Diego Muñoz Valenzuela
Despertó mientras avanzaba abriéndose paso entre centenares de personas
ansiosas por llegar a su destino lo más pronto posible. Lo estrellaban con los
hombros, con bolsos, con maletines. El presentía alguna malignidad en esas
colisiones aparentemente casuales. Atardecía ya, y los letreros de neón
comenzaban a destellar sobre las paredes de los enormes edificios. Los rostros
de los pálidos transeúntes se iluminaban con aquellas trémulas luces de
colores. Los automóviles hacían sonar sus bocinas y rugir sus motores, y los
conductores solían abrir las ventanillas para insultar a alguien. Esto fue lo
primero que vio al despertar como de un largo sueño del que había regresado
desprovisto de recuerdos. Al pasar por una tienda de periódicos, supo que allí
se vendían diarios, revistas, pudo comprender las palabras de los encabezados,
aunque sin encontrar sentido a las noticias, pues carecía de referentes contra
los cuales compararlas. No podía establecer si alguna noticia era disparatada o
cuerda, por ejemplo. Sin embargo, esto dejó de interesarlo casi
instantáneamente. Más atraía su atención la divertida premura que parecía
animar aquellas legiones de caminantes con rostros centelleando en lila, verde,
amarillo. Muchos de ellos portaban paquetes envueltos en papel. Adivinó que se
trataba de comida para calentar en esos hornos especiales. Los anuncios de una
fuente de soda ofrecían una hamburguesa y un jugo de frutas por un precio
aparentemente irrisorio. Recordó la sensación del hambre y después vino el
asombro de no experimentarla. Siguió caminando por lo que identificó como una
avenida inundada de vitrinas de artículos electrónicos, ropas, muebles,
alimentos, licores, discos, plantas, alfombras, libros, frutas. A medida que
avanzaba por la avenida iba identificando el contenido de cada vitrina, sin
saber siquiera si eran objetos o alimentos que le hubieran pertenecido alguna
vez. Supo que las manzanas eran aquellas frutas rojas y redondas, que eran
dulces y carnosas, pero le fue imposible recordar si las había probado alguna
vez. Se respondía a sí mismo que debía haber comido manzanas pero ¿qué era eso
de dulces? Lo dulce es placentero. Lo dulce es lo contrario de amargo. Las
manzanas son dulces. Debe ser agradable comer una manzana. Para comer es
preciso tener hambre. El hambre es un ardor en la boca del estómago. El hambre
es sólo una palabra como la manzana. No sentía hambre. Jamás había sentido
hambre. Jamás comió una manzana. ¿Pero cómo podía saber todas estas cosas si no
lograba recordarlas?
Cuando llegó a una esquina pensó
que debía atravesarla por las líneas amarillas cuando los coches estuvieran
detenidos ante una luz roja. Casi instantáneamente evocó la remota necesidad de
poseer alguna identidad. Cada uno de esos seres a su alrededor poseía un
nombre, un domicilio, un trabajo, una historia detrás. El apuro tenía relación
directa con su identidad. Posiblemente volvían a casa de sus trabajos, llevaban
comida para calentar mientras encienden el televisor, quizás daban un beso en
la frente de sus hijos dormidos, tal vez tenían invitados a cenar. Quiso
rememorar un nombre para sí, y escuchó en su interior una lista interminable y
carente de sentido. Ningún nombre que viniera a su mente tenía el más mínimo
significado. Comenzó a pronunciarlos en voz alta: acaso de ese modo cierta
sonoridad retumbara en su conciencia oculta y removiera los engranajes de la
memoria. A su alrededor la gente iba disminuyendo junto con la penumbra. Una
anciana de gruesos lentes lo escrutó mientras agitaba la cabeza horizontalmente,
compadeciéndolo. Un pequeño lo indicó a su madre entre ráfagas de risas. Pensó
que estaba hablando en voz muy alta, casi gritando. Alcanzó también a
sorprender sus propias manos gesticulando con vigor demencial. Estaba
protagonizando un verdadero espectáculo. Hundió las manos en los bolsillos de
la chaqueta y la mirada en las baldosas de la calle para seguir avanzando hacia
ninguna parte. Estaba casi completamente oscuro y las luces de neón
reverberaban en sus pupilas cuando alzó la mirada hacia los gigantescos
edificios. Imaginó que sus pasos lo llevaban por instinto hacia el lugar donde
su cuerpo acostumbraba descansar, pero pronto desechó esta posibilidad al
percibir que le daba exactamente igual caminar en cualquier sentido. Retrocedió
y no sintió nada especial ni siquiera después de varias cuadras. Dobló a la
izquierda y nada. Todo lo que le rodeaba parecía familiar y extraño a la vez:
conocía los nombres de las cosas, recordaba su utilidad, sus propiedades, sus
variantes posibles, mas no había en él una mísera huella de pasado en relación
con ellas. Peor aún, el pasado definitivamente no existía, a no ser aquel
instante del atardecer en que se encontró a sí mismo hormigueando entre
miríadas de transeúntes. Sonrió de pronto al descubrir que se trataba de una
angustiosa pesadilla de la cual despertaría en cuanto se lo propusiese de
verdad. Era curioso, eso sí, que no sintiera mayor angustia por los hechos.
Desde ese punto de vista no parecía tratarse de una pesadilla. Bueno, un sueño
entonces, y recordó eso de pellizcarse. Dudó por algunos instantes sintiéndose
algo absurdo. Finalmente se detuvo junto a una vitrina de quesos y retorció con
disimulo la piel de su muslo derecho. Cerró los párpados para percibir el dolor
con más intensidad. Algo ardía y punzaba allá abajo. Casi disfrutó el
padecimiento mientras imaginaba despertar en una alcoba que variaba en una suerte
de infinita secuencia de diapositivas. Abrió los ojos cuando un muchacho moreno
sacudía su hombro preguntándole si le pasaba algo malo. La luz de la vitrina de
los quesos brillaba en sus pupilas negrísimas en tanto le ofrecía ir por un
médico, una medicina, un vaso de agua. Él lo miraba como atontado, sin saber
qué decirle. Por último atinó a asegurarle que no tenía nada grave, que gracias
y que siguiera su camino. Así lo hizo el muchacho, pero notó que se alejaba
como a regañadientes, viéndolo de reojo quedarse parado allí junto a la tienda
de los quesos. Entonces no era un sueño. Le asombró no sentir pavor o ansiedad.
¿Lo esperarían en alguno de esos millones de departamentos? ¿Tendría familia,
amigos que se preocuparan de su desaparición? Claro que nadie podría inquietarse
hasta tarde, llamarían a la policía, a los hospitales, a la morgue, al trabajo.
Entre tanto, él vagaría amnésico por la ciudad interminable. De repente se puso
a hurgar los bolsillos de su ropa, ¡qué tonto no haberlo intentado antes!, allí
debería estar su identificación, dirección, edad, fotografía, todo. Encontró
unas monedas, un pañuelo, una billetera con una suma que reconoció como alta,
pero ningún papel que tuviera identificación alguna. Tampoco llaves, tarjeta de
crédito, agenda. Nada, absolutamente nada que pudiera servirle de mínima pista.
Discurrió presentarse en una estación de policía o en un hospital declarándose
amnésico. Su fotografía aparecería en los noticiarios de televisión y en los
periódicos. Alguien lo reconocería e iría por él. Ese sería el final de todo.
Se puso a caminar de muevo, seguro de emprender la búsqueda de un policía. De
pronto consideró la posibilidad de que fuese un criminal, de que su amnesia
ocultaba horrendos asesinatos, aberraciones sin límite. Quizás era un peligroso
demente homicida fugado de alguna clínica psiquiátrica al cual encerrarían sin
piedad en una de esas piezas acolchadas. Hasta podían darle muerte antes de
alcanzar a hablar. Era curioso que pudiera ser un asesino o un loco, ningún
pensamiento suyo así lo indicaba, pero tampoco lo excluía de plano. Resolvió no
hablar con nadie por el momento y prosiguió su deambular desprovisto de
sentido.
No experimentaba fatiga aunque llevaba varias ¿horas? ¿minutos? vagando por
cualquier parte. Concluyó que en algún momento retornaría su memoria de manera
sorpresiva. Aspiró con fuerza el aire de la noche porque eso sería beneficioso
para su organismo, para la dormida memoria que se agazapaba en algún oscuro
rincón de allá adentro. Palpó su cabeza en busca de huellas de algún accidente,
pero no encontró dolores ni señales en su cráneo. ¿Y si era un extranjero?
Había comprendido perfectamente el idioma del muchacho, los insultos de los
conductores de automóviles. Sabía que existían otros idiomas, pero ninguno de
ellos acudió a su mente. Al distinguir su reflejo en la vitrina de una tienda
de ropas advirtió que no pertenecía a un grupo étnico diferente a quienes se
dirigían con prisa a sus lugares misteriosos y urgentes. ¿Y si no hubiese nadie
esperándolo? ¿Si nadie le conociera en esa ciudad inmensa? ¿Si hubiese crecido
en ella sin papeles, sin trabajo, fuera de todo orden y control? ¿Si alguien
hubiese destruido su memoria, su identidad, sus posesiones, de modo que no
prevaleciera ningún signo de su existencia anterior? Sería una especie de
crimen, sólo que sin muerte física de por medio. Le habrían arrojado a la calle
con una suma de dinero que le permitiera rehacer su vida de cierta forma; un
gesto humanitario, sin duda. Podía tratarse también de una segunda oportunidad,
después de una acción aborrecible que debía ser olvidada definitivamente, para
no dar paso a la autodestrucción o a la locura. O tal vez tenía una misión
especial y secreta entre estos seres apresurados y simples que la ciudad
apremiaba para devorarlos en sus cubículos de metal y concreto. Eso era, él
tenía una secreta misión que cumplir entre las miríadas de seres abandonados al
hambre, a la fatiga, a las obligaciones absurdas, a la extravagante necesidad
de buscar placeres, al irritante sometimiento de las emociones. Se sintió
seguro de esta reflexión y su marcha se hizo más firme y decidida. En ese
instante un furgón azul se detuvo a su lado. Bajaron de él dos hombres vestidos
con buzos naranjas y provistos de gafas oscuras que ocultaban sus facciones. No
percibió ninguna sensación de peligro y se quedó estático observando su
accionar. Se aproximaron con naturalidad. Uno de ellos portaba una especie de
detector. El más alto le dijo que estuviese tranquilo y así lo hizo. El otro le
tocó con una especie de electrodo y sintió un ardor similar al de los
pellizcos. No pudo moverse más después del chispazo, pero podía ver y escuchar
a los hombres de buzo naranja. El pequeño se congratuló de haberlo encontrado
tan pronto, pues debía cenar con la familia de su mujer esa noche y ella no le
perdonaría que se tardase demasiado. El alto anunció que iría al cine a ver
unas películas de terror, que eran las que más le gustaban. El pequeño acercó
su mano izquierda a su pecho y abrió una especie de portezuela. El alto gruñó
algunas palabras ininteligibles contra el imbécil bromista que lo había
activado sin unidades de memoria completas. Vio abrir la piel de su tórax y
observó los dedos del hombre pequeño girar un switch negro que apareció entre
puntitos titilantes como las luces de neón de la ciudad, y de pronto ya no pudo
ver ni escuchar a aquellos insulsos hombres de buzo naranja.
Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956). Ha publicado siete libros de cuentos: Nada ha terminado, Lugares secretos, Ángeles y verdugos, De monstruos y bellezas, Déjalo ser, Las nuevas hadas y Microsauri; cuatro novelas: Todo el amor en sus ojos (tres ediciones: 1990, 1999, 2014), Flores para un cyborg (tres ediciones: 1997, 2003, 2010), Las criaturas del cyborg (2011) y Ojos de Metal (2014); las tres últimas conforman una trilogía de ciencia-ficción; y los libros ilustrados de microrrelatos Microcuentos (libro virtual, 2008, con Virginia Herrera) y Breviario Mínimo (2011, con Luisa Rivera). La novela Flores para un cyborg fue publicada por EDA Libros en España (2008), en Italia por la editorial Atmosphere Libri (2013), y en Croacia por la editorial ALFA (2014); y los volúmenes de cuentos TAJNA MJESTA (Lugares secretos) en Croacia por ZNANJE (2009) y MICROSAURI (Microsaurios) en Italia por Robin Edizioni (2014).

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