Oscar De Los Ríos
Al
nacer parecía esculpido en mármol blanco níveo veteado de azul; los médicos que
asistieron el parto recién se dieron cuenta de que era de carne y huesos cuando
lloró. Su madre, al tenerlo en brazos, experimentó una sensación tan extraña
que pensó en la muerte y el más allá; aunque, lejos de inquietarse o
intimidarse ante tan extraños pensamientos, sintió tanta paz y bienestar que no
lo quería soltar. Todo el que alzaba al recién nacido salía de la habitación
con una sonrisa en los labios y una actitud nueva ante la vida.
Tuvo una infancia hermosa. Era un
niño dulce, inquieto y travieso; siempre correteando por la casa y el pueblo.
Cuando ingresó en la escuela primaria se reveló como un alumno ejemplar, y los
demás chicos buscaban su compañía.
—¡Ay, doña María! Su hijo será un
gran médico —aseguraba su actual maestra de quinto grado.
—¡No… no… no…! —decía la que fue su
maestra en segundo—. ¡Será un gran actor! ¿Qué otra cosa? Con esa belleza de
ángel y ese don, ese carisma que tiene con la gente.
—¡Por favor, no les haga caso, doña
María! Estas dos están completamente equivocadas. Su hijo será un gran Ministro
de la Iglesia —terciaba su maestra de cuarto grado.
Ninguno de estos vaticinios se
cumplió; el oficio de Ataúlfo resultaría tan extraño y raro como su nombre, al
cual parecía atado.
Con el paso de los años, un día,
mientras acompañaba a su abuelo al cementerio al entierro de un amigo, Ataúlfo
quedó fascinado por la solemnidad del ambiente, el respeto de las personas y
las palabras de consuelo del sacerdote. Sintió una profunda curiosidad por el
misterio de la muerte y el más allá, y comenzó a observar con atención los
rituales funerarios.
Este interés, que fue creciendo con
el tiempo, lo llevó a que, cuando internaron al abuelo, iba a visitarlo al
hospital; su presencia transmitía paz y consuelo a los enfermos. Al fallecer el
anciano, sus hábitos cambiaron. Ahora, en vez de salir a corretear con sus
amigos o a jugar un partido de fútbol, asistía a cuanto velorio había en el
pueblo; en los cuales era siempre bien recibido y agasajado. Hasta había
quienes mandaban a comunicarle del fallecimiento de tal o cual, como si se
tratase de un pariente cercano que no podía faltar en las exequias.
El pueblo de Ataúlfo era pequeño y
pintoresco, pero crecía y prosperaba a pasos agigantados. Es por eso que, de
tener una sola empresa de Pompas Fúnebres, pasó a tener dos. Ese hecho inquietó
muchísimo al señor Raúl Pérez, dueño de la funeraria La Tradicional. Hombre
sensible y culto, se había vuelto muy ducho en su oficio y no dejó de notar
que, cuando Ataúlfo asistía a un velorio, en su funeraria se duplicaba la
cantidad de asistentes, los ánimos se relajaban y los ancianos le pedían: “¡Por
favor, hijo, no dejes de asistir a mi velorio!”. Habiendo escuchado ésta y
otras frases del mismo tenor, Raúl Pérez, dedujo con gran inteligencia que,
quién tuviera a su servicio a Ataúlfo, realizaría la gran mayoría de los
funerales del pueblo. “¡Sino todos!”, expresó en voz alta esbozando una enorme
sonrisa, al tiempo que restregaba sus manos como felicitándose ante tan gran
idea. Ataúlfo cumplió los quince años y Raúl Pérez decidió que ya era tiempo de
contratarlo; la competencia ofrecía un servicio más barato y moderno y su
negocio se iba a pique.
La familia de Ataúlfo era modesta
y, desde que el padre se había accidentado en el tambo en el cual hacía
changas, la economía del hogar andaba a los tumbos; por eso se alegró doña
María.
—¡El mismísimo dueño de La
Tradicional! ¡Don Raúl Pérez en persona! Vino a buscar al nene para ofrecerle
trabajo. Habló de un sueldo y comisiones por cada servicio contratado —le dijo
a su marido—. Tendría que atender a la gente en el local de la tradicional y
ofrecer los servicios fúnebres.
El padre de Ataúlfo, un hombre de
pocas palabras y pragmático como pocos, asintió con la cabeza. La situación
económica de la familia era apremiante, y la oferta de don Raúl Pérez era un
salvavidas.
—Que vaya nomás —sentenció, sin
darle más vueltas al asunto.
Doña María, con el corazón henchido
de orgullo y preocupación a partes iguales, fue en busca de Ataúlfo; que era
poco más que un niño, en muchos aspectos. No sabía si tenía la madurez
suficiente para enfrentar la responsabilidad de un trabajo.
Lo encontró en su habitación,
cambiándose para ir a un velorio en La Tradicional.
Luego de contarle la propuesta de
Raúl Pérez, le hizo una pregunta fundamental.
—¿Crees que estás preparado para
asumir esta responsabilidad, hijo? —Y al decir esto, con su mirada dulce de
madre, le decía que aceptara únicamente si deseaba el trabajo.
Ataúlfo, con esa sensibilidad que
le era tan propia, comprendió lo que su madre le transmitía, con la palabra y
con la mirada.
—No te preocupes mamá —al decir
esto, su voz sonó adulta y cariñosa—. Como ya te habrás dado cuenta, y te han
comentado también, ya paso varias horas al día yendo al local de La Tradicional,
cuando hay un velorio. Después de casa, es mi lugar en el mundo. Siento que
puedo dar paz y consuelo al que lo necesita.
La madre de Ataúlfo lo abrazó y lo
besó en la frente, dándole su bendición.
Y así, Ataúlfo, ingresó a la
empresa de don Raúl Pérez. ¡Qué maravilloso efecto producían en su ocasional
interlocutor, el traje y zapatos negros, en contraste con la blancura nívea de
su piel y los ojos azules! Parecía un enviado del Señor abriendo las puertas
del Paraíso. Atendía a los deudos siempre correcto, atento, con una palabra de
consuelo. Jamás se aprovechaba de los más desesperados, que a consejo suyo
hubieran vendido la casa para brindarle a su padre, madre, hijo o hermano, un
servicio digno de un rey. Le daba a cada uno, aquello que habían venido a
buscar y podían pagar.
Pasaron unos años y prosperó tanto
La Tradicional, que el dueño de La Moderna, un empresario de Pompas Fúnebres de
la capital, decidió ir en persona a controlar el negocio. No comprendía cómo,
ofreciendo un servicio de primera a un precio un treinta por ciento más barato
que su único competidor, éste no solo no se hubiera fundido.
—… sino que soy yo quien deberá
cerrar la sucursal —comentaba confundido en una reunión de directorio.
Llegó al pueblo por sorpresa un
sábado a la mañana y comprobó que la empresa y sus empleados estaban en orden.
Por la tarde se encaminó a La Tradicional, quería conocer el secreto de su
éxito. Lo recibió Ataúlfo y, luego de una extensa charla, el dueño de la
Moderna se retiró.
La gente del pueblo sonreía al
verlo pasar, lo seguían con la mirada y, cuando el extraño visitante de la
capital se perdía de vista, lo señalaban al tiempo que se llevaban el dedo a la
sien y lo hacían girar.
El semblante del dueño de La
Moderna denotaba confusión, estando a mitad de camino entre demostrar una
inmensa alegría o un gran estupor. Por un lado, como con miedo a perderlo, apretaba
entre sus manos un contrato en el cual constaba, entre otras cláusulas, que Ataúlfo
asistiría a su velorio en La Tradicional; por el otro no podía entender que Ataúlfo
no aceptara el ofrecimiento que le había hecho para asociarse con él al
cincuenta por ciento de las ganancias de todas las sucursales de su empresa.
—Estos capitalinos creen que todo
se puede comprar con dinero —comentaban los vecinos, cuando se enteraban del
suceso. Ni un momento dudaron de que Ataúlfo los traicionase ante tan tentadora
propuesta y se marchara del pueblo.
Todo continuó en su cauce normal
hasta que un día, Ataúlfo, no pudo resistir la tentación de probar un féretro
que había llegado a La Tradicional para el funeral de un eminente ciudadano del
pueblo. Una pieza de ebanistería de una belleza extraterrenal: de caoba
laqueada, realizado todo con encastres artesanales sin aporte de clavos, con un
interior acolchado y tapizado en seda y encajes. Se acomodó en el interior del
ataúd y se sintió tan cómodo y en paz que supo, en ese instante, que no podría
descansar en otro lecho. Bastó una indicación suya para que los deudos
consideraran el ataúd como inadecuado y optaran por otro. No comunicó a nadie
su extravagante decisión, no fuera que su patrón no la aprobara. Desde
entonces, los días en que no había servicios, se adjudicó la tarea de cerrar
las puertas del establecimiento y, una vez retirado todo el personal, al
encontrarse solo en el local se dirigía al depósito y preparaba el féretro para
dormir. ¡Morfeo mismo lo esperaba junto al ataúd!
Una mañana de verano Raúl Pérez
entró en La Tradicional más temprano de lo habitual y lo encontró durmiendo. La
emoción que lo embargó fue tan grande que estuvo contemplándolo durante más de
media hora. Antes de que despertara se retiró del depósito y, a media mañana,
hizo trasladar el féretro a una sala vacía al fondo del establecimiento; para
que nadie molestara a Ataúlfo cuando quisiera descansar o tal vez hacer una
siesta.
Pasaron algunos años más con total
calma y paz, hasta que, cierto día amaneció el pueblo de Ataúlfo con la triste
noticia de la muerte del hijo mayor de Raúl Pérez. El desconsuelo de este era
terrible, aún no había terminado el duelo de su mujer, fallecida un año antes,
y la muerte le arrebataba a su único hijo. Ni siquiera podría velarlo: el
cuerpo nunca fue devuelto por el mar. La tristeza y la impotencia de no tener
el consuelo de un velorio, y luego los funerales, justamente él, que les había
ofrecido ese sosiego a todos los habitantes del pueblo. Enterado del penoso
suceso, Ataúlfo se sintió en la obligación de hacer algo por quien consideraba
su amigo y benefactor. Le dijo que se encargaría de todos los preparativos y
que esa misma noche darían comienzo las exequias. Raúl Pérez, a pesar de
hallarse confundido y sin poder comprender, se dirigió al anochecer a la
cochería. Para sorpresa suya en el local se hallaba más gente de la que
recordara jamás. El salón mortuorio estaba más iluminado que nunca por
ardientes cirios, y en el medio se hallaba el ataúd majestuoso en que dormía Ataúlfo.
La gente del pueblo pasaba frente al cajón con lágrimas en los ojos, se
persignaba, y salía del recinto con paz de espíritu.
Parado junto al féretro donde Ataúlfo
parecía descansar en los brazos de Dios, Raúl Pérez, recibió como un regalo
divino el consuelo que estaba buscando y se halló en paz con Dios y en
consecuencia con sí mismo y sus semejantes.
Desde entonces, cada vez que
alguien muere en este pueblo ¡bendito de Dios!, Ataúlfo toma el lugar del
difunto, cuyo cuerpo es llevado a un depósito donde se lo deja en un cajón
cerrado a la espera de los funerales. Todos los habitantes asisten y se llevan
a cabo los velorios más fabulosos que pueblo alguno haya celebrado jamás.

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