lunes, 9 de marzo de 2026

AUTO DA FE

Ruben De Baerdemaeker

 

Cuanto mayor sea el desequilibrio, mayor sufrimiento debe causar el sacrificio. El oro es, al fin y al cabo, más pesado que el plomo y en la balanza del destino el peso sin significado no cuenta. Las generaciones más jóvenes nunca aprendieron esa lección. No han vivido ninguna guerra, no van a la iglesia, nunca han pasado hambre. No comprenden que nada pesa más que el sufrimiento, y es su incomprensión lo que las deja desconcertadas.

Ahora debo admitir que el primer invierno seco también me sorprendió a mí. Setenta inviernos había vivido en este pueblo y, en mi memoria, siempre había nieve. Lluvia también, claro: la vida no es una postal. Pero en lo más profundo del invierno las montañas se ponían su abrigo grueso, como decía mi madre. Las cumbres a lo lejos atraían las nubes hacia sí y retenían una capa blanca, y todos lo sabíamos: la nieve llega.

A mi edad, todos se vuelven nostálgicos. Ahí va el viejo otra vez, los veo pensar cuando cuento cómo de niños intentábamos fabricar trineos con tablas que encontrábamos en el granero, cómo jugábamos en la nieve para entrar en calor y secábamos la ropa junto al fuego. Solo Esperanza, mi ojito derecho, mi nieta, me mira con los ojos muy abiertos y nunca se cansa de mis historias.

—¡Cuenta, abuelo Ignacio! —grita mientras trepa a mis rodillas.

Nunca ha visto la nieve.

El primer invierno seco fue muy comentado en la taberna de Fulgencio. Era una novedad; un acontecimiento excepcional que duró meses pero que no tuvo consecuencias inmediatas. En invierno casi nunca venían turistas por aquí. Las pistas de esquí están demasiado lejos, y las casas de vacaciones y pensiones que habíamos construido en los últimos años porque con ovejas, ganado y agricultura ya casi no se ganaba nada, permanecían entre octubre y abril tan vacías como los prados y los campos que rodean el pueblo.

Pero cuando tampoco llegó la lluvia en primavera, las conversaciones se apagaron. Cuando los árboles frutales, recién cubiertos de hojas, amarillearon y murieron; cuando el río salvaje se convirtió en un arroyo parduzco y los muchachos ya no pescaban truchas, creció la desolación. Incluso los animales notaron que algo iba mal: ese año nacieron menos terneros y corderos. Los turistas no notaron nada. Aceptaban el paisaje seco y pardo tal como era, y los camiones cisterna con agua llegaban al amanecer, cuando ellos aún dormían.

En otoño llovería, sin duda, pero no llovió. Un segundo invierno seco, imposible, se volvió posible, se volvió real. Llegó la primavera; la lluvia no. Incluso las viejas coníferas, curtidas por el tiempo, crujían y caían abatidas; la caza desapareció lentamente de los bosques. Solo los lobos seguían allí, y aullaban de hambre o se reían de nuestra desgracia.

—Deberíamos hacer una ofrenda.

—Ah, sí, una ofrenda. Magnífica idea, Ignacio. La incluiré como punto “varios” al final de la reunión.

El ambiente en la taberna era amargo, cínico: la última máscara de la desesperación. Y aquí nadie me escucha. Sin dinero, sin influencia, y mucho menos en esa reunión, donde hombres que jamás habían estado en este pueblo venían a decirnos que no debíamos desperdiciar agua. Como si ya no lo supiéramos.

Al amanecer saqué la oveja del establo y la llevé al bosque. Me siguió como un perrito lanudo, confiando ciegamente en el viejo Ignacio que siempre daba comida y nunca golpes. Incluso cuando até al animal a un árbol, no protestó. Solo empezó a balar cuando yo ya había desaparecido de su vista. Haz que llueva, Dios, haz que llueva.

Aquella tarde se levantaron nubes. Nubes densas, grises, preñadas de lluvia. Pero la lluvia no cayó y el cielo solo amenazó. Cuando le conté a Fulgencio lo que había hecho, no se rio de mí. Guardó silencio, pensativo, y me llevó al establo. Al anochecer sacamos su vieja vaca hacia el bosque. Milagrosamente no nos cruzamos con nadie. Atamos al animal no muy lejos de donde los huesos roídos de la oveja blanqueaban en la penumbra. Un cuervo nos observaba desde arriba y graznó.

Al día siguiente llovió. Los habitantes del pueblo salieron como si nunca hubieran visto la lluvia. Festejaron bajo el aguacero, se empaparon hasta la piel, y cuando cayó la noche seguía lloviendo. Se pusieron ropa seca y continuaron la fiesta en la taberna.

Así fue aceptada mi ofrenda, así se cumplió mi deseo. Así comenzó de verdad nuestro tormento. La lluvia que tanto habíamos anhelado ya no se detuvo. En los primeros días agradecíamos cada gota, pero el barril de nuestra gratitud pronto se llenó y se desbordó junto con el río, que trepaba cada vez más por sus orillas y volvía intransitables los caminos fuera del pueblo.

Quienes habían sembrado al caer las primeras gotas vieron cómo la semilla se iba arrastrada junto con la tierra fértil. El ganado que había lamido con avidez el agua fresca de sus abrevaderos resbalaba en el barro y regresaba al establo con los flancos embarrados. Las truchas no volvieron. Los lobos se refugiaron en el bosque.

Después de tanto tiempo de sequía, nuestras casas resultaron incapaces de mantener fuera el exceso de agua. Se abría paso entre tejas y rendijas, penetraba en los muros y el yeso, entraba adherida a las suelas de las botas y se instalaba húmeda en camas frías.

—Abuelo Ignacio, ¿qué hacían antes cuando llovía?

—Jugábamos dentro, o salíamos y jugábamos bajo la lluvia.

—Pero, abuelo, ya hemos jugado a todo. Y mamá no me deja salir porque hay barro por todas partes.

No pude hacer otra cosa que apartar la mirada de Esperanza. ¿Qué le dices a un niño que, sin saberlo, se ahoga en la miseria que tú mismo has causado?

Tras un mes, la lluvia resultó ser un azote aún mayor que la sequía. El río arrastraba árboles. Algunos días parecía llevarse la tierra misma, mezclarse con ella. El suelo se desplazaba, los muros se agrietaban, las casas se hundían. Algunas de las casas de vacaciones vacías fueron plegadas por el agua creciente, y los viejos graneros empezaron a pudrirse de manera inconfundible.

Cada noche la taberna estaba más vacía, al igual que el pueblo. La mayoría de los jóvenes ya se había marchado –temporalmente– durante la sequía para trabajar en la llanura o en la ciudad. Ahora no regresaban. Los mayores permanecían dentro, tratando de expulsar la humedad de sus casas y el frío de sus huesos quemando los últimos leños secos en la chimenea. Una noche de abril, encontré a Fulgencio solo en su taberna junto a la iglesia, vacío y destartalado, pero limpio.

—Tenemos que hacerlo, Fulgencio. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Quizá los demás tengan razón, Ignacio: estás loco.

—¿Loco? Loco sería seguir como si todo fuera a arreglarse solo. ¿Tú crees en eso?

—La vez anterior se arregló.

—¡Sabes cómo ocurrió!

—No, no lo sé, Ignacio. No sé nada. Y tú tampoco. Solo sé que llevo dos años ganando casi nada, que me duelen todas las articulaciones y que este maldito pueblo se está desmoronando.

—Este maldito pueblo es donde nací, Fulgencio. Tú también.

—Nací aquí, pero no sé si quiero morir aquí.

Frotó la barra impecable hasta dejarla aún más limpia.

—Mi hijo y su esposa tienen trabajo en la ciudad. Tienen una casa. También hay sitio para mí.

No me miró. Bebí mi vaso y lo dejé sobre la barra. Un círculo húmedo quedó marcado en la madera.

—Hacemos lo que debemos hacer, Fulgencio.

Cerré la puerta tras de mí.

Toda la noche escuché el murmullo de la lluvia y el golpeteo de las gotas. Cuando salió el sol y la oscuridad se volvió un poco más clara, me levanté. Me afeité lenta y cuidadosamente y me puse una camisa limpia y mi viejo impermeable. Esperanza se removió en su camita; pronto despertaría, hambrienta e infinitamente curiosa.

La puerta de la pequeña iglesia siempre está abierta. Encendí una vela ante la imagen de la Virgen. Ruega por nosotros, pobres pecadores. La iglesia olía a humedad e incienso. Al levantarme, mis rodillas crujieron.

La luz de la mañana es ahora gris trucha y los adoquines brillan como escamas. Mis botas pisan terreno firme hasta el borde del pueblo y luego resbalan por el sendero del bosque. Aquí nadie ha estado en semanas. Mis huellas no son más que manchas sucias que pronto serán borradas. No vacilo; los lobos esperan. Haz que deje de llover, por favor.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

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