miércoles, 4 de marzo de 2026

EL VACIADERO

Víctor Lowenstein


El doctor Morales arrastraba el carrito de rulemanes con su carga algo incómoda para ser llevada por esas dunas llenas de pedregullo. Un poco más adelante la pendiente bajaba hasta el vaciadero; un estanque de aguas poco profundas con salida al río de corriente rápida que bajaba desde el monte. En el vaciadero podía encontrar fácilmente a Rolfo, el encargado de deshacerse de todo lo que le llevaban los de la ciudad; desde productos contaminados hasta automóviles robados. A nada se negaba por una o dos monedas de plata. De eso vivía…

Morales se detuvo para un breve descanso. Extrajo el pañuelo de seda del viejo abrigo que su mayordomo le había prestado para la ocasión, y con él se enjugó su frente perlada de sudor. Miró sus pantalones raídos y las botas de pesca. Buena elección de vestuario para aparentar ser una persona común, clase media baja.

Volvió a mirar el bulto que cargaba en el carrito. Poco más de medio metro de largo y muy poco ancho apretado en una bolsa negra de residuos. Sintió dolor y lástima. Con cuidado ocultó el pañuelo y retomó la marcha, aferrando la soga con que llevaba su carga. Al borde de la pendiente lo vio: en medio del estanque, con el agua hasta los muslos. Sólo usaba unos pantalones cortos. El torso desnudo, la barriga y los brazos fláccidos estaban cubiertos por ese barro espeso y fétido que llenaba las aguas del estanque.

  “El rey del vaciadero” había sido apodado Rolfo sin mucha justificación; su reino era en todo caso una marisma de aguas negras donde iban a desaparecer los pecados ajenos. Rolfo no lo entendía así. La palabra rey le hacía sonreírse como un idiota y tocarse la cara regordeta para constatar esa identidad regalada. A menudo se rascaba la crespa cabellera negra siempre húmeda que mojaba a cada rato para protegerse del sol. Parecía sano, pese a pasarse el día con la mitad del corpachón hundido en aquel cenagal putrefacto. Como les decía a menudo a sus eventuales clientes: “esta vida me gusta mucho, el trabajo es fácil y no tengo de qué quejarme”.

Morales se acercó lo suficiente para que el otro pudiera verlo y para no tener que enlodar sus botas en la orilla pestilente del vaciadero. Rolfo estaba de espaldas a la orilla. En ese momento se agachaba para sacar algo de las aguas. Algo pequeño, que miró a trasluz, antes de llevárselo a la boca y chuparlo. Ahí vio al doctor, que aguardaba su atención desde la orilla, quieto y expectante.

—¿Qué le parece? —gritó Rolfo, vadeando las aguas estancadas hacia él, hasta que pudo ver su rostro—. Una moneda de un céntimo. Debió caerse de la última carga.

Morales asintió con los dientes apretados en una forzada sonrisa. Vio el brillo de la moneda chupada, los dientes opacos y el mofletudo rostro amable del rey de las aguas sucias del vaciadero. Sus ojos, no menos amables, fijaron su atención en el carrito y su carga.

—¿Qué es? —preguntó con total inocencia.

El doctor Morales se apresuró a extraer dos monedas de plata de un bolsillo de su abrigo, las colocó casi sobre las narices del otro que exhibió toda la opacidad de su dentadura al tomarlas. Se llevó una a la boca y la chupó largamente.

—Plata auténtica —fue todo lo que dijo, en voz baja. El doctor emitió otra de sus sonrisas incómodas, viendo a Rolfo abandonar las aguas con sus pies descalzos agrisados por el barro. Caminó despacio hasta el carrito. Observó de cerca el bulto encerrado en la bolsa de residuos y miró al doctor, sin esperar respuestas. Con hábiles manos levantó la bolsa y la cargó sobre sus hombros. Echando otra mirada al hombre de ciudad, se volvió a meter en las aguas.

Morales se quedó mirándolo entrar a las aguas, vadear de a pasos cortos el denso estanque hasta la zona más alejada donde la grisura se volvía algo más clara y las aguas se arremolinaban hacia la corriente del río. Hasta que oyó el chapoteo. Entonces, sin pensarlo demasiado se metió en las aguas y con torpeza fue acercándose hacia Rolfo. Sus botas se atascaban en el fango y comenzó a sollozar, no por el esfuerzo sino por algo que pugnaba por salirle de dentro. El encargado del vaciadero se volvió lentamente; observó al ciudadano y adivinó que esos pantalones ahora llenos de barro no eran suyos, ni el abrigo más propio de un mayordomo, ni seguramente las botas compradas en un mercado de ocasión; tampoco le sorprendieron las lágrimas del hombre. A un metro escaso de distancia levantó una mano en señal de prevención.

—Hasta aquí, señor —dijo casi en voz baja—. Más no se puede pasar.

Morales se detuvo y dejó caer los brazos, vencido. Comenzó a balbucear; el llanto le dificultaba hablar, pero se esforzaba en decir algo.

—Usted no entiende, buen hombre. Ella, la carga… ¡Era mi madre! ¡Mi madre!

Rolfo lo miró con gravedad, sin sorprenderse mucho. Años de vaciar vergüenzas ajenas lo habían dejado insensible, acostumbrado a ignorar sentimientos ajenos y propios. Usó su mano libre para señalar la línea arremolinada donde el vaciadero se volvía río correntoso.

—¿Ve esa trenza de agua? Lo que llega hasta ahí ya no vuelve, no se puede recuperar; ¿entiende?

La mirada del doctor se perdía en un extremo de la bolsa negra con la que una tolvanera de agua y polvo jugó hasta que se perdió de vista. La bolsa, el cuerpo muerto de su madre, ya le pertenecía al río y su misterio. Acabaría en su fondo con vehículos, armas, valijas comprometedoras y cosas impensadas con las que Rolfo no había confrontado una sola pregunta, un mísero reparo. Asintiendo, el doctor se dio la vuelta lentamente y regresó hasta la orilla, con la voz del encargado susurrando como un consuelo: “vaya, vaya…”

Al pasar de la orilla, miró el carrito como se observa algo culposo y ya ajeno a uno. Lo levantó por la soga y se lo ofreció al hombre que seguía en medio de las aguas.

—¿Lo quiere, le sirve para algo? —Con sorprendente agilidad, Rolfo vadeó las aguas hacia la orilla, salió y tomó el carrito entre las manos regordetas mientras su boca dibujaba una sonrisa infantil.

—A mis hijos les va a encantar —dijo.

—¿Tiene muchos? —preguntó el doctor.

—Ocho.

  Típico, pensó Morales, girando en redondo hacia la planicie, hasta la ciudad, su residencia, el orden. Ya no quiso mirar atrás. Lo último que escuchó fue la voz del bruto, sus palabras como esquirlas de agua sucia e infecta.

—Al menos mis niños tienen a su abuela. 

Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.



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