Daniel Frini
Se denomina Multiverso al grupo de todos los universos y/o dimensiones posibles
que están relacionados (universos paralelos).
Se ha sugerido que al viajar al pasado no viajaríamos a nuestro pasado, sino a una copia de éste conteniendo un turista.
Tendríamos así dos espaciotiempos simultáneos: uno donde aparece un turista y otro donde no.
Todos nos quemaremos juntos cuando nos quememos
No habrá necesidad de pararse y esperar el turno
Cuando llegue la hora de la caída y San Pedro nos llame a todos
Simplemente dejaremos caer nuestros propósitos
y dejaremos de hacer lo que hacíamos.
Tom Lehrer, “We Will All Go Together When We Go”
¿En cuál universo está hoy la realidad?
Conjetura de Zabala-Cismondi
Uno – Casa Blanca,
Washington
El lunes siguiente
a su visita a Dallas, en campaña proselitista para los próximos comicios en los
que buscaba su reelección, John Fitzgerald Kennedy, trigésimoquinto y último
presidente de los Estados Unidos de América, recibió en su despacho del Salón Oval
de la Casa Blanca a su Secretario de Defensa, Robert Mc Namara. Éste le mostró
las fotografías de la Isla Wrangel, en el Mar de Chuckchi; al norte de Siberia,
cerca del Círculo Polar y a sólo unos seiscientos kilómetros de Alaska, tomadas
por un avión espía U2 Dragon Lady. En ellas se observaba claramente las
instalaciones de lanzamiento de misiles intercontinentales R-16 rusos. Aunque
la versión más firme; que recoge, incluso, el informe Thomas, indica que esas
fotografías eran un montaje de los servicios estadounidenses, funcionales a
grandes capitales petroleros interesados en explotar recursos en poder de los
rusos. Éste fue el detonante de la Segunda Crisis de Misiles; y
consecuentemente, de la Tercera Guerra Mundial.
No está claro qué pasó a partir de ese momento.
Kennedy sostuvo siempre, hasta su ajusticiamiento en Wiesbaden en mil
novecientos sesenta y nueve, luego del Juicio a Los Cinco; que no fue él quien
dio la orden de fuego. Lo cierto es que el diez de enero de mil novecientos
sesenta y cuatro, un misil Polaris, con una ojiva W47, impactó en
Aleksandrovskiy Sad, en las afueras de Moscú y obliteró todo lo que se
encontraba dentro del anillo del Sadovoye Kol’tso, que rodeaba la ciudad. Al
día siguiente, como represalia, la Unión Soviética envió un bombardero
estratégico Tupolev TU-95 que dejó caer una bomba Tsar de cincuenta megatones,
que estalló a mil quinientos metros de altura sobre Cliffside Park, en el
estado de New Jersey. Inmediatamente, desparecieron las poblaciones desde Stony
Point hasta Keansburg; y desde Dover hasta Brentwood; incluida toda la ciudad
de New York,
En los Laboratorios Militares de Little Cedar, en
Sterling Forest, a unos cuarenta kilómetros de distancia de la Zona Cero, había
una dotación de unos quince misiles Black Fox en condiciones operativas, con
bombas H como carga nuclear; que fueron alcanzados por la lluvia de neutrones
de la bomba rusa. El efecto de esta terrible segunda explosión afectó desde el
norte de Canadá hasta el sur de México.
Se supone que ese día Kennedy se refugió en las
instalaciones antiatómicas de Sheridan, en Wyoming, donde fue detenido en mil
novecientos sesenta y siete.
Los generales sobrevivientes en las ciudades de la
costa oeste estadounidense ordenaron el ataque masivo. Así, entre ofensivas y
contraofensivas atómicas, fueron desapareciendo, una a una, las principales
ciudades de los países aliados de ambos lados de la Cortina de Hierro. La falta
de controles centrales y la destrucción de las comunicaciones dejaron en
libertad a los Señores de la Guerra, para enfrentarse en conflictos personales –salvo
uno o dos, todos ellos nucleares– que sumergieron a la civilización entera en
una era feudal feroz y sanguinaria; la más terrible de la historia humana.
En mil novecientos sesenta y cuatro éramos unos tres
mil millones de habitantes en todo el mundo. Cinco años después quedaban sólo
cuatro millones.
Dos – Isla Huemul,
Río Negro
En mil novecientos
cuarenta y ocho, Ronald Richter, un físico alemán nacido en la región de los
Sudetes checos y que había trabajado para los nazis, convenció al presidente de
Argentina, Juan Domingo Perón, de encarar el proyecto de obtención ilimitada de
energía a partir de la fusión nuclear
Un año después se anunciaba en la Casa Rosada de
Buenos Aires, que "el dieciséis de febrero de mil novecientos cincuenta y
uno, en la Planta Piloto de Energía Atómica en la Isla Huemul, de San Carlos de
Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de
control en escala técnica".
Ya se sabe el final de esta historia: en mil
novecientos cincuenta y dos, una comisión auditora desenmascaró el engaño de
Richter; y a los pocos meses se dio por concluido el Proyecto Huemul.
Lo que no se conoce es que, en realidad, las
instalaciones de la isla fueron reacondicionadas a partir de mil novecientos
cincuenta y cinco, para servir de base de operaciones al Proyecto Huemul Dos,
completamente alejado de los sueños megalómanos de Richter, y orientado al
estudio de fenómenos cuánticos. A los pocos meses estaba instalado el primer
acelerador de partículas, un primitivo generador de Cockcroft-Walton que,
oficialmente, fue llamado Linac Uno, al que todos los involucrados en el
proyecto llamaron Liny. Con él se realizaron las primeras pruebas que
condujeron al descubrimiento del efecto Lovera; y, por lo tanto, a la conjetura
de Zabala-Cismondi.
Cuando los integrantes de la dirección del Proyecto se
enteraron del desastre de Little Cedar, entrevieron lo que se avecinaba y
cambiaron, en consecuencia, la dirección de las investigaciones. Se decidió que
la isla era un lugar lo suficientemente seguro e inofensivo para permitirse
pensar en una especie de Arca de Salvación. Confiados en esto, tomaron las
medidas necesarias para reunir allí a los más brillantes científicos de todo el
mundo, que hubiesen sobrevivido a la debacle de la guerra.
Pronto estuvo claro para todos que la vida en la
superficie de la tierra, tal y como se la conocía, tenía los días contados. Las
mediciones Geiger mostraban que las nubes radiactivas, lejos de disiparse,
crecían. Además, se detectaron grandes cantidades de torio 230, con una vida
media de más de ocho mil años. Se debía encontrar la forma de eliminar esta
contaminación, o bien arbitrar los medios para esperar los ochocientos siglos
hasta que la radiación desapareciese naturalmente.
Con la suficiente lucidez, y no sin serios conflictos,
se decidió orientar los escasos recursos a conseguir un ámbito seguro, y a
salvo de la devastación donde poder trabajar en las posibles soluciones. Se
demostró que ni siquiera en instalaciones subterráneas o, incluso, submarinas
estarían a salvo; por lo que casi inmediatamente se pensó en el espacio.
La estación espacial Suyai –esperanza en mapudungun,
el idioma mapuche– estuvo lista y funcional en mil novecientos setenta y dos,
en órbita lunar. De acuerdo al Plan de Evacuación, se enviaron 400 humanos, 200
machos y 200 hembras, toda la tecnología y la información posible y la más
completa dotación genética que se pudo reunir.
Desde entonces, la humanidad vive allí. En la Tierra
no queda nadie desde hace mucho tiempo.
Tres – Suyai,
órbita lunar 100K
Trescientos años
después, las condiciones no habían hecho más que empeorar. Todos quienes alguna
vez habitamos Suyai, padecimos desórdenes alimentarios causados por la dieta
insuficiente de unos escasos cultivos hidropónicos, y la poca tolerancia al
prolongado uso de alimentos sintéticos. Todos quedamos estériles, debido a la
exposición a la radiación gamma de los rayos cósmicos, por lo que nuestra
reproducción debió basarse exclusivamente en la clonación, con desarrollo fetal
extrauterino. Nuestros músculos se atrofiaron, y ni siquiera pudimos
considerarnos humanos completos: a los niños que nacían, y de acuerdo con el
Plan, se les amputaban ambas piernas al año de vida, como respuesta a la falta
de espacio para vivir –¿para qué se necesitan piernas en gravedad cero?–; en lo
que, irónicamente, terminó transformándose en una especie de rito bautismal y
de comunión, debido a que estas piernitas se usaban como alimento para la
población de la estación. Los problemas psicológicos eran extraordinariamente
variados y muy difíciles de resolver, nuestra expectativa de vida era de apenas
32 años, e iba disminuyendo con el paso del tiempo. La tasa de mortalidad por
asesinatos ascendía al veintidós por ciento. Y no podíamos darnos el lujo de
castigar a los criminales: en general eran, también, excelentes científicos, y
muy necesarios.
Nos transformamos en neardenthales del espacio.
El Plan de Evacuación había comenzado a desmadrarse
unos ciento cincuenta años antes. En pocas palabras, pecó de optimismo respecto
de nuestro comportamiento como civilización residual, según la terminología
utilizada. Se suponía que nuestra misión consistía en generar condiciones para
volver a la Tierra y rehacer la humanidad. En todo momento buscamos la forma de
lograrlo, intentando superar el legado de las bombas sucias. Pero no obtuvimos
resultados prácticos. Por otro lado, los cálculos más optimistas decían que en
la Estación íbamos a desaparecer antes del siguiente siglo. De una u otra
manera, estábamos condenados.
Sin embargo, algunos pocos de nosotros éramos
partidarios de un enfoque completamente diferente y ajeno al Plan, que, para
ese entonces ya había alcanzado el estatus de religión. Pensábamos que aunque
muriésemos, podíamos salvar a la Humanidad. Recordamos los estudios iniciales
del Proyecto Huemul Dos, y el efecto Lovera. Nuestra posición era opuesta a la
de la mayoría, y nos hicimos rebeldes. Así empezamos, en el espacio y cerca de
la Luna, la Cuarta Guerra Mundial.
Finalmente, ganamos. Aunque sólo quedamos catorce.
Cuatro – Conjetura
En las
investigaciones que llevamos a cabo para intentar volver, tropezamos con una
serie de ecuaciones que daban respuesta válida a los escenarios previstos por
la Conjetura de Zabala-Cismondi.
En mil novecientos sesenta y uno se observó, en los
experimentos realizados con Liny, que bajo determinadas condiciones de energía
y polaridad de las cavidades resonantes, los haces de partículas parecían estar
duplicados. Rápidamente, el doctor Santiago Lovera intuyó que se estaba en
presencia de un desfasaje temporal; es decir la coexistencia, en el tiempo
presente, del pasado y el futuro de la misma partícula; efecto que se conoce
con su nombre. El fenómeno era totalmente inestable e impredecible; y, en apariencia,
inofensivo; porque si bien se detectaba la presencia de dos haces, el resultado
de las colisiones en la operatividad del acelerador Liny implicaba la injerencia
de uno solo de ellos. Gabriel Zabala y Carlos Cismondi, por su parte teorizaron
que, en realidad, no se observaba una alteración del tiempo, sino la
coexistencia de dos universos; y luego de ese instante de fase, como lo
llamaron, cada haz observado dejaba su impronta en su respectiva materialidad.
Claro que esto implicaba la existencia de dos Linys, dos Proyectos, dos
Tierras. Y entonces, ¿por qué no pensar en infinitos Linys, infinitos
Proyectos, infinitas Tierras? Zabala y Cismondi propusieron la coexistencia, en
todo momento –e hicieron una clara distinción entre el concepto de momento y el
de tiempo– de infinitos universos similares, que llamaron Multiverso. Decían
que en Liny transitábamos, sin darnos cuenta, entre dos universos tangenciales:
uno en el que existía un solo haz de partículas y otro donde se veía ese haz, y
otro igual, visitante. Y postularon que la experiencia perceptible de cada uno
de nosotros, que definieron como realidad, se manifestaba en sólo uno de ellos.
No avanzaron mucho más, ni llegaron a descifrar el modo en el que fuese posible
el pasaje entre universos.
La Guerra iniciada en mil novecientos sesenta y tres
acabó con esta línea de investigación.
Desesperados, nosotros quisimos retomarla en Suyai.
Los más fundamentalistas pensaban que hacer esto era una blasfemia al Plan. Nos
acusaban de sostener un pensamiento primitivo que ellos equiparaban con el
paganismo. La que llamamos Cuarta Guerra Mundial fue, en esencia, una guerra
religiosa; y nuestro triunfo nos permitió seguir el trabajo en los términos de
la Conjetura. Abandonamos la finalidad de la Estación, nos deshicimos de todo
el material guardado que no nos sirviese y, por ende, de toda la historia de la
civilización; y nos dedicamos de lleno a trabajar en el Multiverso.
Logramos demostrar matemáticamente la existencia de
los infinitos universos paralelos, como transitar de uno a otro y nos fue
posible situar a la realidad tangible y vivencial en sólo uno a la vez,
eligiéndolo de acuerdo a nuestra conveniencia. La solución de Agujero Negro de
Reissner-Nordstrom, continuada a través de una singularidad espacial evitable
para un viajero, describía dos universos asintóticamente planos unidos por una
zona de agujero negro, el que debíamos generar.
Demoramos doce años más en desarrollar, proyectar y
fabricar la maquinaria necesaria para obtener la singularidad. Para ese
entonces, sólo quedábamos cinco.
Resolvimos elegir un escenario posible para cada uno
de nosotros (a través de las ecuaciones nos era permitido elegir tiempo y
espacio) para intentar revertir el desastre; y marchar hacia uno de ellos. Las
probabilidades de obtener algún resultado positivo estaban astronómicamente en
nuestra contra, pero todas las demás opciones conducían indefectiblemente a la
extinción.
A mi me tocó viajar a los Estados Unidos de América,
en mil novecientos sesenta y tres, para matar a John Fitzgerald Kennedy.
Entré a la máquina e inmediatamente me envolvió un
torbellino de luces que me destrozó en millones de explosiones pequeñísimas.
Todo mi cuerpo adquirió una masa inconmensurable y se transformó en un agujero
negro, que se invirtió de este otro lado; en una operación terriblemente
dolorosa que no entiendo cómo pude soportar.
Cinco – Dallas,
Texas
Llegué a Texas, en
este universo, en octubre de mil novecientos cincuenta y nueve. Debí
representar el papel de un hombre perdido y mentalmente desequilibrado, al que
internaron en el Centro Médico DeBakey, en Houston; al confundirme con un
veterano de guerra. Los tres años siguientes los usé para adaptarme a la vida
en la Tierra, en la que nunca había estado. Recuperé mis músculos atrofiados y,
no sin grandes dificultades aprendí a respirar este aire y a manejarme con la
gravedad.
Según entiendo, mis cuatro compañeros deben haber
fracasado, ya que la realidad estuvo donde yo estuve.
Casi un año antes de la gira de Kennedy comencé con
los preparativos. Ya conocía los acontecimientos que se producirían, por lo que
no me fue difícil armar una estrategia para realizar el atentado. En las
elecciones que lo habían llevado a la presidencia, Kennedy había ganado por muy
escaso margen en los estados del sur; y en ellos, los sondeos no eran muy
favorables para las elecciones que debían realizarse en mil novecientos sesenta
y cuatro; por lo que los encargados de la campaña planearon una visita a Texas
para el otoño de mil novecientos sesenta y tres.
Sabía que Kennedy visitaría Houston, San Antonio, Fort
Worth y Dallas. Estuve en las cuatro ciudades, y decidí matarlo en San Antonio.
El plan falló cuando la persona encargada de proveerme el arma fue detenida por
los servicios. Entonces, sólo me quedaba una oportunidad. Como plan
alternativo, había elegido Dallas.
Todo lo demás es historia en este universo; la que
ustedes conocen y pueden encontrar en cualquier libro, a pesar de las teorías
conspirativas.
A las once horas y cuarenta minutos del 22 de
noviembre el Air Force One de la comitiva presidencial aterrizó en el
aeropuerto Lovefield de Dallas. Inmediatamente, la limusina descapotable
Lincoln Continental del sesenta y uno salió con rumbo al centro de la ciudad.
En ella iban el presidente Kennedy, su esposa Jackie, el gobernador de Texas y
su mujer, un agente del servicio secreto y el conductor.
A las doce horas y treinta minutos, la caravana llegó
a la Plaza Dealey, giró a la derecha por Houston, luego a la izquierda por la
calle Elm. Yo estaba ubicado en Grassy Knoll, a la derecha del paso de la
comitiva, tras una empalizada de madera. Pueden verme en la famosa fotografía
de Mary Moorman. Mi contacto, un pequeño traficante de Duncanville, también
veterano, me había provisto de un rifle italiano calibre seis y medio,
modificado y con mira telescópica; con el que pude realizar tres disparos certeros
en menos de nueve segundos. El film de Abraham Zapruder registra el momento,
aunque yo estaba detrás de él, por lo que no pudo filmarme.
Contra todos los pronósticos, tuve éxito. A las trece
horas cuarenta y ocho minutos los doctores confirmaron oficialmente la muerte
de Kennedy.
De acuerdo a lo planificado, no importaba que me
atrapasen; porque, de todas maneras, mi misión estaba cumplida y la humanidad
salvada. Había previsto ingerir una cápsula de cianuro; y aún si no podía
hacerlo, no era relevante; porque mi historia sería inverosímil para cualquiera
que la escuchara. Pero nadie me buscó.
A pesar de todo, en la confusión de las horas siguientes, y sin proponérmelo, logré evadirme; quizá amparado en mi condición de lisiado al que le faltaban ambas piernas. A nadie se le ocurrió revisar mi silla de ruedas, en la que escondí el arma.
Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista de profesión, escritor y artista visual. Publicó Poemas de Adriana (2017), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016) y Nueve hombres que murieron en Borneo (2018). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, entre las que merecen destacarse Visiones (2009), Grageas 2 (2010), Pupilas (2012), Tricentenario (2013), Lectures d'Argentine (2013), Primeros exiliados (2013), Circo Gallatico (2013), Todo el país en un libro (2014), Fútbol en breve, microrrelatos del jogo bonito (2014), Borrando fronteras (2014), Grageas 3 (2014), Il meglio di Pegasus (2015), El fantasma de las navidades presentes (2015), Cien páginas de amor (2015), Minimalismos (2015), Extremos (2016) y Espacio Austral (2016). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio ‘El Dinosaurio’ (2010), Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle (2017) y el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017.

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