Tihomir Jovanović
Miraba a Mina y
veía el pasado. ¿Cuántos años, décadas han pasado desde entonces? El lunar
sobre su ceja derecha completaba el rostro que había intentado olvidar todo
este tiempo. La niebla de los recuerdos y del vino se arremolinaba en mí hasta
que su voz me sacó de allí.
—Oye, ¿en qué estás pensando otra
vez? —Agitó la mano frente a mis ojos como si intentara disipar un velo
invisible que me había cubierto por un instante.
—Lo siento, de verdad me distraje.
—Te pasa a menudo. —Había un poco
de enojo en su voz—. Me pregunto en quién piensas, por qué estás siquiera
conmigo, si de verdad me quieres...
—Oh, sí, incluso moriría por ti si
fuera necesario... —susurré, y a ella probablemente le sonó como una frase de un
melodrama, poco convincente, falsa...
Al decir esto sentí un cambio: la
escena se transformó, no solo en el espacio sino también en el tiempo. Se
encendió la luz del escenario y me hundí en los recuerdos, mientras hasta mí
llegaba una voz femenina. Los recuerdos eran la realidad y su voz, la
imaginación.
Se llamaba Olga. Una mujer, un ser
vivo. Yo era lo mismo que ahora, de la estirpe nocturna. Aunque los humanos nos
daban otros nombres: vampiros, strigoi, vurdalaks o, simplemente, horror,
muerte; eso éramos para ellos. Ellos, para nosotros, eran la fuente de la
eternidad. Esas criaturas temerosas a veces lograban reunir suficiente valor y
lucidez para organizarse y unirse en la lucha contra nosotros.
Y entonces veía a los de mi
estirpe, atravesados por estacas, decapitados, envueltos en llamas. Ni siquiera
nosotros somos inmortales, solo longevos. Y entonces, cuando los veía morir, ni
siquiera sospechaba que un día los envidiaría, por morir, por la muerte...
Mis pensamientos vagaban: tanto
tiempo, tanta soledad, hasta que conocí a Olga. Ocurrió en Moscú, en el Teatro
Bolshói. Me fascinó verla en el papel del cisne blanco. Ligera, etérea, irreal.
En lugar de convertirse en mi presa, se convirtió en mi amor. Una unión
inconcebible de luz y oscuridad, de furia y calma, de eternidad y fugacidad.
Sabía quién era y qué era yo, y aun
así me amaba. A menudo me quedaba mirando su rostro. El lunar sobre su ceja
izquierda y las arrugas que iban apareciendo. Envejecía, pero seguía siendo
hermosa, hasta la muerte.
Después de tanto tiempo, Mina.
Tocaba el violín, Vivaldi, cuando la vi por primera vez en el escenario de
Kolarac. Estaba erguida, tensa, como si su cuerpo fuera el arco. Y el parecido
con Olga era increíble.
—Ningún hombre moriría por una
mujer. —Su voz me sobresaltó. No pude entender de inmediato a quién pertenecía,
si a Olga o a Mina.
Todo el recuerdo duró solo un
instante. Apenas un parpadeo. Levanté la mirada hacia ella. Algunas arrugas en
el rostro de Mina se habían profundizado, habían aparecido otras nuevas.
¿Debo pasar otra vez por todo esto?
¿Por qué me ocurre? ¿Es la aparición de Mina en el cuerpo de Olga un castigo
que debo soportar por todas esas víctimas, por todas las vidas que arrebaté,
solo para que mi memoria dure tanto tiempo? ¿Debo atravesar de nuevo lo que
nunca pude olvidar: los años de envejecimiento, su muerte y otra vez solo
recuerdos?
—Estás triste, ¿por qué? Hablas tan
poco de ti —insistía Mina con sus preguntas, intentando sacar de mí secretos
enterrados.
¿Pensaría que estoy loco o que
bromeo si le dijera quién soy realmente? ¿Si le hablara de Olga, de quien ella
es el doble?
Guardé silencio, sin conocer las
respuestas ni a sus preguntas ni a las mías.
—Solo nos vemos de noche. De día
estás en algún sitio, como si te escondieras de alguien. Y estás tan pálido,
deberías tomar un poco de sol.
—¡El sol! —Se me escapó, y la miré
directamente a los ojos, y por primera vez esa noche sonreí.
—Sí, ¿qué pasa con él?
—Esa será la solución...
Anoche volvió a
insistir con preguntas, sobre todo y especialmente sobre lo que quise decir con
el sol. No le respondí. Guardé silencio y miré el vaso en el que solo quedaban
restos de vino. Lo sabrá todo en el correo de hoy. Cuando lo lea, ya todo habrá
terminado.
Pasamos el resto de la noche
juntos. La última vez que estuvo a mi lado. La última vez que hicimos el amor,
y de algún modo ella sabía que era realmente la última. Cuando me fui, vi
lágrimas rodar por sus mejillas. Sabía que no volvería a verme; las mujeres
siempre lo saben de algún modo...
Me senté frente al ordenador y le
escribí un mensaje de despedida y explicación, mientras de los altavoces
llegaban los versos de la canción “Who Wants to Live Forever”. Música de la
película Highlander. Era perfecto para este momento.
There’s no time for us
There’s no place for us
What is this thing that builds our dreams
Yet slips away from us...
El sol se alzaba
sobre los tejados, húmedos de rocío, y se abría paso entre la neblina de la
mañana. Es hora de irme. De caminar bajo el sol. Por primera y última vez. Para
los humanos, el sol es fuente de vida; para mi estirpe, el final; para mí, la
liberación.
Durante unos instantes mantuve el
cursor sobre el botón “Enviar” y luego presioné el ratón.
Lo entenderá, lo superará, antes de
que yo pudiera hacerlo. Cuando salí a la luz, el último pensamiento fue: quizá
esto sea, después de todo, un poco egoísta…

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