Claudia Isabel Lonfat
La
dirección estaba en la vieja libretita de Muriel, esa que mantenía cuidada de
cualquier posible extravío o accidente. No fue difícil darme cuenta cuál era el
dato que necesitaba porque era la única dirección que no tenía escrito el
nombre, y eso era justo lo que Muriel quería; ocultarlo a mis ojos, que yo
nunca supiera quién era realmente, para no tener que gritarle en la cara que
ella era una mentirosa, una apropiadora.
Los Tilos al 400, zona sur, solo eso,
anotado en la página veintitrés de la libretita que huele a café rancio y
humedad. El sur es grande, con muchas localidades barrios y asentamientos donde
los nombres de las calles se repiten, pero después de descartar aquellas cuya
numeración no coinciden, me quedó
Banfield.
Los acontecimientos se fueron concatenando
desde que un hombre y una mujer aparecieron por el barrio, a pocos metros de mi
casa. Al principio pensé que podían ser testigos de Jehová, vendedores de paraísos y otras hierbas, o tal
vez una pareja que evaluaba el barrio antes de comprar alguna propiedad, pero
al tiempo, esas presencias terminaron por perturbarme. Si bien algún que otro
vecino se sentía espiado por los intrusos que nunca hablaban con nadie,
terminaron por naturalizarlo. Incluso se dijo que hubo una denuncia, pero no
prosperó porque fue desestimada en la misma comisaría.
Mientras tanto, por la TV, se podía ver a las Abuelas de Plaza de Mayo
anunciando que pronto habría noticias sobre los nuevos nietos recuperados.
Inmediatamente se me cruzaron muchas cosas por la cabeza; la decisión de
hacerme un ADN, mis continuas sospechas de ser adoptada, de no pertenecer a
ningún lugar, de sentir la otredad como si fuera hueso y piel.
Tenía doce años cuando le pregunté a
Muriel a quién me parecía. No encontraba ni un rasgo similar a ellos. En esa
ocasión, y en las sucesivas, buscaba algo que limpiar, quizás algún objeto
imaginario, para no tener que mirarme a los ojos mientras me mentía, diciendo que era parecida a una de mis
abuelas.
Las fotos que tenía de mis abuelas eran
algo borrosas pero se podía notar claramente que una de ellas era rubia y la
otra muy alta, características que yo no poseo, y que no son ni cercanas a la
piel morena que solo yo tengo, y nadie más en toda la familia. Por otro lado,
Toro, mi apropiador, era sargento de la federal, ahora está jubilado. Un ACV lo
había dejado mudo y con medio cuerpo paralizado. La enfermedad le servía de
excusa para hacerse el boludo, y no responder a mis continuas preguntas. Muriel
me decía que lo dejara en paz, que no lo torturara porque no podía hablar ni
pensar.
No les creía a ninguno de los dos. Era
curioso escucharle decir que yo lo torturaba a él.
Posiblemente “Toro” haya sido el apodo de
batalla que le pusieron sus compañeros en esa guerra sucia. Un toro con cuernos
punzantes atacando a sus víctimas, desgarrando cuerpos juveniles, en medio de
la más absoluta indefensión. Y yo, y tantos otros, naciendo en ese escenario,
con el estigma de la muerte y de la mentira,
cómo sentir piedad por ese hombre que me crió y hasta me dio cariño y
cuidados de hija, con toda esa historia oscura detrás.
En Los Tilos al 400 está la respuesta a
todas mis preguntas, lo sé, aunque nadie me lo diga, yo lo sé. Lo dicen mis
ojos cada vez que me miro al espejo y estudio mi cara redonda y morena, mi pelo
negro y grueso que no puedo acomodar y que tiende a abultarse groseramente,
como si tuviera un arbusto en la cabeza. En Los Tilos al 400 voy a conocer mi
historia, no la fabricada por ellos, y no van a poder mentirme más ante la
contundencia de un ADN, con las Abuelas recorriendo mi historia,
reescribiéndola por mí, a pesar de que ellos no quieran que eso suceda.
La estación Banfield está próxima, dos
paradas, algunas cuadras y mi destino se revelará por fin. Imaginé tantos
escenarios, tantos diálogos, tantas caras parecidas a la mía, dónde hallarme y
descansar de esta soledad que me habita desde que tengo memoria.
Quizás solo sea un pensamiento mágico, una
solución instantánea para mis ausencias, o para cada hueco que no pude llenar
con nada; ni estudiando, ni haciendo todo lo que tenía ganas de hacer, porque
mis apropiadores me dieron mucha libertad, me dejaron elegir. Pude recibirme de
ingeniera, de traductora, y hasta de enfermera. Ellos pagaron cada carrera sin
ninguna queja, privándose de todo para que pudiera realizarme; incluso Toro,
hizo trabajitos en algunos boliches de la ciudad para conseguir ingresos extras;
salía de la comisaría y se iba directamente cada fin de semana a custodiar la
entrada de alguna de las discos de la zona.
Cuando pienso en Toro antes del ACV, me
cuesta asociarlo con el monstruo mudo que mira raro cuando le hago preguntas
sobre mi origen. A veces me da la sensación de que sus manos inmóviles se
crispan sobre el apoyabrazos de la silla de ruedas, y que sus ojos se inyectan
de sangre, pero luego todo parece tener la monotonía de un cuadro en blanco y
negro; vuelvo a mirar y nada.
Estación Banfield, calle French derechito
hasta llegar a Los Tilos. Un local muy pequeño y antiguo con toda la pintura
descascarada lleva pintado el número 400 en el marco de la puerta de madera.
Ningún cartel que me oriente, puede ser cualquier cosa, desde una casa de
computación hasta una de antigüedades, una imprenta o una relojería.
Giro la muñeca para ver la hora, son las
catorce y treinta y tres. De todos modos toco el timbre y espero, o desespero,
pero voy a quedarme hasta que salga o entre alguien, total, hace semanas que me
dieron vacaciones forzosas en el trabajo. Fue cuando empecé a entregar mal
todos los planos, justo yo, después de haber sido la empleada perfecta durante
años. El ingeniero Ponce me dijo que no me quería despedir solo por estar
pasando un mal momento, de ahí lo de las vacaciones. Yo las llamo “vacaciones”
para no tener que explicar nada a Muriel y Toro, cuando en realidad se trata de
una licencia por tiempo indeterminado.
No soporto tener la mirada de Muriel por
sobre mis hombros cada instante, y sus silencios, porque nunca me dice nada. Ni
una palabra, pero hasta ese silencio, o los ojos colgados de Toro, me suenan a
reproche, a queja, a desilusión. Preferiría que me griten, me cuestionen, o me
digan algo sobre mi indumentaria andrógina, mi pelo creciendo hacia arriba, les
debe molestar mucho. Cuando me llené el cuerpo de tatuajes sentí que Muriel se
desgarraba por dentro, y secretamente hasta disfruté por eso, pero no reaccionó
ni siquiera después que me mutilé la piel.
Ya son las dieciséis en punto, ¿a qué hora
abrirán los negocios en este pueblo? Golpeo de nuevo con más energía, casi
escandalosamente, y desde una ventanita espía alguien. Me grita que el señor
Grillo murió hace más de un año, que el local está cerrado y de vez en cuando viene Guadalupe, la hija
de Grillo.
¿Quién será Grillo? ¿Cómo alguien se puede
llamar Grillo? Grillo…Grillo. ¿Grillo?
—Señora, ¿a qué se dedicaba Grillo?
—A lavar alfombras —me grita la mujer que
espía por la ventanita.
Ahora ya sé quien es Grillo; es el señor
que cada cuatro meses va con un viejo Fiat Europa blanco, cargado de cosas,
para hacerle una limpieza profunda a todas las alfombras de Muriel. Esta es una
desilusión más para anotar en mi larga lista de desilusiones, y ya no sé
cuantas van, muchas. Y si a esto le sumo el resultado del ADN, que según
Abuelas, no coincide con ninguno del banco de datos, técnicamente, no soy hija
de desaparecidos. Pero lo que más me sorprende es el otro resultado, el de los
análisis que hice por mi cuenta, con muestras de pelo de Muriel y Toro, que da
noventa y nueve por ciento de compatibilidad conmigo. Esto último es una
payasada, cómo voy a ser hija de Muriel y Toro, con esta cara redonda y la tez
morena, ¿Y sí me robaron de algún parque? Siempre salen noticias de chicos
desaparecidos, hay caritas en las cajas de leche, en las vidrieras de los
comercios, en los diarios. La gente dice al verlos “como si se los hubiese
tragado la tierra”.
Yo creo que está la mano negra de Toro acá, como él fue cana, seguro conoce mucha gente pesada y trucharon el ADN. Si en este país la justicia no existe, es lo que dicen todos, no existe.

Un cuento cuya mayor virtud -entre otras- es su capacidad para el cuestionamiento; en particular sobre temas delicados donde la memoria común no admite lugares comunes sino verdades, que suelen ser de lo más duras.
ResponderEliminar