miércoles, 15 de abril de 2026

¿QUIÉN QUIERE VIVIR PARA SIEMPRE?

Tihomir Jovanović

 

Miraba a Mina y veía el pasado. ¿Cuántos años, décadas han pasado desde entonces? El lunar sobre su ceja derecha completaba el rostro que había intentado olvidar todo este tiempo. La niebla de los recuerdos y del vino se arremolinaba en mí hasta que su voz me sacó de allí.

—Oye, ¿en qué estás pensando otra vez? —Agitó la mano frente a mis ojos como si intentara disipar un velo invisible que me había cubierto por un instante.

—Lo siento, de verdad me distraje.

—Te pasa a menudo. —Había un poco de enojo en su voz—. Me pregunto en quién piensas, por qué estás siquiera conmigo, si de verdad me quieres...

—Oh, sí, incluso moriría por ti si fuera necesario... —susurré, y a ella probablemente le sonó como una frase de un melodrama, poco convincente, falsa...

Al decir esto sentí un cambio: la escena se transformó, no solo en el espacio sino también en el tiempo. Se encendió la luz del escenario y me hundí en los recuerdos, mientras hasta mí llegaba una voz femenina. Los recuerdos eran la realidad y su voz, la imaginación.

Se llamaba Olga. Una mujer, un ser vivo. Yo era lo mismo que ahora, de la estirpe nocturna. Aunque los humanos nos daban otros nombres: vampiros, strigoi, vurdalaks o, simplemente, horror, muerte; eso éramos para ellos. Ellos, para nosotros, eran la fuente de la eternidad. Esas criaturas temerosas a veces lograban reunir suficiente valor y lucidez para organizarse y unirse en la lucha contra nosotros.

Y entonces veía a los de mi estirpe, atravesados por estacas, decapitados, envueltos en llamas. Ni siquiera nosotros somos inmortales, solo longevos. Y entonces, cuando los veía morir, ni siquiera sospechaba que un día los envidiaría, por morir, por la muerte...

Mis pensamientos vagaban: tanto tiempo, tanta soledad, hasta que conocí a Olga. Ocurrió en Moscú, en el Teatro Bolshói. Me fascinó verla en el papel del cisne blanco. Ligera, etérea, irreal. En lugar de convertirse en mi presa, se convirtió en mi amor. Una unión inconcebible de luz y oscuridad, de furia y calma, de eternidad y fugacidad.

Sabía quién era y qué era yo, y aun así me amaba. A menudo me quedaba mirando su rostro. El lunar sobre su ceja izquierda y las arrugas que iban apareciendo. Envejecía, pero seguía siendo hermosa, hasta la muerte.

Después de tanto tiempo, Mina. Tocaba el violín, Vivaldi, cuando la vi por primera vez en el escenario de Kolarac. Estaba erguida, tensa, como si su cuerpo fuera el arco. Y el parecido con Olga era increíble.

—Ningún hombre moriría por una mujer. —Su voz me sobresaltó. No pude entender de inmediato a quién pertenecía, si a Olga o a Mina.

Todo el recuerdo duró solo un instante. Apenas un parpadeo. Levanté la mirada hacia ella. Algunas arrugas en el rostro de Mina se habían profundizado, habían aparecido otras nuevas.

¿Debo pasar otra vez por todo esto? ¿Por qué me ocurre? ¿Es la aparición de Mina en el cuerpo de Olga un castigo que debo soportar por todas esas víctimas, por todas las vidas que arrebaté, solo para que mi memoria dure tanto tiempo? ¿Debo atravesar de nuevo lo que nunca pude olvidar: los años de envejecimiento, su muerte y otra vez solo recuerdos?

—Estás triste, ¿por qué? Hablas tan poco de ti —insistía Mina con sus preguntas, intentando sacar de mí secretos enterrados.

¿Pensaría que estoy loco o que bromeo si le dijera quién soy realmente? ¿Si le hablara de Olga, de quien ella es el doble?

Guardé silencio, sin conocer las respuestas ni a sus preguntas ni a las mías.

—Solo nos vemos de noche. De día estás en algún sitio, como si te escondieras de alguien. Y estás tan pálido, deberías tomar un poco de sol.

—¡El sol! —Se me escapó, y la miré directamente a los ojos, y por primera vez esa noche sonreí.

—Sí, ¿qué pasa con él?

—Esa será la solución...

 

Anoche volvió a insistir con preguntas, sobre todo y especialmente sobre lo que quise decir con el sol. No le respondí. Guardé silencio y miré el vaso en el que solo quedaban restos de vino. Lo sabrá todo en el correo de hoy. Cuando lo lea, ya todo habrá terminado.

Pasamos el resto de la noche juntos. La última vez que estuvo a mi lado. La última vez que hicimos el amor, y de algún modo ella sabía que era realmente la última. Cuando me fui, vi lágrimas rodar por sus mejillas. Sabía que no volvería a verme; las mujeres siempre lo saben de algún modo...

Me senté frente al ordenador y le escribí un mensaje de despedida y explicación, mientras de los altavoces llegaban los versos de la canción “Who Wants to Live Forever”. Música de la película Highlander. Era perfecto para este momento.

There’s no time for us

There’s no place for us

What is this thing that builds our dreams

Yet slips away from us...

 

El sol se alzaba sobre los tejados, húmedos de rocío, y se abría paso entre la neblina de la mañana. Es hora de irme. De caminar bajo el sol. Por primera y última vez. Para los humanos, el sol es fuente de vida; para mi estirpe, el final; para mí, la liberación.

Durante unos instantes mantuve el cursor sobre el botón “Enviar” y luego presioné el ratón.

Lo entenderá, lo superará, antes de que yo pudiera hacerlo. Cuando salí a la luz, el último pensamiento fue: quizá esto sea, después de todo, un poco egoísta…

Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas Sirius, Galaksija, Orbis, Signali, Kikindske novine, Naši traži, Omaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

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