Myriam Goluboff
Gerardo
estaba sentado al borde de la piscina. Estela se deslizaba por el agua, movía
los brazos formando un arco perfecto y luego lo hendía sin levantar una gota.
Su respiración constante acompañaba el movimiento de la cabeza. No se cansaba
de contemplarla. Ella disfrutaba nadando y él mirándola constantemente. Ese
rectángulo azul los unía en una pasión común. Luego se sentaban a la mesa,
donde los esperaban las botellas y los vasos que se teñían de rojo y de verde…
Brindaban imaginándose bajo los cocoteros del caribe, haciendo tintinear los
hielos y esperando que cayera la noche para enlazarse bajo las estrellas.
Habían creado un mundo mágico: sus miradas se cruzaban, rezumaban complicidad,
admiración mutua… Al tiempo, él quiso verla tirarse desde un podio y zambullirse
hasta desaparecer, para tener la excitación de pensar que la perdía y luego la
emoción del reencuentro. Estela aceptó encantada, amaba el agua, le gustaba
sentir su cuerpo penetrándola como una daga para salir con elegancia y seguir
nadando pausadamente. Al emerger no lo podía ver, pero intuía su mirada
anhelante, el alivio de volver a verla.
Él
notó que ya no sentía tensión en la espera: en el momento exacto, a los pocos
segundos, la cabeza de Estela asomaba, siempre en el mismo punto de la lámina
de agua.
Esa
tarde, mientras brindaban, sintiendo la música de los cristales al chocar, él
le pidió que se zambullera desde el trampolín bajo. Ella aceptó encantada, todo
lo que fuera un encuentro de su cuerpo con el agua le causaba enorme placer y
sentir la admiración de Gerardo la excitaba, le causaba tanto gozo nadar como
ver sus ojos brillantes y su sonrisa complacida. Después, por la noche,
redoblaban sus caricias, el cuerpo los comunicaba, el momento mágico del
brindis de la tarde se prolongaba en la cama. Eran tres los que ahí estaban:
Gerardo, Estela y el agua.
Un
día, cuando ya terminaba el verano, Gerardo le pidió que se tirara del
trampolín más alto. Estela lo miró con miedo. Nunca había subido hasta allí
arriba, siempre había tenido temor imaginando el rectángulo azul, lejano.
Sintió una inquietud en su estómago, pero subió decidida. Él la imaginaba,
preveía la figura tirándose en picado, con los brazos estirados y las dos
piernas tensas y presentía un orgasmo al contemplarla. Los ojos le brillaban
con la sola idea y los labios resecos se entreabrían expectantes. Pero ella
llegó arriba y lo vio como si lo tuviera delante. Recordó aquel día, cuando
había caído bajando de un molino, las polleras como paracaídas, su grito hasta
que enmudeció al golpear contra la tierra seca. Se le nubló la vista y sintió
que se mareaba. En ese momento no pudo pensar en el placer que tendría al caer
como una flecha, y llegando casi hasta el fondo, curvar su cuerpo como un arco
para salir en el centro del agua. Dio media vuelta y bajó por la escalerilla.
Se acercó a Gerardo y le dijo: «Lo siento. No puedo.»
Él
supo que ya no importaba la belleza del cuerpo de ella en el agua, la
perfección al zambullirse desde el podio, la recta precisa con que se lanzaba
desde el trampolín bajo. Estela lo había traicionado.
Miró
alrededor. Pero sobre la medianera observó una piscina exactamente igual y vio
otra cabeza que, como una lancha, iba surcando el agua de lado a lado.
Sus ojos comenzaron a brillar…

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