domingo, 14 de junio de 2026

LOS TILOS AL 400

Claudia Isabel Lonfat

 

La dirección estaba en la vieja libretita de Muriel, esa que mantenía cuidada de cualquier posible extravío o accidente. No fue difícil darme cuenta cuál era el dato que necesitaba porque era la única dirección que no tenía escrito el nombre, y eso era justo lo que Muriel quería; ocultarlo a mis ojos, que yo nunca supiera quién era realmente, para no tener que gritarle en la cara que ella era una mentirosa, una apropiadora.

Los Tilos al 400, zona sur, solo eso, anotado en la página veintitrés de la libretita que huele a café rancio y humedad. El sur es grande, con muchas localidades barrios y asentamientos donde los nombres de las calles se repiten, pero después de descartar aquellas cuya numeración no coinciden,  me quedó Banfield.

Los acontecimientos se fueron concatenando desde que un hombre y una mujer aparecieron por el barrio, a pocos metros de mi casa. Al principio pensé que podían ser testigos de Jehová,  vendedores de paraísos y otras hierbas, o tal vez una pareja que evaluaba el barrio antes de comprar alguna propiedad, pero al tiempo, esas presencias terminaron por perturbarme. Si bien algún que otro vecino se sentía espiado por los intrusos que nunca hablaban con nadie, terminaron por naturalizarlo. Incluso se dijo que hubo una denuncia, pero no prosperó porque fue desestimada en la misma comisaría.

Mientras tanto, por la TV,  se podía ver a las Abuelas de Plaza de Mayo anunciando que pronto habría noticias sobre los nuevos nietos recuperados. Inmediatamente se me cruzaron muchas cosas por la cabeza; la decisión de hacerme un ADN, mis continuas sospechas de ser adoptada, de no pertenecer a ningún lugar, de sentir la otredad como si fuera hueso y piel.  

Tenía doce años cuando le pregunté a Muriel a quién me parecía. No encontraba ni un rasgo similar a ellos. En esa ocasión, y en las sucesivas, buscaba algo que limpiar, quizás algún objeto imaginario, para no tener que mirarme a los ojos mientras me mentía,  diciendo que era parecida a una de mis abuelas.

Las fotos que tenía de mis abuelas eran algo borrosas pero se podía notar claramente que una de ellas era rubia y la otra muy alta, características que yo no poseo, y que no son ni cercanas a la piel morena que solo yo tengo, y nadie más en toda la familia. Por otro lado, Toro, mi apropiador, era sargento de la federal, ahora está jubilado. Un ACV lo había dejado mudo y con medio cuerpo paralizado. La enfermedad le servía de excusa para hacerse el boludo, y no responder a mis continuas preguntas. Muriel me decía que lo dejara en paz, que no lo torturara porque no podía hablar ni pensar.

No les creía a ninguno de los dos. Era curioso escucharle decir que yo lo torturaba a él.

Posiblemente “Toro” haya sido el apodo de batalla que le pusieron sus compañeros en esa guerra sucia. Un toro con cuernos punzantes atacando a sus víctimas, desgarrando cuerpos juveniles, en medio de la más absoluta indefensión. Y yo, y tantos otros, naciendo en ese escenario, con el estigma de la muerte y de la mentira,  cómo sentir piedad por ese hombre que me crió y hasta me dio cariño y cuidados de hija, con toda esa historia oscura detrás.

En Los Tilos al 400 está la respuesta a todas mis preguntas, lo sé, aunque nadie me lo diga, yo lo sé. Lo dicen mis ojos cada vez que me miro al espejo y estudio mi cara redonda y morena, mi pelo negro y grueso que no puedo acomodar y que tiende a abultarse groseramente, como si tuviera un arbusto en la cabeza. En Los Tilos al 400 voy a conocer mi historia, no la fabricada por ellos, y no van a poder mentirme más ante la contundencia de un ADN, con las Abuelas recorriendo mi historia, reescribiéndola por mí, a pesar de que ellos no quieran que eso suceda.

La estación Banfield está próxima, dos paradas, algunas cuadras y mi destino se revelará por fin. Imaginé tantos escenarios, tantos diálogos, tantas caras parecidas a la mía, dónde hallarme y descansar de esta soledad que me habita desde que tengo memoria.

Quizás solo sea un pensamiento mágico, una solución instantánea para mis ausencias, o para cada hueco que no pude llenar con nada; ni estudiando, ni haciendo todo lo que tenía ganas de hacer, porque mis apropiadores me dieron mucha libertad, me dejaron elegir. Pude recibirme de ingeniera, de traductora, y hasta de enfermera. Ellos pagaron cada carrera sin ninguna queja, privándose de todo para que pudiera realizarme; incluso Toro, hizo trabajitos en algunos boliches de la ciudad para conseguir ingresos extras; salía de la comisaría y se iba directamente cada fin de semana a custodiar la entrada de alguna de las discos de la zona.

Cuando pienso en Toro antes del ACV, me cuesta asociarlo con el monstruo mudo que mira raro cuando le hago preguntas sobre mi origen. A veces me da la sensación de que sus manos inmóviles se crispan sobre el apoyabrazos de la silla de ruedas, y que sus ojos se inyectan de sangre, pero luego todo parece tener la monotonía de un cuadro en blanco y negro; vuelvo a mirar y nada.

Estación Banfield, calle French derechito hasta llegar a Los Tilos. Un local muy pequeño y antiguo con toda la pintura descascarada lleva pintado el número 400 en el marco de la puerta de madera. Ningún cartel que me oriente, puede ser cualquier cosa, desde una casa de computación hasta una de antigüedades, una imprenta o una relojería.

Giro la muñeca para ver la hora, son las catorce y treinta y tres. De todos modos toco el timbre y espero, o desespero, pero voy a quedarme hasta que salga o entre alguien, total, hace semanas que me dieron vacaciones forzosas en el trabajo. Fue cuando empecé a entregar mal todos los planos, justo yo, después de haber sido la empleada perfecta durante años. El ingeniero Ponce me dijo que no me quería despedir solo por estar pasando un mal momento, de ahí lo de las vacaciones. Yo las llamo “vacaciones” para no tener que explicar nada a Muriel y Toro, cuando en realidad se trata de una licencia por tiempo indeterminado.

No soporto tener la mirada de Muriel por sobre mis hombros cada instante, y sus silencios, porque nunca me dice nada. Ni una palabra, pero hasta ese silencio, o los ojos colgados de Toro, me suenan a reproche, a queja, a desilusión. Preferiría que me griten, me cuestionen, o me digan algo sobre mi indumentaria andrógina, mi pelo creciendo hacia arriba, les debe molestar mucho. Cuando me llené el cuerpo de tatuajes sentí que Muriel se desgarraba por dentro, y secretamente hasta disfruté por eso, pero no reaccionó ni siquiera después que me mutilé la piel.

Ya son las dieciséis en punto, ¿a qué hora abrirán los negocios en este pueblo? Golpeo de nuevo con más energía, casi escandalosamente, y desde una ventanita espía alguien. Me grita que el señor Grillo murió hace más de un año, que el local está cerrado  y de vez en cuando viene Guadalupe, la hija de Grillo.

¿Quién será Grillo? ¿Cómo alguien se puede llamar Grillo? Grillo…Grillo. ¿Grillo?

—Señora, ¿a qué se dedicaba Grillo?

—A lavar alfombras —me grita la mujer que espía por la ventanita.

Ahora ya sé quien es Grillo; es el señor que cada cuatro meses va con un viejo Fiat Europa blanco, cargado de cosas, para hacerle una limpieza profunda a todas las alfombras de Muriel. Esta es una desilusión más para anotar en mi larga lista de desilusiones, y ya no sé cuantas van, muchas. Y si a esto le sumo el resultado del ADN, que según Abuelas, no coincide con ninguno del banco de datos, técnicamente, no soy hija de desaparecidos. Pero lo que más me sorprende es el otro resultado, el de los análisis que hice por mi cuenta, con muestras de pelo de Muriel y Toro, que da noventa y nueve por ciento de compatibilidad conmigo. Esto último es una payasada, cómo voy a ser hija de Muriel y Toro, con esta cara redonda y la tez morena, ¿Y sí me robaron de algún parque? Siempre salen noticias de chicos desaparecidos, hay caritas en las cajas de leche, en las vidrieras de los comercios, en los diarios. La gente dice al verlos “como si se los hubiese tragado la tierra”.

 Yo creo que está la mano negra de Toro acá, como él fue cana, seguro conoce mucha gente pesada y trucharon el ADN. Si en este país la justicia no existe, es lo que dicen todos, no existe.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

1 comentario:

  1. Un cuento cuya mayor virtud -entre otras- es su capacidad para el cuestionamiento; en particular sobre temas delicados donde la memoria común no admite lugares comunes sino verdades, que suelen ser de lo más duras.

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