Víctor Lowenstein
El doctor Morales
arrastraba el carrito de rulemanes con su carga algo incómoda para ser llevada por
esas dunas llenas de pedregullo. Un poco más adelante la pendiente bajaba hasta
el vaciadero; un estanque de aguas poco profundas con salida al río de
corriente rápida que bajaba desde el monte. En el vaciadero podía encontrar
fácilmente a Rolfo, el encargado de deshacerse de todo lo que le llevaban los
de la ciudad; desde productos contaminados hasta automóviles robados. A nada se
negaba por una o dos monedas de plata. De eso vivía…
Morales
se detuvo para un breve descanso. Extrajo el pañuelo de seda del viejo abrigo
que su mayordomo le había prestado para la ocasión, y con él se enjugó su
frente perlada de sudor. Miró sus pantalones raídos y las botas de pesca. Buena
elección de vestuario para aparentar ser una persona común, clase media baja.
Volvió
a mirar el bulto que cargaba en el carrito. Poco más de medio metro de largo y muy
poco ancho apretado en una bolsa negra de residuos. Sintió dolor y lástima. Con
cuidado ocultó el pañuelo y retomó la marcha, aferrando la soga con que llevaba
su carga. Al borde de la pendiente lo vio: en medio del estanque, con el agua
hasta los muslos. Sólo usaba unos pantalones cortos. El torso desnudo, la
barriga y los brazos fláccidos estaban cubiertos por ese barro espeso y fétido que
llenaba las aguas del estanque.
“El rey del vaciadero” había sido apodado Rolfo
sin mucha justificación; su reino era en todo caso una marisma de aguas negras
donde iban a desaparecer los pecados ajenos. Rolfo no lo entendía así. La
palabra rey le hacía sonreírse como un idiota y tocarse la cara regordeta para
constatar esa identidad regalada. A menudo se rascaba la crespa cabellera negra
siempre húmeda que mojaba a cada rato para protegerse del sol. Parecía sano,
pese a pasarse el día con la mitad del corpachón hundido en aquel cenagal
putrefacto. Como les decía a menudo a sus eventuales clientes: “esta vida me
gusta mucho, el trabajo es fácil y no tengo de qué quejarme”.
Morales
se acercó lo suficiente para que el otro pudiera verlo y para no tener que
enlodar sus botas en la orilla pestilente del vaciadero. Rolfo estaba de
espaldas a la orilla. En ese momento se agachaba para sacar algo de las aguas.
Algo pequeño, que miró a trasluz, antes de llevárselo a la boca y chuparlo. Ahí
vio al doctor, que aguardaba su atención desde la orilla, quieto y expectante.
—¿Qué
le parece? —gritó Rolfo, vadeando las aguas estancadas hacia él, hasta que pudo
ver su rostro—. Una moneda de un céntimo. Debió caerse de la última carga.
Morales
asintió con los dientes apretados en una forzada sonrisa. Vio el brillo de la
moneda chupada, los dientes opacos y el mofletudo rostro amable del rey de las
aguas sucias del vaciadero. Sus ojos, no menos amables, fijaron su atención en
el carrito y su carga.
—¿Qué
es? —preguntó con total inocencia.
El
doctor Morales se apresuró a extraer dos monedas de plata de un bolsillo de su
abrigo, las colocó casi sobre las narices del otro que exhibió toda la opacidad
de su dentadura al tomarlas. Se llevó una a la boca y la chupó largamente.
—Plata
auténtica —fue todo lo que dijo, en voz baja. El doctor emitió otra de sus
sonrisas incómodas, viendo a Rolfo abandonar las aguas con sus pies descalzos
agrisados por el barro. Caminó despacio hasta el carrito. Observó de cerca el
bulto encerrado en la bolsa de residuos y miró al doctor, sin esperar
respuestas. Con hábiles manos levantó la bolsa y la cargó sobre sus hombros. Echando
otra mirada al hombre de ciudad, se volvió a meter en las aguas.
Morales
se quedó mirándolo entrar a las aguas, vadear de a pasos cortos el denso
estanque hasta la zona más alejada donde la grisura se volvía algo más clara y
las aguas se arremolinaban hacia la corriente del río. Hasta que oyó el
chapoteo. Entonces, sin pensarlo demasiado se metió en las aguas y con torpeza fue
acercándose hacia Rolfo. Sus botas se atascaban en el fango y comenzó a
sollozar, no por el esfuerzo sino por algo que pugnaba por salirle de dentro. El
encargado del vaciadero se volvió lentamente; observó al ciudadano y adivinó
que esos pantalones ahora llenos de barro no eran suyos, ni el abrigo más
propio de un mayordomo, ni seguramente las botas compradas en un mercado de
ocasión; tampoco le sorprendieron las lágrimas del hombre. A un metro escaso de
distancia levantó una mano en señal de prevención.
—Hasta
aquí, señor —dijo casi en voz baja—. Más no se puede pasar.
Morales
se detuvo y dejó caer los brazos, vencido. Comenzó a balbucear; el llanto le
dificultaba hablar, pero se esforzaba en decir algo.
—Usted
no entiende, buen hombre. Ella, la carga… ¡Era mi madre! ¡Mi madre!
Rolfo
lo miró con gravedad, sin sorprenderse mucho. Años de vaciar vergüenzas ajenas
lo habían dejado insensible, acostumbrado a ignorar sentimientos ajenos y
propios. Usó su mano libre para señalar la línea arremolinada donde el
vaciadero se volvía río correntoso.
—¿Ve
esa trenza de agua? Lo que llega hasta ahí ya no vuelve, no se puede recuperar;
¿entiende?
La
mirada del doctor se perdía en un extremo de la bolsa negra con la que una
tolvanera de agua y polvo jugó hasta que se perdió de vista. La bolsa, el
cuerpo muerto de su madre, ya le pertenecía al río y su misterio. Acabaría en
su fondo con vehículos, armas, valijas comprometedoras y cosas impensadas con
las que Rolfo no había confrontado una sola pregunta, un mísero reparo.
Asintiendo, el doctor se dio la vuelta lentamente y regresó hasta la orilla,
con la voz del encargado susurrando como un consuelo: “vaya, vaya…”
Al
pasar de la orilla, miró el carrito como se observa algo culposo y ya ajeno a
uno. Lo levantó por la soga y se lo ofreció al hombre que seguía en medio de
las aguas.
—¿Lo
quiere, le sirve para algo? —Con sorprendente agilidad, Rolfo vadeó las aguas
hacia la orilla, salió y tomó el carrito entre las manos regordetas mientras su
boca dibujaba una sonrisa infantil.
—A
mis hijos les va a encantar —dijo.
—¿Tiene
muchos? —preguntó el doctor.
—Ocho.
Típico, pensó Morales, girando en redondo
hacia la planicie, hasta la ciudad, su residencia, el orden. Ya no quiso mirar
atrás. Lo último que escuchó fue la voz del bruto, sus palabras como esquirlas
de agua sucia e infecta.
—Al
menos mis niños tienen a su abuela.
Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.

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