Ana Cristina Rodrigues
Todas las cosas
malas deberían terminar en el último minuto del año, para que el Año Nuevo
trajera novedades buenas y felicidad. Eso era lo que Ana Clara creía. Y
pensando en ello, arriesgándose a recibir una paliza tremenda, había tomado una
de las armas de su padrastro, policía militar.
Respiró hondo, repasando
cuidadosamente los pasos de su plan para empezar bien el año. Por fin se
liberaría de los golpes, de los cintazos… y de las manos sucias del padrastro.
Neusa, su madre, ignoraba todo aquello; trabajaba demasiado y tenía otros dos
hijos que cuidar. La tristeza silenciosa de la mayor significaba poco, casi
nada, para ella, que pasaba los días fuera, cocinando en un hotel de la Zona
Sur.
Ese año no verían los fuegos
artificiales en Penha, porque el más pequeño tenía neumonía. La madre estaba en
el cuarto de los dos niños, en una cama improvisada en el suelo, atenta a
cualquier fiebre o tos. La cena de Nochevieja estaba en la mesa: frutas, pollo
asado, un jamón glaseado, arroz. Ana Clara debía calentar la comida y servirle
al padrastro. Y eso era lo que la niña de catorce años pretendía hacer. Cuando
el viejo estuviera frente al televisor, siguiendo la cuenta regresiva en
Copacabana, ella iría al cuarto, tomaría el viejo 38… Sabía que podía contar
con los vecinos, que hacían estallar petardos sin respetar el comienzo del año.
Incluso ahora, mientras aún pasaban el noticiero, el ruido era casi
insoportable.
Después de que el viejo estuviera
muerto, tendido en el suelo, Ana Clara tomaría su mochila y desaparecería.
Encontraría la manera de ir a la casa de sus abuelos en Miracema y perderse en
el interior del estado, trabajar en lo que fuera, cambiar de nombre, de vida.
Año Nuevo, Vida Nueva. Su madre y sus hermanos estarían mejor, sin ese hombre
horrible acechando sus vidas y con la pensión que la viuda recibiría.
Llamaron a la puerta y ella se
sobresaltó. Solo faltaba que fuera alguna vecina, queriendo hacerle compañía a
doña Neusa o algo así. No lo era. Una completa desconocida estaba allí. Cabello
castaño claro, robusta, de más de veinte años con seguridad. Llevaba gafas, un
poco torcidas, y vestía de negro, a pesar del calor sofocante. Entornó la
puerta, convencida de que era un error, sintiéndose segura con la cadena
puesta.
—¿Sí?
—Hola, Ana Clara, ¿todo bien?
¿Puedo hablar un momento contigo?
—Disculpe, señora, no puedo dejarla
entrar. No puedo hablar con desconocidos…
—Ah, pero yo te conozco, Ana; y
hasta sé lo que estás escondiendo debajo de la mochila en el cuarto.
El impacto hizo que Ana Clara
actuara automáticamente: abrió la puerta y condujo a la mujer hasta la sala. La
extraña pidió un vaso de agua y, tras beber un sorbo, comenzó a hablar.
—Uf, qué alivio. Un calor absurdo…
Bueno, encantada de conocerte, Ana, mi nombre es Ana Cristina y he venido aquí
para impedir que arruines tu vida. —Nada de lo que Ana Clara dijera iba a
servir de mucho, así que decidió quedarse callada y escuchar—. Verás, yo estaba
escribiendo tu historia. Sí, hoy, 31 de diciembre… Suena un poco patético, pero
mira: estoy tomando antibióticos, así que nada de alcohol. Mis padres, pobres,
trabajaron todo el día y duermen hasta las once y cuarenta, más o menos. Mi hijo
está jugando “cosas de chicos”, lo que me deja fuera… Y mi novio, que vive en
otro estado, decidió salir a celebrar… —entrecerró los ojos, molesta—. Ah, la
única persona con la que me gusta hablar en línea está trabajando, y vi cuánto
tardó ese hombre en volver a dibujar, así que… decidí escribir tu historia, una
historia triste, conmovedora… ¿Me das más agua, por favor?
Aturdida, Ana Clara le sirvió otro
vaso.
—Mmm, bien fría. Las delicias del
suburbio… ¿Sabes? Siempre me gustó más la Zona Norte de Río, la gente de la
Zona Sur es tan presumida. Pero no cambio Niterói por Río. En fin: tu historia
iba a tener un hada o algún espíritu bueno de esos que tocaría a tu puerta y te
diría lo bonito que es vivir, etcétera, etcétera; tú te conmoverías, hablarías
con tu madre y creerías que la vida es mágica por eso. Pero, ¡vamos! —y golpeó
el vaso sobre la mesa, inquietando a Ana Clara—. ¿Por qué las cosas buenas en
una historia tienen que ocurrir por medio de un ser sobrenatural? ¡Ah, no!
Entonces decidí: yo misma venía a resolver el asunto. Con permiso.
Con paso decidido, fue hasta el
cuarto de Ana Clara y tomó el arma sin vacilar. Abrió el tambor y sacó las
balas.
—Listo, asunto resuelto. En cuanto
a usted, jovencita… ¿se ha detenido a pensar en su madre? ¿En cómo quedaría
ella?
—Sí, yo…
—No, no lo pensaste, claro que no.
¡Es tu madre y se moriría de tristeza y preocupación!
—¡Pero a ella ni le importo!
—¡No digas tonterías, niña! Claro
que le importas, pero tienes dos hermanos menores que ni siquiera saben
expresarse bien. Ella espera que tú, si tienes algún problema, hables para que
pueda ayudarte. ¿Y tú, hablaste?
—No…
—Una madre no es adivina, muchacha.
Es duro darse cuenta de eso. Ve y habla con ella… está despierta por Tonho.
—¿Y mi padrastro?
La sonrisa en el rostro de la mujer
extraña heló el corazón de Ana Clara.
—Tu padrastro va a descubrir por
qué tengo fama de ser mala. Y dudo que moleste a alguien por mucho tiempo.
Y Ana Clara fue.
Al día siguiente, la madre pidió el
divorcio, lo que aumentó aún más el escarnio general, porque el duro policía
militar había amanecido atado a un poste, muy golpeado, cubierto de hematomas y
con un cartel: “En realidad, quería ser transformista, pero terminé siendo
policía militar.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario