sucursal —comentaba confundido en una reunión de directorio.

Llegó al pueblo por sorpresa un sábado a la mañana y comprobó que la empresa y sus empleados estaban en orden. Por la tarde se encaminó a La Tradicional, quería conocer el secreto de su éxito. Lo recibió Ataúlfo y, luego de una extensa charla, el dueño de la Moderna se retiró.

La gente del pueblo sonreía al verlo pasar, lo seguían con la mirada y, cuando el extraño visitante de la capital se perdía de vista, lo señalaban al tiempo que se llevaban el dedo a la sien y lo hacían girar.

El semblante del dueño de La Moderna denotaba confusión, estando a mitad de camino entre demostrar una inmensa alegría o un gran estupor. Por un lado, como con miedo a perderlo, apretaba entre sus manos un contrato en el cual constaba, entre otras cláusulas, que Ataúlfo asistiría a su velorio en La Tradicional; por el otro no podía entender que Ataúlfo no aceptara el ofrecimiento que le había hecho para asociarse con él al cincuenta por ciento de las ganancias de todas las sucursales de su empresa.

—Estos capitalinos creen que todo se puede comprar con dinero —comentaban los vecinos, cuando se enteraban del suceso. Ni un momento dudaron de que Ataúlfo los traicionase ante tan tentadora propuesta y se marchara del pueblo.

Todo continuó en su cauce normal hasta que un día, Ataúlfo, no pudo resistir la tentación de probar un féretro que había llegado a La Tradicional para el funeral de un eminente ciudadano del pueblo. Una pieza de ebanistería de una belleza extraterrenal: de caoba laqueada, realizado todo con encastres artesanales sin aporte de clavos, con un interior acolchado y tapizado en seda y encajes. Se acomodó en el interior del ataúd y se sintió tan cómodo y en paz que supo, en ese instante, que no podría descansar en otro lecho. Bastó una indicación suya para que los deudos consideraran el ataúd como inadecuado y optaran por otro. No comunicó a nadie su extravagante decisión, no fuera que su patrón no la aprobara. Desde entonces, los días en que no había servicios, se adjudicó la tarea de cerrar las puertas del establecimiento y, una vez retirado todo el personal, al encontrarse solo en el local se dirigía al depósito y preparaba el féretro para dormir. ¡Morfeo mismo lo esperaba junto al ataúd!

Una mañana de verano Raúl Pérez entró en La Tradicional más temprano de lo habitual y lo encontró durmiendo. La emoción que lo embargó fue tan grande que estuvo contemplándolo durante más de media hora. Antes de que despertara se retiró del depósito y, a media mañana, hizo trasladar el féretro a una sala vacía al fondo del establecimiento; para que nadie molestara a Ataúlfo cuando quisiera descansar o tal vez hacer una siesta.

Pasaron algunos años más con total calma y paz, hasta que, cierto día amaneció el pueblo de Ataúlfo con la triste noticia de la muerte del hijo mayor de Raúl Pérez. El desconsuelo de este era terrible, aún no había terminado el duelo de su mujer, fallecida un año antes, y la muerte le arrebataba a su único hijo. Ni siquiera podría velarlo: el cuerpo nunca fue devuelto por el mar. La tristeza y la impotencia de no tener el consuelo de un velorio, y luego los funerales, justamente él, que les había ofrecido ese sosiego a todos los habitantes del pueblo. Enterado del penoso suceso, Ataúlfo se sintió en la obligación de hacer algo por quien consideraba su amigo y benefactor. Le dijo que se encargaría de todos los preparativos y que esa misma noche darían comienzo las exequias. Raúl Pérez, a pesar de hallarse confundido y sin poder comprender, se dirigió al anochecer a la cochería. Para sorpresa suya en el local se hallaba más gente de la que recordara jamás. El salón mortuorio estaba más iluminado que nunca por ardientes cirios, y en el medio se hallaba el ataúd majestuoso en que dormía Ataúlfo. La gente del pueblo pasaba frente al cajón con lágrimas en los ojos, se persignaba, y salía del recinto con paz de espíritu.

Parado junto al féretro donde Ataúlfo parecía descansar en los brazos de Dios, Raúl Pérez, recibió como un regalo divino el consuelo que estaba buscando y se halló en paz con Dios y en consecuencia con sí mismo y sus semejantes.

Desde entonces, cada vez que alguien muere en este pueblo ¡bendito de Dios!, Ataúlfo toma el lugar del difunto, cuyo cuerpo es llevado a un depósito donde se lo deja en un cajón cerrado a la espera de los funerales. Todos los habitantes asisten y se llevan a cabo los velorios más fabulosos que pueblo alguno haya celebrado jamás.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LAS OMAJE DE LA MONTAÑA